Amor amor

El Mar
juega con la Botella
la desnuda
la enreda entre sus patas azules
le da vueltas

Trepa
las porosas rodillas de la playa
la mece
la ensucia
enrosca
-desenrosca-
salta al cuello
la bebe

El mar
brinda con la botella
le perturba
le entierra
desentierra

¡La Botella y el Mar!
Yo te recuerdo.

Calicanto

Cuando el río suena
Orinocos arrastra
Si al cruzar la cola de un astro
llueve cenizas
Sí espuman las rocas
sus verdes cristales
me siento y escribo

Cuando arde la casa
prendidas las sombras
estalla el silencio
abierto alarido

Si un nombre sin nombre
a mi boca sube
un ruego
una súplica
y nadie responde
entonces mal-digo.

Cantaleta

A usted que malsonó
va sonando mi verso
Recuerdo de usted su lejanía
Lilaila Leililí Liliputiense

Mis piernas en sus ojos
y no las alcanzaba

Talvez olvidó correr mientras corría

Ocho su corazón hortiga
emerge sin bulla en este escándalo
cuando ladro como lora sin descanso

N0 sé que hacer con usted
dónde esconderle
No sé si me comprende pero se que me rabia

No sé si me bebe entera con el vino
No sé si usted me escupe
y le caigo en la cara

Carta a mí misma

¿Recuerdas
cuando era el teléfono un pájaro
cantando en el alambre… ?

Nunca creíste
que sólo se trataba de un vil artefacto.

Eras insoportable.
Por eso hasta quisiste un lunes
regalarte.

Tenías la mirada llena de barcos.
Dabas de comer
a los perros del parque
y te sabías de memoria el número
de árboles,
a fuerza de ser viento,
de ser hoja,
de husmear
no sé qué estrella entre las ramas.

Eras
un raro espécimen,
una degeneración futura,
un grifo siempre yéndose,
ya ni sé qué decirte,
eras
algo bastante feo que me gustaba.

Te pregunto,
por preguntarte,
porque sí,
porque llueve
y algún entremetido te ha empujado:
¿Qué harías si te dejara libre,
si de un manotón quitara la montaña …?

De ley
irías a refugiarte en la ternura,
a estrellarte en el borde de un retrato.
A escabar en el suelo un sucio anillo
del que nacieron rosas,
lombrices,
telarañas.

Tú,
siempre serás tú.

No habrá abracadabra que te cambie.
No habrá

reencarnación que te libre del lodo de los sueños.
No habrá forma
de librarse de ti
ni estrangulándote.

Oye:
no vayas
a suicidarte.
Me es indispensable tu presencia:
triste,
desafiante.

Terminada en punta
-como una hoja-
detrás de la ventana.

Ester-Nidal

A Francisco Febres Cordero

Volver a caminar
sobre las células
mejor que andar sobre la luna

Libertos
Libertinos
ricos
ricas
pobres pobras
cualquier rato los pasos
se nos pierden

¿No meditan
no se asustan no se atragantan?
De hacerlo
no sabrían dónde meterse
a quien abrazar fuerte
hacia donde correr gritando
no me dejes
no te vayas no me vaya

Se está muy bien aquí
entre nosotros
en confianza
golpeándonos amándonos riendo
comiendo no comiendo soportándonos

Mañana ya es otro día
y ahí no alcanzamos todos
Mañana otro señor
otro truco otra maniobra
Otro número
que no es el de nosotros

Hilando fino

I
La lluvia de los precios evapora la enagua
noventa por ciento para la dueña del cuerpo
los diez sobrantes para el cuerpo de la dueña

Correntada incalculable
Telas de confusión al aire libre
hilo a hilo van hilando largo

Se pegan los motivos a los ojos
de los ojos pasan a la sangre

los estampados de la feria giran
de la sangre a las manos

Dicen que es una ganga
pero en río revuelto ganancia de PECADORES

Hogaza

No sé si en Europa las casas
de dulces asas
Fontanas de alegres anas
íngrimas destartaladas doblen sus alas

Pero en América
un pedazo de casa anotó en una hogaza:
“Si mi negrito viviera otro gallo me cantara”
“El precio del tafetán por las nubes…
qué haré para alcanzarlo…?”

“Victoria me regaló una bufanda…”
“Ayer murió el presidente… ni siquiera
los políticos se salvan…”

“Querida Helen te dejo mi sortija..
guárdala…”

Patas de moscas percudidas vagan mi alma.

Invasión

En perfectas escuadras de belleza
los pájaros invaden la tarde con sus alas.
La cintura del viento
se retuerce
en los brazos fornidos de los árboles
y suspiran las hojas débilmente
por los besos que crujen en las ramas.
Es sábado.
No me hace falta más para sentirme libre
en un mundo de esclavos.

José

a José V. Riccio L.
(duerme… )

Las compañeras del tercero “E”
anotaban las citas:
X y Y en La Pradera
Z y C en el cinema
J y A en el cementerio

Tú José
Yo Ana
¿Te parecen crueles José las compañeras..?
Cruel la vida crudísima certera

Al jardín del olvido te seguía
mi ramito uniformado de tristeza

Han pasado más siglos que en la Historia
Crecimos
Reciclamos
Círculos círculos círculos
hasta que se abra el suelo

Tú el primer beso
El primer extramuro

Tu piel se hizo ceniza
pero no tu verdad

José
la vida no te alcanzó a matar

Mi boca discípula de tu boca
Te fuiste
sin saber esa Buena Noticia

En las nieves mayúsculas
apareció tu beso
me lavó el rostro
me acarició el cabello
me dió la mano

Me echó a andar

Líricayleja

I
El Bolero de la Libertad
por mí cantado
en cantata Mayor líricayleja

Sin instrumentos de aire a la sordina
como canta el viajero que se aleja

Con qué Amor
pasión inusitada
Ronca Bronca Brava

Con qué agallas
con la emoción del ciego

De repente frente al mar sus ojos miran
y otro océano le crece aguas adentro

II
Canto a la libertad sin policías
del lenguaje
que a la cárcel de la forma y del fondo
me envíen
-celdas de humo extrañas a mis células-

Resisto y aún resisto
las marejadas de la sal hirviente
Para llegar al fin canta que canta
la sémola del trigo de mis huesos

Mi canto a la libertad manera de evadirme
de tantos trece sietes.

Llamémosla Lucy

Sofisticada
por decir tres uno uno uno

Por temor a las patas de gallo
nunca reía
Prefirió la expresión de las estatuas
a la sonrisa

Jamás lavó platos
ni fregó ropa

Tampoco suyo el nombre
del Rey de “La Rodina”

Caja de nácar
envase’ de agua fría
concha perla sin llanto ni vida

Lobo azul

No quise detenerte
pensaste que era el viento
fa fuerza de gravedad que te empujaba

Y era el impulso mío
la sed de lo que parte

Bien puede ser
el sol tras la montaña
o la montaña en sombra desteñida
la ciudad que se esfuma en la ventana
la estela en barco convertida
el olor de los muelles

la hora cero
la caída del Dios que nos levanta

La dulzura de las manos solas
la mancha
en los pañuelos blancos

No quise detenerte
me gustabas por agua

Llévate el lobo azul
Déjame el lila pálido

Montaña

Montaña:
sin aldabas
sin noticias
sin absurdos prejuicios
sin tarados
sin letreros que todo lo prohiben
sin niños limpiadores de zapatos
Amo tu soledad
tus campos verdes
el aire limpio que a vivir contagia
la libertad del pájaro que vuela
la paz del gusano que se arrastra.

Quédate donde estás
ningún viento te mueva
quédate lo más lejos del poblado
Yo que ante la vida misma no me inclino
y de la negra tierra me levanto
ante tus plantas humildes me arrodillo
y ante tu altar sin mitos me descubro
mientras las nubes pasan

Narda

La Princesa extendía la mano
y la piel de la nutria sus encantos
nutría

La piel del perfume la piel de la perla
la piel de los hombres

Talla diez
soñaba alcanzar la ocho
desde el suceso de su llegada
con sus desnudos y broncíneos ojos

Pasarela
dictó la moda a sus vasallas
sus modos sus texturas sus maneras

Impuso de tributo su belleza

La Princesa en el Reino de este mundo
paseó su clase

De un salto
desde el piso más alto de la tierra
se hizo humo.

Ni el rayo

A la Dra. Gloria Paz de Cabezas

Ni el rayo, ni la rosa, ni la roca
ni la rata, ni el radar, ni el remo
detuvieron el rodar de su camino
sus ansias de volar…
No se detuvo en seco a preguntar
por qué crujen las ramas
por qué es así la vida.
Las ramas son las ramas y la vida es la vida.
Por referencias supo de la ternura
en revistas prestadas conoció una ciudad
¡Cómo serán los hombres en Ganimedes!
y si en la tierra existen,
¿dónde están….?

Nosé

No me encuentro no me hallo
no sé
No me resisto
debe ser el calor talvez el frío

No me trago no me paso
parezco mi enemigo

Me pregunto por mí si alguien me ha visto
Jim Morrison me alcanza
con su disco irrompible

Quisiera pedir disculpas
sentarme en la última banca
apagarme como foco
tirar en el ring la toalla

No sé qué hacer con usted
dónde esconderle
No sé sí me comprende pero sé que me rabia

No sé sí me bebe entera con el vino
No sé sí usted me escupe
y le caigo en la cara

Pamplinas

A Greta Carbo V.

De pie
como la espina inextinguible
a pesar del insecticida del gusano
y esas larvas larvisísimas
con pestañas sonrisas y zapatos

Se perdona lo que no se olvida
Únicamente los muertos han olvidado

El olvido es un señor con lentes
de aumento aumentados

Como la rosa tiene derecho al día
la mujer ha devolver
lo que el hombre ha sembrado

Sabana de injusticia

Quemó sus naves
timbró su hora
de salida
sin retro
sin retroacción
sin disyuntivas
A veces
se prolongan los restos
del naufragio
sin un negocio de baratijas

Si todas las mujeres vendieran
y compraran
otro gallo cantaría la cartilla

De todos modos
las gardenias marcan sus hitos
entre las cordilleras de la sabana
de la injusticia
Verídica la sal
pis0teada
por impúdicas leoninas
El hielo taladre sus talones
mantenga a raya sus cenizas
El Bajo Beirut le invada
sin armisticios.

Stoika

Luna
redoma de metales lunáticos
donde extraigo herrumbres persistentes
salvadora de mis arcos
marcadora de penaltys

Dame el gol circunferencia estoica
que demuela la valla del poniente

Rulimán del molino del espacio
de la máquina hacedora de luceros

Luna
hermosa como ninguna
Y tan sola

Usted

Usted
cabeza sin cabeza
idea descabellada
imprudencia de mis imprudencias
raíz de mis sonrisas

juguete de cristal
junto al martillo

Cosas
qué sólo a mí me suceden
y en las películas
“África Mía”

Hombre invisible
de palabras y gestos invisibles:
cómo me dueles
cruzas
con tus grifos abiertos
por mi sed sin sentido

Tú, la furiosa y maternal amada!

Esta tierra muerde a sus hijos mientras los dioses
consultan cartas estelares, cerraduras volcánicas,
o agrupan nuevas águilas en el ramaje
de los diluvios y las catedrales.

Esta tierra atrapa al niño y su rueda de alquiler
perseguida por el constante “ya voy” del corazón,
pero vomita la simiente que hubiera sido:
“Gracias os damos…”

Esta tierra engulló al hortelano y al labriego
cuando el maíz y el álamo alcanzaban
la estatura estival, el friso de oro
que golpean en coro los caballos
en el sonoro pozo de las eras.

Yo estuve a la mesa, frente a la garrafa
y el agua de pronto, como falda viva
agitose la altura de sus muslos.

Porque esta tierra nos siembra vivos
y nos cosecha en débil grano expósito.

Ayer, el abuelo y el siglo contertulio
fumaron juntos, rodeados de mazorcas y de espigas.
Torre de papagayos y tambores edificaron
para los molinos
La abeja construyó el paulatino tabique
dulcemente difícil.
Los meses recorrían ruedas puntuales,
agujas de asiduo pestañear.
Llenaban los dedales en que hoy escarba el hueso.
Cumplían con la dichosa piel del lomo
y el pulimento fraternal de la madera.

Pero esta tierra muerde como una loba ciega
cuando la mano extiende su parpadeante búsqueda.

Ayer no más, decían: “Sembrado hemos.
Ya vendrá Agosto.
Los graneros tendrán hasta las cejas…”
Oh mes violento, torrencial sepulcro
del hombre, del ganado y del alero!

La cruz que quiso asirse de los bordes
penetró de costado y el sacristán del alba
desayunó las luces subterráneas de los muertos.
El campanario derramó los nidos y los anchos
pulgares de los viejos albañiles.
La casa azul quedóse sin esquina y la plaza,
despedazada y sola, retornó a la pradera
revuelta del guijarro y de los cuervos.

Porque esta tierra muerde al mendigo
innumerable que la besa
y da vivienda nocturna al roedor
y azul enmarañado a los murciélagos.
Oh tú, furiosa y maternal amada,
dónde está el alfarero? En qué cuneta
yace el hortelano?
Dónde está el fiel espía del cereal luminoso
o el centinela oscuro de tu nieve?

Hoy nace el sembrador, patria impaciente,
y tú, ya le cosechas para dentro!

Profesión de fe

No hay angustia mayor que la de luchar envuelto
en la tela que rodea
la pequeña casa del poeta durante la tormenta.
Además,
están ahí las moscas,
veloces en su ociosidad,
buscando la sabor adulterina
y dale y dale vueltas
frente a las aberturas del rostro más entregado
a su verdadera cualidad.
El forcejeo con la tela obstructiva
se repliega en las cuevas comunicantes del corazón
o dentro de la glándula de veneno del entrecejo
cuyos tabiques son
verticales al Fuego
y horizontales al Éter.
Y la poesía, el dolor más antiguo de la Tierra,
bebe en los huecos del costado de San Sebastián
el sol vasomotor
abierto por las flechas.
Pero la voluntad del poema embiste
aquí
y
allá
la Tela
y elige, a oscuras aún, los objetos sonoros,
las riñas de alas,
los abalorios que pululan en la boca del cántaro.
Pero la tela se encoje y ninguna práctica
es capaz de renovar
la agonía creadora del delfín.
El pez sólo puede salvarse en el relámpago.

Poema

Si ahora vuelve, niégale. Preséntale a su mar.
Así, vestido ya de algún espejo, se alejará.
Hay que madurar. Oscurécete.
Si golpea, escúchale. Tiene una forma
cuando queda fuera.
La lluvia le ciñe un paisaje demoledor
y sus hierros pueden dar pan
a la mula en que pasa.
Pequeño Joven: aún no puedes
crearlo como Huésped.
Oye cómo persuaden las viejas herrerías.
Los dedos salvajes
y los salvajes meses de Marzo
son todo viento sobre su cabellera
nutrida ya de polos.
Toda resurrección te hará más solitario.
Mas, si en verdad quieres morir,
disminuir ante los pórticos,
comunicarte,
entonces ábrele.
Se llama Necesidad.
Y anda vestido de arma,
de caballo sin sueño,
de Poema.

Esferoidal

Antes de llegar a ser y antes de llegar
a hogar alguno,
su alma, con un dedo sobre los labios,
y todo él en blanco,
como la noción del invierno
que desborda las capas de nieve.
Su larga espera de puente sin río, y
tan de sí mismo que,
de serle posible, naciera sin cuerpo,
de la unión solitaria de dos faltas.
Así,
él o yo, da lo mismo que Tú,
y todos escuchamos ese lirio mecánico
que respira debajo del navío.
Después de un banquete tan agudo,
todos los mármoles ruedan desenredándose,
y un millón de nosotros,
fumando juntos en el gran inconsciente subterráneo.
Porque absorbidos en la flor compuesta,
te comemos un poco, dios mío, y otro poco
te exhalamos hacia las Hecatombes.

Carta de la ternura distante

Estoy solo. La niñez vuelve a veces
con sus blancos cuadernos de ternura.
Oigo entonces el ruido del molino
y siento el peso de los días caer desde la torre de la iglesia
con un sonido de aves de ceniza.
Pienso qué harás ahora frente al camino blanco
por el que cierto día pasó mi soledad.
¿En dónde estás? ¿Qué haces?
¿Bajas aún al pueblo los domingos?
¿Y a la feria de rosas de castilla?

Recuerdo: tenían tus pupilas color de té y de arenilla
y bullían en el fondo de tus ojos
esos mínimos puntos luminosos
con que escriben los músicos
las más azules y hondas melodías.

Cómo recuerdo tu cabello, hecho con las panojas del estío
y con la leve arborescencia fina
de la miel del topacio,
y de la crencha ardiente de la espiga.

Tenías creo ya sobre los senos
dorados terroncitos
y algo como el azul de la azucena…
Tenías creo ya sobre las sienes
la sagrada blancura de la nieve
y una hebra distante y tan delgada que moría en el cielo.
¿Tienes aún ese hoyo de nardo en la sonrisa?
¿Y ese nudo de rosas que te rodeaba los tobillos?

¿Por qué tu andar me ha parecido siempre
el temblor de un jilguero entre los mimbres?
¿Recuerdas esos barcos de papel cargados de semillas
que, a veces, pusimos en el río?

Llevaban como en éxtasis nuestras más dulces lilas.
Todas han muerto en soledad y en frío.

¿Y el pan que abrimos juntos con los dientes?
Salió de él como un ángel su perfume.
Aquí hay pan abundante, pero no tiene aroma
y la ternura esconde como un niño las manos.
Qué extraño es todo lo que me rodea!
Volveré algún día.
El maestro de capilla de la aldea
tocará para los dos aquella música
que tiende sobre un río siete puentes de rosas.

Y por ahora basta. Volveré algún día.
Afuera son las nueve de la noche.
Se esconden poco a poco mis palabras…

Canción espiritual del árbol derribado

No fue el ciclón con sus campanas desgarradas.
Fueron los hombres que viven a tu sombra.
Trajeron hachas finas por el aire.
Trajeron siete hachas por el aire.
Siete delgadas concubinas de odio.
Fue una tarde de ancho ocaso rojo.
Tenían los leñadores sal verde y afilada en las axilas.
Los golpes de las hachas corrían por el bosque
con pies planos y huecos.
Se volvían las ramas azules de sonido.
Hasta que cayó el árbol sobre el dulce costado
cual alto dios antiguo,
con un ruido plural de abejas verdes
y venas arrancadas.

Con aroma de pan y de azucenas se abrieron sus cimientos.
Pero quedó su alma: una fruta alargada y transparente,
sin agua, sin albúmina, sin tiempo.
Su alma de libres llamas corporales, con cintura de heno
y pálida camisa de avena.

Con un temblor de candelabros líquidos
entró en la inmensa desnudez del cielo.
Se hizo un gran silencio de manzanas vacías,
y de la orilla de todos los bosques
partieron a la música navíos,
y una hojarasca de aves invisibles.
El viento prolongó, al pasar, mi pulso,
y la materia ardiente de mis sienes.
El viento llenó el agua de cipreses y silencio.
El alto viento levantó del árbol la sustancia anillada de la música,
el peso de acuarela de los pájaros, las balas de coral de la madera.

Qué material tan puro el de sus yemas.
Qué cera tan sagrada la que entreabrió sus flores
en tenue sexo de inquietos alfileres.

¿No volveremos a ver manos azules
subiendo por el aire del otoño?
¿No veremos ya más su domingo encendido de cerillas
por los niños traslúcidos del día?
¿No veremos ya más esa muchacha ciega
que en puntillas buscaba una sortija de resina?

Deja que ponga bajo tu nuca blanca
esta almohada inquieta de peces de mi anhelo.

No has muerto. No eres hijo de odio ni de muerte.
Vives ahora en el piso más delgado de los cielos.

Amigo de las nubes

Forastero perdido en el planeta
entre piedras ilustres, entre máquinas
reparto el sol del trópico en monedas.

Ciudadanos de niebla, hombres del viento
y del disfraz azul, de la alcancía
y del dios de los números:
Yo leo en vuestras máscaras floridas.

Manjar de espinas con sazón de hielo
me brindáis cada día. Nada os pido
cínicos hospederos de este mundo,
guardianes de un incierto paraíso.

Mercaderes de avispas:
Soy hombre de los trópicos azules.
Os espío por cuenta de la luna.
Soy agente secreto de las nubes.

Amor es más que la sabiduría

Amor es más que la sabiduría:
es la resurrección, vida segunda.
El ser que ama revive
o vive doblemente.
El amor es resumen de la tierra,
es luz, es música, sueño
y fruta material
que gustamos con todos los sentidos.
¡Oh mujer que penetras en mis venas
como el cielo en los ríos!
Tu cuerpo es un país de leche y miel
que recorro sediento.
Me abrevo en tu semblante de agua fresca,
de arroyo primigenio
en mi jornada ardiente hacia el origen
del manantial perdido.
Minero del amor, cavo sin tregua
hasta hallar el filón del infinito.

Biografía

La ventana nació de un deseo de cielo
y en la muralla negra se posó como un ángel.
Es amiga del hombre
y portera del aire.

Conversa con los charcos de la tierra,
con los espejos niños de las habitaciones
y con los tejados en huelga.

Desde su altura, las ventanas
orientan a las multitudes
con sus arengas diáfanas.

La ventana maestra
difunde sus luces en la noche.
Extrae la raíz cuadrada de un meteoro,
suma columnas de constelaciones.

La ventana es la borda del barco de la tierra;
la ciñe mansamente un oleaje de nubes.
El capitán Espíritu busca la isla de Dios
y los ojos se lavan en tormentas azules.

La ventana reparte entre todos los hombres
una cuarta de luz y un cubo de aire.
Ella es, arada de nubes,
la pequeña propiedad del cielo.

Canción de la manzana

Cielo de tarde en miniatura:
amarillo, verde, encarnado,
con lucero de azúcar
y nubecillas de raso,

manzana de seno duro
con nieves lentas para el tacto,
ríos dulces para el gusto,
cielos finos para el olfato.

Signo del conocimiento.
Portadora de un mensaje alto:
La Ley de la gravitación
o la del sexo enamorado.

Un recuerdo del paraíso
es la manzana en nuestras manos.
Cielo minúsculo: en su torno
un ángel de olor está volando.

Cuaderno del paracaidista

Sólo encontré dos pájaros y el viento,
las nubes con sus mapas enrollados
y unas flores de humo que se abrían buscándome
durante el vertical viaje celeste.

Porque vengo del cielo
como en las profecías y en los himnos,
emisario de lo alto, con mi uniforme de hojas,
mi provisión de vidas y de muertes.

Del cielo voy bajando como el día.
Humedezco los párpados
de aquellos que me esperan: he seguido
la ruta de la luz y de la lluvia.

Buen arbusto, protéjeme.
Dile, tierra, a tu surco mojado que me acoja
y a ese tronco caído
que me enseñe el calor, la forma inerte.

¡Aquí estoy, campesinos europeos!
Vengo en nombre del pan, de las madres del mundo
de toda la blancura degollada:
la garza, la azucena, el cordero, la nieve.

Fortalecen mi brazo ciudades en escombros,
familias mutiladas, dispersas por la tierra,
niños y campos rubios viviendo, desde hace años,
siglos de noche y sangre.

Campesinos del mundo: he bajado del cielo
como una blanca umbela o medusa del aire.
Traigo ocultos relámpagos o provisión de muertes,
pero traigo también las cosechas futuras.

Traigo la mies tranquila sin soldados,
las ventanas con luz otra vez, persiguiendo
la noche para siempre derrotada.
Yo soy el nuevo ángel de este siglo.

Ciudadano del aire y de las nubes,
poseo sin embargo una sangre terrestre
que conoce el camino que entra a cada morada,
el camino que fluye debajo de los carros,

las aguas que pretenden ser las mismas
que ya pasaron antes,
la tierra de animales y legumbre con lágrimas
donde voy a encender el día con mis manos.

Cuerpo de la amante

I
Pródigo cuerpo:
dios, animal dorado,
fiera de seda y sueño,
planta y astro.
Fuente encantada
en el desierto.
Arena soy: tu imagen
por cada poro bebo.
Ola redonda y lisa:
En tu cárcel de nardos
devoran las hormigas
mi piel de náufrago.

II
TU boca, fruta abierta
al besar brinda
perlas en un pocillo
de miel y guindas.
Mujer: antología
de frutas y de nidos,
leída y releída
con mis cinco sentidos.

III
NUCA:
escondite en el bosque,
liebre acurrucada
debajo de las flores,
en medio del torrente,
Alabastro lavado
mina
y colmena de mieles.
Nido
de nieves y de plumas.
Pan redondo
de una fiesta de albura.

IV
TU cuerpo eternamente está bañándose
en la cascada de tu cabellera,
agua lustral que baja
acariciando peñas.
La cascada quisiera ser un águila
pero sus finas alas desfallecen:
agonía de seda
sobre el desierto ardiente de tu espalda.
La cascada quisiera ser un árbol,
toda una selva en llamas
con sus lenguas lamiendo
tu armadura de plata
de joven combatiente victoriosa,
única soberana de la tierra.
Tu cuerpo se consume eternamente
entre las llamas de tu cabellera.

V
FRENTE: cántaro de oro,
lámpara en la nevada,
caracola de sueños
por la luna sellada.
Aprendiz de corola,
albergue de corales,
boca: gruta de un dios
de secretos panales.

VI
TU cuerpo es templo de oro,
catedral de amor
en donde entro de hinojos.
Esplendor entrevisto
de la verdad sin velos:
¡Qué profusión de lirios!
¡Cuántas secretas lámparas
bajo tu piel, esferas
pintadas por el alba!
Viviente, único templo:
La deidad y el devoto
suben juntos al cielo.

VII
TU cuerpo es un jardín, masa de flores
y juncos animados.
Dominio del amor: en sus collados
persigo los eternos resplandores.
Agua dorada, espejo ardiente y vivo
con palomas suspensas en su vuelo,
feudo de terciopelo,
paraíso nupcial, cielo cautivo.
Comarca de azucenas, patria pura
que mi mano recorre en un instante.
Mis labios en tu espejo palpitante
apuran manantiales de dulzura.
Isla para mis brazos nadadores,
santuario del suspiro:
Sobre tu territorio, amor, expiro
árbol estrangulado por las flores.

Dictado por el agua

I
Aire de soledad, dios transparente
que en secreto edificas tu morada
¿en pilares de vidrio de qué flores?
¿sobre la galería iluminada
de qué río, qué fuente?
Tu santuario es la gruta de colores.
Lengua de resplandores
hablas, dios escondido,
alojo y al oído.
Sólo en la planta, el agua, el polvo asomas
con tu vestido de alas de palomas
despertando el frescor y el movimiento.
En tu caballo azul van los aromas,
Soledad convertida en elemento.

II
Fortuna de cristal, cielo en monedas,
agua, con tu memoria de la altura,
por los bosques y prados
viajas con tus alforjas de frescura
que guardan por igual las arboledas
y las hierbas, las nubes y ganados.
Con tus pasos mojados
y tu piel de inocencia
señalas tu presencia
hecha toda de lágrimas iguales,
agua de soledades celestiales.
Tus peces son tus ángeles menores
que custodian tesoros eternales.

III
Doncel de soledad, oh lirio armado
por azules espadas defendido,
gran señor con tu vara de fragancia,
a los cuentos del aire das oído.
A tu fiesta de nieve convidado
el insecto aturdido de distancia
licor de cielo escancia,
maestro de embriagueces
solitarias a veces.
Mayúscula inicial de la blancura:
De retazos de nube yagua pura
está urdido su cándido atavío
donde esplenden, nacidos de la altura
huevecillos celestes de rocío.

IV
Sueñas, magnolia casta, en ser paloma
o nubecilla enana, suspendida
sobre las hojas, luna fragmentada.
Solitaria inocencia recogida
en un nimbo de aroma.
Santa de la blancura inmaculada.
Soledad congelada
hasta ser alabastro
tumbal, lámpara o astro.
Tu oronda frente que la luz ampara
es del candor del mundo la alquitara
donde esencia secreta extrae el cielo.
En nido de hojas que el verdor prepara
esperas resignada el don del vuelo.

V
Flor de amor, flor de ángel, flor de abeja,
cuerpecillos medrosos, virginales
con pies de sombra, amortajados vivos,
ángeles en pañales.
El rostro de la dalia tras su reja,
los nardos que arden en su albura, altivos,
los jacintos cautivos
en su torre delgada
de aromas fabricada,
girasoles, del oro buscadores:
lenguas de soledad, todas las flores
niegan o asienten según habla el viento
y en la alquimia fugaz de los olores
preparan su fragante acabamiento.

VI
¡De murallas que viste el agua pura
y de cúpula de aves coronado
mundo de alas, prisión de transparencia
donde vivo encerrado!
Quiere entrar la verdura
por la ventana a pasos de paciencia,
y anuncias tu presencia
con tu cesta de frutas, lejanía.
Mas cumplo cada día,
Capitán del color, antiguo amigo
de la tierra, mi límpido castigo.
Soy a la vez cautivo y carcelero
de esta celda de cal que anda conmigo,
de la que, oh muerte, guardas el llavero.

Edición de la tarde

La tarde lanza su primera edición de golondrinas
anunciando la nueva política del tiempo,
la escasez de las espigas de la luz,
los navíos que salen a flote en el astillero del cielo,
el almacén de sombras del poniente,
los motines y desórdenes del viento,
el cambio de domicilio de los pájaros,
la hora de apertura de los luceros.
La súbita defunción de las cosas
en la marea de la noche ahogadas,
los débiles gritos de auxilio de los astros
desde su prisión de infinito y de distancia,
la marcha incesante de los ejércitos del sueño
contra la insurrección de los fantasmas
y, al filo de las bayonetas de la luz, el orden nuevo
implantado en el mundo por el alba.

El objeto y su sombra

Arquitectura fiel del mundo,
realidad, más cabal que el sueño.
La abstracción muere en un segundo:
sólo basta un fruncir del ceño.

Las cosas. O sea la vida.
Todo el universo es presencia.
La sombra al objeto adherida
¿acaso transforma su esencia?

Limpiad el mundo -ésta es la clave-
de fantasmas del pensamiento.
Que el ojo apareje su nave
para un nuevo descubrimiento.

El país del exilio no tiene árboles

El país del exilio no tiene árboles.
Es una inmensa soledad de arena.
Sólo extensión vacía donde crece
la zarza ardiente de los sacrificios.
El país del exilio no tiene agua.
Es una sed sin límites,
sin esperanza de cercanas fuentes
o de un sorbo en el cuenco de una piedra.
El país del exilio no tiene aves
que encanten con su música al viajero.
Es desierto poblado por los buitres
que esperan el convite de la muerte.
Alza el viento sus torres deleznables.
Sus fantasmas de arena me persiguen
a través de la patria de la víbora
y de la zarza convertida en fuego.

El viaje infinito

Todos los seres viajan
de distinta manera hacia Su Dios:
La raíz baja a pie por peldaños de agua.
Las hojas con suspiros aparejan la nube.
Los pájaros se sirven de sus alas
para alcanzar la zona de las eternas luces.

El lento mineral con invisibles pasos
recorre las etapas de un círculo infinito
que en el polvo comienza y termina en el astro
y al polvo otra vez vuelve
recordando al pasar, más bien soñando
sus vidas sucesivas y sus muertes.

El pez habla a su Dios en la burbuja
que es un trino en el agua,
grito de ángel caído, privado de sus plumas.
El hombre sólo tiene la palabra
para buscar la luz
o viajar al país sin ecos de la nada.

Golondrinas

Que me busquen mañana.
Hoy tengo cita con las golondrinas.
En las plumas mojadas por la primera lluvia
llega el mensaje fresco de los nidos celestes.
La luz anda buscando un escondite.
Las ventanas voltean páginas fulgurantes
que se apagan de pronto en vagas profecías.
Mi conciencia fue ayer un país fértil.
Hoyes campo de rocas.
Me resigno al silencio
pero comprendo el grito de los pájaros
el grito gris de angustia
ante la luz ahogada por la primera lluvia.

Inventario de mis únicos bienes

La nube donde palpita el vegetal futuro,
los pliegos en blanco que esparce el palomar,
el sol que cubre mi piel con sus hormigas de oro,
la oleografía de una calabaza pintada por los negros.
las fieras de los bosques del viento inexplorados,
las ostras con su lengua pegada al paladar,
el avión que deja caer sus hongos en el cielo,
los insectos como pequeñas guitarras volantes,
la mujer vista de pronto como un paisaje iluminado por un relámpago,
la vida privada de la langosta verde,
la rana, el tambor y el cántaro del estómago,
el pueblecito maniatado con los cordeles flojos de la lluvia,
la patrulla perdida de los pájaros
-esos grumetes blancos que reman en el cielo-,
la polilla costurera que se fabrica un traje,
la ventana -mi propiedad mayor-,
los arbustos que se esponjan como gallinas,
el gozo prismático del aire,
el frío que entra a las habitaciones con su gabán mojado,
la ola de mar que se hincha y enrosca como el capricho de un vidriero,
y ese maíz innumerable de los astros
que los gallos del alba picotean
hasta el último grano.

Los amigos del paseo

Los sauces son buenos amigos
en el paseo solitario;
tiemblan, recuerdan y son tristes
como almas ante los fracasos.

Pensativos tocan el agua
apenas como sombras verdes,
y el corazón va como un pájaro
hacia su tenuidad doliente.

Tienen rumor de pies de seda
sobre el agua atenta a su sueño.
la sombra de Bion los inclina
y oyen su flauta en el recuerdo.

Dan al mal viento un olor triste
y a la vida un sabor bucólico,
y en su silencio verde ocultan
las viejas sombras del coloquio.

Y así los sauces me convencen
en el solitario paseo
de que hay un placer dulce y fino
en dar el corazón al viento.

Microgramas

Colibrí:

El colibrí,
aguja tornasol,

pespuntes de luz rosada
dá en el tallo temblón

con la hebra de azúcar
que saca de la flor.

Tortuga:

La tortuga en su estuche amarillo
es el reloj de la tierra
parado desde hace siglos.

Abollado ya se guarda
con piedrecillas del tiempo
en la funda azul del agua.

Nuez:
Sabiduría comprimida
diminuta tortuga vegetal,
cerebro de duende
paralizado por la eternidad.

Moscardón:
Uva con alas.
Con tu mosto de silencio
el corazón se emborracha.

Golondrina:
Ancla de plumas
por los mares del cielo
la tierra busca.

Lagartija:
Amuleto de plata
o diablillo con bocio,
criatura del alba.

Memoria de las ruinas,
fugaz mina animada,
calofrío del campo,
lagartija misántropa.

Guacamayo:
El trópico le remienda
con candelas y otros su manto
hecho de todas las banderas.

Nuez:
Nuez: sabiduría comprimida,
diminuta tortuga vegetal,
cerebro de duende
paralizado por la eternidad.

Mundo 1980

Millares de personas
iguales
sentadas en sillas
iguales
en cafés y bares
iguales.

Millares de vitrinas
iguales
sobre calles y plazas
iguales
en ciudades y pueblos
iguales.

Sólo la nube finge
una isla
Poblada de figuras
distintas.

Nada nos pertenece

Cada día el mismo árbol rodeado
de su verde familia rumorosa.
Cada día el latir de un tiempo niño
que el péndulo mece en la sombra.

El río da sin prisa su naipe transparente.
El silencio camina a un inminente ruido.
Con sus deditos tiernos
la semilla desgarra sus pañales de lino.

Nadie sabe por qué existen los pájaros
ni tu tonel de vino, luna llena,
ni la amapola que se quema viva,
ni la mujer del arpa, dichosa prisionera.

Y hay que vestirse de agua, de dóciles tejidos,
de cosas invisibles y cordiales
y afeitarse con leves despojos de palomas,
de arcoiris y de ángeles.

Y lavar el escaso oro del día
contando sus pepitas cuando el poniente herido
quema todas sus naves y se acerca la noche
capitaneando sus oscuras tribus.

Entonces hablas, Cielo:
Tu alta ciudad nocturna se ilumina.
Tu muchedumbre con antorchas pasa
y en silencio nos mira.

Todas las formas vanas y terrestres:
El joven que cultiva una estatua en su lecho,
la mujer con sus dos corazones de pájaro,
la muerte clandestina disfrazada de insecto.

Cubres toda la tierra, hombre muerto, caído
como una rota jaula
o cascarón quebrado
o vivienda de cal de una monstruosa araña.

Los muertos son los monjes de la Orden
de los anacoretas subterráneos.
¿La muerte es la pobreza suma
o el reino original reconquistado?

Hombre nutrido de años y cuerpos de mujeres
cuando Dios te espolea te arrodillas
y sólo la memoria de las cosas
pone un calor ya inútil en tus manos vacías.

Puerto en la noche

En los barriles duerme un sueño de ginebra.
Los barriles de noche tienen el vino triste
y añoran el descanso tibio de la bodega.

Huele el aire del muelle como un cesto de ostiones
y es una red oscura puesta a secar la noche.

Los mástiles son cañas para pescar estrellas
y las barcazas sólo son canastas de pesca.

La lámpara de abordo
salta como un gran pez
chorreando sobre el puente su fulgor escamoso.

Pequeñas lucecitas navegan en la noche,
como si un contrabando de muertos
llevaran sobre el agua los siniestros lanchones.

Régimen de frutas

La naranja es el día o la mejilla fresca,
sorbo de claridad, copa del clima;
la pera ahonda sus heridas de agua
con memoria de témpano y agujas de delicia
y los melocotones
acumulan su rubio material de alegría.

La manzana sobrina, fragante del corozo,
a morir se resiste en vano entre los dientes.
Sus congeladas lágrimas
muestran las uvas de mirada verde.
Cascabeles de azúcar,
repican sin rumor los mirabeles.

Todo el sol en redomas encerrado,
todo el aire en volúmenes vertido,
toda el agua y la tierra en vegetales moldes,
penetran en mi interno laberinto
y un mundo elemental se disuelve en mi sangre
que acarrea despojos de ciclo como un río.

Y apresura su viaje a bocanadas
por sus ínfimas redes
entre una geografía palpitante
de músculos y nervios, sin nunca detenerse,
cambiando en luz orgánica y en azúcar de gozo
los gestos de las cosas y el esplendor terrestre.

Soledad deshabitada

La soledad marina que convoca a los peces,
la soledad del cielo herida de alas,
se prolongan en ti sobre la tierra,
soledad despoblada, soledad habitada.

Las hojas de árbol solas cada una en su sitio,
saben que les reservas una muerte privada.
No te pueden tragar, a mordiscos de música,
con su boca redonda el pez y la guitarra.

Cargada de desierto y de poniente
andas sobre el planeta, de viento disfrazada,
llenando cuevas, parques, dormitorios
y haciendo suspirar a las estatuas.

A tu trampa nos guías
con tu lengua de pájaro o lengua de campana.
En tu red prisioneros para siempre,
roemos el azul de la infinita malla.

Te hallas en todas partes, soledad,
única patria humana.
Todos sus habitantes llevamos en le pecho
extendido tu gris, inmensurable mapa.

Soledad y gaviota

Cuaderno albo del mar,
la gaviota o mensaje
se despliega al volar
en dos hojas de viaje.

Su marítima hermana
la soledad, la mira
y, en una espera vana,
en la costa suspira.

Insectos, vegetales,
se enredan en el suelo:
torcidas iniciales
de un subterráneo anhelo.

Aquí, en el centro, vivo
con las aves marinas,
de mí mismo cautivo,
compañero de ruinas,

y mirando y oyendo
sólo la lluvia armada
la soledad batiendo
con su líquida espada.

Tiempo en que el corazón quiere saltar descalzo

Tiempo en que el corazón quiere saltar descalzo
y en que al árbol le salen senos como a una niña.
Nos asalta el deseo de escribir nuestras cosas
con pluma de golondrina.

Estos charcos apenas son copas de agua clara
que arruga un aletazo o un canuto de hierba
y es el aire de vidrio una marea azul
donde el lento barquito del insecto navega.

Chapotean a gusto las sandalias del agua.
Los mosquitos parece que ciernen el silencio
y los gorriones cogen en el pico la perla
del buen tiempo.