16 DE SEPTIEMBRE

I

La Virgen de Occidente, ondina de los lagos,
la fada de ojos negros brillantes como el sol,
la linda como estrella sagrada de los magos,
la perla que soñaron Virgilius y Colón;

la Venus de los castos idílicos amores,
sultana sobre lecho mullido de arrayán,
azteca soberana, señora de señores,
la reina de cien reyes, indígena beldad;

lloraba sin ventura sufriendo los insultos
que audaz le prodigara ibérico invasor:
cadáveres sus héroes rodaron insepultos,
hollados por el casco de exótico bridón.

Las plantas extranjeras pisaron estos lares,
al genio revelados del sabio genovés,
que con audacia suma condujo a nuestros mares
carabelas compradas con joyas de Isabel.

La gente aventurera que vino de otro mundo
inmarcesible gloria queriendo conquistar,
cubrió nuestra campiña de luto sin segundo,
taló de nuestros padres la espléndida heredad,

y aquellos españoles que retemblar hicieron
la tierra infortunada del gran Tezozomoc,
a las hondas, macanas y flechas, opusieron
el estallido ignoto de horrísono cañón.

Batallas desiguales el campo estremecía,
que nunca el mexicano se rinde sin luchar;
en yácalas profundas los muertos no cabían…
era una fosa inmensa el suelo de Anahuac.

De sangre se tiñeron las olas de los mares,
de sangre se tiñeron las rosas del pensil,
las llamas devoraron alcázares y aduares,
y México fue presa de horrores mil y mil.

Manchóse la teocali con la sangre inocente
de aztecas que Alvarado inermes degolló,
¡lástima que un guerrero de corazón valiente
dejara en su memoria caer ese borrón!

Preparó la hecatombe con frases de cariño,
y su traición infame le vino a conquistar
la gloria del gigante que lucha con el niño,
la gloria del cobarde que mata por detrás.

Aquellas indomables legiones altaneras
que luto y exterminio sembraron por doquier,
cazaban a los indios como se cazan fieras,
y el estertor del indio formaba su placer.

La guerrera falange que trajo en sus pendones
el símbolo sagrado sublime de la Cruz,
en medio de atabales y fuego de cañones
importó el Evangelio divino de Jesús.

Y frailes y caudillos hallaron desde luego
en México la bella espléndido botín;
y expiró atormentado en su lecho de fuego
el héroe de los héroes, el gran Quautemotzin.

Sedientos de riqueza en sangre se bañaron,
doquiera desplegando un lujo de crueldad;
y trémulos de ira, mataron, y maíaron,
la raza conquistada queriendo exterminar.

Que sangre y sólo sangre formaba su delicia,
un sudario sangriento sirvióles de mantel:
viles migajas de oro tentaron su codicia,
y sobre negras tumbas basaron su poder.

Las púdicas doncellas lloraban deshonradas
por la torpe lascivia de audaz conquistador;
y las nobles matronas sufrieron indignadas
ultrajes inauditos de soldadesca atroz.

Y la virgen que antes posara sobre flores
aurífera sandalia, perdió la libertad;
su veste desgarraron altivos vencedores,
y tuvo por corales cadenas nada más.

¡Ay! México la hermosa, señora independiente,
rodar vio por el fango su límpido blasón;
y al extranjero vugo dobló su altiva frente
sufriendo resignada tres siglos de opresión.

Tres siglos de conquista, de nobles y virreyes,
y frailes que atizaron la hoguera de la fe,
tres siglos en que España dictó a su antojo leyes,
tres siglos ominosos de gótico poder.

Tres siglos coloniales de triste remembranza,
tres siglos en que México sus fastos enlutó;
porque los conquistados creían sin esperanza
eternas sus cadenas, eterno su baldón.

II

Mas Dios quiso en sus favores
que un sacerdote bendito,
lanzara de guerra un grito
en el pueblo de Dolores.

Grito fue que, por ventura,
único recuerdo encierra:
porque retembló la tierra
con el grito de aquel cura.

Grito que escuchó la gloria
ebria de placer profundo;
grito que se oye en el mundo
repetido por la historia.

Dios del suelo mexicano
retirar quiso el azote,
que al grito del sacerdote
palideció el castellano.

Fue aquel grito, no os asombre,
de resultado inaudito,
que al escuchar aquel grito
volvió el esclavo a ser hombre.

El que antes, pobre villano,
los ojos alzara apenas,
trituró con las cadenas
la frente de su tirano.

Y tranquilo, porque encono
no cabe en pechos valientes,
con un grupo de insurgentes
desafió el párroco al trono.

El trono aprestó legiones
con rencorosa bravura,
y la mitra lanzó al cura
tremendas excomuniones.

Realistas e independientes,
por intereses extraños,
lucharon años tras años,
y corrió sangre a torrentes.

Fosas y fosas llenaban
las huestes del rey odiosas,
y del centro de las fosas
nuevos soldados brotaban.

Y lleno de fe sencilla
en mil combates librados,
batió el cura a los soldados
intrépidos de Castilla.

Y armado de buen derecho,
entre las sangrientas olas,
opuso siempre su pecho
a las balas españolas.

Pero Hidalgo, en su delirio,
halló abrojos y no flores;
que Dios da a los redentores
la corona del martirio.

Y cual Moisés, que la vida
al perder sin pesadumbre,
vio brillar desde la cumbre
del Phasga, la prometida

tierra, así aquel cura egrégico,
de su gloria en el vestíbulo
vio brillar desde el patíbulo
la independencia de México.

Hoy, con júbilo profundo,
conmemora el mexicano
el grito de aquel anciano,
que fue redentor de un mundo.

E Hidalgo desde la gloria
tiene aquí sus ojos fijos,
porque nosotros, sus hijos,
bendecimos su memoria.

. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .

Hoy mi labio a nadie inculpa,
ni vengo a encender rencores,
porque de aquellos horrores
tuvo la época la culpa.

Por mi parte, sin violencia
y sin temor, lo confieso:
la conquista fue un progreso,
un deber la independencia.

Hoy benditas afecciones
han substituido a la saña;
porque México y España
son dos hidalgas naciones.

Y a todo español diremos:
«Aquellos hechos pasaron;
si nuestros padres se odiaron,
nosotros nos amaremos».

Porque, creedme, señores.
siendo grandes y benignos,
podremos hacernos dignos
del párroco de Dolores.

III

Anciano venerable, quizá en el cielo penas
mirando de tu patria el porvenir fatal;
de tu patria que tiene escrita en sus cadenas
la irónica palabra de santa libertad.

La patria que dormida al borde del abismo,
su estúpido letargo no quiere sacudir;
aquí la democracia es negro despotismo,
la estafa y el capricho las leyes son aquí.

Mas confórmate, Cura, con tu brillante suerte,
que en libro misterioso por Dios escrito fue:
que de los grandes hombres sirva sólo su muerte
para que tengan vida ios pequeños después.

25 DE JUNIO. A LOS MÁRTIRES DE VERACRUZ

Si al destino fatal, vuestra memoria
glorificar por el martirio plugo,
con la quijada de Caín la historia
escribirá la historia del verdugo.

Negra, muy negra es la inflexible suerte
que abrir la tumba ante vosotros vino;
mas no cambio el honor de vuestra muerte
por la vida infeliz del asesino.

De vuestra tumba brotará la idea
que la tumba será de los malvados;
pues Dios dispone que la sangre sea
redentora de pueblos humillados.

¡Dormid en paz, sin odio ni rencores,
víctimas de la infamia y la malicia…
quiera Dios que con cráneos de opresores
un altar os levante la justicia!

A Baco

Salud, ¡oh Baco! Tu Poder insólito,
es en la tierra talismán vivífico;
quien ha probado tu licor magnífico,
se vuelve siempre tu constante acólito.

Por ti, en las jaulas el glorioso Hipólito
maldicen el idiota y el científico
al mundo artero, que sonríe pacífico
de sus pesares, con cinismo insólito,

pero tú en cambio con bondad magnánima
cuando enardeces mi cerebro escuálido
haces vivir mi lacerada ánima

haces crecer mi corazón inválido:
y juro, por San Juan y la Verónica,
pasar la vida en borrachera crónica.

A CENOBIA (EN SU DÍA)

I

Quiero pulsar la lira temerario,
aunque falte a mi lira inspiración;
quiero cantar, mujer, tu aniversario;
quiero pedir al entusiasmo voz.

Quiero elevar, cual humo vagaroso,
mi pobre acento hasta el excelso tul,
donde reside el Ser que generoso
te colmó de belleza y de virtud.

Que cándida cual pecho de paloma
blanquísima, cual flor, eres, mujer;
es la virtud tu virginal aroma
que las auras impregna del Edén.

Por mostrar el Eterno su belleza
te hizo bajar al mundo baladí,
coronada de luz y de pureza,
más que mujer alado serafín.

II

Y desprendiendo tu vuelo,
arcángel humanizado,
dejaste un brillante cielo
para servir de consuelo
a quien gime desgraciado.

Cuando un alma acongojada
siente la luz de tus ojos,
se ve al punto consolada,
que tu angélica mirada
vuelve flores los abrojos.

¿Viste al astro matutino
espejar la omnipotencia
del Dios que rige el destino?
así en tu mirar divino
se refleja tu clemencia.

Yo, en mis horas de tormento,
cuando el ánima agitada
entregaba al desaliento,
olvidé mi sufrimiento
al fulgor de tu mirada.

Yo, Cenobia, he comprendido
de tu alma la excelsitud;
tú mi noble amiga has sido,
y (por eso, agradecido,
hoy te canta mi laúd.

III

Y ruega a Dios, que bárbaro destino
nunca enlute tus horas venturosas,
que huelles en tu plácido camino
púdicas, frescas y fragantes rosas.
Que tu Edén encantado de ilusiones
alumbre el sol, mujer, en lontananza,
y que brille entre cándidos crespones
la inmaculada luz de la esperanza.

A CRISTINA

Miras al fin coronada
por la gloria tu ambición;
y ya, joven aplicada,
tienes la misión sagrada
de propagar la instrucción.

Inflamado de contento,
hoy tu padre te acariña;
porque premia tu talento
los sacrificios sin cuento
que hizo por ti, desde niña.

Bendijo el Omnipotente,
noble joven, la insistencia
de tu aplicación ingente,
poniendo sobre tu frente
la corona de la ciencia.

Esa corona que alcanza
tu instrucción grande y notoria,
es, Cristina, tu esperanza;
porque ves en lontananza
tu nombre escrito en la historia.

El porvenir no te aterra;
porque en tu cándido anhelo,
para tus ojos encierra,
olas de flores la tierra,
mares de estrellas el cielo.

Sigue en tu afán de aprender
conquistándote renombre;
que la virtud y el saber
elevan a la mujer
hasta el respeto del hombre.

Sigue, Cristina, adelante,
y aunque el estudio te abrume,
estudia, estudia constante,
que la belleza ignorante
es una flor sin perfume.

La belleza es flor, Cristina,
que el tiempo marchita y trunca;
pero el saber que ilumina
el alma, nunca declina;
porque ese no acaba nunca.

A GABRIEL GALZA

Hay hombres que viven buscando la gloria,
sin gloria esos hombres no pueden vivir;
pues quieren que en fastos que guarda la historia,
escriba sus nombres la fama senil.

Mas ¡guay de esos locos que en torpe delirio
su frente coronan de abrojo y laurel!
que siempre a la gloria precede el martirio,
y el mundo al que aplaude lo estigma también.

Quien pisa del arte la senda vedada,
y puede un aplauso doquier arrancar,
es mártir proscripto, y su alma elevada
del Gólgota forma espléndido altar.

El mundo está pleno de torpes farsantes;
la vida es comedia de risa y dolor…
¿Qué somos los hombres aquí?… ¡comediantes!
por eso el artista es mártir histrión.

La envidia a los genios rastrera se aduna;
es ruido el aplauso y hierba el laurel…
Aquí no hay más arte que el de hacer fortuna;
la gloria es el humo, que asfixia, Gabriel.

Si al orbe domina el tanto por ciento,
el pobre es el paria, el oro es un Dios,
payaso el artista, locura el talento,
la escena picota, la fama ilusión.

Mas tú, en quien se agita un alma que siente,
que sufre, que lucha, que sueña también,
audaz ambicionas ceñir a tu frente
la excelsa corona de Taima y Lekein.

Por eso, olvidando martirio y dolores,
en estos instantes, te sueñas feliz…
al ñn los abrojos se cubren de flores,
aplausos nutridos resuenan, al fin.

La gloria del arte tu estudio conquista,
y encuentras más bella, hermano, tal vez,
la humilde corona que ciñes de artista,
que el trono que forma la gloria de un rey.

Prosigue… si espinas te da el escenario,
recuerda la historia sublime de Dios…
Para ir a la gloria se sube al Calvario.
Jamás ha vencido quien nunca luchó

A INÉS NATALY

Quiso mostrarse la clemencia santa
y te infundió su soberano aliento,
puso en tus ojos luz de firmamento
y del ángel el trino en tu garganta.

Y admirándose al ver belleza tanta,
Baja —te dijo— al valle del tormento,
y cuando el hombre en negro desaliento
clame: ¡NO EXISTE DIOS! mírale y ¡canta!

Y tú, cisne del cielo, la armonía
nos revelas del cielo al escucharte;
yo, que olvidando al cielo ya tenía,

enviada del Señor, quiero cantarte,
que aunque la fe del alma apagó el llanto,
donde Dios se revela, allí le canto.

A J*** (EN SU DÍA)

Junto a ti no mido el tiempo
ni sé las horas contar,
porque de cuentas no sabe
quien sabe amar nada más;

y los números no entran
al bello Edén ideal,
donde las almas unidas
con lazos de amor están.

Por eso, mujer, ignoro,
hoy que brilla tu natal,
cuántas horas a tu lado
pasé de felicidad.

Linda flor que en mi camino
le plugo a Dios colocar,
para que aspire mi alma
su perfume celestial.

Eres tú, mujer preciosa,
el blanquísimo fanal
que los ángeles encienden
de mi existencia en el mar.

Eres la maga sublime,
que con tu amor divinal,
lo imposible de mi sueño
conviertes en realidad;

porque en tu mirada puso
Dios su poderoso fiat,
y mundos mil de ilusiones
tiene el poder de crear.

Por eso yo te idolatro
con ternura sin rival;
porque eres tú para mí
lo que el gusto al paladar,

lo que la luz a los ojos,
lo que la frente a la faz,
lo que la sangre a las venas,
lo que al pecho el palpitar,

lo que al alma el sentimiento,
lo que el acero al imán,
y lo que el aire a la vida;
que mi alma nada más

siente lo que tu alma siente,
goza si te ve gozar;
¿por qué si mi alma y la tuya
una sola forman ya,

parecen dos? —Porque somos
espejo de cada cual,
y es propiedad del espejo
los objetos duplicar

¡oh! quién pudiera expresarte
la inmensa felicidad
que hoy disfruto, porque vives
en la tierra un año más,

y porque te adoro este año
más que el que ha pasado ya,
y te adoraré el que viene
más que éste que va a pasar;

que mi amor es una escala
ascendente, sin final,
y te amo, como nadie
amó en el mundo jamás.

A LA FORTUNA

I

Fortuna pérfida y loca,
tu capricho al orbe manda;
con el audaz eres blanda,
con el tímido eres roca.

Ciega que a gozar provoca
y hace al hombre padecer;
vana eres como el placer,
y aunque alientas alma infame,
no hay hombre que no te ame,
porque al fin eres mujer.

II

Veleta de oro, que gira
según el viento se muda;
Astarté ante quien desnuda
la prostitución se mira;
aunque es tu favor
mentira, por llegarlo a poseer,
todos echan a correr
tras de ti, de ansia beodos;
pero tú burlas a todos,
porque al fin eres mujer.

III

Maga de rostro severo,
con el asta de Amaltea,
linda vuelves a la fea
y general a un arriero;
ennobleces al fullero,
al bruto le das saber,
a un bicho le haces valer;
pero al conceder tu amor
siempre eliges lo peor,
porque al fin eres mujer.

IV

Prostituta, la virtud
es tu esclava, a quien humillas,
ante el crimen te arrodillas
y dispensas plenitud
de bienes a multitud
de pícaros, que maguer
ahorcados debieran ser;
no extraño que des tus dones
a estúpidos y bribones,
porque al fin eres mujer.

V

Reina de las joyas falsas,
al que hoy elevas al cielo
lo arrojas mañana al suelo
y al abatido lo ensalzas.
Al hombre mísero alzas
para dejarlo caer;
porque con sólo querer
haces todo en el instante…
eres tú muy inconstante,
¡oh Fortuna! al fin mujer.

VI

Vieja del mechón inmundo,
soberana sin conciencia,
ante cuya omnipotencia
de hinojos se postra el mundo.
A todo hombre nauseabundo
que arrastra su noble ser
ante el oro y el poder,
tú la proteges, injusta,
que la adulación te gusta,
porque al fin eres mujer.

VII

Santa Juliana bendita
ató al demonio temido;
pero a ti nadie ha podido
atarle, calva maldita.
En vano el hombre se agita.
Fortuna por detener
tu rueda que hace caer
al infeliz que la toca;
porque eres pérfida y loca
como una mala mujer.

VIII

Quien vivir sabe, te acecha;
desvelas al codicioso,
no te busca el perezoso,
el pródigo te desecha:
el imbécil se despecha;
porque a nadie tu poder
contento puede tener,
y te maldicen no pocos,
que a todos los vuelves locos,
porque al fin eres mujer.

IX

Quien no tiene confianza
en ti, siempre te aborrece,
y quien menos te merece,
Fortuna, siempre te alcanza.
Nadie pierde la esperanza
de llegarte a poseer,
sólo yo, mísero ser,
quizá filósofo o necio.
Fortuna, no te hago aprecio,
porque al fin eres mujer.

X

Tú, lo mismo que mi suegra,
me aborreces, vil Fortuna,
y aunque yo desde la cuna
he visto tu cara negra,
no me aflige ni me alegra
tan villano proceder;
y sin pena, sin placer,
te doy la espalda, ¿qué quieres?
me fastidian las mujeres,
y tú al fin eres mujer.

A LA LUNA

I

¡Salud! salud, antorcha refulgente,
vestal sublime del ignoto cielo,
tímida maga de la humilde frente,
iris de paz, emblema de consuelo.

Con qué silencio en la cerúlea esfera
de blanca luz circundas tu camino:
¡bendita seas, angélica lumbrera,
que al hombre consolar fue tu destino!

Prosigue en paz, princesa veneranda,
desde tus ricos, luminosos lares,
tendiendo tu magnífica opalanda
sobre el cristal de los inmensos mares:

que yo, Luna, te adoro reverente;
porque tu disco de crespón inspira
al resbalar por mi rugosa frente,
notas de amor a mi olvidada lira.

Al infeliz que pisa moribundo
sin amores, sin fe, sin esperanza,
el triste yermo del trillado mundo,
sólo tu vista a consolarlo alcanza.

Yo tengo un alma en el pesar nutrida,
alma rebelde que lo niega todo,
y un corazón donde el cinismo anida:
iformado al fin el corazón de lodo!

Hay un genio infernal que me aconseja
y que rebulle dentro el alma hirviendo…
mucho he sufrido, y la virtud se aleja
de los que viven, como yo, muriendo.

¿Por qué el mortal en impotencia ruda
débil nació, como tremblante caña?
Díme: ¿por qué la matadora duda
deseca el corazón, el alma empaña?

A otra existencia, a mi pesar, no aspiro
cuando la frente el padecer me oprime;
pero apareces, y en tu rostro miro
algo de grande, como Dios sublime.

Si hay otra vida tras el ancho cielo,
tan linda como luz de tu mirada,
¡dímelo por piedad! rompe ese velo
que ofusca mi razón desesperada.

II

Las creencias que me inculcaron
volaron,
volaron ¡ay! porque amé
con locura; fui vendido,
y el amor escarnecido
es la tumba de la fe.

Llena el alma de amargura,
sin ventura
vago errante por el suelo,
agitado, moribundo,
sin ilusión en el mundo,
sin esperanza en el cielo.

Mas… ¿veo tu faz eclipsada?
idesgraciada!
tal vez, como yo, sufriste…
¿las estrellas que cintilan
y bajo tu pie vacilan,
son lágrimas que vertiste?

¿O el Señor de su diadema
suprema,
viendo tu faz que me asombra
los brillantes arrancó
y al éter los arrojó
para formarte una alfombra?

Díme, en fin, de donde vienes
y si tienes
alma, que se agita en pos
de la dicha, que no espero,
o eres sólo pebetero
que arde en el trono de Dios?

Díme. Luna, por piedad
la verdad:
¿te sacó Dios de la nada
por realizar amoroso
algún sueño vaporoso
de su Madre inmaculada?

¿Nunca envolverá tu luz
el capuz?
¿Siempre verás inmutable
a las edades hundirse
y los tronos convertirse
en vil polvo miserable?

¿O te entregarás inerte
a la muerte?
¿También ¡ay! tu lácteo velo
vendrá su mano a rasgar?
¿Será tu sepulcro el mar?
¿Será tu sudario el cielo?

III

¡Oh! si pudiera, antorcha sacrosanta,
remontarme a esa altura diamantina,
poner mi frente donde está tu planta
y allí beber la inspiración divina,
audaz entonces, con robusta mano
en la lumbre del sol quemara el velo
que cubre de los hombres el arcano,
por ver de qué eres tú, y si hay un cielo.

A LA MÚSICA

I

Nuestro canto de gloria elevemos
como aroma de Dios al altar,
y con grata oblación deifiquemos
los hechizos de Euterpe inmortal.
Cuando el tedio a los hombres oprime
con la música el tedio se va:
es la música enviada sublime
que revela un feliz más allá.
Culto a la Música rinda,
tiernos niños, vuestra voz,
porque la Música es linda
como la frente de Dios.

II

Jamás nadie ha podido un momento
resistirse de Euterpe a la voz;
¡con razón de su lira al concento
a las rocas Orfeo conmovió!
Es la música el bello homenaje
que le rinde el mortal a su Autor,
y en tan lindo y sublime lenguaje
se comprenden las almas y Dios.
Culto a la Música rinda,
tiernos niños, vuestra voz,
porque la Música es linda
como la frente de Dios.

III

Cuanto se oye la música imita,
con sus notas se puede escribir
el estruendo del mar que se agita,
el murmurio del lago feliz,
de huracán el tremendo bramido,
el aliento del aura sutil,
de la fiera salvaje el rugido
y de mansa paloma el gemir.
Culto a la Música rinda,
tiernos niños, vuestra voz,
porque la Música es linda
como la frente de Dios.

A LAS HERMANAS CEJUDO

El que de gloria inmensa es un portento,
el que sin gloria inmensa no existiera,
almas forma do el genio reverbera,
almas que tienen su glorioso aliento.

De esas almas la gloria es elemento,
que su vida sin gloria nada fuera,
y necesitan gloria en su carrera,
como luz necesita el firmamento.

De esas almas la historia en vuestra historia,
artistas del Señor privilegiadas:
si anheláis perpetuar vuestra memoria,

seguid siempre al estudio consagradas,
y adquiriréis inmarcesible gloria;
porque fuisteis para ella destinadas.

A Loreto

Feliz el que recuerda al llegar a su cumpleaños,
las horas que vinieron preñadas de placer;
feliz quien no ha sufrido terribles desengaños;
feliz el que no bebe la copa de la hiel.

Feliz el que recoge sin pena en su camino
las flores de la vida que el cielo perfumó;
feliz el que no lucha con bárbaro destino,
feliz el que no pierde, luchando, el corazón.

Feliz el que acaricia la faz de la esperanza;
feliz el que se duerme soñándose feliz:
feliz el que despierto contempla en lontananza
bordados de placeres, brillante porvenir.

Feliz el que transita su ruta de ilusiones,
llevando ante los ojos la venda de la fe;
feliz el que no sabe qué negras decepciones
arrancan esa venda. Feliz el que cree.

¿Eres feliz, Loreto? ¿Iguales y tranquilas
tus horas se desprenden, trayéndote quizá,
ventura tras ventura? ¿O acaso en tus pupilas,
del infortunio sientes las lágrimas temblar?

Yo miro en tu semblante un algo que entristece,
señora, yo adivino que no eres tú feliz:
tal vez una esperanza en tu alma desfallece;
tal vez, una creencia ha muerto para ti.

¿Por qué si Dios te hizo tan buena como hermosa,
tus ojos impregnando con luces del Edén:
por qué permite, dime, que pena silenciosa
tu corazón transita, simpática mujer?

¿Por qué misterio triste tú seno deposita?
¿Por qué te enluta el alma la noche de pesar?
¿Y por qué todos sufren, Loreto, en la maldita
tierra, en la que se vierte de lágrimas raudal?

Nunca hablas de tu pena; pero sé que padeces,
aunque quieras tu alma de mártir esconder.
A mí con tu tristeza, señora, me entristeces,
que yo también padezco al verte padecer.

Feliz si yo pudiera, hermosa infortunada,
derramar en tu herida un bálsamo feliz,
y tus pesares todos leer en tu mirada
y al quitártelos todos, tomarlos para mí.

Feliz fuera, Loreto, si acaso conocieras
cuánto mi pecho apena tu negro padecer,
y como te comprendo también me comprendieras,
que dos infortunados compréndanse muy bien.

Perdona si me atrevo tu pena a recordarte
en la bendita fecha que marca tu natal;
ojalá que pudiera de gloria coronarte,
y a tus pequeñas plantas el goce encadenar.

Coplero sin fortuna, sólo tengo mi lira,
que bárbaro destino de luto la cubrió;
por eso es triste el canto, señora, que me inspira
el afecto que siente por ti mi corazón.

Dios quiera que tranquila resbale tu existencia;
Dios te dé más placeres que goces me dio a mí;
Dios haga que te halaguen con su divina esencia
las flores purpurinas, encanto del abril.

Dios quiera que recuerdes, en cada cumpleaños,
las horas que pasaron preñadas de placer;
Dios quiera que no sufras terribles desengaños;
Dios quiera que no apures… la copa de la hiel.

A LOS MUERTOS

I

¡Salud!… salud, silencio de las tumbas
losas de mármol, muros de granito,
helado viento que en los cráneos zumbas,
Evangelio fatal con tierra escrito.
Muertos, ¡salud!… Dejad las catacumbas,
porque os saluda un canto de maldito,
y humilde besa vuestra fosa helada
quien no cree en nada, y duda de su nada.

II

Combatido de tórridas pasiones
sin brújula bogué por mar ignoto,
me cercaron bramantes aquilones
y negra tempestad fue mi piloto.
Hoy mi vida, sin fe, sin ilusiones,
hierba ludibrio de arrasante noto,
es árida, maldita, sin aroma,
como el campo maldito de Sodoma.

III

Con vosotros yo tengo semejanza:
sombra de muerte oscureció mi frente
murió con mi creencia la esperanza:
cadáver es mi corazón ingente.
Un resto de mi cuerpo aquí descansa,
he muerto, en fin, he muerto moralmeníe,
y os saluda por eso como amigo
el mutilado trovador mendigo.

IV

Me place el panteón. Silencio augusto
reina en torno de él. Calma tranquila
sombra le presta a su recinto adusto.
Y en los recuerdos que la tumba apila
el muerto corazón encuentra gusto;
por eso el lloro que mi seno instila,
lloro que burla el mundo estrafalario,
en los pliegues escondo del sudario.

V

Evoco aquí recuerdos incisivos
que en la tumba del alma están despiertos,
registro de la muerte los archivos
y gozo al encontrar despojos yertos;
que me choca el contacto de los vivos
y me place el contacto de los muertos.
Si pequeños los vivos me parecen,
los muertos no; porque los muertos crecen.

VI

Si quito con la mente las baldosas
que cubren vuestras formas descarnadas,
veo rígidas piernas asquerosas
en simétrica fila colocadas;
veo alacinas de momias pavorosas,
depósito de tumbas enlutadas;
aparador en que la muerte exhibe
sus joyas de gusanos al que vive.

. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .

VII

Tal vez, ¡oh muertos! os causara pena
esta vida fugaz haber dejado:
es la vida, ¡por Dios! buena… ¡muy buena!
nadie en ella se llora desgraciado.
Por fortuna, de vida tan amena
casi todo el camino he transitado,
y ai término, me acerco sin enojo
con mis pasos ridículos de cojo.

VIII

¡Cuán tranquilo es, hermanos, vuestro sueño
esa fúnebre lápida os escuda;
nada os importa de la suerte el ceño,
ni os irrita la fiebre de la duda:
el problema fatal, sin gran empeño,
está resuelto en vuestra fosa muda.
Yo que dudo luchando con la suerte,
a preguntaros vengo: ¿qué es la muerte?

IX

¿Es la muerte principio de la vida?
¿Es la muerte no ser? ¿Es el ocaso?
¿Es el alma una esencia inconocida
que se evapora si se quiebra el vaso?
¿Es nota que a la nada va perdida
si se rompe la tela por acaso?
¿Luz que muere si acaba el combustible?
¿Es eco que se pierde en lo imposible?

X

. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .

XI

Podridos expedientes de gusanos
que formáis el archivo de la nada,
decidme, por piedad, muertos hermanos:
¿hay un cielo tras la órbita sagrada?
¿El infierno fatal de los cristianos
existe para el alma infortunada?
¿Halla el mortal, aliento de Dios mismo,
tras un valle de penas un abismo?

XII

¿De Dios el hombre mendigó la vida?
¿Por qué, si malo es, no lo hizo bueno?
¿Por qué repele de soberbia henchida
la razón a la fe, cuando sin freno
la razón analiza descreída?
¡Qué! ¿La razón del alma es el veneno?
Si la fe y la razón Dios no hizo iguales,
¿por qué no sólo fe dio a los mortales?

XIII

Viene, el hombre a este valle de aflicciones
de la ignorancia envuelto entre la bruma,
y al llegar a la edad de las pasiones,
cuando la duda de su fin le abruma,
tropieza con diversas religiones.
¿Todas revelan la verdad? En suma,
¿se cree hoy lo que ayer? ¿Mentira vana
la fe de hov resultará mañana?

XIV

Si acaso la verdad, ¡oh muertos! mora
en vuestra tumba, de la muerte trono,
vengo a buscar esa verdad ahora;
porque saber, hermanos, ambiciono
si el mortal infeliz que todo ignora
es de Dios la semblanza, o es su mono:
si Dios al partear la nada extrema
sacó al hombre y al fuego que le quema?

XV

Yo dormí de la nada en el regazo;
le plugo a Dios y desperté del sueño:
¿qué fue mi yo, de libertad escaso,
creado para arder como arde un leño?
¿Quién a Dios hizo Dios? —Lo hizo el acaso.
Porque el acaso a mí me hizo pequeño
gusano ¿he de sufrir eternamente,
yo que a la vida desperté inocente?

XVI

¡Muertos! Dejad las hondas sepulturas,
y sin andar y sin mover la planta,
con recta rigidez, sin coyunturas,
con muerto rostro que al cobarde espanta,
venid a mi alredor, momias impuras,
que nada teme el que a las tumbas canta.
Muertos, dejad la fosa tan temida,
y con ayes de muerte dadme vida.

XVII

Vuestro sudario levantar deseo
y mirar los que cubre hondos arcanos;
quiero creer y a mi pesar no creo;
si sois una verdad, restos humanos,
yo busco la verdad, y sólo veo
podredumbre, cenizas y gusanos.
¡Qué! ¿no tenéis de la verdad la clave?
pero, si polvo sois, ¿qué el polvo sabe?

. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .

XVIII

Nada es el hombre. De la nada llega
y a la nada se va. Su desgraciada
vida, es la nada y en la nada brega.
Delirio es su razón, su ciencia nada;
su ser es polvo con que el hado juega;
su ridícula momia está formada
de carne y nervios y de sangre impura;
su alma es lascivia, su ambición locura.

XIX

¿Conque nada soy yo? ¿El ser que aliento
es sombra que en la sombra se desliza?
¿Puño de tierra que dispersa el viento?
¿Engañoso fantasma de ceniza?
¿Burbuja de jabón que en un momento
desbarata al cruzar leve la brisa?…
No quiero a ese futuro resignarme,
quiero, antes que ser nada, condenarme.

XX

Yo no quiero morir. Quiero un destino
eterno, como Dios que me ha formado:
yo siento un alma en mí, soplo divino,
soplo inmortal, porque el Señor lo ha dado
quiero, al dejar mi terrenal camino,
ir al mundo imposible que he soñado;
quiero la fe que el corazón desea,
no quiero duda ya. ¡Maldita sea!

XXI

¿Por qué, insensato, mi razón se agita
de necia duda en el inmundo cieno?
Si busco la verdad, ella fue escrita
con la sangre del mártir Nazareno.
Del réprobo la tumba está maldita,
y la tumba temida es para el bueno
un espléndido faro de esperanza,
un génesis de eterna bienandanza.

A LUZ

Eres, bella Luz, más bella
que de la luz los fulgores;
el candor tu frente sella,
y donde pones tu huella
brotan carminadas flores.

Eres, Luz, luz que del cielo
magnífica se desprende,
luz de paz, luz de consuelo,
luz que a la luz causa celo,
luz que al corazón enciende.

Feliz quien sin pesadumbre
vea la gloria en tu mirada,
y de la gloria a la cumbre
suba contigo, y se alumbre
con tu luz inmaculada.

Sin duda Luz te pusieron
cuando tú a la luz viniste,
porque tus padres sintieron
que tus miradas vertieron
luz que la luz no resiste.

Foco de luz que no ofende,
luz que el iris tornasola,
luz que en el alma se extiende;
luz virginal que resplende
como de Dios la aureola;

luz inocente que brinda
Edén conyugal sin cruz;
¿quién hay que a ti no se rinda?
¡con razón, Luz, eres linda
si le hizo Dios de su luz!

Si eres, Luz, como la fuente
de ese rey astro que asombra
desde el cendal trasparente,
¡bendita seas, luz fulgente!
¡bendita seas, luz sin sombra!

A MARÍA. EN SU ÁLBUM

Han díchome que tienes,
señora, el alma
como la excelsa Virgen
inmaculada,
y que de niño
su corazón es casto
como el armiño.

*

Es tu alma —dicen todos—
humo de incienso
que exhalando perfumes
busca lo eterno,
y en espirales
giros, va de la gloria
a los umbrales.

*

Y doquier aseguran
que eres tan buena,
que las virtudes santas
te son ingénitas;
que en tu sublime
alma, el Dios de los justos
su amor imprime.

*

Todos saben, señora,
que eres un ángel,
y lo que saben todos
tú no lo sabes;
porque, María,
es tu modestia ingente
cual tu valía.

*

Yo que en crápula inmunda
crecí maldito,
y al dejar mis creencias
entre los vicios,
necio, beodo,
los brillantes del alma
arrojé al lodo:

*

yo que en el fuego impuro
quemé, señora,
del corazón las flores
hoja tras hoja,
y después lleno
de odio, la ceniza
cubrí con cieno:

*

yo, en fin, que sin virtudes
me hostiga todo,
cuando virtudes miro
caigo de hinojos,
y alzo mi canto
donde quiera que brillan
con fuego santo.

*

Por eso mis cantares
consagro a tu alma,
linda como el ensueño
de la esperanza,
que entre mujeres,
por tu virtud excelsa
bendita eres.

A María la del cielo

Flor de Abraham que su corola ufana
abrió al lucir de redención la aurora:
tú del cielo y del mundo soberana,
tú de vírgenes y ángeles Señora;

Tú que fuiste del Verbo la elegida
para Madre del Verbo sin segundo,
y con tu sangre se nutrió la vida,
y con su sangre libertose el mundo:

tú que del Hombre-Dios el sufrimiento,
y el estertor convulso presenciaste,
y en la roca del Gólgota sangriento
una historia de lágrimas dejaste;

tú, que ciñes diadema resplandente,
y más allá de las bramantes nubes
habitas un palacio transparente
sostenido por grupo de querubes

y es de luceros tu brillante alfombra
donde resides no hay tiempo ni espacio,
y la luz de ese sol es negra sombra
de aquella luz de tu inmortal palacio.

Y llenos de ternura y de contento
en tus ojos los ángles se miran,
y mundos mil abajo de tu asiento
sobre sus ejes de brillantes giran;

tú que la gloria omnipotente huellas,
y vírgenes y troncos en su canto
te aclaman soberana, y las estrellas
trémulas brillan en tu regio manto.

Aquí me tienes a tus pies rendido
y mi rodilla nunca tocó el suelo;
porque nunca Señora, le he pedido
amor al mundo, ni piedad al cielo.

Que si bien dentro del alma he sollozado,
ningún gemido reveló mi pena;
porque siempre soberbio y desgraciado
pisé del mundo la maldita arena.

Y cero, nulo en la social partida
rodé al acaso en páramo infecundo,
fue mi tesoro una arpa enronquecida
y vagué sin objeto por el mundo.

Y solo por doquier, sin un amigo,
viajé, Señora, lleno de quebranto,
envuelto en mis harapos de mendigo,
sin paz el alma, ni en los ojos llanto.

Pero su orgullo el corazón arranca,
y hoy que el pasado con horror contemplo,
la cabeza que el crimen volvió blanca
inclino en las baldosas de tu templo.

Si eres ¡oh Virgen! embustero mito,
yo quiero hacer a mi razón violencia;
porque creer en algo necesito,
y no tengo, Señora una creencia.

¡Ay de mí! sin creencias en la vida,
veo en la tumba la puerta de la nada,
y no encuentro la dicha en la partida,
ni la espero después de la jornada.

Dale, Señora, por piedad ayuda
a mi alma que el infierno está quemando:
el peor de los infierno… es la duda,
y vivir no es vivir siempre dudando.

Si hay otra vida de ventura y calma,
si no es cuento promesa tan sublime,
entonces ¡por piedad! llévate el alma
que en mi momia de barro se comprime.

Tú que eres tan feliz, debes ser buena;
tú que te haces llamar Madre del hombre,
si tu pecho no pena por mi pena,
no mereces a fe tan dulce nombre.

El alma de una madre es generosa,
inmenso como Dios es su cariño:
recuerda que mi madre bondadosa
a amarte me enseñó cuando era niño.

Y de noche en mi lecho se sentaba
y ya desnudo arrodillar me hacía,
y una oración sencilla recitaba,
que durmiéndome yo la repetía.

Y sonriendo te miraba en sueños,
inmaculada Virgen de pureza,
y un grupo veía de arcángeles pequeños
en torno revolar de tu cabeza.

Mi juventud, Señora, vino luego,
y cesaron mis tiernas oraciones;
porque en mi alma candente como el fuego,
rugió la tempestad de las pasiones.

Es amarga y tristísima mi historia;
en mis floridos y mejores años,
ridículo encontró, buscando gloria,
y en lugar del amor los desengaños.

Y yo que tantas veces te bendije,
despechado después y sin consuelo,
sacrílego, Señora, te maldije
y maldije también al santo cielo.

Y con penas sin duda muy extrañas
airado el cielo castigarme quiso
porque puse el infierno en mis entrañas;
porque puso en mi frente el paraíso.

Quise encontrar a mi dolor remedio
y me lancé del vicio a la impureza,
y en el vicio encontré cansancio y tedio,
y me muero, Señora, de tristeza.

Y viejo ya, marchita la esperanza,
llego a tus pies arrepentido ahora,
Virgen que todo del Señor alcanza,
sé tú con el Señor mi intercesora.

Dile que horrible la expiación ha sido,
que horribles son las penas que me oprimen;
dile también, Señora, que he sufrido
mucho antes de saber lo que era crimen.

Si siempre he de vivir en la desgracia,
¿por qué entonces murió por mi existencia?
si no quiere o no puede hacerme gracia,
¿dónde está su bondad y omnipotencia?

Perdón al que blasfema en su agonía,
y haz que calme llorando sus enojos,
que es horrible sufrir de noche y día
sin que asome una lágrima a los ojos.

Quiero el llanto verter de que está henchido
mi pobre corazón hipertrofiado,
que si no lloro hasta quedar rendido
¡por Dios! que moriré desesperado.

¡Si comprendieras lo que sufro ahora!…
¡Aire! ¡aire! ¡infeliz! ¡que me sofoco!…
Se me revienta el corazón… ¡Señora!
¡Piedad!… ¡Piedad de un miserable loco!

A MATILDE

¡Qué linda te hizo Dios, Matilde mía!
déjame ver a Dios en tu mirada,
y beber de los cielos la ambrosía
pendiente de tu boca perfumada.

Quiero al sellar mi boca con tu boca
que la luz de tus ojos me enajene,
y si quema tu beso el alma loca,
deja que en ese infierno se condene.

Un algo de locura hay en tus ojos,
un algo de sublime en tu semblante;
expresan el desdén tus labios, rojos,
y brinda amor tu pecho sollozante.

Tienes tú de la niña la imprudencia
y el aplomo también del ser gastado;
tienes el impudor de la inocencia,
y tienes la vergüenza del pecado.

No sé si eres coqueta o inocente,
porque ambas cosas a la vez te creo:
es tu descaro candidez ingente,
es tu pudor la fiebre del deseo.

Feliz el que cuando la blanca luna
riele de la onda los nevados rizos,
pueda tener, Matilde, la fortuna
de contemplar a solas tus hechizos.

Feliz el hombre que en su pecho sienta
resbalarse tu lánguida mirada,
y su angélica luz de amor sedienta
en su ánima se impregne apasionada.

Eres más atractiva que el pecado:
si el padre Adán te hubiera conocido,
su Eva y su Edén gozoso hubiera dado
por el polvo que barre tu vestido.

Y yo, pobre cantor, sin fe, sin miedo,
que en torpe bacanal gasté la vida,
que sin ventura por el mundo ruedo,
cual rueda la onda por el mar perdida,

te ofrezco un alma cuya negra historia
es más triste que fúnebre sudario;
te ofrezco amor, y sufrimiento, y gloria:
es el amor la gloria en el Calvario.

Nació el primer amor, sublime, tierno,
de la mujer y del reptil inmundo;
y Dios el santo Edén trocó en infierno,
y dolor y trabajo mandó al mundo.

Pero amando a su vez hasta el delirio,
expiró en una Cruz de oprobio llena;
y por eso el amor es el martirio,
y no hay amor sin lágrimas ni pena.

Acepta el alma que por ti delira;
y al entonar mi cántico de amores,
te haré feliz, porque mi ardiente lira
es vara de Aaron, despide flores.

Y sentirás que mi cantar eleva
a vergei más precioso tus penates,
que el asiático Edén que habitó Eva
regado por el Tigris y el Eufrates.

Que al resonar mi enamorada lira
te verás en sus notas transportada
al fantástico Edén en que respira
quien suspendió los mundos de la nada.

No desdeñes, Matilde, mi pobreza:
aunque visto de harapos humillantes,
gusano soy que tiene en la cabeza
invisible corona de brillantes.

En pereza sin fin ronco en el suelo,
porque las penas mi vigor ya cansan;
pero si quiero remontar el vuelo,
¡por Dios! que ni las águilas me alcanzan.

Si me das de tu amor la esencia pura,
te daré lo que en sueños ambicionas;
porque mi arpa de bardo sin ventura,
tiene el poder de Dios en sus bordonas.

Soy un pobre cantor, sin pan ni abrigo,
que vago por el páramo infecundo;
pero el que miras a tus pies rnendigo,
puede, como Colón, darte otro mundo.

Otro mundo de amor y de ilusiones
como la mente lo forjó en el vuelo,
y al descubrir a tu alma otras regiones,
seré tu Galileo, verás el ciclo.

El cielo azul, divino, voluptuoso,
inflamado de amor y venturanza,
donde brilla sublime, esplendoroso,
el magnífico sol de la esperanza.

Y suspendida en gasa transparente,
en alcázar de luz, de luz sin sombra,
corona de astros brillará en tu frente,
serán celajes tu preciosa alfombra.

A la región de la celeste lumbre,
te llevará mi ardiente fantasía,
subirás de ese cielo hasta la cumbre,
pondré a tus pies el luminar del día,

tu suerte envidiarán regias beldades,
mis cánticos de amor serán tu historia,
transmitiré tu nombre a las edades
y, lo mismo que Dios, te daré gloria.

A Rosa

I

A tu lado yo siento, Rosa mía,
que tenemos los dos un alma sola;
si probara una gota de ambrosía
suspendida en tus labios de amapola,

A Dios le pido que mi pobre estrella
alumbre un porvenir de venturanza,
y que siempre resbale tras tus huellas
la inmaculada luz de la esperanza.

Ojalá que en tu senda sin abrojos
nunca el llanto humedezca tu mejilla
ni el brillo apague de tus lindos ojos
donde mi cielo de ventura brilla.

Porque tu goce mi tormento calma
y con tu pena el corazón me hieres;
padece mi alma si padece tu alma,
y soy dichoso si dichosa eres.

Que mi vida, mujer, mi vida entera
se halla en tal grado con la tuya unida,
que la temible muerte no pudiera
arrebatar tu vida sin mi vida.

Te amo, Rosa, como nunca he amado;
a tus pies encadeno mi destino,
y a tu amor es final abrillantado
que encendiera el Señor en su camino.

Tu mirada tiernísima concluye
de mi penar intenso la violencia,
que tú eres el iris que destruye
la horrible tempestad de mi existencia.

A tu lado la dicha me sofoca,
y mi ser se estremece de contento
cuando mi nombre de tu linda boca
embalsamado sale con tu aliento.

Y yo Rosa, te encuentro tan divina,
que un ángel envidiara tus hechizos,
tan pura como el aura vespertina,
jugando de las olas con los rizos.

Eres tú la ilusión de mis amores
y la diosa de mi alma enamorada,
isla preciosa de benditas flores
en un mar de pureza colocada.

Ensueño sacrosanto de ternura,
mi grande aspiración es poseerte;
si se agosta la flor de mi ventura
el desengaño me dará la muerte.

II

Mas no, que pronto con eterna liga
para siempre mi bien, a ti enlazado
teniéndome a tus pies arrodillado,
me oirás hermosa, sin cesar decir:

A ti mujer, la de cabellos blondos,
de tez de raso, de inspirada frente,
la de ojos lindos, la de boca riente
a ti te amo, no más, no más a ti.

A ti tan fina como bucle de ángel,
tan blanca como hielo de Apenino,
hermosa cual topacio golcondino,
a ti te amo, no más, no más a ti.

A ti, mujer tan noble como el mártir,
a ti más tierna que de alondra el canto,
a ti más pura que del niño el llanto,
a ti te amo, no más, no más a ti.

A SOLEDAD AMAT

Y ¿tienes ambición? ¿Excelsa gloria
quieres que brille en tu inspirada frente?
¿quieres que pase a la futura gente
en alas de los genios tu memoria?

¡Bien, Soledad! Es tuya la victoria,
porque tienes de Lola el alma ardiente,
porque sientes también como ella siente,
y artista que ama así, pasa a la historia.

Y ¿por qué por la gloria tanto empeño
cuando nada es la vida, y todo en ella
es sueño nada más, es Flor de un día?

No… ¡no! que si la gloria fuera sueño.
Dios no hubiera formádola tan bella,
ni en la gloria su ser existiría.

A UN ACTOR (en su beneficio)

Desde su alcázar de rubí fulgente,
de donde brota esplendoroso el día,
viéndote afable la sin par Talía
guirnaldas teje para ornar tu frente.

Allá en su pecho conmovido siente
albergarse profunda simpatía;
y al ver tu empeño que brillar ansia,
¡es mi hijo! dice, con delirio ardiente.

Sigue, artista atrevido, a los altares
de la gloria subiendo sin cuidado,
con faz altiva y luminoso vuelo;

y aunque no llegas de lejanos mares,
exclamaré de orgullo circundado:
también hay genios en mi patrio suelo.

A una actriz

Intérprete feliz del pensamiento.
ángel que brillas en la gloria humana,
ciñéndole a tu frente soberana
la espléndida corona del talento.

Heroína del noble sentimiento,
no me admira el laurel que te engalana;
porque sé que en la tierra mexicana
el genio tiene su mejor asiento.

Sigue de gloria con tu sueño santo
y conquista renombre sin segundo
en la futura edad, que yo entretanto,

al aplaudirte con afán profundo,
diré orgulloso en atrevido canto:
nada envidias, ¡oh patria!, al Viejo Mundo.

A UNA DAMA JOVEN. EN SU BENEFICIO

Te dio el arte sus mágicos primores,
la Venus verticorda su pureza;
las virtudes te dieron su nobleza,
y su acento los pájaros cantores.

Si del alma interpretas los dolores
a las almas saturas de tristeza;
si del amor traduces la terneza
enciendes con tu voz fuego de amores.

Tu genio, artista, como sol alumbra
desvaneciendo la pesada sombra;
donde te hallas no existe la penumbra,

que gloria inmensa tu camino alfombra,
y la escena sin ti se apesadumbra,
porque su luz la inspiración te nombra.

A una ex bella

¿Eres tú?… ¿Eres tú la hada hermosa
a quien rendí mi corazón ingente?
¿Eres aquella peregrina diosa
que despreció mi culto reverente?
¡Vade retro!, ¡infeliz!… vieja asquerosa,
negro cadáver de ilusión ardiente,
poema de un amor santo, divino,
forrado en indecente pergamino.

¡Oh, cuánto, cuánto padecer me hiciste.
y con cuánta vileza me engañaste!
De mi llanto de fuego te reíste,
de mi fe candorosa te burlaste.
Todo al fin acabó… tú lo quisiste,
que en la senda del vicio te arrojaste,
y has encontrado en esa cloaca impura
una vejez infame y prematura.

Tu boca, ayer fragante como rosa,
depósito de perlas incesantes,
se ha convertido en cueva tenebrosa
donde bailan un par de flojos dientes;
y tu crencha tan fina, tan sedosa,
es ya mechón de canas indecentes;
¿y así te amaba yo?… ¡terrible chasco!
si lo que inspiras tú es solo… asco.

Pobre mujer, en tu vejez temida,
en la horrible vejez, que da coraje,
eres muerta ilusión, fruta podrida,
árbol seco, cenizo, sin ramaje;
mariposa en gusano convertida;
pavo real desnudo de plumaje:
y qué ¿tu porvenir no te acobarda?…
vete ¡por Dios!… el hospital te aguarda.

*

Como el viento, fugaz es la hermosura;
es el lujo fantástica quimera:
las flores se convierten en basura,
los trajes van a dar a la hilachera,
y la epidermis de sin par blancura
es el forro de horrible calavera,
y los ojos brillantes, primorosos,
se vuelven agujeros asquerosos.

A UNA JALAPEÑA

Dicen que es tu alma, noble Clementina,
ardiente y pura como luz febea,
que la gloria del ángel centellea
en tu mirar de fuego, que fascina.

Dicen que el ave que en el bosque trina
te dio su voz con que el mortal recrea;
dicen, en fin, que excede a toda idea
tu hermosura suprema, que domina.

Ya que formas un tipo sin segundo,
ven a brillar al mexicano suelo,
aunque entre sombra, con dolor profundo,

quede sin ti Jalapa en desconsuelo,
cual quedara sin luz el ancho mundo,
cual quedara sin Dios el claro cielo.

A UNA NIÑA

Niña gentil que a la vida
despertaste alegre ayer,
como en Oriente despierta
la luz al amanecer.

Niña, que del oro cielo
viniste al mundo a caer,
como aljofarada gota
del nítido rosicler.

Y en inmaculada cuna
te remeciste después,
como ilusión que se mece
del sueño al dulce vaivén.

Niña de cabellos de oro
y de labios de clavel
Son de rosa tus mejillas
es de raso tu alba tez.

Es tu sonrisa inconsciente,
de ángel tu mirada es,
y como brilla una estrella
brilla el candor en tu sien.

Dichosa tú que del mundo
pasando vas el dintel,
sin sospechar que las flores
espinas tienen también.

En mi canto, bella niña,
le ruego al Dios de Israel,
que la virtud de tus años
tierno, en otros te dé.

Para que ese mundo, nunca,
con su lodo y fetidez,
ensucie de tu pureza
el blanquísimo glasé;

Qué siempre tú, mariposa
en primoroso vergel
hueles y en las flores halles
ánforas ricas de miel;

Que dé calor a tus alas
el santo sol de la fe,
y que jamás una espina
tus alas llegue a romper.

A UNA PRIMERA DAMA

¿Qué es el arte? —De dolores
un germen, lleno de encanto;
sol de quemantes fulgores;
divino carmen de flores
que riega el alma con llanto.

¿Qué es la luz? —Un pensamiento.
¿Y la gloria? —Una emoción
en que hay placer y tormento;
porque el mundo da al talento
aplausos y proscripción.

. . . . . . . . . . .

Artista, la gloria quema;
el laurel* se torna en palma;
el aplauso es anatema:
porque el arte su diadema
forma con llanto del alma.

Por eso tú, a quien pregona
la fama actriz, y caminas
entre aplauso que emociona,
te ciñes bella corona
de laureles y de espinas.

Sufre y triunfa: es necesario
ya que tu ingenio profundo
orna del arte el santuario,
que atravieses un Calvario
entre el aplauso del mundo.

Sufre y triunfa: al fin la historia
vendrá de tu nombre en pos,
para guardar tu memoria;
que si Dios es todo gloria,
la gloria es algo de Dios.

A una ramera

I

Mujer preciosa para el bien nacida,
Mujer preciosa por mi mal hallada,
Perla del solio del Señor caída
Y en albañal inmundo sepultada;
Cándida rosa en el Edén crecida
Y por manos infames deshojada;
Cisne de cuello alabastrino y blando
En indecente bacanal cantando.

II

Objeto vil de mi pasión sublime,
Ramera infame a quien el alma adora.
¿Por qué el Dios ha colocado, dime,
el candor en tu faz engañadora?
¿Por qué el reflejo de su gloria imprime
en tu dulce mirar? ¿Por qué atesora
hechizos mil en tu redondo seno,
si hay en tu corazón lodo y veneno?

III

Copa de bendición de llanto llena,
Do el crimen su ponzoña ha derramado;
Ángel que el cielo abandonó sin pena,
Y en brazos del demonio ha entregado;
Mujer más pura que la luz serena,
Más negra que la sombra del pecado,
Oye y perdona si al cantarte lloro;
Porque, ángel o demonio, yo te adoro.

IV

Por la senda del mundo yo vagaba
Indiferente en medio de los seres;
De la virtud y el vicio me burlaba;
Me reí del amor de las mujeres,
Que amar a una mujer nunca pensaba;
Y hastiado de pesares y placeres
Siempre vivió con el amor en guerra
Mi ya gastado corazón de tierra.

V

Pero te vi… te vi… ¡Maldita hora
En que te vi, mujer! Dejaste herida
A mi alma que te adora, como adora
El alma que de llanto está nutrida.
Horrible sufrimiento me devora,
Que hiciste la desgracia de mi vida.
Mas dolor tan inmenso, tan profundo,
No lo cambio, mujer, por todo el mundo.

VI

¿Eres demonio que arrojó el infierno
para abrirme una herida mal cerrada?
¿Eres un ángel que mandó el Eterno
a velar mi existencia infortunada?
¿Este amor tan ardiente, tan interno,
me enaltece, mujer, o me degrada?
No lo sé… no lo sé… yo pierdo el juicio.
¿Eres el vicio tú? … ¡Adoro el vicio!.

VII

¡Ámame tú también! Seré tu esclavo,
tu pobre perro que doquier te siga.
Seré feliz si con mi sangre lavo
Tu huella, aunque al seguirte me persiga
Ridículo y deshonra; al cabo, al cabo,
Nada me importa lo que el mundo diga.
Nada me importa tu manchada historia
Si a través de tus ojos veo la gloria.

VIII

Yo mendigo, mujer, y tú ramera,
Descalzos por el mundo marcharemos.
Que el mundo nos desprecie cuando quiera,
En nuestro amor un mundo encontraremos.
Y si horrible miseria nos espera,
Ni de un rey por el otro la daremos;
Que cubiertos de andrajos asquerosos,
Dos corazones latirán dichosos.

IX

Un calvario maldito hallé en la vida
En el que mis creencias expiraron,
Y al abrirme los hombres una herida,
De odio profundo el alma me llenaron.
Por eso el alma de rencor henchida
Odia lo que ellos aman, lo que amaron,
Y a ti sola, mujer, a ti yo entrego
Todo ese amor que a los mortales niego.

X

Porque nací, mujer, para adorarte
Y la vida sin ti me es fastidiosa,
Que mi único placer es contemplarte,
Aunque tú halles mi pasión odiosa,
Yo, nunca, nunca, dejaré de amarte.
Ojalá que tuviera alguna cosa
Más que la vida y el honor más cara,
Y por ti sin violencia la inmolara.

XI

Sólo tengo una madre. ¡Me ama tanto!
Sus pechos mi niñez alimentaron,
Y mi sed apagó su tierno llanto,
Y sus vigilias hombre me formaron.
A ese ángel para mí tan santo,
Última fe de creencias que pasaron,
A ese ángel de bondad, ¡quién lo creyera!,
Olvido por tu amor… ¡loca ramera!

XII

Sé que tu amor no me dará placer,
Se que burlas mis grandes sacrificios.
Eres tú la más vil de las mujeres;
Conozco tu maldad, tus artificios.
Pero te amo, mujer, te amo como eres;
Amo tu perversión, amo tus vicios.
Y aunque maldigo el fuego en que me inflamo,
Mientras más vil te encuentro, más te amo.

XIII

Quiero besar tu planta a cada instante,
Morir contigo de placer beodo;
Porque es tuya mi mente delirante,
Y tuyo es mi corazón de lodo.
Yo que soy en amores inconstante,
Hoy me siento por ti capaz de todo.
Por ti será mi corazón do imperas,
Virtuoso, criminal, lo que tú quieras.

XIV

Yo me siento con fuerza muy sobrada,
Y hasta un niño me vence sin empeño.
¿Soy águila que duerme encadenada,
o vil gusano que titán me sueño?
Yo no sé si soy mucho, o si soy nada;
Si soy átomo grande o dios pequeño;
Pero gusano o dios, débil o fuerte,
Sólo sé que soy tuyo hasta la muerte.

XV

No me importa lo que eres, lo que has sido,
Porque en vez de razón para juzgarte,
Yo sólo tengo de ternura henchido
Gigante corazón para adorarte.
Seré tu redención, seré tu olvido,
Y de ese fango vil vendré a sacarte.
Que si los vicios en tu ser se imprimen
Mi pasión es más grande que tu crimen.

XVI

Es tu amor nada más lo que ambiciono,
Con tu imagen soñando me desvelo;
De tu voz con el eco me emociono,
Y por darte la dicha que yo anhelo
Si fuera rey, te regalara un trono;
Si fuera Dios, te regalara un cielo.
Y si Dios de ese Dios tan grande fuera,
Me arrojara a tus plantas ¡vil ramera!

A… (Por ti, mujer divina)

I

Por ti, mujer divina, en éxtasis levanto
las notas que despide mi tétrico rabel;
por ti, mujer que enciendes el fuego sacrosanto
que al cundir por mis venas enaltece mi ser.

Por ti, mujer divina, hermosa luz sin sombra
transpórtame a los cielos excelsa beatitud,
y quisiera a tus plantas tenderlas por alfombra
las trémulas estrellas que brillan en el tul.

Si a Dios por un momento su Fiat arrebatara
tan sólo me ocupara de hacerte muy feliz
y sin goces al cielo ya la tierra dejara
por dártelo ¡divina! por dártelos a ti.

Porque el amor inmenso que dentro el alma brota
ese amor le da vida al muerto corazón,
así como da vida la transparente gota
al pétalo rugado que el viento marchitó

Es tu alma como mi alma, ardiente como fuego
y mi alma sin tu alma no puede ya vivir:
yo quiero poseerte y condenarme luego,
que hasta la eterna gloria despreciara sin ti.

Yo que lloré perdida la luz de la esperanza
yo que el horrible cáliz del dolor apuré,
aun miro, porque te amo, brillar en lontananza
un porvenir de dicha… Eres mi última fe.

Y yo te necesito, así como alimento,
así como del agua necesita la flor,
así como las aves necesitan del viento,
así como la tierra necesita del sol.

Si tomo entre mi mano esa tu mano blanca,
y la llevo a mi seno convulso del placer,
yo siento que un suspiro del corazón se arranca,
suspiro que me lleva de Dios hasta el dosel.

Si vieras que de noche, rendido, abandonado,
aunque el sueño me venza, pensando estoy en ti,
y tu virgíneo rostro de blanca luz bañado
como ángel de mi guarda, le miro junto a mí.

II

En ti nada más pensando
y tu imagen siempre viendo,
y contigo delirando,
y en sueños contigo hablando,
mi vida estoy consumiendo.

Que mis pensamientos son
tuyos, tuya mi existencia,
y tuya la pulsación
que agita mi corazón
con volcánica violencia.

Eres la dicha a que aspiro;
eres la luz con que veo;
eres aire que respiro;
eres la Virgen que admiro;
eres el Dios en que creo.

III

Y yo, mujer, te juro guardar inmaculado
en lo íntimo del alma tu divinal amor;
que si tu amor me falta, seré desventurado;
y entonces, no lo dudes, me arranco el corazón.

A *** SIRVIÓ AL IMPERIO

Viejo y panzón, más cojo que Vulcano,
probó el pan del apóstol Iscariote,
y hoy que el hambre le seca hasta el cogole,
le excluyen del festín republicano.

Pobre exsoldado, exhombre, exmejicano
va para muerto caminando al trote;
de su cuerpo gastado perdió un lote,
y el resto morirá, si falta grano.

En su abdomen ingente hay un vacío,
que torna cada tripa en catacumba:
una gula rabiosa le da brío;

pero al sentir que el hambre lo derrumba,
anhela hundirse en el sepulcro frío,
por comerse las tablas de su tumba.

Abrojos

I

Siempre desgraciado fui;
desde mi pequeña cuna,
a la incansable fortuna
de juguete le serví;
la noche en que yo nací
tronaba la tempestad,
y alaridos de ansiedad
la gente aturdida alzaba;
porque el cólera sembraba
el terror y la orfandad.

II

¡La niñez! —edad que vela
el ángel de las sonrisas,
y entre flores, juego y brisas
sin sentir el tiempo vuela—
Esa edad amarga estela
dejó sobre mar de llanto;
porque sufrí tanto, tanto,
en aquella edad de armiño,
que en mis recuerdos de niño
comienza mi desencanto.

III

Vino después otra edad,
y pasiones irritantes
se alzaron, como bramantes
olas, en la tempestad.
Mas desbordé en la maldad,
cual se desborda un torrente,
y entre crápula indecente,
y en indecentes amores,
sequé del alma las flores,
cubrí de sombra la frente.

IV

En mi tormento prolijo,
al cielo a veces acudo;
pero ¡ay! el cielo está mudo
para el hombre a quien maldijo.
En vano, en vano me aflijo
por la esperanza extinguida,
y aunque mi ya envejecida
frente, de pesar se abrasa,
no vuelve la edad que pasa,
ni vuelve la fe perdida.

V

Tiene luto el corazón
como de noche el desierto,
y, como toque de muerto,
tristes mis cantares son.
Es fúnebre panteón
la fatigada memoria,
donde en ánfora mortuoria
vino el tiempo a recoger
las imágenes que ayer
fueron el sol de mi gloria.

VI

Nutre incisivo sarcasmo
mi sonrisa de amargura,
y es el pecho sepultura
donde yace el entusiasmo.
Presa de horrible marasmo
desfallece el alma impía;
y en fatal melancolía,
y en estúpido quietismo,
parece que en mi ser mismo
hay un germen de agonía.

VII

Inclino con desaliento,
entre brumas de tristeza,
la encanecida cabeza
que rasa el remordimiento.
Y hostigado hasta el tormento,
de la mundana balumba,
grito, con voz que retumba
cual rayo que lumbre vierte:
¡Ábreme tus brazos, muerte!
¡Trágate mi cuerpo, tumba!

ADVERSIDAD

¡Cómo llueven lisonjas y atenciones
cuando acaricia la fortuna grata;
pero si el bienestar nos arrebata,
todo es burla, desprecio, decepciones!

En el mísero valle de aflicciones
la amistad, en quien Jano se retrata,
erige altares a su Dios de plata,
que en la vida no hay más que situaciones.

Tanto se decepciona y desconsuela
el mártir del destino furibundo,
que al perderse la fe, su alma se hiela,

y todo mira con horror profundo;
porque la adversidad es una escuela
en que se aprende a detestar al mundo.

AL DEJAR EL COLEGIO

Ciencia, venero de saber constante,
del Mártir-Redentor fúlgida palma.
Pitonisa de trípode brillante,
Tabor de luz que transfigura el alma.

Reina que todo sin luchar conquista,
maná del alma que entre luz desciende,
estanque de Siloe que da la vista,
blanquísimo fanal que Dios enciende

vestal cuya pureza no se iguala,
que el fuego inspirador guardas con celo
y eres ¡oh Ciencia! de Jacob la scala
que al espíritu audaz remonta al cielo.

Lindo sol que las nubes tornasola,
arcángel de grandiosa omnipotencia;
eres de Dios espléndida aureola,
eres el mismo Dios: Dios es la Ciencia.

*

Años hace que yo, niña ignorante,
vine a este centro para mí bendito,
la virtud siempre aquí tuve delante,
un génesis de luz aquí vi escrito.

Aquí de la virtud al soplo leve
sentí correr mi plácida existencia,
bajo las alas, blancas como nieve,
del ángel tutelar de la inocencia,

escuché de moral voces divinas
como de harpa eólica los preludios;
aquí corté mis rosas sin espinas,
entregada al placer de los estudios.

Aquí al albor de mágicos abriles
brilló feliz mi virginal estrella,
y feliz en mis juegos infantiles
resbaló de mi vida la edad bella.

Por eso devorando mi amargura
de este plantel a mi pesar me alejo:
tiernas amigas de la infancia pura
al deciros adiós, el alma os dejo.

AMISTAD

Amistad… amistad… ¡frasismo vano!
el hombre, por esencia comerciante,
cuando puede comprar es un gigante,
cuando quieie vender es vil gusano.

Ya que hay en la amistad Mercurio y Jano,
me vuelvo como todos, traficante,
me pongo al mostrador con buen talante,
y doy la mano al que me da la mano.

Al que no deja, mi prudencia evita;
al que no quita, mi candor corteja;
y en mi libro de caja queda escrita

esta útil, excelente moraleja:
siempre algo deja lo que nada quita,
siempre algo quita lo que nada deja.

Amor

¿Por qué si tus ojos miro
me miras tú con enojos,
cuando por ellos deliro,
y a la luz del cielo admiro
en el éter de tus ojos?

Cansado de padecer
y cansado de cansarte,
y queriendo sin querer,
finjo amor a otra mujer
con la ilusión de olvidarte.

No es mi estrella tan odiosa:
que en fugaces amoríos,
como ave de rosa en rosa
yo voy de hermosa en hermosa
y no lamento desvíos;

Pero el favor de las bellas
irrita más la pasión
que ardiente busca tus huellas,
y al ir mis ojos tras ellas
vuela a ti mi corazón.

Asi un proscrito tenía
goces en extraño suelo
y volvió a su patria un día
por mirar en su agonía
la linda luz de su cielo.

De ti proscrito y dejando
las rosas por tus abrojos,
vuelvo a tus pies suspirando,
por mirar agonizando
la linda luz de tus ojos.

AMOR DE MÁRTIR

Corazón que, renaciendo
a las ilusiones, vas
tu letargo sacudiendo;
sigue, corazón, durmiendo,
y no despiertes jamás.

Dos negros ojos te flechan
con sus dardos celestiales;
pero, aunque tiernos te acechan
esos ojos, ni sospechan,
corazón, lo que tú vales.

Esa de talle de palma,
morena de labios rojos,
robó, corazón, tu calma…
¡ay de ti, si tiene el alma
tan negra, como los ojos!…

¿Por qué estás a cada instante
tú con la razón en riña?…
¡pobre entraña palpitante,
con altivez de gigante
y tus candores de niñal

Deja, corazón, que arguya
contra ese amor la experiencia,
para que tu afán destruya;
porque cada historia tuya
me ha costado una creencia.

Corazón, ¡tú me asesinas!…
por contentar imprudente
pasiones que no dominas,
en el alma llevo espinas,
y llevo luto en la frente.

Que el alma altiva que aliento
arde, como arde la tea,
y al expresar lo que siento,
falta espacio al pensamiento
y falta idioma a la idea.

Buscando un alma latiste
materia vil deificando;
¿mas si el alma en que creiste,
ya ni en mis sueños existe,
por qué la sigues buscando?

¿Por qué recordar no quieres
en tu amorosa porfía,
el infierno de placeres
que te dieron las mujeres
a quienes amaste un día?…

Niño mártir sin memoria,
nacido por el dolor
inmenso, mudo, sin gloria,
¿por qué olvidaste tu historia?
¿no sabes lo que es amor?

Amor, es vivir muriendo
en un infierno, gozando
la gloria de estar sufriendo;
¡es amar aborreciendo,
y despreciar adorando!…

¡Corazón, no me atormentes
con tu insensata pasión!…
¿suspiras?… ¡si tanto sientes,
suspira hasta que revientes,
desgraciado corazón!

Que la audaz filosofía
el amor que yo te niego
combate de noche y día…
¿por qué es la razón tan fría,
si eres, corazón, de fuego?…

¡Me quemas cuando te toco!…
¡lates con fuerza increíble!…
¡eh! corazón, poco a poco…
sosiégate, niño loco,
no me pidas lo imposible.

Sólo te dará un calvario
el amor de esa mujer;
olvídala, es necesario,
y envuélvete en el sudario
de tus memorias de ayer.

*

Sí, morena, al conocerte
perdió mi ser el quietismo;
pero ya no quiero verte;
porque mi amor es la muerte,
más que la muerte, el abismo.

Sé que te haré desgraciada
con esta absurda pasión…
Al fin ¿yo qué pierdo?… ¡Nada!…
soy un alma condenada
que vuela a su perdición.

Deja que por ti yo tema…
huye de mi amor maldito;
porque el amor que me quema,
tiene un horrible anatema
con letras de fuego escrito.

Deja que en silencio ame,
fingiendo estúpida calma:
y antes que mi amor te infame,
todo tu desprecio dame,
ya que te di toda el alma.

AMOR IDEAL

I

¡Santo cielo! ¿Quién diría
que tan grande amor sintiera,
que ardiente llanto vertiera
por ti, de noche y de día?
En mi existencia sombría
un infierno has colocado;
porque en mi ser desgraciado
despertaron tus miradas,
ilusiones olvidadas
en la tumba del pasado.

II

Sin fe, sin luz ni emociones,
desgraciado y orgulloso,
llegué a la edad del reposo
burlando las ilusiones;
pero al verte, mis pasiones
sacudieron su beleño,
porque sentí con empeño
la sed de amor infinito,
y ardió mi cráneo maldito
con la fiebre del ensueño.

III

Sufriendo, la muerte llamo,
la vida me desespera;
porque a ti, ¡quién lo creyera!
más que a mis hijos te amo.
Desde que en amor me inflamo,
todo gira indiferente;
pienso en ti exclusivamente
y soy con ellos mal padre…
tú, mujer, tú que eres madre,
¿comprendes mi amor ingente?

IV

¿Por qué te amo? —No lo sé.
¿Quién eres tú? No pregunto;
sólo sé que desde el punto
en que te vi, te adoré.
Por mi mal adiviné
que a tu alma huérfana, sola,
bárbaro destino inmola,
y te di mi fe profunda;
porque a tu frente circunda
del martirio la aureola.

V

Te amo con idolatría,
te amo hasta la timidez,
te amo, como en la niñez
amé a la Virgen María.
Aunque es mi pasión impía,
la esperanza que acariño
es casta como el armiño
y como el fuego quemante;
porque tengo alma gigante,
pero corazón de niño.

VI

Siempre te veo… ¿lo creerás?
huyéndote siempre estoy:
a donde tú vas yo voy,
y voy cuando ya te vas,
donde estuviste y no estás,
triste, silencioso, aislado,
permanezco allí extasiado
en aparente sosiego,
y, al fin, con lágrimas riego
la tierra que tú has pisado.

VII

Cuando no sales, señora,
temo ya no verte nunca,
y queda mi vida trunca
como noche sin aurora.
Triste, cual niño que llora
cuando huérfano despierta,
veo la calle tan desierta
por donde pasas día a día,
como la cuna vacía
que deja una hija muerta.

VIII

Intento darme la muerte,
porque a los muertos envidio;
pero me espanta el suicidio,
porque morir es no verte.
Si del cadáver inerte
el muerto cráneo soñara
y el corazón palpitara,
te juro, mujer preciosa,
que entre el polvo de mi fosa
un altar te levantara.

IX

Si existiere un más allá
de gloria o condenación,
mi volcánica pasión,
eterna, eterna será;
y si Dios justo, quizá
por lo que sufro y sufrí
me reserva gloria a mí,
yo, que jamás he rogado,
le rogaré arrodillado
que te dé mi gloria a ti.

X

Basta ya… secreto lloro
comprendo que tu existencia
destruye, y en la impotencia
tu horrible pena deploro.
¡Adiós, mártir!… yo te adoro;
pero ya no te lo digo,
porque pobre, sin abrigo,
sólo tengo ¡maldición!
lágrimas del corazón
para verterlas contigo.

AMOR Y PROSA (Soneto)

Te adoro como a Dios —dije a Gregoria—
y si te inflama esta pasión ingente,
yo juro que mi cántico ferviente,
como Dios hará eterna tu memoria.

Con luz de cielo escribiré tu historia,
pondré bajo tu planta el sol ardiente,
la regia luna brillará en tu frente
y hasta en la gloria envidiarán tu gloria.

Mas ella; ¡ay! sus ojos picarones
en mí clavando, dijo con salero:
«Lindas son en verdad sus ilusiones;

pero, responda usted, señor coplero:
¿con el sol y la luna y sus canciones
tendré casa, vestidos y puchero?»

ÁRBOL SIN FRUTO

Rico el viejo de abriles y arrogancia,
conozco el mundo, —dice— porque olvida
que es la existencia una perpetua infancia,
la vejez una infancia encanecida,
y la ciencia del hombre la ignorancia.

El anciano, ese niño que chochea,
pretende el velo desgarrar, impío,
de la verdad, que conocer desea…
¡pobre Ixion abrazado del vacío!
¡pobre Alcidas que en mármol se recrea!

Nadie este mundo conocer espere:
foco es de sueños nuestra edad florida,
y aunque otra edad a la razón prefiere
la muerte llega al sospechar la vida,
y el hombre, niño, como nace, muere.

ASÍ

I

Cual fenece la luz del claro día
cuando tiende la noche su crespón,
así, entre sombra de tristeza impía,
murió mi corazón.

II

Como cae un águila orgullosa
herida por el plomo destructor,
así, herido por la suerte odiosa,
murió mi corazón.

III

Cual expira la rosa cuya esencia
el conlacto del hielo evaporó,
así, sin un perfume de creencia,
murió mi corazón.

IV

El horrible fastidio me consume,
y mi vida infeliz y pesarosa
de luto se cubrió;
porque triste, y herido y sin perfume,
como la luz, el águila y la rosa,
murió mi corazón.

BACANAL

Bebamos, mis amigos; el néctar delicioso
en cálices de oro, mitigue nuestra sed;
los labios de una virgen de seno pudoroso
nos lleven entre aromas de Venus al Edén.

En góndola de naipes, con séquito de hadas,
bogando sobre golfo inmenso de coñac,
á la isla del olvido marchemos, camaradas,
que al fin es la existencia perpetuo carnaval.

Divino es nuestro ciclo, sus nubes de colores
mil rayos de esperanza arrojan por doquier,
mil rayos que iluminan nuestro campo de flores…
si vivimos, ¡vivamos! la vida es el placer.

Que choquen nuestras copas. El mal que nos abruma
sepúltese en un piélago de límpido licor;
que allí se queme el alma, y en alas de la espuma
audaz al pensamiento remóntese hasta Dios.

En buena hora el hipócrita nos llame irreligiosos;
sus máximas ridiculas sabremos despreciar;
predíganos, si quiere, castigos horrorosos,
al cabo que la tumba no tiene más allá.

¡Infierno! ¡Purgatorio! ¿Qué importan los tormentos
futuros, si la dicha nos da la juventud?…
formad un bello grupo los de placer hambrientos,
y alzando vuestras copas, brindad por Belcebú.

Bebamos y burlemos consejas tan pueriles,
dejando, en todas partes la huella del placer,
que, como pasa el humo, pasan ¡ay! los abriles,
y pronto sentiremos la frente envejecer.

Bebamos, porque el dedo del Hacedor de todo
un límite a la vida le plugo señalar,
y mañana seremos gusanos, podre, lodo:
¡de lodo nauseabundo formado el hombre está!

El hombre, vil oruga que sueña deificarse,
y dice delirando: «¡Imagen soy de Dios!»
Cual si pudiera ¡estúpido! a lodo retratarse
aquel á cuya planta de alfombra sirve el sol.

El hombre en cuyo pecho se agitan las pasiones,
pasiones ¡ayl que envuelven el alma en el capuz:
el hombre, siempre lleiio de locas ambiciones
que, al fin, van a estrellarse al tétrico ataúd.

Es muy triste que ese hombre, que en medio del camino
no sabe de do viene, e ignora donde va;
ese reptil que arrastra del mundo el torbellino,
se considere la obra más grande de Jehová…

¡Bebamos! Si la vida sembrada está de abrojos,
de imágenes que mienten,, de luto y de dolor;
¿hemos de estar sujetos del mundo a los antojos,
sin que cortemos nunca de paso alguna flor?

Al corazón que joven hoy late con violencia,
daremos sensaciones que b hagan disfrutar;
mirad que nos alcanza la edad de la experiencia,
y entonces los ensueños icobardes! volarán.

Sin sombra en nuestra vida, gocemos de sus bienes
sin pensar en mañana, sin recuerdos de ayer;
y con púdicas rosas ciñamos nuestras sienes,
antes que crudo invierno nos llene de vejez.

La vida deleznable, que prestada tenemos,
como, rostro de nube, violenta pasará,
y aun ese sol fulgente, que colorando vemos,
el soplo de la muerte también lo ha de apagar.

Mañana nuestro nombre se hundirá en el olvido,
y un tétrico sudario, emblema del dolor,
cubrirá el esqueleto de sucia piel vestido,
y… adiós de los placeres, las risas y el amor.

El hombre es una hoguera, al volverse ceniza,
del alma, que es su fuego, el brillo concluirá;
el corazón de barro se seca y pulveriza,
y él es el que nos hace sentir y disfrutar.

Hoy mismo, si la muerte aquí nos arrebata,
hoy mismo acaba todo; porque la vida es
como ráfaga de humo que el viento desbarata,
y en el viento se pierde para jamás, volver.

Si de nada nacimos, si al fin nada seremos,
porque todo es fantasma, delirio, falsedad;
pues alegres ¡qué diablos! la vida pasaremos
con una copa a un lado y al otro una beldad.

Lo que pasó olvidando, gocemos del presente,
en manos del destino dejando el porvenir;
y así nuestra existencia pasará alegremente,
como pasan las aves cantando en el pensil.

. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .

Así clama el malvado henchido de locura,
porque insensato olvida en su torpe furor,
que en este árido valle de llanto y de tristura,
sin virtud no se encuentra sosiego ni ventura…
No sabe lo que dice. ¡Perdónalo, Señor!

BLANCO Y NEGRO

¡Qué lindos eran, qué lindos
de mi juventud los sueños!
¡qué ilusiones tan brillantes
brotaron en mi cerebro,
como brotan las estrellas
en la bóveda del cielo!
¡Cuánto el alma deliraba,
tesoros de amor vertiendo,
como la rosa que vierte
rico aroma con su aliento!
Mas ¡ayl que negra tristura
sembró el desengaño acerbo;
porque vi que los amigos
son alciones que su vuelo
levantan, cuando presienten
que va a cambiar el buen tiempo;
y encontré que las beldades
son manzanas del mar muerto:
hermosísimas por fuera
y muy amargas por dentro.
No siento las ilusiones;
lo que únicamente siento
es que al delirar tenía
negro, negro mi cabello,
y el corazón blanco, blanco.
Hoy que no deliro, tengo
la cabeza blanca, blanca,
el corazón negro, negro.

BOLERAS INOCENTES

Arión, hijo de Ceres
y de Neptuno,
era caballo, y dizque
hablaba el bruto;
no extraño eso:
aquí los brutos hablan
en el Congreso.

Los nietos de Sesostris,
divinizaron
guajolotes y monos
y hasta lagartos:
aquí un conscrito
también es inviolable
como en Egipto.

Dentro del arca un viejo,
cuando el diluvio,
encerró toda especie
de animaluchos:
en tal recámara
no durmió tanto bípedo
como en la Cámara.

Calígula—dice un
cronista sabio—
nombró Sumo Pontífice
a su caballo;
el tal no miente,
porque aquí un Incitatus
fue presidente.

Los negros de Gorea
cambian por vino
sus mujeres, sus padres
y hasta sus hijos.
Un patriotero
diera por dos pesetas
el mundo entero.

Su regia majestad
Carlos segundo,
caballero hizo a un lomo
de un cuasi burro:
creo, sin empacho,
Juárez hizo ministro
a un cuasi-macho.

San Juan de Mata vio
venir a un ciervo,
con una cniz enorme
entre los cuernos:
he comprendido
que lo que vio el de Mata
fue algún marido.

A los rayos Augusto,
tuvo tal pánico,
que si tronaba se iba
al subterráneo.
Hay generales
que con un trueno sufren
ansias mortales.

El dios a quien Pompilio
culto le daba,
como en carnestolendas
llevó dos caras.
Los que su mano
de amigos nos ofrecen,
son como Jano.

He visto que a la diosa
sin par, Astrea,
unas balanzas de oro
sirven de emblema.
Quizá por eso,
es siempre la justicia
cuestión de peso.

Al morir Junio Bruto
clamó enojado:
eres virtud maldita,
un nombre vano.
Y si tal bicho
viviera en este tiempo,
¿qué hubiera dicho?…

CANCIÓN

Fantástica virgen,
visión ideal,
más linda que el cielo
es linda tu faz.
Yo sueño contigo
de amor un Edén,
que endulzan tus labios
del alma la hiel.
Tus labios más frescos
que rojo botón
de rosa, nacida
allá en Jericó.
Olvido las penas
que un tiempo sufrí,
si miro que al verte
me miras a mí.
¿Por qué al conocernos
temblaste y temblé?
¿Por qué sin hablarnos
me amaste y te amé?
¿Por qué nuestros ojos
cruzaron su luz?
¿Por qué nuestras almas
se hablaron de tú?
Dios quiere, sin duda
llevarse hasta Él,
fundidos en uno
tu ser y mi ser.
Si te hago dichosa,
tú me haces feliz,
cual hiedra en el olmo
uniéndote a mí.
Tu amor es mi vida,
tu vida es mi amor;
y te amo cual ama
el campo a la flor.
Cual forman dos gotas
un solo cristal,
formamos nosotros
un alma no más.
Es tuya mi vida,
yo vivo por ti;
por eso abrazados
debemos morir.

Cantares

Te adoré como a una Virgen
cuando conocí tu cara;
pero dejé de adorarte
cuando conocí tu alma

Cuestión de vida o muerte
son las pasiones,
si alguien lo duda, deja
que se apasione.

Las heridas del alma
las cura el tiempo,
y por eso incurables
son en los viejos.

Los astros serán, mi vida,
más que tus ojos hermosos;
pero a mi más que los astros
me gustan, linda, tus ojos.

CENIZA EN LA FRENTE

La vida es combate,
la tierra palenque,
«el hombre es el lobo
del hombre», y en este
orates maldito
ninguno se entiende.
Aquí todos lloran,
aquí todos ríen,
aquí todos charlan,
corren, van y vienen;
y todos adulan,
arañan y muerden,
y engáñanse todos,
y todos prometen,
y todos se ponen
ceniza en la frente.

*

Si ves a una chica
que un ángel parece
y al cielo sus ojos
envidia no tienen;
evita que ellos
el alma te quemen,
que en vez de colores
tendrás colorete,
horribles pesares
en vez de placeres,
y en vez de ternura
dejárate aleve
ceniza en el alma,
ceniza en la frente.

*

Si ves anunciado,
en grandes carteles,
elíxir que sana
infaliblemente
cuanto mal agobia
a la humana especie,
duda del prodigio;
porque quien lo vende
sólo busca bobos,
sólo bobos quiere,
para colocarles
ceniza en la frente.

*

Aunque veas que el trono
penas mil decrete
contra esos que viven
de sotas y reyes,
no pienses que nunca
de jugar se deje,
que son los tahúres
endiablada gente,
y a la policía
ciega y sorda vuelven
luego que le ponen
ceniza en el vientre,
ceniza en los ojos,
ceniza en la frente.

*

Si ves a un patriota
que ayer muy ardiente
gritaba: ¡Que vivan .
de Juárez las leyes!
Y hoy dice: Si Juárez
no ha caído, se pierde
la patria. —¿Adivinas
lo que el bicho quiere?
Quiere ver el bicho
si a la patria muerde;
por eso, menguado,
un empleo pretende,
aún cuando le pongan
ceniza en la frente.

*

Si oyes que otro dice,
el mártir haciéndose:
—Señor, mis creencias
ante nada ceden.
¿Servirle al imperio?
¡Primero me cuelguen!
¿Sabes cuál la causa
es de que se exprese
así? Pues el mártir,
con humos de héroe,
está convencido
de que es pobre mueble
útil para nada,
y que aunque se esfuerce,
no habrá quien le ponga
ceniza en la frente.

*

Y si oyes que algún
espuro no quiere
que haya quien revise
los mil expedientes
que deben su origen
de Lerdo a las leyes,
jura que ese chico
las fincas que tiene
son mal adquiridas,
y quedarse teme
peor de lo que estaba
antes de ponerle
al clero, ceniza,
ceniza en la frente.

*

Y si acaso has visto…
mas ahora cese
la maldita charla,
que la charla ofende;
y si continuamos
charlando tan fuerte,
tal vez el prefecto
se enfada, suspende
la Orquesta, y nos pone
ceniza en la frente.

COMER Y BAILAR

I

La calva fortuna,
la ciega deidad,
ilógica siempre,
dio a usted, Sebastián,
del buen Sancho Panza
la dicha casual.
Voacé, sin embargo,
no puede tocar
la flauta, y su genio
gubernamental,
no vale un pepino
para gobernar.
Tiene usted, sin duda,
un diente especial,
y piernas usadas
que saben danzar;
mas mientras engulle
con gula voraz,
y brinca y se tuerce
bailando el can-can,
nos lleva el demonio,
señor, sin piedad,
que aquí vegetamos
escasos de pan.
Voacé no gobierna,
porque gobernar
no es solamente,
señor Sebastián,
bailar y comer,
comer y bailar.

II

La horrible discordia
rugiendo ya está,
y afila en los montes
sus garras audaz.
La reina silvestre
su cetro fatal
en cuba de sangre
pretende mojar.
Muy pronto esa hidra
infame será
atroz combustible
de hoguera voraz.
¿Por qué a las montañas,
señor, no se van
esos que le hicieron
honores de Czar,
la noche que vino
de aquella ciudad
a la que entre Hurras
marchó sólo a
bailar y comer,
comer y bailar?

III

Sus ministros tienen
talento brutal,
la patria con esos
no puede marchar;
el fisco en la bruja
camina bien mal,
con trampas aquí,
con trampas allá,
usted sabe que
si falta metal
pierden las naciones
su vitalidad.
Exigen las armas
reforma formal;
porque en el ejército
generales hay
que nunca un petardo
oyeron tronar.
Son las oficinas
un campo feraz,
do medra y engorda
la gente animal.
iPor Dios! no se ocupe,
señor, de danzar;
que platos y copas
se queden en paz,
que al fin es la gula
placer de gañán.
Dirán que es su doble
pasión capital
bailar y comer,
comer y bailar.

IV

¿Acaso es la patria
convivialidad?
¿haciendo cabriolas
se puede salvar?…
Cesen las piruetas,
las polkas, el vals,
no sea que brincando
se vaya a encojar.
Los blancos manteles
levántense ya,
empiece el gobierno,
acabe Canaán:
porque indigestarse
es malo a su edad.
Ya no se divierta
con danza fugaz;
hecho un Rigoletto
voacé estuvo ya;
eso no da gloria,
ni renombre da;
porque nunca pasa
a futura edad
ocioso magnate
que sabe no más
bailar y comer,
comer y bailar.

COMETAS POLÍTICOS

Sólo vengo a que ustedes se horroricen…
ya administra la aduana don Macario,
el de la estafa aquella, el refractario
digno de que un proceso le improvisen.

Escriban, por piedad… al mundo avisen
que ese hombre es ignorante y ordinario;
que se robó los fondos del Erario,
y tiene cola inmensa que le pisen.

&mdash:Tiene cola, es verdad, ¿de qué te inquietas?,
si puedes razonar una vez sola,
ya que nada en tu crítica respetas,

comprenderás que en medio de esta bola,
los hombres, don Severo, y los cometas,
para elevarse necesitan cola.

CONSOLACIÓN

Nunca olvides de tu hambre en los horrores
que tesoro es la fe, pan la esperanza:
quien va al Calvario, en el Tabor alcanza
la gloria que enaltece sus dolores.

Tras negra noche vienen los fulgores
de un sol divino que sus rayos lanza;
tras la borrasca viene la bonanza;
tras el soplo invernal llegan las flores.

Sufre, sin que una queja se deslice;
es el sufrir de la paciencia padre:
cuando llores hambriento e infelice,

y negra humillación tu alma taladre,
oye la voz solemne que te dice:
vete a moler a tu señora madre.

CRÁPULA

I

Dadme vino, y barajas, y mujeres,
porque la vida se me va escapando;
quiero reír en báquicos placeres,
porque estoy con el alma sollozando,
quiero soñar con Capua y con Citeres,
que me está la razón asesinando;
quiero con el licor beber la vida,
quiero burlarme de mi fe perdida.

II

Quiero beber. —Estoy desfallecido,
mi corazón leproso se entumece.
Cuanto puede sufrirse yo he sufrido;
dejad que el vino mi cabeza abrume,
que en la crápula estúpida me olvido
de la vida real que me consume:
dejad, dejad, que cínico, beodo,
pierda al fin la razón quien perdió todo.

III

Creí que mi ilusión era posible;
pero hallé entre miseria y podredumbre
de la yerta verdad la faz horrible:
hoy me devora negra pesadumbre,
que al buscar en mi sueño lo imposible
me desperté del Gólgota en la cumbre;
y como Cristo en medio del tormento,
os pido de beber… estoy sediento.

IV

¡Susl,.. ¡a beber!… Decapitad botellas,
guerra al dolor, a la locura paso.
¡Choque el cristal!… las ilusiones bellas
en el fondo buscad de vuestro vaso…
¡Divinas libaciones! yo por ellas
me siento arrebatado hasta el Parnaso
como fue arrebatado de improviso
el hijo de Sabaca al Paraíso.

V

Baco, Noé, sublimes bebedores,
titánicas figuras de la historia;
coronados de bácaras y flores
debéis estar en la celeste gloria.
De Baco a la salud brindo, señores,
y de Noé bendigo la memoria;
porque siento al beber que el alma crece,
y lo grande pequeño me parece.

VI

Y brillan mis harapos humillantes,
y levanto mi frente de maldito,
enano que desprecio a los gigantes;
infeliz que piedad no necesito;
Job con regia corona de brillantes;
gusano que me arrastro en lo infinito,
cuando bebiendo mi cerebro inflamo
¿quién más que yo? —como Satán exclamo.

VII

Licor divino, emanación del cielo,
galvánico motor de alma caída,
fuego de inspiración, luz de consuelo,
bezoar contra el veneno de la vida;
tú das calor de la vejez al hielo,
y finges dicha al que la ve perdida.
Hosanna a ti, a quien el orbe ingente
te consagra su culto reverente.

VIII

Es de dioses la sangre icor divino,
según la tradición de los paganos,
y la sangre de Dios vuélvese vino,
aseguran católicos romanos.
Reveladme iniciados, por San Lino,
de la cuba los místicos arcanos,
y si queréis que yo me santifique
predicad que en la gloria hay alambique.

IX

Servid licor. —Si en duelo fatigoso
arrastráis una vida desgraciada,
bebed con fe, el líquido preciso
es piscina del alma deshauciada:
en báquico espejismo primoroso
yo miro una esperanza dibujada,
y sueño un porvenir indeficiente,
que brilla ante mi ephata omnipotente.

X

Doquiera culto tributar se mira
del Dios de Nisa al néctar soberano:
por su húmis el tártaro delira,
y por el braga el indio siberiano:
el saki al japonés placer inspira;
hace el neutle feliz al mejicano,
y agradecido el universo todo
bendice a Baco, al empinar el codo.

XI

Vaga el hombre por áspero camino
soñando luz entre tiniebla oscura,
y marcha, marcha errante peregrino
sin voluntad, ni objeto, ni ventura:
al antojo le arrastra su destino
como arrastran los vientos la basura,
que su propia razón le desorienta
y sólo el vino su ilusión alienta.

XII

Somos en manos del destino loco
lo que en manos del niño la pelota,
es nuestra mente de ilusiones foco:
al sentirlas morir, el vicio brota;
y caen las creencias poco a poco
como el agua destila gota a gota:
yo que sufrí terribles decepciones
encuentro en el licor mis ilusiones.

XIII

Yo que presa de bárbaro ateísmo
a renegar de la amistad me atrevo,
cuando bebo, depongo mi egoismo,
y hermano soy del hombre con quien bebo.
Engañado por báquico espejismo
el santo afecto de amistad renuevo,
y de Diógenes quiebro la linterna
al pasar el dintel de la taberna.

XIV

Yo dudo del amor, falso es en todo:
el amor es un duelo en que uno muere;
amor no es redención, es negro lodo,
y ¡guay de aquel a quien su harpón le hiere!
Más juicioso que amar, es ser beodo;
mi corazón a la amistad prefiere,
a quien sufre cual yo, le doy la mano,
y bebe de mi copa y es mi hermano.

XV

Renegad del amor. —Vivan las bellas
copas, a las que doy sabrosos besos,
porque en los labios cristalinos de ellas
están los goces del Edén impresos.
Amo tanto las copas y botellas,
que me llena de envidia hasta los sesos
el mosquito sinóptico que boga
en rojo vino, hasta que en él se ahoga.

XVI

Quien nada espera ya, maldice al mundo,
y nada espero yo, todo he perdido
sufre el alma tormento sin segundo.
El licor es un bálsamo querido
que hace olvidarme de mi mal profundo.
Viejo, enfermo del alma, descreído,
sólo vivo, lo juro sin empacho,
con la vida ficticia del borracho.

XVII

Allá en mi juventud de fuego llena
volaba audaz mi fantasía de loco,
cual vuela el grano de caliente arena
arrebatado en alas del siroco:
mi alma otro tiempo compasiva y buena
emponzoñada está. La verdad toco,
y bebiendo, bebiendo soy felice
maguer la sociedad se escandalice.

XVIII

Sociedad exigente y corrompida;
lujuria en el altar santificada;
severa mojigata descreída,
Safo de Sor Teresa disfrazada;
ramera de pudor enrojecida;
reina loca de cieno coronada;
adúltera que audaz alzas el dedo,
yo, ni borracho, respetarte puedo.