La lluvia

Es la lluvia, la hormiga que asciende lenta
en la hoja intemporal;
es la hoja, la lluvia que moja
el negro paraguas;
es el paraguas,
la sombra donde crece el delgado tallo;
es el tallo,
el fulminante verde que amanece en mis ojos;
son mis ojos, los creadores de la página;
es la página,
el epitafio de las letras;
es la letra,
el caos de mi nombre.

Qué te doy

¿Qué te doy de mi cuerpo?,
prestado a otros cuerpos,a otras vidas.
¿Qué puedo darte de estas frases?,
préstamo de otras.
¿Cómo te doy del sueño y color de
otras manos, mis flores?
¿Cómo te doy mis brasas para no arderte?
¿Cómo recoges mi polvo?
¿Cómo darte mi viento, si la
humedad coronó su tiempo?
¿Cómo te doy mi almohada, si
ya no hay madrugada?
¿Como te doy la nada?
¿Acaso tú,heredera del silencio
puedes darme otro cuerpo?

Raíz del cielo (I)

Honda la mano que no perdió su antiguo ánimo y en el
coraje empuña la espada que hiere al polvo y éste que se
esparce y niega el agua.

Honda la mano hiriente que en su embriaguez se hace río y
después de tantos años aún nos asombra porque ostenta un
oleaje y un canto marinero.

Honda la mano perezosa,
ligera como el tamarindo,
aroma de litorales que turban la sangre más antigua y el
hombre quieto en la cintura de la luz lamiéndose como si
fuera una victoria o una derrota.

Honda la mano que anticipa las ausencias:
la tierra prometida,
el deseo de un sueño deslumbrante,
la sensación de estar atrapados,
el abismo que abjura de la gloria,
el oro que surca los idus de marzo.

Honda la mano del tiempo,
igual a sí mismo, sin viento,
a la una de la tarde,
mientras el hombre bebe cerveza en la tienda de la esquina
y en sus ojos se acumula una espera de cartero y una
esperanza que no desciende.

Honda la mano al sostener con firmeza la ventana para que
los albatros culminaran su vuelo,
honda, honda la mano indecible al descifrar las cerraduras
y apurar el paso de los hastíos,
aunque la vastedad de los perfumes no impidió que los
manicomios se llenaran y todos creyeran que estaban a
salvo,
mientras las serpientes lucen su condición de víctimas
extasiadas
y la fatalidad data el hecho con la clarividencia de un pozo
profundo al traer el recuerdo de Fenicia y sus
delgados muros que desvanecen los errores cometidos.

Tanto que los espejos siembran crepúsculos donde fluirá la
vida y los ríos,
porque no todo en la vida es supermercados en California ni
esas delgadeces que atraviesan la pupila como un rayo
súbito bajo un cielo pesado,
que a cada paso enrojece la verdad de hombres y mujeres
que se desvanecieron entre trivialidades,
porque ni el aquelarre bastó para detener las blasfemias ni
las maldiciones,
no bastó ni basta,
a pesar de los Te Deum
ni que miles de mujeres iluminen el aire con oraciones
y se laven las manos en aguamaniles decorados con
suficiente paciencia.

Hércules lo sabe:
los sudarios se desgarraron hasta erigir un crucifijo para
aherrojar los bordes de una eternidad que comienza en las
grandes temporadas de oferta,
al poniente de las cotizaciones del petróleo del mar de Brent
o las acciones de Microsoft,
y la rabieta es tanta que la agudeza resulta en suelo yermo
y lo ganado en el camino se olvida.

Ya los griegos no siguen a Herodes porque los hombres
esperan el alumbramiento de un mundo nuevo,
pero éste parece una efigie con ojos de eternidad cansada
y es que no todo es Houston, Madrid, París o Londres.
No.
Lo demás puede ser una larga noche o una hermosa
mañana donde se abate el flamígero carro del día,
y Febo no podrá aplacar su furia contra Faetón.

Honda la mano al desenmascarar la densidad de nuestras
edades,
llama bebida a sorbos,
como un vino de eternidad.

Honda la mano al abrir sus dedos y mostrar las raíces
obedientes,
tanto como la linde que a torrentes derrama las mañanas
de diciembre,
mientras el vaso de agua descansa la noche y doma a la
chicharra y a alguien se le olvida tomar las píldoras contra
el stress,
pero poco importa si el tiempo cesante ingiere suficientes
dosis de tristeza grande y el pescuezo de la realidad prospera
en certidumbres de Dow Jones y alzas súbitas en los
rendimientos,
y las antiguas preguntas,
las de siempre,
son una cal que nos pinta el alba color de membrillo,
Pretexto para olvidar,
en un pequeño segundo,
el declive de la muerte hasta que la imagen de una puerta
amarilla nos enrosca en su luminosa obediencia,
y traspasamos casi de inmediato un derrotero que
se desmorona frente a la anémona,
flor del viento y asombro de Venus,
pero el fruto es sólo aparente,
y es que los hombres no pueden improvisar la savia y en un
lento cerrar de ojos,
se engendra la imagen de Naomi Campbell,
quien se contorsiona y nos recuerda a Lotis,
huyendo de nuestro desbarajuste.
La afortunada escena no sana ni nos salva de la
misantropía porque el mundo sigue igual:
cuarteándose en paredes de suites de cinco estrellas,
en el hambre de los niños,
en la ingenuidad de las prostitutas.

¿Igual? No, similar, pronuncia alguien,
al percibir el fétido olor de las certezas completas,
las que visten a la vida de números y niños felices,
de las que amonestan al fuego con aflicciones añadidas y
postizas.
No sirve apelar porque el esmero resulta insuficiente porque
el color del olvido prorroga más y más la comprensión,
esa que nos brinca al rostro,
a la par de los botes de basura y hombres sin pan,
sin cuerpos disponibles para el buen uso de bronceadores y
lentes de marca.

Sí, en ese jardín de las Hespérides,
donde Midas desviste los siglos y los muchachos malos se
muelen a golpes o los asaltantes son linchados y quemados
como una nueva ofrenda a Marte,
sucede la vida.
El apóstol en sus iras guarda el corazón de la tarde para
quemar la cintura angosta del pasto donde el círculo del
agravio danza,
en tanto el culto y las ofrendas esperan que el olor de las
uvas indignen a la piedra que roe el cuarto de los hombres.

Honda la mano al sonreír ante la raíz que se muta en río,
ninfa bañándose en Alfeo sin saber que caerá sobre ella la
viga útil de un tiempo inoportuno,
aunque ahora la proteja la liposucción;
y es que el tiempo,
orilla del mar y filo del aire,
lo vive y lo muere
un alfabeto envejecido,
árbol que serena los tanteos y un norte que apesadumbra
cualquier insinuación mañanera.

Honda la mano al exclamar:
en este lugar y la aquiescencia clavó su igniscente dedo en
una esquina poco alumbrada donde duerme el indigente y
la joven mujer,
con su pequeño álbum fotográfico entre las manos,
ve el mástil del día diluirse entre sombras mientras se allega
a sus muslos el candelabro que ilumina las facciones,
registro yermo de unas horas que no prueban nada,
tan sólo la última borrachera,
patricio que entre balbuceos relata hechos olvidados y que
la boca no sabe decir,
sin decir caridad.

Honda la mano que del infecundo suelo gestó las irreales
caderas de una mujer que aprendió a decir la palabra
definitiva.

Honda la mano al sacar de la arena la raíz indescifrable,
mano alzando un alba imposible en tanto el arquero se
confunde y hiere el espejo del agua,
rasguño que encoleriza a Anteros,
pero sabe que las boyas en el mar arrastran el arquetipo
para que las sirenas quejumbrosas susurren la caida del
precio del café o del petróleo y el escándalo arruine la hora
del cognac y el bizantino mundo de los desocupados se abra
como una esfera de agudo cristal;
cuarzo derramado en los límites de una tarde que baña el
sol con destrozos y campos de oro.

Honda la mano al señalar el camino donde no hay fin ni
principio;
honda, honda la raíz,
suma salada y dulce de una dadivosidad rumiante en el
pecho enamorado una bravura impía que rasga las velas y
nos somete a naufragios y puñales ciegos para ocultar sus
plegarias ante el boato de tanta estupidez.
Podríamos sitiar la agonía pero un repentino advenimiento
se agazapa en las calmas horas sin decirnos quiénes somos,
y la raíz,
la honda raíz,
arrastra lejos, en la mar océano,
unos hombres repentinos,
furiosos y de barro negro,
que adoran a magnánimos dioses y serenan el espíritu a la
hora de los degüellos,
mientras el río sigue siendo el mismo río al llevar en sus
aguas los gritos y los rebaños de cadáveres,
ajenos al silencio y al olvido,
renovados,
pero iguales,
con sus barcos y Némesis,
y Los Parcos, con sus agujas de sueños del destino humano;
al mismo ritmo soñoliento y una Astrea que no cesa de
pregonar la inocencia frente a unos hombres y mujeres que
mantienen la costumbre de herirse con una paciencia
repetida.
Dulce raíz del cielo al estrechar los márgenes descarnados
de la rama,
rocío sobre las palabras de piedra y el cumplido resplandor
que padece la mano confundida,
quieta demostración de un marchito rostro que no sirve
para promociones de turismo ni viajes todo pagado.

Dulce raíz de un muelle denso,
acuarela inútil para ajustar los criterios de eficiencia y
productividad.

Dulce, dulce raíz,
tamiz de horas que exudan historias hechas de nombres
perdidos y reinos para el olvido;
asignaturas probadas entre el deseo y la memoria,
altar erguido sobre un tiempo gris,
empeño que extradita los sueños,
aunque Pandora se aferre a la caja y esperanza dentro,
caracol en la mano,
grito y alegría de los niños,
paloma bordada en la orilla del ojo;
y nosotros,
sin establecer la vinculación ni vencer al encanallado
tiempo,
razón de más para que las hebras allanen la aspereza de
una fría ceremonia donde se entregan reconocimientos y
resultemos timados por el paso de un abril herido,
Exactamente en las miradas más complices,
cuando mojan las alegrías,
tan efímeras como un sol de cobre que se consume dilatado
al abrigo de una tarde no olvidada,
a pesar de tantos años y el embrollo del origen nos
mortifique aún.
Los escombros se atavían y la córnea se disciplina ante la
afrenta,
entera de muerte,
entera de vida e inmoviliza la calle donde los transeúntes
caminan y se ven en silencio,
comiendo la oración dicha por la mañana,
rogando por arrebatar más y mejores mendrugos,
aunque incomode a la macroeconomía y los números
deserten y exhumen los cadáveres que todos los días del año
produce la extrema prosperidad.
Hoy, tránsito lóbrego de Miami a los barrios más pobres de
Colombia;
fervor para limpiar los expendios de verduras y arruinar el
glamour de París;
expedición perseverante en la taciturna noche de las
prostitutas y los niños envilecidos por el derecho a una
sexualidad experimental;
relámpago que alumbra las aldeas del Altiplano
guatemalteco y una entera expiación de conjeturas afirma
que el hambre es una arrogancia de los vendedores de
utopía.
Interminable estación del tiempo,
hoy difuso,
alzado contra sí mismo,
al mostrar un sudor falso,
efímero,
irreal porque florece en la desamparada resistencia de una
flor que rige el tiempo,
acero para herir la carne
y repetir día a día las mismas mentiras.

La ebriedad de ver convierte en áspera una voz rotunda y
ésta calla frente al color de un alba que desciende del
volcán y baña a La Antigua, arcilla holgazana ante los
olvidos más aferrados.
Un vacío flota en la fuente esquiva
mientras los hombres padecen desiertos
y una embebida soledad atolondrada,
pero, ¿quién funda el tiempo nuevo para vencer la falta de
entusiasmo?

Añeja raíz del cielo al engendrar los delirios,
y aposentarse para recibir toda la luz que será
ruta de escape de las quimeras,
aunque el asunto resulte en ampollas.

Honda raíz al depositar el numen irrevelable y dejarnos
huérfanos,
aproximados a las derrotas de Bill Gates y a las hazañas de
una madre africana por alimentar a su crío,
porque la locura no es lo suficientemente dulce y las
raciones de consuelo pisan una claridad que ata a llagas,
como la ropita de los niños y los viejos.
Honda, honda la mano al tomar la raíz recién descubierta y
darnos el precepto y el glosario,
atadura del vocablo puro,
yugo que fustiga las lágrimas ante el grito de eternidad;
arrebato que fundó más de alguna empresa de
inmortalidad sobre una escalera de cadáveres.

Dura raíz de la cruz al anillar el abrumado devenir,
quebrantado,
con coronas de rabia y pulmones para soportar jornadas en
donde el hombre no descansa y escupe su rostro y su
máscara sobre los hallazgos que ayer fueron novedad,
tesoro de una hagiografía oscura,
prórroga de una perpetuidad desvanecida en un instante.

Rostro sin máscara, máscaras sin rostro con la saliva en las
comisuras de los labios,
sin fuerza para soplar la trompeta que adiestra su metal en
la montaña imaginada,
en la luz que se apaga en la espalda de la tarde,
en la clepsidra que pudre el vértice de una mujer,
en el atroz residuo del fuego en Quiché,
en la gloria desnuda que el tiempo va ensamblando en las
vitrinas y en los ojos mientras el gerente de ventas establece
los cálculos y las ganancias que no bastan.

El disgusto arruga la cúpula del tiempo,
tanto que la resignación no afila el hacha
ni se apoya en Dios,
ni alcanzará para perdones,
insuficientes para arreglar la calculadora.
¿Para qué serviría? si el coraje se obseca en llevar el
empaque al patíbulo,
sí, al patíbulo y el empellón germina en esa tenue luz en la
mirada al regresarnos al viejo patio con jarrones y sombras
que de largas nos meten en el ciclo de las migraciones de la
luz y del olvido,
justo en esa adoquinada senda que nos abofetea el nombre
y nos empaña los espejos:
El de la rosa que ejecuta el dolor del alba,
el de Prometeo con su máscara,
degollando la extraña álgebra de los olvidos,
aquellos que rescatan las reliquias y sobreviven en silencio,
como la raíz que no evidencia su mármol ni su epifanía,
para salvar al hombre de la indigencia y el hartazgo.

Amarga raíz del cielo que despobló el corazón del hombre y
en el pomposo canto quiso rendir al miedo y a la angustia,
pero, ni los cien ojos de Argos fueron suficientes para
memorizar tanta esperanza acanallada
ni tanta verdad envilecida.
Hoy el río sigue en el desfiladero de los años,
dolido, ríe, como Momo,
el triunfo de sus lustrales aguas,
cauce que en el ladillo izquierdo grabó la memoria al
descifrar todas las cosas,
las antiguas,
las recientes,
anheladas lagartijas,
la flagrancia y la lengua,
malhadado laberinto,
exterminio de una serenidad descarriada,
mitología que hace temblar el pulso y echa a perder la
hazaña de sobrevivir a la ceniza.

Honda la mano al fermentar la raíz del relámpago y en el
trance descubrir una embriaguez cercana a la bondad más
sencilla,
arribo de luz sobre el trágico escenario de unos hombres
que después de muchos libros concluyen sobre la banalidad
y el estrépito de sus empeños,
como si fuera una postrimería parecida a una harina agria,
y frente a ese horror,
la palabra incumplida,
la que se acuesta con el hambre de los niños,
la que se acurruca con la dignidad ajada y oscura como un
agujero de mujeres solas,
la que, encarnizada, polvo y tiempo,
colorea el gritito del susto,
el que quedó desde hace siglos y que la boca,
aunque apriete los labios,
no puede dejar de escapar,
ante el recuerdo del incendio y el crimen de sus dioses.
Negra raíz de la tierra quemada al asombrar por sus
símbolos,
y su persistente interrogatorio,
a un Dios que sólo sabe de arduas y magníficas ironías.
Honda raíz de un domingo para abdicar de éste y todo
consistiera en fatigar insensatos párrafos de enciclopedias y
obras completas,
y aturdirse por aguas turbulentas de sangre afiebrada,
ánimas que son el vástago de un sueño,
consumación de un remordimiento ante el ojo que ve cómo
la araña teje su secreta carpintería,
enmedio del ocaso último y la tristeza de Hiperión,
quien no termina de lamentar la tarde ciega y el puñal
intimidado ante la valentía de quienes dijeron basta y les
respondieron buenos días y el gesto no fue suficiente para
conjurar la impotencia,
a pesar que muchos ofrecieron la tarjeta de crédito o el
hambre satisfecha.

Honda raíz al germinar el nácar y descubrir el mundo,
ahí, presente, real,
un mundo de todos los días,
verbal, fuente rota de un bronce alguna vez estatua,
narcótico para aniversarios.

Mundo real, raíz del cielo,
llano, carnaval penitente expuesto a la apatía por
entusiasmos profesos:
la mujer,
verdugo con vestido de seda y flores suficientes,
dejadez de una danza firme como sus senos mientras
empieza el puño y el incendio,
salmos hoy cubiertos de polvo.
Raíz de nosotros mismos,
campo de invierno,
hielo para las autopsias,
abrigo para la esbeltez de un talle que vincula el parpadeo
con un escueto comunicado sobre el crecimiento del PIB y
la victoria contra la pobreza.

Mundo real para el asco y la orgía de las palabras,
en tanto el vástago relata la historia desde su cuna y el
hombre,
viento voraz,
agrega a la tentación un poco de rutina para nombrar la
suma de sus bondades:
la ayuda al Tercer Mundo,
la foto oportuna vacunando a un niño famélico,
la estrella de cine derribando la nómina de sus pasiones,
mientras abraza a una mujer que en sus pechos se encona,
desnuda,
la tragedia y el absurdo,
cicuta honrosa para calmar una ansia rabiosa.

Mundo real,
raíz del cielo,
quién derriba las heridas,
quién lame la sal y el sudor,
quién, quién,
raíz del cielo.

Mundo real,
catálogo de informes acerca de las ruinas,
no de Cartago,
no de Utatlán,
sino de las enconadas hogueras donde el juez imparte
justicia;
mundo asomado,
raíz del cielo,
llama blanda que nos deja inmóviles ante la tarde
novedosa,
suceso de silencios y caras de ayer que son las mismas,
como la tarde y su mirada,
¿presagios de quién?
el insecto enfría la bebida porque el mundo se agranda en
sus infinitas calles,
en las raíces que crecen por doquier,
mientras un corazón avaro cuenta las espadas rotas
y las ojeras incendian los trenes sonámbulos,
aviso de libros saliendo por la puerta,
entraña metálica, palpable,
intervalo y umbral de placeres que un eco se encarga de
hallar;
grito en fuga ¿en dónde está la estatua?
cien voces se desdoblan y gritan estoy muerto,
estoy vivo,
y el cielo de pronto es suelo yermo,
escala en la obligada esquina donde todos tendremos que
doblar,
acero, papel sin firmar,
esquina de voces delgadas,
acero, papel sin palabras,
esquina de sombrillas ciegas,
acero, latido de una muerte emputecida,
esquina de una telegrafía sin agua,
acero,
esquina que cierra las alas al sueño y a las gotas de sangre,
acero,
esquina,
acero.

Raíz del cielo (II)

Viva raíz del cielo,
camino abierto a los frutos infames,
a la fuente turbia,
atropello del claro mediodía en Manhattan con mujeres
que visten ropas de seda,
singular belleza que mañana serán prendas que revende
un indígena de Totonicapán en pacas de ropa usada.

Profunda raíz amable sin entender la miseria y las
almohadas que arrullan el insomnio,
asombro de engranajes al tropezar con ovejitas y
maldiciones por la mala fortuna;
de pie, unos ojos y el horizonte,
desorden de una ventura maliciosa,
barca en el agua, a la espera del pasajero y su
acompañante:
un pez maravillado;
hoguera tibia para las heridas,
pozo donde duermen unos labios despalabrados,
y una bragueta en mansa espera de su presa.

Cuando el tranvía habla de la rosa,
en el desvelo,
unas manos devuelven las monedas sedientas ante la efigie
de cera que cree entrever en el río de las horas un jazmín,
brújula de llamaradas e infinitos,
avidez que desajusta las cuentas y endereza las veletas;
una señal prologa las puertas para que tu silencio,
lenta saliva,
caiga alegre sobre el callejón donde tus recuerdos son el
sable de tus plazas,
hermosa luz ceñida en la sencillez del aire en el añejo
diciembre,
vida más que la vida.
Honda raíz ajena,
redil donde yacen los años de espuma,
y duermen aún los despojos,
los gritos de los amigos,
y la mujer que enderezó los carriles y fue tren agonizante,
estruendo sobre aguas y paredes pagadas por hora,
sequía de palabras,
manantial de gemidos,
fiera para tardes y palabras sin palabras,
cueva del principio,
principio al borde de un infinito sueño,
mujer en la intemperie, desnuda,
al pie de la culpa,
sol donde reposan las sombras de lo no dicho,
de la fuente ávida,
sepultada ante el pasmo de una buganvilia,
cifra de un mundo visceral,
potra que ronda por la alfombra y desentierra a los niños,
lejos de su jardín quemado;
las llamas, toro de un domingo en México,
puñal que hace trizas los comunicados de prensa,
y la guitarra, marea entre aires y rotas botellas que Hebe se
cansó de servir.

Raíz envejecida en invernaderos,
flores pintadas como estatuas en la playa del pacífico,
corredor submarino al tocar el musgo y ahondar los frutos,
árbol de alta luz y lenguajes ancianos que no descifran la
ingenuidad de los Hiperbóreos.

Alevosa semilla,
ámbar y pájaros transitando por estaciones de senil
derrumbamiento:
la patria que no cesa,
la patria, abeja cruel,
la patria, que me conoce,
la patria, guía de fuentes amargas y lunas acosadas,
la patria, reino abyecto,
pelo que cae en el pozo de agua dormida,
noche repentina más allá de la hoguera y el niño que
escudriña con el machete a la culebra congelada por las
imágenes rotas e himnos al pie del horizonte obstinado por
unas pocas palabras,
balanza sin otra medida que la biografía de pájaros y
muchachas que hoy sorbemos por artificio de una luz sin
revés,
joya animada por el recuerdo destrozado,
próximo a la vejez,
sí, como ellas, luz resbalada
sobre sus muslos que algún día fueron diminutos sauces de
un aire como el cielo,
suma tenaz para descifrar la aritmética de labios y pechos
desamparados yéndose a la muerte lenta,
cometa que no volveremos a ver,
vocales devoradas por la lengua con un denodado afán,
idéntico a sí mismo,
vidriera de espejos desmoronados,
años en atalaya,
jardines de viejas campanas,
todavía con árboles y vértigos hechos a la medida de
campañas publicitarias multipremiadas.

Palabra grabada ondeando en banderas arrastradas por
ambulancias mientras arden los demonios de Marx y
Ho Chi Minh.

Ahora en Atlanta adoran el nuevo mundo de pieles,
joyas y polvo blanco,
despeñadero de una Colombia arcaica dicen;
el Che, en Santa Clara,
calavera festejada en Wall Street,
hace cuentas de los afiches y las playeras,
raíces que consumen el cielo y el ozono;
qué importa, ya nada pesa ni hiere,
cada minuto cuenta en las presencias y los fantasmas.

Qué importa, ya nada pesa,
ni el estribillo de los condones ni la beatitud de una piedra
abandonada en la habitación de los años de la mujer que
reposa sobre sus detenidos deseos;
parpadeo de una vida,
cráter, cascada, similar a la marea,
orilla del cuerpo,
manantial sosegado,
palabras hacia adentro,
espiga de un mundo entreabierto en la sala,
junto con las fotos de primera comunión y casamiento.
Viento condenado a repetirse en la imprevista añadidura de
una mordida o en el berrinche por la última borrachera;
en la cómoda,
los recibos por pagar,
el jarrón sonámbulo,
testigo de un viaje cuando los hijos eran aún niños,
en los muros, amarillos,
una luz invicta cuida el silencio en una ardua soledad
labrada:
el ligero vestido,
traslúcido acompañante de fantasías coronadas,
benéfico alivio,
desatento a los alfileres del sueño,
conciencia espectral con sus yedras y resurrecciones a
tiempo,
justo en el vértice de la luz del vino,
vientre de palabras
y mitades que se licuan en los espejos henchidos,
hartos de reflejos y dobleces;
¡ah! pero ese vestido soñado,
profecía pura en el lento bostezo al preguntar de nuevo lo
esencial,
lo gastado, lo fragante, lo transitorio,
como el rock de los jóvenes que busca víctimas y fango,
corriente que antes de despeñarse expía de naderías y
desventuras las respuestas que no sabemos dar
aun cuando los andamios sostengan los rastrojos y las
heridas,
esas desventuras por el apego a catástrofes y arrojos
tempraneros,
intangibles que,
día a día,
lanzan sus cadenas y su materia enamorada,
pajarera, alba del cuchillo
y el fulgor de las frutas en los mercados,
como sangre al cargar un sol y los arrepentimientos,
pero, qué con los jóvenes, qué,
exacta gloria que no les interesa,
sucio aceite navegando en las cloacas del mundo,
redención no pedida,
indivisible y ellos con su pasón de cocaína;
oscuro río al despeñarse en el origen penetrado,
qué con ellos, qué,
hacha fatal al cortar la rosa,
viento llenándose de sangre,
llama alumbrando el fracaso de los huesos de cien años,
cementerio de palabras,
alguna vez, ojo atento;
las jornadas interminables,
el peligro podrido,
el heroísmo olvidado,
la elección terrible,
dolorosa,
mundo hueco, sin raíz,
visible a la angustia,
ajeno a la batalla;
qué con los niños,
envilecidos,
cólera fija,
qué con esos niños le dices a los jóvenes, qué,
qué con los niños, jóvenes, qué,
retazo de puro escalofrío,
hilacha de angustia y noche vacía,
túnel encarnado,
madre amorosa, cruel,
terrible cargamento,
aletazo de un cielo impasible,
dueño de un collar para cánticos gangosos,
indeciso animal,
paso erguido que amortaja las cenizas y derrama,
dilatándose, el día sobre la banqueta que no cede ni un
segundo su vocación:
el estiércol y los hombres incrédulos ante las cifras:
¡pero si no hay pobres!
en ese delirio óseo se hacinan las preguntas y miles de
reptiles confunden a ratos el sopor,
diminutas llagas de la mano del niño impresas sobre
cemento fresco,
pantano sin raíces,
principio de la arena en donde miles de bocas,
en medio del festín de la mugre,
entonan la canción,
lengua oxidada,
himno agonizante en la puerta de una agencia de
publicidad,
verdad negra que ensucia la alfombra del banco y
ennegrece la seda del gerente,
vaso de agua a tiempo,
trago de silencios y alcobas cortadas ante el roce de la mala
suerte,
bueno, de la suerte,
en fin, roce de un tren que cansa el hierro,
abeja volando alrededor del ojo,
sin saber del alfabeto,
tinta derramada sobre un cuerpo de piedra que hará las
delicias de la sangre,
repetida palabra dicha para conjurar a la nada;
agua galopando sobre el caballo,
un viva estalla antes del febril combate,
deriva de palabras y héroes de noche.

Honda raíz de la rosa ciega,
diamante memorable de guerreros con humo de incienso
en las manos y pólvora pegada al rostro,
pero es mentira,
esos, los de la subversión,
fueron derrotados grita un gordo sudoroso,
moldura de la llama,
petrificado,
maligno,
sañudo;
el viento arquea la memoria,
dobla en la próxima esquina donde el aciago se desnuda y
el agua todavía trota sobre el caballo,
mientras el río palpa sus blandas sepulturas;
el día, el mismo día, siempre,
se repite para llover los huesos y los restos;
llueve, tormenta de unos ojos insertados en las raíces del
cielo y la tierra.
Raíz del cielo, tierra invertida con árboles líquidos y un
cielo azul,
limpio, abierto,
agua que quema,
premura para las galerías de sepulturas,
lienzos intactos en las hogueras de los descarriados,
los que merecieron ese destino por subversivos,
por delincuentes,
otoños asediados por los vientres y las bayonetas;
el alma se desarraiga en el rostro innumerable de la mujer
de los balcones floridos,
tiempo desvanecido,
junto a la rosa descifrada con pétalos y una diminuta
espina que atraviesa el peñasco atorado en la garganta.
Raíz del cielo en la espiga y el trigo,
en el marco de enredaderas y palabras devoradas,
en el mundo abismal de follajes y anuncios a la medida en
las temporadas de oferta:
ídolos que arden por el fulgor del gas neón y manchan las
pasiones;
los añicos de los nombres en la semilla de la lengua de
cristal;
en las cosas que nos rodean,
ellos, los ídolos, despellejan cualquier intento honesto,
de nada sirven, dicen,
no seas ingenuo, exclaman;
ni las monedas pueden rescatarnos,
la mirada ya degolló a la mano y el cuchillo adelantó la
noche:
la ciudad va a la deriva en madrugadas con cabinas
telefónicas abandonadas,
el periódico en el alto de la jornada,
el hombre fosforescente de tanto ron y el grito:
estoy hasta el copete;
la ciudad se transfigura,
el ángel lucha contra el suicida,
la mujer ve naufragar su desfigurada alba mientras sostiene
una plancha y añora un durazno en abril,
justo cuando su piel era una caverna encantada y decía con
frecuencia las palabras recobradas,
mientras le peinaban su larga cabellera y sus pechos
cristalinos cumplían a cabalidad su destino de mortífera
dulzura;
la madrugada continúa,
la ciudad es una llamarada,
de cuartos consumados en los círculos de la piel,
repetido grito de quien,
en el desvarío,
cree tener entre sus manos la enloquecida retórica que nos
salvará de la interminable certeza de un sol de cobre,
de un sol confuso que ampolla al verdugo y saca a su
víctima del intento ajedrezado de una inyección de buenas
intenciones;
pero la vida,
deseo labrado en horas de sal ciega y filos de reinos con
raciones bien estudiadas,
sabe que el sueño es un sol con cara de noche por las
indecibles presencias de un surtidor incansable de olas de
miedo que golpean las puertas de una muralla desprendida
de la fuente originaria,
la que es párpado,
sombra,
cristal,
chopo de agua,
la muralla,
luna con peso,
amenazante contra la imparcial virtud de los hombres:
la ración de pan en tiempos de guerra,
el vaso verde,
el múltiple asombro de los barrotes en la función de
matinal ofreciendo libertad,
vocabulario adecuado para la débil luz,
pasión feroz de las oscilaciones de la semilla:
la sonrisa crepuscular del amigo muerto,
atento a las dentadas de las máscaras,
epidemia gravitando en la costura izquierda de un cuerpo
zurcido por las balas,
posteridad asegurada por abonos;
un racimo encendido establece sus poderes en las líneas de
una sombra,
la gota de agua inaugura las sílabas errantes para servir
bien y con prontitud a los días anillados por carajos y
canciones ensordecidas por la muerte acostumbrada.

Dulce raíz invertida,
alimento del árbol,
elocuencia para los días sórdidos al resumir una crueldad
tajante,
más allá de las lealtades y múltiples versiones de la historia:
hombres encajonados en la niebla;
un arco de luz anula la madriguera,
blanquea las paredes húmedas por el sudor de madrugadas
aéreas,
simultáneas,
vidrio empañado por la mirada de la mujer
desnuda, sentada en la orilla de la cama,
viéndose los senos en el espejo
después del resplandor y los gritos,
más allá del infinito apenas febril,
acaso chorro de besos y alientos de un dulcísimo naufragar;
lascivia de cuerpos vestidos para iluminar la carne,
hacia la deriva,
la de los años,
la de los recuerdos,
la de rostros empañados,
imagen entreabierta para confines inmensos:
el patio lleno de abandonos;
dulce raíz que nos dio la jacaranda y la arquitectura de
unos desperdicios;
las máscaras inconsolables, flor a tiempo,
para incrustar el mundo en las neuronas para el delirio
oscuro que rodea nuestros días,
anochecidos por la pasión de la raíz,
ahíta de fuego y agua.

Raíz arrastrada por la humedad de las palabras,
con las hojas del bosque y un sueño enrejado en las
mejillas;
dulce raíz de Píramo y Tisbe,
sangre que fundó los frutos,
el rojo, espuma en la boca,
pasión acoplada,
cielo entero para regocijo del polvo;
saciedad acostumbrada a la carencia por los golpes
de la vida,
esa compuerta de la cual pocos pueden traspasar;
¡ah! intangible reja,
alimentada de esperanzas y banalidades:
quién surge y señala al homicida Céfalo,
quién, desprevenido,
escapa de la cárcel a martillazos,
quién rompe el cielo,
presente perpetuo,
sin remedio,
silencio fuerte,
carnicero de los gritos y la habitación ensamblada,
arraigo de un devenir que no alcanza,
en su malignidad,
la dicha ni la certidumbre de la mañana.

Honda, honda,
vía láctea donde detener la voz de la tierra,
susto claro en el día que salta en el bazar de ofertas;
dulce raíz de los desaparecidos,
los que no tuvieron muerte,
ni caja,
ni cirios,
ni llantos públicos,
ni esmercio libre y el internet informe de
la infinitud de asombros.

Raíz del cielo, madre de las nubes,
de nuestras manos,
saliva inerte en la tardanza hecha de paciencias lustrosas,
ojo muñidor.
Raíz del cielo penetrando el viento trepado en el desfiladero
al bajar por la membrana leve, desfigurando cualquier
intento de creer en el herético palpitar.

Raíz parida en el calabozo del hombre,
justo en el chasquido de días en que orar no sirve,
a pesar de las manos juntas,
casi como si fueran el mejor halago a Dios que agradece
pero no ayuda al hombre ciego que reza en silencio con las
manos suaves,
casi aire pintado en el cielo,
casi un instante insípido al crujir en la banqueta y los
demás indiferentes,
sin dar limosna,
en las afueras de la ceguera,
miserables más que esas manos juntas,
anestesia desatada en el desenlace cotidiano,
porque él luego seguirá hincado con las manos juntas,
bandera de una soñolienta resurrección insuficiente para
todos;
con las rodillas en la banqueta y las manos juntas,
antorcha hechizada en dirección de Dios y el desempleado
en el gesto de aprisionar su angustia en la página de
clasificados de empleo del periódico.

El ciego con la rabia paciente en las rodillas,
y el limo hambriento en las manos,
lindero entre el minuto y una ciudad ciega;
linaje de las fundaciones y sus ojos grises,
sin pupilas, sin iris, sin el azul de ultramar,
en la orilla de una lástima que empieza en horarios
matinales
y finaliza casi en una laxitud al costado de un muro
limítrofe con la paciencia y la resignación;
él, ahí, ignorado, olvidado por nosotros,
orando sus heridas para contar con aplomo,
años más tarde,
la crónica de la ciudad ebria y traicionada,
la anécdota de una piedad dilatada como la tarde caliente,
la que muere con un latido similar a un callejón oscuro;
página interminable de la lascivia y las entradas al reino
que no fue;
él, ahí, a la par de la mujer,
atravesada por la humedad dilatada de su hambre y la
mano,
sólo una porque las fuerzas no alcanzan,
orando también un guión que las manos no saben dibujar,
manos,
torrencial demiurgo y el excedente de los monstruos de un
mundo por catálogo;
flojedad adyacente,
útil para la tibieza,
identidad de la cripta aérea y congelada en un lunes
ondulante,
aburrido,
ingrato,
propicio para escurrirse del día y cargar de golpe con un
poco de entusiasmo en la ladera de la tarde y prometerle a
la luna unos besos,
ración de paranoias e ídolos,
sí, prometerle a la luna unas piernas,
unos pechos,
unos labios,
una luz,
sí, prometerle a la luna un par de cadáveres y un tibio
aliento,
sí, prometer una sucinta declaración en torno al cementerio
clandestino recién descubierto y comprometerse a
amamantar esa descuidada costumbre de seguir doliéndose
por lo que pasa,
sí, prometerle a la luna las raíces de la vileza y a modo de
refugio,
incinerarlas en la silla enloquecida de nuestra normalidad,
pescado lento,
criatura que hambrea el destino acercado al fuego del
hierro,
sí, prometer, en medio de la bulliciosa ciudad:
que no robarás,
que no desearás a la mujer del prójimo,
que no matarás,
que no fornicarás,
que santificarás las fiestas,
que no mentiras…
que no volverás a tomar,
que no habrá pensamientos sucios,
que desearemos el bien en lugar del mal,
que no veremos las nalgas de las mujeres,
que no diremos procacidades,
que amaremos a nuestro enemigo,
que ya no seremos locos,
que nuestras mortíferas pasiones las mudaremos por
hábitos sosegados
y que la vida,
cadáver en la morgue de las manos documentadas,
será raíz de la cercanía para incumplir todas las promesas.

Raíz del cielo (III)

Raíz sabia que me engendró en el grano de trigo,
fiesta del polvo salamandra y unos azahares a tiempo,
a la hora del coraje,
vidrio de milagros,
hábito a fuerza de su peso moral;
bondad indefinible aprendida todos los días,
a cualquier hora,
en el desayuno compartido,
en la vergüenza ajena hecha nuestra,
arrancada a la noche sin fronteras;
mar milagroso de nardos y canciones de Agustín Lara y ella
colando los frijoles,
soñando con estar viva,
enseñándome a estar lentamente vivo,
sin memoria quemada,
inocente,
vertiginosa rosa elegante.
Ella, raíz de la luz, fábula dulce,
piedra feliz y un delantal floreado;
raíz del alfabeto,
raíz soberana con el cuerpo ceñido a su corazón
esperando una o dos veces por semana.

Ella, la de las manos tibias,
apacentando la calma frente a la encrespada vida;
raíz unánime en guerra con el aire,
dando frutos dulces:
el postre,
el pan de las mañanas,
la tibia leche.

Ella que me trajo no de la nada hacia la nada, no;
ella, la que me trajo del todo hacia el todo,
invención derramando su luz sobre las baldosas frías
y el azul reinante en la rosa sola en medio del mantel de
flores.
Ella,
unánime belleza ausente por la flama de largos años.

Ella,
raíz de la luz,
hoy viento gris sin saber qué hacer con la torpeza de unas
manos acabadas de nacer.

Ella, raíz de una danza de amarillos pulidos en la cintura
de las estrellas,
festejo de la memoria de su pájaro en la jaula que había
que limpiar todos los días,
gloria no perdida y hoy recuperada sin muchas lágrimas.

Ella,
raíz meditada sin alardes y la honda mano,
fervor redimido en la inicial frontera de una montaña
donde empieza Europa.

Raíz entera que nació en ese confín vasco y ella bebiendo la
luz de ese rito que desertó de su geografía originaria.

Él, padre de la raíz,
raíz, madre mía,
universo con banderas y datos suficientes.

Él, Ildefonso,
resurrección y su asombro campesino frente a la revolución
mexicana,
en la nave ciega y un mar de mentiras.

Él, realidad vertiginosa y sentida a la orilla del corredor
oyendo las últimas noticias de la derrota nazi sin saber que
su geografía adoptada guardaba el encantamiento de un
émulo muerto,
mientras la siesta nacional suspiraba por fábulas y
elegancias de almacenes felices,
repletos,
mientras alguien creía en la fuerza del relámpago que
llegaría años después a fundar el linaje y la casa sin
penumbras.

Ella, raíz de una raíz que hoy perdió la luz,
esa luz primera,
la del asombro,
la de la naranja,
la de la granada,
la del plátano
y el mercado con sus silencios puros y sus colores siervos de
una orfandad de oscuridad.

Ella, con sus noches con filos valientes y sus pasos torpes;
ella, aleluya desahuciada de un cielo sin uvas,
añorando la claridad de la tarde y el color de los miércoles,
barca con un himno y oros derramados sobre las macetas
de los geranios sin mucho abril y abundantes ríos sellando
alumbramientos,
denegando el perdón a pesar de que ella siempre declinó eso
de los vómitos y los arranques violentos.

Ella, hoy, brasa encantada,
serena, vivida en adioses y paciencias de antología.

Ella, la que es raíz de la raíz,
sol despacio sobre la arena de noviembres fríos como los
que siempre recordó Ildefonso,
sonámbula e incierta en esas manos que me calientan y
dibujan en el aire,
a falta de luz,
bendiciones y alientos oportunos.

Ella que vio a su raíz primera balancearse en el sillón del
corredor en noches silenciosas.

Ella, raíz que fue sombra de su raíz mientras él se quedaba
en el desperdicio de las horas añorando sus tierras y viendo
impávido la revolución del 44,
perdonando a Árbenz porque le midió la finca y jamás dijo
nada por el trágico destino del coronel que terminó en
ceniza,
pero ella siempre supo que esa ceniza sería abono y
revelación.

Raíz encinta de un mar eterno,
como un sol y una luna;
raíz, ternura parida para la desmemoria,
sed que a diario miente porque no desea ser otra vez
víctima de rebaños mientras la hierbabuena enverdece sus
manos en lo que llega la tarde,
en lo que se consuma la hartura de la luz,
en lo que la soledad esbelta arriba y le hace compañía y se
hunde robusta en la nada.

Raíz ciega, alimento de luz de mis ojos,
esfuerzo de la fuente por esmaltar un universo misterioso
que se pudre en la modorra fruto del aburrimiento,
fin de un camino que se quiso y se supo un huerto de lirios
y horrores,
un jardín de luces centellantes y unos hijos fuertes gracias a
su fragilidad aparente.

Raíz olvidada para recordarse todos los días,
en el primer beso,
en la mano que condujo segura hacia el sendero de las
cosas cristalinas.

Raíz,
piedra clara pedagoga del aire y la fragancia del agua;
raíz, cese del tiempo,
ángulo sentido de magias y días sin distancias imprecisas y
rudos asombros.

Raíz, densa tierra en raíces y en la mansa costumbre de la
paciencia y la sabiduría;
raíz idéntica a sí misma,
estupor a la deriva
y manos vacías,
desbordadas por una inhóspita soledad.
Raíz, sucesiva abeja sin color,
lista para los asombros como si la vida fuera una fiesta de
ángeles al mediodía.

Honda la mano que atrajo los frutos para que Jasón
rescatara el Vellocino de Oro;
honda la mano al renacer de las cenizas y resucitar la
memoria con ayuda de Clío,
aunque todavía las cáscaras del fruto infame intenten
borrar miles de nombres.

Honda la mano que ayudó a Calíope a decir sin decir del
terror,
épica aún tibia en las madrugadas y los amaneceres fríos.

Honda la mano que rubricó la lírica de los gritos ante el
espanto de Euterpe.

Honda la mano al secar las lágrimas de Melpómene ante la
tragedia que hoy quieren justificar con novedosos libros
de muchas ediciones.

Honda la mano al impedir el atropello del canto para que
éste resonara alto y su eco fuera el resumidero de verdades
que Terpsícore ayudó a difundir.

Honda la mano al desistir del bochorno y en cuyo nombre
Erato nos dio su ebria certeza de un mundo posible.

Honda la mano que nos regaló la raíz,
mi raíz,
la que nos acompañó por los reinos de Proserpina.

Honda la mano,
vecina del corazón,
habitación fresca,
tanto como el agua de Al-Andalus.

Honda la mano al perpetuar las derruidas esperanzas,
abono cierto para aquellos días abrumados,
aunque los turistas ayudaran a crear un ambiente de postal
y normalidad.

Honda la mano al dar fe del milagro de nuestra devastadora
epifanía.

Honda la mano,
rodeada de flores y una felicidad sin término,
como la de su padre, raíz inicial,
que se quedó en medio del puente de arcos y la casa
derruida,
con el trigo esperando su regreso,
retrato propicio para lamentos,
aunque el tiempo jamás volvió a estar para quejas.

Honda la mano que adivinó la señal y la raíz haya escapado
del laberinto de Dédalo y lo haya desentrañado en un
remoto lugar de América y él haya escapado con ayuda de
Ícaro,
pero, cómo explicarlo sin serranías,
ni olivares,
ni trigo,
ni olvidos turbios,
sin nieve ni méritos quemados por un sol en donde todo
podía suceder,
todo:
el jazmín,
la flor de izote,
el maíz,
el café,
la resignación del trabajo servil,
el dictador y el matón de peones,
y él, añorando su casa en L,
callado bajo lluvias sin medida,
tanto como los atropellos,
callado como una cerradura,
queriendo ser Teseo,
deseando su puente de arcos largos y el río paciente que
tarde o temprano siempre lo llevaba al misterio del trigo,
pan en la mesa, luz entera,
merecida y absorta ante la arcilla de las manos.

Honda la mano que plantó la raíz del cielo y el viento
arrastró en su laberinto de días y años,
reptando entre nevadas y la aventura al atreverse a cruzar el
Atlántico,
señal simple de un camino sin retorno.

Honda la mano tenaz al volver a crecer como una verdad
sin remedio en la fresca madrugada y establecer la
disposición definitiva de una nada bienhechora,
región de tormentas tropicales y brisas suaves como la seda
de la mujer que años después sería raíz de mi raíz y que
hoy es palabra y verbo suficiente para las altas paredes al
entibiar entre sus sombras a mis hijos,
nietos de la hija del padre de la raíz.

Honda raíz del cielo,
parcela alumbrada por Vesper,
espejo que reproduce las frondosas mentiras y verdades de la
tierra donde descansa la raíz.

Honda la mano tibia enmedio de días idos como el río bajo
el puente de arcos,
como las palabras al agotarse,
como los sueños al renacer,
como el tiempo que fenece y surge en una raíz más honda.
Honda la mano al escarbar en la tierra las lombrices que
alimentan el fruto y la gradual lejanía de un futuro que no
se apura.

Honda la mano al cruzar las raíces y en su blancura
garantizar la repetición del gesto y la teoría de la materia y
el tiempo.

Honda la mano que dispersó la raíz por México y España,
honda la mano al entender la señal y abrir su pequeño
surco de materia enamorada en Mazatenango.

Honda la mano al ser un reino olvidado que florece día a
día en los geranios añorados de un jardín en México y
Guatemala.
Honda la mano al extender su prole y evitar que ésta fuera
óxido y neutra estirpe,
honda la mano que hoy arranca el corazón y sólo sabe de
tejidos y memorias al esconder voces y ecos todavía vivos,
honda la mano que alivia los dolores de internet,
las masacres de Bosnia y Kosovo,
las de Guatemala y los horrores de hutus y tutsis.
Honda la mano desolada por la perpetuidad de un tiempo
hierático,
al revés,
cuello ensangrentado,
aunque,
en verdad,
la raíz seguirá siempre la llamada del mundo de los vivos,
los que seguimos con la paciencia estancanda de habitarlo
y llenarlo de frutos.

Ser ante los ojos (A mediodía IX)

El ser anida en el hombre y en el joven;
una daga noble —con alma de Toledo
duerme en la esquina del tiempo;
ellos son sueño, vigilia, polvo—,
atónita hasta el miedo,
derrama su destello de oro y plata.
Ellos se ven.
Permanecen callados,
la avara lengua les niega el vínculo.
Siguen callados.
Siguen, como el tiempo,
como la vida.
Su soledad les ha deparado
el castigo de la memoria.

Se ven de nuevo y callan.
Deambulan dentro del espejo.
Como un tigre frente a otro tigre.
Como un hombre frente a su presa.
Como siempre ha sido.
Como en Andalucía,
Tenochtitlán,
Gumarcaj,
Quiché,
Las Verapaces.

Da vueltas, entra y sale del espejo.
El joven ingresa al universo de fechas
tutelares. Por fin se apropia del secreto orden
que gobierna su pasado.
Ahí están Cervantes y Cien años de soledad;
Rayuela y los libros de Stendhal, Flaubert;
Guerra y paz de Tolstoi,
arrebatada paradoja de un ocioso laberinto
que vendría después; sus manos se lavan la
ceniza y se anuncia El Cid y Pedro Páramo,
las historias del rey leproso soñado por
Asturias como una metáfora impuesta por un
dios colérico;
los viajes de Simbad, como una profecía
de Ulises y nuestra prolongada diáspora;
las antiguas batallas de los cruzados,
siniestra anunciación de símbolos de kaibiles;
de Las mil y una noches como laberintos de
agua que nos acercan a la Alhambra, borrada
por devotas manos
para agredir la dulzura de sus columnas
y su luz, tal como en Chimaltenango,
Quiché,
Petén,
como siempre,
como en Bosnia
y Kosovo.

El ser y todo el yo congregado,
en la hoguera permanente de la historia:
en el fuego de Alejandría,
en las llamas del Triángulo Ixil,
en las atentas vigilias de los hombres
por conservar sus infinitos delirios:
los libros y los sueños.

Él ser y todo el yo congregado
para abrirle las puertas del jardín.
A él, el joven,
que ingresa al declinar la mañana.
Sabe que no se salvará de la agonía,
a pesar del dolor de Jesús
o la rebeldía de Mishima.

Él, el ser, el joven,
camina hasta hundirse
en el pasado cercano.
Aún con las ruinas obtiene el don
de las certezas a medias.
Su pasado es similar al del hombre.
No es el suyo,
no le pertenece
ni pertenece a sitio en particular.
La miseria es infinita.
Así como la noche de Dios es infinita,
su paciencia lo es.
Sabe que no es los otros.
Entonces, ¿quién es?
Lo desconoce,
lo único cierto es su paciente capacidad de
entrever mañanas y ayeres que desembocan
en un río largo,
extenso,
amarillo,
verde,
rojo,
rojo
como el Motagua
o el Nilo.

Ser ante los ojos (A mediodía VIII)

El ser,
congregación de nubes en el cielo,
níveo desierto que ordena en fila
las viejas batallas.
Al poniente, los lobos;
al oriente, las oxidadas espadas
en espera de reinos y fracasadas glorias.

El ser, laberinto de tiempo
detrás de la errante memoria,
como los estoicos,
balanza de espadas y cañones,
de truenos en la montaña
y aldeas arrasadas,
de niños y jóvenes,
víctimas de la sustraída clepsidra,
de mujeres y hombres,
que vieron llorar a Adán
en su falso Paraíso;
de ancianas tejiendo con sus dedos
la línea imaginaria de una frontera
sin brújulas ni caleidoscopios.

El ser y el hombre,
el joven y el ser,
empuñan sus espadas
como racimos de engaño,
y en el reflejo del ocaso van
desempolvando las ultrajadas ruinas:
los desaparecidos,
los sin lápida,
las cenizas del jardín prometido.

El joven, lejos ya del niño,
descubre el misterio de los hombres
que erigieron la noche,
mito de crepúsculos lacerantes,
cifra misteriosa,
engendro de generaciones con vértigo:
¡viva la patria,
renegados hijos de puta¡
mientras la memoria vaga
por rumbos fatigados
arrastrando las molduras
de un espejo áspero y sin llaves.
Pero, ¿quién entiende el juego?
¿Un dios indescifrable?
¿Las viudas y los huérfanos?
¿Qué espera el joven, qué?
Quizá lo que sobrevive a los cobardes,
lo que queda de un grito en la celda oscura;
lo que pulula en el aire fétido de la victoria,
de la supuesta victoria,
la que se embarra en los muros
de los infiernos necesarios,
testigos de cargo de valentías
hoy equivocadas.

Y el joven, en su atroz confín imaginario,
va reapropiándose del camino
que lo llevará a la puerta,
ya no de su edén sustraído,
sino a la que lleva al espejo
de los nombres y apellidos;
la del espejo sin historias clandestinas,
sin ojos desorbitados,
sin epopeyas ante la tortura.
Ya no fingirá, en sus manos
está la llave de la cerradura;
por allí ingresará al reino de la sed
para aplacar su sed;
por allí encontrará de nuevo
el sendero para fugarse
del tiempo y del olvido.

El hombre y el joven se reencuentran.
Ahí están, el uno frente al otro.
Ahí, un espejo dentro del espejo.
El silencio duerme,
aún espera la palabra,
el verbo exacto,
el que recobra la memoria cóncava,
donde el agua es lava y ceniza,
como la del volcán de Pacaya.

Ser ante los ojos (A mediodía X)

Toma de la mano al hombre,
al niño,
a sí mismo;
el tiempo dicta su sentencia:
todos serán obligados a la valentía
a pesar de su miedo.
Quizá después, muy después,
vendrán los demás que salven a la historia.
Pero ahora, el clamor es uno:
empuñarán la espada del humo,
como lo hizo Barrios en occidente,
Turcios en el oriente,
Yon Sosa en las selvas mexicanas,
imitando la hazaña de Díaz en Puebla,
o Morazán marcado por el metal
y su destello que apenas alcanzó
para la débil empuñadura
de una epopeya.

Ahora el niño,
ahora el joven,
ahora él,
casi hombre, casi;
porque todos querían morirse enteramente
detrás de la sombra de la vida.

Pero la fortuna en su terquedad,
los fue haciendo viejos,
hilando los días para beberse
la ancianidad ociosa
de nuestras públicas pesadillas.

El ser, reunido en las vísceras
de la cólera colectiva,
insuficiente como acicate;
nula para recuperar el Arquetipo;
y en el juego de mártires y verdugos,
un crimen se sumó a otro crimen
y a pesar del ruego,
las holladas tierras abrieron
sus brazos al coraje,
y éste, nostálgico,
cambió la versión original de la patria.

El hombre
(casi hombre a fuerza de ser tan joven)
entiende que no había versiones originales,
era una,
una nada más,
la del porvenir profundo,
la de los cuatro horizontes,
la del maíz amarillo,
rojo,
negro,
blanco;
era una nada más,
la de las armaduras
y el dulce barroco antigüeño,
la que irrumpió las almas
y las conciencias para adueñarse,
con el puño encrispado,
de las verdades;
era una, sólo una;
la de las voces de los muertos,
la de las palabras esenciales,
como las de Landívar,
Monterroso, Cardoza y Aragón, Asturias,
como las de Otto René Castillo y Obregón,
que entendieron la inutilidad de estar ciego,
pero también la de tener ojos y no ver.

Era una,
una,
sólo una.
¿Era?
La de las diminutas muertes,
la del porvenir asesinado,
la del infinito que nos depara
el achacoso hoy.

Ser ante los ojos (A mediodía XI)

El ser y todo yo congregado
en un hondo corredor de espejos
donde los sueños preceden al canto
y al ingenuo entusiasmo de los hombres;
el ser y todo el hedor
de los prisioneros del tiempo,
los que se quedaron en la orilla del reflejo;
los que naufragaron
y salieron a la playa
con los despojos de los sueños ultrajados,
risa y risa,
llanto y llanto,
con el rostro de Proteo insinuado en sus ojos
repletos de victoria y derrota.

El ser y toda la fuerza congregada
en las manos que empujan las pesadas
puertas de hierro; las que dejan entrar
la vida para urdir epifanías;
como la que preside el otoño
o la tenue primavera que llena de ecos
las voces que antes fueron silencio,
nada, olvido, inventarios
perdurables de cosas comunes.

El ser y el joven ayudando
al caos a ordenar el universo
inexplicable de las tinieblas.
Y el joven, en su afán,
dispersa las sombras para
inaugurar un sol poniente,
una luz que riega su oro
sobre baldosas y antiguas calles.
Calles que guardan rencores apagados,
rachas de abriles y voces infantiles
urdiendo engaños, proezas y
cultos idolátricos a héroes
de carne y hueso.

Así, en el fondo de las miserias y las glorias
de los días, entre la luz y el recuerdo,
va dibujándose de nuevo la escalera
del pasado. Por ahí bajan El Santo,
alguna que otra gloria del fútbol,
Blue Demon y Pie de Lana,
Tin Tan Peña y el Culiche Espinoza,
el Circo Navarro y sus solitarias fieras.

Pero el joven, ya hombre,
desconoce que la gloria que
busca sólo será estrépito y ceniza.
Y en esa ignorancia guardará
un secreto: él es, él será
todos los hombres muertos,
él será un arquetipo de esas muertes,
como en Auschwitz, como en
la campaña de Leningrado
o Sunzapote, o las llanuras
que cabalgó Bolívar;
no alcanzará el esfuerzo,
todo será en vano;
él será, él es,
los nombres, los que duran
al transponer la frontera del olvido.
Porque ellos, los nombres,
saben que Dios está lejos,
pero no olvida a los que
profesaron la vieja fe del hierro,
del trueno,
del delirio.

Ser ante los ojos (A mediodía XII)

Y esas osamentas,
árbol de noche,
traman entre los péndulos de la voz,
la más antigua,
la leyenda que testimonian las
piedras ciegas,
reyerta del aire.
Y dicen, dicen,
la azarosa epopeya
de la espada que empuñan otras manos;
y dicen sin decir,
porque la voz se ha enmudecido:
ahí están los soldados
muertos en Normandía,
los que cayeron en Vietnam,
o en Cartago, o en África;
y dicen diciendo,
del inevitable ayer de los muertos de Stalin,
del sol quemante en los rostros
de los jinetes, los que cruzaron en vano
un desierto para vencer al sol.

Y el hombre, por ahora joven,
empieza a encontrar las huellas
de sus pies por los caminos.
Ahí están los primeros,
los del centro de la ciudad,
los de la sexta avenida,
los de los paseos por Antigua.

Ahí están,
las huellas que pronto fue grabando:
por las veredas de la montaña,
en el agua clara de los ríos,
en la claridad de noches eternas,
en el fuego de los comales,
en la ilusión de luciérnagas
y el concierto de ranas y grillos;
ahí están las huellas,
en los caminos que recorrió,
en el olor del loroco
y de la flor de ayote,
en el aroma del ocote
que alumbró palabras,
entrañas de vísperas abortadas;
ahí, en esos senderos de romerías,
de aves migratorias, de hombres de a caballo
y ánimas en pena;
de caciques y matones,
de males de ojo y gritos al lucero del alba.

Ahí está el hombre,
dejando al joven,
lejos del niño.
Ahí está el ser,
indigesto de semillas y promesas,
de tempestades y arrebatos.
Ahí está, con sus trapitos
de triunfos y apresuradas derrotas.

Por fin, el joven,
ahora hombre,
va dejando la llovida tierra,
los invernales sueños,
ésos, los apetitosos como un pezón,
ahí, abandonados,
desgranados como el maíz.

¿Qué ve el hombre?
Nada cambió,
el pellejo del tiempo luce cansado.

El ser y el hombre
orean sus cansados sueños.
Sí, todo cambió.
Todo.
Triunfo a medias.
Aunque el hambre,
pezón negro,
negro,
se arrodille ante los falsos altares:
el hambre no existe,
es un engaño.
Mientras todos se ven
y se interrogan calladito.
Sin embargo,
ahí está el hambre
en sus harapos de siempre.
Aunque ellos den su verdad
como leche con hiel,
aunque el hambre siga
teniendo sabor a pezón,
a mujer;
aunque el hambre
siga siendo una falsa cifra
de estadísticas irrebatibles.

Por fin, el ser,
por fin, el hombre,
recoge su semilla
y se va en silencio,
aunque su palabra
sea una camisa sin botones,
en silencio,
oyendo el rayo de las piedras,
evadiendo el chorro de humo
de viejas cocinas;
en silencio,
escondiendo las raíces
de la memoria,
secando la sangre del camino,
arreando a las hormigas;
en silencio,
cargando su matate
de aturdidas verdades;
en silencio,
escuchando a los grillos,
con el alma en los ojos,
en las manos,
con el llanto salado,
salado; en silencio,
juntando la hojarasca
para inaugurar su fuego nuevo,
nuevo, nuevo,
como los muertos,
como los sueños,
como la voz,
como el tiempo;
en silencio,
en silencio,
calladito,
casi susurrando,
el nombre de la luna,
casi haciendo fuego del aire,
casi,
casi haciendo fuego del fuego,
casi,
casi,
amancebada con la alegría,
y el ser,
un reloj viejo
arrumbado en el ropero del tiempo.
Ahí va el joven,
por fin hombre,
ahí va,
directo a la luz de su ceguera,
diciendo adiós,
desde sus torres y fortalezas,
flecha ciega,
panal de vigías eternas,
recién nacidas
para retozar de nuevo
con la alegría.

Ser ante los ojos (Al amanecer I)

Un hombre sueña,
deambula en el filo de la banqueta
del mundo;
aún es niño,
sus ropas invocan
una esperanza que resulta pretexto oportuno
para dar un rodeo a su tristeza.
Escruta puntual los misterios del tiempo,
sabe, porque desconoce, que su hacer lleva
un ex libris de interrogación permanente.
Desde su niñez intuye que su hambre es
espuria,
y lo es porque no es eficiente ni posee la
fuerza para convertirse en una cifra que
garantice prosperidad
ni alzas súbitas en los rendimientos.

Su hambre, que también es la de todos,
tan sólo es un acicate,
sin más rigor que eso,
sin más suntuosidad
que su sobrado aburrimiento.

Pero, en esencia, ¿qué busca?
¿Qué aherroja su estar en el mundo?
¿Qué estado de gracia le dará el horizonte
para la estupenda sensación deliberada de
estar vivo o de estar muerto?

Quizá su abreviada historia de sobreviviente.
De sobrevivencia a una memoria adulterada,
representada en escenarios
que se evaporan y se dilatan,
tanto como el miedo a vernos en un espejo
y reconocernos cadáveres;
o falsos cadáveres
que realizan con ahínco un pulso contra
el estoque de los que se llaman victoriosos,
contra los que hoy
dicen que todo fue
una enorme equivocación.

Ser ante los ojos (Al amanecer II)

El ser
resguardando lo verdadero
y falso de nuestros espejos,
ánimas desolladas por las hendeduras
que nuestras sombras
van dejando en los muros
de calles de bisbiseos escatológicos,
de manchas que testimonian tiempos
escindidos,
yugos floreados
en llantos de olvidos;
muros y calles,
madriguera del ser,
anunciación de pasadomañanas
que nunca llegaron.

El ser,
siervo notable que trampea
el cerco de la nada,
la que resulta escaño en el yerro
de los que creyeron en el escarmiento
como un paulatino camino
hacia la obediencia.

El ser y el hombre
que aún se cree niño
y ve con ojos de daga,
una realidad que no sabe cortar.
Del niño y el pan en la mesa,
del niño que arrima a su hombro
un poco de inocencia
para calmar su hambre y desolación.

Y entonces, ese niño,
que es hombre,
entrevé en el boquete de las horas
el portillo que lo devuelve
a la edad de la inocencia,
a ese interludio de los días
en que jugar detrás de los árboles
o en el filo de la inmanencia
era más que cuestión de honor:
las risas de sus compañeros,
cobertizo para protegerse
de la intemperie de la congoja.

Ellos y el hombre,
que aún es un niño,
soñaban con inaugurar
la época del avallasamiento del dolor;
un día, apostándole a un balón,
otro, simplemente a ver el cielo,
otro, a fortalecer el enclenque
sentimiento de la vida.
Hacerlo de ese modo, así, nomás, simple,
tal vez para amancebarse con la felicidad,
esa que sólo sabe dar la lluvia,
el canto de un grillo,
la penumbra de la calle,
los ojos de una niña,
pájaro luminoso,
viento equivocado,
redención a punto de suceder.

Esa felicidad,
la de la cerveza en la tienda del barrio,
la del saludo mañanero;
ésa, la de la joven mujer
que resulta ser un cruel enigma,
ella, la que nos moja los sueños
y nos engaña cuando funda abril
como un tiempo,
cuando inventa diciembre como una alegoría,
cuando en su vientre se gesta agosto,
o quizá mayo
para iniciar un siglo de largos
y húmedos aguaceros.

El niño, creyéndose hombre,
husmea en las esquinas del barrio
a sus antiguos fantasmas.
¿Qué sería de Chus?
¿Qué sería del Chino?
¿Qué sería…?
y así, entre interrogantes,
va descubriendo cómo se dibuja
en el aire la mano devota
que renueva la memoria del aire,
la del fuego.

Ser ante los ojos (Al amanecer III)

El hombre, creyéndose niño,
camina a la orilla del precipicio
y se lanza en pos del viento,
el que tiene forma de barrilete,
¿está en Santiago Sacatepéquez?

No, está instalado en el tiempo duro,
infatigable, rebelde.
Está otra vez en la frontera del ser y el estar.
En la eternidad del recuerdo,
en la búsqueda de lo cercenado,
en las añejas disputas
de una extenuante tarde de fútbol callejero,
en el moretón de la última pelea,
en las sedantes piernas
de la muchacha mayor
que pasa todos los días,
a las seis de la tarde,
sí, con ella, en su grupa,
en su desconcierto de adolescente.

Está en la andadura de sus días;
en las leyendas de los primeros guerrilleros,
los que tomaron la iglesia de la Parroquia;
está en los rostros de los judiciales,
en su sudor,
río de adrenalina y cobardía,
río de abismos,
ríos que simulan una pira
para desconsuelo de la algarabía de
mañanas pintadas de amarillo,
como si fuesen un sueño dorado.
Está en esos recuerdos que todos olvidaron.

Ser ante los ojos (Al amanecer IV)

El ser
despojándose de su tintura,
de su codicia,
de su apetencia;
el ser,
devorándose a sí mismo;
el ser y el hombre —¿el niño?—
apostilla de la soledad.

El ser,
anemia que provocó la insipidez
de las horas y los días;
el niño —¿el hombre?—
anticipo del ser, pregunta al revés,
máscara para las verdades,
pretérito febril de despropósitos.

El ser, el niño y el hombre
ascienden por las viejas calles,
llenas de hombres viejos y mujeres jóvenes,
hartas de reversos y portones
que simulan el umbral;
ellas, hartas de esperar y dar,
fatigadas de tanto amar, de tanto ver,
de tanta anunciación y abandonos,
mientras el niño –¿el hombre?–
se convierte en una tea de deseos,
de ilícitos, y proclama su niñez
jugando a las escondidas,
a los policías y ladrones,
jugando a ser hombre,
jugando el hombre a ser niño
y el ser que da su anuencia
para ataviar al barrio de aparecidos,
de advertidos infiernos,
de paraísos que apenas duran una tarde,
a lo mejor una hora,
justo el tiempo necesario
para que ellas,
a pesar de su fatiga,
inicien al hombre en los menesteres de niño;
y es cuando el niño
—que ya remeda a un hombre—
se apropia de los misterios del cuerpo,
ese que después será
un espectro de nosotros mismos;
y, además, el niño —¿la ingenuidad
perdida?—
aprende en la habitación cómo zurcir las
sábanas del aire,
pero no lo dice, finge y se pertrecha
porque desea seguir siendo niño
para que ellas le sigan develando
los enigmas.

Aquellos que se van hilando
de remiendo en remiendo,
de gemido en gemido,
de beso en beso,
de pecho en pecho;
y el niño, siendo hombre,
de arreo en arreo, empieza a caminar,
justo hacia su destino: el de los espejos.

Ser ante los ojos (En el umbral)

El ser
y todo el yo congregado,
en la orilla del fin de siglo,
en la pupila de un niño
que jamás descifrará
el cabreo del tiempo.

El ser y todo el yo congregado.
En la orilla del tiempo,
en el margen más lejano,
en donde nace el viento
que sopla con la fuerza de Hércules.

El ser y todo el yo congregado
por Ulises que se resiste a no volver.

El ser, aprendiz de brujo,
en el mediodía de este hoy
que llaman posmodernidad
nada más para ahuyentar el fantasma de la
soledad.

El ser,
navegando hacia el muelle de los signos en fila:
tus ojeras;
inventando la nada para inaugurarse a sí
mismo, desde el canto del gallo,
desde el sueño de un pájaro
que premedita la rama y la hoja,
que anticipa con humildad
el tenue color de la mañana,
referente de horas inútiles
que agrietan las certezas,
de ésas que nos someten
a dos verdades para serninguna,
para que con júbilo de rosas
y miedo tempranero,
vivamos la experiencia de la libertad:
tributo inevitable de los desertores.

El ser
y nuestro desabrido afán;
el que nace en nuestra
renuencia a la perennidad.

El ser
y la fugacidad de nuestra obediencia,
sí, esa extraña manera de estar en el mundo
resistiendo con lo imprescindible, a pesar
de las certezas que nos anuncian un triunfo
seguro, inevitable, definitivo.

El ser
y la ebriedad de una reputación
que enaltece lo absurdo
de ciertas verdades;
aquellas que hoy nos garantizan
prosperidad eterna,
tanto como las pesadillas
de los sueños milenaristas.

Ser ante los ojos (Al amanecer V)

Frente a él descubre que dejó de ser niño
y el hombre, frente al niño,
entiende que se volvió espejo,
y el ser reclama al hombre y al niño toda la
calamidad: máscaras, órganos mutilados,
juguetes rotos, viejos sueños de fin de año,
en fin, el arrebato de la memoria sustraída;
la que el asustado espejo quiere
escamotearnos sin saber que el niño —o el
hombre— salen de un charco negro
como un embrión de luz, victoriosos,
como una antigua fábula
que confirma la persistencia
de las calles, de los juegos,
del color de la luz,
a pesar de que ésta, con los años,
ha palidecido;
aunque todo se jodió para todos,
la renovación del asombro siguió su
deambular, catequista insomne,
maniantal cristalino, denso,
aunque el borracho
de la esquina de siempre
eche al aire sus acostumbradas palabras:
hijoeputas, hijoeputas
y el niño, el hombre, el ser y nosotros
lo ayudemos a comprar su aguardiente
para que en sus ojos se desborde
una cascada de gracia que purifica las calles,
los balcones,
los geranios que retozan en las cenizas del
aire, lanzados por siempre, como un engaño
a la elocuencia que esconde
la señora del delantal aparente,
la que nos acusó de comernos
los ojos de los santos de la iglesia,
esa discontinuidad de adobe y claroscuros
que aspira a domiciliar el alma de todos:
el viejo vendedor de periódicos,
el señor de la tienda, el zapatero,
el carnicero, las mujeres,
el chofer, el mecánico,
los desplazados de El Quiché,
en fin, esas derrotas invertidas
en espera del puñal y su perdón.

El ser
carcomido por los falsos perdones,
por los equívocos de una noche de juegos
entre los escombros de una casa.

¿A qué juega el niño, que abjura
de su condición de hombre?
A camuflar su adultez.
Pero, ¿a quién engaña?
tal vez, a nadie, porque intuye la inevitable
emboscada del tiempo.
Inevitable para sus viejos compinches,
para él que adivina la imposibilidad
de enarbolar sueños falsos,
¿falsos? quizá no,
aunque el hurto se le antoja inevitable,
tanto como la paliza que caerá sobre todos.

En el lapso asistirá gustoso a la puesta
en escena de un hombre
que va de la niñez a la adolescencia,
de ésta a la madurez
y estrenará de nuevo
su condición de niño.

El niño sueña,
el ser sueña a ser niño y éste,
simplemente a ser;
el niño corta una rodaja de domingo,
se la come y conoce el sabor de ese día;
rebana otro pedazo
y mientras lo engulle
regresan los sueños y las calles.
Brega inútil, oprobio que de tanto repetirse,
resulta una tómbola donde ganará
la muerte y el olvido.

Envuelve el resto del día en papel celofán.
Decide guardarlo y caminar por los sueños,
es decir, por los recuerdos.
Y el niño se transmuta en hombre
y éste en palabra
y ésta en eternidad y ésta…
Y la palabra se va juntando con otras,
minuciosa
diligencia que abre dos expedientes:
el nefando, el cual creció hacia dentro de la
ignominia;
y el otro, la palabra que sigue,
apareándose con otras,
brecha voluptuosa,
camino expedito hacia la nada
y la felicidad de todos.

El ser y el niño —el hombre—
buscan un asidero en la promiscuidad de las
palabras
y ellas, como jóvenes bailarinas les niegan
las claves del tiempo y la memoria.
Ahí siguen, tal cual,
parados en el poste de la esquina;
ahí, insoldables,
como en un páramo fértil,
aunque todo sea una patraña
y el vientre se les haya hinchado de preguntas.

El hombre —el niño— acarrean al ser.
¿A dónde lo llevan?
Lo acomodan con cuidado,
casi con amor y devoción.
En la carretilla llevan su edén sustraído,
su gloria efímera,
caminan y caminan,
su sosiego disimula su torpeza;
siguen, siguen.
En la bocacalle ven pasar una procesión,
siguen; paran y recogen a un borracho;
siguen, se paran; abandonan la carretilla
y se ven en silencio,
con sus bocas y sus ojos en llamas;
es la hora del fuego,
hablan las llamas con su lengua de cristal,
debajo del vértigo emergen los ídolos,
ésos, los que anudan las pasiones
y las destripan en el filo del reflejo;
entonces, toda la realidad se fragmenta en
miles de pedazos
que ambos recogen con paciencia
y suficiente vergüenza.
Cada trozo de luz —como un charco—
refleja una hoguera que alumbra los
entendimientos
y éstos inundan con su fuego
el centro de la vida,
de la calle, del barrio.

Un humus de ser
flota alrededor del día.
No hay duda,
el niño y el hombre poseen cientos,
acaso miles de nuevos reflejos,
los de la vegetal condición de las máscaras,
los de la salvaje llave que cierra el jardín;
los que enseñan el simulacro
para ensayar el acto de poner la otra mejilla;
los de una geometría delirante,
cautiva, avallasadora;
los del canto que sostienen con
alfileres de insomnio
nuestros callados delirios.

Cada uno guarda su parte,
su porción de luz sin saber del equívoco:
son cientos, o miles,
que son uno y nada, que son uno
porque es exactamente el mismo reflejo;
uno aloja a todos y todos alojan al ser,
al niño y al hombre que se postran
ante la monarquía del engaño.

Se observan el vientre:
aún está hinchado de preguntas.
Su indigesta condición los arrima
a la orilla de la fatiga,
la que embriaga para olvidar
un hecho irrefutable:
sus manos están vacías,
marchitas,
impacientes.

Mientras ordenan sus nuevas pertenencias,
se consumen las palabras
por la boca del fuego.
Sonríen y ven a la prostituta;
ella camina como si la vida fuera un bolso
que esconde una lámpara
inservible desde siempre.

Ríen de nuevo, aproximan el mirar a sus
muslos, que sigue caminando como si
inventara el tiempo, la dicha, la calle,
la penumbra de ésta,
como si fuera a tragarse el mundo
por su boca,
como si fuera a parir una bandera,
icono de mendigos que sueñan un país;
como si fundara un aljibe
de donde todos desean
beber el elixir de la amnesia;
como si supiera que conoce
el sabor del alba,
como si conociera el rostro de la muerte,
como si supiera que ellos
—el niño, el hombre—
están ahí nada más
para pregonar la lepra del ser.

Lo sabe,
lo sabe porque se siente,
desde su sigilosa majestad,
dueña desmemoriada del desamparo,
de la hoguera que consume
día a día lo poco de luz
de los hombres y las mujeres.

La mujer —la prostituta—
difunde a los cuatro vientos
la derrota de la achacosa memoria
y ellos —el hombre y el niño—
regresan a las tinieblas,
con un vacío turbio en la boca del estómago,
en la boca del fuego, en la boca de las
palabras que retozan en el destello de los
cientos —¿miles?— de espejos.

Palabras, raíces alcoholizadas,
pretexto para discursos políticamente
correctos, eclipses que sólo suceden en las
pesadillas de los que tienen
tranquila la conciencia.

El niño deja de soñar.
El mundo está en su sitio, nada cambió.
Mientras soñaba los años
siguieron siendo los mismos.
El niño conoce de memoria
1966 y los años que siguen.
El hombre posee el mismo misterio develado.
No existe futuro
y el presente es el pasado
con su cúmulo de años,
sumados, uno tras otro, uno tras otro.

El niño, que ahora es hombre,
vive en 1967 —¿o en 1968?—,
qué importa,
son los mismos personajes:
el panadero, la joven mujer casada
que le da su amor por las mañanas,
el sastre que abre temprano el negocio,
la anciana que va al mercado,
las mujeres que venden perejil, hierbabuena
y un poquito de esperanza,
un sorbito de inocencia,
Luis Turcios Lima
que practica su oficio de sombras;
¿qué año es el que transcurre? ¿1970?
¿1971? ¿Cuál? No importa en verdad,
son las mismas sombras que irrigan con su
luz, los días y el misterio de los meses.
Allí, los Beatles y Janis Joplin, acá, más
cerca, el mayo francés y nuestro arruinado
junio, Led Zepellin y las manos de Obregón,
todos retozando en el filo de la gracia
y la tragedia.
El hombre, intuyendo a Sartre
y el niño indigesto de Dumas o Tolstoi.

El hombre y el niño frente a la luz,
que les devuelve al país real.
Ambos frente a frente,
alter ego,
sueño invertido;
ambos,
intercambiándose.
El hombre viéndose niño
y el niño adivinándose hombre.
Otra vez ambos,
otra vez,
otra vez,
hasta que desaparecen
y surge de la nada el ser;
ya no es niño,
ya no es hombre,
es ser, es ser,
otra vez, ser,
hasta el cansancio,
hasta el reflejo.

Ser ante los ojos (Al amanecer VI)

El niño está feliz,
las manos de su madre,
tibias, calientitas,
lo llevan por los rumbos
nuevos del país de los espejos,
ella se come por él todo el dolor,
toda la angustia,
toda la nostalgia que ronda
por la geografía de cristal.
Su felicidad es grande,
tanto como el espejo donde ahora se ve
hombre y ve a su madre
y ve sus manos, y ve cómo lo salvó
de la desdicha y la desmemoria.
El niño se suelta de la mano de su madre.
Corre, corre.
Vive abril como si fuera un año.
Vive agosto como si fuera un amor y no un
desengaño;
corre hasta el final del patio,
hasta el límite de los geranios
y se vuelve a ver,
y otra vez,
el hombre viéndose niño desde el otro lado,
desde la otra frontera del tiempo,
desde sí mismo,
viéndose hacia adentro,
ignorando la estafa y la mentira,
desconociendo qué sucede
en la otra cara del espejo,
esa, que es región
de alumbramientos y abortos,
esa que suena en los tejados
en los días de toque de queda,
en las láminas de los techos,
maltratadas por los cateos
masivos de la Judicial
o por las rondas del Ejército que
aplanan el suelo con su letanía circular.

El niño —ya no tanto—
no sueña, no está despierto,
simplemente está, ahí, está.
Escucha la radio,
Morrison le profetiza una senda de tormentas
y jinetes desbocados.
El niño —ahora niño— no sabe
por qué confunde a Churchill con
Curruchiche, y a Árbenz con un demonio que
amenaza los planes de prosperidad.

El hombre, entonces,
entiende un poco del naufragio.
Todos han desahuciado
a los fetiches
que deambulan a lo largo de los años.
En cualquier esquina,
en un balcón,
en los cumpleaños,
en las pesadillas,
en los muertos,
¡ah! ésos,
los innombrables,
los de comisiones de esclarecimiento,
los que todos, absolutamente todos,
intentan desesperadamente olvidar.

Como la película de Herzog,
cada uno lleva su barco a buen
recaudo, a la orilla más clara,
más quieta y cada uno deposita
su carga de cadáveres en esa orilla,
llena de amuletos contra
la maledicencia
y nuestra acendrada estupidez.
La que llevó al niño de
naufragio en naufragio.

El ser, sábana blanca que
arropa unos huesos ante
el abismal silencio de los días.

El ser, exhalación de crepúsculos
ante un niño que ejercita una
sumaria indagatoria de la nada.

El ser, sol tendido de mediodía
en el lazo del patio abandonado.

El ser, un hombre
con las entrañas llenas de ron,
mientras la tarde se va lentamente,
sin decir adiós,
sin aspavientos ni algarabías.

El ser, el hombre que encostala
sus recuerdos y se va con la tarde,
sin decir nada, sin claves
ni ardimientos, sólo dejando
su vaho corporal,
en el horizonte,
en la banca del parque,
en la raíz del árbol,
en la hondura de su sombra.

Ser ante los ojos (Al amanecer VII)

El ser y un oleaje que sube,
desde las paredes de la vieja casa,
que sube, hasta las aturdidas torres,
sitio de vigías y adormilados hombres
que imaginan la ciudad,
la de los perros callejeros,
la de los muertos,
la de las calladas avenidas,
la ciudad,
la del circo
y sus tartamudos payasos,
la que calló para sobrevivir,
la que fue muro contra el despojo;
la ciudad, la de las puertas entreabiertas
y los ojos acechantes,
aquellos que hacían guardia
para cuidar a sus hijos de la muerte;
aquélla, de nuevas avenidas
y héroes cansados,
ataúd visceral,
burla de los muchachos de la escuela;
la ciudad, laberinto de puertas
y objetos sin nombre,
sin apellido,
sin podredumbre,
perdurable.

La ciudad,
puerta de cristal,
espejo evanescente,
escaparate de trapos viejos,
hombres cansados,
mujeres jóvenes,
apetecibles,
de jóvenes que rinden
culto a las fisuras de la memoria.

La ciudad,
densa geografía del ser,
claridad adivinada que dibuja
a sus futuros hijos,
los vivos y los muertos,
los exitosos y los no tanto,
los de la lápida barata,
los que frustraron los sueños
de promisión de los héroes cansados,
ésos, los que derrotaron al sueño,
al vuelo de la mariposa,
los que interrogaron a Maximón,
los que dejaron a la noche
con pulmones de miedo,
los que rompieron la puerta de vidrio,
los que dejaron a las aldeas
como un pan herido,
hirviendo sus maldiciones.

El ser y todo el yo congregado,
en la llanura que parpadea su aurora.

El ser y toda la llanura,
boca insomne que abre
sus enormes labios
para narrar su penetrada inocencia;
el ser y el niño,
dual saliva que ejerce su oficio
en las largas, largas membranas
que humedecen amaneceres
y confines espirales.

El espejo y el niño hecho muchedumbre
para conjeturar la fisonomía de
los hombres y las mujeres.

El niño,
daga que atraviesa el verano
y descubre sus entrañas,
sus vísceras,
su olvido,
sus llamas,
sus deseos,
sus piernas,
sus pechos,
su boca,
sus labios,
sus miserias,
sus…

El ser,
el niño y la alteridad,
la de los habituales apodos,
la del pez que finge su muerte,
la de la sonrisa que transmuta en puerta,
en zona franca para postular delirios
y silenciados esplendores.

La alteridad
como repertorios recurrentes,
infinitos ahogados en la desnudez
de cuerpos, sumariamente fusilados
o tirados al mar en costales
que hoy nada más vuelven a tejer
las novias o las madres,
las del llanto quedito,
las de los dedos viejos,
las de nuestra fuerza terrenal.

El hombre
está satisfecho.
Vio al niño
y éste adivinó al hombre.
Ambos se iluminaron con lo visto.
Por fin emblematizan una verdad:
abrieron la puerta de cristal
y ésta fue una pesadilla dura,
roca de agua,
río de tiempo,
agua de barro,
lluvia al revés;
caminan,
ríen y se ven,
en silencio se descubren:
el niño y el hombre,
unidos por el espejo.
Una vez más ríen,
mueca que destruye
las decoraciones,
ya no hay preguntas,
pero tampoco respuestas,
¿qué importa?
están afuera y adentro del espejo,
son uno,
son verdad,
son mentira,
son escoria,
son lo que quieren ser
o lo que pudieron ser,
o lo que el charco de mierda los dejó ser,
¿qué importa ya?
¿qué importa?

Ser ante los ojos (Al atardecer XIII)

El ser ha llegado, por fin,
al umbral de los días nuevos,
en su rostro se dibuja la
ebriedad de la muerte,
como la materia profunda
de las piedras;
ha reescrito a ciegas
las señas de identidad
de las heridas más profundas.

Camina y calma su sed
en los jardines desnudos
que reflejan unos ojos minerales,
tanto como el nebuloso espejo;
el de la simiente, el del surco
que dejó el otro, el del olvido
fácil, aquel que lloró ante la
posible redención.

Ahí camina, con su costal
de luz entera; por el horizonte
anegado de luna y escupitajos
de cólera y rabia, a solas
balbuceando una fábula que
de tanto repetirse se convierte
en antología fraudulenta.

Aquí el hombre,
allá el joven,
reunidos para fundar
de nuevo la casa con paz
y suficientes ventanas;
aquí el ser,
allá un incierto hoy,
reunidos para bordar
de nuevo sus enlutadas telas.
Aquí y allá,
juntos, en el mismo lugar,
inaugurando las noches sin orillas.

Se ven, callados,
el espejo los refleja
y les devuelve el aroma a incienso,
ya no huelen a sangre
sino a pino y mañanas húmedas.
Se ven, callados,
el espejo los concilia.
Dejan la nave encallada
y se enfilan con azahares
en las manos hacia su destino,
derrotaron a la eterna muerte,
a la eterna vida;
comprenden: son eso,
muerte y vida,
llama y agua.

Marcan el sendero de ida
e incineran la memoria,
pájaro que arde,
rito funerario que agoniza
y contentos abren la pista
para el regreso del ave fénix.

Caminan, caminan,
sus cuerpos ruedan
por aldeas infinitas;
alguien, con los párpados cortados,
les habla de Bosnia,
de la caída de Wall Street,
de Internet y pedófilos;
no importa porque saben que al final siempre
habrá alguien que les
ofrezca una sonrisa,
un sorbo de agua,
una hora de viejas historias
y prodigios infinitos;
alguien a quien le bastará el mundo,
así, tal cual,
aunque luzca en ruinas.

Ríen y continúan
porque saben que enterrarán
el futuro, ése por el que lloraron,
el que les otorgaron sus viejas
glorias derrotadas,
pero al final glorias;
la gloria del enojo,
la del honor y la cólera,
aquella que los alimentó
de suficiente asombro,
sí, asombro
ante el hambre,
la muerte,
los ojos tristes de los niños,
la pureza de los viejos amigos.

Ahí van, por este hoy,
el ser,
el hombre,
el niño,
el joven,
reunidos,
absortos,
deseando descifrar
los enigmas del camino:
Marilyn Manson y su trasvestismo,
la vieja estatua derrumbada de Lenin
y las atrocidades en contra
de kurdos y bosnios,
en contra del hombre contra el hombre.
Ahí van,
leyendo a Kundera y Saramago,
a Sabines y a Paz,
intoxicados de luz,
tragándose toda la luz,
la que nos da este hoy desabrido,
pálido, casi llegando a rosa,
ahí van,
oyendo a Fito Páez y Joaquín Sabina,
encostalando más de alguna canción
de Maldita Vecindad o Molotov,
para confirmar la perdurabilidad del olvido;
ahí van,
por el camino,
creyendo que el mundo es un cuadro,
revisitando a sus fantasmas
como Dalí, Picasso, Rivera, Tamayo, Toledo.

El ser y todo el yo congregado,
en la orilla final,
soñando un río,
unos hijos,
un paraíso,
un polvo justiciero;
el ser y todo el yo congregado,
en una nota de Piazzolla
en una línea de Saramago,
en un poema de Borges,
en la orfandad de un mar cabalgado,
en el último aliento de Cardoza y Aragón,
en la mano generosa que se alarga
y nos brinda un pedazo de felicidad,
ésa, como el pan y el mantel blanco,
ésa, como la de un ángel,
un niño,
una hoja,
ésa, como ellos,
viéndose en el agua,
descubriendo el agua,
siendo agua,
para limpiar con suficiente luz,
el espanto de la memoria.