A la poesía

Arrivée de toujours, quií ′en iras partout.
Rimbaud

Persevera, persiste con nosotros
pese —ya ves— a la miseria
que hicimos de esta vida.

Aunque la errancia sea
tu única morada, y tu destino,
como el nuestro, un enigma.

Arco y flecha, arca de tiempo
con nuestra llama y ceniza,
no desistas, persevera,

que sólo al paso de tu voz
nos despiertan y bautizan
los nombres de esta tierra.

Celebraciones

Unimos una puerta, una ventana
y cuatro pensativos
y ya tenemos un cuarto.
Un cuarto es sin duda el sitio
donde mejor se oye llover.
Las tres revelaciones del cuarto:
un fantasma, una araña, la mujer.
La que a la mesa nada dijo
se lo dice con lágrimas al cuarto.
Tu cuarto es más íntimo que tu pasado.
En el bosque los nidos
y en la ciudad los cuartos.

*

Alta decidora de presencias.
Cría por los pasillos
orejas que súbitamente vuelan.
La soledad transparenta su verde corazón.
Se estremece en el viento
como nosotros en el temor.
Como nosotros, es una frontera
(pues entre vida y muerte, odio y amor,
¿qué somos nosotros sino una frontera?).
Sí y no, como nosotros: la puerta.

*

No echa raíces como el armario
la silla que sólo se posa corno los pájaros.
La silla era un ave de ala portátil
y vuelo escaso (sobre los hombros en fiesta
pasaba la silla como una cigüeña).
Con viento y papeles es ya palomar.
En los velorios nadie alivia más que la silla.
Encapucha con una camisa
amanece la silla.
Tarántula erguida en la penumbra la silla.
La silla espirita junto a la mesa.
Como el poema, la silla es un atado de líneas.
La silla sostiene al que escribe estas líneas.

*

A mis hermanos

La mesa bajo el poema sobre la mesa.
No se encabrita como la silla
que a veces cocea.
Mansa como la oveja la mesa.
En la mesa se encuentran el higo y el pez.
Como al principio sus senos
la madre después la mesa.
Dos veces al día doblaban las voces
llamando a la mesa.
El pan, el caldo, el choclo,
se recibía en la mesa.
Crecer fue faltar poco a poco a la mesa.
Y se fue, como un astro, apagando la mesa.

*

Igualita que la nuca del bebé que se bautiza
bajo el agua de la pila: la lechuga.
En el pecho, más tranquila que el conejo, se acurruca.
En la mesa se reparte como en besos al final la bailarina.
Si trituran a la papa, a la lechuga descuartizan.
Un bostezo indica exactamente por dónde se fue la lechuga.
Más que a Dios, gracias a la G, la lechuga no es lechuza.

*

Sin los caprichos del agua
ni la brusquedad de la sangre
fluye el vino.
Líquido escapulario contra el desánimo
el vino es algo que nos sucede:
Una ¿lanza de palabras o una danza,
un estar entrañablemente compartido.
Con el vino la noche es un alcázar
y charlar una antigua felicidad.
Maternal es la leche, y el vino: fraternal.

*

No cuatro patas como el camello sino
cuatro patas como el gamo tiene el perro.
Y una sola cabeza
y no dos o tres caras como su amo
(el Cancerbero es una típica
deformación humana del perro).
Por el bosque salta el perro
persiguiendo mariposas, el poema motivando.
A su nombre, arrojado como un hueso, se detiene
y, culebreándole la cola,
la confianza le establece paz en las orejas.
Conducidos por el perro, el amo y el poema sobre el perro
se internan sabiamente en el silencio.

*

Ondulante como el lomo de silencio
que la flauta ahora mismo ondula.
Recorrido -más que visto- largo oscuro
y al final: dos faros amarillos.
Familiar como el perro
pero siempre extraño.

Ausente de público mármol
-no épico como el caballo-
orquestó sin embargo los delirios
del huérfano de Baltimore.
Vaporoso a la memoria y fatal a la botella
al pasar por el armario.
Y en la mesa ahora (¿desde cuándo?)
silencioso como luna: el gato.

*

Eso, en el valle a lo lejos, no es una cabaña.
Eso, en el valle a lo lejos, es la vaca.
Paz forrada de viento: la vaca.
Agua y nieve el cielo
y la vaca: leche y queso.
La vaca está comiendo para eso.
Ajena al tiempo
y a lo que pienso de la vaca,
está la vaca.

*

Una misma fluidez por la llanura: el río y él.
Negro bajo las nubes que lo figuran: él.
Sangre en el viento: caballo él.

Deshora

polvo serán, mas polvo enamorado.
Francisco de Quevedo

La cercanía infranqueable entre sus cuerpos.
Un puente de miradas donde se cruzan
y se separan.
En sus labios:
un vaivén de palabras o de silencios
—no la lenta fragua del beso.
No el hondo goce
ni la dicha tersa
de las desnudeces enlazadas:
sólo el roce eléctrico
de los muslos que se adivinan.

Sólo el asombro de conocerse
en la esquina
de los tardíos encuentros.

Y el sueño donde quizá se poseen
al lado
de otro cuerpo que duerme.

Y el carbón del deseo
que ha de volverse sin duda
puro diamante

al precio de no haber sido nunca
los dos el mismo leño
la húmeda llama
en el lecho
de esta única vida.

Indagación

mom semblable, mon frére.
Baudelaire

De qué herida vendrá el que te hiere.
Así, tan de filo, lujosamente.

De cuánta hambre o sed.
De qué adolescencia
humillada. De qué niñez
a golpes enterrada.

De qué piel perdida
o inútilmente deseada.
De qué desnudez
cortante como navaja.

De qué herida reciente
o lejana. De qué roto sueño.
De qué pronta muerte.
De qué primer muerto.

De qué, de quién vendrá a herirte
como si fueras un dios;
tú, tantas veces herido,
y tantas —como él— heridor.

Moreliana

Recorriendo taciturno
las calles de Morelia,
recién abierta
la tajante
herida de tu ausencia,
me pregunto
a quién nombran,
ya vacantes,
los nombres de los muertos.
Pájaros huérfanos
sin el árbol del cuerpo,
sin más vuelo
que el inmóvil del recuerdo
¿a quién nombran?
Dime tú:
a quién nombra ahora tu nombre
que se queja en nuestro pecho,
Jorge Manzur.

Para un adiós

Un abrazo y palabras entrecortadas
habrán dicho el adiós increíble.
Y entre tu cuerpo y el mío
manará sin cesar la distancia.

Como se apela a una hierba mágica
para sanar del mal de ausencia,
escribiré entonces estas líneas.

Y si el tiempo que une y que separa,
lo entrega un día a tu mirada,
léelo, mas no vuelvas la cara.

Hermosa y feliz en tu presente,
no cometas el error de Eurídice;
que yo, al recordar tu dulce voz,
cuidaré que me aten como Ulises.

Razón ardiente

a Nazri

París, invierno de 1980
Queridos pájaros ausentes
Barrios de nieve
Pinos
Pacientemente sentados
Desde la penumbra de un cuarto
A la luz de la lámpara
Solitaria
Como la Khiswara en el Altiplano
Inclinado sobre la página
El vertiginoso pasado
La infancia apenas un eco
Un silbido lejano
un río
De rostros distantes
O muertos
La patria:
Un río de nombres ensangrentados
No héroes ni hermanos:
Corderos sacrificados
Al buche de topos feroces
Renacerán con su pueblo
(¿Cuándo?)
Cae la nieve
nieva silencio
Así ha de nevar —ya está nevando—
También el olvido
No escribo para abolirlo
Para nosotros escribo
Elizabeth Peterson:
Nunca tendremos un hijo
En tu vientre hermoso
La cicatriz
Brillaba como un castigo
Y éramos inocentes
éramos dichosos
Ahora mismo recuerdo cómo
Del bosque dormido del diccionario
Una mañana de pronto
Tus labios finos me regalaron
Una palabra:
Mirabilia
Las cosas no son un misterio
Son un obsequio
Vivir
Prodigio de nuestros muertos
Elizabeth Peterson
al separarnos
No me fui solo: me fui contigo
En mi país ya era otro
mirando
El alba entraba a cuchillazos
En el cerro de Urkupiña
Sudor y plegaria
golpeaban
La roca de la injusticia
No se quebró para los pobres
(¿Se quebrará algún día?)
Armadas de su hambre
Cuatro mujeres
estrellas matutinas
Rompieron la noche de siete años
Nos abrieron el camino
Y no supimos caminarlo
¿O no pudimos?
17 de julio
Bajo un cielo purísimo
Envueltos en el impío
Polvo de la codicia
Llegaron los tenebrosos
Y un árbol joven que cae
El sacrificio
Del que dijo verdades
Y un pecho unánime el numeroso
De los que nunca dijeron nada
Recuerdo:
El miedo royendo las casas
Avergonzada de su cuerpo
El alma
No sabía dónde esconderlo
Cuerpos almas
Profanados por la saña
El resentimiento
Familias arrojadas
A las playas del exilio
Las únicas que siempre tuvimos
Nos falta
mar
interior
Queremos ídolos
Ignorar que somos divinos
Nuestro pecado mayor
Sopla el tiempo Brota el sol
La primera paloma: Primavera
Pinos gloriosamente sentados
Por la escalera en caracol
Bajas cantando
No hay más ascensión que hacia la tierra
Contigo baja la luz tintinea
en la tetera
Por calles y plazas nos lleva
Moviendo piernas brazos caras
—La muy traviesa titiritera—
A orillas del río se acuesta A tu lado
un viento adolescente
A punto de urdir pájaros
Se detiene
pasa
Un verso de Heráclito:
Nombre del arco: vida
Obra del arco: muerte
El viento recomienza
faldas risas de mujeres
Se desvanecen
Todo es tránsito
Como el Sena y el Choqueyapu
La luz se va lentamente
En tus ojos recojo sus agonías
Sus éxtasis
Allá es mediodía
Estarán poniendo la mesa
Y comerán solitarios
Con ellos estamos
Pese a la ausencia
Verde
Una luciérnaga:
Rosario de ocasos y amaneceres
La noche entra
Enciende astros y sexos
Los muertos se siguen muriendo
¿No hay sentido sólo término?
—No hay pregunta bien hecha—
La vida es un entierro
Y una fiesta
Orfeo
orfeón
orfebre
Canta goza bebe La copa
la copla
la cópula del universo

París, primavera de 198

Saint-Jean de Luz

Las velas de las barcas
atadas a los mástiles
como vírgenes mártires
en la hoguera del día.

Transcurren desfallecidas,
estatuas de sal, exánimes,
ajenas a las sucesivas
voces de las suplicantes.

Invisible sobre las aguas,
por donde nadie parecía,
verbo puro, sin estampa,
el viento como un mesías

las toma entre sus brazos.
Impetuoso, las reanima,
como a nubes las hincha,
las colma de entusiasmo

y parte con ellas, de prisa
-¡oh hambre de ser!- cortando
en finas rajas de brisa
el pan fresco del espacio.