Anciana en Recoletos

En el pico de un banco está sentada.
No quiere molestar. No mira al frente.
No la turban los ruidos ni la gente.
La tela que la cubre está gastada.

Es blanca su cabeza mal peinada.
Veo de su perfil sólo un pendiente,
y un zapato sin brillo, indiferente
a la media tupida y descolgada.

Esta mujer de pena y de polilla,
en silencio por cuanto la atropella,
no ve cómo se acercan los gorriones.

Da su espalda a la Diosa de la Villa,
al Palacio de Comunicaciones,
donde nunca habrá carta para ella.

Contigo irá mi sombra

Bajo mi rostro a tu perfil yacente
que alumbra el lecho de tu alcoba oscura.
Un escarchado arroyo es tu figura,
y en ríos van mis ojos por tu frente.

Yo caliento tu helor inútilmente.
Párpados tuyos besa mi locura,
pómulos, labios de tu boca pura.
En fuego y frío estamos solamente.

Vienen tinieblas a envolver las luces
de tu cuerpo que asciende y que me deja
para siempre olvidada y consumida.

Contigo irá mi sombra. Cuando cruces
de nuevo un mundo de dolor y queja,
me alzaré como un monte hacia tu vida.

Falsificación de mi firma

??¡Jueces, justicia!??, sin cesar repito.
Ronca, impotente, voy por los juzgados,
peores que sepulcros bien sellados
que me cortan la voz cuando les grito.

Libres, impunes de su gran delito,
una mujer y un hombre, dos malvados,
mancharon con peritos sobornados
mi limpio nombre en cada verso escrito.

Montones de sumarios en espera.
Alguien con quien tropiezo en los pasillos,
puede sufrir mi causa infamatoria,

pensando que algún día Dios quisiera
que la invidente de los dos platillos
distinga bien el oro, de la escoria.

Íntima a Quijote

Dime:
Si yo fuese a tu alcoba
en una noche clara,
desdoblado mi oloroso cabello,
y mis dientes brillaran
al borde de tus labios,
¿cómo responderías oyéndome decir: ¡Abrázame!?
¿Romperías las leyes
del gran amor que te sujeta?

Mas, no. No te provocaré. Intento vano.

Yo sé que aunque me encuadre tu mirada,
no me pinta el pincel de tu deseo.

QUIJOTE:

Te han amado los hombres.
Yo te amo por todas las mujeres.

Un niño va a nacer

Al Dr. D. Benito Rutz Quíntela, que tan
angelicalmente cura y sonríe a los niños.

¡Silencio!: Un niño va a nacer.

Que toquen campanarios. Orquestas. Catedrales.
Que se callen computadoras
yunques y turbinas,
bases de lanzamiento.

Que se olviden diplomas

pergaminos
fajines
y medallas

Un minuto de pureza en los lechos.
Parad, estambres y pistilos.
Ciegos y poderoso sementales.

Y vosotras, maravillas del mundo,
que os dieron la belleza manos que un día fueron
tan frágiles como éstas, ¡contempladle!

Que calle el universo ante el recién nacido.
Este es el heredero. Es el superviviente
del cosmos primigenio.

Es la fusión de lavas
de líquenes y limos
de fuegos y glaciares.

El triunfante de monstruos voladores,
del dragón y del saurio, del reno y del bisonte.
Ha desgajado troncos.
Ha partido quijadas y dorsales.

Este niño es de carne de piedra.
De carne de bronce.
De carne de hierro.

Su cuerpo es un pop-art ingente.
Lo navegan helechos, sirenas y centauros.
Ha venido, regresa cuajado de perfiles
y glóbulos de siglos.

¡Es suya la Creación! Todas las luminarias.
Los mares y la tierra. Las semillas.
Las flores y los frutos.
Los reptiles. Los peces. Las aves y las bestias.

¡Silencio!: Aquí hay un palpito de Dios.
Una promesa.

Un niño va a crecer: ¡Respeto!
Puede ser un cachorro de jaguar o de puma
o el lobo del poema de Rubén.

Este niño, que arroparon en mísero envoltorio,
que calentó el olor de un muladar,
pudiera hacer del mundo
un horno crematorio, o un panal.
Este niño, puede agotar un río
para llenar su mitra y bautizar.

Pequeño y vertical te está mirando,
está midiendo tu estatura gigante de Goliat.
No hay déspota que mire tan retadora,
tan aceradamente.
No te pide pistolas, balones ni aeroplanos.
¡Una canción tan sólo!
Tu mano y tu canción, tu canción y tu mano.

No esquives su mirada buscando una moneda.
No le des un juguete gastado de tus hijos.
No le vistas con esa caridad de los pingajos,
pues de miserias, lástimas y sobras
difícilmente un niño se recobra.

Te está mirando, te está pidiendo
el tiempo de los toros y la caza.
La canción de tus horas vacías.
Las tardes del café o de la tinaja.
Tu mano y tu canción. Tu canción en sus manos.

¡Acércate!
¡Agáchate!

Que juegue a pídola contigo.
Que tú seas el juguete que le asombre.
Y yo, desde este instante te aseguro,
que nunca, nunca, nunca,
este niño querrá matar a un Hombre.