¿Qué historia cuenta?

¿ Qué historia cuenta, si el ciprés se arquea,
y la higuera se rompe, el loco viento ?
¿ Si las puertas se cierran de repente,
es que ha estallado su terrible genio ?
Ya sufrir pareciera cuando el lobo
aterra con su aullido, desde lejos,
mientras la tos despierta al moribundo,
y ladra sin dejar dormir el perro.
Si las campanas suenan espantando
del viejo campanario a los murciélagos,
se diría que él sale de un garito
donde ha apostado el alma de los muertos.
En ocre caracol arrinconado
a nuestro oído sopla muy enfermo.
Como él ninguno, de los libres dios,
y espíritu, quien sabe, de los muertos.

Adonay amante

La primavera tenga piel gitana
y hable Dios con verso apasionado.
De mí no quede ya sino aquel viento
con que voló la alondra de mi canto.

Rugir de mar impuro y marineros
cuya nostalgia culpan a los astros.

Olor a sal, a crisantemos muertos
y a tu partida tuvo aquel verano.
Tan blanca como la mujer más blanca
yo me quedé y un viento desbocado
me descalzó y bajó a mis pies la noche.
El agua entonces era vino amargo.
Mas tengan boca fresca las violetas
y diga la mujer el nombre amado.
Las rosas buscan trenzas que ponerse
y tanto amor, para acostarse, pasto.

Alguna vez creí

Alguna vez creí hablar contigo,
Neruda, allá en tu tierra; tú decías
que la primera música en Parral
fue el soplo virtuoso de la espiga,
y aquel silbido patriarcal del viento
llevando sobre el lomo su familia
de cartas sin destino, de hojarasca,
de lágrimas y páginas escritas.
Contabas que te hiciste compañero
del sol que madrugaba con la brisa.
Sobre la miel y el pasto quebradizo
tendiste la frazada de tu vida.
También contabas que al amor cantando
del hielo liberaste a la poesía.
Jamás te perdonaron los poetas
que honraban las estatuas de caliza,
la musa muerta, la ya fría lágrima
que le quitó el pañuelo a la mejilla.
Jamás te perdonaron los poetas
Tu nombre fue quemado en una pipa.
Volviste, tan alegre, de la hoguera.
Naciste, nuevamente, en tu ceniza.
Una pleamar de estrellas en el norte
levanta cada noche tu poesía.

Alma

No tengo más rebozo que la escarcha.

Un pájaro se calla en el silencio
de la tristeza niña de la tarde.

Mi alma atardecida busca el fuego
de los caminos breves de tu mano
donde quedó la boca de mi beso.

Te quiero, me decías y en mis hombros
venías a morirte de silencio.

Noche sin astros. Se enredó mi voz
con un silbido, y al hincharse el viento
fue al río, fue a los campos, fue a las jaulas
de trinos rotos que se mueren presos.

¿Qué sombra mi figura así encorvó?
¿Qué rayo ha ensombrecido mis cabellos?
Llévate ya este amor por ti encendido
porque en lejanas celdas yo me quemo.

Amor de enero

Ya son las altas horas de la noche.
Un pájaro espectral el vuelo alza.
Se hunden sus graznidos como piedras
en las heladas aguas de mi alma.
Al monte me llevaba algunas tardes
mi amante, y tras su sombra aleteaba.
¡Los besos como llaves diferentes
para mi amor de enero y rosas blancas!
Después aquel aliento de desdicha
o el odio en su guarida de palabras.
Ahora esta afición de no vivir,
de ir a mi entierro y ser las dos campanas
tocando en el oído de las flores
que caen como plumas de las ramas.

Soy luna enamorada que obedece
al lobo que le aúlla en ambas caras.

Angelus

Quién pudiera aprender los largos versos
que saben las oscuras golondrinas;
ellas retornan al oír el canto
de lo que fue un lejano Ave María.
Quién dijera de pronto al recordarme:
delante de una lámpara encendida
dejaba en cada línea de papel
los versos que las páginas perdían.
Solía al ver crecidas su melena,
su lágrima y su uña andar sombría.
Y le han crecido por andarse triste
en vez de cualquier cosa, margaritas.
Y que se diga un dulce cuento al niño:
bajó la muerte a ella cierto día
en que la lluvia se volvió una gota
sobre la rosa que perdió la vida.

Antes del olvido

Acaso es tarde.
No importa ya
que con favor del diablo
coloque mis jazmines en la acera,
mi zapato de tierra
en la ventana,
y me quede
en cuclillas,
aguardando,
que alguien golpee de una vez mi puerta.
No importa ya
que con las gotas
de un día que en la fiesta fue lluvioso,
yo moje mis cabellos y mejillas,
y me quede sentada,
parpadeando,
sobre el sillón de mimbre, en la penumbra.
Acaso es tarde.
Acaso el tiempo
me llegó de golpe
por andarme de madre,
por andarme de hija,
y este fuego nocturno
que sube por mis huesos,
este aullido feroz
que levanta mi sangre,
ya no son señales
para llamar a nadie.

Apuntes esenciales

a Agnes Hazenbosch

Llevo contando el cierzo, el aire, el suelo,
la bruma, los geranios y el rocío.
Sumo la hierba, el sol, la sombra nueva
de la cosecha convertida en trigo.
Anoto auroras, tallos, ramas, fuego,
crepúsculos, maderos y navíos.
Procuro no olvidar ningún silencio,
ninguna media voz, ningún testigo.
Y ahora sé que aún estoy en falta
con tantos mundos. Este es mi libro:
un transcurrir del día innumerable,
de cuanto se han callado los espinos
para que se dijeran los amantes.

Más puede mi palabra que el olvido.

Se escriben muchas cosas, pero olvidan
el pueblo a media luz, algún ladrido,
las sábanas recién desarregladas,
aquel amor que nace clandestino.

Aquella que te amó

Palomas de repente en mis mejillas.
Un sacudir de alas si regresas,
amante, a mi presencia y me perdonas
y arrancas de mi amor la sola queja.
Me juras por tus muertos, yo te juro
por Dios que a los demonios atormenta.
Y en brasas se convierten las palabras.
En pájaros sangrientos que pelean
por las migajas de las hostias últimas.
Ámame hombre en esta noche negra.
Mi historia es ésta: un lecho solitario,
un despertarme atada siempre a hiedras
y una almohada llena de tu rostro.
Mi vida toda es sólo sueño, niebla.
Mas llegas y mi voz ya no es cautiva.
Y aquella que te amó, se me asemeja.

Aunque sopló tus párpados

Aunque sopló tus párpados la muerte
el aire de tus odas sigue puro,
por eso te converso en esta tarde
Neruda, hermano, y traigo en mi saludo
la letra titilante de la brisa,
la hiedra vigorosa de los muros,
las siete vanidades del zafiro,
y las pestañas de mi amor desnudo.
La paja de las cosas más sencillas
subió por tu palabra haciendo un humo
con que llenaste casas y poblados.
Y a aquella hoguera no faltó ninguno.
Y a quien no fue me puse a hablar de ti.
Le sigo hablando en este soplo y pulso.
Ya todos aprendieron tu lección
de rosa roja en un cerrado puño.
Los niños te saludan. Canta el agua
con tu canción. Y luego le hace dúo
aquel silbido de las verdes piedras
por las que sopla el cuerno de los juncos.
Adiós. Buen día. Que descanses, Pablo.
Tu amigo y tu enemigo están de luto
por ti calientemente muerto ayer.
¡Y sin embargo vivo cual ninguno!

Boda patética

Que no sea en otoño, ni en verano.
Yo querría que fuese en primavera;
dará setiembre entonces sus primicias
y los jazmines abrirán las rejas.
Caerán besos de adiós en mis mejillas.
Mis ojos como lágrimas abiertas
se cerrarán en boca de mi amado.
¡ Que no será velorio, sino fiesta !
Un tocador con mar confeccionado
hará rodar sobre mi sien realeza.
En la brumosa esquina del salón,
cualquier pedido tocará la orquesta.
Y sonarán las notas de Gardel.
Se oirá este coro: “El día que me quieras…”
Me iré a casar. Empezará a llover
y los jazmines cerrarán las rejas.

Camino

¿Camino de partida o de venida
es éste en donde estoy desatinada
con un pañuelo ausente de señal?
No sé si voy o vengo pues son vagas
las sombras de los hombres y mujeres
que dejan tras mis huellas sus pisadas.
Atiéndeme Señor y dime adónde
bajo el chubasco voy descarriada.
¿A cuál de tantas puertas llamaré?
¿Por quién preguntaré? ¿Seré hospedada
cuando el relámpago mi rostro alumbre?
¿La gente me dará la tibia manta,
el té, la charla y buena despedida?
Yo sólo aguardo en estas horas vagas
llegar a medianoche a mi destino.

¡Mas heme aquí una estatua extraviada!

Canto profundo

Yo observo al hombre trabajar la tierra
y al ave que en el hueco de la rama
de un tibio limonero se acomoda.
En su holgazanería así se cansa.

Su trino es el diamante del deseo.

Y tú, mi prójimo que mueres, habla:
¿por qué la misma piedra así te encorva
al convertirse la creación en alba
y la razón del tiempo en un reloj?
Ah… yo. Si llega el día ya me afanan
un raro oficio, una encorvada pena:
lavar de enormes piedras las palabras,
buscar un verso donde estuvo un grillo.

Nadie tan triste como algún poeta.

Para dudar, después, de su juicio,
¿qué Dios oirá esta noche mi poema?

Circo

a Giovanna Pertile, hada que lleva mi sangre.

Yo fui a nacer y el mundo enloqueció:
atardecer de mares y naufragios.
Las aves antes de alcanzar altura
caían en un bosque embalsamado.
Un elefante triste en rojo circo
brillaba en tantos ojos agrandados
del público contento. ¡Cuánto éxito!
Con sólo tropezarse los enanos
reír hacían a la humanidad.
El tigre, con rugir ¡causaba espanto!
Y fui poetisa y acabé creyendo
locura la razón de los humanos.
Tejí una manta de alegría y luto.
A quien me amó pedí llevarme al circo
y ahí dejarme lejos de este mundo
pues sólo en los payasos vi juicio.

Cocuyos

Tan sólo los cocuyos para ver
tus ojos y esas largas manos tuyas
donde mi rostro pongo mientras cae
un pronto atardecer que me desnuda.
Porque este amor es noche sin su tálamo,
y duerme solo y con su mal se cura:
por eso es que te quiero. Yo acomodo
este querer sin madre en la pastura.

Si un vendaval enreda mis cabellos
enfermo de una fiebre que es locura,
me quema el rostro la melancolía,
y ya me da por muerta un ave oscura.
Estando inmóvil, una solitaria
estrella baja sobre mi cintura.
Y doy a luz a niños cenicientos
que a medianoche arropo con la bruma.

Conciencia

Tus ojos, dos secretos que me observan.
Mas, ¿qué dolor es éste que en mi frente
tan pálida, parece algún lunar?
Si están los astros pocos, si la muerte
echó la puerta, si las hojas secas
en viento malo al rato se convierten,
si cruje ya el paisaje y van los muertos
en busca de las gotas de la fiebre,
yo sé que estás adentro, horrorizada.
Conciencia que te aferras a mi suerte
y abrazas fuertemente a mi existencia,
no sé qué hacer contigo pues me dueles
con un dolor sin pausa de pregunta.

La tarde cae fría y muy terrestre.
Mi nombre lloran pájaros azules.
Melancolía, deja de morderme.

Cosecha

Descalza peregrino debajo de la lluvia.
Lloro por dentro
un agua de oro.
Cuéntame, bienamado.
¿Dónde tu reino, tus lacayos,
tu ángel de la guarda, y tu bufón?
Mas, ¿dónde tu victoria,
tu cicatriz profunda,
tu esclava, tu corona,
y tu cabeza amada?
Mi corazón en llamas
es la señal callada de que aún vivo.

Costumbre perra

Si la hojarasca en niebla se convierte
yo dejo la ventana y voy, amado,
en busca de tus sábanas. Me acuesto
con paños de mi fiebre en tu costado.
Qué amor tan taciturno es este sueño:
llegar ya tarde a noches de relámpagos,
ya tarde a los ocasos, no morirnos
cual árbol de oro viejo al pie de un astro.
Mi sueño es sólo un verso de crepúsculo,
un lobo de ojos tristes reclinado
sobre su mal pues se perdió en el bosque
y el viento en sus oídos es engaño.

Esta manera de quemarme el alma,
este morirme sin haber sangrado,
esta costumbre perra de quererte,
este quedarme entera en tu costado.

Cuarto azul

Somos amantes. Suelen los poetas
con infantiles coplas y sonetos
celebrar el tañir de las campanas
como la hora nupcial de nuestro encuentro.
Dirían más, pero se callan porque
se abrevia así el relato en dulce cuento.
Es la sombra que atiende el buen negocio,
madama de aire triste; los dineros
pagados por el cuarto azul agrandan
sus ojos apagados, mas los juegos
de los amantes en las escaleras
no la dejan dormir. Se siente el cielo
cuando en la calle oscura y sin un ánima
ya somos de la acera dos silencios
por una tos la culpa de un ladrido.
¡ Qué accidente ! ¿Quién más irá a saberlo?

De memoria

Tienen las ramas esta madrugada
el bienvenido aliento de las rosas.
Las blancas mariposas de mis manos
nadie las ve ¡y cómo te devoran!
Donde tú estás, allí, mi amor te llama.
Yo quiero que me escuches. Es ahora
el tiempo del encuentro. ¿No percibes
cómo se buscan, sin saber, las cosas?
Amigo, amante, déjame decirte
y dime tú también. Llegó la hora.
Las lágrimas con luces del rocío,
el soplo de cristal, las altas olas
nos buscan, llameando, desde ayer.
Abren caminos, árboles, auroras.
Amado, nuestros besos, tantos besos
y un beso yo los supe de memoria.
Debajo del rojizo sol de flores
te aguardo siempre dentro de mi sombra.

Desolada

A Gabriela Mistral

Antes de echar mi cuerpo al ebrio río,
muy ebria ya, entré por las abiertas
puertas del templo; oí a una rata huir.
El atrio era una vieja madriguera.
Y le dije a mi Dios, en cualquier parte,
que pecar, no pequé, y ni siquiera…
Un relámpago atroz iluminó
las pocas velas y tronó la iglesia.
No supe qué decir, mas las palabras
fluían de mis lágrimas, sinceras.
Los santos parecían escucharme
con esa educación de gente vieja.
Y por si ahí estaba, a Dios le dije,
que amar, amé. Mis huesos di a las fieras.
Jesucristo en la cruz olía a herrumbre.
El río me aguardaba entre las piedras.

Después de mucho saludar

Después de mucho saludar al viento,
al jaspe de las piedras, al murmullo
de la colmena verde de los mares,
a la hermosura ajena en su conjunto,
dijiste basta, quiero estar muy triste,
en esta tarde al menos, un minuto,
pues se murió en la acera un pobre hombre;
él no cabía en un lugar del mundo.
No tuvo más familia que su perro,
que lo miraba, desde el hambre, mudo,
mas atreviéndose a mover la cola
cuando cocía un huevo con el humo.
No ha sido nadie, como él fue, tan pobre,
y sin embargo, reverente y puro,
le dio conversación a los gorriones
y a las palomas de cantar nocturno.
“Un hombre pobre se merece un verso”,
Neruda dijo al cielo y se dispuso
después de honrar su historia tan anónima
con el silencio largo de un minuto,
ponerle un nombre: Juan; juntar rocío
y en él mojar su pluma y su discurso.
El hambre encarcelada de aquel hombre
se liberó en su muerte y sólo él supo.

Dientes

Estrella que es error, yo soy los dientes,
y solamente dientes, no la boca
que yerra, miente, injuria, a Dios calumnia,
y cuando su áspid guarda queda roja.
Ay, pobres bocas, lenguas enredadas
con las malas palabras que hablan solas.
Yo soy los dientes que castañetean
cuando filosos muerden a las rocas.
La bocas son carmín que en la intemperie
pierden su fuego; en su lugar, las rosas
en las muy frías noches, de sus frentes
dejan caer sobre el amor sus gotas.
Soy como Hefesto, dios que cojo y feo,
pelea doy, mas llama que se llora,
no sé qué frase mágica invocara
para una vez besarte oscura boca.

Dios que es Él

Él hizo mi mirada distraída,
la llamarada añil de tu silencio,
las seis en punto y el adiós más mustio
frente a las olas rubias de aquel puerto.
Él hizo las primeras golondrinas,
el frío de esa tarde y aquel miedo
de que llegaras tarde o no llegaras
cuando era una muchacha más del viento.

Mi alma llena de gorriones mudos
Él hizo, y la hojarasca del infierno.
También los pasos lejos de mi vida,
y el rayo de este absurdo pensamiento.

Yo escribo un verso torpe y distraído,
que sucio, desvestido, perro fiel,
es mi hijo amado, padre y madre míos,
mientras la noche ladra contra Él.

Discúlpame

Discúlpame, si puedes, por mis versos,
Neruda, de mil sábanas poeta,
pues yo no sé escribir cantando al agua,
a aquel frescor primero de la hierba,
igual que tú, en tu Chile de araucarias.
Yo sólo sé escribir palabras quietas
en este pueblo donde todo muere
volviéndose en las manos simple piedra.
Sucede, sin embargo, algunas veces,
que el corazón procura alguna fiesta,
y salgo a andar, alegre y bien vestida,
por el camino y luego estoy de vuelta.
Me ocurre que me río, que mi risa,
igual al llanto mío desespera.
De mi costado izquierdo sale un verso
apasionado y triste que gotea.
Ah… si entonara como tú, Neruda;
si alzara por los vientos los poemas
mejores de mi vida en dulce nota.
Si el verso hablara a Dios sin una queja.
Sollozo sin su madre, fuego triste.
jardín quemado que no dio violeta,
invierno sin cerilla, espectro frío
es todo lo que tengo por cosecha.

Dos hijos

Déjame que te cuente las palabras.
Somos los hijos de los rojos versos
que vuelan cuando está la noche encima.
Qué pálidos amantes, pues nos vemos
sólo a través de los rocíos fríos
que salen a morir por un momento.
Está la hoguera presta. Y ya la sangre
de la poesía corre por los huecos
de nuestras manos blancas y apretadas
contra las piedras y los malos vientos.

Yo vengo desde el fondo de tus letras
para que en mí te veas. Y te muerdo,
amante, cada día con dulzura.

Porque imposible es todo yo te quiero.

Ya escribes en mi alma los poemas
con que me abrazas desde tu silencio,
me sueltas y me vuelves a abrazar.

¿Escuchas cómo va pasando el cielo?

El beso

Voy a contarte un cuento que otras saben.
Las menos como tú jamás supieron.
Era un juego de a dos pues se enfrentaban
un rey hermoso y una reina a besos.
Y érase que ella alegre se moría
como última tecla en cada beso.
Y él riendo tomaba con su boca
un poco de su lengua y de su aliento.
Pasó el verano bajo el puente chino,
sopló el otoño y garuó el invierno,
volvió la primavera y se marchó
detrás de un par de niños aquel juego.
Y érase esa mujer que aún lo amaba,
y moría de pena, pero en serio.
Y érase la tristeza en el ciprés
la hora en que llovía en ese reino.

El mar tú visitabas

El mar tú visitabas; le decías
lo que le dice el hombre a una muchacha.
En tardes pasajeras del verano
de novio te pusiste con sus algas.
No se sorprenda nadie; es tan común
que rompa su cadena, enamorada
de algún poeta triste, alguna ola
para tumbarse luego en libres playas.
También tus novias fueron las estrellas
caídas de su altura en la mañana,
y la esmeralda noble de las minas
que mira por los ojos de las gravas.
Entonces los poetas eran novios
de las mujeres frágiles y blancas.
Mas tú, morado de alegría diste
tu corazón al fuego y a la escarcha,
a la cintura azul del universo,
al fondo y las alturas de las aguas.
Te fue muy lacio, muy sencillo amar,
tan libres de las penas como estabas.
Abrigo diste al cielo y a la tierra
con la crujiente sal de tus palabras.
Hubiera yo querido, dulce Pablo,
por una vez, también, ser tu muchacha.

El pino en las penumbras

Sobre tus hombros inclinar mi rostro.
Un lirio aún vivo que encontré, contarte.
Soy la culpable de tus versos lúgubres
donde una llama ciega y negra arde.
“El pino en las neblinas” es un verso,
y todo cuanto muere o cuanto nace,
la ropa de la flor, la carne blanca
de las orquídeas que al amor se abren.

Mirarte amado y verme en tu mirada,
besar tu anillo gris, pero abrazarte
como si el tiempo fuera a despedirse.

¿Qué es esto de perderse y encontrarse?
Por un camino de furiosas hojas
llegaron los fantasmas de la tarde.
Tú, mi alma sola, y yo, también, tu alma,
si rondan ya los últimos amantes.

El rostro de Dios

Ayer soñé contigo, Dios. Tú eras
el trueno de las doce y la alta luna
en una vieja noche entumecida.
La fiebre, pobre Dios, se te hizo furia.
Venías a decirme que me di
con mi gorrión amado a alegre fuga.
Y yo ni arrepentida ni miedosa
sentí que no era más tu rosa única.
Oíamos al mar golpear su pecho
contra la blanca estatua de la espuma.
Veíamos el cielo derramarse
como un amor de luz que no se cura.
Por un instante el grillo de una rama
calló a otro grillo de las flores muchas.
Con lámpara en la mano te miré:
¡y vi en tu rostro un llanto de criatura!

El tiempo es beso

¿Escuchas cómo caen las estrellas?
La rosa en mi costado dio su aroma,
su ensangrentado aroma que me viste.
Pasaron desde entonces muchas rosas,
y vive aquella flor de mí salida,
de mi infectada herida, siempre roja
y siempre negra y llena ya de hormigas.
Hay sólo una paloma migratoria
del sur volviendo en busca de su norte.
Ya nunca más bandadas tan ruidosas
ni potros desbocados como ráfagas,
ni escarcha titilando entre las rocas,
ni el último silencio en la campana.

Hay sólo una paloma migratoria.
La dicha se deshace como un beso
y calla la tristeza en una boca.

El verdadero mundo

Recuerdo el viento claro de otras tardes.

Tocando castañuelas prodigiosas
le daba larga cuerda a mi niñez.
Yo le pasaba alegre mis cabellos,
mi falda, y él, jugando, se los daba
al perro que ladraba tras de mí.
Correr, reír, morir de golpe sobre
el liso pasto, la colina aquella,
el verdadero mundo a la intemperie
en donde el sol echaba mil monedas.
Después, de flores sucia todavía,
volver a la casona mansamente.

Mi voz quedó colgada de las ramas.
Mis ojos se vaciaron en garúas.
También perdí mi nombre. ¡Nada! ¡Nadie!
Soy yo sin la niñez de mi alegría.

En Paraguay prohibieron

En Paraguay prohibieron tu poesía;
mas te leí setenta veces cinco.
Y dije: “No, señor; ninguna culpa,
ninguna prueba cierta de delito
yo encuentro en estos versos remojados
en el sudor con sal del hombre limpio;
la culpa, en todo caso, es de nosotros,
de nuestro fatuo corazón de vidrio”.
Y en tanto te prohibían, tu poesía
seguía trajinando los caminos,
tocando las aldabas de las puertas,
llamando a los transeúntes cual silbido.
La sal de tus poemas instalaba
en derredor del fuego aquel sentido
primero de las cosas: el deber
de compartir con todos pan y vino.
La luz encarcelada se hizo libre
en tu palabra suelta como un mirlo
a la que se sumaban las palabras
de los demás poetas, y fue río
entonces la canción de toda América.
Ya no hubo cuento que quedó sin niño.
Y el sol, moneda dura, se hizo gente.
Y se lavó la vida con rocío.

En tu nombre

El pueblo alumbra noches muy serenas,
mas fiada de tus ojos, Jesucristo,
mejor contemplo el viejo firmamento,
el árbol bajo el astro y los caminos.
En noches de neblina yo te veo.
Qué paz, Señor, teniéndote conmigo,
pues eres tú la puerta que me guarda
del mundo que aun afuera es un peligro.
Mas cuánta es mi orfandad si con consejos
o enfados me abandonas. Me encapricho
con tu querer y enojo. Soy la enferma
que sana con la voz del prometido.

Tu pan y tu agua busco noche y día.

Tan sólo en tu belleza ya persisto.
Por eso, apasionada, en ti me lloro
y en ti me alegro si me crucifico.

Enemigo

Mi peor enemigo, tú que me amas
como una ciega lluvia que al caer
escampa, arrecia, escampa. Mi enemigo,
yo te corono amante, pueblo y rey.
Con una hiedra mis cabellos atas
y sabes del lunar que es mi clavel.
Cuando el jazmín de su rocío cuelga
y huele a flor pisada antes de ayer,
con la ronda impaciente de tus pasos
bajo tu sombra vengo a florecer.
Si no te amara, nunca te odiaría.
No te vaya, enemigo, yo a perder.
¿Quién me perdonará? ¿Por quién mis versos
caerán de mi tristeza en el papel?
Tú, mi enemigo. Yo, enemiga tuya.
La muerte no helará nuestro querer.

Estás debajo, acaso

¿Estás debajo, acaso, de tu tumba?
Pues no; aquí no está, no estuvo Pablo,
repite con su voz enronquecida
la tierra vuelta sombra bajo el árbol.
Yo lo sabía: no logró la muerte
tenerte, como a muchos, hecho barro.
Estás en todas partes, tan caliente,
tan vivo con tu nombre deshonrado.
Quien lee un libro tuyo ve tu rostro,
la miel oscurecida de tus manos,
el cutis de Matilde Urrutia, el gesto
con el que dabas migas a los pájaros.
Despierta el hombre a su labor diaria
y sigue, sin saber, tus mismos pasos.
Después de muerto, de la losa encima,
quién lo diría , sigues caminando.
Y tras de ti camina el fuego rojo
del corazón de un hombre enamorado.
Cualquiera puede ver tus firmes huellas
en tanta blanca playa y verde pasto.
Evitas los lugares sin violines.
Las copas te reclaman tiritando.
Desde el portón del mundo al pueblo sales,
alegremente vivo en ebrio canto.

Estatua en la Plaza Verde

Te esperaría. Yo sería, amado,
la primera en llegar hasta la vía,
y la última en volver, con un paraguas,
de la estación del tren que te traería.
Iré hasta el mar como la lluvia, a veces,
y pasaré del mar a la otra cita,
en el muelle del puerto, frente al río.
Seré la gris silueta que tirita.
Inmensamente sola como novia
saldré a buscarte y volveré tardía.
Del balcón a la plaza partiré.
Seré una estatua de melancolía.
Y a la hora puntual de nuestras muertes,
si llegara primera a nuestra cita,
te estaré ya aguardando para darte
mi amor en una blanca margherita.

Fantasmas

Fantasmas de la noche, niñas tristes
que escriben con las luces apagadas.
Dragones del infierno las vigilan
y en un castillo mueren encerradas.

Sus nombres se pronuncian como lirios.

Las miro cada tarde atareadas
buscando el verso de hoja gris que diga
aquel dolor de mar que no se acaba.
Y un duelo, un no sé qué lejano, inmenso,
como una horca entonces cierra mi alma.
Mis niñas, la costumbre de buscar
angustias como agujas mal se paga.
Si hubieran hecho caso a sus madrastras.
¡Si no hubieran salido de sus casas!
Sus senos se deshojarán. Tan sólo
el frío irá a crecer en sus entrañas.

Golondrinas

Amado, desenrédame las trenzas.
Escucha a las reidoras golondrinas
que pueblan mis susurros confesarte
mi amor donde gotea la llovizna.
En esta tarde con olor a mar
tú tocas a mi puerta. El lobo avisa
su amor voraz. A mi casona llegas
y bebes de mi boca bien servida.
¿Escuchas? ¿Son las olas o los árboles?
¿Ves las gaviotas vueltas dando al día?
Mis dedos te recorren pues se atreven.

De golpe todo el cielo. Por las vías
de un tren nocturno que a los astros parte,
yo voy tras una estrella, si me miras.

Amado desenrédame las trenzas
y cúbreme los senos con tu vida.

Hades

La primera señal: te salen lágrimas,
y escribes, sin querer, mejores versos.
Se apagan los faroles de la cuadra,
pero tus ojos brillan más atentos.
Y hay dos señales: si con él te cruzas
es como si te diste vuelta a verlo.
La cerrazón que cae sobre tu alma
te lleva a presumir que ya es invierno.
Si habré escuchado historias en mi vida:
Érase una que bajó al infierno
donde perdió a su amante. Y hubo un ánima
por siempre enamorada de un espectro.
Y hay más relatos. Y éste es muy contado:
Dirá que al bosque irá por un momento.
Te besará como quien va por más
cerillas. Nunca volverás a verlo.

Hipótesis

Si tú a morir te fueras, si las mantas
muy frías se quedaran en tu lecho,
yo no te llevaría flores tristes
en donde estés. Le pediré a los cuervos
y al ruiseñor que no me condenaran
a ir desolada y pálida a tu encuentro.
Pañuelo de cenizas cubriría
la forma sin color de mis cabellos.

Llegabas a la cita apresurado
en busca de las uvas de mis besos,
y mi pezón mordías, vengativo.

Si tú a morir te fueras, hombre necio,
querré saber por qué te hiciste piedra,
helada luz, distancia, sal, espejo,
ternura fría. Yo querré saber
por qué y con qué intención te hiciste muerto.

La gacela enamorada

A mi cazador

Soy la gacela enamorada ¡Dios!
de mi nocturno cazador que viene
al bosque con las ansias de mis astas,
mis ancas, mis rodillas y mis hombros.
Si están los cielos vistos, si los astros
asoman su hermosura de universo,
si el cierzo va soltando ya a las aves
y mi nocturno cazador no llega,
los ojos se me vuelven aguas mustias.
Yo advierto aquella fuerza de su lanza,
su afán sin pausa alguna de mi carne,
su prisa por volcarme sobre el suelo,
por malherir mi vientre y voy a prisa
a aquel encuentro con mi propia suerte.
Me ofrezco a su lanzazo. Yo le pido
que me abra entera a la caliente muerte.

La hierba es larga

a Nila López

Voy caminando. Van mis plantas sobre
el pasto con cristales de violetas.

Yo sé que no soy libre, que la culpa
de algún delito infame me condena.
Está en los viejos libros esa ley
por mí quebrada de peor manera.
Procuro, mientras tanto, no saber
sino lo que a los otros fue a ocurrir:
el homicidio y el suicidio al alba,
la sangre de este mundo en su escurrir.
Jamás fui tan feliz así penando.
El hombre y su razón me hacen reír.

Apuros ¿para qué? La hierba es larga
y el paso se hace oveja bajo el sol.
Mañana es otro día y a horas altas
apaga y prende el cielo un nuevo Dios.

La nodriza

Me quieres por ser triste y por mayor.
Me quieres pues no tienes aún edad
para llevar a una mujer a misa.
Te permito morder, lamer, sanar.
Tú bebes de los ríos de mis senos
el agua de las rocas frente al mar.
Me pides que te muerda, y al besarte,
te pinte mi boquita de labial.
Te dejo susurrarme en el oído
lo que otro día a otra le dirás:
“¡ Ay, triste mía, mía, sólo mía !”
El amor como el vino habla demás.
Ninguno como tú, entre todos dios.
Te enseño a ser varón y te me das.
Aprende niño hermoso que el amor
lleva en su tibia sangre la maldad.

La novia viene a caballo

Fue un veintisiete de mayo
del año sesenta y cinco.
La novia, blanca, venía,
con su escotado vestido.
Montaba un negro caballo
que dio un peligroso brinco
emparejando cabeza
con otro del monaguillo
para dejar rezagado
al potro de su marido.
Jinetes de recia estampa
lanzaban al viento tiros
de sus lustrosos revólveres
amedrentando a un mendigo
que confundía a la novia
con la madona en el limbo.
Algún disparo con arma
fue de ladrido en ladrido
de perros que no cedían
el paso a aquel recorrido
de los caballos ansiosos
de zambullirse en el río.
Fue un veintisiete de mayo
del año sesenta y cinco.
¡Jamás mujer más hermosa
yendo a su boda yo he visto!

La otra vida

¿Te acuerdas de la vida, la otra vida
de pasos espantados, de los huesos
de aquel ciprés creciendo con nosotros?
¡Cuán niños en la niebla de otros reinos!
Volver a aquella edad, reír a costa
de nuestro susto en tantos cementerios.
Hallar morada en boca de aquel lobo,
que aquella nana de imposibles cuentos,
para dormir, a veces, nos contaba.
Las flores de los vivos y los muertos
en mis costillas crecen. Al rugir
el árbol del adiós, con sus pañuelos,
el último paseo me propongo.
Yo sudo. Llena estoy de rojo duelo.
La luz del pueblo apaga los crepúsculos
y por sus puertas entra el universo.

La puerta

Cualquiera llama a mi pequeña puerta.
Cenar suelo con reyes y mendigos.
Ay, cómo me atareo en repartir
en dos iguales partes lo servido.
Y es entre gente que a mi casa llega
contándome unos casos divertidos,
cuando me acuerdo yo de tu anunciada
visita, bienamado, y ahorro el vino.
Mi hogar aseo día a día y pongo
sobre la mesa aroma de jacintos.
Mientras te aguardo, ¿quién también te aguarda?
Y si tú llegas, ¿cena quién contigo?
Señor, que me confundes o enterneces
con tus palabras puestas en mi oído.
¿Las cosas que me dices son las mismas
que oyen las otras y les da lo mismo?

La rosa dura

El gallo soy de la veleta roja
que mira al Norte porque Norte soy.
A mi pueblo lo barre el mismo pueblo:
un viento malo con que al río voy.
La saeta del Este cuando gira
da vuelta al pueblo, al lirio y al convoy
del caballo al que subo al ser el día
para saber al irme en dónde estoy.
He plantado una estrella en el Oeste
que bajará a la noche. Te la doy
porque subes al Este cada tarde.
Yo te amaría, mas veleta soy.
El gallo fui de la veleta roja
que al Sur apunta pues al Sur me voy.
En su frío se templa mi poesía:
la rosa dura que ha de abrirse hoy.

La veleta del pueblo

Nos íbamos a casar.
Teníamos los anillos.
La fecha fijada en Pascuas,
y por supuesto, padrinos.
Fue tras la misa del gallo
cuando a una cita nos fuimos.
Estrellas ya trasnochadas
entonces fueron testigos.
Señor cura, nos queremos
como mujer y marido.
Señor juez, habrá una boda
dentro de cuatro domingos.
Cuánto gira la veleta
cuando el viento no es el mismo.
Él guiñó el ojo a mi hermana,
y yo a su mejor amigo.
Se rompió como un espejo
maléfico el compromiso,
y un as de espadas llevó
la carta de mi destino.
Después del último beso
al pie de un cielo sombrío,
se puso triste la tarde,
más triste por ser domingo.
La plaza extendía sombra
y daba el reloj las cinco.
Le devolví las alhajas,
el chal y los abanicos,
pero no le devolví
porque me daba lo mismo,
las veinte cartas de amor
quemadas con el olvido.
La luna impar se dibuja
en cielo de doble filo.
Tirita buscando a ratos
mantón que le dé cobijo.
Las seis. Suenan las campanas
del ángelus vespertino,
y el pueblo se va de fiesta
al escuchar sus tañidos.
Nos íbamos a casar
a la luz llena de cirios.
Yo, con un traje muy largo.
Él, con pañuelo de lino.
Yo, con ajuar de mi madre.
Él, de uniforme marino.
Se rompió como un espejo
maléfico el compromiso,
y ajuar y traje rasgué,
haciendo de él tres vestidos.

Las bodas con Jesús

¿Faltar a mi deber? Jamás, amado,
pues si te fuera infiel ¿con cuál marido
tendría yo las bodas más hermosas,
que no sean ésas que pasé contigo?
He puesto petición en boca mía,
y tú con pronto sí me has respondido
aquella noche en que cayó el sereno
y había un cielo, y un primer rocío.

Fue desde entonces nuestro amor la casa
donde jamás llegó a nacer un hijo,
ni mundo pasajero techo halló,
aunque la mala gente a vernos vino.
Si bella todavía me encontraran
es porque en buena tú me has convertido.

Queriéndonos la vida es dulce día.
Amándonos la muerte es lar divino.