Los hechos son muy pocos

Los hechos son muy pocos, pero bastan.
Son suficientes para dar la talla
de un hombre que no quiere acomodarse
a los patrones prefijados.

No comparto el refrán “quien calla otorga”.
Quien calla tiene un nudo en la garganta
y es un grito por dentro.

Y nada otorgo a nadie. Simplemente
callo y sigo mi ruta. Que los perros
ladren
no es tan mala señal. Las hay peores.

Legítima defensa

Como la res su marca y Sísifo su roca
llevo yo mi destino.
Como su agreste tosquedad el cardo.
Aunque hasta el cardo tiene
su corona de gracia.
Yo, en cambio, no. Me ha sido arrebatada
por unos y otros
como por aves de rapiña.
Judas es solamente una carroña
sin buen samaritano.
Un hijo pródigo sin padre que lo espere.
Magdalena volvió,
volvió Zaqueo,
Pedro el de piedra y duda,
Pablo el de Tarso,
los jornaleros de la hora undécima,
los leprosos proscritos.
Hasta Lázaro, que se había marchado
para no volver nunca,
volvió también.
Y todos hallaron de par en par la puerta a media noche.
Pero Judas no vuelve. Judas sigue
trastabillando hacia horizontes ciegos
porque todas las puertas se cerraron
contra su rostro y su esperanza.
Qué supo de esto Job? Qué supo Cristo?
Judas no tiene madre que lo arrulle
y le pase la mano por la frente
al bajar de la Cruz.
Judas muere de pie mientras camina,
pues ni Cruz tiene a que arrimarse muerto.

La lucha con el ángel (5)

Mi muerte es lo único vivo que llevo conmigo:
sin ella…¿qué haría yo solo por los caminos?

Mi muerte es mi única certeza verdadera:
solo así comprendo el idioma de las estrellas.

Mi muerte es tierna y dura como la escarcha:
en ella soy más nuevo cada mañana.

Mi muerte tiene los ojos claros y azules,
la cintura de agua y el gesto dulce.

Mi muerte es playa, cumbre, copa y ventana,
sendero florecido de mi nostalgia.

Mi muerte tiene un nombre puro y secreto:
se lo gritaré a todos cuando esté muerto.

La lucha con el ángel (20)

Llegas como el preludio de la nieve,
duras como el epílogo del fuego:
de ceniza y silencio tengo escrito
un contrato contigo y con tu boca.

¡Muerte-amor, muerte-amor!
Con qué constancia
te paseas en torno, te aproximas,
te asomas, te abalanzas, te insinúas
desde el brocal florido de mi pozo.

Por tu beso vendrá cuanto merece
la pena de esperarse. Por tu beso,
que es resumen y llave y cruz alzada
y hasta piedra de escándalo y esquina.

Entre amar y morir ¡qué poco espacio!
Y aún quieren que lo habite y que esté vivo,
como si no tuviera o no esperara
otra cosa que hacer más importante.

Mil novecientos sesenta y dos (22 de junio)

¿A dónde iré, Señor, con esta cruz
y qué haré con ella cuando me canse?
“Sacerdos in aeternum…”
Un óleo antiguo me quema las entrañas
y abre en ellas un cauce de soledad y angustia
como en ciertos desiertos ciertos ríos.
Cuando salga de aquí
tendré la dimensión de un separado
y los que antes me trataban
como a uno más del grupo
me verán de reojo
y murmurarán por las esquinas.

Mil novecientos setenta y cinco (22 de junio)

Desmigajando el tiempo
cual un pan mal cocido,
vago por estos rompeolas de Long Beach
mientras un sol equívoco anida en los mástiles de los veleros.
“Soy triste, luego existo”, y de aquí parto
reconstruyendo lo poquito que me queda
de algunas inconsistentes convicciones.
Mi sombra se alarga y se adelgaza
hasta no ser ni sombra.
“Soy triste, luego…” y una
especie de añoranza de otros mares
me invade de repente. Los veleros
vuelven cabeceantes a sus dársenas.