Don Alvaro, o la fuerza del sino (fragmento)

DON ÁLVARO: (sólo)

¿Que carga tan insufrible
es el ambiente vital
para el mezquino mortal
que nace en sino terrible!
¿Qué eternidad tan horrible
la breve vida! Este mundo,
¿qué calabozo profundo,
para el hombre desdichado,
a quién mira el cielo airado
con su ceño furibundo!
Parece. sí, que a medida
que es más dura y más amarga
más extiende , más alarga
el destino nuestra vida.
Si nos está concedida
sólo para padecer,
y muy breve ser
la del feliz , como en pena
de que su objeto no llena,
¡terrible cosa es nacer!
Al que tranquilo, gozoso,
vive entre aplausos y honores,
y de inocentes amores
apura el cáliz sabroso
cuando es más fuerte y brioso,
la muerte sus días huella,
sus venturas atropella:
y yo, que infelice soy,
yo, que buscándola voy,
no puedo encontrar con ella.
Mas, ¿cómo la he de obtener,
¡ desventurado de mí!,
pues cuando infeliz nací,
nací para envejecer?
Si aquel día de placer
(que uno sólo he disfrutado),
fortuna hubiese fijado,
¡Cuán pronto muerte precoz
con su guadaña feroz
mi cuello hubiera segado!

El conde de Villamediana (Los toros)

LOS TOROS

Está en la plaza Mayor
todo Madrid celebrando
con un festejo los días
de su rey Felipe cuarto.

Este ocupa, con la reina
y los jefes de palacio,
el regio balcón vestido
de tapices y brocados.

En los otros, que hermosean
reposteros y damascos,
los grandes, con sus señoras
y los nobles cortesanos,

ostentan soberbias galas,
terciopelos y penachos;
las damas y caballeros
llenan los segundos altos,

y de fiesta gran gentío
los barandales y andamios,
jardín do a impulso del viento
ondean colores varios.

Ante la Panadería,
del balcón del rey debajo
y de espalda a la barrera
en la arena del estadio,

la guardia tudesca en ala,
parece un muro de paño
rojo y jalde, con cornisa
hecha de rostros humanos,

sobre la cual vuelan plumas
en lugar de jaramagos,
y brillan las alabardas
heridas del sol de mayo.

Los alguaciles de corte
con sus varas en la mano,
a la jineta en rocines,
están en fila a los lados.

El rey, la reina, los grandes,
las damas, los cortesanos,
los tudescos y alguaciles,
el inmenso pueblo, y cuantos

en la plaza están, los ojos
tornan de Toledo al arco,
por cuya barrera asoma
un caballero a caballo.

k

Vese en medio de la arena,
furia y humo respirando,
los ojos como dos brasas,
los cuernos ensangrentados,

con la pezuña esparciendo
ardiente polvo, el más bravo
retinto, a quien dio Jarama
hierba encantada en sus campos.

Aún no estrenó la almohadilla
de su cuello erguido y alto,
hierro alguno, ni ha embestido
una sola vez en vano.

Entre capas desgarradas
y moribundos caballos,
se ostenta como el guerrero
que se coronó de lauro,

entre rendidos pendones,
sobre muros derribados;
del genio del exterminio
parece emblema y retrato.

k

En un tordillo fogoso,
de africana yegua parto,
que de alba espuma salpica
el pretal, el pecho y brazos,

que desdeñoso la tierra
hiere a compás con los cascos,
que una purpúrea gualdrapa
con primorosos recamos,

de felpa y ante la silla,
en el testero un penacho,
la cabezada y rendaje
de oro y seda roja, y lazos

en el cordón y en las crines
soberbio ostenta y ufano,
a combatir con el toro
sale aquel señor gallardo.

Viste una capa y ropilla
de terciopelo más blanco
que la nieve, de oro y perlas
trencillas y pasamanos;

las cuchilladas, aforros,
vueltas y faja de raso
carmesí; calzas de punto,
borceguíes datilados,

valona y puños de encaje;
esparcen reflejos claros
en su pecho los rubíes
de la cruz de Santiago.

Un sombrero con cintillo
de diamantes, sujetando
seis blancas gentiles plumas,
corona su noble garbo.

Con la izquierda rige el freno,
en la diestra lleva en alto
un pequeño rejoncillo
con la cuchilla de a palmo.

Acompáñanle dos pajes,
a pie, de uno y otro lado;
y llevan las rojas capas
prontas al lance en la mano:

Síguenle sus escuderos
y un gran tropel de lacayos,
los que, por respeto al toro,
se van haciendo reacios.

k

Puesto en medio de la plaza
personaje tan bizarro,
saluda al rey y a la reina
con gentil desembarazo.

Aquel, serio, corresponde;
esta muestra sobresalto,
mientras el concurso inmenso
prorrumpe en vivas y aplausos.

Era el gran don Juan de Tassis,
caballero cortesano,
conde de Villamediana,
de Madrid y España encanto

por su esclarecido ingenio,
por su generoso trato,
por su gallarda presencia,
por su discreción y fausto.

Gran favor se le supone,
aunque secreto, en palacio,
pues susurran malas lenguas…
pero mejor es dejarlo.

De todos y todas dicen,
y es poner puertas al campo
querer de los maliciosos
sellar los ojos y labios.

k

Valiente Villamediana,
cortas las riendas, y bajo
del rejoncillo el acero,
vase al toro paso a paso.

Este cabecea, bufa,
la tierra escarba marrajo,
y espera instante oportuno
en que partir como el rayo.

El paje de la derecha,
con grande soltura y garbo,
a la fiera irrita y llama,
la capa ante ella ondeando.

Embiste, pues; el jinete
tuerce el bridón, de soslayo
pasa el toro, el otro paje
con la capa hace otro engaño,

y lo revuelve, y de nuevo
lo para. Determinado
le hostiga de frente el conde;
torna a embestir rebramando

el jarameño; parece
que el caballero y caballo
van a volar a las nubes,
cuando de la fiera intactos,

en primorosas corvetas
se separan y con saltos.
Un punto el toro vacila
bramido ronco lanzando,

y desplómase en la tierra,
haciendo de sangre un lago
con el torrente que brota
de la cerviz, do, clavado,

medio rejón aparece,
que el otro medio, en la mano
del noble y valiente conde
va al concurso saludando.

k

Por balcones y barandas,
vallas, barreras y andamios,
formando una riza nube,
ondean pañuelos blancos;

y ‘¡viva!’, el pueblo repite,
y los caballeros ‘¡bravo!’,
y ‘¡qué galán!’ las mujeres,
haciendo lenguas las manos.

La reina, que, sin aliento,
los ojos desencajados
en jinete y toro tuvo,
vuelve, ansiosa, respirando;

‘¡Qué bien pica el conde!’, dice,
y ‘muy bien’, los cortesanos
repiten. El rey responde:
‘Bien pica, pero muy alto. ‘

Y en el rostro de la reina
clavó sus ojos un rato.
Esta demudose, y todos
los señores de palacio,

en quienes opinión propia
fuera un peregrino hallazgo,
repitieron, no sabiendo
lo que decían acaso,

y de entrambas majestades
queriendo seguir el rastro:
‘Pica muy bien; mas debiera
haber picado más bajo. ‘

Dos toros más se corrieron,
en que caballeros varios
con gala y con valentía
gran destreza demostraron;

mas es pretender lucirlo
después del conde gallardo,
exceso del amor propio,
cuyos esfuerzos son vanos.

Ser en punto mediodía
las campanas avisaron
de Santa Cruz en la torre.
En su carroza a palacio

retiráronse los reyes,
tras ellos los cortesanos,
y aquel inmenso gentío,
la plaza desocupando,

se apiñó en arcos y puertas,
haciendo un todo compacto,
que por las primeras calles
rompió, que luego en pedazos

por otras más dividiose,
después en grupos, que al cabo
reducidos a familias,
muy pronto se dispersaron.

Tal vez así se desagua
un artificial pantano,
cuando se abren las compuertas
del malecón, y apretados

torrentes por ellas salen,
que luego en arroyos varios
se dividen, y se pierden
finalmente por los campos.

Un castellano leal

Romance Primero

‘Hola, hidalgos y escuderos
de mi alcurnia y mi blasón,
mirad como bien nacidos
de mi sangre y casa en pro,

esas puertas se defiendan;
que no ha de entrar, vive Dios,
por ellas quien no estuviere
más limpio que lo está el sol.

No profane mi palacio
un fementido traidor
que contra su rey combate
y que a su patria vendió,

pues si él es de reyes primo,
primo de reyes soy yo,
y conde de Benavente
si él es duque de Borbón,

llevándole de ventaja
que nunca jamás manchó
la traición mi noble sangre,
y haber nacido español.’

Así atronaba la calle
una ya cascada voz,
que de un palacio salía,
cuya puerta se cerró,

y a la que estaba a caballo
sobre un negro pisador,
siendo en su escudo las lises,
más bien que timbre, baldón;

y de pajes y escuderos
llevando un tropel en pos
cubiertos de ricas galas,
el gran duque de Borbón;

el que lidiando en Pavía,
más que valiente, feroz,
gozóse en ver prisionero
a su natural señor,

y que a Toledo ha venido,
ufano de su traición,
para recibir mercedes
y ver al emperador.

Romance Segundo

En una anchurosa cuadra
del Alcázar de Toledo,
cuyas paredes adornan
ricos tapices flamencos,
al lado de una gran mesa,
que cubre de terciopelo,
napolitano tapete
con borlones de oro y flecos;

ante un sillón de respaldo
que, entre bordado arabesco
los timbres de España ostenta
y el águila del imperio,

de pie estaba Carlos Quinto,
que en España era primero,
con gallardo y noble talle,
con noble y tranquilo aspecto.

De brocado de oro y blanco
viste tabardo tudesco,
de rubias martas orlado;
y desabrochado y suelto,

dejando ver un justillo
de raso jalde, cubierto
con primorosos bordados
y costosos sobre puestos,

y la excelsa y noble insignia
del Toisón de Oro, pendiendo
de una preciosa cadena,
en la mitad de su pecho.

Un birrete de velludo
con un blanco airón, sujeto
por un joyel de diamantes
y un antiguo camafeo,

descubre por ambos lados,
tanta majestad cubriendo,
rubio, cual barba y bigote,
bien atusado el cabello.

Apoyada en la cadera
la potente diestra ha puesto,
que aprieta dos guantes de ámbar
y un primoroso mosquero,

y con la siniestra halaga
de un mastín muy corpulento
blanco y las orejas rubias,
el ancho y carnoso cuello.

Con el Condestable insigne,
apaciguador del reino,
de los pasados disturbios
acaso está discurriendo;

o del trato que dispone
con el rey de Francia preso,
o de asuntos de Alemania,
agitada por Lutero,

cuando un tropel de caballos
oye venir a lo lejos
y ante el alcázar pararse,
quedando todo en silencio.

En la antecámara suena
rumor impensado luego,
ábrase al fin la mampara
y entra el de Borbón soberbio,

con el semblante de azufre
y con los ojos de fuego,
bramando de ira y de rabia
que enfrena mal el respeto;

y con balbuciente lengua,
y con mal borrado ceño,
acusa al de Benavente
un desagravio pidiendo.

Del español Condestable
latió con orgullo el pecho,
ufano de la entereza
de su esclarecido deudo.

Y aunque, advertido, procura
disimular cual discreto,
a su noble rostro asoman
la aprobación y el contento.

El Emperador un punto
quedó indeciso y suspenso
sin saber qué responder
al francés de enojo ciego.

Y aunque en su interior se goza
con el proceder violento
del conde de Benavente,
de altas esperanzas lleno,

por tener tales vasallos,
de noble lealtad modelos,
y con los que el ancho mundo
será a sus glorias estrecho.

Mucho al de Borbón le debe
y es fuerza satisfacerlo;
le ofrece para calmarlo,
un desagravio completo.

Y llamando a un gentilhombre,
con el semblante severo,
manda que el de Benavente
venga a su presencia presto.

Romance Tercero

Sostenido por su pajes
desciende de su litera
el conde de Benavente
del alcázar a la puerta.

Era un viejo respetable,
cuerpo enjuto, cara seca,
con dos ojos como chispas,
cargados de largas cejas,

y con semblante muy noble,
mas de gravedad tan seria,
que veneración de lejos
y miedo causa de cerca.

Eran su traje unas calzas
de púrpura de Valencia,
y de recamado ante
un coleto a la leonesa.

De fino lienzo gallego
los puños y la gorguera,
unos y otra guarnecidos
con randas barcelonesas.

Un birretón de velludo
con su cintillo de perlas,
y el gabán de paño verde
con alamares de seda.

Tan sólo de Calatrava
la insignia española lleva;
que el Toisón ha despreciado
por ser orden extranjera.

Con paso tardo, aunque firme,
sube por las escaleras,
y al verle, las alabardas
un golpe dan en la tierra.

golpe de honor y de aviso
de que en el alcázar entra
un grande, a quien se le debe
todo honor y reverencia.

Al llegar a la antesala,
los pajes que están en ella
con respeto le saludan
abriendo las anchas puertas.

Con grave paso entra el conde
sin que otro aviso preceda,
salones atravesando
hasta la cámara regia.

Pensativo está el monarca
discurriendo cómo pueda
componer aquel disturbio
sin hacer a nadie ofensa.

Mucho al de Borbón le debe
aún mucho más dél espera,
y al de Benavente mucho
considerar le interesa.

Dilación no admite el caso,
no hay quien dar consejo pueda,
y Villalar y Pavía
a un tiempo se le recuerdan.

En el sillón asentado
y el codo sobre la mesa,
al personaje recibe,
que comedido se acerca.

Grave el conde le saluda
con una rodilla en tierra,
mas como grande del reino
sin descubrir la cabeza.

El Emperador, benigno,
que alce del suelo le ordena,
y la plática difícil
con sagacidad empieza.

Y entre severo y afable
al cabo le manifiesta
que es el que a Borbón aloje
voluntad suya resuelta.

Con respeto muy profundo,
pero con la voz entera,
respóndele Benavente,
destocando la cabeza:

‘Soy, señor, vuestro vasallo;
vos sois mi rey en la tierra;
a vos ordenar os cumple
de mi vida y de mi hacienda.

Vuestro soy, vuestra mi casa;
de mí disponed y de ella;
pero no toquéis mi honra
y respetad mi conciencia.

Mi casa Borbón ocupe,
puesto que es voluntad vuestra;
contamine sus paredes,
sus blasones envilezca;

que a mí me sobra en Toledo
donde vivir, sin que tenga
que rozarme con traidores,
cuyo solo aliento infesta.

Y en cuanto él deje mi casa,
antes de tornar yo a ella,
purificaré con fuego,
sus paredes y sus puertas.’

Dijo el conde, la real mano
besó, cubrió su cabeza
y retiróse bajando
a do estaba su litera.

Y a casa de un su pariente
mandó que lo condujeran,
abandonando la suya
con cuanto dentro se encierra.

Quedó absorto Carlos Quinto
de ver tan noble firmeza
estimando la de España
más que la imperial diadema.

Romance Cuarto

Muy pocos días el duque
hizo mansión en Toledo
del noble conde ocupando
los honrados aposentos.

Y la noche en que el palacio
dejó vacío, partiendo
con su séquito y sus pajes,
orgulloso y satisfecho,

turbó la apacible luna
un vapor blanco y espeso
que de las altas techumbres
se iba elevando y creciendo.

A poco rato tornóse
en humo confuso y denso,
que en nubarrones oscuros
ofuscaba el claro cielo.

Después, en ardientes chispas
y en un resplandor horrendo
que iluminaba los valles,
dando en el Tajo reflejos,

y al fin su furor mostrando
en embravecido incendio
que devoraba altas torres
y derrumbaba altos techos.

Resonaron las campanas,
conmovióse todo el pueblo,
de Benavente el palacio
presa de las llamas viendo.

El emperador, confuso,
corre a procurar remedio,
en atajar tanto daño
mostrando tenaz empeño.

En vano todo; tragóse
tantas riquezas el fuego
a la lealtad castellana
levantando un monumento.

Aún hoy unos viejos muros
del humo y las llamas negros
recuerdan acción tan grande
en la famosa Toledo.