Fragmentos de “El inventor del amor”

Corre
de una sien a otra
la sangre de mi suicidio virtual

negra, vitriolada y silenciosa

Como si de verdad me hubiera suicidado

día y noche atraviesan las balas
mi cerebro

arrancando las raíces del nervio
óptico, acústico, táctil
-esos límites-
y expandiendo por el cráneo
un olor a pólvora quemada
a sangre coagulada y a caos

Con singular elegancia
llevo sobre mis hombros
esta testa de suicidado
que de un lugar a otro pasea
una sonrisa infame
que en un radio de varios kilómetros
empozoña
la respiración de los seres y las cosas

Visto con distancia
se diría de alguien abatido
por una ráfaga de metralleta

Mi paso incierto recuerda
al del condenado a muerte
al de la rata de campo
al del pájaro herido

Como el funambulista
sujeto a su sombrilla

me aferro
a mi propio desequilibrio

Sé de memoria
esos desconocidos caminos
que puedo recorrer
con los ojos cerrados

Mis movimientos
no tienen la gracia axiomática
del pez en el agua

del buitre y del tigre

parecen desordenados
como todo lo que se ve
por vez primera

Me siento obligado a inventar me
un modo propio de desplazamiento
de respiración
de existencia

en un mundo que no es ni agua
ni aire, ni tierra, ni fuego

cómo saber de antemano
si uno ha de nadar
volar, caminar o arder

Al inventar el quinto elemento
el sexto
me veo obligado a revisar mis tics
mis costumbres, mis certezas

pues pretender pasar de una vida acuática
a otra terrestre
sin modificar el funcionamiento
del aparato respiratorio
es la muerte

La cuarta dimensión (5ª, 6ª, 7ª, 8ª, 9ª)
el quinto elemento 6º, 7º, 8º, 9º, 10º, 11º)
el tercer sexo (4º, 5º, 6º, 7º)

Saludo a mi doble, a mi triple
Me miro en el espejo
y veo un rostro cubierto de ojos
de bocas, de orejas, de marcas

Bajo la luna
proyecta mi cuerpo una sombra
una penumbra,
una zanja
un lago sereno
una remolacha

Estoy francamente irreconocible

Beso a una mujer en los labios
que ignora
si ha sido envenenada
encerrada mil años en una torre
o si se ha quedado dormida
con la cabeza apoyada en la mesa

Todo debe ser reinventado
en el mundo ya no hay nada

Ni siquiera las cosas
de las que no se puede prescindir
de las que parece
que depende nuestra existencia

Ni siquiera la amada
esta suprema certeza
ni su cabellera
ni su sangre que con tanta voluptuosidad
extendemos
ni la emoción que desata
su sonrisa enigmática
cada tarde a las 4

(las 4
número prefijado
que bastaría para poner en duda
nuestros postreros abrazos)

todo
absolutamente toda iniciativa humana
tiene ese carácter
reductor y premeditado
del número 4

incluso ciertos encuentros fortuitos
los grandes amores, las súbitas
y grandes crisis de conciencia

Veo la mugrienta sangre del hombre
cubierta de relojes, de registros
de amores estereotipados
de complejos fatales
de límites…]

* * * * *

[…Prefiero estar entre la gente
más que como un asesino
como un peligro latente
como un provocador en pronunciada agonía

Merced a esta actitud no-edípica
ante la existencia
observo con ojo maléfico y negro
escucho con oreja no acústica
toco con mano insensible
artificial, inventada
el muslo de una mujer
de la que no retengo ni el perfume
ni el terciopelo -esas perennes atracciones
de su cuerpo magnífico- sólo el destello
eléctrico, las estrellas fugaces de su cuerpo
encendidas y apagadas una sola vez
a lo largo de la eternidad
el magnetismo y el flujo de ese muslo
y sus cósmicas radiaciones, la luz
y la oscuridad interiores, la ola de sangre
que la cruza, su sola ubicación
en el espacio y en el tiempo
revelándoseme bajo la monstruosa
lupa de mi cerebro
de mi corazón y de mi inhumano
aliento

No llego a comprender
el encanto de la vida
sin las solas revelaciones
del instante

Si la mujer que amamos
no se inventa bajo nuestra mirada

si los ojos no se desprenden
de los viejos clichés
de la imagen en la retina

si no se salen de sus órbitas
y se dejan sorprender y atraer por una región
desconocida

la vida me parece fijarse arbitrariamente
en un momento de nuestra infancia
o en la infancia de la humanidad

una forma de remedar
la vida de cualquier otro

En efecto, la vida se convierte en un escenario
en el que se interpreta a Romeo, Caín, César
y a otras figuras macabras

Poseídos por esos cadáveres
recorremos como ataúdes
el camino que une
el nacimiento a la muerte…]

* * * * *

[…Esas mujeres fugitivas
que las apariencias
la calle y las costumbres
señalan
como a las locas del pueblo

hacen que surja ilimitadamente
en la pantalla de mi corazón
la amada fastuosa
inventada e inventable
a la que uno mi vida

Y me parece que el final de esta frase
en la que deposito una eterna fidelidad
a la amada
tiene un sabor único
en el momento en que la pronuncio

porque desde aquí veo
los alarmados rostros de mis semejantes
que querrían vaciar en bronce
mi efigie
entre la carroña
de su habitual trivialidad
entre los clichés familiares
que son Don Juan y Casanova
decepcionados por mi devota mirada
que acaricia con un amor infinito
a una mujer
a la que tengo la impresión de no conocer
desde hace mucho tiempo

desconcertados por una respuesta romántica
inocente y pueril
de mi satánica fidelidad

Estoy seguro
de que habría sido más tranquilizador
para la buena marcha
de la infamia humana
que yo hubiera sido un feroz asesino
o un incendiario sin sentido
ya que en ese caso podría ser reducido
a uno de sus datos más previsibles
pero nunca se me perdonarán
las arenas movedizas de mis gestos resueltos
vertiginosos y atroces como los volcanes
los movimientos de tierra
de un encuentro a otro
esta vibrante confusión
de mujeres fragmentadas
apenas conocidas o totalmente desconocidas
y que son atraídas hacia mí
con una fuerza irresistible
en ciertas circunstancias
sin equivalencia alguna
en el mundo preconcebido de los fenómenos
corrientes o excepcionales
pero que en ocasiones recuerdan
el proceso de desplazamiento
y condensación
que asciende desde la vida onírica

un vestido, un liviano velo
un ojo verde, un ojo azul, un perfume
o un veneno lento, un desmayo
una herida en la cadera
cabelleras revueltas
tantas alusiones vagas y lejanas
tantas corrientes favorables
que hacen que aflore a la superficie del agua
esa cabeza de tinieblas
la cabeza de la amada envuelta en una nebulosa
la cabeza de mi adorada bienamada
tentacular, radiante, jamás nacida

cuya suprema afirmación
es el inmenso cordón umbilical
a través del cual le chupo el corazón

Versión de Eugenio Castro

Fragmentos de “La muerte muerta”

Con extrema voluptuosidad mental
y bajo un estado de excitación
afectivo y físico ininterrumpido
persigo en mí y fuera de mí
este número de acrobacia infinita

Estos saltos contemplativos y lúbricos
que ejecuto
simultáneamente tumbado y de pie

incluso en mi forma desconcertante
o innoble o profundamente afrodisíaca
o perfectamente ininteligible
de saludar de lejos a mis semejantes

de tocar o de mover
con indiferencia fingida
un cuchillo, una fruta
o la cabellera de una mujer

estos saltos convulsivos que provoco
en el interior de mi ser
convulsivamente integrado
en la grandiosa convulsión universal
y cuya dialéctica dominante
me era siempre accesible
aunque sólo captara
las relaciones aparentes,

han comenzado en los últimos tiempos
a oponerme su figura impenetrable
como si
ante la tentación de encontrarme
conmigo mismo
en la superficie de un espejo
arañara impacientemente el azogue
para asistir
estupefacto
a mi propia desaparición

No se trata aquí de torpeza alguna
en el plano del conocimiento
ni de la piadosa maniobra del hombre
que declara orgullosamente su ignorancia

No reconozco en mí ninguna
curiosidad intelectual

y sostengo sin el menor escrúpulo
mi poco interés
por algunas de las cuestiones fundamentales
que se plantean mis semejantes

Podría morir mil veces
sin que me plantee
un problema fundamental
como el de la muerte
en su dimensión filosófica

esta forma de dejarse inquietar
por el misterio que nos rodea
me ha parecido siempre depender
de un idealismo implícito
sea el enfoque materialista o no

La muerte en tanto que obstáculo
opresión, tiranía, límite
angustia universal

en tanto que enemiga real, diaria
insoportable, inadmisible e ininteligible
debe, para llegar a ser verdaderamente vulnerable
y, por tanto, soluble
aparecérseme en las relaciones dialécticas
minúsculas y gigantescas
que mantengo continuamente con ella
independientemente del lugar que ocupa
en la ridícula escala de valores

En relación con la muerte
un paraguas encontrado en la calle
me parece tan inquietante
como el sombrío diagnóstico de un médico

En mis relaciones con la muerte
(con los guantes, el fuego, el destino
los latidos del corazón, las flores … )

pronunciar fortuitamente
la palabra «moribunda»
en lugar de «bienamada»
basta para alarmar mi mediumnidad

y el peligro de muerte
que amenaza a mi bienamada
del cual tengo conocimiento
por ese lapsus de premonición subjetiva
(deseo su muerte)
y objetiva (está en peligro de muerte)
me inspira un contraataque
con la forma de un hechizo subjetivo
(no deseo su muerte
-ambivalencia interior, culpabilidad)
y objetivo (no está en peligro de muerte
-ambivalencia exterior, azar favorable)

Construyo un talismán-simulacro
siguiendo un procedimiento automático
de mi invención («El Ojo magnético»)…]

* * * * *

[…Sé en qué medida
mi desesperación proyectada sobre la totalidad
de las personas que me rodean
es susceptible de sugerir
la manía de persecución
en su fase aguda, pero esta faceta
de mi comportamiento no sabría cómo abolir
el significado objetivo
que atribuyo a la paranoia
ya que para denunciar a las personas que amo
dispongo de un material analítico
por sí mismo convincente
sin que sea necesario
el apoyo maníaco de mi persona

Además, poco importa que mis acusaciones
sean legítimas o no

Lo que me interesa, lo que experimento
como una necesidad irresistible
es apoyar con mis actos
hasta en sus consecuencias más absurdas
el vacío teórico que me ocupa
independientemente del dolor pasajero
que me inflijo y de la categoría masoquista
en la que supuestamente caigo

Para mí, el único placer
objetivamente deseable, aquel que jamás
ha sido experimentado, no puede suscitarse
más que por una euforia mental concomitante
jamás imaginada, jamás pensada

Los errores teóricos que haya podido cometer
y que me han vuelto en los últimos tiempos
tan vulnerable al sadismo incesante
del mundo exterior
no pueden encontrar una salida
si no es porque conservo en mí el equilibrio
inestable de la negación
y de la negación de la negación
única forma de estar siempre de acuerdo
con uno mismo

El vacío teórico que experimento
como si viviera día y noche
bajo una máquina neumática
me obliga a mandar a todos los que me quieren
cartas de ruptura en las que denuncio su odio
teniendo su amor por mí todos los caracteres
latentes del odio general

El alejamiento físico de estas personas
no es solamente la puesta en práctica
de mi vacío teórico
sino también una medida elemental de seguridad…]

* * * * *

[…La presencia permanente de la muerte
en la noche funeraria de mi ser
jamás adoptará, en tanto que necesidad
los aspectos paralizantes de la muerte
inventada por el Creador
esta muerte (esta vida) estructuralmente
religiosa desaparecerá con la última
represión

La muerte que yo acojo como una necesidad
como la válvula de la desesperación
como una réplica del amor y del odio
como una prolongación de mi ser
en el interior de mis propias contradicciones

esa muerte, yo la reconozco
en ciertos aspectos angustiosos
y lúbricos del sueño, en la toxicomanía
en la catalepsia, en el automatismo
ambulatorio

siempre en la intersección
del hombre y la sombra
de la sombra y la llama

la reconozco en mi necrofilia enmascarada
cuando obligo a mi amada
a guardar durante el amor
una pasividad glacial

la reconozco incluso en el acto mecánico
del sueño, en el desmayo
o en la epilepsia

pero nunca reconoceré
ni siquiera en mis ensueños más
autoflageladores
la objetividad de ese fenómeno siniestro
que nos vuelve monótonos
nos hace repetitivos y nos extermina
como si fuéramos la víctima
mil veces milenaria
de un monomaniaco senil y cínico

La prolongación de esta muerte necesaria
que ya no se opondrá traumáticamente
a la vida y que la resolverá
en el sentido de una negación ininterrumpida
en la que sean perpetuamente posibles
la reciprocidad y la inversión causal
la prolongación de esta muerte objetiva
como una réplica a mi vida objetiva
a través de la cual alcanza
una tensión siempre extrema
la objetividad incandescente de mis amores
me obliga hoy
en un estado de ilimitada desolación
pánica, de catalepsia moral
llevada hasta el vacío teórico
y de desesperación insoluble, macabra
y sintomáticamente revolucionaria
a agravar este estado de irritación aguda
exasperándolo hasta su imposible
negación, hasta la negación
exasperante de lo imposible
en donde la muerte
para ser devorada como una mujer
se libera de sus sumas traumáticas
y se ilumina cualitativamente
taumatúrgicamente y adorablemente
de humor

Utilizando los signos cifrados
de nuestro tatuaje interior
apelando de nuevo
al Irrespirable Triángulo del artificio
a la Mujer de las mil Pieles
del automatismo
al Corazón Doble del sonambulismo provocado
y a la Gran, a la Inigualable Ballena
del simulacro

Hace varios días que llevo a cabo
algunos intentos de suicidio
que no son sólo
una consecuencia lógica
de mis decepciones, de mi saturación
y de mi desesperación subjetiva
sino la primera victoria real
y virtual
sobre esa Paralítica General Absoluta
que es la muerte

Versión de Eugenio Castro

No soporto más esta vida de privaciones

Carta dejada sobre la mesa antes del primer intento de suicidio (I)

Trato de suicidarme estrangulándome
con ayuda de una corbata que ato
al pomo de la puerta

He dejado sobre la mesa una carta
que me parece de una comicidad irresistible

La ausencia de toda razón perceptible
halla en mi suicidio «a causa de la miseria»
una réplica groseramente económica
pero llena de encanto

De todas las razones aparentes
invocadas por los suicidas
esta me ha provocado siempre
una repulsa especial
debido a su carácter esclavista, masoquista
y claramente contrarrevolucionario

No podía dejar una carta
más desconcertante sobre mi cadáver

Para él la sola palabra «privaciones»
resume toda la languidez
y la beatitud del miserable

Aunque saque la lengua
con una involuntaria tendencia
satírica antagónica
mi arribista cadáver supera
gracias a esta carta
el primer grado de la escala social
Un vértigo en el que reconozco mi pasión
por la intoxicación, por la asfixia
por la desaparición de las certidumbres

Llevo las manos a mi garganta
probablemente para impedir el estrangulamiento
pero el gesto es tan violento
que se diría que quiero rematarlo
No me he puesto una corbata desde hace ocho años

(Anotación inmediata)

Versión de Eugenio Castro

Que no se busquen las causas de mi muerte

Que no se busquen las causas de mi muerte
nadie es culpable, ni siquiera yo

Dejo la vida sin ningún pesar

Solicito ser enterrado con sobriedad
y, a ser posible, incinerado

Ni flores, ni coronas

Carta dejada sobre la mesa antes del segundo intento de suicidio (II)

Texto escrito durante el segundo intento (II)

Versión de Eugenio Castro

La pronunciación cansina
e intencionadamente teatral
de la interjección ¡oh!
seguida del nombre adorado de la amada
basta para expresar
la melancolía latente de mi amor
y, anestesiando mi cólera
mi desesperación y mi exhibicionismo
los reemplaza por una crueldad sorda
como en los ejercicios vampíricos
y catalépticos del amor
de las plantas carnívoras

A pesar de esto, con rabia
me golpeo con un cuchillo
en el corazón

El garabato trazado con la mano izquierda
mientras la derecha sostiene el cuchillo
guarda la melancolía latente del amor

La guarda y la chupa

(Anotación inmediata)

¡Oh, querida!

Texto escrito durante el tercer intento de suicidio(III)

Versión de Eugenio Castro

Una enfermedad nerviosa nunca incurable

Una enfermedad nerviosa nunca incurable
nunca que nunca me tortura
desde hace varios años nunca
me obliga nunca a poner fin a mis días

Nunca pago con mi vida los errores
de mis padres nunca mi herencia
nunca cargada

Si nunca he hecho daño a alguien
le ruego que nunca me perdone

Carta dejada sobre la mesa antes del cuarto intento de suicidio (IV)

Texto escrito durante el cuarto intento de suicidio (IV)

Versión de Eugenio Castro

Si es verdad, como se pretende

Si es verdad, como se pretende
que tras la muerte el hombre persigue
una existencia fantasmagórica
te lo haré saber

Si no doy señales de «vida»
durante un mes
que sepas que se muere como se pudre
una cebolla, una silla, un sombrero

Me suicido por asco

Carta dejada sobre la mesa antes del quinto intento de suicidio (V)

Texto escrito durante el cuarto intento de suicidio (IV)

Versión de Eugenio Castro

Para evitar esta huida

Para evitar esta huida
hacia una ilusión consoladora
prefiero desenmascarar la complicidad parcial
de la amada antes que idealizar
sus compensadores encantos
prefiero llevar mi desesperación
hasta sus últimas consecuencias
(lo que debe comportar
una solución dialéctica favorable)
antes que…

Versión de Eugenio Castro

Como un niño

Estoy contento y sin embargo sufro
de que viví mi amor como he vivido
y siento no haber sido siempre tuyo,
pero cerca de ti me transfiguro.

Como un niño que aplasta su rostro contra el vidrio
y está y no está en el mundo de los sueños,
cerca de ti yo estaba y no lo estaba
ansioso de decirte tantas cosas.

Porque viví mi vida como yo la he vivido,
qué desolado estoy y qué alegre me siento
del tiempo que transcurre cerca de ti más rápido,
del tiempo que sin ti se tragó la neblina…

Versión de Klaus Dieter Vervuert

El sueño del poeta

A la memoria del poeta Sankitshi Togue
víctima del bombardeo de Hiroshima.

(Abarcando con la mirada las montañas de Japón,
el poeta habla consigo mismo.)

Estas montañas son de sílex,
sus frentes desafían
por millones de años, terremotos,
áspera tiara indiferente
que despedaza las nubes.
Nadie puede
dar otro rostro
al sílex, a las rocas, al granito,
transformarlos.
La montaña permanece montaña
(el terremoto puede cambiar sólo la base)
encerrada en sus fronteras,
con una fuerza igual, por siempre,
inacabada.
Mira y llama, si no crees en todo esto,
si no crees en la constancia
de la Montaña,
llama de una vez,
con la voz más grande,
del más extenso de los valles,
con la trompeta más profunda de los valles…
si no crees lo que te digo,
grita de una vez, (a ver, intenta),
grita de una vez, con todos los pulmones de los ecos,
llama de una vez cuán fuerte puedas
desde todos los clarines de las sombras
de los precipicios,
grita de una vez, ¡ay!, llama,
a ver si puedes despertar
al menos por un segundo
al Cíclope,
al cíclope de piedra
de la montaña…
procura
¡ruge…!

-Silencio, que grito:
¡Eh, Fujiyama…!

(Ecos… ecos…
las rocas me devuelven,
indiferentes,
los anillos de la voz…)

Sin novio,
en la luz.
la montaña continúa impasible,
idéntica a sí misma,
eternamente igual, anciana
y sin embargo eternamente joven
con crines de cascadas,
con crines de nieves desbordantes
sobre las espaldas…
¡Salud, impavidez de piedra!
Así te quedarás por siempre
con la misma confianza en la vida del hombre.
Puedes tú derrumbarte, Fujiyama.,
pero no cambiar…
La piedra permanece piedra.

Versión de Manuel Serrano Pérez

El sueño de un viejo pescador

Oh, los huesos… las piernas… y las manos
y los ojos…
y el sueño mismo…
dolores, nada más que dolores.
Engañador… te conozco.
dame peces nunca atrapados…
También soy un niño,
una criatura,
acunado tan sólo
por las olas,
por las olas burlonas…

Una barca soy,
de huesos…
resbalan junto a mí los peces
y me tocan
y resueno
con todas mis flautas blancas ­
una canción,
una canción de dolor y de vida.

¿Sin mi tristeza
cómo podrían existir
tantos hombres felices?

Engañador,
dame peces
nunca atrapados…
Una barca soy,
de huesos…
de miles y miles de años
permanecí
en las olas,
segado siempre por sus hoces azules.
Una barca soy, arrasada por la tempestad
y sacudida como un hombre
que está por vomitar
de hambre…
Esponjas son mis piernas
de hielo…

¡Qué pesado es el mar…!
¡Cómo me oprime el pecho…!
¡Qué pesado resulta
para un pescador
con las redes rotas
y las plantas de los pies
como la piel enrojecida en la roca que gime!
¡Cómo me oprime el pecho
la titubeante fiera verde…!

¡Fiera, oh, fiera, fiera, fiera!
Dame un poco de peces
nunca atrapados,
dame mi juventud. amarga
como tu beso.

pero entera. inconmovible.
dame mi juventud
envuelta en una sola
red enorme,
pero entera…
dame la armadura
de soga
de mis fatigas…

¿Mas qué escucho?
Con todas sus trompetas se me anuncia
y lanza el mar peces, sin fin,
a mi cabaña…
Con los peces
tintinea mi cabaña como repleta de monedas…
Y, ved, ahora,
ved…
también la sombra de mi juventud.
¡Acércate, ven,
siempre decías tener hambre…!
Bien venida…
toma cuantos peces quieras, cuantos puedas llevar…
Me dan asco, no puedo verlos…
Son muchos,
muchos, demasiados…
Mirad, la enorme red también
huye para no verlos,
se oculta donde puede. Es un diluvio
de peces…

¡Oh, no deseo tantos,
no, no he deseado tantos…!
Engañador,
dame tan sólo los peces que preciso
para poder vivir,
y un pez de arroz con ellos
y dos altas botas hasta la cintura
y una estrella de mar que me ilumine
las profundidades verdes, donde
me hundo más y más…!
Y para el corazón
la sonrisa de los niños que duermen satisfechos…

Versión de Manuel Serrano Pérez

Encuentro con Hiroshima

a Kaoru Yasui

Tierra, tierra muda.
Muda,
con la piel quemada, con el cuerpo desnudo,
perdón, Hiroshima …
Perdón por cada paso
que golpea una herida, abre una cicatriz…
Perdón por cada mirada,
que -aún acariciando- duele…
Perdón por cada palabra
que enturbia el aire donde buscas
a los niños,
los pueblos de criaturas perdidos para siempre.
Tumba
inexistente… Viento… viento… viento… viento…
Y sus voces, apenas resonando ahora,
más extinguidas día a día,
únicamente en el recuerdo…
¡Oh, cementerios
inexistentes… inexistentes…!
¡De quererlos llorar no se les puede estrechar en los brazos,
al menos una urna, una tumba tan sólo…!

¿Dónde están tus pequeños, Hiroshima? Quizás
en el océano
de plata impasible …
Quizás en la infinita bóveda
del cielo…
O, acaso, en esta misma tierra.
que yo piso…

Cada paso que doy lo doy con miedo…
Cada palmo de tierra
esconde un catafalco…
Es como si la tierra que yo piso
hubiera dado un grito: -¡Madre…!

¡Oh, concédeme alas, aire de esmalte,
para ser leve como tú, ganar altura,
y no hollar Con mi paso alguna herida,
rasgar, angelical, el cielo con mi ala…!

…Mas, desde sus mil llagas, centelleando,
se me acerca Hiroshima,
se acerca, se curva dulcemente
y me hace señas:

-Te ruego, ven, amigo,
y mira lo que fue,
y lo que es,
y cuenta…

Versión de Manuel Serrano Pérez

La voz de la ceniza

No sé quién soy; todo se ha transformado
en mí. No sé quién soy y, sin embargo, existo.
Leve soy y pesada como una maldición,
y piedra soy y vida inacabada.

No juguéis conmigo, asesinos.
me escurro entre los dedos, estoy viva,
arrojadme al océano, es en vano:
en vuestra copa anido y soy lejía.

¡Huid! Que soy ceniza, entrar puedo
bajo la puerta cual sombra resbalada
y enlutar vuestro rostro en el sueño
y entregaros mi beso de lejía.

Versión de Manuel Serrano Pérez

La voz de una mujer

Devolvedme mi niño
-nada quiero saber-
aunque tenga
la cara
de un monstruo,
no importa cómo sea,
devolvedme mi niño
no importa cómo,
y si no puede ser para toda la vida
(para esta vida miserable
y tan breve, aún si tuviera un siglo)
al menos por un día.,
un día sólo,
hasta el preciso instante
en que venga hacia mí,
como él venía,
ciegamente, los brazos extendidos,
con los pétalos pálidos de sus dedos.

Devolvedme mi niño
aunque tenga
la cara de monstruo:
iré a su encuentro
y me sonreirá…
él me sonreirá…
aunque tenga la cara de monstruo,
me sonreirá,
y yo le abriré la puerta,
aunque tenga la cara
no importa cómo…

Devolvedme mi niño,
devolvedme mi niño no importa cómo,
pero no ceniza,
devolvedme mi niño no importa cómo,
pero nunca arena…

Sé muy bien que sería posible
que mudaran su rostro,
pero cuando llore
lo reconocería,
y para que no llore más
apagaré la luna
(un rostro entre lo oscuro no se ve),
y si él sonríe,
a la menor sonrisa,
entonces,
mudaré todas mis lágrimas
en cielo estrellado…
Mas no me devolváis el cielo sin él,
el cielo azul de acero sin piedad,
no, no me lo devolváis…

Devolvedme mi niño …
Privadas de él, las estrellas son arena,
privadas de él, las estrellas son cenizas:
un manojo engañador que se escurre
absurdamente
al correr de los tiempos
de la alforja deshilachada de la noche…

Devolvedme mi niño,
devolvedme mi niño no importa cómo,
devolvedme mi niño,
aunque sea cualquiera su cara…

También en el armario
sus ropitas esperan…

y ya muy pronto le serán pequeñas…

Versión de Manuel Serrano Pérez

Las voces de los pájaros de Hiroshima

-¿Dónde, dónde están?
-¿Quiénes?
-¿Dónde, dónde están?
-¿Quiénes? ¿Quiénes?
-¿Dónde están?
-¿Quiénes? ¿ Quiénes?
-Los hombres…
-No sé. Mira, copos de ceniza…
Han volado todos…
-¿Adónde, adónde?
-No sé. Construyamos el nido.
-¿Dónde,
dónde,
dónde,
dónde,
dónde?…

Versión de Manuel Serrano Pérez

Los sueños de la ciudad

Sueña en este instante la ciudad
sueños
nacidos del Dolor o
de la Alegría,
pues uno y
otra sueñan…

Serena,
la Alegría quisiera engendrar criaturas
que se le parezcan,
en tanto que el Dolor,
desfigurado por tantos suplicios,
quiere que nazcan
criaturas más bellas que su amargo rostro…

Versión de Manuel Serrano Pérez

Metamorfosis

Pude haber sido un árbol, bajo el cual
tú te habrías recostado cuando yo no te conocía,
habría hecho oscilar dulcemente una de mis ramas, casi al azar,
para besar tus ojos.

Habría sido quizás una hoja blanca,
sobre la cual te hubieses inclinado pensando en silencio
y yo habría besado, mientras tú dibujabas,
el mármol
de tu mano desnuda.

Hubiese podido ser un muro,
un muro
a la sombra del cual
estaría con otro, no conmigo…
Y yo con gran dolor
me hubiera derrumbado
ante tus ojos pálidos de espanto.

Versión de Pablo Neruda

Una voz

¡Dejádme llorar, que ha muerto la Esperanza…
asesinada en pleno día, ahora…!
¡Traédme de las sombras el vestido más triste
y cubrid mi semblante con un inmenso velo de humo!

Quiso arropar a los pequeños. ¡Védla: desnuda, silenciosa,
asesinada ante nosotros bajo yertas ruinas…!
¡Traédme un mar hirviente de cicuta.
que apure y calme el asco de mi boca sombría!

¡Oh, mar! ¡Préstame tu armadura
para avanzar con ella hacia los asesinos, relumbrante,
y con millares de infernales olas escupirlos,
y -¡cobardes!- arrodillados ante la Esperanza muerta.

…………………………………………………………………………….

Silencio. Calla el mar El horizonte calla. Desierto.
Los asesinos, en secreto, como gordos gusanos se retuercen,
la levantan de prisa, al ataúd la arrojan.

¡Pero ha volado ya desde sus manos el corazón de la Esperanza!

Versión de Manuel Serrano Pérez

Amada, cada vez que yo pienso en nosotros

Amada, cada vez que yo pienso en nosotros,
un océano de hielo aparece ante mí:
sobre la blanca bóveda no hay ya ninguna estrella,
la luna es una mancha amarilla a lo lejos.
Sobre miles de témpanos que las olas se llevan,
un pájaro planea, las alas fatigadas,
mientras su compañera ha seguido adelante,
unida a la bandada que se pierde al poniente.
Hacia donde ella vuela mira desesperado.
Ya no siente ni pena ni alegría. ..Se muere,
soñando en un instante todo el tiempo pasado.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Más lejos uno de otro cada vez nos sentimos,
cada vez me hundo más en la sombra y el hielo,
mientras desapareces en la eterna mañana.

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

Atardecer en la colina

El cuerno quejoso suena en la colina,
suben los rebaños, brillan las estrellas,
las aguas responden, gimiendo en las fuentes;
bajo las acacias, querida, me esperas.

La luna atraviesa clara y santa el cielo,
tus ojos contemplan el raro follaje,
las estrellas húmedas nacen en lo alto,
tú estás de ansias llena y de amor tu seno.

Las nubes resbalan, sus rayos se estrían,
levantan las casas sus techos vetustos,
la roldana al viento chirría en el pozo,
el valle es de humo, las flautas murmuran.

Hombres fatigados, la hoz sobre el hombro,
vuelven de los campos; la toica* resuena,
la campana llena con su voz la noche,
y mi alma se quema de amor en tu fuego.

¡Ah!, pronto en el valle el pueblo se duerme,
¡ah!, pronto mis pasos hacia ti me llevan.
Cerca de la acacia pasaré la noche
e incansablemente te diré: te quiero.

Las cabezas juntas, una contra otra,
bajo la alta acacia nos adormiremos
¿Quien la vida entera no la entregaría
por una tan bella, tan dichosa noche?

* Toica es un trozo de madera o metal que se golpea para llamar a la oración

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

Flor azul

“¿De nuevo hundido en los astros,
en las nubes, en los cielos?
Por lo menos, no me olvides,
alma y vida de mi vida.

En vano los arroyuelos
juntas en tu pensamiento
y las campiñas asirias
y la tenebrosa mar;

las pirámides vetustas
que alzan sus puntas al cielo.
¡Para qué buscar tan lejos
tu dicha, querido mío! ”

Así mi niña me hablaba,
dulcemente acariciándome.
¡Ella tenía razón!
Yo reía, sin embargo.

“Vámonos al bosque verde,
donde las fuentes del valle
lloran y la roca puede
precipitarse al abismo.

Allí, en lo claro del bosque,
cerca del junco tranquilo,
bajo la serena bóveda
del moral nos sentaremos.

Y me contarás los cuentos
y me dirás las mentiras;
yo, con una margarita
comprobaré si me quieres.

Y bajo el calor del sol,
roja como una manzana,
tenderé mi cabellera
para cerrarte la boca.

Si tú acaso me besaras,
nunca nadie lo sabría,
pues debajo del sombrero,
¡eso a quién puede importarle!

Cuando a través de las ramas
salga la luna de estío,
tú me enlazarás del talle,
yo me prenderé a tu cuello.

Bajo el techo de las ramas,
al descender hacia el valle,
caminando cambiaremos
nuestros besos como flores.

Luego, al llegar a la puerta,
hablaremos en lo oscuro;
que nadie de esto se ocupe;
si te quiero, ¿a quién le importa? ”

Un beso más… y se ha ido.
¡Yo quedo bajo la luna!
¡Qué hermosa es y qué loca
es mi azul, mi dulce flor!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Tú, maravilla, te fuiste,
y así murió nuestro amor .
¡Flor azul, oh flor azul!…
¡Qué triste que es este mundo!

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

La oración de un Dacio

Cuando aún no existían ni muertos ni inmortales
ni manantial había ni almendra de la luz,
ni nacido mañana, ni hoy ni luego ni siempre,
porque todas las cosas eran tan sólo una;
cuando la tierra, el cielo, el aire y este mundo
estaban en el número de lo que no existía,
entonces Tú eras solo, por eso me pregunto:
¿A qué Dios entregamos, humilde, el corazón?

Él sólo ya existía primero que otros dioses
y del profundo océano dio las fuerzas al rayo,
a los dioses el alma, a los hombres la dicha,
y es para los humanos manantial de salud.
¡Levantad vuestro coro! ¡Glorificadle en cantos
al que es fin de la muerte, resurrección y vida!

Para que la luz viera, Él me ha dado los ojos
y me ha llenado el alma de la suma piedad.
Puedo escuchar su paso entre el clamor del viento
y en una voz que canta reconocer su voz.
Mas siempre le mendigo algo de añadidura:
¡Que me permita entrar en el reposo eterno!

Que maldiga a quien piense tener piedad de mí,
que bendiga clemente a quien me está oprimiendo,
que escuche complacido a quien de mí se burle
y dé fuerzas al brazo que querría matarme,
permitiendo que triunfe sobre todos los otros
el malvado que quite hasta el pan de mi boca.

Rechazado por todos atravieso los años,
hasta que ya sin lágrimas vea secos mis ojos.
Cuando todos los hombres se yergan enemigos,
cuando yo no consiga casi reconocerme,

cuando los sufrimientos mi bondad petrifiquen
y llegue a maldecir la madre que he adorado,
cuando la ira cruel me parezca el amor…
el dolor olvidando, ya me podré morir.

Y si extranjero muero fuera de ley, entonces
este indigno cadáver tirad lo en la calleja,
y yo te ruego, Padre, desde el premio más alto
a quien mande a los perros rasgar mi corazón.
Y si alguien me apedrea golpeándome el rostro,
¡dale la vida eterna, Señor, tenle piedad!

Sólo de esta manera, Padre, te daré gracias
por la dicha que tuve de vivir en el mundo.
Para pedirte bienes no doblé la rodilla,
para la maldición quisiera conmoverte
y sentir que a tu soplo mi aliento se evapora
y en la extinción eterna me diluyo sin rastro.

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

Melancolía

Es como si una puerta se abriera entre las nubes,
para que pase muerta la reina de la noche.
¡Oh, duerme, duerme en paz entre miles de antorchas,
bajo tu tumba azul y el sudario de plata,
en tu gran mausoleo, bóveda de los cielos,
tú, dulce y adorada soberana nocturna!
El mundo en su extensión yace bajo la escarcha,
que reviste de un velo de luz pueblos y campos;
el aire centellea y albos como la cal
brillan los edificios, las ruinas solitarias.
El cementerio, mudo, de cruces rotas, vela;
sobre una cruz, parada, hay, gris, una lechuza,
el campanario cruje, los pilares resuenan,
y el demonio, diáfano, atravesando el aire,
roza muy tenuemente el bronce con sus alas,
arrancando un gemido, una ola de dolor.
La iglesia desplomada
se mantiene piadosa y triste y muda y vieja,
y a través de sus vidrios rotos el viento silba;
se dijera un ensalmo del que se oyen palabras.
Dentro, sobre los muros antes llenos de iconos,
apenas los contornos de su sombra han quedado,
y como sacerdote, un grillo va tejiendo
su idea oscura mientras una polilla dobla.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Fue la fe quien pintó de iconos las iglesias,
ella quien a mi alma llenó de cuentos mágicos,
pero la tempestad y el vaivén de la vida
apenas me dejaron huellas tristes y sombras.
En vano busco hoy mi mundo en mi cerebro
porque herrumbroso y viejo sólo en él canta un grillo;
bate mi corazón debajo de mi mano
igual que una carcoma mordiendo un ataúd.
Cuando pienso en mi vida, la veo que resbala
lentamente contada por labios extranjeros,
como si no fue mía, como si no he existido.
¿Quién es este que cuenta de memoria mi vida
tan bien que hasta lo escucho y río del dolor
como si fuese ajeno?… Hace tiempo estoy muerto.

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

¡Oh, madre!

¡Oh, madre, dulce madre, del fondo de los tiempos
siento que entre el murmullo de las hojas me llamas!
Sobre la cripta negra de la sagrada tumba,
se deshoja la acacia al soplo del otoño
y sus ramas agita, tu voz acompañando…
Ellas se mecerán y tú dormirás siempre.

Cuando muera, querida, no llores a mi lado;
pero al sagrado tilo arráncale una rama,
ponla en mi cabecera y entiérrala conmigo
y que sobre ella corra el llanto de tus ojos;
un día llegará a dar sombra a mi tumba…
La sombra crecerá y yo dormiré siempre.

Y si acaso ocurriese que muriéramos juntos,
que no nos lleven nunca al triste cementerio,
que caven nuestra tumba al borde de un arroyo,
que nos coloquen juntos en un mismo ataúd;
así te quedarás apoyada en mi hombro…
Siempre llorará el agua y dormiremos siempre.

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

Separación

¿Pedirte yo un recuerdo para que no te olvide?
Sólo a ti te quisiera, mas no te perteneces;
ni esa flor ya sin vida entre tu pelo rubio,
pues que sólo deseo que me eches al olvido.

¿De qué sirve sentir la dicha ya apagada,
que no se extingue y sigue igual eternamente?
El mismo río canta con diferentes ondas:
¿de qué puede servir la persistente pena
si a través de este mundo está escrito pasamos
cual sueño de una sombra y sombra de un ensueño?
¿Para qué preocuparte de mí más adelante?
¿Por qué contar los años que vuelan con los muertos?
Lo mismo da que muera hoy día que mañana,
ya que borrar deseo el rastro de mi paso,
ya que quiero que olvides nuestro sueño feliz.
No vuelvas, vida mía, a los años pasados,
en una sombra negra queda desvanecida,
como si jamás juntos hubiésemos estado,
como si aquellos años de amor se vaciasen.
¿De tanto haberte amado me podrás perdonar?

Déjame entre extranjeros la cara contra el muro,
que en mis ojos se hiele la luz de mis pupilas,
y así, cuando este barro a la tierra retorne,
¿quién sabrá ya quién soy, quién ya de dónde vengo?
y mis lamentaciones, atravesando el muro,
pedirán para mí el eterno reposo.
Sólo desearía que alguien cerca de mí
pronunciase tu nombre sobre mis ojos ciegos,
y después-si así quieren-que me echen al camino…
Más dicha yo tendré que la que tengo ahora.
Del horizonte llega la bandada de cuervos,
oscureciendo el cielo sobre mis turbios ojos;
que la tormenta estalle sobre el haz de la tierra,
mi barro al polvo vuelva, mi corazón, al viento…

Pero tú sigue en flor como luna de abril,
con tus ojos violeta, tu sonrisa de niña,
pues aunque seas joven siempre lo serás más,
pero no me recuerdes, pues de mí yo me olvido.

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

Sólo tengo un deseo

Sólo tengo un deseo:
que en la paz de la tarde
me permitáis morir
a la orilla del mar;
me sea dulce el sueño
y el bosque esté cercano,
que en la extensión del agua
reine un cielo sereno.
Oriflamas no quiero,
ni un lujoso ataúd,
hacedme sólo un lecho
con las jóvenes ramas.

Y nadie junto a mí
llore en mi cabecera,
nada más que el otoño
hable en las hojas secas.
Mientras corren las fuentes
cayendo rumorosas,
se deslice la luna
sobre los altos pinos.
Que las esquilas suenen
al viento de la tarde,
que sobre mí el sagrado
tilo vuelque sus ramas.

Como ya no andaré
nunca más errabundo,
tiernamente mi tumba
cubrirán los recuerdos.
Los astros, que se elevan –
de la enramada en sombra,
serán para mí amigos,
sonriendo de nuevo.
Gemirá apasionado
el canto del mar áspero…
y me volveré tierra
en mi honda soledad.

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

Venus y Madona

Ideal ido en la noche de un 11Jundo que ya no existe.
mundo que pensaba en cuentos y que hablaba en Poesía
¡oh te veo, pienso y oigo, joven y tierno mensaje
de un cielo con otros astros, paraísos y otros dioses!

Venus, blanco mármol cálido, ojo de piedra que brilla,
blandos brazos como un rey poeta hubiera soñado,
tú divinizaste un día la gracia de la mujer,
de la mujer que yo sigo viendo cada vez más bella.

Rafael, entre los sueños de su noche constelada,
alma ebria de esplendores y de eternas primaveras,
te vio y soñó en paraísos y embalsamados jardines,
te vio reinando sobre ellos, soberana de los ángeles.

Y sobre el lienzo desnudo creó a la Virgen Divina
con su diadema de estrellas, su sonrisa virginal,
pálido rostro cercado de rayos rubios, angélica
imagen, pues la mujer es figura de los ángeles.

Así yo, hundido en la noche de mi vida de poeta,
te he visto, mujer estéril, mujer sin llama ni fuego,
he transformado en ángel, dulce como un día claro
oscura vida a nuestra dicha concede.

Yo he visto tu rostro lívido por una embriaguez malsana,
tus labios amoratados por los mordiscos del vicio
y eché en ti, cruel, el velo blanco de la poesía
y presté a tu palidez el rayo de la inocencia.

Te di las pálidas luces que cercan mágicamente
la frente del ángel-genio y del ángel poesía.
De un demonio hice una santa, de una carcajada, música,
y de tus miradas sucias la mirada de la aurora.

Mas hoy, cruel, cayó el velo. Desembriagada de sueños,
mi frente se aclara bajo tus labios fríos, helados
y te contemplo, demonio, y mi amor, ceniza yerta,
me enseña a considerarte con un profundo desprecio.

Ya me apareces como una bacante que hubiera hurtado
de la frente de una virgen el mirto de su martirio,
de una virgen con el alma santa como una plegaria
mientras tiene el coraz6n lleno de espasmo y locura.

Y así como Rafael creó a la Virgen Divina,
con su diadema de estrellas, su sonrisa virginal,
yo hice para mí una diosa de una mujer ya marchita,
de corazón frío, estéril, de alma llena de veneno,

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Lloras, niña? ¿ Una mirada humedecida de llanto
pretende romper de nuevo un corazón dolorido?
A tus pies caigo y suplico a tus ojos, mar profundo,
y les imploro perdón, mientras te beso la mano.

Enjuga tus ojos, calla. La acusación fue cruel,
fue cruel, injusta, dura, sin causa ni fundamento.
¡Alma!, aunque fueses demonio, eres santa por amor,
y yo adoro a este demonio rubio de los ojos grandes.

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

Yo quisiera dormirme

(Variante)

Yo quisiera dormirme,
perdido en la noche.
Condúceme en silencio
al borde del mar.

No quiero ataúd rico,
luces ni oriflamas,
trénzame sólo un lecho
de jóvenes ramos.

Que el sueño me sea dulce
y el bosque cercano,
que brille un cielo limpio
en las hondas aguas.

Que del dolor brotando
suban a la orilla,
que a las rocas se abracen
sus brazos de olas.

Se levantan y caen
murmurando siempre,
mientras sobre los pinos
resbala la luna.

Que nadie junto a mí
llore en mi almohada,
que la muerte haga hablar
las hojas resecas.

Que el todopoderoso
en el viento pase,
que en mí el sagrado tilo
sacuda su flor.

Y como no andaré
nunca más errante,
caerán sobre mí
los tiernos recuerdos

que no sabrán que miro
la inquietud del mundo
mientras que las lianas
mi soledad cubren.

Tu cabello sobre el mar

También tu cabello vuela sobre el mar con el enebro dorado.
Con él se vuelve blanco, entonces lo tiño de azul-piedra:
el color de la ciudad donde al final fui arrastrado hacia el sur…
Con jarcias me amarraron Ya cada una ataron una vela
y me escupieron Con sus bozos brumosos y cantaron:
«¡Oh atraviesa la mar!»
Yo sin embargo pinté como una barca mis alas con púrpura
y con mi estertor dime brisa y antes que durmieran me hice a la mar.
Tus rizos, ahora, debía teñírtelos en rojo, pero me gustan azul-piedra:
¡Ay, ojos de la ciudad, donde caí y fui arrastrado hacia el sur!
Con el enebro dorado vuela también tu cabello sobre el mar.

De viaje

Hay una hora que hace del polvo tu escolta,
de tu casa en Paris, lugar de sacrificio de tus manos,
de tu ojo negro, el más negro ojo.

Hay una estancia donde un tiro de caballos se detiene para tu corazóm.
Tu cabello quisiera ondear en el viento cuando te vas – eso le está prohibido.
Los que quedan y hacen signos de adiós no lo saben.

A una y otra mano

A una y otra mano, allí
donde me crecían las estrellas, lejos
de todos los cielos, cerca
de todos los cielos:
¡Cómo
se vela allí! ¡Cómo
se nos abre el mundo a través
de nosotros!

Tú estás
donde tu ojo está, estás
arriba, estás
abajo, yo
encuentro salida.

Oh ese centro errante, vacío,
hospitalario. Separados,
te caigo en suerte, me
caes en suerte, uno del otro
caído, vemos
a través:

Lo
Mismo
nos ha
perdido, lo
Mismo
nos ha
olvidado, lo
Mismo
nos ha –

Alabanza de lo lejano

En el venero de tus ojos
viven las redes de los pescadores de la mar errabunda.
En el venero de tus ojos
el mar mantiene su promesa.

En ella arrojo yo,
un corazón que entre los hombres ha morado,
lejos de mí mis vestiduras y el resplandor de un juramento.

Más oscuro en lo oscuro, más desnudo estoy.
Tan sólo al desertar soy fiel.
Yo soy tú cuando soy yo.

En el venero de tus ojos
derivo y sueño un rapto.

En una red, una red queda apresada
y nos abandonamos enlazados.

En el venero de tus ojos
estrangula su cuerda un ahorcado.

Aquí

Aquí -es decir, aquí donde la flor del cerezo quiere ser más negra que allí.
Aquí -es decir, esta mano que le ayuda a serlo.
Aquí -es decir, aquel barco en el que remonté el río de arena:
amarrado
fondea en el sueño que esparciste.

Aquí -es decir, un hombre que conozco:
sus sienes son blancas,
como las ascuas que apagó.
Me arrojó su vaso a la frente
y volvió,
pasado un año,
para besar la cicatriz.
Profirió su maldición y su bendición
y no volvió a hablar desde entonces.

Aquí -es decir, esta ciudad,
regida por ti y la nube,
desde sus tardes.

Argumentum e silentio

Para René Char

A la cadena atada
entre oro y olvido:
la noche.
Ambos quisieron prenderla.
Ambos consintió en su hacer.

Pon,
pon también ahora allí lo que quiere
albear del crepúsculo junto a los días:
la palabra sobrevolada de estrellas,
sobrebañada de mar.

A cada uno la palabra.
A cada uno la palabra que le cantó,
cuando la jauría le atacó por la espalda –
A cada uno la palabra que le cantó y quedó helada.

A ella, a la noche,
lo sobrevolado de estrellas, lo sobrebañado de mar,
a ella lo logrado al silencio,
cuya sangre no cristalizó cuando el colmillo del veneno
traspasó las sílabas.

A ella la palabra lograda al silencio.

Contra las otras que pronto,
prostituidas por las orejas de los desolladores,
también trepan por el tiempo y los tiempos,
testimonia por último,
por último, cuando sólo cadenas resuenan,
testimonia por la que allí yace
entre oro y olvido,
hermana de ambos de siempre –

¿Pues dónde
alborea, di, sino en ella,
que en la cuenca de su río de lágrimas
a los soles sumergiéndose la semilla muestra
una y otra vez?

Asís

Noches de Umbría.
Noches de Umbría con la plata del címbalo y de las hojas del olivo.
Noches de Umbría con el canto que hasta aquí trajiste.
Noches de Umbría con el canto.

Mudo cuanto ascendió a la vida, mudo.
Desocupa y vuelve a llenar los cántaros.

Cántaro de barro.
Cántaro de barro con el que creció la mano del alfarero.
Cántaro de barro que cerró para siempre la mano de una sombra.
Cántaro de barro con el sello de la sombra.

Cantos por doquier, cantos.
Deja que entre el borrico.

Borriquillo.
Borriquillo en la nieve que esparce la mano más desnuda.
Borriquillo ante el verbo que se cerró de golpe.
Borriquillo que come el sueño de la mano.

Brillo que a consolar no alcanza, brillo.
Los muertos, los muertos aún mendigan, Francisco.

Bisiestos siglos

Bisiestos siglos, bisiestos
segundos bisiestos
nacimientos, novembreantes, bisiestas
muertes,
en automáticos panales archivados
bits
on chips

El poema-menorá de Berlín,

(¿inasilado, in-
archivado, in-
asistido? ¿En
vida?),

estaciones de lectura en la palabra tardía,

puntas de llamas vigilantes
en el cielo,

perfil de crestas bajo el fuego

sensaciones, tejidas
por la helada,

arranque en frío-
con hemoglobina.

Canción a una dama en la sombra

Cuando la Taciturna llegue y decapite los tulipanes,
¿Quién saldrá ganando?
¿Quién saldrá perdiendo?
¿Quién se asomará a la ventana?
¿Quién pronunciará primero su nombre?

Alguien que es portador de mis cabellos.
Los lleva como se lleva a los muertos en las manos.
Los lleva como llevó el cielo mis cabellos aquel año en que amé.
Los lleva así por vanidad.

Ese saldrá ganando.
No saldrá perdiendo.
No se asomará a la ventana.
No pronunciará su nombre.

Es alguien que está en posesión de mis ojos.
Los tiene desde que se cierran los portones.
Los lleva en los dedos, como anillos.
Los lleva como añicos de fruición y zafiro:
era ya mi hermano en otoño;
y ya cuenta los días y las noches.

Ese saldrá ganando.
No saldrá perdiendo.
No se asomará a la ventana.
Pronunciará su nombre el último.

Es alguien que tiene lo que dije.
Lo lleva bajo el brazo, como un bulto.
Lo lleva como el reloj su peor hora.
Lo lleva de umbral en umbral, mas no lo arroja.

Ese no saldrá ganando.
Saldrá perdiendo.
Se asomará a la ventana.
Pronunciará su nombre el primero.

Será decapitado con los tulipanes.

Ciégate para siempre

Ciégate para siempre:
también la eternidad está llena de ojos-
allí
se ahoga lo que hizo caminar a las imágenes
al término en que han aparecido,
allí
se extingue lo que del lenguaje
también te ha retirado con un gesto,
lo que dejabas iniciarse como
la danza de dos palabras sólo hechas
de otoño y seda y nada.

Coagula

También tu
herida, rosa.

Y la astada luz
de tus búfalos rumanos
en lugar de una estrella
sobre el lecho de arena,
en el émbolo que habla,
el superrojoceniciento.

Con todos los pensamientos me fui

Con todos los pensamientos me fui
fuera del mundo: allí estabas tú,
mi sosegada, mi abierta, y-
nos recibiste.

¿Quién
dice que se nos murió todo
cuando se nos quebraron los ojos?
Todo despertó, todo comenzó.

Grande vino un sol flotando, radiantes
se le enfrentaron alma y alma, claras,
imperiosas le presilenciaron
su órbita.

Suve
se abrió tu seno, silente
subió un aliento al éter,
y lo que se hizo nube ¿no era,
no era forma y a partir de nosotros,
no era
tanto así como un nombre?

Corona

En mi mano el otoño come su hoja: somos amigos.
Extraemos el tiempo de las nueces y le enseñamos a caminar:
regresa el tiempo a la nuez.

En el espejo es domingo,
en el sueño se duerme,
la boca dice la verdad.

Mi ojo asciende al sexo de la amada:
nos miramos,
nos decimos palabras oscuras,
nos amamos como se aman amapola y memoria,
nos dormimos como el vino en los cuencos,
como el mar en el rayo sangriento de la luna.

Nos mantenemos abrazados en la ventana, nos ven desde la calle:
tiempo es de que se sepa,
tiempo es de que la piedra pueda florecer,
de que en la inquietud palpite un corazón.
Tiempo es de que sea tiempo.

Es tiempo.

Cristal

No busques en mis labios tu boca,
ni en la puerta al extraño,
ni en el ojo la lágrima.

Siete noches más arriba
pasa el rojo hacia el púrpura,
siete corazones más adentro
insiste la mano en la puerta,
siete rosas más tarde
se escucha el rumor de la cisterna.

Cualquier piedra que levantes

Cualquier piedra que levantes-
desnudas
a los que piden la salvaguardia de las piedras:
desnudos
renuevan el entramado desde hoy.

Cualquier árbol que abatas-
armas
el lecho en donde
las almas nuevamente se acumulan,
como si no temblase
a su vez este
eón.

Cualquier palabra que pronuncies-
das las gracias
a la corrupción.

De oscuridad en oscuridad

Abriste los ojos -Veo vivir mi oscuridad.
La veo hasta el fondo:
aún allí es mía y vive.

¿Traslada como tal a la otra orilla? ¿Se despierta al hacerlo?
¿De quién es esta luz que sigue mi paso,
para que apareciera un barquero?

Elogio de la lejanía

En la fuente de tus ojos
viven las redes de los pescadores de la mar del extravío.
En la fuente de tus ojos
el mar cumple su promesa.
Aquí arrojo yo,
un corazón que se detuvo entre los hombres,
mi ropa y el esplendor de un juramento:

Más negro en lo negro, más desnudo voy.
Sólo infidente soy fiel.
Yo soy tú si yo soy yo.

En la fuente de tus ojos
desvarar suelo y sueño un rapto.

Una red prendió una red:
nos separamos enlazados.

En la fuente de tus ojos
un ahorcado estrangula la soga.

Esa única

Esa única
noche
de estrellas
propias.

Enhebrada de aliento de cenizas
hora va, hora viene,
por el sombreado de los párpados
de ojos cerrados de sueño,
reafilados
en almas
finas como flechas,
enmudecidas en la plática
con tartaleantes
carcajes con barbas
de algas aéreas.

Una colma
concha de luz pasa
por una conciencia.

Estaba

Estaba
la pizzca de higo en tu labio,

estaba
Jerusalén a nuestro alrededor,

estaba
el aroma de los pinos albares
sobre el barco danés que regraciamos,

yo estaba en ti.

Fuga de la muerte

Negra leche del alba la bebemos al atardecer
la bebemos a mediodía y en la mañana y en la noche
bebemos y bebemos
cavamos una tumba en el aire no se yace estrechamente en él
Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus
mastines
silba a sus judíos hace cavar una tumba en la tierra
ordena tocad para la danza

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos en la mañana y al mediodía te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita cavamos una tumba en el aire no
se yace estrechamente en él
Grita cavad unos la tierra más profunda y los otros cantad sonad
empuña el hierro en la cintura lo blande sus ojos son azules
cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la
danza

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y la mañana y al atardecer
bebemos y bebemos
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita él juega con las serpientes
Grita sonad más dulcemente la muerte la muerte es un maestro
venido de Alemania
grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como
humo en el aire
y tendréis una tumba en las nubes no se yace estrechamente allí

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía la muerte es un maestro venido de
Alemania
te bebemos en la tarde y la mañana bebemos y bebemos
la muerte es un maestro venido de Alemania sus ojos son azules
te hiere con una bala de plomo con precisión te hiere
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
azuza contra nosotros sus mastines nos sepulta en el aire
juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro venido
de Alemania
tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita

Había tierra en ellos

Había tierra en ellos y
cavaban.

Cavaban y cavaban y pasaba así
el día y pasaba la noche. No alababan a Dios
que, según les dijeron, quería todo esto,
que, según les dijeron, sabía todo esto.

Cavaban y nada más oían;
y no se hicieron sabios ni inventaron un canto
ni imaginaron un lenguaje nuevo.
Cavaban.

Vino una calma y vino una tormenta
y todos los océanos vinieron.
Yo cavo y tú cavas e igual cava el gusano
y aquel remoto canto dice: cavan.

Oh uno, oh nadie, oh ninguno, oh tú:
¿Adónde iba si hacia nada iba?
Oh, tú cavas y yo cavo, yo me cavo hacia ti,
y en el dedo se nos despierta el anillo.