Con el agua hasta el cuello

Con el agua hasta el cuello
levantarse
en el agua flotaban los restos de la cena

contener un minuto
el aliento
bajar hasta el cajón

allí duermen las tazas
un sueño blanco y cóncavo

saborear despacio el desayuno

lo ha conseguido
¡qué importa si no tienen compasión las palomas
que picotean sobre el plato!

y por eso sonríe —ella sabe por qué—
en la calle que asciende hacia el cielo de junio

Cuánto sufre el amor

¡Cuánto sufre el amor
en los rincones!
hay días que se oculta
igual que un perro enfermo

duerme como
un reptil
sobre el mosaico

aquel amor murmullo
que nos guiaba cierto
entre la bruma

el mismo amor que se acurruca ahora
desorientado
sobre este desaliño de hojas secas

al que acaricias
su pálido pelaje
para eso
para que no se muera
así de solo

Ellas sí que te esperan

Ellas sí que te esperan
ellas sí que regresan si las dejas volar

con tensa mansedumbre
van diciendo sus nombres

Cobijo
Lentitud
Vaivén
Entrega

Sometida Indeleble Guiadora

los pronuncian con miedo
-alguien ha maltratado
su humilde voz desnuda-

por eso les perdonas que callen tantas veces
que ninguna te diga cómo entraron en ti
por qué hueco insondable se abrió tu corazón

cómo burlan tu asedio
las cautivas
cuando husmeas a oscuras en sus nidos

En la hora desnuda

En la hora desnuda
sólo eso
un segundo de luz y paraíso

de aquellos que la amaron
sabe los rostros mudos y su temblor de ala
todos
juntos
abran el cofre y vea ella
esos diamantes escondidos

libres
al fin del cepo las palabras
que mansamente caigan esos copos
de nieve

sin red
en un segundo blanco
sobre el regazo de su mirada cobijados
de par en par
las dos puertas abiertas
sólo
un paso

decir adiós así

que el saco no se cierre
sin librarle a la voz de sus cadenas

tacto
y aire

encuentre allí esa voz
sus zapatos perdidos

al fin cerrado el círculo del mundo

en la hora desnuda
sólo
eso
un segundo de luz
y paraíso

Labor atenta de hilo solo

Labor atenta de hilo solo
-sigues tejiendo tu tapiz indócil-

ese que no se ve
ni engaña su hermosura
a los reyes sedientos

una puntada aquí
en el quicio oscilante
donde ayer escondías los más frescos racimos

¿qué será de tus manos
que palpan los tesoros
en los pliegues?

-acaba ya
esta labor de sombras-

reconoce
vencida
que únicamente ofreces hilo solo

y que tu desnudez ha naufragado
sobre un océano
sin límite

pero esta voz
-¿de dónde?-
vuelve cada mañana
con su rama de olivo

Nadie ha vertido

Nadie ha vertido
sobre su alfombra
las tinajas
ni golpea en su noche
los barrotes del sueño

—ella intenta alcanzarlos—

pero nadie
nadie es el que corre las opacas cortinas
el que esconde las cartas

el que no ve
a esa mujer que cruza

nadie es el que ríe
mientras hurga en la herida de su único ojo

se llama nadie
ha plantado sus tiendas
a ese lado del río
y por nadie responden todas las cosas muertas
que vigilan

Qué vendaval de arena

¡Qué vendaval de arena!

¡Qué vendaval de arena!
cada hora
cada minuto sepultado

¿qué habrá sido
del mundo?

a la estancia vacía
sólo regresas tú
fidelidad

tú enciendes esa hoguera
que alienta a las palabras