A un joven poeta

Sobre la mesa el libro escrito
en esa edad que, al comparar,
siempre nos parecemos al más bello.

Tiempo el tuyo de sensaciones,
cuando todo huele a mañana y es hermoso.

Tus palabras, contrarias al destino,
detienen la esperanza, siembran oscuridades.

Yo invoco de nuevo la alegría,
el sencillo vivir entre las cosas.

En el declive de la colina

No puede permitir naturaleza
que tan escaso amor te haya humillado,
sin la jugosa avena entre los dientes,
sabiendo que morir es lo postrero.
Hablaron de tu hora. ¿Quién el destino sabe?
Te conocí airoso.
Morabas una cuadra con ramilletes verdes.
Vaho de la rosada boca
advertía tu sueño, inquieto a veces,
por cosquilleo de hormigas rubias
sobre el brillante pelo de las ancas.
De juventud los ojos
marcaban la frontal fisonomía,
cabeza hermosa
atraía de admiración el gesto
de quienes al pasar verte pudieron.
Solo ahora, en el declive de la colina
que recibió tus siestas,
recién cortado el heno de aquel lecho,
para morir quisieras.

El alba y la serena luz
no lograron atraer otro jinete,
levantar al derrotado,
vivir las agonías,
espolear los flancos
de un animal
hasta estallarlo
en plenitud gozosa.

Transcurrieron las necesarias noches.
Radiante el sol,
y las hormigas rubias sobre el anca.
El caballo, en soledad de muerte,
trémulo relinchaba.

En San Michele

Homenaje a Ezra

En San Michele el cementerio un huerto.
Mañana de noviembre.
Los versos de la usura.

Silencio y tierra. Flores.
Los peregrinos buscan vestigios naturales.
La pisada de Pound en la pradera última.
Raíces de laurel. Yedra. Rocío sobre el césped.

Llegamos al lugar como a la posesión de un territorio.
Y no se oía nada. Y llovía.