Ya vas rindiendo al tiempo su sórdida alcabala:
este rastro de azufre de los hijos del trueno,
este limón salobre que hiere la garganta
y esta luz de atalaya sobre el cielo morado.
Cuando todo presagia la noche por los templos,
la soledad del eco gutural en las bocas,
el alfar de los días y un alféizar sin nadie,
escucha el desconsuelo nocturno de los gatos.
Con la pasión secreta y erosiva del agua,
el lirio se levanta sobre los albañales,
regala su lunar plenitud de blancura
a la alquimia secreta de los asperjadores
y anuncia la costumbre fluvial de otras mañanas
en los tibios jardines dulces del paraíso.
Quien escribió estos versos no tuvo el privilegio
de conocer los días de un futuro imposible:
no percibió la imagen cabal del universo,
no supo de Alighieri, ni de Shakespeare; no estuvo
en las arrebatadas ocasiones solares
por las que transitaron tal vez sus sucesores.
Aunque entre sus mayores se pudieran tal vez contar
Mutasim mismo y quienes lo vencieron.
Fernando Quiñones
La almendra de la noche en los aljibes hondos
de la memoria.
Volverás a La Zubia
cuando en la madrugada el viento agite
banderas de silencio sobre los torreones.
En las encrucijadas de Basora el viajero se adiestra
en el hábito cruel de la renuncia, en curvas
de laberinto o álgebra cifrada de los días.
Vivir es desistir, es ir dejando
en cada paso un fardo incierto de penumbras
o luces que el futuro irá desmoronando
por turbios albañales sin cielo ni horizonte.
Como un leproso oscuro, también tú has escapado
bajo estrellas secretas, por sierras tenebrosas,
por ríos rigurosos y desiertos salados.
Has sufrido el estigma ardiente de los días,
la raíz tuberosa de los amaneceres,
el tiempo y los cimientos húmedos de la tarde;
la arcilla de los años, la aljaba del deseo,
las flechas con cicuta de la casa de Omar.
Los almuédanos ciegos con sus cinco llamadas,
como cinco punzantes aguijones de sombra,
te recuerdan hirientes y certeros los cinco
años de lanzas negras y estandartes de muerte,
de sueños intranquilos, nómada de las cuevas,
con el perro acezante del hambre en el costado.
En esta noche de caballos negros
que galopan furiosos y van rompiendo nubes
con el sonido sordo que anuncia las tormentas,
ser, como Ulises, nadie;
y en alta mar sacarle
la hiel al tiburón fogoso del recuerdo.
Los puentes van trazando su leve alegoría
del mundo:
los puentes se atraviesan
mirando el vado oscuro que dibuja en la orilla
la azul caligrafía del recuerdo,
sus pasadizos turbios, la trama del tapiz
con las uvas de Trípoli,
la taracea secreta que va labrando el agua
con ese empeño inútil que lleva hacia la nada.
Si vuelves a Damasco,
viajero, ponte un velo
delante de los ojos,
que el sueño aún no ha pulido
en los muros de adobe
la arista del dolor.
La madrugada, el gallo
de cobre por las cúpulas.
Cuando estabas mirando
las naranjas amargas de los huertos de Murcia,
el hijo de Ismaíl, el ciego del mercado
de dátiles de Málaga,
te ha tocado en el hombro para decir -y has visto
en su acento la tinta verde de la nostalgia:
– Si vuelves a Ispahán,
tráeme bulbos de nardos
azules como el mundo que ve quien se desmaya
y atardeceres rojos
detrás de las murallas de adobes incendiados
por la dulce almenara del cielo de poniente.
Como la torre que en la costa aguarda,
cercada de palmeras y arenales,
el improbable ataque berberisco;
como la torre expuesta al oleaje
exacto y riguroso y erosivo
de los días y los soles implacables
Como esa torre tú, como esa torre.
¿Estar en otro sitio…? El viaje verdadero
es aquel que se emprende sabiendo que ya nunca
volveremos al punto de partida, a la exacta
certeza de los puertos que dejamos atrás.
¿ Lo demás? Excursiones y argucias de la niebla.
El viajero cabal es el que nunca vuelve,
quien rompe las amarras y atraviesa la leve
espuma blanca y turbia que le unía al pasado,
el que rasga la túnica que ayer llevaba puesta.
El pasado es arcilla que el presente
labra a su antojo. Interminablemente.
J. L. Borges.
Con letras coloradas dibujas en el yeso
la geometría del verbo fugaz de los cometas,
la compleja gramática de la veleta, el álgebra
secreta de las hondas albercas del recuerdo,
el ajedrez violento de las conspiraciones
en los baños lustrales con eunucos ambiguos.
La hora de los rabeles y los gatos, antiguos
y silentes guardianes de las puertas del templo.
Golpeas con una aldaba la entrada transparente
del tiempo. Igual que un sátrapa poderoso y altivo,
subes a los adarves para ver acercarse,
desde los arenales suaves del horizonte,
al mercader oscuro con la noche en los ojos.
Los arcángeles tristes de la memoria bajan
hasta los arrabales con hogueras y estanques.
Has sentido su vuelo de niebla por las torres
cuando la luz delgada te clavaba en los ojos
la herida de la aurora, las almenas, la vega
leve como las túnicas azules de Ifriqiya.
Como a los lobos negros que por la noche bajan,
envueltos en la sombra, al río para beberse
estrellas y ventiscas, la memoria, ese azogue
opaco y cuarteado, te devuelve al secreto
oasis y a los corceles planos del espejismo.
Otra vez es la turbia sintaxis del recuerdo,
la ballesta tensada contra la luz herida.
Un hombre es el paisaje de las ciudades que ama:
Sus callejones lentos, sus fuentes musicales,
sus estanques secretos, sus arduos laberintos,
sus plazas numerosas, sus jardines en sombra
y el difuso horizonte que ve desde sus torres.
Los cristales de plata del laúd de Ziryab
restituyen tu infancia en los palacios de agua.
Con una antorcha subes a los altos alcázares
de la memoria y miras latir a la ciudad:
los alminares negros, los patios, las hogueras
de los amaneceres, el aljibe, el incierto
astrolabio del lento mercader que aventura,
con camellos y esclavos, sus pasos por la niebla.
La ciudad de los ojos en tu recuerdo: el hilo
de luz en las callejas, los narradores ciegos
de cuentos, los viejos adivinos,
los camellos que traen maderas aromáticas.
El desertor, las torres, la algarabía del zoco,
los mercaderes tristes de marfil y tapices,
el azafrán, las cúpulas, el arrayán, los zócalos,
Al Fath el especiero y el domador de monos
que vienen del oasis remoto de Xauén.
Los ríos del paraíso en las lentas marismas
de Hudaybiya, la médula
insondable del limo.
Con cálamos del Tigris dibujas en el aire
la sedición del tiempo, las torpes abluciones,
el anaquel de arena, el alfar, la carcoma,
las altas caravanas que devora la luna.
El lugar de la luz en la alcazaba inmóvil
bajo la media luna.
Perdida la memoria,
tener la indiferencia mineral del lagarto,
la madurez cansada de la granada abierta
y, como los profetas, el don de obrar milagros.
‘Así tuvo lugar el único viaje’
F. Brines
I
Surcarás otros mares de amarga geografía.
Volverá con las naves la paloma del sueño,
el velo del ocaso, la túnica del alba fría de los inviernos.
II
Sobre este mar de sueños el ocaso te avisa
acantilados.
‘sueño con los serrallos azules de Estambul’
A. Colinas
I
Detrás de las almenas frágiles de los días,
sólo una patria, Livio, leve al hombre:
evocar las hogueras
en la cima del monte azul de la nostalgia.
Blow, winds and crack your cheeks
Shakespeare
Sobrevuelan los buitres mi ceguera de nieve.
Ladran los perros. Anda
despierta la mentira mientras la esquirla afila
su venganza agudísima por mis ojos nublados.
Un erial pedregoso como una penitencia
abona mi osamenta y nutre la morada
flor antigua y sin savia de los días pasados.
‘veo llegar cada tarde mis restos a la playa’
J. Rodríguez Marcos
I
Así como el que cuenta sus denarios,
pesadamente inclina
su esqueleto de plomo en la tarde imprecisa,
así tú vas contando los ocasos del agua,
los ríos inseguros, los barcos que se llevan
el eco de los címbalos tras el viento delgado.
El cuerpo del monstruo fulmíneo llenaba el espacio
como un pez que se hubiese tragado la mar.
No existía ya sitio más que para un temblor
y la luz era a un tiempo su piel y su carne.
Un leve punto, gota, gota, embrión de la tiniebla,
apareció en el tenso vientre en llamas,
en el furioso vientre hurgó como semilla de la noche.
Sobre este muro frío me han dejado
Con la sombra ceñida a la garganta
Donde oprime sus brotes de tormenta
Un canto vivo hasta quebrarse en ascuas.
Yo aquí mientras el sueño los despoja
Y en sueños comen su mentida baya
Para erguirse en las venas de la aurora
Pábulo gris de su sonrisa vana;
Yo aquí mientras los sabios inocentes
Y los tranquilos de crujiente casa
Durmiendo abajo, y aprendiendo el frío
De sus angostos mármoles descansan;
Yo aquí volteado por el viento negro
Que el olor de la noche desampara,
Los cabellos fundidos en raíces
Que van abriendo turbulentas lamas;
Yo solo entre planetas condenados
Que en busca de sus huesos se desmandan
la edad del mundo en esta pobre sangre
que entre las quiebras de su historia clama
yo aquí turbado por la paz bravía
que con sagaces témpanos me aplaca,
sintiendo entre las médulas ausentes
el duro frenesí de las espadas;
yo aquí velando, los desiertos ojos
quemado por el soplo de la nada,
las negras naves y los negros campos
vacíos de sus oros y sus lacras.
a A. Rimbaud
Rigor de esta ciencia rara
que en relámpago indiviso
del infierno al paraíso
quiebra el color de mi cara.
Que ya no me desampara
su asistencia abrasadora,
la palabra me devora
si me aviva el pensamiento,
y en callada flor del viento
mi antigua canción demora.
Con astuta cabeza de zafiro,
Bloque de piedra fría y transparente,
Inmóvil, la mandíbula sellada,
Linda con la tiniebla el monstruo leve.
Mientras el polvo en que se duele el mundo
Curva su flor, su lágrima troquela,
Y entre los tersos cánticos del día
Sordas espadas con su vuelo templa.