Abril

Abril, la ceremonia de las hojas
que sólo puede hablarse con la canción en blanco,
la consecuencia de lo inconsecuente
a trozos que se unen al decirlos
lo mismo que las rayas del paseo
se vuelven línea entera en la velocidad.

Las cosas son seguidas sólo en función del tiempo.
Nada enlaza al instante con su aroma.
El día por ejemplo, el día es qué,
pero de pronto es un azul tranquilo
para decirnos el secreto breve
de ser gente que vive y hace planes,
que plancha el día en la camisa húmeda
y pulveriza el agua contra el rostro.

Mañana no estaré ya en este día
que el aire desmenuza en los tejados
tendidos al poniente
y al cabeceo largo de las olas
en las que suena el respirar del mundo
igual que nadie
habrá vivido un día exacto al anterior.
Abril que nos descansa de haber gastado el tiempo.
Mañana no seremos ya los mismos,
mañana no será esto lo que mire,
aire blando de abril para silbarlo,
para decir el día con palabras
y que sean felices de ser respiración de la memoria
y por debajo de los hechos nítidos,
entregados al fuego de la continuidad y de lo útil,
esa precisa combustión de nada
en busca siempre de algo que se quema también para ser algo,
como el tiempo, tú y yo,
lo que arde exacto en fuegos inexactos,
saber y no saber y ver las olas

Caída (Canto 2)

Poder amanecer.

Miro los ojos que entrecierra el gato,
lentos, celeste antiguo; gato egipcio
que se fue al más allá junto a su dueño
y se pasea por los contenedores
con la perplejidad y la cautela
de saberse en un mundo sin pirámides.
La paz viene de lejos; pienso en ella
cuando suena la luz de la mañana
que confía en sí misma y en nosotros.
En la arena, palomas, barrenderos
y alguien que busca objetos de metal.
Ninguno opera sobre la mañana:
migas de ayer encuentran las palomas,
los barrenderos barren ese ayer,
el detector, como un perro magnético,
rastrea el casual brillo de la víspera.
Vivir no tiene un brillo de pulsera,
pero es también casual y se abandona.
¿Quién encuentra la vida que gastamos?
Volverá bajo forma indetectable.
Yo he bajado a mirar si estaba el día.
Si el aire aleteaba tras la muerte,
cambiante en un abrirse de postigos.
Si reclama otra luz refugio en ésta.
He bajado a mirar si el mar estaba,
si sortea la espuma su pavor
de vuelta de las islas abolidas.
Y susurra memoria de naufragio,
pero a los pies expande su insistencia.
Ve el derrumbe y se calla la mañana.
La mañana se torna ascuas de nieve.
Sólo entrega esta mano arena al aire,
pero es un trozo de aire hacia más aire
que gira por la cáscara del mundo
y sopla en las heridas que no acaban:
la muerte que habitó ventanas vivas
a las que ir en charla de ascensor.
Si pienso cómo el vértigo se arroja
y cae sin final, el día frena.
El desamor nos ata y los recuerdos
se duermen en el sueño de las cajas.

Caída (Canto 5)

Las ráfagas de luz desfibran noche
dueña de su estación, dueña de mí
que miro en la ventana un cielo opaco,
su gravidez, la prisa del invierno
por ser él, tan de golpe, con cansancio
de sol plomo, de sol piedra de nube.
Aspiro el absoluto de estar vivo
y le hago sitio al aire de este mundo
en los pulmones y en el corazón.
Quién cuida el vino leve del vivir
y las horas sin hora de la gracia.
La llamo plenitud, la llamo mar,
o la llamo sosiego y entusiasmo
cantado sin motivo y con motivo;
euforia de decir lo que se dice.
Pero también sustancia entre dos ánimos,
y contundencia de no estar y estar
en el aroma de lo que contemplo:
un mundo matinal, sereno y frío.
Ignoro el pasadizo hacia la huida.
Nos queda el sol. Que roza nuestra piel
y que resiste cuando no resistes.
Y los colores hechos compañía,
y la amistad que suena como un río.
Será posible estar, abrir el mundo,
darle ciudadanía a su misterio
por el que cruzan bajas las gaviotas
en un acuerdo natural y único
entre ser y habitar; ser y ser más.
Quien desaloja fe cifra su estancia
en algún modo de insistir erróneo,
capaz de acomodarse a las arterias,
a una fraternidad confusa o sometida
al mar que ayuda a ser. Respiro tiempo
como si la quietud se desplegase.
Dejará de doler y será dulce.

El amanecer

Dormida,
en tu cansancio sólo hay cuerpo,
la materialidad del día grávido.
Soy yo quien imagina alma en tu alma,

la invento con mirar,
rozo tu sueño y eres toda
la que ni tú ni yo sabemos que eres.

Amanece lo exacto sin nosotros,
que nos quedamos fuera de su peso,
temblor de sol en la ventana.

Esta penumbra nos inhibe
de brusca realidad,
aunque amanezca.

Alma es dejar de ser
en algo
y amanece.

Galeones

Tesoro de un naufragio es el naufragio mismo,
su memoria callada y encallada,
su silencio abisal y su misterio
transitado despacio por los peces.
Se naufraga para algo.
Lo que ahí abajo late sin latir
es el haber perdido
flotación en la historia y ser sustancia
de la que el tiempo se alimenta.
Los siglos no andan solos,
comen derrotas,
trizas de pabellones,
afanes que navegan y que un día se hunden.

Cuando el mar le hace sitio al barco,
la memoria no es sólo
astillería húmeda que pasa del abismo
a la mañana del museo.
Es también galeones que yacen en lo oscuro.

La luz le duele un poco
al fragmento de barco que vuelve con poleas y derramando olvido.

El tiempo se despieza y es algo más que piezas.
No es ajuar en vitrinas y es temblor.
Es vida oscura o luminosa.
O algo intermedio,
que tal vez sea el espíritu y que escapa
mientras secamos piezas con un rótulo al lado,
como piratas de nosotros mismos.

Ícaro

La meta es como un túnel, se nutre de tiniebla.

Lo propio de las alas es quemarse
cinco minutos antes de llegar hasta el sol.

Toda meta es un túnel que te absorbe,
es una oscuridad que se alimenta
de tu propia sustancia y de tu olvido
y ese modo de muerte que es el conseguir.

Cuando uno logra un fin se queda triste.
La meta se lo traga.

Mejor ser el mejor sin beso de champán, sin aureola.
Y el sueño se ha quemado en su inminencia,
como sabiendo que vencer es chusco.

Tus sueños se han quemado de pura lucidez.

Las puertas

Me vence la manera
que dos misterios tienen de mostrarse
mutuamente, sin descubrirse,
como se miran entre sí las cosas
cerradas, las dos puertas
que en un pasillo enfrenta el arquitecto:
una tensión con límite en lo blanco
y es la orilla entre dos aconteceres.

La noche y estás tú
tras tu silencio y en tus ojos
como se está en los hechos,
presencia pura: el pasado
nos labra frente al otro sin querer,
y decir un pasado es excesivo.

Demasiada conciencia se acumula,
nos desborda, no somos con justeza.
Se llena de exterior un interior.
La penumbra de anhelo del que quiere.

Muerte habitada

Tan raro este derecho
a habitar en la muerte del amigo,
si lo definitivo de la muerte
es lo que queda cuando ya se ha ido.

Un orden superior es la alegría.
Cómo desplaza el llanto al pensamiento
y qué secreto nos confía la lágrima:
con sólo verla estás en el secreto.

Todo lo que alguien logra permanece.
Puede que nos parezca innecesaria
la luz extensa de este amanecer.
En la bondad no se producen bajas.

Ausente es el que llora, no el ausente.
Ausente somos todos
cuando sospecho que morir consiste
en repartir tu espíritu entre otros.

O hacemos el esfuerzo
mientras alguien nos deja en pleno azul.

Palabras

Yo sigo el rastro de la tinta oscura
para encontrar palabras que sean lo que son y al mismo tiempo
lo que no pueden ser, lo que transita.

Las horas que gastamos en pensar;
la exactitud de lo que no es exacto;
el margen de equilibrio que evita que los dedos del presente nos mancillen.

La sensación de estar donde no estamos
y también la contraria:
no ser jamás del todo lo que somos.

Materia y consistencia y transparencia:
como una fina lámina de mármol
deja pasar la luz

Regreso

Tocar un cuarzo ahumado, vítreo y negro,
como quien busca en su naturaleza indiferente
la reconciliación entre hombre y mundo.
Aprendemos a ser lo que ya somos,
y este trozo de piedra es un regreso.

La piedra, en su secreto, es armonía,
memoria silenciosa del planeta,
regalo de una luz que se ha hecho sólida.
Cuánta vida en lo inerte de este cuarzo
que es cristalización de los milenios.

El tacto es humildad.
Los dedos no conocen: reconocen;
comprueban un origen, se aseguran
de ser tan realidad como la roca.
Cuando los dedos rozan los sillares
en una catedral de umbría y siglos,
rozas casi al descuido los orígenes,
comulgas más que otros que comulgan.

Aquel niño buscaba con su cara
el frío intemporal del mármol frío.
Pegada su mejilla a la columna,
parecía escuchar en la pared
no el rumor que hay tras ella, sino a ella.

Sobre la mesa, el cuarzo, luz oscura,
su noticia que llega con retraso.
¿Cuántos siglos tendrá, tan silencioso,
tan delante de mí, tan en sí mismo?
Aprendo a ser lo que de hecho soy,
fugaz parte del mundo,
viendo el cuarzo.
Esta piedra secreta, antigua y súbita,
este trozo de mundo en la mañana.

Vamos

Bueno, en el fondo sí
me gusta la poesía:
están las horas llenas de sí mismas
y son para los dos
y llorar de alegría es no llorar
y está todo el camino.

Ebrios de luz
se apoyan en el otro
porque no saben que tampoco puede,
sólo que sí que pueden porque van,
ya ves cómo sí vamos y nunca vi tan dentro
lo que se llama amor
que tengas buenos días a mi lado

Caída

Algo hace quien pasa de una luz
a menos claridad, quien surca oscuro
el transitar del aire a menos aire.
Quien se encomienda a algún anochecer.
Quien trata realidades con el nombre
que en la noche, sin más, le sale al paso.
Quien vive en transición. A cada paso
se insinúa el instante de una luz
de la que nadie sabe aún el nombre.
Tan sólo sé que late ahí en lo oscuro,
como la hoguera del anochecer
entabla un parloteo con el aire.
Hasta que apaga el fuego el mismo aire
y es desnudez la estela de su paso:
aflora entonces el anochecer
que la llama ocultaba entre la luz
como si, brusca dueña de lo oscuro,
tomara decisiones en su nombre.
Vivir es intentar ponerle nombre
a las cosas que marchan a su aire.
Y nos acoge un indagar oscuro
en el que es inseguro cada paso.
Las palabras son una escueta luz
que tiembla hasta que vuelve a anochecer.
Anochece tras cada anochecer
y sólo sé nombrarlo con tu nombre,
tú la única certeza, tú la luz;
la melodía que le robo al aire.
Tú, senda sin temor. Contigo paso
por la alegría de un camino oscuro.
Si vamos tú y yo juntos no es oscuro,
no es tan grávido el simple anochecer.
La soledad es así un rito de paso
que se disuelve al pronunciar tu nombre:
se abre una ventana y entra el aire
y es casi el movimiento de la luz.
La luz encuentra luz entre lo oscuro.
Respiro el aire de este anochecer.
Lleva tu nombre y anda con tu paso.

El acero

Aquí en el ascensor, la torre arriba
y abajo, fuera y dentro –extraños-, yo amo
que nuestros cuerpos vayan al reclamo
de este azar de botón y pasión viva.

Mecánica carnal a la deriva
descendente, ascendente, tramo a tramo,
en la que me proclamas, te proclamo
divinidad de sexo y de saliva.

Fuera y dentro del mundo, arder a ciegas
en la caja, rumor y espejo, instante
cuyo destino va marcando el dedo.

Me entrego al no lugar al que te entregas:
fondo y cielo y acero terminante
y temblor al que cedes y al que cedo.

El río de agua

(fragmento)

[…] Rocas,
islas que no llegan a islas,
reticentes de erizos;

buceas
y sales luego al aire del rompeolas,
con cara de saber secretamente,
oculta tras tus gafas de buceo.
Me veo en su transparencia,
sumergido en tu fondo en superficie
como en un agua oscura.
Tú y yo
descendemos al fondo, un cielo hundido.
Buceamos. Hay algo en este vértigo
parecido a volar por aire de agua,
amenazados, protegidos de agua
sobre campos que oscilan silenciosos.
Se abren en el fondo abismos, grietas,
las montañas del mar, los valles lentos
de macizos de algas y de peces,
el mar como una savia sobre el mundo,
agua hundida en el agua,
mar que pesa
sobre tu espalda que huye en cada abrirse
tus brazos que te apartan mar, más hondo
y cada vez más lejos de la luz,
mojado el sol como una luna arriba
en el techo de agua y de silencio.
El día se transforma desde abajo.
No se oyen las voces. No se oyen
las olas o bramar de espuma el tiempo.
Aquí está el latir vivo, la presencia.
Habitar en el agua nada más,
densidad del final y del principio.
En qué valle de instante ya no somos.
Donde el agua se canse empieza el mundo.
Queda lejos ser junio y ser nosotros.
Aquí se desactiva nuestra muerte.
Flotamos entre el agua, no en el tiempo,
y se refugia aquí la eternidad.

La noche junto al álbum

Tenía en aquel tiempo el pelo más oscuro
y se tendía a un sol filtrado por los árboles
sobre el blanco mosaico de sus siestas de anciana.
Os hizo tomar sopa y varias precauciones
contra aquel barrio de óxido y, ahora,
la noche junto al álbum, ve la bruma
de los días perdidos igual que un oleaje
o lo que fue la vida, lejos, rara,
en un país de insomnio y de sobrinos.

Muerte

Noche final, si al fin tengo que verte,
sé una duelista noble y dame el sable
con el que en nuestro duelo inevitable
no esté dejado yo sólo a mi suerte.

Si la naturaleza no subvierte
su orden por más lucha que se entable,
déjame por lo menos la improbable
ocasión de intentar matar mi muerte.

Mientras me agujereas el jersey,
con el aroma aún del largo abrazo
que tú reducirás a signo puro,

sólo se negará a tu única ley
la intemporalidad a la que emplazo
amando hacia el pasado y el futuro.

Reding

He mirado la verja de unas tumbas,
la fuente en que bebían los caballos,
el sosiego que guarda para sí este paseo
de escaparates mínimos, sin gente.
Esta ciudad no es ya el poder de tedio
que yo un día temí como a un murmullo.
He visto el mar con alguien,
apenas una voz que ha reído a mi lado
esos submarinismos minuciosos
del pájaro que pesca
y eso es, pienso ahora, la ciudad,
un contemplar pagano,
sin pedirme a mí nada ni yo a ella:
mi ciudad, la hoja rosa, el alto seto.

Tiempo

Tiempo que nos desunes y nos unes,
tiempo que eres abstracto y tan concreto
que, por mucho que guardes tu secreto,
reaparece en las cosas más comunes:

para que con tu norma no importunes
el sitio sin lugar, te lanzo el reto
de intemporalidad al que me someto:
al escribir y amar somos inmunes,

amando y escribiendo rompo el pacto
de que tú, el invencible, vencerás
un tiempo hecho de amor y nada más:
alta inexactitud contra ti, exacto

pero que desconoces, tiempo idiota,
esta inutilidad que te derrota.

Tren de vuelta

Después de un año vuelven a su sitio
mis libros y yo vuelvo con la idea
de no marcharme más. Toda la tarde
la paso en la terraza, hasta esa hora
en que nos ve el vecino aunque nosotros
no lo vemos a él. Pero la noche

no ha llegado y probablemente tarde
un buen rato en hacerse con nosotros
y nuestras ganas de poner en hora
el reloj del afecto. Si esta noche
saliese ¿habría amigos en el sitio
de siempre y aburriéndose? Ni idea.

Es absurdo el momento de la noche
cuando te has decidido un poco tarde.
Casi te olvidarías de la idea
de llamar, aunque uno de nosotros
no se va a molestar por media hora
y su familia viva en otro sitio.

Si pensé que ya iba siendo hora
de no asociar la vida a un solo sitio
y me marché a otro en una noche
ferroviaria y vulgar y con la idea
de huir antes que fuese ya muy tarde
(le ha pasado a cualquiera de nosotros),

he visto que el instinto nos idea
otro futuro y no hallamos la hora
de renunciar: o el éxito o nosotros;
y queremos volver al viejo sitio,
aunque sea intuyendo que esa noche
aplazamos la gloria hasta más tarde.

Empieza así una edad para nosotros
en ese tren de vuelta y esa noche
fatal: la de instalarnos en un sitio
para movernos muy de tarde en tarde,
la de hacernos finalmente a la idea
de esperar a que llegue nuestra hora.

Tarde o temprano, aceptaré la idea
y, a la hora propicia de una noche,
la muerte se hará sitio entre nosotros.