De “Ejercicios”

Desordenado espejo

Sobre el cristal anuda la manzana
el ímpetu apagado de su goce;
acrece su medida si dilata
el color jubiloso mientras pone
su fina redondez en la balanza.
Debajo de su forma reconoce
la piel de la serpiente y el olvido,
donde enraiza la noche su gemido.

Reduce su mejilla al puro beso;
dentro la soledad se le desnuda
como un sorbo de carne amada al tiempo
de ser vuelo y memoria en la futura
sensación de una llama junto al fuego;
desordenado espejo a que se junta.
Y el fiel de la balanza desorbita
la celebrada forma de su vida.

* * * * *

Disidente flor

Junta labio con labio. Disidente
flor que alcanzando el aire desparrama
el firme corazón que la somete
al ondulante junco de las aguas:
es la intacta promesa de la nieve.
Defiende tu minuto que me abrasa,
la ribera y los huertos destinados
a ser refugio abierto de mi paso.

Desposa la esmeralda de tu cielo
si luto impones a mi roja senda,
huidiza soledad que sabe a tiempo
y en nubes solitarias se envenena;
confinando las raíces de su abeto
las ramas altas en tu torno vuelan.
Ordena el desposorio de la poma
y une después tu labio con mi boca.

* * * * *

El espejo

En la heredad del fruto la dulzura
es nombre con que ríe su corteza
y en luz callada el fuego se improvisa.

Una voz se levanta del regazo del mundo
hasta la tácita quietud,
como si habiendo muerto caminara
de pronto bajo el árbol de la sangre.
Visible caracol baja la espuma.

Abre la herida la doncella
del desvarío, ausente el rostro bello;
su seno triunfa
pero la sombra de la luz que miente,
calla. Vuelve su soledad la dura
infinitud de sombra y ramas
que un nítido asfodelo es la axila gloriosa.

Vano equilibrio el de sus hombros.
Descubro en ella el fruto
gozoso, su palabra y el impuro
deseo de morir bajo otro cielo;
a media voz de alcoba.
Frente al espejo.

* * * * *

Ella es la yerba

Amiga, ya no tienes quince años. Puerta sellada.
Ahí tus labios penetran esta raíz a flor de tierra.
Como una copa muerta a la mitad del día, sollozando,
yo te miro despertar en todos mis sueños:
apenas fantasma o manchada arpa de litigante suspiro.
Ruede tu espejo y si a pedazos se reduce sobre el lecho,
reconstrúyeme sobre la redondez de un mundo mágico,
pero nunca digas aquellas palabras de otros días,
ni repitas las caricias que tanto gozaron nuestras manos.
Libres vuelan los árboles sobre la memoria de la noche,
cónicos labradores en nuestros jardines amorosos.
Escondiste en mi corazón un tigre de piedra rutilante,
las monedas que tu estricta doncellez robara a la avaricia
y al celo y al júbilo de una inocente pornografía.
Dulce látigo embelesado en tus ingles como un dios
de aquietados potros o memoria rota por los pétalos,
pero nunca sumisión del nombre dado a las cosas y al amor.
Aquietada juventud del agua apenas fuente para el cisne.
Daga en tus manos a tanta herida resuelta en pura humanidad.
Entonces deparaba el sitio a tus cabellos como diciendo:
“Hoy la veré. Sus senos son redondos. Ella es la yerba”.
Aprendíamos a nacer, entonces. Labrábamos la copa y el agua,
el restallar de la llama a la mitad de la tarde y la risa.
Hojas caídas de un zodíaco genital sin sucios temores,
como dos rodillas juntas, amiga con amigo. Belleza
que penetra el momento hasta la palabra: “Yo te amo”.
Pobre dádiva a tanta muerte escrita en el espejo redondo,
en la sombra del fonógrafo puesto a girar hasta la vida.
Rota la cinta del corpiño elegías el mérito del suspiro,
así llameando toda el alma junto al árbol menos secreto:
tantos bosques y tantas manos, carrera impuesta al delirio.
Entonces eran los días del dulce morir para la vida,
de la lluvia sedante, casi cuerda locura y amor sediento.
Lucidez del leopardo y su piel llena de flores en movimiento.
Hojas aquietadas que entran en el cuarto y nos buscan
con todos los besos de sus filos hasta hacernos árboles.
Ya no tienes quince años. Puerta sellada. Mano cruel.

* * * * *

Fábula

Flor que sumerge en acuosos daños
visiones funerarias como espejos
-límite del cuerpo entre las sogas
arrebatadas al piélago de almendras
y si memoria del cáliz es la fluente
admiración de pájaros honderos
-dádiva serás del junco bajo un labio.
Trazo de la nube de inflamado estío
como la rueda sola en la mejilla
por la opaca lucidez se desvivía.
Tacto de la arena, sujeción al paso,
ardientes muérdagos y copa de veneno.
Sordo es el mirlo mas el trébol tañe
su rojo polen como un puño
y la llama torna forma lo que fuera noche.
Días del agua, manzanas atrevidas
por la sola voluntad de los corderos,
abiertas manos del limón y el lino;
rompen las sienes su silencio ansiado
pero enfadan su laúd y sus rodillas
mientras expiran los mármoles sonoros
y tus ojos me miran amorosos.

* * * * *

Serenidad

Los ríos hermanan una palabra humilde
si esperar en su ribera es imagen para el alma.
Dardo de dulzura finita a despejada frente de su linfa
como un pequeño caracol abierto en trébol.
Preguntan por nosotros y su voz menos húmeda
para en el aspa de la hierba que nos besa.
Su ventana tañe las sirenas del tiempo:
mínima espesura su caudal de cuerdas amables
si duda el remanso bajo el puente del día
o la fuente afables álamos desata.
Desplomados ruiseñores labran su sueño
en pequeñas planchas de oro sonámbulo.
Ahí la pátina del otoño levanta su estandarte
y al final siempre besa a la doncella de la grava
hasta la quieta alcoba del fondo alcanza
el undoso brazo, apretado por el frío,
la favorable flor que trae hasta su pie desnudo.

De “Los cuadernos de Marsias”

A plena luz…

A plena luz. A hurto y sombra
ensayo a escribir tu nombre.
No acierto con las letras.
Vacilo en el aroma. Me iluminas,
su rosa trascendiendo.
¿Cuántas auroras morirán
antes, amor, de que termine,
ya ciego y loco, de escribir tu amante
amor o amor, acaso, amor,
a cambio de tu nombre, amor,
que olvido sin saber si lo recuerdo?

* * * * *

Ama la flor al sol que le recrea…

Ama la flor al sol que le recrea
en claro estilo su perfume; envío
el pájaro en espumas recatado
si por cercano arpegio de la nube
oros culmina sobre el árbol. Pluma,
ceniza, amor. Cenit hacia el oriente
del remirado sándalo encendido,
mas fuego en llama entreverado, amor,
la dulce poma de tu lengua al lápiz
sobre el temblor del cuerpo en donde trazan
un nuevo espasmo para el sol tus senos.

* * * * *

Amorosa trepaste hasta mi pecho…

Amorosa trepaste hasta mi pecho
después de confesarme cómo un niño
tejía ya la vida en tus entrañas.
Allí indolente como en blanda cuna,
con ronca voz de sueño me pedías
el vetusto relato de la viuda.
Sin omitir detalle dije
al nardo de tus oídos,
dispuesto a las delicias de la fábula,
cómo engulle a grácil, la divina,
uno a uno sus ágiles hijuelos,
después de que los tontos
pretenden escapar en vano
de los blancos, redondos huevecillos,
recién cascados con ternura
por su pilosa madrecita.

* * * * *

Intentaré trazar las letras…

Intentaré trazar las letras
que leídas al revés
recojan por lo menos
el testamento de quien muere
porque sí muere.

Lego la saliva
por mi lanzada a hurto en menoscabo
del topo azul del cielo,
al mudo corazón donde eternizo
la caníbal disputa wagneriana
del viejo ruiseñor de Teócrito,
con los novísimos cuplés
ideados por tus muslos
sin cese ni reposo.

Para siempre.

* * * * *

Pasó vistiendo la hermosura sola…

Pasó vistiendo la hermosura sola.
Su clara desnudez del día era.
Al grito intemperante
de los eunucos fariseos,
por toda piedra le arrojé
el ojo sano de mi cara.
¡Por el amor de Dios, paseantes,
no queréis describírmela de nuevo?

Mi amor
Mi amor es pústula
por el unto del odio
apenas encubierta.

* * * * *

Permíteme mugir tu nombre…

Permíteme mugir tu nombre.
No te merece al esplendor
de un sol euclidiano, Marsias.
Mas déjame morir si el alba pone
por fin desvencijado,
el huevo de avestruz
en cuyo centro amor han dicho
que el dado de tu nombre
axial su furia agita
en las herbosas sienes de Pitágoras,
bajo un terrible mil y un cero.

¿Lo ves, amor? -los números rodantes
en manos del fullero Apolo
igual a ti, trabajan en mi contra.

De “Manual de simios y otros poemas”

Arder sin cese

La soledad lleva tu nombre.
Tu sexo. La hierba. Mi persona.
Rumorea luces perdidas. Delira
y al soñar camina en llamas.
Alto destino arder sin cese.
Pero la soledad, tu soledad,
la mía, la de siempre. Toda.
Pero la soledad describe limbos
y memorias. Aturde ecos. Ondula.
Repite voces dilatadas
arpegiándote, modelando mano
de instantánea aparición y parte.
Eco ondulatorio como agua ciega;
esperanza de llegar a tierra,
mi soledad. La tuya, Mar dormido.
Su sensitivo diástole amoroso.
Más allá, en tierra. Soledad
sitiada por el cielo bajo, en sueños.
Se violentan ondas terrenales,
peticiones a la carne, el ruego,
como si ardieran, como si barca
o barro de ecos despertaran.
Palabra dormida, al fin; soledad
la miniatura pendiente, muros
en diástole a mitad del fuego
con saturados corazones polvorientos.
Como hierba, tu nombre. Olvido
volviendo el rostro hacia la sombra.
Tú y yo sobre el mundo. Dándonos,
huyendo hacia el claror arbóreo.
Su destreza signando ramas navegantes.
Y tú, nuevamente, como el mundo y yo.
Devotos ambos de fetiches azules,
mitad peces, mitad perros de hastío,
doblemente tristes al amarnos
y poblarnos con transparencias:
llagada soledad cautiva al aire
donde trazas soles y altas nubes.
Tu nombre va conmigo y me ensueñas,
pienso, asimilándome a surco llameante.
Detienes el reflejo entre dos pieles,
destilas mi frente sobre vasos
que fueron un día laborioso júbilo.
Me abandonas en tus costureros
mientras disecas cosas tristes
como soledad fugaz de la estación.
Me reiteras, dícesme nombres
aún países puntuales, tantas luces,
calles anegadas de pasos,
aquellos parques sensitivos. Laicos,
como nuestros corazones devorados
por ángeles oprimidos bajo una rosa.
Inquirido fantasma la flor celeste,
radiante hacia tu sien. Crepusculares
presencias sólo entrevistas en soledad.
a la hora del gemido nocturnal.
La soledad lleva tu nombre.
Y tú has olvidado el mío.

* * * * *

Cubierto de rocío

A los artistas Luis y Pilar Rius

Con fuertes puños llama la sombra.
Hay en mi puerta un cartel que dice:
“No pasarás”. Me tienta con mil nombres.
Un dulce acento trata, aspira en vano
a persuadirme. Añade con rumoreo inteligible,
suspiros, palabras de otros sueños.
Se repliega derrotada, como diluida tinta
en la tremenda noche; pero al sonar
de nuevo el día, vuelve,
cavilosa torna hasta mi puerta.
Llama. Nuevamente: “Ábreme”, pide,
mientras los nudillos redoblan su reclamo.
Atreve pequeño pie de alhaja mendicante
por cualquier rendija, toda labios y súplica,
fluyendo como río pesaroso en su ternura.
Enciende los cabellos, frotándolos.
Resbala a prisa la palma de sus manos.
“Abre”. Es río de gemidos a mi puerta.
Tinta, he pensado, para emborronar adioses.
Golpea. Sangre en los puños. Reclama.
Lágrima se juega antecedida por la noche.
Sé que ha aprendido de la flor ausencias
al volcar perfume de tiniebla.
Quizás me espía, su pie en racimo
escurre sordo a través del ventanuco,
ordenándome en su ejército de invierno
o aprehendiéndome ,mediante anhelos
que huyen por su harapiento guante. La sombra
llama. Razones de dulzura dilapida.
Quizá debería abrirle, pero es tarde.
En la mañana. A mediodía. Se hace tarde.
Siempre es tarde. Siempre es tarde.
Niña expósita, abandonada junto al quicio
es la luz que la habitaba, de pie,
cual desesperado centinela bajo un sol
de tristes climas, más allá, buscándome.
Los golpes reitera. Tañe los tablones,
alarga gemidos de borrega destetada.
Allí, junto a la puerta, se desprincipia
temerosa de la noche; pero lleva su luz
en forma de paloma sobre muerta nieve.
Huye a través de ramazones de árboles abúlicos
a piedras de soledad. De sí misma huye
fuego que aprieta su interior.
Pero torna. Su cabellera es viento,
flota junto a espesos paños.
Ya sus ojos no son ojos. Agujeros
de locura en sorpresa y ausencia.
Su llamado suena ay a choquezuela,
a color amarillo, a flor sin funeral.
“Abre”, reitera con torpe voz de tierra.
“Abre”.

* * * * *

Dorada de toda desnudez

A Elena Jordana

Podemos advertir sin yerro
dónde empieza y termina el círculo goloso,
pero nunca dónde acaba el mal de su dulzura.
Quien libre esté de Gracia que me siga.
Erige la manzana la imaginación al día,
porque la luz sin ella, amigos,
sería dilatada palidez y nunca
radiosa perfección al goce plena.
Podemos predecir las estaciones
que gestan colores a su piel, pero nunca,
lujuriosos impacientes, vaticinar su amorosa carga.
Miradla en lo alto de su torre arbórea,
transparencias del aire enamorado usufructúa.
Besos acendra. En providentes paraísos,
tentadora en la crujiente rama, sueñan
continuas hemorragias sus vehementes soles.
Su dulzura, apetecido mal en competente amor.
Su tránsito, tras infinitas somnolencias,
la pasión. Radiante desazón con alma, jubilosa,
la más amada de todas las mujeres,
entre néctares caníbales emerge,
dorada de toda desnudez, triunfante,
elaborando el himno de morderla sin medida,
celebrada por espumas,
una vez siquiera.

* * * * *

El viento, larga herida. Existo y sufro…

A Juan y Clarita Mora,
estudiosos, imprescindibles

El viento, larga herida. Existo y sufro.
Padezco exilio en carne viva. Pienso;
profeso inhábil ardores de un verano ciego.
Elaboro, desatentada voz, llamas y flores
con canciones que restan verduras a las eras.
Tendido en tierra, amortajado de colores,
desato tristes memorias. ¿Me divisa el río?
Sí. Sus planetas con celeste amargor
me miran a los ojos; prosiguen rumoreantes
menesteres; suministran, impávidos el rigor
incalculable de quien como tú, dulce piraña,
haces aún más desesperadas estas líneas
con tu ausencia, que deploran viento,
tierra, río, flor y llama; la campiña,
con creciente desconsuelo.

* * * * *

Llamó a la puerta un día, el mar. Sedujo…

Llamó a la puerta un día, el mar. Sedujo,
entre las olas solo, la agonía.
Llamó a mi puerta solo el mar un día;
pero entendí la noche que produjo.

Entre las altas ondas me condujo,
llama de sombra, su melancolía;
y aquella blanca nave sólo mía,
a ser ajena noche se redujo.

Hoy que lo entiendes, dime amor cuál río,
camino en movimiento, es quien me nombra
en olas tristes que tu arena apura.

Responde con pasión al labio mío
antes que al río el mar un día, sombra
conceda. Y a tus ondas sepultura.

* * * * *

Lo importante es llegar. Vivir (ahí) el instante…

A María Antonieta Domínguez
Bella. Inolvidable

Lo importante es llegar. Vivir (ahí) el instante.
Seguir justo hacia el muro. Llamar con nudillo recio.
Interrogar. ¿Llega la respuesta? Mirar el aire
y tomar medidas. Luego en la pared hendir el clavo;
con bronco gesto deshuesar pollo y colmena
tramontada la mejilla –embriagados en la triquiñuela
del paraguas pero volver al estado edénico. Inquirir:
“¿Perdone, vive aquí Angélica?”, esperar que torne
la fámula cuya sonrisa es arcoiris y he aquí
que vuelve descubriendo que nunca tuvo lengua;
por ello sus palabras son imaginación y eclipse,
repetición de estero en plena calle, canicular es
con su aquí, su allí, sus pájaros con papelitos. Ahí.
Justamente en el quicio, Angélica escucha a pregunta:
“¿Perdone, vive aquí Angélica?” Revierte misterio
yéndose hacia el fondo. Volverá sin habla
porque tú, reventador de globos metafísicos
(ojo con Break-up), te empeñas en revivir mitos,
haciéndole a loquito sin importarte los árboles
arrancados de raíz por un Orlando ferruginoso.
Te gustaría serlo. Puedes, deberías serlo: Medoro;
él deberá templar nuestros laúdes corazones
y dar en pago porciones de angélicas, la venda
de su falda, o l eones que recorren invisibles el borde de
sus labios al momento de besar
y ser besada. Pero el imbécil (tanto puede así el rencor)
ni siquiera escucha los puñados de envidia
contra su ventana. Entretenido con la bella en darle
cucharadas de pornografía por si ella no supiera hacerlo.
Y todos aquí como pazguatos viendo las perradas de Nixon,
Templando los carrillones del fútbol malón y pútrido,
llenándonos de cebada caminados de cerveza, aspirando
perfumes cercanos con gasolina al hombro. Mientras
Medoro, escuchadlo rehileteros del resentimiento,
se arma de piel, de satinados senos, aljófares,
humores entre perlas distilados. Y no hay caso. El
reumatismo. La tos renuente frente al televisor.
Alguien llega y dice: “No eres hombre de tu tiempo
como Dante fue del suyo. Perogrullo de la eternidad.”
Te metes en los surcos del disco: malestrom
llamado Richter y todo se chinga porque,
sin remedio, te evades de tu siglo; no digamos
de mi/tu minuto. Empiezas a malografiar cielos
confundidos con legañas.

Angélica, nube y perfume, allá,
lejanamente, después del acto con ya sabes quien te envía,
desde el fondo del disco su dulce, cálida, interminablemente
tierna meadita, arpegiada con algalias, escondida entre
rosas laboriosas a la sombra del oro.

* * * * *

Polvo enamorado

A Roberto y Cuca
A la sombra de Brahms

Lo arroyos puros
se adormecen al son del llanto mío,
y, a su modo, también se duerme el río.
Al sueño, Quevedo

Llamó a la puerta un día, el mar. Sedujo,
entre las olas solo, la agonía.
Llamó a mi puerta solo el mar un día;
pero entendí la noche que produjo.

Entre las altas ondas me condujo,
llama de sombra, su melancolía;
y aquella blanca nave sólo mía,
a ser ajena noche se redujo.

Hoy que lo entiendes, dime amor cuál río,
camino en movimiento, es quien me nombra
en olas tristes que tu arena apura.

Responde con pasión al labio mío
antes que al río el mar un día, sombra
conceda. Y a tus ondas sepultura.

* * * * *

Yo, tu fantasma

…la mujer a quien declaro mi amor
oculta tras la espalda el puñal que ha de matarme.
Kean, J. P. Sartre

I
No seré quien soy si tu silencio
me incinera, Sibila. Ni mañana
ni nunca podría ser el que me habita
si tú, sobre la mesa, desdeñas
mi taza de café sin día.
Nada ordenaría
la veloz paloma contra el cielo
y la muerte, rodilla temblorosa,
si emprendes mis humillaciones
flameando viejísimos sudarios. Tenme
sobre tu frente, sien de las pasiones,
en tus labios, plañidera,
hoy, ayer, nunca; ruptura de mis hojas,
tus olvidos; letra enmarañada
bajo el sueño y tú,
con quien desposa la vigilia
toda perdición.
Me retienes
bordeando paredes idénticas, voz
y cielo parecidos, comunicándome
mundos similares; pero tú,
más alta aún, vigilas mi agonía:
abstemia sombra manchada de tabernas.
Árboles viejos como árboles.
Alondras de sinuosa trayectoria
sepultan en tus piernas mis deudos.
Troncos de vieja condición marina
van con lengua verborreica a los orígenes,
vaticinios donde trazarías
caminos de arena enardecida
con un reloj de carne, mirándome,
tolerada sobre el horizonte ya desastre.
Lejanía llevándome hacia ti
al fundirme en vehementes búsquedas
sobre el nocturno lecho.
Lluvia
de pájaros: Canto encendido bajo tintas.
Son cabaretes sudorosos
vestidos mis harapos entre el ruido
de gramófonos fuera de tiempo,
parecidos a tus noches, oh Perniciosa,
fulgor de mi ceguera; mujer que ruedas
patasarriba mientras pregunto por ti,
por lo que arrancas, Sanguinaria,
del fondo de las depredaciones.
Noche en sí
mediante Cristos de hollín, más lágrima
ordenada en batallón solo el destino,
desdibujándome en cuadernos
y fumarola de belitre estrella
o bocanada de sobajados cigarrillos.
Me desnaces.
En el fondo de los ojos
rompes fotografías tristes, yaciente
sobre cojines de cemento
a la hora del minuto al describir
dibujos húmedos, asimilándome
a fieras jabonosas, relajadas
aún sobre sus garras: dañado aliento
su comunión secreta,
tú lo sabes,
pero arrebatadas en noches insomniosas
porque insistes en hundir las uñas
en mi rostro mientras canto viejos valses
sin atenderme, sin sujetar mis brazos,
negándome la copa de la vida.
No soy nadie,
infundes apretadas neblinas a mi paso
y añades selvas a mis platos
ofendiendo piedras florecientes
al borde de abisales tazas,
este banco de gastada pata, mis manos
un gesto después del crepúsculo
como la duda de no verme en tu almohada,
Sibila,
informe perfección, no me olvides;
devuélveme al coito de la vida.
Yo,
tu fantasma, el que nunca ha sido
ni será, yo a quien darías puñaladas
sin piedad dejándole morir a tus puertas.
Yo, el más triste de tus amantes
te lo pide.

II
No soy quien soy, el que agoniza. ¿Luto
sin cese soy? ¿Memoria sin recuerdo,
o bien, tu sombra? ¿Olvido en cuanto pierdo
la raíz al puro tacto más el fruto?

Sin tiempo, estela; o tela de un minuto.
Sombra que sabe a tacto si te muerdo
el fruto funeral. Exequias ver do-
lerse el alma a tus ángeles en bruto.

Destino a secas soy. Mis lobregueces,
en tu asma empollan. Cavo tu cisterna,
no en el polvo, sino en la sed que nombras.

Pero sí soy quien soy, tosen los jueces.
La luz apura el alma, y tu linterna,
es sombra iluminada por mis sombras.

De “Requiem del obsceno”

Aquí…

Aquí,
el solio del obsceno.
“Rebeldes ángeles caídos,
de todo corazón abominad
la música porque ella desconoce
el cinismo del tiempo.
Sus continuos abismos sepulcrales,
las calaveras impetuosas
que labran incesantemente
su imperfección.”
Estas son las palabras del obsceno.

* * * * *

Mágicos sábados. Humildes días…

Mágicos sábados. Humildes días
de la consolación. -Transitaban tus pies
naranjas gigantescas y aldeas de ojos verdes
de las uvas con aspas en la trompa.
De un solo hachazo abrí tu puerta;
soplé en tus pechos la mirada
de un blues, esta canícula de hormigas
obscenas; (la mirada abierta
del escote fundó la desazón,
el martirio y la música).
Amantes sábados en la sartén
de la semana destazada a pulso.
Elegías mi mano, todavía
garra prendida al seno de una copa:
en ella naufragaban viejos dioses,
en tus aretes bruscos, balanceándolos.
Entonces empujé la puerta hasta mañana
en busca del gránate feliz para los pobres,
y di las buenas tardes a tus bloomers.
¡Azules trampas descended por fin!
Encendiste los días sábados
enfrentando los ojos a los míos
que espiaron la rendija anaranjada.
“¡Quién vive!” -dijo el centinela,
de bruces, escuchando el diálogo frenético
del viejo halcón amaestrado.
Giratorio melón en la escudilla mínima,
días sábados, albos para siempre,
amables como piernas en las cercas.
Y todavía contra la pared,
solamente empujando
sin atender tu dulce reticencia,
-al otro lado juegan niños verdes-
faldas arriba; el tiempo despuntado
desmadeja tus cómodos limones;
todavía en la puerta el minucioso beso.

Trepidaban las lámparas. Tejones
transparentes salían de la alfombra
hendiendo el polvo mancillado
en los rinocerontes de tus pechos felices.
Polvo errante caía;
cielo, demente torbellino,
en tu gránate a pájaros secretos.
Pero debo cerrar los ojos sábado,
pensar cómo llama la muerte.

* * * * *

Tan sólo bastaría que la noche…

Tan sólo bastaría que la noche
pisara los acérrimos jacintos,
las bestias del perfume
vaticinaran por tu boca
cómo la soledad es un espejo
de la podredumbre verbal.
Tan sólo bastarían tus palabras
para guardar el trono del obsceno.

De “Usted es la culpable”

Usted, crucifixión de sombras

Dios, con vuestro poder empiezo este Desconsuelo,
el cual hago cantando, a fin de consolarme…
Ramón Llull

Acaba de entonar su canto, oílo
con claro acento diáfano, lo juro,
un bagazo de sombra. Con sigilo
su cautivo eco perseguí a lo oscuro
de un viejo corazón. Buscaba asilo
entre el peñasco sensitivo y duro
que, por usted Señora, en su ansiedad
reduce a luz difusa oscuridad.

Era una nota sostenida y pura:
cuajarón de miserias pero altiva;
asombro no mostraba en su ardentura
pero sí forma pasional y esquiva,
de objeto sordo que al buscar la oscura
visión de un alma que se dice viva,
mi luz apaga y luego se convierte
en anuncio cercano de la muerte.

Usted lo sabe amada mía. Claro
es mi destino ente sus manos; muero
porque sí muerto en mar, en ola, en faro,
bajo el terrible ayuno de su acero.
Desnazco a mi caballo, su reparo
es de la tierra que abomino fiero
porque su luz, Señora mía, crece,
mientras la mía sin cesar padece.

Producto de imaginaciones vengo
con paso desigual, sin más propósito
que oír la sombra entre mi canto rengo,
a dejar a su puerta un niño expósito
que hubo de engendrar mi corazón. Tengo,
Señora, que salvarlo. A su depósito
confío su precaria vida, tanto
como canta mi sombra hacia su llanto.

Entre sus manos dejo su ternura,
su día en el dolor articulado;
dejo su carne, traigo su conjura
de ser pequeño Cristo transformado.
Usted inyéctele su azul locura
mientras palpa su cuerpo lacerado
y percibe en la sombra de su ovario
la música infinita del Calvario.

Sobre un madero clávelo, inclemente
corónelo de espinas aceradas;
pregúntele despacio cómo siente
sus dulces y divinas puñaladas.
Amorosa destrócele la frente;
las entrañas, de usted enamoradas.
Óigale decir: “Muero, luego existo”,
en tanto reza Usted ante aquel Cristo.

Vuelve el sonido a revelar su guerra
de sombras. Fiebre de penumbra, arde;
la música es un puño que se cierra
en torno a mi garganta, o la cobarde
humana condición de ser la tierra
de quien alienta, nace y muere tarde
porque es Usted, sin más, la ley severa
que me ha prescrito que de amores muera.

Así es. De amores muero sin lamentos
de ociosa artesanía; muero y quiero
que vayan mis suspiros a los vientos.
Vientos quiero que mueran si me muero
sin pretender dejar mis aspavientos
de pobre moribundo en el sendero.
Sendero que yo quiero. (Sus pisadas
son pisadas de amor ensangrentadas).

Es un cuajo de sombras el que late,
repite y desestima mi baraja.
Es un grito de amor en el combate,
un manotazo frío hacia la caja;
es el musgo entonando el jubilate
a la existencia coja que trabaja,
en su risa morada de azucena,
el veneno de amor que me envenena.

Es todo mal, Señora, que enemista
virtud de un corazón hendido a pulso;
es dulzura atonal de la amatista,
un tajo a contralumbre y el convulso
sentimiento saudoso del artista,
esclavo sanguinoso del impulso,
que desea comérsela a Usted
y con su sangre mitigar su sed.

Arden las sombras, lujo intemporal
del espacio cuajado de serpientes.
Tango negro desata en vendaval
vasos de lumbre, cálidos nepentes.
Corre Justine seguida por el mal
desgarradas las fauces y los dientes
hincados en la carne de la diosa;
¿es flor la sangre, bella y primorosa?

Que no es el ruiseñor quien canta, oílo,
exquisita Madam Legere, lo juro;
era un puñal de amanecido filo
a cuya voz la carne de lo oscuro
caminos al morir halla un estilo.
Por eso entre su umbría me inauguro
seguro de nace3r a mayor vida
si usted, amor, me hiere con su herida.

¿Tal vez la alondra mañanera? Nunca
el cuajarón de sombras se produjo
melificando notas. La espelunca
abierta entre la carne se condujo
más bien, Amor, sobre la umbría trunca.
La voz sin luz Señora, que sedujo
mi corazón comido de gusanos
fue el cálido puñal entre sus manos.

* * * * *

Usted, tiempo inextinguible

Firme en mi amor y en mi tormento firme,
vengo a matarme yo, por no morirme.
Francisco de Quevedo

Aspiro temeroso asir la brasa,
ojo de tigre incandescente.

Invocaré su nombre, Amor,
su prodigioso nombre de avecica
amada alondra de los dioses.

Puestos los ojos en su rostro,
bello exorcismo de la primavera,
la rabia virulenta de la brasa,
áspid inextinguible, estrujo.

¿Escucha Usted mis gritos?

En nombre de la vida
la emplazo a que responda.
¿O acaso aguarda que, insensato,
apriete nuevamente tantas ascuas
como años calcinados
añade. Usted a su silencio,
más aún que combustible del exilio,
crisol del tiempo inapagable?

* * * * *

Usted, viacrucis mío

Lo que hice lo hice
para ti, mi sudario
Robert Herrick

¿Quisiera verme Amor, viacrucis mío,
en denodada lucha a muerte
con la más cruel de sus ovejas?
Si bien le place, exíjalo al instante.
Mañana al discurrir sereno
el limpio rosicler del alba
armado me verá con un cuchillo
matar a tan horrible bestia,
que todos en secreto nombra alma.
Usted,
culpable de estos versos,
su sangre beberá, estoy seguro,
en tanto lanzo en mi agonía
lamentos que transforman
en noche el dulce bostezar del alba.

De “Llama de mí”

A ésta tengo yo y ella me tiene
Boscán

A María Elena

Ella me puso amor;
dijo: éste es tu nombre
y a partir de aquel instante,
aquel momento,
no tengo otro nombre más que amor.

La noche

I. Persiste en el aire una herida
más grande que las cosas grandes.
Me busca. Me encuentra. Me abraza,
y al solazarse en la efusión,
¿lo digo?
me traspasa de ti.

II. La media noche en alto aún gemía.
Alguien preguntó por mí
tal vez por asustarme.
Logró al punto. Ahora
produzco entre visiones pétreas
voces lejanas con remar de dientes.
Sólo deseo, amor,
creerme entre tus sombras
ese alguien que me asusta
al preguntar por ti.

III. Alguien me disuade;
expresa su temor y me conmina.
Salto de la cama daga en mano
y busco al intruso.
No es nadie; es solamente
la telenovela del viento
en tanto un gato negro
crucifica mis ojos en los suyos.

IV. Hundida en un sollozo
la noche desmerece.
Lambisca sombras. Me divisa en ti
como si al anunciarse traspasase,
no su materia, mis tinieblas.
negros relámpagos escuchan
cómo nombro en tu cuerpo
otra noches cubiertas de cenizas,
tan llama aún como la aurora
en donde ardimos sin mirar la luz.

V. Rasgas la noche en muchas llagas,
una es luz yendo a su locura;
revelación de hormiga en ascua, aquélla;
más vaso irresoluto la siniestra;
y no la extrema, yo, a quien quisieras
preguntarle cómo puede
sin quejarse vivir bajo tu pie.

VI. Bajo la sombra mi relación
de líquida ventura es imagen
a tanta torre erguida
más allá de los sentidos,
sus adivinaciones altas.
La oscuridad, sobre plagarme
me destroza y desmigaja ego a ego,
soy cuento absurdo referido
por el tonelero ciego
remedado con afán euclidiano
por un señor en cuyas manos
el pan es daño con saudade.

VII. Soy palabra omitida
dice la piedra; sepultada
nadie escucha la dilatación
de sus rumores.
Soy sensación, nada
roída por la humedad
del fondo.
Me busco tantas veces
entre vetas demoradas;
menos en una:
temor de renacer.
a cuanto tú pudieras
delegarle al tiempo;
allí la piedra dice
palabras abolidas
por la luz anegada
con la sombra.

VIII. Si no te amara,
lo que se dice huraño corazón
debelado en cucarachas,
mi madre, siempre tan cercana,
invocaría la lepra para mí.
Y mi padre, siempre en la palabra,
sin más habría de elegirme
cerdos de gruñir bubónico
como bayaderas infinitamente
lamentables para amenizar
con sus encantos,¿oyes?,
los chiqueros de mi corazón.

IX. No me hagas caso, amor,
sin más apresta tus oídos
si te hablo en esperanza.
No me traduzcas al idioma
de asuntos abrumados de cordura:
mi persona no debe preocuparte;
salvo, dulcísima, al momento
en que tu olvido me devuelva
al fondo de la mar sin nombre
de donde no debí salir jamás.

X. En mí la noche emprende el viaje;
opción de ser sombría rosa o canto
a viejos continentes.
Ya sus guirnaldas omitidas, habla,
es dulce río su invidencia
al tentalear la piedra de mi espíritu.
Es flor. Al caminar se halla;
es tan feliz encuentro en sombras
jinetes traza para el viaje.
Ahí el perfume a sueño, el sueño;
ahí el sabor a noche, noche en vela.
Noche, pues, será narrarte
en un perpetuo paso cómo el alba
uncida a su materia,
es rosa de tu canto.

* * * * *

Lejos del alba

XI. No es verdad que no me quieras;
en cielo y mar, colmena y tierra,
encuentro huellas de mi látigo:
lictor seguro de tu Sade.
No.
No es cierto que no me quieras.

XII. Siéntate sobre las brasas
y dime de inmediato:
¿A qué huele tu carne
de adorables soledades?
Huele a mí que soy tu fuego,
tu flama siempre en alto,
su asador cautivo.

XIII. Hoy vi una flor imbécil.
No buscaba el sol;
orientada hacia el olvido
mostraba un seno lacerado;
famélica, sin pan
que llevar a la boca.
El frío la injuriaba;
sus lilas eran decadencia.
La convidé a pasar. “El té
-le dije- espera. Pan de azúcar vibra
para ti”. Pero ella,
tan pensarosa flor,
en lugar de abofetearme
se echó a llorar.

XIV. Si no te amara,
lo que se dice huraño corazón
debelado en cucarachas,
mi madre, siempre tan cercana,
invocaría la lepra para mí.
Y mi padre, siempre en la palabra,
sin más habría de elegirme
cerdos de gruñir bubónico
como bayaderas infinitamente
lamentables para amenizar
con sus encantos,¿oyes?,
los chiqueros de mi corazón.

XV. El fino espíritu de un lápiz,
en su extremada ausencia,
con precisión llevó mi mano
al admirable trazo de esta línea:
________________________

Tan justo se produce el brillo
y la imprevista anulación del ánimo,
que no podré saberlo nunca
cómo he de caminar en ella
sin
caer
al vacío
o
levantarme presto en caso de que tú
me arrojes a la sima de tu olvido.

XVI. Un traje gris vestido de hombre
te llevará la noticia…
Se murió de pronto. Así…
Como quien no quiere la cosa…
Diciendo tu dulce nombre…
Escupió de pronto entre toses
abrumadas de puntos suspensivos
los puntos suspensivos
que acumuló en su vida.

XVII. ¿Sabes por qué me desvaloro
a grados vergonzosos
mientras te elevo hasta la altura
en donde Dios gobierna?
Porque te quiero en entrecejo,
maravedí en manos de mendigo.
Y porque en tus insomnios, tú,
o prefieres lo infinitamente grande
o lo infinitamente chico.
Y yo no soy lo segundo.

XVIII. Con lágrimas eternas
borrarme de la tierra quiere amor.
Tal es su pretensión, su desmesura.
Junto al árbol, la lluvia sin caer,
mi pie de plomo pisa lágrimas.
Pidióme que llorase a pierna suelta.
Exigió el emblema de mi entraña
Dijo: -Si lloras de verdad
sabiendo de memoria cada lágrima,
aboliré el pecado de las albas
y el hambre que adoleces.
Tal cosa dijo amor.

XVIII. Como es el entusiasmo
por ti donado a mi tristeza
medida rebasada por lo ingente,
un molino hago de los días
en donde el año se hace harina.
El tiempo sin mañana me desbasta
en puro polvo de nostalgia
y en tal manera jubiloso
que temo, amada caudalosa,
perder amargo la tristeza.
Es ella mi única alegría.

XIX. Algo descubre cómo amor
me borra de tu corazón.
Algo de sol oscurecido tiene;
de migajón urdido en frío;
algo perdido en universos
de canticanto roto en la cisterna
en donde yace una sirena muerta.

XX. Mirar los altos cirrus
cómo devoran la distancia
al alma satisface,
mas las hormigas cargan sin medida
el peso incalculable
de pesos colosales.
¿Hacia la altura, Amor, se lleva el alma
y sin duda hacia abajo los sentidos?
Dime, ¿dónde estás tú,
a quien concedes tus favores?,
¿a la orgullosa nube deleznable
o a la hormiga de fuerzas eternales
con mi dolor a cuestas?

* * * * *

La ablución

XXI. No dejaré de ser
así la alejes de tu cercanía
tu mejor amiga
el agua.
En sus claras pupilas
reposa bosques
músicas menos recurrentes
así lo refieren robles
entabla el diálogo esperado
y tú entonces
serás feliz
dejaremos de morir
un poco.

XXII. Lava tus manos
si presientes
sobre ti el peso
de unos ojos infinitos.
Piensa
son ángel de papel
azúcar fidelísima
en memorias sumergidas
hasta la transformación
del agua en otro pasmo.
Esta que ríe lluvias.

XXIII. Rebusca en sus entrañas
la floración de un armónium.
Si subyacen mil infancias
volverá a crecer el tiempo.
Desmenuza esta idea
vista la corriente
de la noche. Su humedad.
Nadie estará al final
libre de culpa
si no besa copas rebosantes.
El líquido es hermoso
al escanciársele
como piel
tras un perpetuo fluir.

XXIV. Bajo su embate /
¿sabes? / las rocas
desmadejan su dureza
de arena / su violenta
consistencia hacen /
mundo son / instante
pasión de tierra reducida
a pensamiento granulado.
Agua agua agua
más aún que idea
memoria del mundo:
imagen tras espejos.

XXV. Si fuéramos menos llama /
lo que se dice objeto
expuesto a la tormenta
el agua pondría en nuestras manos
los sentimientos del trigo:
balbuceo entre silvestre
canon. Flores campesinas.
Pero no es así.
Demasiado estrictos somos
al compartir males irreparables.
Tanto a más secos, somos,
que pedernal en aterido fuego.
Debemos enmendar los pasos.
El amor lo pide.

XXVI. Llevas contigo al niño
cuyo rostro pide el agua
de la fuente cercana.
Llévasela y tórnalo
al cuento del ruiseñor /
del coyote / Nana Coneja /
a la luz de gotas infinitas:
alivia sus pesares.
Al día siguiente de la hazaña
bajo el cielo de junio,
singularmente humano
el niño revelará su rostro
y tú y yo su sed seremos.

XXVII. ¿Cuándo has escuchado, amor,
ladrar al agua en días claros,
en noches lunadas
mientras la madre indígena
come la modestia de un tejón?
El agua nuestra de cada día
nunca acometerá tal desmán.
Habla / dice su discurso
bajo el sol /
sobre la punta de los pies
de espigadas cataratas
y es forma de silla
para la madre indígena.
Mírala, contempla
cómo el agua de la vida
llena vasos transparentes
de su historia
inmaculadamente dolorosa.

* * * * *

Llama de mí

XLII. No me conozco. El sabor,
tras su pequeño eclipse,
me desconoce. Ni la luz,
tamiz al ojo, sabe.
¿Seré el reverso, mi otra faz
en apartado olvido?
Nadie es náufrago; el mar,
trama de repeticiones,
no me conoce. Nadie
amor, me identifica,
a no ser tú. Tú,
sensible tierra; oído
en fuego al paladar
desnudas mis raíces.
Tuyo soy, lo aúllan
lunas cautivas.
No me conozco. Árbol,
mueble del pasado;
también sus barcos
sobre la mar daltónica
hacia la otra orilla.
Sólo tú eres; real
en mi reverso estoy.
Antes, hogaza de tiempo
en bodegones silenciosos.
De tal ahí sí soy,
tu ahí, amor.
Alegría de saberme
diferenciado en cada cosa.
Tú, amor, llama de mí.

XLIII. Vuelves a mí.
Me hojeas al medir el tiempo.
Lees largos párrafos
hasta descubrir océanos
temperados en perezas
al yacer en tus rodillas
a mitad del tiempo
como árbol de raíz izada
hasta la cúpula de un templo.

XLIV. Déjenme escucharla,
oír cómo se queja;
acaso sus silencios
quiera oír, cómo se encanta
mirándose al espejo.
Déjenme tener entre las manos
sus lobos luminosos,
el epitafio del espejo
en donde amor exacto
vence a la luz
con sus corderos.

XLV. Hay una canción que canta el mundo;
muchas hay: las cantan los perdidos.
La canción (nuestra canción)
es música por cuyo ensalmo
nace la tierra en pensamiento
pero lanzada hacia el espacio
en donde el sol lo quiere:
siempre lo ha querido, amor,
hacernos sitio.

XLVI. ¿Sabes?
Nombrar sombras de las cosas
compete al más sensible
de los girasoles.
Destinan gestos de sus cuellos
al seguir al astro.
Durante las primeras horas
son triunfo de lo efímero
yendo hacia la inmortalidad
de las tardes sin mañana.
Así es mi amor.

XLVII. Con solo tú quererlo
todo tendría un nombre;
ah, cuántas cosas hay
que no lo tienen
por ejemplo, yo.
No sé cómo nombrarme
sobre todo después de ver tus ojos;
ellos lo cambian todo
talvez para borrar al mundo.
Este tampoco tiene nombre.

XLVIII. Tú piensas en secreto
negarme tu secreto
que ya sé.
Te abstienes de que sepa
con cuánto afán un día los espejos
una paloma encinta
sacaron de las aguas
en tanto tú, dulcísima,
con doble llave condenabas
a tu infidente corazón
para que no me lo dijera nunca.

XLIX. Suena el reloj:
su campana de noche,
su yo profundo;
suena y tú duermes.
Por ti velamos
la campana, el reloj:
el yo profundo
de la noche;
el silencio lactante
de tu sueño.

L. Cuando despiertas apeteces
el pávido pomelo.
Secreto en su frescura,
intacto en sus granates,
instantáneos crepúsculos propicia.
Así traduzco, amada mía,
palabras que Pastor Cervera,
merced a su divina trova extrema.

LI. Frente a tu casa crece
un árbol laborioso en profecías.
Sumido en su penumbra habla;
a solas habla y dice
memorias para el tiempo.
Con cuánto amor sonríes, me refiere,
al signo en humo de los perros,
al impetuoso sol de mediodía,
a rosas imitadas por las rocas
nombradas por las rosas.
Te observa y te describe
con un rumor a yedra
adherida a paredes amorosas.
el árbol profetiza.

LII. Nos es dable escribir en las paredes,
¡vivan las bugambilias!
Mirarlas cómo trepan
entre el color gozoso.
Nos esté dable todo, menos
dejar con labio uncioso un beso
en manos de los aires,
autores son de bugambilias tristes
en mis nocturnos muros.

LIII. El día en su acabada obra
con lúcido sentido reconoce
cuál es tu casa, amada mía,
se vuelca en rojos y amarillos
al escribir tu nombre
sobre el horóscopo encendido
de transparentes puertas
que, al entonarlas, ¿sabes?,
recuerdan el incendio
de locas bugambilias
en donde yo contemplo al día,
su esmeradísima obra,
sin cese trabajar por ti.

LIV. Pero haces la buena señal;
desciende el cielo en copos
las yerbas te rodean,
te tornan transparente.
Flores de abril persisten.
Esplende agosto caluroso;
pero ellas, todavía,
pronuncian su primer perfume;
se oponen de la edad al paso:
no son minuto de la nada.
Te siguen y por ello nunca mueren.

LIV. El perro del vecino rico ladra.
No son las tres de la mañana.
Deambulo por las calles.
Nadie me mira remontar las sombras.
Las estrellas contemplan hacia el monte,
nunca hacia mí, el desquiciante.
Igual a los gañidos de los perros
una impresión persiste en acuciarme.
Cuando dijiste “Yo te amo”,
las mil jaurías de mi corazón
rompieron en ladridos
y las estrellas del vecino rico
miraron hacia mí
y no hacia el monte,
más pequeño ahora
al aceptar mi justo orgullo
de amante afortunado.

LV. Hombres hay que venderían
en mercados, lonjas y bazares,
su pobre alma al cuerpo ajeno;
o el cuerpo enfermo al alma
mendicante, sin más finalidad
que ver salvaguardadas
la vida y sus axilas.
No quiero ser persona
a quien imputen tales desvaríos.
Compra mi alma tú, en buena hora,
y verás cómo todos en la tierra
lapidarán las puertas de tu casa
con rosas, estrellas y diamantes
pretendiendo sofocarnos
con su estúpida riqueza.

LVI. ¿Sabes cuándo amor
me dijo: ¡Quiérela!?
Fue el día de la gota
entendiéndose en el mar de su paciencia
junto a nubes añorándose en las nubes
sobre un cielo más azules que distancia.
La misma gota de agua
convidada por el aire al explicarse
cómo y cuándo amor me dijo:
¡Quiérela!

LVII. ¿Quisiera usted mi vida
prestarme el corazón
que le encargué?
La rosa de encarnada vida
nacida en su jardín anoche
incontinente me lo pide.

LVIII. Vives para siempre
en mi corazón.
Ello limita el movimiento
libre de tus pasos.
¿Cómo respiras
en estrechez tan grande?
¿Podrías, si quisieras,
labrar un ventanuco
en las paredes de tu cárcel?
¿Y cómo liberarte si ocupas
resquicios, relojes y cancelas,
sus vueltas y retornos.
Lo que se dice, amada,
zapato rojo sin frontera,
semilla, idea de árbol,
cárcel volcada en otra cárcel,
prisa siempre detenida,
alegre lobreguez, inapetencia?
¿Cómo escapar de su estrechez
si es amor, mi vida,
el insomne carcelero?

LIX. Infamo el pliego de papel
al escribir mi nombre.
Pero tú, canto y alabanza,
al deletrearlo lo redimes.
Sobre mi frente inscribo el tuyo,
como un devocionario que dictaran
floraciones del alba agradecida;
uncioso oficio sombra mía
al ventilar amor
las cuadras de mi Abdera.

LX. Pero sí me amas,
prescrito lo han lejanos astros,
la huella del castor sobre las aguas.
Donde haya de posar los ojos
o tentalear estremecido,
hallo los signos indudables;
dicen: aquí el castor estuvo
bajo astros rutilantes
labrando con su rastro tu ventura.

LXI. Déjenme seguir las voces
espasmos de la copa
bajo el destino
cenit de sus transfiguraciones.
Si han de dejarme amor,
me llenaré de ti de tal manera,.
avistados los corderos
de las sublimaciones,
que no sabré nunca dónde empieza
la mano de tu mano
y el cuerpo de tu cuerpo.

LXII. Haz el esfuerzo,
quiéreme;
en sorbo de tinto
y la dorada hogaza,
cuanto Dios promedia
entre tu sonrisa
de varios años ha
y la verde madurez.
Comámonos sin melindres,
sin esfuerzos,
como si naciéramos
modelados por divina
humana levadura.

LXIII. Pero si e quieres.
El fuego a cedro
de las panaderías
viene a decírmelo.
Tus manos en la harina
dejan estelas;
más allá dedos del ayuno
cuando comía tu presencia
entre lejanos páramos.
Sí me quieres dice el agua
al agua
mientras me consumes en tu fuente
a medida que el día
parte su pan con la colina.

LXIV. Sé que pides la sustancia
de la primavera
en las panaderías.
Dices: “Quiero comulgar.
Educarme en golondrina
merced a la tarea
del pan salido de la llama”.
Lo sé; lo he sabido siempre.
Llama de mí.

LXV. Información de llama,
tú y yo en solo un trazo
cuando amasamos
también transfigurados
el pan que Dios Nuestro Señor
nos dio por cuerpo.

De “Palabra en tierra”

Futuro

Tener un nombre, lo primero.
La mujer. El fusil de dulce carga.
Estrellas caudalosas.
Después, lo que se adquiere con el aire;
el agua con la sed, la geometría, el hambre.
Antes, haber cavado en la ceniza
la madriguera de la brasa,
tatuado en rostros inconclusos
el infortunio, la miseria:
traición del pan de cada día.
Antes, copa del viento la garganta,
haber destrozado el romanticismo,
sus rosas petulantes,
su copa encanecida
mientras ciega el fusil de la esperanza:
la nostalgia del mundo sumergido
en la gota de sueño.
Porque después, escúchame, vendrán
los efímeros leviatanes
rabiosamente hincados
en el cuello del hombre que agoniza:
comerciantes de doble y triple dentadura
mientras nosotros, pueblos
del mundo, terminamos de crecer.

* * * * *

Fraternidad

Tomaré el lápiz más humano. Lápiz
sin crótalos ni luces invisibles,
sólo el color, la forma sin olvido,
la aljaba de los panes milagrosos,
el agua en llama cuantas veces quiera.

El ojo de una sombra, sus vacíos
fielmente retratados en el vano,
el maxilar y la medida, lápiz
de azules golondrinas, paz del alba,
fruto del fruto y ámbar del trabajo.

Camino y pez en paz, fetal dolencia,
el canto en sorbo, el trazo justo, lápiz,
cernida estrella en la mañana, digo,
vivo diciendo lápiz que tu sombra
dibuje el alto cielo de mi patria.

* * * * *

Midas

La maldición fue ésta:
“lo que toques será en oro convertido”.
Ni la doliente dalia,
que sigue al día como un perro,
ni la fastuosa hormiga
en el lecho en que yazgo,
han escapado al sortilegio.

Todos perecen.

* * * * *

Muerte

Reunidas las pupilas para siempre,
banquete es el afán y no la espina;
pero tú, devastado
martirio de hoy,
serás la desposada de mañana.

* * * * *

Mujeres

Tibias y poderosas,
salud en los molinos anhelantes;
aspas son, y luciérnagas,
misa del horno y la manzana.

Yo, cartógrafo en sus laúdes,
el mundo me destina
la forma de sus senos,
particulares, hoscos y gentiles.

* * * * *

Pesadilla

¿Acaso puse en los cielos nocturnos
las estrellas rutilantes,
en las aguas la simiente de los peces
y en los bosques la rabia de los árboles,
para que preguntes cómo he podido
incinerar mi corazón entre las urnas?
Hermanos, calcomanías, esteras, lobos,
pestañas, rojos retratos, vasos, postales,
mercaderes, horticultura, grises de humo,
pasos, nivel del alma, tornillos suspirantes,
quietud, incensarios bajo las lámparas.
¿Cómo puedes preguntar, entonces,
si tu corazón -festín de ratas-
yace incinerado y nadie lo redime?

* * * * *

¿Quién ha muerto?

¿Por qué mi alma vuela aún en pos de ti, oh prodigiosa?
¿Por qué al remover mis aguas emerge un brazo ciego,
armado con las armas del día y la profunda tristeza del mundo?
¿Por qué si nada existe ya fuera del círculo de fuego
mi alma aún te busca como sonda en un mar ilimitado?
¿Quién con mano osada levanta las cometas en el cielo
ignorando tus ojos de inocente transparencia donde yacen
el fin y el principio de la noche alarmada por los astros?
¿Quién busca entre tus vetas la pertinacia de los metales
que aduermen viejos ritos de nuestro amor ya sepultado?
¿Cómo y dónde hallar los recentales de cálido mugido,
unidos a tus pies, al otoño que tus pies dejaban
al segar la yerba del buen año y la respiración el mirlo?
¿Quién, entonces, ha muerto, oh prodigiosa, en las riberas
de lagos lúcidos, palomas propensas a desfallecer de ternura?
¿Acaso nuestra frente ha fallecido viviendo aún la tarde,
esplendiendo la aurora sobre la llama de un fantasma hosco?
¿Nuestras manos? ¿Los pies del tullido? ¿La prisa del jinete
que gana todavía la esperanza, en medio la batalla de los años?
¿Quién ha muerto aquí? ¿El lobo o el pastor? ¿Acaso la vigilia
de jardines episódicos, presos bajo el hierro del desengaño?

* * * * *

Recién casada

Las bestias se bebieron la champaña,
de rodillas, todas, con las copas llenas;
de uñas, todas, con los vasos rebosantes.
Tú, amor,
dulce hasta perderte en la inscripción
de este epitafio,
posabas los ojos en mí y sonreías
llorando cada gesto,
como si previeras mi muerte,
mi desesperación,
el adiós de quien te ha perdido.

* * * * *

Soliloquio

Escucha, amor, esta llama doblemente amarga,
su poblada deferencia de tiniebla.
Amados alacranes en tus hombros.

Mírame dormir en tu corpiño,
imagen, sensación de olvido.
Hoy contemplas la camisa que me diste
rota a mordiscos desesperados.
rodillas y hierba.

¿Quién organiza el funeral y muerde
el sollozo del último invitado?

* * * * *

Tus manos en las mías

Persistirá tu rostro sobre la espuma albeante. El barco dibujado.
Inscribí tu nombre en las cortezas de los árboles, a fresa sangre
di el color de tus ojos y en gotas transparentes, gajos del agua,
tallé la flor reclinada de tarde en un pañuelo roto, revuelto el arcón;
despreciada la máscara del día, los años apretaron tus manos en las mías.
¿Cuándo volverá la rama radiante de sol a impartirnos su lección de fiebre?
El camino lleva veredas de ventrílocuo, empecinados remolinos, alma y canción,
ermitas bajo el olmo en rapidez de sombras rumoreantes al desvanecerse.
El barco, ciempiés sus remos en el agua, ha empezado a caminar,
tus brazos tienden las velas amortajando la mucha lejanía. ¿Quién nos vive?
¿A cuántos seres habitamos, descritos en otras existencias libres de melancolía?
Sólo tú reconocerás la antigüedad del agua apisonada por las olas,
reencontrarás el camino en las vertientes, lúcida al hacer morada mi memoria.
Persistirán tus sienes, el palafrén azucarado en el frontón de la repisa,
tus amados indios, los negros maltratados como libros revueltos sobre un mostrador de zánganos.
La palabra amor ya no me es negada. Sugiere su maduración, sus rayos.
Tomo en la reverberación la lámpara que un nocturno día dirigiera mi ejercicio,
tú la agitabas entre los relámpagos de la sombra. Pies y brazos. Movimiento.
Entonces me tomabas en tus brazos. ¿Cuántas estrellas cambiaron sus primeros dientes?
¿Cuántos árboles renovaron el surtidor de ramas para encubrirnos?
La humedad es sólo nombre destructivo del agua o su vitalidad anónima.
La diferencia, su principio como quien, secretamente, menciona un bacilo fervoroso,
pero menos seguro de sí mismo, tras la huella del ángel arrepentido.
Ha empezado la secreta ablución. Los topacios atados en el interior del calcio lúcido,
prorrogan la transparencia al orar, mirando hacia el oriente, tenaces sus castañuelas cíclicas,
¡y he aquí parroquianos en los eriales que el agua había corroído la suma de las rocas
y su voz alcanzaba a tocar los paraguas del diluvio, hacinados en árboles y dólmenes!

Elogio de mi cuerpo

1. Los ojos

Mínimos lagos tranquilos
donde tiembla la chispa
de mis pupilas
y cabe todo
el esplendor del día.
Límpidos espejos
que enciende la alegría
de los colores.
Ventanas abiertas
ante el lento paisaje
del tiempo.
Lagos de lágrimas nutridos
y de remotos naufragios.
Nocturnos lagos dormidos
habitados por los sueños,
aún fulgurantes
bajo los párpados cerrados.

* * *

2. Las cejas

Las breves alas
tendidas sobre mis párpados
sólo abrigan
el espacio escaso
en el que flota
una interrogación latente,
al que asoma
un permanente asombro.

* * *

3. La nariz

Casi un apéndice
en la serena geometría
de mi rostro,
única recta
en la gama de curvas suaves,
el sutil instrumento
que me une al aire.
Cándidos olores
acres aromas
densas fragancias
de flores y de especias
-desde el anís hasta el jazmín-
aspira trepidante
mi nariz.

* * *

4. La boca

Entre labio y labio
cuánta dulzura guarda
mi boca abierta al beso,
estuche en que los dientes
muerden vívidos frutos,
cuenca que se llena
de jugos intensos
de ágiles vinos
de agua fresca,
donde la lengua
leve serpiente de delicias
blandamente ondula,
y se anida el milagro
de la palabra.

* * *

5. Las orejas

Como dos hojas
de un árbol ajeno
nacen a los lados
de mi cabeza.
Por el tallo escondido
se desliza
la opulencia
de los sonidos,
me alcanzan
las vivas voces
que me llaman.

* * *

6. El pelo

Dulce enredadera serpentina,
única vegetación
en la tierra tierna de mi cuerpo,
hierba fina
que sigue creciendo
sensible a la primavera,
ala de sombra
contra mi sien,
leve abrigo sobre la nuca.
Para mi nostalgia de ave
mi penacho de plumas.

* * *

7. Las manos

Las manos
débiles, inciertas,
parecen
vanos objetos
para el brillo de los anillos,
sólo las llena
lo perdido,
se tienden al árbol
que no alcanzan,
pero me dan el agua
de la mañana,
y hasta el rosado
retoño de mis uñas
llega el latido.

* * *

8. Los pies

Ya que no tengo alas,
me bastan
mis pies que danzan
y que no acaban
de recorrer el mundo.
Por praderas en flor
corrió mi pie ligero,
dejó su huella
en la húmeda arena,
buscó perdidos senderos,
holló las duras aceras
de las ciudades
y sube por escaleras
que no sabe a donde llegan.

* * *

9. Los senos

Son dos plácidas colinas
que apenas mece mi aliento,
son dos frutos delicados
de pálidas venaduras,
fueron dos copas llenas
próvidas y nutricias
en la plena estación
y siguen alimentando
dos flores en botón.

* * *

10. La cintura

Es el puente cimbreante
que reune
dos mitades diferentes,
es el tallo flexible
que mantiene
el torso erguido,
inclina mi pecho
rendido
y gobierna el muelle
oscilar de la cadera.
Agradecida
adorno mi cintura
con un lazo de seda.

* * *

11. El sexo

Oculta rosa palpitante
en el oscuro surco,
pozo de estremecida alegría
que incendia en un instante
el turbio curso de mi vida,
secreto siempre inviolado,
fecunda herida.

* * *

12. La piel

Es tan frágil la trama
que la rasga una espina,
tan vulnerable
que la quema el sol,
tan susceptible
que la eriza el frío.
Pero también percibe
mi piel delgada
la dulce gama
de las caricias,
y mi cuerpo sin ella
sería una llaga desnuda.

* * *

13. Los huesos

Alabo
el tibio ropaje
la apariencia
el fugitivo semblante.
Y casi olvido
la obediente armazón
que me sostiene,
el maniquí ingenioso,
el ágil esqueleto
que me lleva.

* * *

14. El corazón

Dicen que es del tamaño
de mi puño cerrado.
Pequeño, entonces,
pero basta
para poner en marcha
todo esto.
Es un obrero
que trabaja bien,
aunque anhele el descanso,
y es un prisionero
que espera vagamente
escaparse.

* * *

15. Las venas

La floración azulada
de las venas
dibuja laberintos
misteriosos
bajo la cera de mi piel.
Tenue hidrografía
apenas aparente,
ágiles cauces que conducen
deseos y venenos
y entrañable alimento.

* * *

16. La sangre

Secreto corre el torrente
de mi sangre rápida.
Inmenso es el río
que en subterráneos meandros
madura
y nutre el ámbito
de mi vida profunda.
La cálida corriente
que me inunda
en la flor de la herida
se derrama.

* * *

17. El sueño

En tan blando nido
mi corazón descansa,
ni lo asombran
los perdidos fantasmas
que se asoman.
Pasa por mi sueño
la ola calma
de mi respiro.
En tanto olvido
el tiempo de mañana
se prepara,
mientras estoy viviendo
efímera muerte.

* * *

18. El aliento

No se de donde viene
el viento que me lleva,
el suspiro que me consuela,
el aire que acompasadamente
mueve mi pecho
y alienta
mi invisible vuelo.
Yo soy apenas
la planta que se estremece
por la brisa,
el sumiso instrumento,
la grácil flauta
que resuena
por un soplo de viento.

Oscuro canto

Oscuro canto
que brota
de la honda esperanza
rota,
y del retorno
al círculo cerrado.
Peso escondido
como hijo sin nacer
en el vientre profundo,
apretado nudo
en el lugar del corazón.

Ay, tampoco suena
ni sube
el nocturno canto
hacia el cielo lejano.
Es una voz sorda
que se ahoga en la garganta,
es un grito callado.
Y si sube,
no es un vuelo
en la noche muda,
es sólo una nube de humo
que se pierde en la sombra.

Propiciatoria

Lenta y plácida
sea la vida que corre por mis venas,
largos sueños y dulces despertares
me asistan,
escuchen mis oídos voces quedas,
mientras crece en secreto
la criatura.
¡Ay, que el llanto no empañe mi pupila!
Que por furtivo anhelo
no tiemblen mis pestañas,
ni perturbantes fantasmas me llamen,
mientras vive en mi seno
la criatura.
¿Cómo puedo estar triste
si la rama florece?
No empañe su mirada,
antes que se abra,
el velo de mis lágrimas.
El alma no me pertenece.
Mañana,
desprendida de mí
la criatura,
irá libre y ligero
mi imprudente paso,
y sin temores,
podré dejarme lastimar de nuevo.
Pero hoy, Señor,
aparta de mi lado
las cosas que me hieren:
tiende un camino de arena fina
bajo mi pie cansado,
defiende mi soledad tranquila
y pon sobre mi frente
una corona matinal
de pensamientos claros.

Señor, estamos solos

Señor, estamos solos,
Yo, frente a Ti:
Diálogo imposible
Grave es tu presencia
Para mi solitario amor.
Escucho tu llamada
Y no sé responderte.
Vive sin eco y sin destino
El amor que sembraste:
Sepultada semilla
Que no encuentra el camino
Hacia la luz del día.
En mi pecho encendiste
Una llama sombría
¿Por qué señor,
no me consumes entera,
si no hay para tu amor
otra respuesta
que mi callada espera?

Un día

Este cielo nublado
de tempestad oculta
y lluvia presentida
me pesa;
este aire denso y quieto,
que ni siquiera mueve
la hoja leve
del jazmín florecido,
me ahoga;
esta espera
de algo que no llega
me cansa.
Quisiera estar lejos,
donde nadie
me conociera:
nueva
como la yerba fresca,
ligera,
sin el peso
de los días muertos
y libre
ir por caminos ignorados
hacia un cielo abierto.

Nunca una alegría

En el agua
te he visto.

En el cielo.
En el viento
te he visto.

Y en las grandes
multitudes.

Con mis labios
te he cubierto
de otros labios.
Y te he perpetuado
en los profundos
ojos de mis hijos.

En todas partes
he puesto
mi nombre
junto al tuyo.
En los árboles
y en los veranos
que llegan después
hasta las hojas.
Bajo los puentes
con los ríos
que se van
y ya no regresan
nunca más
al mismo sitio.
En el gallo blanco
de la nieve
que solía
cantar de pie,
con el alba
en el pico,
todos los días
del invierno
en mi simple
cabellera.
En los ojos
que alzan todavía
para mi
la suavidad
de su lenguaje
celeste,
y que también
te nombran
cuando de mi
platican
con los astros.
Yen la ceniza
de las calles
sin nadie.
a media tarde
de la noche.
En mi coñac,
grande y hermoso
como el alma
del fuego.
Yen las alas
del pájaro
que vuela.

En todas partes,
tu nombre.
tu gesto de gallarda
existencia, ronco y duro.

Y nunca,
en ningún sitio,
de ti una alegría en común.

Lo sé, y no lo digas,
que ya es amargo
el sabor de un hijo
triste.
Es cierto,
no se puede exigir
un gesto de felicidad
de una madre que sufre.

Tú lo sabes,
y yo también,
en esta noche de otoño
que te amo, dulce patria,
viendo también lo triste
que son las aguas
del famoso Danubio.

Duele menos estar solo

Creo
que duele menos
estar solo
con tu recuerdo,
bajo este cielo
duro,
bajo este viento
espeso,
bajo miradas
agudas
que preguntan:
“¿Por qué sufren
tus manos
en las tardes’?
“¿Por qué no vienes,
sin la hoguera
de su pecho
lejano,
y te diviertes
con nosotras?”

Poder
asirse el alma
sería eso.
Y renunciar
para siempre
al sitio
donde me espera
el viento
acariciando tus cabellos.

Lo sabes.

Contigo
no me cabe el mundo
en las venas.
Pero sin ti
soy demasiado pequeño,
para esta calle
de labios grises.
Créeme, tu ausencia quema,
alma mía.
Y tu recuerdo duele.
Ahora soy, por ejemplo,
el esqueleto
de una casa incendiada,
que se duele
en el fondo de la ceniza.
Y grito: “Llevadme llamas
con vosotras, a cualquier parte.
No me dejéis ardido
de escombros.
Llevadme, en vuestros lomos,
porque me duele
el calvariento recuerdo
de los pájaros que cantaron
en mi techo, por las tardes.”

Y solo pasa el humo,
frente a mis manos
que claman sin escuchas.

Así todos los días
amante mía.

Créeme, pero me duele
más tu recuerdo,
amor mío,
que mi vencida soledad.

El amor imposible

Largos años
ha guardado el mar
debajo de su corazón azul
nuestro amor invencible.

Ni tú ni yo
supimos cómo y cuándo
encendimos esta llamarada,
tan sólo tus labios y los míos.
tan sólo nuestros cuerpos
de violentos amantes
lo supieron.

Fuego y tormenta nos unieron.
Nos separaron fuego y tormenta.
Para no destruirnos mutuamente
destruimos todos los puentes,
quemamos todos los caminos
que tenían nuestras vidas.

Lentamente fuimos acercándonos uno al otro,
para apagar todo recuerdo,
para cerrar todo camino,
para impedir todo retorno
a lo que aún ardía de otros tiempos
en nosotros.
Duros meses, amargos días,
momentos de dolor infinito,
teníamos que atravesar
para destruir la obra
que en un segundo luminoso
surgía de nosotros más sólida y más fuerte.

Y sin embargo, debimos separarnos.
Paso a paso, golpe a golpe
fuimos derribando todo,
hasta que nos separamos
aquella tarde de invierno,
junto al, mar, al sur marítimo
de tu país que amo todavía.

Juntos entregamos nuestro amor al mar
para que lo guardara
en su pecho
de viejo enamorado.

Hoy estoy frente al Báltico.
Es un día cualquiera del otoño
más dulce y más triste de la tierra.
En sus mareas solitarias
oigo que me nombran tristemente
tus palabras lejanas,
mientras a los grandes ojos negros
de la noche que sufro
asciende nuestro amor
como una simple y clara llamarada
que nos busca ciegamente todavía.

En invierno, una mañana

Juntos
hemos despertado
esta mañana de febrero,
y nos ha sorprendido
tanto el nupcial
andar de las horas,
que ambos exclamamos,
¡está nevando recio!
Y luego sonreím0s
un beso.

Ha nevado
toda la noche,
dices, y seguirá
nevando
en mí
toda la vida.
El invierno
comienza a envejecer
y suavemente bella
es su blancura,
pero ya nunca,
será bella para mí la nieve,
si con ella se acerca
un solo segundo
tu partida.

Tu rostro es, entonces,
más hermoso que nunca
y a él cae, hondamente
mi ternura,
esta mañana de febrero,
en la ciudad nevada
de Berlín.

En tus ojos el Elba, todavía

Todo el día
ha agitado
el viento
tus cabellos,
vida mía.

Yo, mientras tanto,
veo cómo el Elba
fluye largamente
en tus pupilas.
Gris es el agua
del río,
y él baña
este día
la ribera callada
de tu vida y la mía,
fundando el recuerdo
de una tarde
que habrá de llegar
mucho después.
Gris es, sin duda,
el curso
anchuroso del Elba,
pero en tus ojos,
amor mío,
el río es azul,
azul,
azul ternura.

En lo alto,
las gaviotas
son la libertad.
Desde tu rostro
las miro
girar y volver,
ascender y descender,
y, a veces, se quedan
en un sitio cualquiera
oyendo un largo monólogo
que clama por el mar.

Yo las sigo
viendo
en el fondo
de tus gestos,
por costumbre,
muchos meses después.

El viento
no te deja en paz
los cabellos,
vida mía.

Tú, mientras tanto,
ignoras
lo mucho
que te amo
este día
junto al Elba.
Es tal vez
la última jornada
que estemos
junto a él.
Y tú, sin embargo,
hablas de nosotros,
como de algo
que estuviera todavía
por llegar.
Así de grande
ha de ser
tu deseo
de tenerme siempre
contigo.
Yo, como por descuido,
sigo viendo
el río en tus ojos,
amor mío,
y así hubiera querido
verlo todos los días
de mi vida.

Ahora hemos
llegado.
El viento
se desespera afuera,
amargamente.

Mis manos son,
entonces,
una voluntaria
acción de ternura
en tus cabellos.

Ya el Elba
quedó atrás.
Y ahora
estamos
bajo techo,
pero cuando te inclinas
sobre mí,
preguntando:
“¿Dime, qué te pasa?”,
mi rostro
se hunde sin respuesta
en el agua azul
que fluye de tus ojos
todavía.

Encuentro

Estábamos tan lejos el uno del otro.
Mares había entre nosotros.
Montañas y agua.
Fuego y viento.
Largos años
de oscura
desesperación
había entre nosotros.

Pero nos encontramos,
a pesar de todo,
porque la vida lo quería
ciegamente.

Intención apagada

Llego y toco una mano
y la mano que toco
tiene dudas.
Vengo y veo unos ojos
y los ojos que veo
tienen llanto.
Pregunto por nadie
y me responde la ceniza
con su enlutado lenguaje.
Y cuando quiero volver
corriendo locamente
hacia los ojos azules
que me llaman,
el alma se me enreda
en las torres de la muerte,
donde sombras amigas
abren sus manos
hacia el tiempo.
Digo luego una palabra
amable
y nadie escucha mi voz
acostumbrada al tulipán
y acostumbrada al viento.

Debo gritar, no hay duda.
Seguir gritando, reciamente
hasta que vengan ,a buscarme
para negarme la cascada
luminosa de la vida.

Miércoles en taberna

I
Juntos
hemos visitado
esta tarde
una vieja taberna
en las orillas
de Berlín,
amor mío,
y juntos hemos
visto,
desde dentro,
el inicio
afanoso
de la lluvia,
llenándose
de calle y ventana.

II
Todavía
oigo
ahora
cómo hablan
tus manos
con las mías
sobre nuestra mesa,
en donde un tulipán
recuerda
aún el alba
de su día más amargo,
y canta su color
sin ninguna reserva
de ternura,
seguro como está
que pronto habrá
dejado de vivir.
En las mesas
vecinas,
los hombres ríen
y cantan.
Cada quien
le da la forma
que quiere
a su alegría.
Una mujer,
sola y hermosa
bebe un tardo café,
mientras el sol
se impacienta
en el pecho
de su claro coñac.
Una pareja
de adolescentes
suaves,
siguen atentamente
el vuelo común
de nuestros labios,
vida mía,
y seguramente
no olvidarán
toda su vida
ese recuerdo.

III
Cuando salimos
de la vieja taberna,
el celo
de la lluvia y el viento
nos golpea hondamente
el rostro.
No damos importancia
a tal suceso,
porque aún ignoramos
que después
solo serán el viento
y la lluvia
los que nos acompañen
por el mundo
cuando la vida,
mi áspera vida,
nos separe.

IV
Ahora,
amor mío,
regresamos
al centro de la gran
ciudad.
Mientras tanto,
tu felicidad
se abraza
largamente con la mía
hoy, día miércoles
de junio,
en el Berlín que amo
y llevo en mí
porque en mí
también
residen para siempre
tus pupilas,
vida mía.

No estar contigo, se llama viernes

Era jueves
frente al mar.
en Wismar,
la ciudad
a cuyos píes
el Báltico
agota el esfuerzo
de su biología
convertida en gris
de frente.

Una mole
sin luna ni sol
era el pecho
del cielo lejano,
que también se inclinaba,
a lo lejos,
sobre el rostro
de las aguas
para besarlas,
suavemente musical
y solitario.

El otoño
ascendía a los árboles
y su canto desnudo
era una rama,
bajo cuya dimensión
sin hojas
eran más tristes
los vientos,
y más amables
las piedras y la hierba.

Habíamos caminado
sin hablar toda la tarde.
Después de las disputas
siempre nos buscaba el silencio
y era más difícil hablar
que amarnos sin palabras.
Detrás de nosotros
se había quedado tanto
paisaje y tanto beso.
Los lagos, el tren, el vino.
El hotel, los ríos, las estaciones.
Los pájaros, y siempre los pájaros.

En Wismar, te asombraron
los barcos tan inmensos,
tan pequeños, sin embargo,
que aún cabían en tus ojos.
No lo dije, entonces.
Sólo miraba hondamente tu azul
convertido en sorpresa.

Y ahora el mar, el Báltico.
Jamás había visto mi vida
tanto gris reunido, agitándose
a la altura de mi norte.

“Sabes, te dije,
me marcharé en diciembre”.
“Y ya me duele,
horriblemente,
el último día de noviembre,
en el cual comenzarán
solo diciembres para mi,
para este indio que tú amas,
amor mío.”

No dijeron nada tus palabras.
Heridas en su vuelo,
no alcanzaron a llegar
hasta tus labios.
Después, largo tiempo después:
“Vamos, dijiste.
Hace frío ya para los cuatro
y para esa flor sobre la arena,
tan parecida al cadáver
de una estrella.”

Este viernes
camino por las calles
de mi Guatemala,
la ciudad de la que tanto
platicaba contigo mi esperanza.
Una tímida llovizna gris
lo llena todo con su rostro.
Escondo bajo mi barato impermeable
unos boletines políticos,
que no se deben mojar nunca
sino con la vista de los hombres.
Levanto aún por costumbre
el cuello de mi cubrelluvias,
y nadie dice nada a mi lado.

En mi país se llama invierno
lo que en el tuyo verano.
Pero siempre hay sol
y nunca nieve en el aire.
Es viernes, y siempre será viernes
si tú no estás conmigo.

Pero aún seguimos imponiéndonos
al frío, y seguimos viviendo.
Y aquí, junto a la bandera que amo,
me iluminan todavía tus ojos,
amor mío.

Ofensiva del recuerdo

A Carmela

Amor, entonces el otoño
estaba en la punta de mis dedos.
Y fueron los climas de tu mano
recogiendo las hojas
hasta reconstruir el árbol
de mi vida.
Eras entonces un río azul, amor,
desembocando en mis semillas;
una mirada limpia
sobre la piel
que me contiene
y un puñado de besos
llevándome al calor
que aún necesitaba.
Entonces me sentí seguro
de ser más importante que la muerte,
que la soledad,
que la angustia,
que la opresión
y que todos los vértigos
en donde se encuentra el hombre
postergado como una cosa inútil.

Ahora sé, amor,
que siempre anduve asegurado
y que cuando el otoño
amenazaba destruirme
bastaba un gesto tuyo
para brotar
musicales
los frutos que mi canto
repartía con tus manos,
a todos los pájaros
que sueña la montaña…

Ahora sé,
que siempre adivinaría tu amor
hacia los niños que se nievan
aproximándose al otoño. Ahora sé, amor,
que siempre había caído mi frente
con la redonda frente del rocío.

Ahora sé,
que siempre hubiéramos navegado
con los ríos, bajo los puentes
que nunca se duelen de ser puentes,
a pesar del musgo y del invierno.

Hace cuatro años ya
que mis hojas
caen sobre tu pecho
y hace cuatro años ya
que son devueltas a mis ramas
con el sencillo ademán
del que se siente enamorado.

Aquel otoño, amor,
mi sueño vegetal
creció junto a tus manos
desde la base misma de tu risa,
y cada fruto de mi canto
tuvo el aroma de tu nombre
y la redonda ternura de tus labios.
Amor, ahora atiendo la sabiduría
que tus ríos enseñan a mis manos…

Pregunta

Me has preguntado
de qué lado
tengo el corazón,
ahora
que juntos caminamos
verano
por las calles de Schwerin.

Y yo respondo.

Muchas veces
dije
que lo tenía
en la izquierda,
alzado
como un lucero.

Y no recuerdo,
en verdad
haber dicho
que lo tenía sepulto
bajo mi práctica
derecha.

Ahora sé,
mi terrible
y dulce preguntona.
Mi corazón
está
en los juncos
azules
de tus ojos,
cantando desde ellos,
siempre cantando,
cantando.

Pasa el viento en las calles

Pasa el viento en las calles
igual que los enamorados
los tranvías y la vida…
Yo sé que la calle
tiene nostalgia de violencia
y que clama intachable en su deseo mi ventana,
pero la lluvia se aleja’ sollozando
como doncella excitada por un hombre desnudo.

Y el viento sigue en la ciudad pasando,
igual que los enamorados,
los tranvías y la vida…

Y yo antorchándome de nuevo el cuerpo
y parlando de frente con mi sombra,
junto a mis libros bohemios de lecturas,
acompañándome una lámpara
enemistada
para siempre con las sombras
y un reloj judicial que dicta
sobriamente
la muerte del diálogo y del tiempo.

Y sigue el viento en la ciudad pasando
igual que los enamorados
los tranvías y la vida,
arrastra un papel, levanta una hoja,
seca una lágrima de amor y asusta un beso
acompaña al triste hasta su casa,
le pone alas a la medianoche,
sopla cruel en las pupilas de la embriaguez
que agranda la sinceridad del hombre y de su anhelo
devuelve su risa al que reencontró su sueño.

Y sigue en la ciudad pasando,
igual que los enamorados,
los tranvías y la vida…

Tan solo mi dolor

Tan solo mi dolor
pregunta ciertas
cosas importantes.
Tan solo mi dolor
suele hablar contigo,
sin que nunca lo sepas,
sin que te duelan
los ojos o la voz.
Sin que tu sombra
me cubra con su cuerpo
lleno de hierba negra.

¿Dónde murió
tu primer beso?
¿Quién conserva
tu primer rostro?
¿En qué tacto
aletean todavía tus senos?
¿Por qué buscas
en la noche mi piel?
¿Por qué abrazas
la bandera que levanto,
con orgullo?
¿Por qué rehúyes
a tu gente por mi lucha?
¿Por qué se te muere
cristo en la pupila?
¿Por qué acudes
a luchar conmigo,
contra el odio y el hambre?
¿Por qué, pequeña burguesita,
te llenas de mi rabia profunda?

Amor, amor,
te duele más
de lo que tú te dueles,
sin que lo sepa tu dolor.

Tu madrugada, Patria

Así concibo yo a mi patria,
que otros la conciban como quieran

Anduve viajando
muchos años
por el mundo,
con el lucero
de tu nombre
en los ojos.

Y no hubo
una sola mañana,
que se fuera
sin algo de lo tuyo.
Cuando el alba
llegaba, ya estabas
repartiendo tus gestos,
extraños y lejanos,
desde la oscura colina
de mi rostro.

“¿Por qué la quieres
tanto, me decían,
si es amarga y cruel
como el alma de un basta?
¿Por qué, si es tan chiquita
y tan hambrienta, que en ella
a uno sólo le queda por delante
la ardua tarea de morirse?

Pero yo siempre respondía,
que te quiero tanto,
porque aún sumido en la tiniebla
oyendo el largo llanto
de tus hijos,
no puedo ignorar
que detrás de mí
comienza, en verdad,
tu madrugada.

Luego te alegrabas
en el fondo de mis ojos,
y volvías tu rostro
con ternura,
tal vez en busca ya
de los hijos
que están todavía
por venir.

Tulipanes rojos

A ti, Karen, que descubriste para mí
el mundo estupendo de las flores.

I
Ni el sol
ni la luna
trajeron
a mi alma
este día
tanta luz
como tus manos,
vida mía.

Hacía largo ya
que todo me decía,
los niños,
las palomas,
los tejados sin humo,
el paulatino
irse poniendo alegre
de la gente,
que éramos todavía
un poco de primavera
más jóvenes
que lo seremos
el próximo verano.

Pero faltaba este día,
sencillo y mucho como el mar,
para que en mí la primavera
comenzara, como siempre, a cantar.

II
Desde el piso donde vivo,
en esta calle Mendelssohn
del viejo Berlín,
he visto pasar
la vida
tomada de la mano,
alumbrada
por un anciano farol
que, según dicen los vecinos
más antiguos, nunca dejó de alumbrar,
ni aún en las noches más amargas
de la postguerra mundial.
Y desde aquí te he visto,
cuando cruzas la calle,
estupenda como el amor,
joven como la vida,
sencilla y noble
como el mundo socialista
donde vives.

Ahora,
de espaldas a la ventana,
la luz del farol
se regocija
seguramente en mis cabellos,
así como lo hace ya
en el fondo de tus ojos,
cuando hacia mí
avanza,
como un río en llamas,
tu cuerpo.

III
“Cierra los ojos”,
me dices
y te pones frente a mí.
Cuando los abro,
tus manos
sueltan a mis ojos
una bandada de tulipanes
rojos,
que le dan entonces
a mi alma,
la luz que no le diera
el sol
esta mañana,
ni la luz que la luna
y el farol
están pugnando por vivirle.

IV
Pecho adentro,
en los tulipanes rojos,
la primavera se alegra
cuando digo:
“¡Qué gesto más tulipán
has tenido este día,
amor mío!”,
y me quedo besando
hondamente
la bondadosa ternura
de tus manos,
mientras hundes,
de seguro,
lo azul de tu mirada
en el áspero abismo
de mi rostro.

Vámonos patria, a caminar

1. Nuestra voz.
2. Vamos patria a caminar.
3. Distante de tu rostro.

1
Para que los pasos no me lloren,
para que las palabras no me sangren:
canto.
Para tu rostro fronterizo del alma
que me ha nacido entre las manos:
canto.
Para decir que me has crecido clara
en los huesos más amargos de la voz:
canto.
Para que nadie diga:¡tierra mía!
con toda la decisión de la nostalgia:
canto.
Por lo que no debe morir, tu pueblo:
canto.
Me lanzo a caminar sobre mi voz para decirte:
tú, interrogación de frutas y mariposas silvestres,
no perderás el paso en los andamios de mi grito,
porque hay un maya alfarero en tu corazón
que bajo el mar, adentro de la estrella
humeando en las raíces, palpitando mundo,
enreda tu nombre en tus palabras.
Canto tu nombre, alegre como un violín de surcos,
porque viene al encuentro de mi dolor humano
Me busca del abrazo del mar hasta el abrazo del viento
para ordenarme que no tolere el crepúsculo en mi boca
Me acompaña emocionado el sacrificio de ser hombre,
para que nunca baje al lugar donde nació la traición
del vil que ató tu corazón a la tiniebla, negándote.

2
Vámonos patria a caminar, yo te acompaño.

Yo bajaré los abismos que me digas.
Yo beberé tus cálices amargos.
Yo quedaré sin voz para que tú cantes.
Yo he de morir para que tú no mueras.
Para que emerja tu rostro flameando al horizonte
de cada flor que nazca de mis huesos.
Tiene que ser así, indiscutiblemente.

Yo me cansé de llevar tus lágrimas conmigo.
Ahora quiero caminar contigo, relampagueante.
Acompañarte en tu jornada, porque soy un hombre
del pueblo, nacido en octubre para la faz del mundo.
Ay, patria,
a los coroneles que orinan tus muros
tenemos que arrancarlos de raíces,
colgarlos en un árbol de rocío agudo,
violento de cóleras del pueblo.
Por ello pido que caminemos juntos. Siempre
con los campesinos agrarios
y los obreros sindicales,
con el que tenga un corazón para quererte.
Vámonos patria a caminar, yo te acompaño.

3
Pequeña patria mía, dulce tormenta,
un litoral de amor elevan mis pupilas
y la garganta se me llena de silvestre alegría
cuando digo patria, obrero, golondrina.
Es que tengo mil años de amanecer agonizando
y acostarme cadáver sobre tu nombre intenso,
flotante sobre todos los alientos libertarios,
Guatemala, diciendo patria mía, pequeña campesina.

Ay, Guatemala,
cuando digo tu nombre retorno a la vida.
Me levanto del llanto a buscar tu sonrisa.
Subo las letras del alfabeto hasta la A
que desemboca al viento llena de alegría
y vuelvo a contemplarte como eres,
una raíz creciendo hacia la luz humana
con toda la presión del pueblo en las espaldas.
¡Desgraciados los traidores, madre patria, desgraciados!
¡Ellos conocerán la muerte de la muerte hasta la muerte!

¿Por que nacieron hijos tan viles de madre cariñosa?

Así es la vida de los pueblos, amarga y dulce,
pero su lucha lo resuelve todo humanamente.
Por ello patria, van a nacerte madrugadas,
cuando el hombre revise luminosamente su pasado.
Por ellos patria,
cuando digo tu nombre se rebela mi grito
y el viento se escapa de ser viento.
Los ríos se salen de su curso meditado
y vienen en manifestación para abrazarte.
Los mares conjugan en sus olas y horizontes
tu nombre herido de palabras azules, limpio,
para lavarte hasta el grito acantilado del pueblo,
donde nadan los peces con aletas de auroras.

La lucha del hombre te redime en la vida.

Patria, pequeña, hombre y tierra y libertad
cargando la esperanza por los caminos del alba.
Eres la antigua madre del dolor y el sufrimiento.
La que marcha con un niño de maíz entre los brazos.
La que inventa huracanes de amor y cerezales
y se da redonda sobre la faz del mundo
para que todos amen un poco de su nombre:
un pedazo brutal de sus montañas
o la heroica mano de sus hijos guerrilleros.
Pequeña patria, dulce tormento mía,
canto ubicado en mi garganta
desde los siglos del maíz rebelde:
tengo mil años de llevar tu nombre
como un pequeño corazón futuro
cuyas alas comienzan a abrirse a la mañana.

Amor, si fueras aire y respirarte

Y si fueras, Amor, vino y beberte.
Si fueras sombra para no perderte.
O si fueras camino y caminarte.
Amor, fueras cantar para cantarte.
Fueras hilo en mis manos y tejerte.
Que mi alimento fueras y comerte.
Si fueras tierra, Amor, para labrarte.
Si fueras para más que para amarte:
Amor, Amor, Amor, si fueras muerte.

Décimas

Manso remanso del río.
Estrella en el cocotero.
Tanta paz cabe en enero
para tanto dolor mío.
Tanto color. Tanto frío.
Cocotero con su estrella.
Camino con tanta huella.
El río con su remanso.
La hamaca con su descanso.
Y yo, aquí, solo, sin ella.

* * *

Pasaste como cantando
aquella semana aciaga.
Tú me curaste una llaga
que se me abrió no sé cuándo.
Ya me estaba acostumbrando
al calor de tu cintura,
a tu caliente ternura
y a tu modo de besar.
Pero te empecé a olvidar
con dolor y sin premura.

* * *

No sé qué casualidad
te trae hoya mi recuerdo.
Pero te busco y me pierdo
y sigo en mi soledad.
Sé que es una necedad
querer volver a la infancia
como es, en última instancia,
algo tan torpe y tan fútil
llamarte, porque es inútil:
ya te tragó la distancia.

Hola

Tú, que vienes caminando
desde el fondo de mi vida;
que traes como bandera
la música de tu risa;
tú que en tus ojos escondes
lo que mi alma necesita;
tú, que en mi pecho has vivido
por años como dormida
y hoy me despiertas de golpe
hasta que no da cabida
mi pequeño corazón
para esta explosión de dicha.
Eres el río al que quise
ponerle diques un día.
Hoy que subió tu corriente
ya no hay diques que resistan.
En la casa de mi pecho,
en mi sueño y mi vigilia,
en las calles de mis manos,
en la ciudad de mis días,
en la patria de mis pasos
y en el país de mi vida
ven, entra y manda: es tu reino,
tu victoria, tu conquista.

Quinto

Nada de ésto es así.
Esta no es nuestra tierra.
Ni ésta ni cualquier otra ni el agua.
Yo soy un desterrado.
Todavía mi espalda tiene dolor de alas.
Nunca podré aprender a tocar las monedas:
Se palpan
se acarician,
se toman fieramente,
¿o se les busca algo?
Yo soy un desterrado,
un extranjero,
un intruso que se halla entre nosotros
con un martillo absurdo entre las manos
y un impulso distinto
que me lleva
por camino contrario.
No soy de aquí.
No sé de dónde vine.
Y no sé a dónde voy.
No me gusta.
Nada de ésto me gusta.
Me irritan vuestras caras de organismo.
Me molestan estas vuestras palabras que ahora uso.
Nada de esto me gusta.
¡Quién me obliga a necesitar de esto que no me gusta?

Mirad,
vengo a deciros,
¡pero no!
¡Qué nos importa!
Yo no soy de los vuestros.
Todavía mi espalda tiene dolor de alas.
Y vuestras rabadillas tienen dolor de colas.
Yo fui un ángel, primero;
después, fui un gran silencio
y un día seré Dios.
Vosotros fuisteis micos
y seguís siendo micos.
Después seréis gusanos y excremento.
¡Os excomulgo de mi credo limpio!
¡Os destierro del cosmos que sostengo!
¡Os clausuro la entrada de la vida que vivo!
¡Os expulso de todo!
Y sin embargo sigo entre vosotros,
y usando las palabras de vosotros,
y usando las palabras de vosotros.
Compartiendo temores y miserias
hambre, muerte, cansacio-
que no van con mis alas.
Yo soy un desterrado.

¡Pero algún día volveré a mi reino!

Retrato de la ciudad

Aguja de una iglesia que se eleva
con esa clara unción de la plegaria.
Árbol con golondrina necesaria.
Parque: almendro que músicas renueva.

Ansiedad de un crepúsculo que lleva
los tintes de una sangre temeraria.
Calles con rectitudes de araucaria.
Sudor, contra-quejidos en la gleba.

Heroica por la sangre de sus manes,
por su pecho de ardiente fumarola
y su raza de auténticos titanes.

Santa Ana es una flor en su corola
con pétalos de cerros y volcanes.
Santa Ana, para mí, se llama Lola…

Retrato de pie

Base de tu figura es tu pie breve
y porque en él se inicia tu estatura
lo encuentro de principio en tu figura,
como el agua es principio de la nieve.

Se me interna en alma su blancura
su peso musical de alondra leve:
en tu huella permíteme que lleve
el cimiento inicial de tu estructura.

Amalgama del iris y la cera.
Alpha, comienzo de tu recorrido.
Armonía perfecta de la espera.

La actitud de tu pie -como dormido-
llenándome de luz me desespera
y un beso se me escapa en su sentido…

Séptimo

Tus nobles manos buenas.
Tus manos dulces sobre mi veneno.
Qué llamas tibias, compañera,
entre agujas de invierno.
Qué dos brasas serenas.
En ellas el milagro que sólo mi alma y yo sabemos.
El cielo limpio en ellas.
Pósalas, compañera, como dos alas médicas
sobre el turbio hemisferio
de mi cabeza.
Sobre el dolor que tengo
de no ser Dios y sobre mis tormentas,
posa tus manos dulces de silencio,
quietas de amor, grávidas y eternas.
Siembra la fe en mi frente igual que un trigo bueno
con tus manos morenas.
Puerto de paz tus manos en mi pecho.
Como dos puertos son, como dos puertas
luminosas al cielo
que siempre están abiertas.

Soy el marino loco, ebrio de viento.
Vengo del mar oscuro, compañera.
a sal me sabe el sueño.
Traigo las manos viejas.
Soy tu marino amargo que vuelvo de los mares de los muertos
con la proa encendida y encendidas las velas
tras apagar los fuegos de San Telmo.
Vengo a tus manos plenas,
a tu profundo pecho
terrestre y generosa, compañera.
Vengo
al puerto de tus manos que es la tierra
firme en que tengo
hijo y cosecha,
amor, fuego
de hogar, semilla plena,
jubiloso arado, pecho tranquilo y fuerte, raíz, suelo,
agua clara y noble sal para mi mesa.
Y limpio, casto don para mi lecho.

¡Qué llamas tibias, qué brasas serenas,
qué dulces alas de sereno vuelo
tus manos en mi alma, compañera!

Queda mi arboladura en este suelo.
Mi ancla en esta tierra.

Tengo ganas de un poco de entusiasmo

Tengo ganas de un poco de entusiasmo
que no siento hace tiempo.
No sé por qué no sabe a nada vivo
ni el mes, ni la avenida, ni la luz, ni el orgasmo.
En realidad también tengo la culpa
y me declaro honestamente reo de una gris negligencia
que por todo mi cuerpo se pasea
y que de todo mi fervor disfruta.

Pero, además, declaro
que han entrado en mis días muchas gentes
armadas de agresivas pasividades turbias
y han saqueado mis horas una a una
hasta dejarme sólo esta inopia profunda.

Han tomado mis sueños,
mis molares,
mis palabras usuales
y mis vísceras.
Con mis ideas han envuelto carne
y ropa sucia con mi vida íntima.

Protesto.
Yo protesto.

Tengo ganas de un poco
de entusiasmo tardío y trasnochado,
del estricto, del justo y necesario
para morir mi almuerzo.

Toda tú

Toda tú eres santuario,
toda blanca;
se ha llenado tu cuerpo de designios.
Tienes la santidad de la esperanza
y la paz
generosa
de los lirios.
Toda tú eres milagro,
das tu lecho
de altas arenas
al naciente río;
enciendes en tu sangre
el claro fuego
y con tu carne pueblas el vacío.
Toda tu,
fervorosa,
temerosa,
frente a tu propio territorio vivo,
junto a los ventanales de tu alma,
bajo la blanca sombra de tu espíritu.
Toda tú,
niña,
blanca,
inmaculada,
santificada en el minuto limpio;
más mujer que la tierra,
más fecunda,
innumerable y grave
como un libro.

Cimiento de las horas,
silenciosa;
vértice de mi amor,
toda camino,
toda
inmanchable altura,
toda tiempo,
inflamada de vida,
toda
río.

Barro pleno

Encinta de sol,
colmada de tu barro limpio y firme
vas trasmutando mi cuerpo
en viva flor que destila rocío tras tu ruta.

Vegetal,
el temblor de mis dedos
trenza cuencas azules
y transitan por tus ojos
leves hiervas de fiebre
y fértiles vagidos que me anuncian.

Matriz plena de sol, de Ti,
cuando gritas que mi cuerpo
es un cáliz de substancia amanecida;
de tus manos
cuando aullan tus dedos
y mi piel tan suave…

Matriz de cauce pleno:
…Ni siquiera una rosa colmaría tu abismo
si este sol que te llena se perdiera
en el azul de un ángelus tardío.

Del inédito milagro

Yo pondré la esperanza, hermano.
Caerá en tu frente,
en tus axilas,
entre el músculo fuerte
y la coraza que te cubre las arterias.
Te nacerá entonces una rosa sobre el pecho
y volcará el horizonte su distancia
para juntar su infinitud silvestre con el cielo.

Y viviremos en tu rosa,
de su espina congelada y dura
que nos hará firmes como robles;
de su perfume,
alba pequeña,
predestinada esencia y transparente fuego;
de su rocío, cuando el agua falte
a nuestras heridas taciturnas,
cuando la sequedad de nuestras manos
clame por el vino de los racimos dadivosos.

Tu rosa
mi rosa,
escribirá llameantes taumaturgias,
cuando el cielo llueva luceros de miel
y titilen luciérnagas de harina.

Tu rosa estallará desde la aurora
y unirá su fuergo con mi fuego
con mi pupila que lloró
para sembrar la rosa de tu pecho renovado.

Dulcenombre

No supe que mi padre
tenía hojas en las manos,
hasta que verde vi
la plenitud lunar
de sus dedos
que troncharon, cotidianos,
la estrella -pan que nos alumbra
la boca y la garganta.

No supe de sus yemas jardineras,
hasta que florecí como llama angustiada,
anunciación, agua o frío,
como maíz o como miel tan sólo.

No supe que mi padre
tenía clorofilas
en sus diez uñas vegetales y firmes,
hasta que descubrí la igualdad
del rocío y el torrente,
el temblor de la rosa y sus espinas;
hasta que comprendí que nardo y pena
son un mismo binomio de ternura;
hasta que mordí,
con dentelladas de fulgor acaso,
el trabajo nutricio de las cosas,
los días o las horas.

Hoy,
cuando siento que sus manos
son más hoja, más árbol,
más flor que tiempo y carne,
pongo su semilla verde
en esta dura tierra
que me cubre las venas
por donde corre un insomne suspiro
de luz y llanto nuevo.

Marzo, fuego de vigilia

(A los mártires de 1962)

Marzo, tilitante responso
viejo y ensombrecido clavel.
¡Qué multitud de ojos desgarrados
reflejan aún tus amapolas!
¡Qué avalancha de voces
hace rugir la delgadez callada de tus ríos!
¡Cuántas sombras errantes hieren
tu adorada canícula de siglos!

Marzo, dura crin,
cristal de turbia llamarada.
Madre, que tu hijo no esconda su lágrima,
que no niegue su cruz,
que no oculte el arado;
de llanto, cruz y tierra
nace la espiga jubilosa
y el maíz inmaculado del mañana.
Marzo, taciturna gaviota
ilímite fragancia enardecida.

Amado, un pájaro tira su sombra
en la ventana.
Su tibia voz inmóvil
guarda el temblor
del equinoccio muerto.
Deja que atisbe la ventana:
Marzo está ciego
bajo su misma luz dorada.

Marzo, pleamar de la angustia,
rosa de espinas duplicadas.
Me duele atravesar tu sombra hirsuta
y respirar tu aroma enmohecido.
Duele palpar tus rosas
de vigilante espuma negra.
Marzo, ola de espera,
bendito fuego renovado.
Me duele tu vientre envilecido.
Muerdo la voz que niega tu espranza.
Visto dolores transitorios:
honda forma de amar y esclarecer
tu tardía primavera,
tu rocío de cúspides heladas.
Marzo, ritual inconmovible,
¿qué clamor cabe entre el rocío y tus palabras?
¿Qué viento insigne mirará tus cenizas sepultadas?

Muñeca en vitrina (Fragmento)

Estoy aquí
-mirando sin mirar-
a las niñas que suspiran
por mecerme en sus brazos
renovando el sarcasmo
de las cortas ideas y los largos cabellos
y sin embargo la fábrica
no me dió las lágrimas
ni la ira
para llorar con ellas
esta afrenta de siglos.

Desde mi mundo
irremediablemente inverosímil
rodeada de abalorios
y amigos sin raíces
me aferro al tiempo
sin saber que existen los relojes

Estoy aquí
-mirando sin mirar-
recorridos vacíos de señales,
tropiezos, gestos sin historia
renovados laberintos
donde la gente y los autos compiten
con la lógica fría
de un semáforo en rojo.

Estoy aquí
-oyendo sin oír-
las voces absurdas de los claxones
el llanto inerme de los niños
la frívola sustancia del negocio
el susurro
la palabra soez
la cita presentida
el ahogo indeleble del que pide
o despoja por hambre.

Y miro sin mirar
-en mi vitrina-
el viejo péndulo
que amarra la palabra
de este cuerpo sin alma
que solloza.

Nos habita el paraíso

En nuestros templos
habita el paraíso
profundo y claro
en la oquedad que dejan
los besos
y el temblor de espasmos milenarios
el fuego es apenas un roce
en la curva del tiempo
un trecho recorrido
en algas,
tibiezas y recuerdos.

Nos habita el paraíso
ungido de fragancias
tatuamos en la piel
arcángeles inermes
y dejamos así
-balsa y fuego-
las próximas estrellas de quietud
en la memoria.

Orilla redentora

¿Dónde
si no en el beso,
encontraremos la orilla redentora?

Leve espada
anida y combate
compartiendo la savia
que deviene en torrente.

Uva frugal.
Ayuno de antiguas plenitudes.
Agua y jugos
humanamente turbios
coronan
sin laureles
la puerta vital del paraíso.

Besos de eternidad
marcando territorios,
colinas,
cavidades.
Antorcha en la balsa.
Lengua y labios
avanzan
en lúbricas saetas
hasta la vieja orilla
que redime
la irreverente ambigüedad del paraíso.

Otra vez el amor (1)

Todo lo dulce y amargo
brotó de un solo instante:
tiempo espacio
sacrificados
al día que llegaba entre cenizas.

Visión, su luz, para vivir.
Cerrazón, su luz, para no saber vivir
sino atada a las manos
que escribieron la primera
y la última palabra.

Abarqué en la penumbra
todas las primaveras,
los soles,
los diminutos puntos de fuego
de todas las esquinas
y los puertos;
de todas las hogueras
que llamean
en la sombra que me cubre.

¡Todo el mar no bastó
para dejar sin huella
el breve trigo que dejó tu beso!

Otra vez el amor (2)

En sus manos,
en mi piel, Edipo vuelve.

Niño casi
levanta la mirada
y aspira polen
de lunas renovadas.

Hombre casi
tiembla y solloza
hundido en terrenales simas,
desconocidos fuegos.

De sus ojos
a mis pies, Edipo resucita.

¡Cuánto tiempo rompe
en olas de fría certidumbre,
el alba y el sol
que consagraron
sus manos y mi piel!

Otra vez el amor (4)

Si intentaras abarcar
con la mirada
toda la tempestad
que nubla mis sentidos,
tú -pequeño dios errante-
dudarías entre el llanto
y la rabia
de tus ojos vencidos.

Y acaso,
náufrago indeciso,
querrías compartir mi tempestad,
en este universo donde el calor
y la furia de mis besos,
te dejaran -apenas-,
sensación,
olor,
quietud de olvido…

Otros poemas (6)

No puedo saber
si tu muerte
hirió la arena y el musgo
del pasado.
Ávido,
te cubriste de tiempo
con una espada
de odios y silencios.

Cardo tu corazón,
hiel tus ojos,
filo enhiesto y amargo
las manos
que apretaron la sal,
de tus playas
y el surco
de tus lágrimas tardías.

Agua, musgo y arena
para tu corazón vencido:
viejo manto de angustia
que arrasa aun de tempestades
el silencio
y la luz de las estrellas.