Encuentro con Hiroshima de Eugen Jebeleanu

a Kaoru Yasui

Tierra, tierra muda.
Muda,
con la piel quemada, con el cuerpo desnudo,
perdón, Hiroshima …
Perdón por cada paso
que golpea una herida, abre una cicatriz…
Perdón por cada mirada,
que -aún acariciando- duele…
Perdón por cada palabra
que enturbia el aire donde buscas
a los niños,
los pueblos de criaturas perdidos para siempre.
Tumba
inexistente… Viento… viento… viento… viento…
Y sus voces, apenas resonando ahora,
más extinguidas día a día,
únicamente en el recuerdo…
¡Oh, cementerios
inexistentes… inexistentes…!
¡De quererlos llorar no se les puede estrechar en los brazos,
al menos una urna, una tumba tan sólo…!

¿Dónde están tus pequeños, Hiroshima? Quizás
en el océano
de plata impasible …
Quizás en la infinita bóveda
del cielo…
O, acaso, en esta misma tierra.
que yo piso…

Cada paso que doy lo doy con miedo…
Cada palmo de tierra
esconde un catafalco…
Es como si la tierra que yo piso
hubiera dado un grito: -¡Madre…!

¡Oh, concédeme alas, aire de esmalte,
para ser leve como tú, ganar altura,
y no hollar Con mi paso alguna herida,
rasgar, angelical, el cielo con mi ala…!

…Mas, desde sus mil llagas, centelleando,
se me acerca Hiroshima,
se acerca, se curva dulcemente
y me hace señas:

-Te ruego, ven, amigo,
y mira lo que fue,
y lo que es,
y cuenta…

Versión de Manuel Serrano Pérez