Le asocio a mis preocupaciones de Carlos Barral

Y base de notar; que estas cosas son aora muy a la postre,
despues de todas las visiones, y revelaciones que escrivire,
y del tiempo que solía tener oración, a donde el Señor me
dava muy grandes gustos y regalos.

Preferiría ahora imaginar
que te soñaba como un robot
metálico o como un antiguo caminante
hecho de humanidades o de audacia.
Pero a la primera juventud es propia
una ternura sin reservas,
y luego… la tradición más inmediata…

Te invocaba según un largo rito,
torturándome hacia los pormenores de tu imagen.
Tocaba los objetos, te buscaba
revolviendo memoria.
Después, con los brazos en cruz, sobre la cama,
pasaba tiempo y tiempo.
Conocía
que estabas por un dulce cansancio
y entonces me tendía sin mirarte,
sabiéndote allí cerca,
y te contaba mis deseos:

-Haz que el año que viene… Que otro día…
Haz que la chica que encontré el domingo
(o si prefieres aunque sea otra)…
Haz que yo pueda ser… Y, sobre todo…

Tu presencia asentía a cada cosa,
tu blanco estar allí, tu inabordable
reino, transfigurando el sueño en lejanías:
el suave chasquido con que hiende
el tajamar las ondas
o unas ramas de abeto iluminadas,
flotando como un astro en el azul inmóvil.

Cada cita nocturna, cada encuentro
rescataba una parte del vivir diario:
los muros del colegio, los siniestros pasillos o las voces
de la mesa familiar cuando se hablaba de dinero
y además los pecados,
la vergonzosa marca del sexo
y el duermevela de las imaginaciones.

En las horas vacías, por el día,
a veces te ofrecías como un premio
fugaz, pasabas un instante
rozándome, en medio del silencio cargado del estudio,
como un soplo de aire que se dibuja sobre el agua
quieta,
o en las veladas tristes, en familia,
junto a la radio tonante,
o cuando la humillación me acaloraba.

Mas luego nuestro amor, según el tiempo
pasaba por la boca de los que te adulan,
se fue haciendo difícil, nuestras noches
de vez en vez más raras.
Comenzó a incomodarme
la sociedad de tus amigos, la dudosa
verdad de tus quehaceres…

Lo sé. No fue tan simple.
Sé que un día
mutilé la costumbre, sentí un poco
de rubor (la redujimos,
a lo más perentorio)…

¡Qué rápidas visitas en los últimos meses!
Y aprendía
a ver el mundo sin ti,
a llenar tu vacío con las cosas.

No recuerdo
exactamente cómo terminó.
Más tarde
me parecía un sueño nuestra historia.