Barquitos de papel

Mi madre hace barquitos de papel
y me recuerda que de niña
los poníamos sobre la zanja para verlos perderse.

Mientras dobla los papeles me comenta
“parecen de verdad”
y los va colocando en las aguas
¿tranquilas, tumultuosas?
de la repisa
donde el polvo a su voz
resplandece.

Canción

hazle a este hombre de perdón
una herida más honda que la soledad.
Reviéntale los ojos que le sirvieron
para ignorarte.
Paul Eluard

Liviana como un pájaro
danzo bajo la tormenta.
La noche y sus manos pasarán otra vez por mis ojos
con la misma vehemencia con que canto.
Que nadie lo castigue ni lo toque,
que su belleza sea siempre la misma:
tranquila, desarmada,
resguardado de mí.
Que nadie le prohíba respirar el vapor de las mañanas,
tener los pies desnudos, los objetos que ame,
sus dominios.
No tiene que venir
y detenerse ante el círculo que le estoy abriendo
para que cierre la boca sobre mí.
No importa que organice el silencio
o que se vuelva espuma.
Liviana como un pájaro bailo
calada por el miedo
de saber que tiembla y siente.
Puede desaparecer, borrarse del ruido del mundo,
oscurecerse como una mancha,
no existir,
amo también su olvido.

Confesión

A Marcel Proust

¡Oh!, Marcelo, soy una desterrada.
Los heliotropos de mis ojos
están sobre la tierra para podrirse,
para que vengan los gusanos de la muerte.
Mi espalda es divina y mi sexo conmovedor,
tiemblo ante el roce de una mano
como una gota de agua
en el parabrisas de tu coche.
Cómo irme a la cama
sin saber que alguien va a desangrarse
porque deje la luz del cuarto encendida,
porque entre los resquicios de mi memoria
un hombre, otro, va a quitarme el sueño.
Preparo una taza de té, el baño
cuido de mi cuerpo con agua de rosas
para que ese enemigo de mi tranquilidad se serene,
para pensar en ti, en la soledad laboriosa.
Pero el hilo de mi recuerdo no existe,
busco a un hombre que no me ha amado
y huye de mí.
Soy, querido Marcelo,
una bestia echada
sobre las mantas blancas que cubrieron tus sudores.
No tengo perdón.
Los heliotropos que florecen en los jardines más amados
en los ojos más venturosos
también van a podrirse
y el sabor que alguien nos deja, aun sin probar sus labios,
puede ser el té de cualquier tarde
en que morimos.

Delirio del Quijote

No eran de viento los molinos, Sancho,
sino de tiempo.
Ha sido desigual la pelea, tan difícil,
las aspas giraban hacia arriba, indiferentes,
y yo minúsculo abajo, en su sombra.
Eran de tiempo, Sancho
grandes conos erguidos y en la cima
un remolino indescifrable.
Hubiera podido ganar la batalla
pero equivoqué las armas
y ahora me hundo. Déjame ver tu cara
que perderé también y arriba
busca sólo el sol
porque no hay molinos de viento, Sancho.

Desnudo

I

Cuerpo, soledad, fantasma mío,
hoy descubro que existes y eres hermoso.
Has alcanzado el esplendor de los antiguos imperios
y contemplo pájaros y peces
que vienen a morir a tu orilla.

Buenas noches, la ciudad está temblando en ti.
No sé si es mía esta fragilidad, si es dolor,
o si es el sabor dulce de los muchachos
que llegaron tardíamente.

Habrá veranos, vendrán palomas otra vez
sobre el arco de tu espalda.

Cuerpo mío, frontera donde mis semejantes
se pudren y festejan
te regalo a las cámaras fotográficas,
a la luz, a los ojos que quieran contemplarte;
me deshago de ti, me burlo
porque no sabes conducirme
más allá del momento donde estoy
contradiciendo, hablando con los dioses.

En ti entran los forasteros, ladrones
que miro con cierta repugnancia y placer.
Ya estás repartido, ya no existes,
eres sólo una libélula revoloteando sobre el fuego,
una flecha señalando la oscuridad
hacia donde vas a partir
y en la cual te contemplo, a contraluz,
aún hermoso,
trampa donde se viene a mori

II

Cuerpo que todo lo presientes, todo lo anuncias,
pugnando,
estorbado en la fiebre,
en el delirio que te estremece,
en tus oscuras selvas.
Fingiendo, temblando
en medio de una dulzura que te quiebra.
Memoria de una bestia feliz
resbalando,
resbalando.
Hermoso,
ardiente en el incendio del mediodía,
humillado en la noche que te pudre.
Irremediable como un surtidor.
Oh, cuerpo en que penetra
el espejo radiante del vecino,
el aroma que trae el aire
desde no sé qué horizonte o abismo
cómo asusta
la serena armonía de tu luz.

III

Aquí, ¡qué extraño!, está mi cuerpo: insólito, pueril. Ha servido para que el tiempo se apasione y borde sus caprichos. Agadecido, convoca y celebra el deseo ciego en su idioma de pérdidas y deriva a las cabriolas de la imagen porque no es partes sino un órgano solo, un cuerpo habitando un lugar y un espacio, sintaxis de la vida, gracia de lo breve y efímero. En su belleza tranquila, grave, afiebrada, la vida es una y la muerte múltiple y pasmódica y después definitiva. Casi marginal de tanta pobreza ha conocido la sarna, la ladilla, los tugurios a que lo arrastraron otros cuerpos donde no van los reyes ni las reinas.
El hambre de los días difíciles le volvieron débil y oscuro como una mazmorra, solo esa fuerza sutil del presidiario que habla con sus extraños conocidos sotienen sus paredes marcadas por una humedad que corroe y se desploma. Aquí, como tantos, que hoy son bendecidos bajo el agua olorosa o estan pudriendo bajo la tierra.¡Qué extraño!, entre tantas cosas eres elegido, el que vibre, muera y renazca, el de la materia destructible cuya caída fatal es sólo una breve ceremonia donde se celebran las infinitas posibilidades de la vida.

Estamos

Estamos en la orilla de la playa, tú me ignoras, seguro, porque estoy aquí. No veo caracoles, restos de la resaca que el mar arrastra y nos deja para convencernos de nuestra fragilidad. Estás tan feliz. Juegas. A los cinco años el mar era para mí la espalda de mi padre, sus manos fuertes sosteniendo mi estupor y la transparencia de un agua que ahora me asfixia. Agua para enloquecer, resucitar la paz de los domingos profundos, cavados como árboles o tumbas. La felicidad tiene sus leyes, su traje de fiesta y su ropaje oscuro, una risa para ganar y otra para simular las pérdidas. La arena blanca y la manía de levantar castillos, mentiras para el humo del día. La arena sin la resaca, sin el porvenir de mis recuerdos que no mienten, pálida y muda, vencida. Ignora el pozo, el aullido salvaje que me añade la tarde, en el cielo hay una fiesta de la inventiva del hombre: paracaídas, olas y viento que rompen en nuestros cuerpos la corrosividad de la miseria. Aquí está el pan, el agua, las cosas necesarias, tus ojos, y sobre todo mi amor tu infancia. Se alzarán bramando los ausentes, verás sobre la playa las gaviotas, los pelícanos rasantes, y no sentirás sobre tu cuerpo otra cosa que el vaivén suave de las olas. En mis entrañas se gestó tu vida y una mulitud duerme silenciosa. Tu felicidad es sagrada, cuido su entrada, los rincones oscuros de ese recinto misterioso, día y noche, en el verano filoso o el aturdimieno del frío, de las palabas, de la ceniza de los años, de los trapos que otras criaturas manchan y olvidan. A los cinco años la mano de mi padre me mataba o nos daba el pan humilde que tragábamos en los rincones. Esta es otra playa, un año muy lejano, hay otros personajes dispersos por la arena y el agua, ¿habrá en cada uno ese viento interior, esa lluvia tormentosa que siento caer dentro de mí, o estarán en su playa de siempre, remansados, viendo transcurir sus vidas, la historia de sus vidas, húmedos, ajenos, como una tierra que florece?

Estrellas fugaces

Siempre que las estrellas fugaces se desprenden
hacia esa otra noche
húmeda y lejana entre nosotros,
busco, rápido en mi memoria
aquel deseo
que sólo en su fulgor se realizara;
pero pasa en un tiempo tan veloz
que apenas alcanza para alertar los sentidos,
y maldigo luego mi pereza
y quedo pensando
cuál es,cuál será ese deseo,
el imposible,
que quisiera cumplir
por encima de todos mis deseos.

Mi hijo

Mi hijo, digo, es el tesoro más grande de mi vida, y saltan estrepitosos los animales que mi madre descuartizaba feliz para que nosotros dijéramos éste es el vino seco y el comino, la hoja de laurel victoriosa que entrará a los canales de la sangre. Allí están las tardes con su olor a plumas mojadas, las tardes únicas detrás de la vidiriera de los años, cercanas e i inaccesibles como las boutiques de lujo. Mi hijo, digo, y siento una pena infinita, lagartijas bicolores pasean su pesadez sobre las sábanas blancas, hacen su cacería, su rito inocente, conocen sobre el cuerpo palpitante la tierra húmeda que les ofrendo para depositarles después el coralillo y el jazmín y descubrir que la muerte no es un paisaje, un lugar donde quedas subordinado a otras leyes, sino la destrucción para siempre de alguna región de la infancia. Aquí está todo, es decir, está mi vida, la pasión con que he vivido cada segundo, la admiración de ese cuerpo dócil que yace sepultado por mí, conmigo.

Qué nos libera y qué nos atrapa. Quién pone la mano dictadora, las palabras no encierran ni engañan, por primera vez dices papá, luego me llamas y estoy en el límite del desconocimiento y la sabiduría. Liberad o trampa para el dolor, el amor del hijo enmienda, que bueno que estás, que existas. Dios creó al universo y nosotros estamos aquí, testimoniando. Pongo la ignorania donde tu pones la fe y pongo la mesa debajo de los árboles, una cena suculenta, vinos, dulces de navidad, y me sorprendo sola, angustiada, ausentes los invitados, saliendo por una puerta secreta, sin regreso posible veo a mi padre, a mi hermano, a casi todos los tíos, los abuelos, a mi primo Armando, rosado como los angelotes. No los conocerás mi hijo, no estarás en aquellas sino en otras cenas y otros vinos, en ciudades diferentes, sin las grandes sábanas, los arroyos dulces donde nos bautizamos añorantes. Esta es la vida, su único depredador el tiempo, dos barcos en alta mar diciéndonos adiós, amándanos. Hay en Salamana unos labradores que tienen un camino de nuestra sangre, en Camagüey todavía hacen surgir las espigas de arroz como un canto al cielo los hermanos y el hijo de mi padre. Ellos nos salvan en su pasión de los grandes escenarios, la tramoya del mundo en que perdemos la inocencia.

Oh, mi hijo, tu eres el gran tesoro de mi vida, te aseguro, y mi madre queda de espaldas, casi tranquila, preparando como siempre el alimento sagrado para los que regresan, sin sonreír, sin preguntar por los otros, resignada. En el patio juegas con las aves de corral, desafías al gallo y descubres su arma de defensa: las espuelas. -¿Para qué mamá, y yo con qué voy a defenderme?Te muestro las matas de cilantro, respira, te digo, ese olor sirve para todo, piensa en los grandes viñedos, el oro del arroz crujiendo entre tus manos y la multitud laboriosa que lo hace posible, son nuestras armas secretas, las mejores.

Mirábamos las láminas

Mirábamos las láminas en los libros infantiles
y queríamos un castillo, sus nubes azules,
el canal atravesando el jardín
y su puente.
Queríamos los trajes
-tan fáciles de trazar sobre el papel-
Queríamos conocer las ciudades
sus colores de relente.
Quisimos ser aquellos niños
de perfiles perfectos.

Pasados los años y olvidados
de tanta vana fantasía
buscamos nuestras pequeñas providencias
y no sabemos
si burlarnos
o sentir piedad.