Léxico amoroso

Todo en ti es palabra.
Y tu palabra
tiene la forma del deseo.
A veces, es rima que me derramas
con infinita destreza,
promesa, a veces, que me ahondas
con la suave magia de tu verbo.
Urgencia siempre en ti
por las húmedas cavidades de mi morada,
léxico amoroso
que halaga mi desnudez entera,
recital profundo que me mueve,
me conturba y me desarma.

Rugió tu corazón

La cólera que quiebra el bien en dudas
César Vallejo

Rugió tu corazón.
Estalló amarga tu vieja letanía
de antiguas razones genesíacas.
Y, de repente, precipitóse en oleadas de cólera
el contenido enojo de tu agravio.
Despertóse tu ansiedad, largamente adormecida,
tu temblor insólito y milenario.
Abriéronse tus entrañas dejando al descubierto
el ígneo misterio que te habitaba.
¡Qué rapto de violencia sangrante en tu regazo!
¡Qué zarpada de fiera herida, acorralada,
su increíble aullido exhalando a nuestro asombro!
Cómo hubiéramos podido apaciguarte, dime cómo…
Sí ni siquiera Dios redujo la amarga dimensión de tu respuesta.
Implacable, tu poder destructor, aniquilador,
tanto tiempo doblegado y resentido,
amedrentó al hombre —desventurado adorador de miedos—
quien, sometido a total indefensión,
clamaba tu templanza, tu continencia, tu sosiego…
Pero ya era tarde: tu abierto costado era muerte,
garras tus candentes, extendidos brazos.
Y nosotros, pura emoción donde tu holocausto se esparcía,
sólo presa ya de tu incontenible furia.
¿Quién podría redimir de nuevo tu universo,
dime, quién podría…?

Soy yo

Amor,
soy yo quien maduró tu piel
y robó guirnaldas
para trenzar con ellas
tu cabello;
quien dibujó abiertas rosas
en tus alongadas mejillas
y arrancó trémulos gorjeos
en tu asentado silencio.

Soy yo quien, con andariegas manos,
aprendió la suavísima geografía
de tu costado;
quien inundó tu boca
con la húmeda caricia,
y el vino de la tarde
escanció en tus aposentos;
y te habitó de alondras.

Soy yo quien, como enredadera,
por las dóricas columnas
de tus diamantinos muslos
trepó enardecido
buscando tu inocencia.
Y se adentró en tu carne,
como aguijón doliente,
mordiendo tu cintura.

Amor,
soy yo quien a tu lado aguarda,
de tu vientre,
la lenta floración de la semilla.

Un sordo rumor de nada

Llegué tardía,
con una inmensa ilusión fraguada en la esperanza
de que todo sucediera.
Traía la ternura para regalarte;
bajo mis párpados, febriles vuelos de golondrinas
y maduros racimos en mi costado.
Llegué pródiga: puro deseo era de agasajarte.
Pero había ya —en amorosa cópula— fecundado Dios
el codiciado centro de tu dilatada hondura.
Fue tu desmesura en todo, tu exaltación constante.
Qué derroche lujurioso cubrió tus primaveras
y empapó tu boca con el néctar añejo de los dioses…
Qué infinito acorde de prorrumpida música
deleitó tus armonías…
Henchida tú y enardecida, rebosando éxtasis,
pájaros míticos te brincaban regocijando la tarde,
mientras la oscura sinrazón del olvido
se adueñaba de mí. De mí, sí, que te amaba
con el transido desvelo de mi pecho enamorado,
que aguardaba de ti rendido fervor y mágica correspondencia.
Relegada quedéme, al agravio sometida de tu vértigo lunar
y tu ceguera. Y duéleme tu olvido de mí,
duéleme, sí, tu desdeñosa indiferencia.