Aeternum vale

Un dios misterioso y extraño visita la selva.
Es un dios silencioso que tiene los brazos abiertos.
Cuando la hija de Thor espoleaba su negro caballo,
le vio erguirse, de pronto, a la sombra de un añoso fresno.
Y sintió que se helaba su sangre
ante el dios silencioso que tiene los brazos abiertos.

De la fuente de Imer, en los bordes sagrados, más tarde,
la Noche a los dioses absortos reveló el secreto;
El Águila negra y los Cuervos de Odín escuchaban,
y los Cisnes que esperan la hora del canto postrero;
y a los dioses mordía el espanto
de ese dios silencioso que tiene los brazos abiertos.

En la selva agitada se oían extrañas salmodias;
mecía la encina y el sauce quejumbroso viento;
el bisonte y el alce rompían las ramas espesas,
y a través de las ramas espesas huían mugiendo.
En la lengua sagrada de Orga
despertaban del canto divino los divinos versos.

Thor, el rudo, terrible guerrero que blande la maza,
-en sus manos es arma la negra montaña de hierro,-
va a aplastar, en la selva, a la sombra del árbol sagrado,
a ese Dios silencioso que tiene los brazos abiertos.
Y los Dioses contemplan la maza rugiente,
que gira en los aires y nubla la lumbre del cielo.

Ya en la selva sagrada no se oyen las viejas salmodias,
ni la voz amorosa de Freya cantando a lo lejos;
agonizan los Dioses que pueblan la selva sagrada,
y en la lengua de Orga se extinguen los divinos versos.

Solo, erguido a la sombra de un árbol,
hay un Dios silencioso que tiene los brazos abiertos.

Amor de otoño

(fragmento)

¡Un sol de otoño, señora mía
Un sol de otoño que envidiaría
la primavera del Mediodía.

También los valles visten de fiesta
cuando sus rayos doran la cresta
de la cercana colina enhiesta;

cuando se esparcen por la campiña,
sobre las ramas en donde apiña
su ardiente fruto la fresca viña;

cuando en las frondas el viento ruge,
gime y jadea, y al rudo empuje
la frágil rama vacila y cruje.

A nuestras plantas, que van inciertas
y al azar cruzan calles desiertas,
se precipitan las hojas muertas.

Pasó la suave melancolía
de la mañana. ¡Ved qué alegría
flota en el aire, señora mía!

¡Naturaleza tres veces santa
¡Himno de fuego que el sol levanta
y amor que en todas las cosas canta:

Amor… ¿Oísteis…? Amor. ¿Acaso
no véis cómo arde todo a su paso?
Amor de otoño que huye el ocaso.

Dejad, señora, que un breve instante
pose mis labios, como un amante,
en el extremo de vuestro guante.

Como un amante que ve de hinojos
la maravilla de vuestros ojos,
de vuestros labios frescos y rojos;

como un amante que fuera un niño
que pide, en premio de su cariño,
la flor que adorna vuestro corpiño.

¡Si me la diérais…! ¡Quién sabe…! Un día
tal vez formase la gloria mía,
pues como un niño la guardaría.

¿Dudáis? No en vano mi labio jura,
júroos, señora, que mi ventura
fue una caricia fugaz y pura.

Tan fugaz, tanto, que no soy dueño
de su memoria, y es grave empeño
saber si todo no ha sido un sueño.

Y nada, acaso, más hondamente
que ese recuerdo turba mi mente,
hiere mis ojos, nubla mi frente…

(Ved ese palio de enredaderas:
sus blancas flores son las postreras
y en ellas viven las primaveras;

bajo sus hojas el sol no brilla;
ofrece un tronco rústica silla.
Cerrad, si os place, vuestra sombrilla.)

Caricia…, sueño… La historia es breve…
Mas, ¡quien a hablaros de amor se atreve
si en él es fuego y en vos es nieveI

Frío de nieve pasa por esos
labios inmóviles, nido de besos
por repentinos desdenes presos…

Jamás, señora, la ley se infringe;
pasión, desvíos o celos finge,
pero su enigma guarda la Esfinge.

Y hasta hoy la clave no he descubierto,
y ya mi barca se acerca al puerto…
las playas solas… el mar desierto…

El alba

Las auroras pálidas,
que nacen entre penumbras misteriosas,
y enredados en las orlas de sus mantos
llevan jirones de sombra,
iluminan las montañas,
las crestas de las montañas rojas;
bañan las torres erguidas,
que saludan su aparición silenciosa,
con la voz de sus campanas
soñolienta y ronca;
ríen en las calles
dormidas de la ciudad populosa,
y se esparcen en los campos
donde el invierno respeta las amarillentas hojas.
Tienen perfumes de Oriente
las auroras;
los recogieron al paso, de las florestas ocultas
de una extraña Flora.
Tienen ritmos
y músicas armoniosas,
porque oyeron los gorjeos y los trinos de las aves
exóticas.

Su luz fría,
que conserva los jirones de la sombra,
enredóse, vacilante, de los lotos
en las anchas hojas.
Chispeó en las aguas dormidas,
las aguas del viejo Ganges, dormidas y silenciosas;
y las tribus de los árabes desiertos,
saludaron con plegarias a las pálidas auroras.
Los rostros de los errantes beduinos
se bañaron con arenas ardorosas,
y murmuraron las suras del Profeta
voces roncas.

Tendieron las suaves alas
sobre los mares de Jonia
y vieron surgir a Venus
de las suspirantes olas.
En las cimas,
donde las tinieblas eternas sobre las nieves se posan
vieron monstruos espantables
entre las rocas,
y las crines de los búfalos que huían
por la selva tenebrosa.
Reflejaron en la espada
simbólica,
que a la sombra de una encina
yacía olvidada y polvorosa.

Hay ensueños,
hay ensueños en las pálidas auroras…
Hay ensueños,
que se envuelven en sus jirones de sombra…
Sorprenden los amorosos
secretos de las nupciales alcobas,
y ponen pálidos tintes en los labios
donde el beso dejó huellas voluptuosas…

Y el Sol eleva su disco fulgurante
sobre la tierra, los aires y las suspirantes olas.

El himno

Bebe ¡oh Dios! Entre los bosques, al través de la espesura,
los feroces jabalíes han huido,
y en la mitad de su carrera puso término a su insólita pavura
rayo ardiente y luminoso, de mi aljaba desprendido.

Bebe ¡oh Dios! Para tu copa dieron mieles las abejas
de los huertos del Palacio blanco y oro;
ya del Lobo y la Serpiente la medrosa vista alejas
y vierte la lengua de Orga su sacro raudal sonoro.

Cuando tu aliento se cierne sobre el campo de batalla,
ríe el guerrero a la Muerte que le acecha;
si en el espacio infinito, con el trueno, tu potente voz estalla
se hunde en el cuello la lanza y en el corazón la flecha.

Entre la fronda

Junto a la clara linfa, bajo la luz radiosa
del sol, como un prodigio de viviente escultura,
nieve y rosa su cuerpo, su rostro nieve y rosa
y sobre rosa y nieve su cabellera oscura.

No altera una sonrisa su majestad de diosa,
ni la mancha el deseo con su mirada impura;
en el lago profundo de sus ojos reposa
su espíritu que aguarda la dicha y la amargura.

Sueño del mármol. Sueño del arte excelso, digno
de Escopas o de Fidias, que sorprende en un signo,
una actitud, un gesto, la suprema hermosura.

Y la ve destacarse, soberbia y armoniosa,
junto a la clara linfa, bajo la luz radiosa
del sol, como un prodigio de viviente escultura.

Eros

Lluvia de azahares
sobre un rostro níveo.
Lluvia de azahares
frescos de rocío,
que dicen historias
de amores y nidos.
Lluvia de azahares
sobre un blanco lirio
y un alma que tiene
candidez de armiño.

Con alegres risas
Eros ha traído
una cesta llena
de rosas y mirtos,
y las dulces Gracias
-amoroso símbolo-
lluvia de azahares
para un blanco lirio.

Las hadas

Con sus rubias cabelleras luminosas,
en la sombra se aproximan. Son las Hadas.
A su paso los abetos de la selva,
como ofrenda tienden las crujientes ramas.

Con sus rubias cabelleras luminosas
se acercan las Hadas.

Bajo un árbol, en la orilla del pantano,
yace el cuerpo de la virgen. Su faz blanca,
su faz blanca, como un lirio de la selva;
dormida en sus labios la postrer plegaria.

Con sus rubias cabelleras luminosas
se acercan las Hadas.

A lo lejos por los claros de los bosques,
pasa huyendo tenebrosa cabalgata,
y hay ardientes resoplidos de jaurías
y sonidos broncos de trompas de caza.

Con sus rubias cabelleras luminosas
se acercan las Hadas.

Bajo el árbol en la orilla del pantano,
sobre el cuerpo de la virgen inclinadas,
posan, suaves como flores que se besan,
sus labios purpúreos en la frente blanca.

Y en los ojos apagados de la muerta
brilla la mirada.

Con sus rubias cabelleras luminosas
se alejan las Hadas.

A su paso, los abetos de la selva,
como ofrenda tienden las crujientes ramas.

Con su rubia cabellera luminosa
va la virgen blanca.

Las voces tristes

Por las blancas estepas
se desliza el trineo;
los lejanos aullidos de los lobos
se unen al jadeante resoplar de los perros.

Nieva.
Parece que el espacio se envolviera en un velo,
tachonado de lirios
por las olas del cierzo.

El infinito blanco…
sobre el vasto desierto
flota una vaga sensación de angustia,
de supremo abandono, de profundo y sombrío desaliento.

Un pino solitario
dibújase a lo lejos,
en un fondo de brumas y de nieve,
como un largo esqueleto.

Entre los dos sudarios
de la tierra y el cielo
avanza en el Naciente
el helado crepúsculo de invierno…

Los antepasados

II
Bajo la luminosa, nocturna estela
y entre la polvareda de los caminos,
en busca de Santiago de Compostela
pasan, cantando salmos, los peregrinos.

Mientras en la penumbra de la mezquita,
donde con sus muezines rezaba el moro,
junto al abad severo que ora y medita,
los frailes soñolientos rezan en coro.

A los bardos errantes piden ternezas
mujeres de ojos garzos y tez de armiño,
y oyen trovas de amores y de tristezas
en la lengua armoniosa de allende el Miño.

Que el habla, ruda y grave, del castellano
sólo dice combates y desafíos
y la fe del insigne mártir cristiano
que floreció entre moros o entre judíos.

Ocultando su gozo con gesto arisco,
de pajes y estudiantes gloriosa presa,
al compás de un sonoro rabel morisco
danza provocativa la juglaresa.

Y el juglar, que ha aprendido los romanceros,
cuenta, del viejo alcázar bajo los arcos,
cercado de hombres de armas y de escuderos,
la historia lamentable del conde Alarcos.

De pie, junto a la puerta de la abadía,
fascinando a la turba que escucha ansiosa,
mientras suspira el Ángelus y muere el día,
el preste de Berceo dice una prosa.

Con hilo de romances teje su historia,
sigue la vía oculta de las estrellas,
y va perdiendo todo, menos la gloria,
el rey de las Partidas y las Querellas.

Entre halagos, promesas y juramentos,
que entrelazan con votos de amor celeste,
en alcobas y celdas «Trotaconventos»
desliza los mensajes del Archipreste.

El galán nocherniego pasa embozado
frente a la negra torre que al vulgo asombra,
y al fulgor de una lámpara mira espantado
del marqués hechicero vagar la sombra.

Librado a los destinos y a los azares,
de espaldas a la vida, de frente al cielo,
tiende Colón sus alas sobre los mares,
como un ave gigante que emprende el vuelo.

Los cuervos

Sobre el himno del combate
y el clamor de los guerreros,
pasa un lento batir de alas;
se oye un lúgubre graznido,
y penetran los dos Cuervos,
los divinos, tenebrosos mensajeros,
y se posan en los hombros del Dios
y hablan a su oído.

Lustral

Llamé una vez a la visión y vino.

Y era pálida y triste, y sus pupilas
ardían como hogueras de martirios.
Y era su boca como una ave negra,
de negras alas.
En sus largos rizos
había espinas. En su frente arrugas.
Tiritaba.
Y me dijo:
-¿Me amas aún?
Sobre sus negros labios
posé los labios míos,
en sus ojos de fuego hundí mis ojos
y acaricié la zarza de sus rizos.
Y uní mi pecho al suyo, y en su frente
apoyé mi cabeza.
Y sentí frío
que me llegaba al corazón. Y el fuego
en los ojos.
Entonces
se emblanqueció mi vida como un lirio.

Paloma imaginaria

Peregrina paloma imaginaria
que enardeces los últimos amores;
alma de luz, de música y de flores
peregrina paloma imaginaria.

Vuela sobre la roca solitaria
que baña el mar glacial de los dolores;
haya, a tu peso, un haz de resplandores,
sobre la adusta roca solitaria…

Vuela sobre la roca solitaria
peregrina paloma, ala de nieve
como divina hostia, ala tan leve…

Como un copo de nieve; ala divina,
copo de nieve, lirio, hostia, neblina,
peregrina paloma imaginaria…

Rosa ideal

Eres la rosa ideal
que fue la princesa-rosa,
en la querella amorosa
de un menestral provenzal.

Si tú sus trovas quisieras,
llegarían, como un ruego,
los serventesios de fuego
en armoniosas hogueras.

Darías al vencedor
los simbólicos trofeos,
en los galantes torneos
de la ciencia del amor.

Incensado por el aura
de la dulce poesía
en tus manos dejaría
su cetro Clemencia Isaura.

*

Serías el lirio humano
que halló un rey bajo su tienda,
en la brumosa leyenda
de un minnesinger riniano.

En ti vería el guerrero
perlas y rocío, como
en el tesoro del gnomo
que descubrió un hechicero.

Tendrías un camarín
por las hadas adornado,
en un palacio encantado
de las márgenes del Rin.

Y en las noches de las citas,
bajo el rayo de la luna,
envidiaran tu fortuna
Loreleys y Margaritas.

*

Mientras pensativo y triste,
junto a la cruz de un sendero,
estrechara un caballero
la banda azul que le diste,

en tu ventana ojival
dulcemente reclinada,
oirías la balada
del ardido Parsifal.

Y de un juglar, que ha traído
su arpa cubierta de flores,
la historia de los amores,
de Crimilda y de Sigfrido.

En tu blanco camarín
por las hadas adornado,
resonaría el sagrado
cántico de Lohengrín…

Ya mi pálida quimera
se ha enredado, como una ave
en la onda, crespa y suave,
de tu blonda cabellera.

Juan Gert

Mi sueño se hizo dulcemente cal.
La bóveda perfecta de tu cráneo
enclavada en la mariposa de mis huesos
es frágil tulipán
coronando las alas abiertas de la pelvis.

Sacas el molde al mundo
en mi cintura breve;
recogido y devoto como un rezo,
hilas con mi sangre el Universo,
hijo mío.
Creces dentro de mí
como en vaso ritual.

Por ti conozco
la humildad de ser la tierra fértil,
por ti el orgullo del vital milagro;
por ti soy urna bíblica,
por ti soy comunión y penitencia.

Por ti la muerte en su medalla acuna
perfil de piedra en querubín de niebla.
El vivo tulipán de tu cabeza
saca de nuevo el molde al Universo.

A la poesía

Arrivée de toujours, quií ′en iras partout.
Rimbaud

Persevera, persiste con nosotros
pese —ya ves— a la miseria
que hicimos de esta vida.

Aunque la errancia sea
tu única morada, y tu destino,
como el nuestro, un enigma.

Arco y flecha, arca de tiempo
con nuestra llama y ceniza,
no desistas, persevera,

que sólo al paso de tu voz
nos despiertan y bautizan
los nombres de esta tierra.

Celebraciones

Unimos una puerta, una ventana
y cuatro pensativos
y ya tenemos un cuarto.
Un cuarto es sin duda el sitio
donde mejor se oye llover.
Las tres revelaciones del cuarto:
un fantasma, una araña, la mujer.
La que a la mesa nada dijo
se lo dice con lágrimas al cuarto.
Tu cuarto es más íntimo que tu pasado.
En el bosque los nidos
y en la ciudad los cuartos.

*

Alta decidora de presencias.
Cría por los pasillos
orejas que súbitamente vuelan.
La soledad transparenta su verde corazón.
Se estremece en el viento
como nosotros en el temor.
Como nosotros, es una frontera
(pues entre vida y muerte, odio y amor,
¿qué somos nosotros sino una frontera?).
Sí y no, como nosotros: la puerta.

*

No echa raíces como el armario
la silla que sólo se posa corno los pájaros.
La silla era un ave de ala portátil
y vuelo escaso (sobre los hombros en fiesta
pasaba la silla como una cigüeña).
Con viento y papeles es ya palomar.
En los velorios nadie alivia más que la silla.
Encapucha con una camisa
amanece la silla.
Tarántula erguida en la penumbra la silla.
La silla espirita junto a la mesa.
Como el poema, la silla es un atado de líneas.
La silla sostiene al que escribe estas líneas.

*

A mis hermanos

La mesa bajo el poema sobre la mesa.
No se encabrita como la silla
que a veces cocea.
Mansa como la oveja la mesa.
En la mesa se encuentran el higo y el pez.
Como al principio sus senos
la madre después la mesa.
Dos veces al día doblaban las voces
llamando a la mesa.
El pan, el caldo, el choclo,
se recibía en la mesa.
Crecer fue faltar poco a poco a la mesa.
Y se fue, como un astro, apagando la mesa.

*

Igualita que la nuca del bebé que se bautiza
bajo el agua de la pila: la lechuga.
En el pecho, más tranquila que el conejo, se acurruca.
En la mesa se reparte como en besos al final la bailarina.
Si trituran a la papa, a la lechuga descuartizan.
Un bostezo indica exactamente por dónde se fue la lechuga.
Más que a Dios, gracias a la G, la lechuga no es lechuza.

*

Sin los caprichos del agua
ni la brusquedad de la sangre
fluye el vino.
Líquido escapulario contra el desánimo
el vino es algo que nos sucede:
Una ¿lanza de palabras o una danza,
un estar entrañablemente compartido.
Con el vino la noche es un alcázar
y charlar una antigua felicidad.
Maternal es la leche, y el vino: fraternal.

*

No cuatro patas como el camello sino
cuatro patas como el gamo tiene el perro.
Y una sola cabeza
y no dos o tres caras como su amo
(el Cancerbero es una típica
deformación humana del perro).
Por el bosque salta el perro
persiguiendo mariposas, el poema motivando.
A su nombre, arrojado como un hueso, se detiene
y, culebreándole la cola,
la confianza le establece paz en las orejas.
Conducidos por el perro, el amo y el poema sobre el perro
se internan sabiamente en el silencio.

*

Ondulante como el lomo de silencio
que la flauta ahora mismo ondula.
Recorrido -más que visto- largo oscuro
y al final: dos faros amarillos.
Familiar como el perro
pero siempre extraño.

Ausente de público mármol
-no épico como el caballo-
orquestó sin embargo los delirios
del huérfano de Baltimore.
Vaporoso a la memoria y fatal a la botella
al pasar por el armario.
Y en la mesa ahora (¿desde cuándo?)
silencioso como luna: el gato.

*

Eso, en el valle a lo lejos, no es una cabaña.
Eso, en el valle a lo lejos, es la vaca.
Paz forrada de viento: la vaca.
Agua y nieve el cielo
y la vaca: leche y queso.
La vaca está comiendo para eso.
Ajena al tiempo
y a lo que pienso de la vaca,
está la vaca.

*

Una misma fluidez por la llanura: el río y él.
Negro bajo las nubes que lo figuran: él.
Sangre en el viento: caballo él.

Deshora

polvo serán, mas polvo enamorado.
Francisco de Quevedo

La cercanía infranqueable entre sus cuerpos.
Un puente de miradas donde se cruzan
y se separan.
En sus labios:
un vaivén de palabras o de silencios
—no la lenta fragua del beso.
No el hondo goce
ni la dicha tersa
de las desnudeces enlazadas:
sólo el roce eléctrico
de los muslos que se adivinan.

Sólo el asombro de conocerse
en la esquina
de los tardíos encuentros.

Y el sueño donde quizá se poseen
al lado
de otro cuerpo que duerme.

Y el carbón del deseo
que ha de volverse sin duda
puro diamante

al precio de no haber sido nunca
los dos el mismo leño
la húmeda llama
en el lecho
de esta única vida.

Indagación

mom semblable, mon frére.
Baudelaire

De qué herida vendrá el que te hiere.
Así, tan de filo, lujosamente.

De cuánta hambre o sed.
De qué adolescencia
humillada. De qué niñez
a golpes enterrada.

De qué piel perdida
o inútilmente deseada.
De qué desnudez
cortante como navaja.

De qué herida reciente
o lejana. De qué roto sueño.
De qué pronta muerte.
De qué primer muerto.

De qué, de quién vendrá a herirte
como si fueras un dios;
tú, tantas veces herido,
y tantas —como él— heridor.

Moreliana

Recorriendo taciturno
las calles de Morelia,
recién abierta
la tajante
herida de tu ausencia,
me pregunto
a quién nombran,
ya vacantes,
los nombres de los muertos.
Pájaros huérfanos
sin el árbol del cuerpo,
sin más vuelo
que el inmóvil del recuerdo
¿a quién nombran?
Dime tú:
a quién nombra ahora tu nombre
que se queja en nuestro pecho,
Jorge Manzur.

Para un adiós

Un abrazo y palabras entrecortadas
habrán dicho el adiós increíble.
Y entre tu cuerpo y el mío
manará sin cesar la distancia.

Como se apela a una hierba mágica
para sanar del mal de ausencia,
escribiré entonces estas líneas.

Y si el tiempo que une y que separa,
lo entrega un día a tu mirada,
léelo, mas no vuelvas la cara.

Hermosa y feliz en tu presente,
no cometas el error de Eurídice;
que yo, al recordar tu dulce voz,
cuidaré que me aten como Ulises.

Razón ardiente

a Nazri

París, invierno de 1980
Queridos pájaros ausentes
Barrios de nieve
Pinos
Pacientemente sentados
Desde la penumbra de un cuarto
A la luz de la lámpara
Solitaria
Como la Khiswara en el Altiplano
Inclinado sobre la página
El vertiginoso pasado
La infancia apenas un eco
Un silbido lejano
un río
De rostros distantes
O muertos
La patria:
Un río de nombres ensangrentados
No héroes ni hermanos:
Corderos sacrificados
Al buche de topos feroces
Renacerán con su pueblo
(¿Cuándo?)
Cae la nieve
nieva silencio
Así ha de nevar —ya está nevando—
También el olvido
No escribo para abolirlo
Para nosotros escribo
Elizabeth Peterson:
Nunca tendremos un hijo
En tu vientre hermoso
La cicatriz
Brillaba como un castigo
Y éramos inocentes
éramos dichosos
Ahora mismo recuerdo cómo
Del bosque dormido del diccionario
Una mañana de pronto
Tus labios finos me regalaron
Una palabra:
Mirabilia
Las cosas no son un misterio
Son un obsequio
Vivir
Prodigio de nuestros muertos
Elizabeth Peterson
al separarnos
No me fui solo: me fui contigo
En mi país ya era otro
mirando
El alba entraba a cuchillazos
En el cerro de Urkupiña
Sudor y plegaria
golpeaban
La roca de la injusticia
No se quebró para los pobres
(¿Se quebrará algún día?)
Armadas de su hambre
Cuatro mujeres
estrellas matutinas
Rompieron la noche de siete años
Nos abrieron el camino
Y no supimos caminarlo
¿O no pudimos?
17 de julio
Bajo un cielo purísimo
Envueltos en el impío
Polvo de la codicia
Llegaron los tenebrosos
Y un árbol joven que cae
El sacrificio
Del que dijo verdades
Y un pecho unánime el numeroso
De los que nunca dijeron nada
Recuerdo:
El miedo royendo las casas
Avergonzada de su cuerpo
El alma
No sabía dónde esconderlo
Cuerpos almas
Profanados por la saña
El resentimiento
Familias arrojadas
A las playas del exilio
Las únicas que siempre tuvimos
Nos falta
mar
interior
Queremos ídolos
Ignorar que somos divinos
Nuestro pecado mayor
Sopla el tiempo Brota el sol
La primera paloma: Primavera
Pinos gloriosamente sentados
Por la escalera en caracol
Bajas cantando
No hay más ascensión que hacia la tierra
Contigo baja la luz tintinea
en la tetera
Por calles y plazas nos lleva
Moviendo piernas brazos caras
—La muy traviesa titiritera—
A orillas del río se acuesta A tu lado
un viento adolescente
A punto de urdir pájaros
Se detiene
pasa
Un verso de Heráclito:
Nombre del arco: vida
Obra del arco: muerte
El viento recomienza
faldas risas de mujeres
Se desvanecen
Todo es tránsito
Como el Sena y el Choqueyapu
La luz se va lentamente
En tus ojos recojo sus agonías
Sus éxtasis
Allá es mediodía
Estarán poniendo la mesa
Y comerán solitarios
Con ellos estamos
Pese a la ausencia
Verde
Una luciérnaga:
Rosario de ocasos y amaneceres
La noche entra
Enciende astros y sexos
Los muertos se siguen muriendo
¿No hay sentido sólo término?
—No hay pregunta bien hecha—
La vida es un entierro
Y una fiesta
Orfeo
orfeón
orfebre
Canta goza bebe La copa
la copla
la cópula del universo

París, primavera de 198

Saint-Jean de Luz

Las velas de las barcas
atadas a los mástiles
como vírgenes mártires
en la hoguera del día.

Transcurren desfallecidas,
estatuas de sal, exánimes,
ajenas a las sucesivas
voces de las suplicantes.

Invisible sobre las aguas,
por donde nadie parecía,
verbo puro, sin estampa,
el viento como un mesías

las toma entre sus brazos.
Impetuoso, las reanima,
como a nubes las hincha,
las colma de entusiasmo

y parte con ellas, de prisa
-¡oh hambre de ser!- cortando
en finas rajas de brisa
el pan fresco del espacio.

Pido la palabra

Ciudadanos del mundo,
en nombre de mi patria, pido la palabra.
En nombre de mi pueblo, sencillo como el agua de la acequia,
pido la palabra.

En mi pequeña morada comenzó la patria
allí todos gritaban en las noches cuando el puño del alcohol,
caía sobre el rostro de mi madre, recuerdo la sangre y los nervios,
los nervios en angustia de alambres aprensados;
en las noches ondas, pobladas de llanto y el miedo de los pequeñitos allá,
en la esquina más dolorosa de mi sangre, comenzó la patria.

La escuela vino después,
también la patria estaba allí avergonzada, humillada;
ocultando en los rincones más apartados, sus pies descalzos.
Y la patria me miraba acongojada desde mis propias pupilas nubladas,
desde mis manos vacías y mis sueños enturbiados.

A mi me mostraban la escuela poblada de azules campanas
y la patria cuajada de campos abiertos,
pero, pero mi patria gemía a 4000 metros sobre el nivel del hambre,
hombres que crecía como piedras paridas por la montaña,
desnudos y fríos como peces muertos,
moviéndose a penas, llevando a cuestas su grito
trancado como una roca clavada en lo más hondo, en lo más duro de la tierra.

No señores,
la patria no era solamente la escuela poblada de altas campanas
ni la tierra salpicada de lagos felices,
no era solamente los montes incrustados de cielo,
ni los desfiles en los días de fiesta,
era también la impotencia del hombre
cuando el pan se convierte en gemido detrás de las puertas,
era la muchacha que buscaba su vestido dominguero en la esquina de la noche;
eran las manos crispadas en los mercados,
y el llanto, extendido en las estaciones.

Mi padre borracho era la patria que pesaba sobre mis pupilas,
sobre mis labios, sobre mis zapatos rotos;
y con esa patria a cuestas yo asistí a la escuela.
La maestra, me mostraba siempre una patria
y un cielo a los que nunca pude comprender.
Una patria con héroes, con cerros de plata, con tierras llenas de árboles frutales;
pero yo tenía que regresar a mi casa en las noches, y allí estaba la patria,
en el pan para dos que nunca satisfacía a cuatro,
en las pupilas de mi padre abiertas
como dos diablos encendidos en medio de los niños.

No señores, no.
La patria no sólo estaba en los salones, ni en los discursos de los presidentes,
ni siquiera en la bandera y sus colores.
Yo encontré a la patria botada en mitad de las calles,
mientras la lluvia cercenaba sus carnes.
Yo la vi desgarrarse por coger un pedazo de carne y otro poco de pan,
y lloré su tragedia, porque teniendo hambre, se comió su libertad.

Y mentidme a mi ahora, mentidme.
Yo vi a mi patria en todos sus confines,
la sentí como un garfio clavado en mitad de mi angustia,
la llevé como túnica de yeso por todos mis caminos,
la sentí como el peso de dios sobre el pecado y busqué su voz
para multiplicarla sobre las campanas del tiempo.

Yo vengo en nombre del obrero y sus overoles manchados,
en nombre de mi padre y su vicio,
pagado con la desnudez de sus hijos,
en nombre de mi madre y su voz callada,
en nombre de los niños yo vengo,
en nombre de mi patria estrujada por manos sin salario.
Yo no vengo a pedirles nada, nada que les pertenezca.

Mi pueblo, mi pueblo quiere su paz,
quiere su barco para recoger de playas lejanas un canto de gaviotas nuevas,
quiere sembrar su trigo y levantar sus fábricas,
quiere que sus niños rían,
jueguen y salpiquen los campos como las gotas de rocío al alba,
quiere que todos crezcan a lo largo de los ríos como el trigo,
y que todos se hinchen de sol y de lluvia como las uvas,
en la cuenca dilatada de los valles.

En nombre de mi pueblo,
humilde como la hierba, sencillo como el agua de la acequia,
ciudadanos del mundo,
pido la palabra.

Presencia

Tú vuelves
en la espuma del torrente,
cuando el sol
gira sus raíces al fondo de las aguas.

Tú vuelves
en las noches de niebla,
cuando la vida persiste junto a la ventana
en las gotas de llovizna.

Salpicada de ríos lejanos,
tú vienes
de la voz más antigua
de la tierra.
Y en los más anchos litorales
la voz del viento
recogió tu nombre.

Presencia de mar
en expresión de olvido,
hoy tuve entre mis manos
tu extraña sensación de vacío.

Simplemente

Si pudiéramos decir:
el árbol, simplemente,
sin viento que lo inquieten,
sin pájaros que lo pinten.

Y luego,
la mujer, simplemente,
sin adjetivos,
sin paisaje que la desnude.

Después,
el hombre, simplemente,
sin miedo que lo agigante
ni sombra que lo entretenga.

Si pudiéramos decir:
el árbol, la mujer y el hombre,
simplemente,
sin vientos, sin pájaros, sin adjetivos,
sin paisaje, sin miedo y sin sombra.

Simplemente.

Adonais (a la muerte del hijo)

(Fragmentos)

En torres de cristal campanas de oro
Repicaron el alba de tu muerte.
En estuarios de luz dio el sol su lloro.

No ya en violas de tristeza inerte;
Labró de lazulitas sus terlices
Y topacios la pena de perderte.

Gloria y dolor fundieron sus matices.
Tanta belleza y juventud perdidas
Desgarró entrañas cual sangrantes raíces.
Mas sobre un cielo de esperanzas huídas
Un júbilo sublime el aire henchía
Allende el sol, las tumbas y las vidas.

En duelo sacro y trágica alegría
Sus ruiseñores la noche que muere
Rezagó para gorjear al día.

¡Adonais! ¡Adonais!, que alegras
la sombra atea cual el gozo fuiste
¡Del día efímero que ya no integras!

De belleza inmortal era tu veste
Que arde un instante para ser eterna.
Corolas róscidas, frescor agreste,

Perlas del alba en tez de rosa tierna
Y un musitar de ninfas y de efebos
Hallo su tránsito en la senda interna!

Su cántara colmaba la esperanza
Cual de un vino letal, zumo de rosas
Que miel rosada endulza de añoranza;

Tal fue esa hora de cuitas tenebrosas
Henchida y vivo sol, para las almas
De amarte ufanas y en tu amor radiosas.

¿Por qué enturbiara el mar sus olas calmas,
Su reír de perlas escondida fuente?
Adonais soltó lirios y palmas.

Al aire como su último presente.
Aun el aura del júbilo se henchía
De haberle visto, hoy para siempre ausente!

Lámpara mágica la obscura vía
Doliente alumbra, si tras velo leve
De lágrimas ve el ojo todavía!

El cielo abejas y palomas llueve;
Como incensarios vivos mece el prado
Sus ramos trémulos de gualda y nieve.

Flores como ojos da la verde alfombra,
Hojas oyen tal vez, y alguien ausculta
Que otro sin faz Adonais le nombra!

Voces luchan de amor que amor propicia.
Llora un nardo: era un príncipe de fijo;
Fue un amante la rosa con delicia.

Paso algún dios efebo, el bosque dijo;
Y lejos un espectro moribundo:
¡Era un niño adorable y era mi hijo!

Adonais, Adonais, ya tienta
Dosel de estrellas tu cabeza libre.
Tal vez ya tocas el zenit que asienta.

Calmo, al verte lloraba el mar sin guía.
Desde que hay mar, el mar todo es lamento,
Y eran noche y mar lúgubre armonía.

¡Que residuos de estrella! ¡Que resabios
de amor! ¡Que halo de luz cercó las cosas!
Nadie aun culpo a la Parca y sus agravios.

Sus torres de cristal de la montaña
Blanden campanas de oro de la vida
Que tañen no al ayer sino al mañana.

Adonais, Adonais, convida
Ya un nuevo día al inmortal ensueño
De vivir sin adiós ni despedida.

La que fue pena, es gloria de perderte
Por siempre vivo en la belleza eterna
Y en juventud triunfal por siempre fuerte.

Mas tú en inmortalidad un sol canoro,
Forma inmortal, el habito incesante,
¡Milagro vivo, inmaterial tesoro!

La primavera es mas que primavera
Donde la dicha dura y nunca pasa,
Y es como un mar sin fondo y sin ribera.

Al alma fiel instantes son edades
Y en su breve pupila hay universos:
Solo fue negra pesadilla el Hades.

En torres de cristal campanas de oro
Con voz que dice: ¿Adonais no ha muerto?
Guarde la tierra este pregón de coro:

¡Ya solo el canto de la lira es cierto!

Balada de Claribel

En la desolada tarde,
Claribel,
Al claror de un sol que no arde,
Claribel,
me vuelve el amante alarde,
aunque todo dice «es tarde
Claribel».
Lleva en sus alas el viento,
Claribel,
tu nombre como un lamento
Claribel,
y en vano mis ansias siento
volar tras aquel concento,
Claribel.

Voz con que pía la ausencia,
Claribel.
saudade, canora esencia,
Claribel!
Añoranza, transparencia
que la ausencia hace presencia,
Claribel!

Mar profundo y alto monte,
Claribel,
¿Es posible que tramonte,
Claribel,
tras el húmedo horizonte,
y que las nieves remonte,
Claribel?

El tiempo es por siempre ido,
Claribel,
y eres quizás toda olvido
Claribel!
Mas yo, iluso descreído,
aun pienso que me has querido,
Claribel!

El pan amargo en que muerdo,
Claribel,
hecho está de tu recuerdo,
Claribel!
Y el pasado nada cuerdo
es un sueño en que me pierdo,
Claribel!

Oh mañana azul y rosa,
Claribel,
en que té ví mariposa,
Claribel!
Reina y mujer, niña y diosa,
oro, nácar, nieve y rosa,
Claribel!

Cantaba en el aire un ave,
«Claribel».
suave cual la suave
Claribel.
Y unía el plumado clave
dulce risa y lloro grave:
Claribel!

Una música escondida,
Claribel,
Eres por siempre en mi vida,
Claribel.
Maná de mi eterna herida
lecho rosa y luz florida:
Claribel!

Vierte mi labio un perfume:
Claribel,
musgo y clavel que resume
Claribel.
Mirra que eterna zahume,
Óleo que no se consume,
Claribel!

Tu nombre dulce y cruel
Claribel
Sabe a fresa e hidromiel
Claribel
Son de encantado rabel
Hay un sortilegio en él,
Claribel

De un nigromante el compás,
Claribel,
Trazó en mi alma «nunca más Claribel».
Y así a mis ojos jamás
Como el alba volverás,
Claribel!

El scherzo matinal

3.

Nadie ha visto el milagro
Del primer día,
Cuando en el sutil agro
Amanecia!
Ojos huraños!
Esta aurora es la misma
que hace mil años!

5.

Llora perlas la vida
Cuando amanece,
Y en perlas guarnecida
Se desvanece!
Sólo es tesoro
El mar tumbante y púrpura
De eterno lloro!

11.

Velo de bruma rosa
Que el viento lleva
Descubre en cada cosa
Un alma nueva!
Y el oro leve
Del oriente encendido
La vida llueve!

10.

Al tiempo en que Las cosas
su luz reciben
o lóbregas o hermosas,
se dice: viven
porque encendidas
Las larvas de la muerte
son hechas vida!

51.

De verla el mar se comba
Como un camello
Y un himno en coda tromba
Da su resuello.
El monto hirsuto
Templa su horror y trémulo
Dora su luto.

55.

Cada pupila sella,
Espejo breve,
La eterna faz que en ella
Entra y se mueve.
Toda la esfera
En leve cerco vívido
Gira e impera!

Habla Olimpo

Yo fui el orgullo como se es la cumbre,
Y fue mi juventud el mar que canta.

No surge el astro ya sobre la cumbre?
Por qué soy como un mar que ya no canto?

No rías, Mevio, de mirar la cumbre
ni escupas sobre el mar que ya no canta.

Si el rayo fue, no en vano fui la cumbre,
Y mi silencio es más que el mar que canta.

La víbora invisible

Romance aymara

Qué sabor tiene el perfume
que exhala tu oscura tez
Como una flor se consume
mi beso en tu oscura tez.
Qué‚ tibio imán invencible
envuelve tu oscura tez?

Una víbora invisible
virtió su magia en tu fez!

Desmayan en pleno vuelo
Las aves si oyen tu voz.
Dulce envenenado anhelo,
la muerte fluye en tu voz.
Qué caricia aborrecible
rompe en cristales tu voz?
Una víbora invisible
baila enloquecida en ti!

Amor tu cadera enarca
y vierte tu fiebre en ti!
Como en mecedora barca
mi afán apareja en tí!

Qué sortilegio terrible
Sacude tu cuerpo asi?

Una víbora invisible
baila enloquecida en tí!

Nuevos Rubayat

PROVERBIO

1

Luz de la tarde, tórtola que añora
Plañir del mar, otoño que se dora!
Nada hay mas dulce ni mas triste a un tiempo
Que ese amor de mujer que ruega y llora!

4

Ni lloro trágico ni heroica risa.
No soy alud. ¿Por qué vivir de prisa?
La Vida, alegre o desdichada, tiene
Un refugio supremo, la sonrisa!

6

Fue la sabiduría una cadena
Donde cada eslabón era una pena,
Y antes que jugo de sus ñudos brote
Cantó el peñasco y floreció la arena!

7

El viejo Segismundo que el beleño
De vivir y saber bebió en su empeño,
Hoy sabe ya la clave del enigma:
Se sueña todo, y quien lo sueña es sueño!…

8

Como enjambre de víboras canoras
Pasó ante mi la danza de las Horas,
Y en mi redor hiciéronse sus giros
Fúnebres noches, trágicas auroras!

¡Para siempre! es el canto de la vida,
Y todo són es són de despedida.
Brota un adiós de cada boca abierta,
Y es toda boca en flor boca de herida!

Tendida como un arco el alma tuve
Y un deseo como águila que sube.
Partió la flecha y se perdió en el aire
Lanzóse el ala y se perdió en la nube!

Scherzo de primavera

9.

Vino nuevo en las bocas
Vierten sus cantaras
¡Caen las rosas locas
De sus alcántaras,
Y en dulce juego
Es caricia de nieve
Su eterno fuego!

12.

Pliega toda alma irónica
A su centella;
La palabra sardónica
Expira ante ella.
¡Horrenda fama!
¡La belleza esta hecha
de bronce y llama!
30.

Su pan aun siendo muerte
Tienta y convida:
Sabe a la rica y fuerte
Sal de la vida.
¡Mana perfecto!
¡aun amasando en lagrimas,
no hay más dilecto!

33.

Rige un arcano el giro
De las pupilas.
De azabache o zafiro,
Glaucas o lilas,
Su prisma cierne
Matices y contornos
Que en luz discierne.

35.

La duda en alto pende
Quien mas admira,
Si sol que arriba esplende
U ojo que mira
Mutuas miradas:
Es un cambio de guiños
¡Y llamaradas!

40.
Hay una ciencia abstrusa
En toda forma
Que revela a la musa
La Pauta y la norma.
En líneas puras
Las ideas son célicas
Arquitecturas.

Mineros uno

Caminas todavía entre sílice y cal,
entre martillos
con lacerado pulmón que te acompaña
en la tos terminal de tu apellido.

¿Subes acaso, desgastando sueños
que en cachorro de ruido y polvareda
encoraginan puños y adjetivos?

Atento ante la muerte,
drásticamente amortajado un hueso
reseco en sus raíces
enumeras tu pan y las heridas
de tu famoso grito,
de tu rabia inconclusa
y la prédica inmemorial de tu andadura.

Subes o bajas desbastando sombras
con la luz consecuente de lentos lamparines,
te lleva de la mano un salario agostado
y te llevas tú mismo y sin pretextos
como tapa de tumbas desmedidas.

Está tu grito tenso,
tu joroba ancestral,
la tenaz ilusión de hollar la roca
sin macular sus sacras desnudeces,
está el trajín de tus zapatos
cloqueando en los charcos de tus charcos.
Sin embargo prosigues,
martillo de ocho libras, barreta, dinamita,
como puñal sangrante en medio de la veta
vistiendo de crepúsculos
el tendón magistral de tu estatura.

Sin embargo prosigues,
yugulada tu voz entre las sombras,
tributario de orígenes, nictálope veraz,
locura sin retorno entre cristales
de venenosos filos trasnochados.

¡Cuánto más! Un salario de alcoholes edifica
catástrofes de coca,
secretos rituales, donde la muerte misma
empieza a retejer sus misereres.

Sin embargo prosigues,
cerrado a cal y canto en tus angustias,
debajo de tu piel un puño alzado,
debajo de tu piel el hambre y los fusiles.

Presencia de la coca

Ha de bajar por un secreto canal
de rutas capilares
cerrando las heridas,
amansando la dolorosa gestación de los sueños.

Por las orillas del hambre y del cansancio
ha de ir tejiendo su ramazón
de obnubilaciones y lamentos.

Ha de ir cayendo gota a gota,
destilándose finamente
por las arterias del hombre dolorido,
hasta llegar en comunión de maleficios
al supay mineral
y en la agraria desolación de pachamama
ha de volver por el camino
de la papa y la sara
hacia el cielo infinito.

La coca ha de pasar
bajo un sombraje de casiteritas,
de rosicleres inermes en la mano del tiempo
hacia la constelación de las leyendas,
la coca retornará hacia el pasado
volviendo a mensurar la impronta de los mitos
donde se guarecen los cóndores nocturnos
en el silencio en que florecen las piedras.

La coca junto a la mueca del desprecio
se ha de ir haciendo persistencia de dios
en las entrañas del hombre.
Una quebrada geografía caminará con paso solitario,
alqamaris nativos graznarán en la oreja
del perdido
cuando hormigas minerales,
sapos, cóndores, sierpes descabezadas,
hondas raíces corroídas por el agua,
nitros en corrosión
sochapen los ojos taumaturgos
a la piedra del tiempo
con brújula de soledad y de martirio,
y en la sensación del desvarío
por la wilancha y los sahumerios
la coca ha de volver al mismo sitio.

La coca ha de bajar como clepsidra
por un secreto canal de rutas capilares
socavando a la muerte
su angurria de paz
sin dejar más caminos que el sueño.

Soneto a la serpiente

Lloró en la noche grande la serpiente
y lloraron los pájaros de arena
el agua temblorosa en su corriente
y la sombra vibrando en la falena.

Lloró en la noche grande la serpiente
como insuflando su dolor de quena,
quemando como fuego en el sufriente
corazón de la piedra y de la pena,

Lloró en la noche con dolor ajeno,
con voz de polvareda y de veneno,
con voz de soledad y de regreso.

Mas la piedra sonora en trizadura,
acomodó a la sierpe en la ternura
de su matriz cantora y de su hueso.

Rapsodia primera

a caballo desciendo del sueño,
y sin saberlo
hacia un febril paisaje
poblado de oscuras potestades.

fue un día en que miraba ciega
la medida del vasto cielo que cubría la isla,
al soplo de los vientos del norte
que aquí convocan
los cautos fuegos de verano.
¿cómo imaginar, la presencia de un gran mal altivo?
ardoroso, como pozo negro en el mar
dispuesto, como volcán,
a echar piedras encendidas
langostas voraces sobre campo labrado.

¿cómo imaginar entonces
los faroles de la muerte
al interior de la isla?
ilusa de mí
sin lámpara de ojo precoz.

al descansar bajo la sombra
de un frondoso molle de perlas escarlata
el soplo velado de un vanidoso viento
levanta la seda azul
que cubre mis ojos arrogantes.
una paloma cenicienta cruza el cielo del país
de norte a sur, de norte a sur.
¿sabes tú que las palomas grises son de mal agüero? ¿lo sabes tú?
y no vas a creerlo, como para confirmar
el signo malhadado
tres cuervos me arrebatan las joyas
que adornaban mi bandera
un no sé quién me coloca
un racimo de uvas amargas
en la palma de mis manos,
como si fueran ellas vasijas vacías.
pero fueron los lirios los que me urgieron retornar a mi morada.
fueron los lírios.

vuelve a casa. me digo, vuelve a casa
mientras presiento la miseria
de un ácido paraíso de hojalata.

en el umbral de lo que fue toda mi gloria
se habían anclado los más insólitos caprichos.
en el centro del patio encolumnado
rodeado de coloridos despojos,
desaires y deshechos de años
un mal olvido acumulaba trajes
como laderas de basura.
y debajo de esta infecta colina
casi despedazado,
un cajón de tumultuosas voces
briznas de palabras, hojarasca, envolturas
confundiendo al más despierto.
irreconocible es el lazo que las unía.

el magnífico salón: una ruina
vapores de espesos insecticidas
envenenando la atmósfera.
los muebles en discordia
como gritos de seres arrancados de su sitio
colinas de cenizas, montañas de insultos: insanos, insalubres.
oscura cosecha de una ácida colmena.

ahí estaban. feroces las enemigas secretas.
espectros de lo que soy. ahí estaban.
sentadas en el comedor de ébano.
harapientas, mendigando la luz
de mis mejores días.
hurtando felicidad ajena a su desgracia.
corrompiendo la luz con su opaca presencia.
ahí estaban. las mujeres pordioseras.
las mujeres silenciadas.
las mujeres perturbadas.

há fuenestas hermanas,
los suburbios nos han capturado
bajo las turbias incubaciones
de otras voces rencorosas.
así no podremos vivir más entre nosotras.
¿quién lavará el limo
de nuestros ojos encendidos?
¿con qué agua? ¿de cuál manantial?
si el tallo se corrompe no habrá flor reluciente ni fruto sosegado.
ay nefastas criaturas, las tinieblas no pueden ser nuestra mejor alianza
oh muchachas, si el tallo se corrompe ¿quién cuidará de la flor?
para encender el fruto ¿dónde las dulces manos jardineras?

salí a la calle dando de gritos.
las largas avenidas sólo diseñaban las rutas de un violento cielo.
un estruendo de piedras lloraba por los senderos antiguos.
sólo el cementerio yacía mudo. sólo el cementerio nada decía
porque ahí se aplican
ciertas medidas desconocidas.

Territorial

(fragmento)

sólo tengo este cuerpo. estos ojos y esta voz
esta larga travesía de sueño cansada de morir.
conservo el temor al atardecer.
no se comunica con nadie.

por mi modo de andar
algo descubierto un poco esperando
cambio frecuentemente de parecer
conmigo no puedo vivir segura.

habito un jardín de palabras
que han dejado de nombrarme
para nombrarla.
no me atrevo
pero es necesario decirlo. es un secreto.
en realidad somos dos.

ahora debo inventar a la otra.

El reposo

entro en mi casa
y me alojo en su centro
esperando la temperatura
que enmudece los ruidos inútiles.

en un andar del silencio
comienza el mundo
en un olor a fuego
en una hoja
en un cambio de sábanas
en una gana de hacer cosas
no siempre precisas.

ya no soy la misma
y mis pasos en la voz
resuenan más oscuros.

otro es el sol que arde
en los crepúsculos que contemplo
viajera inmóvil
pienso
sólo quiero cuidar de lo vivo
y tener luz
para él
y mis niñas.

Luminar

luminoso amor que todo lo transformas
de qué astro, de qué luz, de qué vida
has venido
¿de dónde?
por qué cerro, por qué ladera, por qué montaña
has bajado
¿por dónde?
para amarte como te amo
para amarte como te amo ¿de dónde has venido?

luminoso amor que das claridad a mi vida
de qué eternidad, de qué olvido vienes
para que olvide como me olvido
del ayer, del ahora y del mañana.
con solo mirar tus ojos en mis ojos
tu ola me lleva al olvido de mí,
¡oh dulce resplandor de estos días!

dime cuándo has pulsado el mundo con mano fuerte
para disponer como dispones
otro aire en el rumor de las horas
otro olor en el polen de la vida
un fulgor de flor
en el filo horizonte de la noche.

A ti

Al calor de tu forma progresa mi sangre, en el aire
de sueño
el clima para lo solo eres tú
-una sombra canta para ti en el fondo del agua al
compás de mi corazón
y en tu mirar mis ojos están silenciosos por la música
al soplo de la luz,
en el cielo y en la oscuridad.

Esta noche reuno tu forma,
el eco de tu boca en medio de una olvidada canción
-y te doy un abrazo.

Como una luz

Llegada la hora en que el astro se apague,
quedarán mis ojos en los aires que contigo fulguraban
Silenciosamente y como una luz
reposa en mi camino
la transparencia del olvido.

Tu aliento me devuelve a la espera y a la tristeza de la tierra,
no te apartes del caer de la tarde
-no me dejes descubrir sino detrás de ti
lo que tengo todavía que morir.

Eres visible

Permaneces todo el tiempo en el olor de las montañas
cuando el sol se retira,
y me parece escuchar tu respiración en la frescura de la sombra
como un adiós pensativo.

De tu partida, que es como una lumbre, se condolerán
estas claras imágenes
por el viento de la tarde mecidas aquí y a lo lejos;
yo te acompaño con el rumor de las hojas, miro por
ti las cosas que amabas
-el alba no borrará tu paso, eres visible.

La Muerte por el Tacto (Fragmento)

(A modo de manifestarse
estupor ante lo bromista
de la mirada).

I
Olvidó los océanos y las voces

replegado con los demás en el apagado símbolo de los puentes – hizo perdurar el crepúsculo

al igual de la condición de los afectos al árbol

los ensangrentados

los de largas cabelleras

los forjadores del viento

los que con la impasibilidad de las cosas han
depositado un pétalo

una arena un aire en el arco olvidado de aquella
cumbre

los que iniciados en los triunfos de la naturaleza

en las revelaciones de las edades y de las lluvias

anuncian las transformaciones del sonido, figura tuya
– no sé aún quién eres

los que sean lo mismo que los rios parte vital de las
montañas

los que sean

los que realmente vivan y mueran sin hacer gesto de
desagrado

los que se queden imberbes y también los barbudos y
los barrigones

dignos y naturales cuando el sonido y el viento son
una misma cosa

cuando no existe necesidad de que no hayan moscas

cuando no se tiene que pagar para que besen a los
delegados y el beso no sea más que beso y no señal
torcida hypócrita y atentatoria

cuando el matar no es condenable sino sólo matar y
el término con que se designa la acción desaparece

cuando te topes en las esquinas con alguien
idéntico a ti y puedas decirle ‘hola’, ‘ojalá’, ‘tal vez’,
‘recuerda’ o ‘quien sabe’

indistintamente

como si te refirieras a él o a ello o a ellos o a ti desde
la luz hacia la luz

es necesario que escriba una carta para poder ver
mejor la luz de las cosas

luego de leerla alumbrado por el antiguo vuelo de mis
amigos muertos

es necesario que recuerden todos su amor a la
música, si sosiego y su desdicha

y su propensión a la risa así como las arquitecturas
que urdían cuando podían hacer lo contrario

y su lamento, el lamento que ya fue analizado sin
usar la substancia humana,

sin planes, sin palabra ni consulta, pero con
ademanes repetidos bajo la mirada

que caía desde un pedestal diseñado en otro tiempo
para ensalzar a los mendigos, a los valientes y a los
inventores del azúcar y del resorte

y sus proyectos,

los rigurosos alegatos en favor del desquiciamiento,
de un anti-orden, para el retorno profundo al
verdadero ordenamiento

sus conmovedores argumentos para comprender
finalmente el simple significado de la estrella

sus penas tan dignas de respeto

sus venias (te explican el punto de partida de la vida)

encerraban una melodíia ingenua y lejana y te
inducían a ser más bueno y desentrañar con mayor
autoridad los signos misteriosos de las nubes y de las
calles

hacían que te vieras tal como eres (tu contenido, las
propias venias que jamás harás)

y les intitulabas medida de todo, y solucion secreta
de todo, y surgía de tu sombra una venia destinada
a ellos

y les intitulabas ‘caro destino, gayo amigo’.

Ven

Ven; yo vivo de tu dibujo
y de tu perfumada melodía,
soñé en la estrella a que con un canto se podría llegar
-te vi aparecer y no pude asirte, a turbadora distancia
te llevaba el canto
y era mucha lejanía y poco tu aliento para alcanzar
a tiempo un fulgor de mi corazón
-el que ahora estalla ahogado por alguna lluvia compasiva.

Ven, sin embargo; deja que mi mano imprima
inolvidable fuerza a tu olvido,
acércate a mirar mi sombra en la pared,
ven una vez; quiero cumplir mis deseos de adiós.

El horno

Combando el cielo en olorosa tierra
alza su nido el laborioso hornero,
que convierte las pajas en lucero,
y en miel, el barro que su pico aferra.

Por eso el hombre que en su ser encierra
todo el saber del universo entero,
con gran acierto lo imitó al hornero,
y horneó en el horno, el trigo de la sierra.

Bendice Dios, la casa en que se amasa,
y en el hogar hay un calor de nido,
si a cada niño se le da su hogaza.

Y si Natalio brinda a su familia
pascual cordero y pan recién cocido,
¡canta el horno en campanas de vigilia!

El lago

Sobre el terso cristal de malaquita
que aprisiona el soberbio panorama,
el carcaj de la aurora se derrama
y el bridón de los Andes se encabrita.

Su ala de nieve la leyenda agita,
muerde las islas una roja llama,
y de la ola el sonoro pentagrama
el hachazo del viento decapita.

Sofrena el sol su cuadriga en el Lago,
salpicando de lumbre los neveros,
y en el lomo de fuego del endriago.

Emergen de la bruma del pasado,
la sombra de los Incas y guerreros,
bajo el palio de un cielo constelado.