Islandia (fragmento) de María Negroni

I can sing of myself a true song, of my voyages telling
‘The Seafarer’

Life is an affair of people, not of places.
But for me, life is an affair of places
and that is the trouble
Wallace Stevens

Pensó que si no volvía a escuchar el chirrido de los
carros sobre las piedras de Fleet Street, no escribiría
jamás otro verso
Virginia Woolf

Otro esplendor hubiera sido la historia
de un naufragio. Su Robinson narrar
en femenino sin dar el brazo a torcer
ni simular que Wellfleet o New London
indiferentes fragmentos de natura
le son. Pero aquella que —inglesa
intensidad— los faros de Islandia
iluminan, natural tendencia a
reducir experiencia a nota trágica
no puede dominar. Prefiere anclar
en rumias. En una línea de vocales
claras que a su mentor temprano
pudieran devolverla, a decisión
de Usía, al happy end
de lo archi conocido.

La juventud es una zona de catástrofes. La habían vivido en otro lado.
Al evocarse, se recordaban vehementes, pero no efusivos. Instalados
en un punto de quiebre, un nudo de instintos contrapuestos. Puro
desorden. Afectos altaneros y conatos. Unas ganas de todo. Cierta
incapacidad del corazón, enseñoreándose. Se veían allí desfigurados.
Embebidos en una imagen forzada de sí mismos, como quien teme
verse desbordado por lo que desea ser. El embate inicial del odio a
los intrusos no ha ocurrido ni la pobreza de implorar la tolerancia
o darla. Ni el gusto por lo turbio. Ni el recurso triste de preparar la
alegría. Todo es aún desastre en ciernes, esperanza. Mal digerido de
golpe, lealtad y amor propio con el mundo y disposición a sufrir, sin
alivios. La habían vivido en otro lado. Cuando el futuro era excesivo,
el pasado inocente, tanto que parecía múltiple…

Cada vez que emprenden su delirio central, un temporal se cierne, el
viento ruge. Van y vienen despeinados, el corazón tirante, los arreos.
Se suben a los barcos. Bajan. Meten los remos dentro, el timón a
estribor, cadenas, cordajes. Gritan. Calculan los confines del Ártico,
las gaviotas varadas, posibles escollos, el perfil de las costas, el des-
plazamiento de las ballenas. A veces, hasta circunnavegan la isla.
Tienen miedo de mirar el mar —las astas furiosas, revueltas— por
miedo de verse la emoción. No quisieran alejarse demasiado, no más
allá del cabo. (La tragedia es indulgente de sí misma.) Se limitan a
adivinarse en el alba, en la bruma, en la locura, el extravío.
A mantener pura su obsesión. Cuando todo haya acabado, se enterrarán
con los barcos…

Errática, en su cansada búsqueda
de célebre, su moderada musa o
desesperación pequeña no la cunde.
La afilia solamente a la artimaña.
A las mañanas de un excesivo
siglo y la deslumbra. En versos,
romanceril juglara, de su fe
de ríos circundantes no da cuenta
sino apenas de la patria ingrata
en aventura dentro de sí.
Pavimentos y maltrechos cráteres
de alma que, en trechos de Islandia
a Islandia, puertos indeseados
y extravío han de medir. Habrá que
deducir cuantías de lo que no
se ve por exceso. De asfixias,
lo que le nutriera el habla.
De la distancia, el tiempo.

Como un tributo a Bragi el Viejo o a Eirik el Elocuente, un poco
separados del resto, en esa hora temprana de la noche en que el
milagro y la impostura aún no son más que riesgos, las escaldas
escriben. Se avienen, como quien dice, a sus aristas torpes, agudas y
por eso se consuelan (a veces) de no congeniar con otros. Escriben
con cierta majestad, lentitud. Como desentumecerse, como una forma
sofisticada del escepticismo. Aferrados al pavor, a ese lugar que odian
como a un engaño y que es el pliego en blanco. En las rapsodias que
urden hay bramidos y columnas de humo y lidias de caballos sobre
la arena blanca y fría y el sudor de la muerte y nubes enfrentadas en
estupor letárgico. Hay mujeres, cadenciosas, aclarándose los cabellos.
Hay, incluso, el elogio de sí mismos, de su poesía de batallas. Ah, pero
el botín de Odin (el invierno misterioso) está ausente…

Algunos poetas de Islandia:
1) Gunnlaug, el del Manto Escarlata, que combatió todo el día pero
el atardecer volvió a las naves y a los pergaminos (para que la man-
sedumbre no se le asentara en el pecho).
2) Ottar el Negro, él mismo tan ilusorio, consiguió que la tensión esté
en lo que escribe (no en él). Se le conoce un solo libro, difícil, obsesivo:
alto teatro. Algunos críticos lo achacaron a su juventud, su crueldad.

3) Björn el Ciego, rara avis, tan poco dado a las correrías bélicas,
se decía flechado por la belleza de las doncellas: fue misógino.
4) Egil Skallagrimsson, Huérfano de Hijo, marino intrépido, un poco
mago, bebedor. Enemigo acérrimo del rey de Noruega. Escribió cantos
impresionantes y un himno fúnebre ‘La pérdida irreparable de los
hijos’. Por fin, se abandonó a la tristeza, no conoció pasión más
tranquila.
5) Eyvind, Despojar de Escaldas, combinaba dos excesos, la ambición
y la modestia (esta última para aumentar su reputación). Se le cono-
cen rimas tan hábiles como insultantes. Sus biógrafos lo tildaron de
incierto y reservón. Un cretino.
6) Gudmund, el Querido, sometido a este mundo huidizo. Estaba tan
cansado de escribir, nada lo compensaba de sí mismo.
7) Snorri, el Jurista, hizo de la traición una alegría y una astucia y
celebró su flaqueza en un poema y ésta fue otra de sus violencias.
Sigue una larga lista de escribas, hombres de fe, que guardaron la
memoria de muchas victorias y tal vez de una derrota, irreparable.
Que copiaron en cantilenas épicas, alabanzas, encantaciones y poe-
mas genealógicos la abnegación de otros textos. Que, siendo sensibles
a la atracción de lo invisible, no tuvieron a mal ser visibles sólo un
momento…

Leyes del laurel e insomnio llegarán
en mudanza o virelai para alguien,
en proezas de alto rango, prefiriera
vivir que no en endechas ni en prolija
puesta de sol. Pero Hablar Dulce,
Dulce Mirada inútil portadora
de arcos y de flechas atravesando
un lais d′amour, no llegará. Ni impensadas
cruzas con la palabra rosa, salvo
en soneto cortés. Tan fermosa moça
habrá aprendido —tarde— la lección:
que cordura no fue aquélla de insistir
en islas de arte mayor.

Cuando todavía son jóvenes (cuando los atora el coraje y, también,
la indolencia), las escaldas confían en el azar: se entregan a sueños
donde los pájaros tienen la forma de letras y un canto amarillo y
elocuente. Pero esta etapa dura poco. Cada vez el extravío es más
fuerte, más débil la esperanza de que pueda redundar en un núcleo
de belleza, más turbia la relación entre una tragedia privada y el
pasado de otros. Entonces los hipnotiza una rabia, los envenena. Les
parece que mintieron, que fueron sólo virtuosos, que no han podido
bautizar su enfermedad, el tono peculiar de su silencio. Se han vuelto
maduros, vulnerables. Poco les queda. Envalentonarse en la carencia.
Descubrirse, gracias a la técnica, en sus propios disfraces. Aceptar
que el mundo que surge cuando escriben es póstumo, una fusión (un
incesto), una forma vieja del deseo o de la épica.

Algunas cizañas que, protegidos por el anonimato (o para confundir),
urden los bardos:
1) Una serpiente se dormirá en el hiato del mundo. Las proas abrazarán
las bocas del fiordo. Habrá un reguero de estandartes y una pared de
escudos vivientes. El hierro proveerá la carroña. Pregunta: ¿Quién
dijo que era un deber hacerse amar?
2) La que buye es la isla (¡desconfíen!); el enemigo está adentro.
3) Somos la perpetuación de un paisaje ralo. Algo se ensaya en nues-
tros gestos para una ausencia final. El corazón mide las distancias.
Las armas brillarán como un campo de hielo roto.
4) En un poema bélico, el aniquilamiento y la embriaguez son de
ustedes. La osamenta para el alma, nuestra.
5) No sufran, se los conocerá por los fracasos.
6) En las periferias del tiempo, como una primera sensación de patria,
ausentarse.

De su caterva, del ejercicio de su lima,
tanteos meritorios dirán, y tal elogio
a maravilla ha de cuadrarle a quien,
sin gran vergüenza, por regiones de sí
ha organizado un tour. Pórtico en su isla,
paredón y después: miniaturas de urgencias
noticias. En consonancia toda
con el áureo siglo que le tocó
vivir, brilla como sólo brilla una
ruina. Nadie sabe, hélas, quién hará
su defensión después de asa/ travesía,
qué divisoria hallará entre fingidas
islas y ciertas, qué duelo a contraluz.
¿Habrá que esperar quien le glose
el laberinto? ¿Quién sus folios numere
y a su favor alegue en hojas romaní?

Es una suerte que, de viejos, conserven el sentido de la inmunidad de
un artista pues casi todo en ellos es errático, hasta el hábito desafor-
tunado de la pena. Aún aprecian en otros la belleza realzada por el
sufrimiento y pueden detectar los cuerpos que delatan un conflicto
interno pero no se engañan con el espejismo. Saben que al juzgar
cualquier mirada, emoción o persona acuñan distancias entre ellos y
la realidad: la inteligencia puede ser, también, un estorbo. En el fondo,
guardan poco de su extremismo, apenas la intuición de que el sentido
común es una reducción de la vida. Todo lo demás lo han perdido:
hasta su narcisismo, su gusto por las crónicas de momentos vacíos, la
tentación de lo heroico. Ya no creen que recluirse en la escritura es
una forma de conspirar. Que el escalpelo del dolor sea útil, que exista
algo parecido a la fecundidad. Son apenas una cara que pasa, una
inercia lacerada por cierta gratitud, como un epígono que peregrina
hacia la tumba de su patria. La poesía no se recibe sin costos.

Este iris de su carnaval, drama
de formas, éste a diestra y siniestra
azul prisión, panegírico o apagón
final no fuera ni monstruosa elipsis
sino júbilo en la tripulación:
descenso en hélices hacia otra isla,
la misma. Que búsqueda insistida
de tan hierática ilusión de un decorado,
no ha de mostrarla confusa sino ilustrar
mejor su irregular numérico
arte de jardín. En despoblados,
en intervalos pulsa la travestí
sus poemas. En un libreto
de escena pastoril teje un tapiz
de tiempo, de fósiles de luz.