Bodegón

A Toni Quintana y a María Argyriou

En el espejo
los bordados, las sillas,
la inútil chimenea, las naranjas
amarilleando, Ja camomila,
el libro. En la hipérbole del espejo
el extraviado, ella, los dos
marinos, la anciana, Pinemía, el gran gato.
Todo: la miel, el pan y la pimienta,
las baldosas etílicas, los cuchillos, la tarde
que se viene; el espejo así inmovilizado
por la vida y sus innumerables
puntos de fuga, espontáneamente
dispuesto por la mano
meticulosa de la belleza.
Y los aromas, y los rumores
mórbidos.

Cinecittá

Abres el día en punto.
Cruzo el dintel funámbulo del sueño
y entro en tu soledad
como a un estudio
donde se está filmando el infinito.

En nuestros ojos tiemblan
las ovaciones del silencio.
Diciembre es otro actor. Y nuestro abrazo
el primer ademán de la mañana.

El arquero

He venido a dejarme mirar y llamar por mi nombre,
a responder a las lejanas cosas familiares y desconocidas,
mientras me apoyo contra un muro que se tambalea.

Un trago largo es el paseo de los eucaliptus.

Lo que ha sido la vida con sus insoportables rubores,
todo amor y su fiera marimba.

A tenderme, y que pasen el sol y los justos,
el naufragio del último capitán de la nave,
las figuras que pacen en mi silencio.

Que no se acuerde más de mí el arquero,
no apunte y abra el paraíso.

Meditación

Estoy llegando
muralla arriba de mi voz,
a comprender la noche
en medio del milagro.

Multitudes de sombras
paralelas al sueño del otoño,
extinguen la perdida
meditación del fuego.

Sólo duele la paz ardiendo,
y ardo.

Museo de curiosidades (sala once)

A Pedro Molina Temboury

Abre las puertas
-¡sésamo!- museo de curiosidades.
Lo más raro es el beso, lo más raro;
sus leyendas florales, sus familias,
la estupenda memoria de los niños.
Lo más raro es el viento, son
sus labios, sus labios que ahora besan
en los míos y en ellos van volviéndose
inocentes. Lo más raro es el alba,
un alba rubia, cormoranes que vuelven,
los dieciséis sentidos de la luna.

Abre las puertas, abre: lo más raro
es el «¡sésamo!», la noche
que entretiene sus goznes en el juego.
Lo más raro es mi calle de madera
(¿qué niño no imagina que ha muerto
en la batalla?) Lo más raro es el agua,
el sueño, el agua, el sueño que sí sabe
de manglares. Y los yelmos, las yemas
y las vides que vemos relucir,
remudarse, pasmar el cielo de repente.
Entonces es la espléndida compañía
de nadie. Lo más raro. Lo raro.

Nos apalabra el aire

En verdad, resulta extraño
no habitar más en la tierra.
Rilke

Qué ademán en azul
el de la plaza
entre las claraboyas del invierno.

Pasa el soplo del día
restañando esta fugacidad.

Y porque nos amamos
no me golpea el tiempo en las estancias
que nunca poseí.