Aprendizajes

Si tuve en los caminos insensato
afán de regresar, y si del viaje
no me quedó sino el amable dato
de algún humilde ocasional paraje;

si el mar me dio tan sólo el inmediato
goce de la canción de su oleaje,
montaña, cielo y mar en su arrebato
me enseñaron su pítico lenguaje.

Mi aprendizaje fue harto sencillo,
de ciego que no urgió de lazarillo;
cuanto buscaba en mí mismo escondía;

para cumbres y mar mi desencanto,
para caminos mi melancolía,
¡que todo regresaba, en mí, a mi llanto!

Aquel viejo caballero

Yo quisiera ser el viejo caballero
amante de las esquinas solitarias,
bañado por una suave lumbre de alelíes,
que en la noche repasa, con los dedos,
cuentas de amor y melancolía
a través de desvaídos almanaques.
Yo quisiera ser el viejo caballero.

Lo he visto en los grabados antiguos
de las calles silenciosas.
Su paso deshace plumajes de agua en los plenilunios.
Su paso abismado reanda los años en la luz.
Su paso escala montañas de flor de algodón.
Yo lo he visto perdido bajo cielos de arroz,
con una mano en el pecho
y una mano ya ajena en otro siglo. Su bastón
caminaba solo y yerto como caminaría
una insurrección de nardos. Iba delante de él.
La perla de su corbata,
sus guantes de horizonte, de niebla,
la cadena de su reloj,
su pañuelo florido,
sus cabellos pintados,
su sombrero vesperal,
la luz de sus zapatos de charol,
todo lo anunciaba ­y su tos­,
todo gritaba su sonrisa, su amarga
luna de soledad.

Yo quisiera ser el viejo caballero
que da golosinas a los niños
y palmadas delicadamente amorosas a las adolescentes.
Yo quisiera ser ese caballero, ese río inerte,
esa luz antigua.
Yo quisiera ser ese caballero,
lleno de árboles desgarrados,
de pájaros enmudecidos,
de estrellas turbias. ¡Caballero gris,
retrato mío de un tiempo escamoteado!
Pero no lo cuente, por favor, caballero.

Blancura de la esposa

Límite de jazmín y nieve intacta,
aurora boreal, país de nardo,
témpano de azucenas, rosa exacta,
vellón de azúcar, cristalino dardo…

Velamen de la nube fugitiva
y fuga de relámpago y de espuma,
en el aire de luna pensativa,
muerta de plata en ataúd de bruma.

¿Muerta? No. Viva y en perenne llama
de cisne, en puro arranque de gaviota,
en impecable estrella de diamante.

Magnolia tu cintura que se inflama
y diamela tus senos de que brota
en vía láctea el don santificante.

Donde estoy

Si quieres encontrarme no me sigas
en mi desamparado movimiento,
guárdate de la flor de mis fatigas
y del dictamen de mi desaliento.

Mis pájaros de sueño no persigas,
huye el que es en mí vencido intento,
mi destrozado símbolo de espigas,
mi desolado sollozar de viento.

Me encontrarás en el ciprés dormido,
en la porosa tierra desgajada,
en el agua, en la nube y en el humo.

¿Pero por qué me buscas sin sentido
fuera de ti, si en tu extensión amada
río de fuego y llanto me consumo?

Entonces

Ese día que esperas temeroso,
vendrá. Te irás pausado, y otros seres
ocuparán tu espacio. En tu reposo
escucharás las risas de mujeres

nuevas, el renovarse silencioso
de cuanto vive, y sentirás que mueres
de nuevo en todo día victorioso,
que otra vez dejas sueños y placeres.
Crepitará la dicha en torno tuyo,
ignorarán los hombres lo que fuiste
y no podrán, desde su vida, verte.

Tú los verás, en el delirio suyo,
aproximarse ciegos a la muerte,
y en tus cenizas estarás más triste.

Estuario

Aquí está mi canto taciturno y desvelado,
mi esencia traicionada,
mi poder perdido y la amorosa luz huida
por el húmedo camino de mis vértebras
hacia los más consistentes olvidos.
El tiempo huraño de sus brazos me abandona,
hostil la flor y letal el surco
nocturno en que el sueño me recoge
en lentas navegaciones desvanecidas.

¡Estuario de sus palabras con pájaros
ocultos entre los granados,
en el temblor del inseguro día
de arterias rotas y fulgurantes álamos!

Ay, ya no prendido en tus caderas
mi sollozo se derrama,
amarga sed de un bien desposeído,
ausencia de luceros en el agua,
huella de suspiros en la arena.

¿Adónde mi flecha se dirige
en el universo vacío de mis sentidos?
¿Adónde cabalga su potro oscuro el deseo
encabritado aún en las desiertas
albas del regreso y en el espanto ardido?

Déjame tu símbolo escueto,
tu imagen sin tierra ni ternura,
tu sonrisa de materia cristalizada y sin penumbra,
el trino de marfil de tus pájaros en la memoria,

para que florezcan, limpios, en la cal de mis huesos,
en el confín de mis vértebras,
más allá de lo que en mí ha muerto,
de lo que en mí no muere,
en la universal entraña de mi gemido!

Pasos de la búsqueda

I

En la tierra desnuda te he buscado,
en caminos, montañas, bosques, ríos,
en amargos inviernos y en estíos,
en mi vida, en la vida, te he buscado.

En las mañanas de oro te he buscado,
y en los vagos crepúsculos vacíos,
en el vuelo de pájaros tardíos,
de nubes y de estrellas, te he buscado.

Tu rastro a veces descubrí en la tierra,
en el mar, en el niño y en la rosa,
en todas Partes donde te he buscado…

Pero el engaño de mi amor me aterra:
sabe que estás perfecto en cada cosa,
¡y como bien perdido te he buscado!

II

Estás tan alto para mi sentido,
estás tan lejos para mi ansiedad,
que siempre bien perdido te he creído
sin que pueda alcanzarte mi ansiedad.

Veo que otros te encuentran sin empeño,
y otros fingen no verte, sin piedad,
que mis ojos el llanto ciega, y sueño
que te me desvaneces en piedad.

Si escuchara tu voz, tu rastro hallara
y en mi tiniebla tu invención brillara,
¡cómo disiparías mi ansiedad!

Estás ­tan alto y lejos­, en mí mismo
pero tal es la sombra de mi abismo
¡que no entiende tu inmensa claridad!

III

Si a otra vida me voy sin conocerte,
la vida que me des será de muerte,
y en mi perpetua muerte hallaré vida
sólo por ver tu imagen presentida.

Por miedo de perderte sin tenerte
mi vida fue de soledad y muerte;
me espanta imaginarla repetida
si no he de conocerte en nueva vida.

Tú de mi ser dispones por entero
y diseñas mi sino venidero
como forjaste mi alentar pasado,

pero has de darme nueva vida y muerte
para que al cabo pueda conocerte
el anhelar que ciego te ha buscado.

Pensamiento después del cine

Con violetas de los cinematógrafos en las ojeras
y nostalgia de estanque en los ojos,
de estanque con lotos,
definitivamente en el amor naufragas,
isla flotante de pluma y nardo
en un mar de cabezas desoladas
y de huraños deseos.

Haces pensar nómade y frágil en mis manos y tan remota
en los caballos de las películas
que corren, que corren, que corren
miles de miles de millas de celuloide
para salvarte,
para salvarte del rapto de los bandoleros
que te llevan en el pavés de sus deseos,
y entregarte al fin incólume
como el sueño de una niña de cristal y malva
al héroe impecable de las películas.

Haces pensar en los peligros erizados de montañas,
de montañas de cartón que en las películas
sorprenden con minas de secretos y bandidos galantes,
aptos para el aplauso en flor de la galería.
Haces pensar en los incendios de bosques,
que se apagan en un beso de salvamento,
y en los raudales en que se precipita
la fuga de una barca perseguida
que a los pies del milagro se detiene,
y en las carreras de aeroplanos
que hincan certeras flechas de aluminio
en el corazón espeluznante del vacío,
y en las locomotoras que pasan
sobre las cabezas encogidas de los espectadores
laminando un grito de ficticias muertes.

Te desvaneces en un suspiro
y en un relámpago te amplías,
te amplías desmesuradamente como la muerte.
El brazo, para ceñirte, circunvala el mundo.
La luz, para recrearte,
se tortura en los obturadores burlando vigilancias
de directores siniestramente irreales.
Marchas a mi lado y no te siento,
marchas a mi lado y no te siento,
urdida mentira de los cinematógrafos,
viviente sólo a clareadas de luz y azogue:
en el deseo florecido,
Y en la instantánea retina del recuerdo.

Vanidad

Aunque la fama alguna vez me ungiera.
Juan Burghi

La vanidad de mi pequeño nombre
quisiera abandonar en el camino,
que nadie sepa ni recuerde el hombre
que fui en la tierra, oscuro peregrino.

De la fama ignorado y del renombre,
cumplir sencillamente mi destino
y que el lector futuro no se asombre
siquiera del silencio en que me obstino.

Dejar mi verso dócil o impaciente
no codicioso del aplauso ardiente
sino de oculto agrado contenido

como pintor anónimo borrado
en la leyenda de su lienzo amado.
“Autorretrato de un desconocido”…

Viento negro

(Elegía paternal)

Este que traigo ahora con mis papeles es un libro recio
y sombrío, como un redoble de tambores enlutados.

-Eugenio D’Ors, Grandeza y servidumbre de la inteligencia.

Bajo la tierra estás inerte,
pero exorable y compasiva
con su beso te dio la Muerte
la perfección definitiva.

Eduardo Castillo.

EL VIENTO LOBREGO de hendidas garras
temblando viene de comarcas misteriosas.
El viento lóbrego de ateridas flácidas carnes
de perro humillado y ululante,
negro heraldo de agüeros funestos,
viene de países horrendos en que el espanto medra,
de foscos febreros echado.

No le vemos los ojos de carbunco, de horror y de crimen,
no le vemos las fauces, en que espuman asordadas voces,

no le vemos los pies claudicantes,
no le vemos los pechos violentos;
sentimos su fuerza ruda, el empellón con que pasa
tumbándonos en lagos de asfalto de miedo:
queremos franquearle el paso, y nos azota,
y sus afiladas garras yelorosas
en la garganta epiléptico nos hinca,
asesinándonos pavoridos estertores de sombra.

El gran viento luctuoso viene de las pampas del sueño,
de los eriales de la angustia,
de los desiertos desnudos como jóvenes sombríos
al suicidio predispuestos, del dolor evadidos.

El viento en la noche amarga cruza,
maquinista de locomotoras de pesadilla
que en nuestro corazón se estrellan
aparatosamente en mudas catástrofes sin tiempo ni testigos.

El viento cargado de dudas, huye,
y en su desazón nos arrebata.

El viento malvado con crímenes de siglos a la espalda
y anarquistas cóleras en el pecho se atorbellina
y hacia el vacío nos proyecta
por entre un turbión de deshechas alas,
por entre un dilatado pánico de estrellas.

El viento negro, el viento mendigo nos hurta monedas de clamores
y nos deja haraposas soledades
y solitarios amores de miseria.

…Al viento lóbrego confío en la noche amortecida
mi carne escéptica y mi sueño,
mi angustia y mi canto.

AHORA SOY NO MAS el joven luctuoso
que en la noche sin límite se pierde,
ahora soy no más el joven luctuoso.

Van delante de mí sombríos pasos,
pasos sin dueño y voces no emitidas.

Perros de luna ladran a las tierras ocultas
por submarinos soles bañadas.
perros de lunas de invierno maceradas.

No distingo mi sombra dentro de mí acurrucada
y en los espejos de la distancia
mis pies resbalan taciturnos y miopes,
caídos de un sediento mundo
escapado de las manos de Dios.

Pero ahora soy no más el joven luctuoso
que pule el marfil de su actitud no esperada,
del dolor huésped desventurado,
amargo y silencioso como árbol sin raíces
apenas por las espaldas de contrarios vientos sostenido.

He perdido mi país de nubes.
mi pañuelo de expertos adioses,
mis lanzaderas de golondrinas,
mis manos calladas,
mis carabelas,
mis alas.
He perdido mi país errante,
y ahora soy sólo el joven luctuoso
de la noche desdeñado,
de la luna, de la sombra, de los sombríos huertos,
de los fúnebres jardines, de las negras fuentes,
de los pálidos pozos, de las lentas estrellas,
de las tiernas guirnaldas, desdeñado.

Dónde mis pies! ¡Dónde mis alas!
¡Dónde mis risas tempestuosas! ¡Dónde mi silencio
de tétrico doncel desvariado!

(Narciso, ya serás
bosque de sauces a la orilla
del gran río del llanto.)

Ahora me ladran perros de emigradas lunas,
ahora me huyen los fantasmas cotidianos
y las campanas, ahora me huyen.
Porque soy el joven luctuoso,
porque soy el portador de las lágrimas perdidas,
porque he perdido las islas del día,
porque he roto los cauces de la noche
y los diques del llanto,
porque he destrozado los puertos
de los oscuros litorales de la vida.

Porque soy no más el joven sombrío
ebrio en los laberintos de su luto,
vino negro, viento negro, negro abrazo del cielo negro,
luctuoso y sombrío como los perros sin luna,
como las abandonadas lunas sin tierra
en las órbitas de la angustia perdidas.

TENDIDO ESTAS, isla inmóvil
Ya en la densa mar del tiempo.
Los riachuelos azules de tus venas
Se desperezan sin rumor por los cauces de piedra de la muerte,
húmeda lava de la muerte.

Sobre tu pecho,
pálidas manos decaídas, sin voluntad de alas,
custodian las puertas del sueño.

Ultima luz de mayo
acunan almohadones de sombra en tus ojos,
abiertos ya del otro lado de la vida,
a lunas de tierras extraviadas,
a estrellas fugaces de cielos del todo nuevos
para tus ojos de recién llegado a otra vida.

Isla intacta -equilibrio intemporal, dichoso aplomo-
una onda de lágrimas,
una espuma de plegaria,
una herida ráfaga de sollozo
acuden a tus costas, nimban tu contorno.
balandros de flores naufragan en tus orillas.
Pero ya la sorda corriente de la muerte
tus raíces de profunda tierra taja
y a impenetrables mares de soledad te arrastra.

Tibia corona de laurel antiguo,
mi abrazo quiere ceñirte,
tibio beso en la frente helada, quiere detenerte.

Tu escolta de cirios lacrimosos
sondan la sombra de las escalas de tu viaje.
Vestido ya de negro y plata,
viene a besarte el viento de las estrellas de la calle.
viene de tus mundos perdidos
una voz que sólo tú oyes
(En su prisa nos atropella
hace temblar los cirios veladores,
se arrodilla a decirte adioses
de tus cosas estremecidas, huérfanas
de tu tutelar amparo, de tu sosegada pertenencia huérfanas.)

Las ojeras de la aurora
tu palidez espacian, pronuncian tus perfiles, y te haces más isla, más isla,
más mundo que desaparece,
más propiedad irrescatable
de las enemigas manos de la muerte.

Un silencio de flor
encristala la anchurosa luz de tu semblante.

AMIGA SILENCIOSA,

Silenciosa amiga, cándida Eco,
tómame las manos, doblega mi cabeza,
apaga el latido frenético de mi sangre,
amiga silenciosa,
porque ahora estoy triste como los barrancos
en el crepúsculo,
porque ahora el tiempo sobre mis hombros pesa
y negras cadenas nocturnas
a los pilares de subterránea noche me encadenan.

¿No oyes gemir el viento, el negro viento
detrás de las vidrieras?
Acállalo, Eco,
¡pero no te apartes de mi hervoroso miedo!

He oído su voz llena de tierra, llena
de amargas sales de viaje,
llena de silencios entrecortados. De sombras. De soledades.
Sus pasos eran rúbricas misteriosas en la arena,
Y yo sabía que venían a mi corazón!

Me tenderé en la arena de los cementerios,
en el playón de plata de la muerte,
para sentir que resbalan sobre mí los pasos
de sus palabras.

Me llenaré del rumor de sus palabras,
de su eco,
y pasaré junto a la noche como un vendedor de cántaros,
temeroso de que en las paredes de la noche se destrocen.

He oído su voz llena de tierra,
desenterrada y triste, mineral,
que de remotos países habla,
que a desconocidos fantasmas invoca,
que a mortuorios viajes invita.

En la memoria del aire
su voz reconstruye sus cúpulas y sus arcos,
pura y nítida ya, sin residuo humano,
ya sangre de cristal, suspiro casi, no gemido,
pura y nítida ya.

No me digas nada, amiga silenciosa, silenciosa Eco,
para que sólo escuche, contra tu silencio,
la voz perdida, incólume;
su acento que gotea tiernas mieles azules
en las bandejas de luz del día,
su voz grabada en los nocturnos discos del sueño.
irrecuperada.

YO SE QUE ESTA LLUVIA de junio martilla
la húmeda argamasa y el grave ladrillo de tu sepulcro,
barcaza inmóvil en que eres
cargamento silencioso de la muerte.

¿De qué te habla, de qué te habla
la lluvia?

Te habla de las ceibas abrumadas
de tu familiar paisaje;
de los montes velados;
de los inviernos que corrieron bajo tus pies.
te habla del tiempo que no muere.
Te habla de Cubas calientes y doradas:
en el aire luciente, vívido aluminio,
esbeltas mulatas de canela y ron;
entre manigua y cañal,
entre tabaco y nopal,
correrías de insurgentes,
hazañas de guardia civil.
¡Sargento!, joven sargento,
cuidado con su capa de añil,
cuidado con su corazón de abril.

De Españas de cristal, sonoras,
vino escarlata, sol generoso, y en las rodillas trajinantes, ¡qué juventud!
De tu líquida Galicia en atlánticos ojos de esmeralda demorada,
-Pasos umbrosos, reposadas rías
en que tu cuerpo de niño astilló cerúleos espejos,
rúas de balbuceantes casonas,
robustas mozas de manzana y miel, como templos, como mundos;
tamboriles de romerías, zambombas de Navidad,
gaitas que entregan quejumbroso dialecto a la muda nostalgia, a la saudade enclaustrada
de tu gota de sangre celta,
de tu grano de ensueño godo.
yo sé que la lluvia te habla
con mil bocas de cantar.
Sus caballitos de vidrio
rompe en la tierra, como si quisiera jugar.

¿ Sabes? Ya desbordan ríos, en el ámbito de tu geografía,
ya mugen mares, ya se desfondan montes,
ya se quiebran cielos, cielos de metal en relámpagos de azogue,
ya gimen desnudos árboles desnucados,
ya se derrumban pájaros de barro, por la lluvia carcomidos,
y tú no sales,
y tú no sales del estanque de hielo de tu sueño!

Que no te diga más la lluvia,
que no te diga sino que es mi llanto,
colérico, desesperado, amante y triste,
mi llanto que para despertarte,
bajo el viento negro,
Mares Muertos sobre tu sepulcro vacía,
Mares Muertos de amargura.

COMO LA LUZ TRISTE del sol que en las tardes
emplomadas de lluvia -desesperadamente-
entre los hombros de las nubes se abre paso,
como la luz triste y entumecida
que sobre el musgo cae y en la hierba rebota,
como la luz triste, viajera equivocada,
que todos se niegan a recoger
alegando que no es la luz verdadera,
así es tu ausencia.

Inútil que me engañen tus cosas abandonadas,
inútil que las ampollas olvidadas y los frascos,
el tímido algodón y el servicial alcohol,
finjan esperarte en detenida tregua;
inútil que tus anteojos y tu silla
a otro mundo espíen sobrecogidamente, aguardándote.

Florecerán rosales desterrados de tus ojos
flores de Candelaria se quemarán en grada vesperal,
atónitas naranjas suspenderán en el aire palpitante
senos de muchachas virginales;
flores de pascua gritarán tras los cercos
a los donceles de diciembre en fuga;
enamoradas de los esbeltos helechos,
las pomposas bougainvillias vestirán lujos de burato y fuego
para que Pablo Veronés las pinte,
y las rubias amandas desdeñadas
apaciguarán su fría, superficial indiferencia
para ensayar vuelos de lastradas mariposas,
viniéndose a tierra en repentinos otoños sólo suyos.

Tú no vendrás, tú no verás, tú no estarás,
nunca, nunca, nunca,
sino en mi lágrima y en mi sueño y en mi canto,
en mi peligro y en mi diálogo,
en el orden circunspecto de la luz que me circunda y me atañe,
en la tolerancia de mis sentidos,
y en la persistencia del ademán que antiguos fantasmas repudia
para estar contigo a solas en la penumbra

de la frontera secreta de la muerte,
tú un paso maduro en la vida adelantado,
yo a la muerte un delirante paso dirigido
como de melancólico joven en el viento suicidado.

DICEN QUE HAS MUERTO.
Yo sé que es mentira. ¡Yo sé que es mentira!
Tendido sí, inmóvil sí, sin mirada, e imperturbables nervios,
dueño de rientes comarcas de ultramundo.
En el ataúd dormías, escapados los pájaros de tu albedrío;
en tu mortual decoro había una
adormilada palpitación de vida.
Tu peso en mi hombro fue el de un delgado sueño,
y en el estéril silencio del cementerio
tu reposo es el ligero reposo de una sonrisa,
de ceniza nunca severo testimonio.

Sentirás crecer un poco los árboles, de tu savia;
sentirás empinarse un poco los montes, de tu tierra disgregada;
sentirás un poco la campana copiar tu voz,
pero no estás muerto.

Tu fértil presencia está en las cosas
que rodean mis límites ampliados,
ejemplo de mi tacto, resabio de mi rebeldía,
frontera de mí mismo,
apaciguado aniquilamiento.

Eres tú a mi lado, eres tú en la sombra,
eres tú en mi cabeza que duerme contra el día,
en mi corazón vagabundo,
en mi lágrima, en mi mano, en mi pena.
Eres tú mismo en el consejo florecido,
austero en la admonición, en el estímulo placentero,
venido de un planeta dulce,
protagonista de una leyenda no disfrutada,
por un ángel fortuito arrebatado.

No mueres, no morirás, no morirías,
no puedes morir:
te lo prohiben compromisos de dulzura,
deudas de enseñanza, deberes de amor.

Estás vigilante e inadvertido, con pausa de dominio imperceptible,
junto a lo que escribo, detrás de lo que sueño;
vas a decirme que me detenga ¿ lo ves?
a la trémula orilla del mal, del turbio engaño.
Pones una mano inmaterial sobre mi hombro
en que el cansancio cruza lanzas doblegadas,
y escuchas la anécdota que te cuento
en un lento clima de indulgencia sumergido.

Depones el prejuicio de tu ausencia,
te sacudes con mano exenta de extrañeza
fácil polvo de estrellas olvidado en tu frente,
y en el afán me otorgas vigorosa compañía.

Eres tú mismo,
irrefutable en sutil evidencia
pero rebelde al fallo de mis sentidos.
Si tú no fueras,
padre, ¿cómo latiría aún mi corazón?

APARTAD DE MI A LOS NIÑOS de risas heridoras,
apartad los bosques trémulos de voces musicales,
los ríos que se quiebran en el cristal del día,
las montañas azules recostadas en la distancia,
las estrellas de aguas de plata,
las rosas, las dalias, los pájaros,
los claros indemnes ojos de la vida.

Yo no quiero sino mi luto,
el negro viento que me esculpe,
las frías manos de mi tristeza,
los desnudos huesos de mi silencio,
las lagunas ensimismadas de mi llanto,
la estepa lunar de mi pensamiento,
el rumor obstinado de la lluvia que cae en cavernas malditas,
el gotear pavorido de la noche en los pozos del mundo.

Quiero el árbol derribado que se pudre en la selva,
agobiado de líquenes, ceñido de parásitas,
comido el corazón por voraces caravanas de hormigas;
quiero el río turbio de pérfidas aguas empantanadas
que espantan las fauces sedientas de las bestias;
quiero las piedras mudas en acongojada soledad reclinadas;
los parajes insolventes signados por viejas cruces
de enfáticos crímenes que nadie recuerda
y a todos estremecen como si a cometerse de nuevo fueran;
las minas abandonadas donde imploran, de tiempo en tiempo
soterradas almas de mineros, negra cara
y negras manos, al espanto aherrojados;
quiero la noche polar y el sueño de montaña sin estrellas,
para mi alma, ciega y sorda, de inverosímiles tormentas amasada.

Apartad de mí la belleza de las horas,
la gracia del mundo florecido,
los himnos horrendos de la alegría,
el ansia núbil de la mujer,
la fuerza razonada del hombre a vencedoras empresas habituado,
pórque mis ojos sólo contienen la ácida luz de las lágrimas,
y mis labios ignoran el beso y mancillan la oración;
porque mis brazos están mutilados de ternura
y no quiero que se desborde sobre la tierra inocente
la colmada amargura de mi corazón.

YO NO SE POR QUE LLORO, si tú descansas.

De tan grande que era, de tanto cielo que atesoraba,
el corazón no te cabía en el pecho,
¿cómo iba a caber en el mundo
un corazón que no cabía en tu pecho?

No tiene sentido que te llore,
si estás en la luz disuelto,
en su intimidad incorporado,
en su novedad identificado,
si en el agua me miras con ojos de sumergida diafanidad,
si en el viento se renuevan tus palabras leales,
si en la noche navegan tus pasos junto a mis pasos,
bajo tempestades de estrellas y de apóstrofes,
si en tu sueño mismo, sin fondo, sin contornos, mi mano exasperada
ase con pavor y daño fervoroso las hundidas raíces de tu ser,
si en el río de mi sangre caen, copiosas de eternidad, tus amapolas.
No tiene sentido que te llore,
aquí, bajo el gran viento negro.
Mis ojos ignorantes, sin embargo, en ráfagas de lágrimas.
Mi corazón desquiciado, sin embargo, en nudos de angustia.

Soy el culpable de mis lágrimas y en ellas naufrago,
abandonado a los caprichosos itinerarios de las ondas del llanto.

Castígame con impulsos de frío reproche y de luz airada
porque rompo la obediencia a hostiles destinos,
contra las benignas normas de tu estoicismo alzado,
y porque con torpe mano quiero detener tu marcha de luz, castígame.

Yo no sé por qué lloro, si tú asciendes,
Pero me falta el jarro de flores olorosas de tu corazón.

Yo no sé por qué lloro.
Por escalinatas de estrellas va tu ser emancipado,
y yo soy apenas el esclavo medroso que de lelos, tu huella
desvanecida sigue, en estelar espanto desvanecido.

Seca el manantial tenebroso de mis lágrimas,
apaga el hervor de mi sangre,
ciérrame los ojos ensombrecidos,
apriétame los labios de ansia y de blasfemia,
y entonces sumisamente, bajo las lunas nuevas seré el camino de tu recuerdo,
invocaré tu nombre despojado,
cantaré tu alabanza de bondad y dulzura,
y diré a tus hijos que no has muerto,
que eres la perfecta luz de una presencia al ojo negada,
al alfanje del dolor invulnerable,
pálidamente silenciosa.

Que descansas del mal de la vida, en fin, y a la dicha
te elevas purificado,
Dignidad de acero y terciopelo;
que tu corazón desorbitado ya en el espacio se amolda;
que un día, en el mar de las estrellas confluirán los ríos
desiguales de nuestro viaje.

No tiene sentido que te llore,
aquí, bajo el viento negro,
cuando es mi corazón, tan sólo, el que ha muerto.

TE ALEJAS EN LA SUSTANCIA del tiempo.
La luz no sabe qué paisaje esconden tus ojos cerrados.
Las nubes que regresan de hemisferios ateridos
preguntan por tu sombra esculpida
en yo no sé qué tierra de ausencia, lívida y morosa.

En el río de diamante de un mayo herido
-¡mayo todavía no me había herido, no!-,
se congela en tenue eternidad tu agonía,
como de miel de caña o de obsidiana silenciosa.

La arena del sufrimiento en tus manos se desliza.
Recordarás cómo caen, cómo caen, cómo caen,
vagarosamente, una a una, dos a dos,
sin propósito definido como tristes días,
en tibio viento naufragadas, las hojas de las ceibas.
Rompan la muralla del silencio,
porque tu voz quiere proyectar su onda,
porque tu ademán quiere libertar sus pájaros.

Recordarás que en mayo la tierra henchida
senos de mujer madura en calor de violencia vegetal.
Mayo no te había herido,
sino esta luna afilada y tenebrosa,
sino esta luna nueva.

Recordarás cómo canta el agua
el aria familiar de tu sosiego.

(Pero ya baten las sonoras plantas del delirio
y aúllan los lobos de antiguos episodios
por veredas en que te nos pierdes de antemano
por la gacela del enigma sorprendidos).

¡No te vayas, padre!
¡Río benévolo y patriarcal, deténte!

Pero ya eres sustancia del tiempo,
ya eres de mi corazón cercenada lejanía,
presencia armoniosa en un mundo en el cual el olvido
a inefable memoria se reintegra
y en virtud de perduración se acrisola,
trigo y sol, miel y cristal, transparencia y vuelo,
apta materia para construir auroras,
designio puro de rendido sueño.

*

El viento negro ha pasado,
el gran viento negro
en mi corazón por mayo herido,
en mi corazón, en mi sangre, el viento negro,
el gran viento negro sin orillas,
¡el gran viento negro!

…mayo, junio, julio…
4 de agosto de l938…

Zarzamoras

(cantos menores)
(1957)

(Por remover su cárdeno tesoro
en la ceniza fiel hundí mi mano:
en mi mano temblaron ascuas de oro,
momentos, sueños, de mi ayer lejano.

Me quedan, de mi cándida aventura
estas canciones que al olvido entrego,
huellas de una indecible quemadura,
marca indeleble de mi oculto fuego.)

*

Esta muchacha tiene dos hijitos
medio abandonados, saldo de su divorcio.
Es rubio el más pequeño y el otro moreno,
traviesos y malcriados: yo los acaricio
con anómalo encanto…
¡A esta muchachita la quise yo tanto!
¡Y estos sus hijitos pudieron ser míos!
¡Debieron ser míos!

*

¿Era esto lo que yo buscaba?
Cuarenta años soñado
y por fin alcanzado…
¡Pero, qué viejo para tan florida rama!
¿Y a porvenir tan nuevo, proponerle un pasado?

*

Si mi voz, mis sueños, mis lágrimas, mis ojos…
Pero, ¿qué afán de darte en doloroso ejemplo?
¿No sabes que el dolor que se calla es el más grande?
¡Sí! ¡Sí! ¡Pero mis sueños, mis lágrimas, mis ojos!

*

El mal que me ha sucedido
yo nunca lo lamenté,
pero tampoco lo olvido
pues dio sentido a mi bien.

Muchachita subversiva,
el aire audaz de tu enagua
¿por qué me tienta y me aviva
un como ímpetu de agua?
¡Quisiera llover luceros
sobre tus tiernos eneros!

*

Me asegura mi experiencia,
sin que de imponerla trate,
que con paciencia
¡o con violencia!,
no hay nudo que no se desate.

*

Mi daño ha consistido
en no haber hecho a tiempo
aquello que he querido;
haber dejado, ciego,
lo soñado por lo vivido,
pues al final encuentro
que lo amado no lo he tenido,
que no vale amar lo que tengo
y lo vivido, lo he perdido.

(Variantes)

(Casamiento de una amiga)

Me dieron la noticia. Vi que en la tierra había
flores, luces, canciones, y que el tiempo fluía
en ondas sin sentido. Nada había cambiado
Entonces, ¿es la muerte ­me pregunté aterrado­
función tan sólo, de fisiología?

*

Que fue un error amarte,
antes de amarte lo sabía
Lo que yo no sabía
era poder dejar de amarte.

*

Qué simples son los poetas,
dijiste: aman lo lejano
y desdeñan lo cercano,
que simples son los poetas.

*

Tienes razón y bien sabes
cuánto te amo,
orgullosa, indiferente,
mi bien lejano

*
Ante mi equívoco amor
me dijiste que quererme
era un error.
Te curaste con olvido
y yo he seguido queriéndote
con mi equívoco amor,
firme en mi error.