De «La levedad del humo» 2007 de Clara Israel

A Jorge Luis Borges

Tan sólo un gesto tuyo, una palabra
desahuciarán al hombre que pretende
salvarse a toda costa y que no entiende
que en el verso es su fosa lo que labra.

Ya no le sirve el sueño, aunque abra
las puertas de los reinos que no ofende
o bese las agujas que ahora hiende
en cualquier dios que se transforma en cabra.

Tu oscuridad me habrá de dar la clave
para salir del falso laberinto
de vida que me extingue y que consumo.

Tu mano de poeta es esa llave,
el polen que fecundará el jacinto
y vencerá la levedad del humo.

* * * * *

Acto

Ahora que en la noche ya se tienen
y en sus ojos transita un leopardo,
ahora que su sexo huele a nardo
y sus lenguas felinas se contienen,

ella enmudece. Sus manos retienen
el sangriento arañazo del guepardo.
Nunca la ha amado. Sabe que es el bardo
que acalla versos para que no suenen.

Ella le quiso y sabe que sus labios
en jardines fructíferos se enraman.
Se salvará en la noche, en cualquier cosa,

en hombres más sinceros y más sabios.
En cuerpos que no mueren porque se aman
ella es el mar, la eclosión de la rosa.

* * * * *

Locus amoenus

En las doradas cúspides del sueño,
donde la piel redobla su ternura,
donde el beso resigue tu textura
y mi cuerpo reclama a su otro dueño,

donde el deseo es huésped halagüeño
y la muesca caricia en la hendidura,
donde el tacto remonta su espesura
y la vida renace de su empeño,

donde estás tú y el labio no censura
el agravio más grande o más pequeño,
donde la ausencia siempre es la tortura

y tu presencia un bálsamo hogareño,
allí quiero morir, en la segura
tranquilidad del sueño de tu sueño.

* * * * *

Luminosidad del beso

Por qué no supe amarte más despacio,
con un amor tranquilo y más profundo,
por qué en las retahílas de este mundo
el invierno tan sólo fue el prefacio

de tu ausencia materna, de aquel sacio
laberinto anunciado y tan rotundo
en que perdí mi infancia y donde infundo
más valor al guerrero samotracio,

a la victoria alada de tu sueño.
Así conquisto tierras tan lejanas
que sólo tú conoces el regreso

con recobrada fuerza en el empeño
de morir amparada entre las sábanas,
entre los claros bosques de mi beso.

* * * * *

Recolectora

¿En qué esquina la sombra te ha besado?
Te ha soñado mi luz y eras lo oscuro,
la hiedra que se pierde por el muro
buscando un cielo azul más olvidado.

No fuiste nada de lo que he esperado,
ningún fruto caído ni maduro,
tan sólo el andar trémulo e inseguro
de un insecto hacendoso aquí a mi lado.

Pero, como la hormiga laboriosa,
trabajas incesante en tu recuerdo
haciéndolo más próspero y más fuerte.

No quieres que en el frío en que te pierdo,
ni en la sangre olvidada de la rosa,
te deba amar también hasta la muerte.

* * * * *

Un hombre entre los otros

Surgiste de un taller de arquitectura,
o quizá sólo fueras carpintero,
o artesano, o el dócil compañero
de las primeras vides. De la pura

canción del hortelano que murmura,
del esclavo que espera su madero
para ser conducido al matadero,
a aquel lugar que tu alma se figura.

Busqué entre mis recuerdos y enseñanzas,
entre mis años locos como potros,
el tiempo en que creí haberte olvidado.

Me abandoné a sus gritos y a sus danzas.
Tan sólo fuiste un hombre entre los otros.
Pero tu nombre sigue aquí a mi lado.