Barro pleno

Encinta de sol,
colmada de tu barro limpio y firme
vas trasmutando mi cuerpo
en viva flor que destila rocío tras tu ruta.

Vegetal,
el temblor de mis dedos
trenza cuencas azules
y transitan por tus ojos
leves hiervas de fiebre
y fértiles vagidos que me anuncian.

Matriz plena de sol, de Ti,
cuando gritas que mi cuerpo
es un cáliz de substancia amanecida;
de tus manos
cuando aullan tus dedos
y mi piel tan suave…

Matriz de cauce pleno:
…Ni siquiera una rosa colmaría tu abismo
si este sol que te llena se perdiera
en el azul de un ángelus tardío.

Del inédito milagro

Yo pondré la esperanza, hermano.
Caerá en tu frente,
en tus axilas,
entre el músculo fuerte
y la coraza que te cubre las arterias.
Te nacerá entonces una rosa sobre el pecho
y volcará el horizonte su distancia
para juntar su infinitud silvestre con el cielo.

Y viviremos en tu rosa,
de su espina congelada y dura
que nos hará firmes como robles;
de su perfume,
alba pequeña,
predestinada esencia y transparente fuego;
de su rocío, cuando el agua falte
a nuestras heridas taciturnas,
cuando la sequedad de nuestras manos
clame por el vino de los racimos dadivosos.

Tu rosa
mi rosa,
escribirá llameantes taumaturgias,
cuando el cielo llueva luceros de miel
y titilen luciérnagas de harina.

Tu rosa estallará desde la aurora
y unirá su fuergo con mi fuego
con mi pupila que lloró
para sembrar la rosa de tu pecho renovado.

Dulcenombre

No supe que mi padre
tenía hojas en las manos,
hasta que verde vi
la plenitud lunar
de sus dedos
que troncharon, cotidianos,
la estrella -pan que nos alumbra
la boca y la garganta.

No supe de sus yemas jardineras,
hasta que florecí como llama angustiada,
anunciación, agua o frío,
como maíz o como miel tan sólo.

No supe que mi padre
tenía clorofilas
en sus diez uñas vegetales y firmes,
hasta que descubrí la igualdad
del rocío y el torrente,
el temblor de la rosa y sus espinas;
hasta que comprendí que nardo y pena
son un mismo binomio de ternura;
hasta que mordí,
con dentelladas de fulgor acaso,
el trabajo nutricio de las cosas,
los días o las horas.

Hoy,
cuando siento que sus manos
son más hoja, más árbol,
más flor que tiempo y carne,
pongo su semilla verde
en esta dura tierra
que me cubre las venas
por donde corre un insomne suspiro
de luz y llanto nuevo.

Marzo, fuego de vigilia

(A los mártires de 1962)

Marzo, tilitante responso
viejo y ensombrecido clavel.
¡Qué multitud de ojos desgarrados
reflejan aún tus amapolas!
¡Qué avalancha de voces
hace rugir la delgadez callada de tus ríos!
¡Cuántas sombras errantes hieren
tu adorada canícula de siglos!

Marzo, dura crin,
cristal de turbia llamarada.
Madre, que tu hijo no esconda su lágrima,
que no niegue su cruz,
que no oculte el arado;
de llanto, cruz y tierra
nace la espiga jubilosa
y el maíz inmaculado del mañana.
Marzo, taciturna gaviota
ilímite fragancia enardecida.

Amado, un pájaro tira su sombra
en la ventana.
Su tibia voz inmóvil
guarda el temblor
del equinoccio muerto.
Deja que atisbe la ventana:
Marzo está ciego
bajo su misma luz dorada.

Marzo, pleamar de la angustia,
rosa de espinas duplicadas.
Me duele atravesar tu sombra hirsuta
y respirar tu aroma enmohecido.
Duele palpar tus rosas
de vigilante espuma negra.
Marzo, ola de espera,
bendito fuego renovado.
Me duele tu vientre envilecido.
Muerdo la voz que niega tu espranza.
Visto dolores transitorios:
honda forma de amar y esclarecer
tu tardía primavera,
tu rocío de cúspides heladas.
Marzo, ritual inconmovible,
¿qué clamor cabe entre el rocío y tus palabras?
¿Qué viento insigne mirará tus cenizas sepultadas?

Muñeca en vitrina (Fragmento)

Estoy aquí
-mirando sin mirar-
a las niñas que suspiran
por mecerme en sus brazos
renovando el sarcasmo
de las cortas ideas y los largos cabellos
y sin embargo la fábrica
no me dió las lágrimas
ni la ira
para llorar con ellas
esta afrenta de siglos.

Desde mi mundo
irremediablemente inverosímil
rodeada de abalorios
y amigos sin raíces
me aferro al tiempo
sin saber que existen los relojes

Estoy aquí
-mirando sin mirar-
recorridos vacíos de señales,
tropiezos, gestos sin historia
renovados laberintos
donde la gente y los autos compiten
con la lógica fría
de un semáforo en rojo.

Estoy aquí
-oyendo sin oír-
las voces absurdas de los claxones
el llanto inerme de los niños
la frívola sustancia del negocio
el susurro
la palabra soez
la cita presentida
el ahogo indeleble del que pide
o despoja por hambre.

Y miro sin mirar
-en mi vitrina-
el viejo péndulo
que amarra la palabra
de este cuerpo sin alma
que solloza.

Nos habita el paraíso

En nuestros templos
habita el paraíso
profundo y claro
en la oquedad que dejan
los besos
y el temblor de espasmos milenarios
el fuego es apenas un roce
en la curva del tiempo
un trecho recorrido
en algas,
tibiezas y recuerdos.

Nos habita el paraíso
ungido de fragancias
tatuamos en la piel
arcángeles inermes
y dejamos así
-balsa y fuego-
las próximas estrellas de quietud
en la memoria.

Orilla redentora

¿Dónde
si no en el beso,
encontraremos la orilla redentora?

Leve espada
anida y combate
compartiendo la savia
que deviene en torrente.

Uva frugal.
Ayuno de antiguas plenitudes.
Agua y jugos
humanamente turbios
coronan
sin laureles
la puerta vital del paraíso.

Besos de eternidad
marcando territorios,
colinas,
cavidades.
Antorcha en la balsa.
Lengua y labios
avanzan
en lúbricas saetas
hasta la vieja orilla
que redime
la irreverente ambigüedad del paraíso.

Otra vez el amor (1)

Todo lo dulce y amargo
brotó de un solo instante:
tiempo espacio
sacrificados
al día que llegaba entre cenizas.

Visión, su luz, para vivir.
Cerrazón, su luz, para no saber vivir
sino atada a las manos
que escribieron la primera
y la última palabra.

Abarqué en la penumbra
todas las primaveras,
los soles,
los diminutos puntos de fuego
de todas las esquinas
y los puertos;
de todas las hogueras
que llamean
en la sombra que me cubre.

¡Todo el mar no bastó
para dejar sin huella
el breve trigo que dejó tu beso!

Otra vez el amor (2)

En sus manos,
en mi piel, Edipo vuelve.

Niño casi
levanta la mirada
y aspira polen
de lunas renovadas.

Hombre casi
tiembla y solloza
hundido en terrenales simas,
desconocidos fuegos.

De sus ojos
a mis pies, Edipo resucita.

¡Cuánto tiempo rompe
en olas de fría certidumbre,
el alba y el sol
que consagraron
sus manos y mi piel!

Otra vez el amor (4)

Si intentaras abarcar
con la mirada
toda la tempestad
que nubla mis sentidos,
tú -pequeño dios errante-
dudarías entre el llanto
y la rabia
de tus ojos vencidos.

Y acaso,
náufrago indeciso,
querrías compartir mi tempestad,
en este universo donde el calor
y la furia de mis besos,
te dejaran -apenas-,
sensación,
olor,
quietud de olvido…

Otros poemas (6)

No puedo saber
si tu muerte
hirió la arena y el musgo
del pasado.
Ávido,
te cubriste de tiempo
con una espada
de odios y silencios.

Cardo tu corazón,
hiel tus ojos,
filo enhiesto y amargo
las manos
que apretaron la sal,
de tus playas
y el surco
de tus lágrimas tardías.

Agua, musgo y arena
para tu corazón vencido:
viejo manto de angustia
que arrasa aun de tempestades
el silencio
y la luz de las estrellas.

Otros poemas (7)

Caes,
caigo
en el abismo
de una lágrima:
agua que no es agua.
Sal que no admite lo salobre.

Trémula ¿de dónde llega?
¿Hacia dónde alza
su breve bastión de tiempo ido?

¿En qué iris descompone
su color, su forma vieja
de cristal y olvido?

Agua que no es agua,
ni sabor, ni aliento a rosa.
Dolor deshabitado,
precipitada nube
hacia la tierra que es pecho,
voz, candente forma.

Luz que no es luz
sino quebrada arista,
intangible diamante,
rabia volátil,
encrespada negrura,
hierba,
fuego,
luz…

Pájaros

La tarde se tiñó de pájaros,
fue preñándose de plumas…

La vi alzarse
profunda como una campanada.

Pero fue quedándose quieta,
tornándose lejana:
se borraron las plumas,
su tintura de pájaros
fue muriéndose toda…