De “La lealtad del espejo”

1. Absorto el cielo, con suave y torpe fuga…

Absorto el cielo, con suave y torpe fuga,
duerme la calle su sueño de bodegas.
Ballestero de la luz y del abismo,
la sangre de tus guerras no ha secado
acequias de dolor, tedio de esperas.
Y vienes a mi voz, con verde inercia,
-tan leve es tu amor deshabitado-.

De “La lealtad del espejo” 1993

* * *

2. Fue una noche de azahar y nacimientos…

A mi hermana Merche

Fue una noche de azahar y nacimientos,
-presagio de espadas y huracanes-.
Demasiado tiempo pasó.
Cansada de cadenas y cráneos de caballos,
dilatas el destino con silenciosos cantos.
Abismal regocijo. Blancuras incurables.
Olvida el mar, con muerte de bolsillo,
hasta que sean legibles tus entrañas.

De “La lealtad del espejo” 1993

* * *

3. Inventa la tarde la fiesta convulsa de las sombras…

Inventa la tarde la fiesta convulsa de las sombras.
En los charcos de luz taconea lascivo el tiempo.
Geometría de sol. La calle, incensario de rumores,
-cómplice piel de granito que flagelan tus pisadas-.

La hora es alta y rayada de serenos eslabones.

Te vistes con la desnudez de todos los espejos,
sin más abrigo que un festín de claridades.

Limpia de ligaduras, me arrojo por la escalera de tus ojos.
En mis párpados madura un motín de encrucijadas.

De “La lealtad del espejo” 1993

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4. La tristeza se viste del color de los deseos desterrados…

La tristeza se viste del color de los deseos desterrados.
Es el feroz desnudo de aquella casa,
cargada de inviernos, vacía de muertos,
amueblada de infancia.
-Cruel inventario de derrotas soleadas-.

Un hombre solo, pálido de quemadas cercanías,
acuña penas, como monedas o sorpresas,
naufraga en la espesura violeta del olvido.
Por el pecho de un árbol
va el eco absurdo de cenizas sin horario.

Con rencor de escarcha mordió la noche su intruso amor,
callado y libre,
alto como las sienes fatigadas del silencio.

De “La lealtad del espejo” 1993

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5. Me habita el mar, con desorden de estrella…

Me habita el mar, con desorden de estrella,
precipitadamente rubia,
y el aire de sus muertos me golpea,
tiritando callada y sorda espuma.

-En los peldaños violetas del cielo,
la noche va cerrando sus ventanas-.

Nada hará la tierra más amarga:

ni el metal desvanecido en su abrazo de invierno,
ni una vegetal, terrible desnudez de luna y sangre

De “La lealtad del espejo” 1993

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6. Olvido en los pliegues transparentes de la astucia…

Hay soledad, y amor, y estoy con vida.
F. Brines

Olvido en los pliegues transparentes de la astucia,
oscuras amapolas de silencios, un sigilo de espadas,
su delgada ausencia como un racimo de gaviotas.

Con una ternura sin leyes, su hambre de pan agranda
los cimientos del mar, el maleficio del viento.

Mañana me perderé, vencida de verde olvido.
-Ataúdes sin sueño, mis zapatos heridos de distancia-.

Bebo mudos pétalos de sombra, soltando,
a flor de muerte,
desolados relámpagos de carne en las bridas de la prudencia.

De “La lealtad del espejo” 1993

* * *

7. Paredes de luna detienen todos los relojes…

Paredes de luna detienen todos los relojes.
En los bosques más cansados de tus ojos
anidé mi palabra, con inhóspito sigilo.
Pronuncio espejos con las manos delgadas de tristeza.
Es el limo de los verbos y la espuma de la carne,
un sol de sílabas y claveles de bolsillo.
Con duda maestra navegué en silencio por tu ombligo.

De “La lealtad del espejo” 1993

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8. Se deshace el mundo y su trampa de almanaques…

Se deshace el mundo y su trampa de almanaques
en tu frente pálida de heladas profecías.
Alargas los parques con tristeza milenaria,
-te vistes tu traje de navajas-.

Como caravanas de espejos, andando voy a cuatro labios
por las veredas más delgadas de tus ojos.
Secas sílabas se agazapan como escamas luminosas:

Hay palabras afiladas que despueblan
un pecho de niño ahogado en silencios.
Soy un astro demente que se mira en la luna risueña de tu piel.

De “La lealtad del espejo” 1993

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9. Toma un cuerpo, prisionero del miedo…

Toma un cuerpo, prisionero del miedo,
y arrebátale la soledad, sin límite de lunas.
Devuélvele la confianza al pulso de sus noches,
entablando batalla contra desengaños y adioses.
En la estación de los besos, no habrá ganador.
Ya no sabrá a insomnio de trenes el rayar del alba.

De “La lealtad del espejo” 1993

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10. Unas manos que huelen a crepúsculos…

Unas manos que huelen a crepúsculos,
-de nuevo el verde olvido de la noche-,
la oblicua soledad llena canastos ateridos,
la oscuridad de todo gesto y sus meandros,
grietas en las ásperas flores de la duda.

Con sus manos recorría la lluvia y sus acacias,
las angostas colinas de la luz,
crucigramas sin destino en los rumores de su piel.
Con cintura huérfana de frágiles bellezas
abrazó la herrumbre de todos los silencios.

Salteador de eternidades, tus súbitos volcanes
perfilan camino largo en versos y sortilegios,
hasta llegar al alba en las vísceras de la ternura.

De “La lealtad del espejo” 1993

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11. Vendrá, vendrá el amor, -seguro laberinto-…

Vendrá, vendrá el amor, -seguro laberinto-.
Descorriendo sombras, jarcias escarlatas,
como julio mil espejos entreabiertos,
-dulces añicos de luz atrapados por la brisa-.

Huele a sol. La calle, cómplice y ensimismada,
nos conduce por los recodos verdes de la dicha.

Azul, demasiado azul en el lento horizonte,
impulso de mar hacia los estambres de la noche.

La calle, sabia; el paso confiado, sutilísimo,
hacia la ribera irresistible del sueño
-celeste llave de luna y de cometa -.

Con vértigo restaurado, pude leer su voz,
cerrado abanico, cercando al insomnio
en la palidez oculta de unos brazos.

De “La vigilia del tiempo”

1. El dolor escoge sus ciudades…

El dolor escoge sus ciudades,
el asedio aplaca sus heridas,
el amor persigue sus batallas.

En el feudo de tus manos,
-crisol de cenizas y llantos-,
perdura el olvido y sus cautelas,
languidecen augurios delicados.

Dilapido ausencias, transijo con la nada.
Pájaros lentos ofrecen su cuidado.
Dreno los aljibes oscuros de la sed,
la oblicua noche del regreso,
las imposturas del tiempo,
la quemazón de los retratos.

Te miraré otra vez, en otra noche
de desamparado rasgo.
Se columpia sin prisa la ternura,
me pruebo otra tristeza con la distancia de un presagio.

De “La vigilia del tiempo” 1996

* * *

2. Nana de agua

Nana, niña, nana.
La nieve envejecida de la plaza.
Amaina el fiel invierno
en la luz cansada de diciembre.
Se duerme tu nombre, niña,
en una ciudad de silencios de agua.

Nana, niña, nana.
el tiempo se disfraza con tu infancia.
Y con calma trágica,
detiene a aquel gato rubio y solo,
domestica tus sonrisas,
deshila los volcanes más huraños.

Nana, niña, nana.
El mar está elocuente en esta noche.
Con su camisa blanca,
canta, aterida, la sirena,
en la raíz de las sombras,
-camelias de sangre y de relámpagos-.

Nana, niña, pena.
Niña, nana, agua.

De “La vigilia del tiempo” 1996

* * *

3. Treinta pétalos vacíos para tapar el olvido…

Treinta pétalos vacíos para tapar el olvido.
Nos depara tosca nube el insomnio,
solitario infierno que anticipa la memoria.
Habito
en el suburbio amargo de la nada,
en la intimidad del desamparo,
en el cristal de los signos sin infancia.
Es el sonido que alumbra
la incesante tiniebla,
la agonía del agua,
el hábito inasible del miedo.
En las grietas del verbo
se repite la desidia de la espada.
Con prisa inútil
se desangra en música el intolerable infinito.

De “La vigilia del tiempo” 1996

* * *

4. Un aroma de sangre oceánica…

Un aroma de sangre oceánica,
cereal de los tiempos sin lunas,
emerge como la ley, como la selva,
como la piedra que crece en un vientre
y despierta el futuro de la carne.
Cómo no sucumbir al deseo que perece
inmóvil en la frente suplicante de los ángeles,
cómo no reconocer el llanto vegetal del miedo,
cómo no derrotar al veneno aterido de la muerte.

Adagio

No me acuerdo de las calles, de los primeros fuegos.
Tú me esperabas silencioso y azul como una ofrenda.
Tu mano me retenía tardes enteras,
con la claridad de los pájaros,
recorrías la monotonía de tejados y alamedas.

He reconocido con sorpresa y piedad
el frío sonámbulo de una tregua.

Reconstruyo con extrañeza
tu delgadez de pequeño elfo.
Tengo tierra y sangre hasta mi tranquilidad más recóndita.

Hace tiempo que he renunciado a vaciar mi buzón,
a recorrer los jardines invisibles de tu sexo,
y me cubro de escalofríos desde el principio de los tiempos.

Andante

La noche del eclipse de luna
bebías el cobrizo reflejo de la bruma en la marisma.

Mil incendios palpitan en la penumbra.
Penitencia oculta en una piel de lirio,
albero y negro de silencio.

Cabalgo al ritmo de mi temor,
ruido seco de tambores,
-el tiempo humilla con laureles-.

En los pantanos suaves el barro
cruje como las sienes sin luz de una muchacha.

Estaciones paralelas

Querido Héctor:

Cuando esto te escribo, amor, qué palabras cubrirán la última noche del siglo, el invierno que nunca acaba, la primavera rota por la ausencia. El mundo se va a ahogar, los pájaros ya no vuelan en los espejos y el mar no ofrece ningún consuelo. Esta ha sido una historia envuelta en música y en silencios, antigua y terrible como el mundo, hemos tenido que inventar todos los caminos, hemos discurrido por dolorosas geografías, lugares queridos que corresponden a la cartografía del desconsuelo.

Te escribo esta carta en una pequeña hendidura de agua, porque el agua irradia atardeceres de otras épocas. Cuando nos encontramos por vez primera, yo era una muchacha joven que se miraba en el fondo de tus ojos, que vivía pendiente de tu arrogancia de isla. Pero tu nombre se ha quedado para siempre dentro, pero tu rostro aún vive en mis palabras, pero tus manos de árbol crecen, vigorosas, todas las primaveras de relámpagos. Enséñame el lugar del aire, hacia dónde dirigir mi huida por todas las estaciones que regresan sin ti, porque hay velos tristes que me han hecho morir de cordura, cuchillos lentos que han inundado de mar todas las derrotas.

El recuerdo es el camino breve y puro que conduce hacia el delirio, que transcurre como una melodía en el viento de la historia. Adagio de las promesas que no pudieron realizarse, andante nocturno que devuelve las traiciones a un mar dormido en mi vientre, vivo círculo de los ahogados por las sombras del desafecto, pues será el trayecto que nos ha de reunir lento como el tejido fatal de una espera sin personajes.

Somos esos seres a los que el tiempo nunca arrebata sus heridas. Me acorazo con la armadura de la voluntad, amor mío, zurzo los harapos del destino, invoco un tiempo en el que pudieron ser verdad todos los silencios del mundo. Pero caminamos por estaciones paralelas, en un tiempo que nunca asumió la luz y el abismo, infinito y azulado, habitado de palabras y de ausencia.

En qué mar encontrarán reposo mis ojos en la ciega huida por el brocal del otoño…

La vigilia del tiempo

El dolor escoge sus ciudades,
el asedio aplaca sus heridas,
el amor persigue sus batallas.

En el feudo de tus manos,
-crisol de cenizas y llantos-,
perdura el olvido y sus cautelas,
languidecen augurios delicados.

Dilapido ausencias, transijo con la nada.
Pájaros lentos ofrecen su cuidado.
Dreno los aljibes oscuros de la sed,
la oblicua noche del regreso,
las imposturas del tiempo,
la quemazón de los retratos.

Te miraré otra vez, en otra noche
de desamparado rasgo.
Se columpia sin prisa la ternura,
me pruebo otra tristeza con la distancia de un presagio.

Lento

Un bosque de cuchillos ciñe un traje de novia.
Es la patria del fuego y la ignominia
que habita en los suburbios calcáreos de la memoria.
Los pájaros siempre son una despedida,
silente y pálida,
como ciertos atardeceres en el mar.
Crece un muro con la lumbre del abandono,
con las palabras del fango,
-tinta de la sangre o de la piedra-.
Las manos viven dentro del espejo,
desatan sin asombros la crueldad del estigma
negro, de mares de furia estéril.
El velo está roto y en silencio.
Los puentes se extienden como tigres
en el ocaso.
Pálidos musgos y pianos enredan un aire antiguo.
En la selva cantan los muslos tristes de una muchacha.

Vivo

Una luna de alfanje corta el valle de Morna.

La húmeda niebla envuelve
el asiento trasero del destino.

Una hoguera de almendros
esclarecía el desamor.
El viento se acerca,
como una presencia
infinita.

La carretera serpea en la distancia,
como los cuerpos olvidados que van a dar al mar.

El fósforo de la tarde se dilata en los campos,
y el mar hace creer en otra vida.

Suenan, a lo lejos,
los tambores de la playa,
una pavana ausente,
el agua desamparada.
Las palabras comen de tu mano,
como gaviotas de fuego,
como úlceras de la madera.

Tañedor de cuerpos,
tu tez se ilumina en la brisa y en la pena,
aldaba de la lluvia.

Pero la isla se cierra, como un amante,
sobre sí misma.
Recordó la noche en que casi perdió la razón.