A veces

A veces nada ocurre y todo pasa,
y la vida es
débil música
mojada por la lluvia
-quizá tan sólo desconsuelo-;
ella misma me tiende
no sé si una mano o una trampa;
un papel en el que escribo
un poema para huir
de las manos oscuras del miedo.

Ajuste de cuentas

Reconozco, alma mía, tu candidez.
Sé que malherida mientes
detrás de una sonrisa
por no devolverle al mundo
su verdad y su miseria.
Pero reconozco también tu pereza,
tu desprecio, tu indiferencia;
sonríen cuando tú sonríes
y dejan creer que crees
que tus amigos son, al fin y al cabo,
tus amigos, que tus amores
te quieren según dicen, vamos,
que te quieren, que esta vida, en fin,
es la vida, más o menos.

Algunas tardes de domingo tienen los ojos tristes

Algunas tardes de domingo tienen
los ojos tristes.
Es como si en ellas
se hubiera detenido la vida para siempre.
Lirios azules, pensamientos,
silenciosa enredadera de las madreselvas;
las humildes flores de la estación tiemblan.
Un tren se pierde borroso en la lejanía
y es la imagen de un tiempo que no existe;
un cuadro, una inquietante eternidad.
Otro silba y pasa como el vértigo.
El universo se precipita en su abismo.
Pero los rostros de los viajeros
no se inmutan, todo parece irreal,
extrañas figuras
en un tren absurdo como la vida.
Y dan pena los campos, su verde esplendor
como dispuesto para algo, algo hermoso,
algo feliz. Da pena el verde solitario.
Y nadie sabe qué luz extraña se posa en las paredes.
Y nadie sabe 1o que busca en esas tardes,
ni la razón de su maniática tristeza.
Y nadie sabe por qué
le ahoga su corazón sin nadie.

Debajo corre el agua

Bajo los playeros las mismas rocas,
cubiertas de pétalos y ramas;
desde ellas asciendes y me alcanzas,
oscura hiedra de las tardes perdidas.

Debajo corre el agua.

Seguiré adelante
con el jersey atado a la cintura
como entonces,
saltaré de piedra en piedra
sobre el frío secreto de los musgos.

Tal vez resbale.

Detrás de la palabra nada

Detrás de la palabra nada
miro la blancura
de esta playa alargándose
como un bello animal dormido
(su piel de arena brilla).

Desde este acantilado
suspendido en la noche
comprendo que no sé nada de mi vida
(el mar dibuja espumas).
La madrugada ha de ser lenta,
traerá una luz muy débil,
húmeda y lejana
como la primera distancia.

Distraída felicidad

Es el vaivén cíe la ciudad
amigable escaparate
de una vida que parece lo que es;
suave roce de ricas telas,
delicioso goteo de sutiles aromas,
café, conversaciones, risas,
libros tan buenos que emocionan
a esos huéspedes contentos de una vida
que no parece lo que es;

horas malpagadas,
grisácea letanía de siempres
y de nuncas,
inalcanzables las cosas más cercanas,
para aquel
que lejos de sí mismo
y de todos
tiende la mano
a la distraída felicidad.

Dos lugares en el mundo

Sobre la mesa varias fotografías de Taliesin West,
casa, taller y escuela hecha de lonas,
madera pintada y piedra sin pulir, y
desde su dilatado espacio horizontal
abierta en logia al sol, a la vegetación,
y a los lagartos del desierto de Arizona.
Nunca estuve allí.

Frente al balcón la gata blanca
vigila el juego de sus crías
entre las paredes resquebrajadas
de la casa de Oliva.
Mi madre me cuenta
que tras una de sus ventanas
Olivita cantaba, escondida del sol,
hasta el día en que un viajero
se la llevó a Madrid,
y de Madrid al cielo.
Nunca estuve allí.

El lugar de la dicha

Se vuelve al lugar de la dicha
para saber que fue cierta,
que mienten las pupilas rotas de febrero,
el miedo en el reloj;
el asfalto que brilla en la noche
y se duerme
en una esquina de tu cama.

En el camino

Todo queda en el camino:
los brazos abiertos
y este no ir a parte alguna;
todas las inútiles preguntas,
los pasos sin fin.

Detrás de los cristales de la noche
hay un horizonte eterno
que ha vivido siempre
con nosotros
y no sabe decirnos nada.

En la historia del fracaso siempre hay una carta que nunca llega

Todavía recuerdo tu mirada fija
y no 1a entiendo, ni sé qué decir
de aquella primavera
sitiada por los besos.

A ti y a mí nos debe carta un sueño
de orillas rotas y una nube
descubierta en la travesía
infinita del olvido.

Todas las ciudades tienen
semáforos que se abren y se cierran;
son pequeños paréntesis
del rojo al verde (ni rojo de labios,
ni verde de selva),
pequeños paréntesis de espera.
Y esperamos
al borde de la calle, quietos,
como inexistentes, un segundo antes
de retomar el paso con un rencor anclado
en mitad del corazón.

Nos debe carta un sueño, te repito;
tú y yo
no nos debemos nada.

Estilo

Me cuentan que te vieron,
que llevabas un traje sastre,
un traje estilo en la edad
del remordimiento.

Yo que no tengo esa edad,
pero sí el remordimiento
-de lo que no te he sabido decir,
de lo que no me he sabido callar-,
decido que debo
salir al sol,
ver dos o tres películas,
plantar azaleas
y comprarme
una camisa de muchos colores
estilo estaba la pájara pinta
sentada en el verde limón.

Extraño despertar

Extraño despertar.
Abro el armario y encuentro
la toalla de aquella lluvia
de verano contigo.
Abro el armario
y encuentro ropa de entonces,
tan tibia al amor de ayer.
Y me parece extraña la vida.
Acaso no perdono
que las cosas permanezcan
cuando tú y yo
nos vamos convirtiendo
en difíciles recuerdos.
Será que no comprendo
por qué debemos irnos
sin árbol verde,
sin pozo blanco…

Jardins du Luxembourg

De un azul cielo, y leve, y perezoso,
pasean al atardecer, entre el día y la noche
como entre dos delicadezas.
Sonríen mientras leen, y en sus pupilas
hay algo transparente, tan dulce,
tan nunca sabré cómo ni por qué…
Desde las sillas verdes
que salpican los jardines,
apacibles ancianas me regalan
un instante de su serenidad,
sonríen al vernos pasar; jóvenes viajeros
con grandes mochilas y sin paz.

La primera palabra de tu regreso

Volveremos a subir’
los peldaños granates de las tardes.
Pero antes, deja que se vaya
todo lo que te abandonó o abandonaste
y adivina quién
lee tus libros y escoge
para ti palabras
que se pronuncian o se callan
sin olvidarse nunca.

Flor de agua entre las manos,
bolígrafo y papel, adivina
quién enamora la luz de invierno
sobre el cesto de fruta de Caravaggio.

La soledad no sabe

La soledad no sabe
tomar decisiones por su cuenta,
llegar a un acuerdo, por ejemplo,
con su legítima tristeza.

Cuando todo lo perdido
rebrota en la medianoche,
amurallada y vencida
bajo la persistente consigna del frío,
se te acerca con los nervios arrasados,
espera que tú consientas,
necesita una vez más
dormir contigo.

La sombra de otros días

Pero, ¿alguien ha existido alguna vez
que no se retorciera de dolor por la dicha pasada?
John Keats

Bien lo sé, somos criaturas del aire,
de las corrientes aguas, puras, cristalinas,
de los árboles que se están mirando en ellas.
En un instante sube por nuestros brazos,
salvaje y espléndida,
la inmediatez de la vida;
al siguiente algo nos dice
que muy pronto será tarde y será octubre.

Pero seamos cautos:
a la sombra de otros días
esperan
el dulce veneno de los versos
y el mar abierto a la aventura.
A un paso del infierno
acecha el paraíso.

La tierra prometida

Fue corto el viaje:
un instante, una eternidad, un mundo;
la vida entera.
Alguien me acompañaba
y se alejó después.
En soledad, no pude
soportar aquella dulce
tierra prometida,
y como alma que lleva el diablo,
hui.

Los ojos más dulces de la tierra

Desengañémonos:
aquellos que más nos quieren
no nos convienen nunca.
Acaban siempre
por tener que tomar alguna
decisión muy grave; nos dejan.

Cuando unos días más tarde
nos caemos en medio de la calle,
de dolor, de debilidad, de desamparo,
alguien a quien ni siquiera conocemos
es quien nos ayuda, y al despertar
en cualquier camilla de hospital descubrimos
en la enfermera de turno que nos cuida
los ojos más dulces de la tierra.

Maleficio

La arena de otra orilla,
la noche de otro cielo,
una silenciosa madrugada
con el mar al fondo
como un sueño.
Otras manos en mis manos.
Otras calles y no éstas.

Mi vida
es una cita a ciegas
a la que nunca llegas tú,
o de la que ya te has ido
para siempre.

Mi casa

Margaritas, petunias, geranios,
vacas, grillos, cordeles, cestos,
mariquitas de Dios, maíz, telas de araña.
Las golondrinas dibujan
sobre la pared encalada
idénticos e irrepetibles vuelos.
Sombrero de paja, pantalón corto,
camisa vieja, alpargatas; un día más
en el ajetreo feliz de la casa
y de los días sin fin.
Sábanas blancas de algodón
revolotean en el aire.

Pero un día, blancas sábanas de algodón
y de infancia y de madre…
¿qué haré yo sin eternidad?

Poética

Tal vez tengas razón
y sea una tonta manía
la de intentar convencer a las palabras
para que escriban juntas un poema
que hable de ti, de mí…
si todo lo que somos ya lo saben
estos días azules
y a nadie más le importa.

Razones

Porque ya no sufro
ni sueño
con ella.
Porque tantas veces nunca,
tantas veces nadie,
tantas veces nada…
(y porque
a mi edad ya no soporto
despertarme en mitad
de una mentira)
empiezo a perderle
el respeto
a la vida.

Resaca

Mis resacas, amigos,
nunca fueron de alcohol,
sólo de desesperanza y de tristeza.

¿Debí tal vez
confiaros mi debilidad
y dejarme llevar,
alegre y feliz,
por lo vivido?

Preferí tener sobre los hombros,
mala o buena, pero la mía, mi cabeza.
Cuando hice el idiota
fue a conciencia.

Sólo un recuerdo

Salí del hotel, tomé un taxi,
tuve que huir con helada locura
de la ciudad que amaba.
No volverían a detenerse en ella
los pasos de la felicidad,
nunca más en el aire
iba a encontrar su risa, nunca más
la palma de su mano, su voz, su boca…
Pasaban las últimas calles
por mi cuerpo vacío
y mi alma sólo era espanto.

Mas el dolor anda y desanda
todos sus caminos,
y al cabo vale la pena un recuerdo;
el del amor perdido,
la delicia de las costumbres
que su ternura me regalaba.

Tarde de julio

Tu carta se quedó inacabada
en el último renglón de la melancolía.

Llueve.
La habitación, casi a oscuras,
es una burbuja.
Detrás de los cristales
un cielo impetuoso
golpea lo que debiera deshojar;
verdes ramas
que hubieran debido ser nuestras
y son de la tempestad y de la lejanía.

Crece la humedad entre las piedras
de la casa que guarda a contraluz
otras vidas que fueron
realidad y sueño, prisioneras del tiempo.
Ellas conocieron también
esta verde soledad mojada de frío;
gotas de lluvia verde cayendo solas,
mojándonos de ausencia, mojándonos de sueño.

Mojadas están las cartas que escribió
la melancolía de la vida que huye
cuando tú no estás y la tarde
es tan sólo una tormenta de verano
y de nunca más.

Hoy de nuevo he buscado
la mesa de un café
para leer,
para escribir este poema,
para no entender
lo que no entiendo,
para imaginarte
como tantas veces,
en la penumbra
de las horas lentas,
entre las páginas
de un libro
y otro libro,
paseando bajo la lluvia,
en los museos
de Viena, de París, de Roma…
en el amarillo toscana
de una pared
de la Toscana,
en el prau carballalu
una tarde de yerba
y de tormenta,
en las noches azules de lavanda,
una mañana de campanas
en la abadía de Melk,
en las clases de francés,
quels étaient son nom,
sa demeure, sa vie, son passé,
il souhaitait connaitre
les meubles de sa chambre,
toutes les robes qu’elle avait portées,
delante de un gran cuadro de Marc Rothko,
en Monteverdi y en Beethoven,
en los horizontes cercanos del invierno,
y dondequiera
que mis ojos se posaran
era siempre el mismo mi deseo:
tus manos cerca, tu voz,
volver a casa
y que estuvieras tú.

Tu casa

Tu casa aparece en mi sueño.
Un aire pequeño habita sus rincones
y a veces se duerme
y parece que no está.
Yo paseo por ella descalza,
cubierta apenas
por una camisa blanca
de algodón.
Y hacemos a menudo
zumos de naranja y negros cafés
y tostadas crujientes y mermeladas
de ciruela de melocotón de fresa…
Y son infinitamente dulces
tus labios.
Pero lo cierto
es que no existes y tu casa
es un sueño de mentira,
un antojo, este poema.

Últimos auxilios

Al final caemos solitarios
junto a otros solitarios.
Sobre el puente levadizo de la noche
cruza la luna y parece esconder
su cara de exilio y contrabando;
cruza la luna y se lleva tus ojos,
y de repente tus ojos
son disparos al aire, pero yo,
que ya soy apenas nada más
que aire, no muero.

Áspera ciudad de angustia,
inventaré esta noche
una forma de melancolía
en tus húmedos lagos,
donde beben nebulosas
y yo tiemblo.

Y caeré en tus brazos
para que me rescate el frío
y apriete mi abandono
a su pertinaz respiración boca a boca.

Un espacio para tí

Habrá un día en mi vida
un espacio para ti al que siempre
podrás volver sin que te haga daño;
allí donde yo te haya olvidado
y tú no me recuerdes.

Entretanto, no temas.
Ya sabes que el invierno es solamente
un sortilegio de aire y lluvia
sobre los días
y en esas noches
en las que pasa de largo nuestra soledad.

Viejos amigos

En la calle tomada por el frío
y por los compradores de regalos
cruzamos unas palabras que me recuerdan
días de paciencia y desventura.
Una fotografía de entonces
tiene un fondo de árboles incandescentes
y una flor de humo deshaciéndose en el aire.
Tal vez no sabían a nada aquellas navidades
y sin embargo algo de ellas
se adhiere aún a los labios
parecido al sabor del desamparo.
Recuerdo ahora las aceras plateadas
alargando las noches como se alarga una espera;
nunca nos sentimos tan solos, ni tan juntos.

Vivir

Vuelve a tu memoria
aquella aldea de humo, su cabello,
y el rumor de la brisa entre las ramas.
Fue un día feliz.
Y recuerdas que ya entonces
supiste que hoy te iba a doler
su eterno esplendor, tu imposible regreso.
Y aprendes que de nada te sirve cuanto sabes.

Volver

Sin saber por qué, has vuelto,
y miras la tarde soleada: la misma enredadera verde,
las flores junto al muro, la verja de hierro carcomido,
el amarillo pálido de la pared gastada.
Has vuelto como si estuvieras todavía
bajo el antiguo hechizo,
como si en algo te parecieras
todavía a ti (hubo un tiempo de minuciosa eternidad
en el que tu corazón, alborozado huésped
de la vida, nada sabía de lo que hoy sabe).

Arrastrando la hojarasca
de los años pisados, los errores, el cansancio
y el dolor de páginas ciegas, has vuelto
para descubrir cuánto dura lo que creías eterno
y encontrar un raro consuelo; soñar que ni siquiera existes
a la orilla de esta tarde sin sentido y perfecta.