Sombrero de perro de Julio Llinás

No hemos tenido suerte,

amigo mío,

aunque haya quienes digan

que siempre la tuvimos.

Cuando miramos hacia atrás

y recordamos las calles

de ese París que se ha ido

con nosotros,

no sabemos ya qué hemos tenido,

no sabemos siquiera

si hemos tenido alguna cosa

o si todo ha sido solamente

nuestro disfraz de saltimbanqui,

nuestro sombrero de perro

y nuestras ganas de vivir.

Algo sabemos sin embargo

de los fulgores del mundo:

no nos va bien la bufanda

de seda pelirroja

de los directores de asuntos,

no nos convienen

los parajes idílicos,

las mansiones augustas,

las torpes limosinas.

No estamos ya para esa farsa,

viejo perro.

Hemos querido cantar

y sólo hemos gritado.

(¡Cuánto mejor hubiera sido

ser un oso que baila!)

Hemos enfrentado a Dios

y él ha escapado

brincando por los bosques.

Hemos querido mostrarnos

y nadie nos ha visto.

Hemos querido ser grandes

y sólo fuimos los mismos,

los de siempre.

Acaso hayamos tenido,

únicamente,

la delicada suerte

de no haber sido nadie

ni nada.