Carta debajo del sapo

El sapo común, que con la lengua caza los bichos al vuelo
y salta, chueco, trillando los yuyos tórridos y espoleando
las sombras, pardo, noctámbulo, bufón de la zanja,
debe sin duda su aspecto al sapo singular
del mundo de los arquetipos, que brinca sin hambre ni sed
por la vegetación inmóvil de un jardín modelo
conservado en un clima ideal.

Muy bien, pero el sapo pisapapeles, que no tiene lengua,
no tiene hábitos, voz ni verrugas y además de anuro es capón,
¿a cuál debe el suyo?, ¿o al debérselo a uno lo debe
también al otro?, ¿o no debe su aspecto a uno ni a otro
y se lo debe a un arquetipo diferente?

Como sea, debajo de sus patas de jaspe hay una carta
que acabo de escribir y es movida por la brisa del ventilador;
siendo que no hablo de nada o hablo de cualquier cosa
nadie o cualquiera puede ser su destinatario,
aunque lo más probable es que no vaya al buzón
sino al cesto, donde hay más de la misma especie.

Dale, dale, la mano que sostiene en lo alto la linterna

Dale, dale, la mano que sostiene en lo alto la linterna
empieza a aflojar, es ahora, da dos pasos, uno, dos, tus primeros
sigilosos pasos en la arena del otoño, uno más y ya son tres,
quitando esos pinos de alas caídas verías
la casa en la loma y vaquitas tascando
el forraje en la hondonada, sí
Pero para qué, los pinos no pueden correrse de ahí
ni la luz cebarse en otra especie más pía,
dale, con el taco marcando la arena, el pasto que invade la arena,
abajo, y a no buscar auxilio en las estrellas esterlinas
hacen su negocio sobre los techos herrumbrados,
dale, hasta que sola en un palo encogida de hombros la rabona
garza bruja con un cuac pelado corte el viento
nadie va a salir a buscarte, pensando si estás vivo o qué.

El ornitorrinco

Negado por la naturaleza como sin duda
lo hubiera querido hacer su padre, vuelve a estornudar,
mezcla de varias especies que tras disputarse el predominio
se dieron todas por vencidas, abandonando el terreno.
Con varas de nardo su genio personal

debe estar haciéndole cosquillas en la nuca
para que sonría así, estirando dos labios de camello,
por debajo de un objeto nasal de neto corte papú.
El cuello deprimido, nada de pelo sino pelusas de fruta,
dedos aporcados sobre un vientre de botella y zambo
para que a ojo el diseño no carezca de una base
acorde el ángulo cerrado de los hombros,
grogui de pie en el sol sigue con ojos pisciformes
los aleteos de una docena de passeriformes
tomando baños de polvo y pío pío.
Te digo que si un cagatinta quisiera, con un bollo de papel
desde cualquiera de esas ventanas del Ministerio,
probar puntería en su mollera rosada
ya no podría: un viejo cuyo cutis se parece
al hollejo de la uva cuando la pulpa es expulsada
con semillas y todo por la boca, violentamente,
ahora está parado adelante de él
y con un pañuelo que saca del bolsillo
le aprieta la nariz diciéndole sonate.

En el campo de los Arocena

Y a la vuelta del granero, tres ratas de oscuro y húmedo pelambre, rudas, ojos de confite, que salen despedidas por la boca de un desagüe, una atrás de otra, como por un recto. Hace apenas un instante, sus patitas apuradas en la cañería rat ra rat, rat rat. Y al dar la cara chillan de codicia —entre las tres un solo chillido, corto, agudo y ascendente, dirigido a nadie.

Diógenes descalzo no hubiera pisado este potrero sin compadecerlas, chapuceras de cloaca entre caldos fecales robando el grano a las gallinas, qué más, cavando tímeles con sus pezuñas de sirvienta, y de noche silbando para medir el tiempo que las despabila, ennegrecido. Pero todavía hay luz y envueltas en su propio vaho de peste se las ve correr en dirección al molino, donde un cúmulo de malvas arbóreas recibe la descarga de una nube de polvo.

Aspas quietas en el fin de semana esperando lluvia. En el tanque australiano, las hojas se pudren con el agua abombada. Una camioneta por el camino de los plátanos, el verde seco, el ocre y la monotonía de las plantaciones, más nubes de borra en lento desplazamiento comprimido. Y si se vuelve los ojos, una tras otra ensartadas en un hilo de mofa trepan al penacho de una palmera; el tronco está enredado de tallos de hiedra, los cabos truncos de las hojas caídas parecen estacas.

Un amante de la comedia humana no debería hacer pactos de pudor con sus semejantes

A mí dame las nubes, ellos
pueden quedarse con el viento
ahora sin nada para empujar.
El grito del afilador, las hojas curtidas
de enero y febrero y todos los demás
sonidos humillados. Ves la lluvia
cómo a ratos pierde fuerza
sobre el capot de un auto que pasa.
Hombres nacidos del mismo parto
estorbándose unos con otros
por la escalera mojada
hacia los cuatro molinetes del subte.
Alejarse y morir en un segundo.
Y hay palomas que se pisan y zurean
en una cornisa de la Concepción
sucia de hollín, esos metecos
refugiados en el atrio
para con dedos cuarteados trenzarse
en discurso de tortuga.
Y la florista que arma el ramo
según se le indicó, tan parca,
tijeras en mano tzac tzac casi maníaco.
Hasta un robot pondría más sentimiento
tratándose de simples tallos.

Una advertencia

Una alambrada donde se cruzan
tallos de distintas zarzas y unas pocas
cañas emergen con sus penachos entre flores
acampanadas, tampoco muchas, de un color
que remeda al lila, pero que es silvestre.

Hay un grupo de estatuas entre los arbustos
del que la niebla apenas perdona las cabezas.
A ratos se alzan voces de gaviotas y un gas
como de harinas en putrefacción que se dilata,
y a cada oleada sigue otra más picante.

Una advertencia a los que crucen este parque
y restando poder a la humedad v al suelo
quieran hacer un alto para atarse los cordones,
prender un cigarrillo, fumarlo, cualquier cosa:
acá los pies echan raíz al menor signo de parálisis

y ya las rodillas se ponen rígidas, la boca
es cerrada por una corteza que sube, áspera,
desde los hombros y el tórax; manotear algo
a qué aferrarse no sirve de nada: los brazos
flexibles se tuercen en troncos que se ramifican

y borrando toda huella de una vida pasada
de miles de brotes en silencio rápido
salen las primeras hojas.

XI (acá el agua está muerta de verdad)

El sol deformado tras un culo de botella
en un cielo con emplomaduras sobre
la cabecera del puente, negros los fierros,
negra el agua, gris sucio el smog por toda conciencia
fluctuando en la tibia compota otoñal.

Fletar muertos de una orilla a otra la misión del botero,
cada muerto con su moneda debajo de la lengua
a modo de peaje, pero este que rema de memoria
en el agua que hace globitos, quince golpes
de remo cada vez, iguales en técnica, frecuencia y empuje

hacia una playa de óleo y dispersión, barro, pelos, paja,
detritos alquitranados, el muelle de teclas entre camalotes
de un verde flema con flores que son
cada una una paradoja, este botero hundiendo,
empujando, hundiendo, empujando
el remo en el agua con visos de azul en lo negro,
de morado en lo azul, no es el botero sino un botero
al que le falta una pierna, no importa, se arremanga,
los que transporta tampoco están muertos, mustios
tos doce horas de trabajo, a lo sumo, y sin nada que decirse.

Yace

Un bel morir tutta la vita onora.
Lo the fair dead!
Petrarca super Pound, 1989

No hay, acá no veo, un pedazo de madera
nunca va a enceguecer, ojos de carne
y cáscaras de huevo —acá no veo—;
el viento se basta con el dolor de las hojas
y la puerta del altillo que golpea
mal cerrada; acá no hay
sino ver y desear, no veo
sino morir con deseo.

Pero borrar las opiniones vacías, tus esperanzas
sin apoyo, los prejuicios, titubeos,
los cálculos tentativos y otras materias
igualmente vagas o falaces supondría
dejar la mente en blanco, blanca, una cáscara de huevo,
pobre cosa hundida en un viento de campanario,
la liebre entre los helechos de la luna
acurrucada en una cuenca seca.
Si hay imágenes, ¿por qué hay memoria?
¿Quién levantó para el sol
una carpa en el mar?
La boca de la chica
que yace en el matorral, que yace
en el lecho de la zanja
dormida, y es picada
por las moscas, mordida
en los pies por ratas del agua
yo la vi, vi la boca, los pies
y no pensé, di vuelta a la hoja,
no pensé y volví atrás, cerré los ojos
ante el viento sin vida que pasaba
por encima de la zanja
barriendo el matorral.

La canción de amor
que fluyera detenida
en cada palabra
y que nadie conociera
ni llegase a oír,
esa que el día desnudo
a la noche cantaría
y la noche al otro día,

no, es imposible ahora:
las cuerdas flojas apenas vibran
y hay flores pisadas, pasto pisoteado
formando un camino, los murciélagos
revuelan en la pantalla sin chistar
y atrás de la ruta un poblado y arriba
la luna cuelga en un lazo de niebla.

Ya sin hambre ni sed, a medias oculta
por la maleza, el cuello reclinado
en el zócalo de la zanja
para que así la descubra el día
y con el rocío sea reparada,
los ojos en blanco,
yace.