Huida hacia el amor de Rosana Acquaroni

Crecí nativa de laureles abiertos
y figuras de sombra.
Aún ahora,
tras las verjas de nadie me levanto.
No imagináis mis manos de silencio,
mi ronco corazón de sombra ante el salvaje
jardín de mansa arena estremecida,
mar que pesa desde el viento,
lluvia,
y en esa voluntad de luto próximo
comenzar.

Cristal y perro perseguido,
pájaro que entra domesticado en la jaula
de alpiste y de rosal.
Y os voy amando,
puedo veros caer de muerte sin río ni sonrisa,
tan magullados por lo oscuro y solitario.
Puedo veros
con fijeza de párpado que ama,
caer como montañas,
buscar los cuerpos apretados y tiernos
—para la piedra ingrávidos—
y sin deciros nada
aprender a caer de los desiertos hasta el mar.

Acompañaros
en esa república de realidad amarga.
Miradme cuando vuelva
—eso me gustaría—,
volver sin esperanza de encontraros.
Como la lenta flor sin paraíso
definitivamente prendida a sus palabras.