La voz de María Elvira Lacaci

Aquella tarde me dolía el cuerpo.
Era un dolor vulgar
de materia imperfecta que se quiebra.
Aquella gente extraña
con quienes compartía diariamente
el techo, el pan y el agua -claro que les pagaba-,
indiferentemente me observaban.
Y lo sabían, sí, moscardones horribles,
enlutados por alguien que ni habían amado.
Con un zumbido hiriente
bajo sus tan peludas y viscosas alas.
Con ese tornasol que da la envidia
cuando orea las almas.
Con sus antenas rígidas, sin vibración posible,
viviendo para sí.
Con la brutalidad de las piedras intactas. Sin un hoyuelo leve
para mi dolor grave.
Ya en la mesa
sentí avanzar el llanto
impetuosamente desde el corazón.
Era la humillación que se acercaba. No debía de ser.
Sacudí fieramente mi cabeza, la eché atrás erguida
y me puse a comer -¿comer?-, sólo sé que tragaba,
pero no sé si carne, si pescado, si llanto.
Salí de aquella casa maldiciendo. Bueno,
maldecir no sabía, pero dije con furia:
«Yo bailaré una rumba en vuestro vientre
cuando el dolor os nazca con la vida.»
-No te asustes, Señor, nunca lo haría;
este pequeño corazón es bobo-.

Con ansiedad de corza perseguida,
asustada y herida, dando saltos y huyendo
me refugié en el hueco de unos brazos.
Buscaba una palabra, una pregunta tierna que cubriera
aquella desnudez que me asolaba.
Pero tampoco allí logré encontrarla. En aquellas arterias
el deseo giraba
vertiginosamente, y no era mi dolor lo que apresaban.
Huí, huí de nuevo. Aquello era peor. Allí yo amaba.
Con mi doble dolor a las espaldas -ahora,
me dolía ya el alma-,
penetré en una iglesia. Dios estaba allí.
Como si lo ignorase
le fui contando quedamente todo.
Él se quedó callado, mudamente callado. Sí, sí, y me había escuchado,
lo sabía, pero nada me dijo.
Nada me preguntó tampoco Él. Su silencio
aumentó mi tormento. Salí a la calle
con un vestido nuevo
de confusión, de niebla, pero a la vez rasgado.
Se veían mis muslos. Contraídos, con sus tendones rígidos,
porque mis pies, por vez primera, sí,
querían pisar fuerte, desgarrar el asfalto
y herirlo, herirlo tanto
cuanto que a mí él me hería
tenazmente.

Las bocinas, los guardias, aquella gente que me avasallaba
para pasar delante -como si hubiera premio
al final de la acera-,
era tremendo y duro.
De pronto,
sentí una voz suave
que reconocí:
«Qué tienes, hija, qué te pasa, dime. »
Madre, dije bajito, y me quedé pegada
al ceniciento asfalto
que mis suelas
venían machacando con ahínco.

Las estridentes voces de un taxista -que tuvo que frenar
para no atropellarme-, me hicieron despertar.
Estaba tan contenta, que hasta le sonreí,
olvidando de pronto sus feroces insultos.
No quise ya esperar el ascensor para tomar el «Metro».
Bajé las escaleras
saltando igual que un niño, de tres en tres. Silbando
una canción ligera, y por la noche
aquellos moscardones enlutados
me parecieron ya casi palomas.