DOS RIVALES de Antonio Plaza Llamas

I

Una soberana horrible
entre las sombras impera,
y su reinado es tranquilo
como el de la nada extrema.

De sombras es su ropaje,
de sombras en su diadema,
do en vez de piedras preciosas
negros puntos se condensan.

Tiene un túmulo por trono,
por palacio una caverna
en la que nunca los rayos
del vívido sol penetran.

De esa mansión las cortinas
son, como la tumba, negras,
y cual péndulo las mueve
viento que el alma congela.

Y narcóticos los frutos
que en secos árboles cuelgan;
porque narcóticas aguas
aquel triste campo riegan,
y el triste mar del olvido
sin azul, sin trasparencia,
con soporíferas ondas
turbias, monótonas, lentas,
arrulla el pesado sueño,
prolonga la imbécil siesta
de la imbécil servidumbre
de la mujer que allí reina.

¿Queréis que revele el nombre
que la soberana lleva?…
Es su nombre: la Ignorancia,
audaz, vanidosa, vieja;
su razón es el capricho,
porque la razón detesta;
su progreso es la costumbre;
ojos tiene, pero es ciega,
y muchos que no son ciegos,
ciegos obedecen a ella.

II

En lontananza se mira
brillar como punto de oro,
linda luz que del Oriente
se aproxima poco a poco.
Después, de dos peregrinos
los bultos antes dudosos
se ven: un viejo con alas;
en su aspecto grave y hosco,
y empuña reloj de arena,
cuyo finísimo polvo
anuncia que de la calma
el fin encuéntrase próximo.
Lo sigue una linda virgen:
la Reforma. —Lindo el óvalo
es de su faz, y es muy linda
la expresión que hay en sus ojos.
Cubre sus formas de hada
ropa más blanca que el copo
de nieve. Brilla en su frente
diadema de fuego rojo.
Su marcha es firme, y el eco
de su paso a uno tras otro
de los que duermen despierta;
y enciende la ira, el odio,
en aquellos que no quieren
dejar el sueño sabroso.

III

La caverna al fin invade
la luz que su frente arroja;
y al herir sus resplandores
el imperio de la sombra,
todos se levantan. —Unos
la saludan y la adoran;
pero otros cierran los ojos,
porque su brillo les choca.
Los primeros dicen: Tú
eres la verdad, Reforma,
¡bendita seas y bendita
sea tu luz reveladora!
Los últimos gritan: Eres
la impiedad y la discordia,
¡maldita seas, que a tu frente
maldita luz la corona!
¡Adelante! dicen unos,
¡atrás! —otros con voz ronca.
Y los que roncaban juntos
bajo el sudario de sombras,
hoy a combatir se aprestan
ebrios de sangre y de cólera.

*

Brillan desnudos aceros,
y los fusiles detonan;
el clarín rompe los aires,
y los cañones ribomban.
Alzanse nubes de polvo,
jinetes van, vienen, chocan;
el ¡ay! de los moribundos
horribles gritos ahogan:
la sangre mancha la tierra,
está la muerte de broma,
que la cuba de Tomiris
se llena hasta que desborda,
y en su rojo contenido
el rencor infame boga.
Sigue una lucha a otra lucha;
tras una batalla, otra;
que en ese interno combate
nadie alcanza la victoria;
y entretanto que unos bajan
a colonizar las íosas,
hay otros, los escogidos,
que suben, medran, engordan,
y los que aguadores eran
en generales se tornan.
La Ignorancia al fin despierta;
imprime diversas notas
a sus cantados bostezos;
se espereza, se prolonga,
y de la lid el rüido
no altera su calma insólita;
que sabe que es su reinado
eterno. —Si una victoria
obtienen los reformistas,
se disfraza de Reforma,
y burla de su enemigo
las conquistas ilusorias.
Y la Reforma que es joven,
inexperta, candorosa,
deja a su rival que usurpe
el puesto que a ella le toca.
El Tiempo entonces le dice,
sin pararse: Tú, ahora
eres «La Ignorancia», lucha,
que atrás viene otra Reforma.
Las escenas se repiten,
y van y vienen reformas,
que siempre conduce El Tiempo
tras una Reforma otra;
y todo reforma el hombre,
y al hombre nada reforma.