Un dia en la esperanza

a Esther y Martín Bruzzo

Martincho y Luciana
me tiraron pasto podrido
y después Juan me escupió
el agua verdinegra del mate
sobre la libretita y el pantalón

Esther (28 años) salió a defenderme.
¿Qué le hacen a Arturito?
No le tiren pasto a Arturito
que está escribiendo

Pero Arturito no sabe escribir.
Arturito es pasto de las llamas
de los niños

De todo podría decir él
que ha sido, que ya fue escrito
o apoyado todavía en una ciencia
que la naturaleza debería imitar

¿Echó a los niños?
Sólo les dijo: “vayan a la otra palmera
Aquí tengo que escribir”.
“¿Molestamos? -dijo Luciana-. Y
agregó: “¡Tonto, vos no conocés todo
nuestro campo!”

Florecillas.
Círculos amarillos.

Los chiquitos bajo la palmera más amplia
y el dálmata sobre las manchas de luz en
copos que filtraban las lentísimas hojas
acribilladas

El gritito de Juan.
Los ojitos celestes;
la boca de viejita desdentada de Luciana.

Los niños como antídoto
después de una noche soñada
para la fatalidad del sufrimiento

¡El Campo!

Lo simple,
la gratuita espera,
el artificio remoto de un amor
que embauca la costumbre.

El paso veloz de los primatitos y
el tiempo detenido, indestructible
como el viento en los árboles
como el agua en la luz

Pasto de las llamas
De los niños.

Forzar
el ideograma de la alegría:
el cuerpo como único retrato,
único espejo, único pie de la temible
locura.

Forzar la música de los nombres que se
arrastran en la cacería de los estrechamientos
y besos y gestos del amor e innumerables
abrazos.

Forzar y destruir todo simulacro de Belleza y
atender el disimulo de estas bandadas de loros
querellando a lo lejos, en las nubes,
como ranas.

Faltaba esta maldita música country y toda la
demencia natural del atardecer: el sol obsceno
como una gorda rubicunda en el bañadero de los
patos

y las 28 jóvenes bestiales jugando al tenis
tan solas y tan tristes,
con sus 28 años de vida masculina;
con las 28 raquetas junto al caserío
del mar: es decir, del campo.

28 jóvenes y nade sale de mi deseo
28 jóvenes y ella va memorizando
en nuestro sexo mi aciago destino:
el disparate de no desear conocer
en el conocimiento con su deseo.

el sentido triturado
por las disparatadas risas de los loros;
el destino como una migración momentánea
hacia una noche acaso momentánea
con sus colores tenebrosos
sus faisanes degollados y sus cabizbajos
flamencos,

Fermín y Anita -dije anoche.
¿Cómo luciré ya para vosotros, con este
sombrerón fantasma y estos huesos porosos
con el ligero dolor del mundo: ¡bufón!
y con este bastón y esta caperuza y este
sonajero contra el rumor de una indestructible
carcajada

Es la madrugada y estoy sollozando todavía,
mordiendo la servicial almohada y
comprendiendo que ustedes no están para
saltar como monitos en nuestra cama

y yo buscando sobre la risa o red del circo
mi libretita de apuntes
con mi terco dolor en “la boca del estómago”.

Pero esto es otra cosa: otro campo
donde la pesadilla apaciguada se enriquece:
malones de niños me atacan con pasto,
con yerba y agua lavada tratan de cegarme,
borronear las débiles comisuras de unos
débiles caligrafiados labios:

otro campo EL CAMPO.
con todo su escozor y todo su derroche
y toda la piratería
para los sueños del dolor:

¿ debo escribir?

O llorar, simplemente,
bajo el gentío de infantes y
toda la chatarra enigmática
de sus juguetes.

De los pelos van arrastrando unas muñecas
automáticas, con chupetes del tamaño
de un clavo para techos: si le quitan
“el clavete” las muñecas lloran con
sonidos y timbres indescriptibles: una
liebre agonizando imita con insensata
maestría el llanto de un niño.

¿Por qué no se sintetiza o pasa por
sintetizadores, para las muñecas, el llanto
de las dulcísimas liebres agonizadoras?

Oh Poeta,
el rayo de la pequeña confianza
te alimenta.

El Dolor y su Moral.
La desdicha de la antipatía.
Los ojos de una enigmática mujer

que crece en otros innumerables ojos
cada día.

La música y su sonrisa de cuartel,
sonrisa desvaneciéndose entre aplausos
y aplausos
besos y aplausos

Y el campo del Ser Humano,
el campo de su Eternidad: Tomábamos
el té y Martín dijo, como Séneca, la
vida es brebe.

Arturito asintió: tan breve,
tan dichosamente breve
tan brevísima hembra del colibrí
libando la risa de nuestra eficaz
confianza.

Oh poeta: la tormenta y la tierra
que avanza en virutas y los remolinos
a través del monte borrando el indeciso
arco iris.

Oh, confianza. Breve musiquita embustera
envuelta en la muerte.
Por vos este día sin mis hijos,
sin mi querida mujer
en la oscuridad de la piel terrosa
y perfumada

del campo nocturno
del campo de la diferencia
del campo de la repetición

Todo en un
instante
sumiyesco: “la centella entró
y los niños se aferraron a los
muslos delicados de la madre:
una pequeña y estática mujer:
una alegoría carnal de la distancia”.

está lloviendo
Martín guarda en su estuche
el arma que carga el diablo.

Las palomas se adormecen y pasa
tras la galería cerrada, Cora,
con las palomas doradas atadas
a la cintura.

Murmullo del agua.
Los juguetes enfriándose.
Las manitas de los niños
para la densidad del arco iris.

Los cuerpos de los niños veloces
ya en los bolsillos
de unas huestes marsupiales.

El poeta se encierra cómodamente
en el Fairlaine de Martín:
con la música altísima,
la refrigeración,
y hasta el perfecto anfitrión
le alcanza un trago largo
a través de la ventanilla baja.

Mamarrachea Arturito en ese navío
¿pampeano? ¿Anclado en La Esperanza?

Con sus canastas de lluvia y sombrillas
enceradas pasan las infantas empapadas;
los chiquitos ya bañados y listos
para la cena y el descanso y
la cocinera con señas silenciosas,
entre el barullo de los loros y los grillos
llama a comer

¿con una campanilla?

Esta ventanilla está empañada
No veo bien.

Un balcón

Tomás tiene dos años,
vive en Buenos Aires
en un exiguo Dpto. de la calle
Defensa.

Cuando llegó al campo
dijo: ¡balcón, mamá, balcón!

El campo como un balcón
infinito,
con sus terrones azules y sus pastos
infinitos,
con sus perfumes y sabores infinitos
y los enormes perros, los cañones
enterrados, las esfinges de piedra
entre los abedules y la casa de noche
con su galería encendida,
su resplandor de arroz en la humedad

de noche de caza acuática,
rosada

Pero llegamos casi al mediodía.
Los árboles arrojaban de sus copas
ácidos sagrados:
la untuosa fragancia de los verdes
vacíos

la luz en rayas frases de los gnomos
silenciosos,
en los baldíos inesperados,
en los incendios donde recorren niños
bajo el crujir del sol
las cenizas
que al llegar nos miraban

Debería insistir.

Nos esperaban las flores dispuestas
en los candelabros de hielo,
las bolas de nieve siempre
nunca tan blancas sino ligeramente verdes
y aplastadas al tapiz donde cruzan un río
niños chinos
cotorras y cacatúas petrificadas,
lavadas en azul, los picos rojos, las crestas
como moños de niñas embalsamadas

-¿Puedo fumar? -dijo Alicia
Y así comenzaron a reir
los comensales

Tomás invadía la mesa. Jaime lo mimaba.
Tomás invadía lentamente las cosas indiferentes
y las muequeantes salas,
los retratos,
del comedor los retratos, las pinturas,
las piedras bajo la estufa, los preciosos
vacíos, caracoles, y los ojos de Pupa,
saltones y verdes como de libélula
espantada.
Las voces italianas, francesas, el inglés
de los huesos de las tentadoras
comidas, sustancias
almibaradas

Arturito comía y comía
levantando sistemáticamente su ceja casi
postiza y el rabillo ciliado,
el cristalino visor camaleónico
y el ojillo esmerilado

Sonar, radar del ojo

Y la nodriza elemental que allí guiñaba

Arturito sin escribir nada.
Hundido en los espejos.
Tendía el puente colgante de una complicidad
con ibis; pájaros y picos que picoteaban
el vidrio; el vitral del goce; goce

En sobremesa más pequeña, redonda, y sobre
sillones de mimbre enfundados, chillones,
Jaime (50 años) se arrojó sobre
Tomás que se reía. Los rulos de
la ceniza de oro en la luz y los ojitos
sombríos: fuertemente iluminados por
otros ojazos que de adentro salían más locos,
chorrera de millones, hipnotizados niños,
celestiales, amarillos, verdes, el mar
junto a un gato zarco: y las manitas aferradas
a ese tumulto de falsas imágenes: las mismas
que leo: las velocísimas cruzadas por umbrales

y a la risa las manos de Jaime, otra vez,
Aquí, aquí -decía. Le hacía cosquillas en el
pitito, en las ingles, la pancita
Aquí, aquí -decía. Esto es la realidad. Esto
es la vida. Esto. Y señalaba acariciándole
la espalda al niñito que reía felicísimo,

Está vivo, viviente -repitió, corrigió.
Todo esto es la realidad -repitió una vez más
y ajeno a todo estímulo
y a toda realidad gimió: ¡Viva!

Un frío me recorrió ¿la médula?
Y me hundí un poquito
en el crujido de mimbre.
Tuve un raro pudor ante tanto reconocimiento.
Una nostalgia muy pueril y pétrea
me oprimía.

Y siguió murmurando, para su cabeza y la mía
(no recuerdo, no ví lo que hacían los otros
convidados)
murmurando entre cortadas tiras un pensamiento
célibre, agudo, agrio, triste, sutil entre los
escombros de las palabras que metía,
y acaso harto triviales para él, que acaso
todo lo concebía (la apreciación es mía)
como Belleza: una aristocracia
de la cultura

Nini miraba en Vogue los Rolls Royce japoneses.
Jaime pudo saltar de pronto, desprenderse,
y cayó como una brasa en la palma de un ciego:
Son japoneses, y uno debería entrar y hacer
¡Tac! Y quedar sentado en ellos.

Las rimas internas, ía, ía
La pura monotonía de nuestra
enorme desdicha.
Enorme desdicha usada como se usa
el cuerpo.

Jaime y Nini que hablaban
dándose la espalda, súbitamente pálidos,
como adultos siameses. Que decían y amaban
con cascabeles e improntus de otros
idiomas de otras lenguas, sus chistes,
lapsus y bacanales, festines desnudos con
guiños y muchas mímicas y acertijos
cruzados, rebus,
donde cortaban pequeñas imágenes
las brevísimas encantadas, conductas fuga-
císimas o historiolas de la historiola
del Arte:

que leer a Gide o Dostoievsky, aburría
hoy.
que una obra alcanza el apogeo de su
trascendencia en la misma época en que
trasciende. No va más allá.

¡No estoy de acuerdo! -dijo Nini. Yo ante
un Donatello Y me miró guiñando
Y Jaime se atrevió a decir: En todo caso,
acepto hoy, la vigencia de los arcaísmos.
Sos tarada -prosiguió- si te embelesás
con el Quijote: está escrito en un pésimo
castellano. No obstante, Shakespeare

-dudó-.

vengan -dijo-: en mi cuarto tengo todo
lo más arcaico que amo,
y todo lo que deseo.

Atravesamos una biblioteca escarlata:
los dos escritorios vestidos, de
brocato escarlata. Cortinados es-
carlata. Los libros encuadernados
color escarlata.
Toda la estética de la pieza se desmoronaba
ante una chimenea cuasi barroca, de piedra
peinada, herencia de unos huéspedes
arquitectos benedictinos.
-Es horrible -dijo Jaime-. Es del mismo
autor de San Benito, en Belgrano.

Los pájaros estrenduosos en el silencio
nublado de la siesta.
Nos alejamos con Alicia hacia una porqueriza
donde gozaban a los gritos dos animales
pintados o disimulados, los hocicos y los
flancos erizados de barro.

Hablábamos con Alicia,
de los mosquitos, que nos picaban, y en ese
ardor y sopor, de envenenados, todas las cursile-
rías de la ética y estética improbables
de los matrimonios
Hacía 4 meses que ambos, por distintos motivos,
de nuestros amantes nos veíamos separados.
Tristezas y terrores, asperezas y esperanzas,
odiosos ojos y dudosas aserciones, acechanzas
de lo venidero como una epopeya inmóvil
bajo ámbar del deseo.

Invasora jerga de nuestra suspendida cháchara
también inmóvil.

Y la naturaleza como una alfombra voladora
detenida: balcón para las cinco mil Hetairas
que nos amedrentaban con sus vaselinas y
arpas y ese kool para cuervos en la laguna
fosca. De agua amarga.

Pupa -la condesa veneciana
que se casó con Jaime -me pregunta al servirme
una presa de pollo: ¿Prefiere negro o blanco?

Blanco, dije, estimulado por mi lectura de la
mañana. Y ella agregó: Claro, como buen descendiente
de italianos, gusta el blanco de pollo.
Señalando la carcaza dorada y crocante
del resto, Nini exclamó: Yo amo, fijate,
el negro. Y añadió mirando fijamente
el dorado del plato: ¡Parece un transatlántico!

El campo no. Ya. El mundo. Océanos.
Las palomicas no. Ya. Las cigüeñas y las garzas
plateadas.
Las calandrias tampoco.
Los ruiseñores al alba.
¿Se despierta, Pupa, entre ruiseñores?
No sé -dice Jaime-, si todavía quedan. Los he
escuchado. Preciosos, ¿no?

Nini con su dulzura habitual nos trae el
desayuno a la cama.
Alicia sonríe. Tomás refunfuña.
Me despierto a las risas.
Toda Nini invita a una noble y catártica
carcajada.
Desde muy temprano comienzan sus trabajos
con relatos de sueños, piezas de amena
conversación y ámbitos mágicos, embrujados.
¿Sarcasmos?
Imágenes del placer milenario apenas ella dice:
¡Qué placer!

Secreto triunfo de la risa
sin que en su aspecto feliz
nada de ella ridículo nos
invite a reir.

La simpatía crece en su boca. Su palabra
nos envuelve y nos llena de estupor y sorpresa,
como en el carnaval de antaño la ligera
serpentina.

Pero hay una palabra oscura que pasa por sus
labios y va penetrando como un fruto obsceno
en nuestra imaginaria boca: c o n g o j a.
Pero no esta congoja que notamos
una lentitud extrema en el desplazamiento del sol
y que el poeta Girri, señalaba como una cualidad
desde el tiempo

Pues si de ella aprendí las mil maneras imposibles
de creer, de esbozar, de inventar
para experimentar algo que fuera el modelo
o el mimo de otras congojas,
¿para quién retuve, entonces, la sordina
de la imaginación?

Nuestra amistad austera.
Nuestra congoja agámica.
El paso veloz sobre las piedras
de nada parecido al sexo, ni al amor,
ni al fuego de la irrisoria congoja.
La urticante y nocturna congoja.
La deliciosa piel de sabandija que deshace
los guantes de vivísimos élitros
en realidad. Y en deseo,

el paso de Tomás en el balcón de la hojarasca.
El oído de Minerva (la perra Dogo) y lo que de
sus pisadas escucha Tomy,
confundido por la infinita escala de murmullos
y de alas.

Y la Señora con su aire de domadora de jirafas.

¿Yo escribo en este claustro de muros encalados?

El cuadro que miro dice: Doménico Theotokopuli:
El Greco (1547-1614). En el espejo veo mis pies,
que los mosquitos deformaron: hormas gigantescas
y máquinas de planchar; esa misma ojiva metálica;
las variadas y envenenadas

manos tergiversadas,
efímeras formas:

el cuerpo
el espejo
El Greco.
los pies.

Oigo a Minerva que se arrastra por los pasillos
hacia otro claustro.
Alicia tose.
Nini duerme.

¿Sueña Tomás? Las hojas gigantescas
y los kinotos como turgentes tetillas pintadas,
mojadas naranjas Mujeres anaranjadas
en los superpuestos e impalpables balcones

El pingüino de yeso que Nini trajo un día
del pueblo. Enano cabizbajo.

Tomás lo toca.
El olor lo sueña.

El agua cenagosa de la pileta y acaso mi cara
gorda y barbuda.
Mi horrible cara gorda y mi
terca sonrisa o

Acaso mi sonrisa sin cara pero barbuda,
suspendida allá en el claqueteo
de las hojas: Arturo

El sátiro hipnotizado por las velocísimas
hojas
agitadas y rosigantes

con sus decibeles
y sus secretas acústicas

¡Oh, monjes y poetas!

Nini vuela alto, lejos,
en la escoba de Rauchemberg
con sus pajas ornamentales.

Jaime hojea Vogue y se detiene ante
la contessa Marta Marzzotto, fotografata
da R.Granata.

Arturito lee un libro que tomó
de la biblioteca luciferina: A la sombra
de los monasterios tibetanos -un libro
de Jean M. Rivière.

Jaime dormita, ahora, un poco.
Se sobresalta por la llegada de Tomás.

En el paseo Nini repitió embaumée
La tierra -el balcón ambomé con
todos los estiércoles, con todos los
osarios de flores. Acacias, jazmines.
Contó una historia de merengues y otra
de profiteroles.

Pupa pasa silenciosa portando en sus
blanquísimas manos una llavecita y enredadas,
dos pequeñas copas de cristal ahumado

Forzado el ideograma de la alegría.

Forzada la faz silenciosa de la memoria
en este campo.

El ánade canta como un ventrílocuo en un
ejemplar demasiado estudiado de
Liquid Ambar. Todo lo que ellos conocen
acerca de él se va vidriando en mi resentida
memoria;
se va endurenciendo como un dulce que lentamente
decolora, azucara, envenena.

Hipóstasis de la perfección
del campo en su paz, en su melancolía
focalizada

Pero de pronto yo sé
que en todo este silencio no estás.
No están tus movimientos
secretamente envueltos en la impostura
de tu papel de caramelos

Y no sabemos por el sol
ni por el follaje plateado
en los árboles, donde tu risita
se expande y envejece y donde
despierta unánime tu alegría colmándome,

donde tus manos en la cabeza del amigo
celebran los trabajos y el amor como
los días sus noches
el campo.

donde la obligación con sus destrezas
parte de mí y te ocupa:
último secreto de la luz en la tarde
y último parte del secreto
en mí
sepultándote.

Olvido, pero intermitente.

De pronto tu mirada se enciende para mí
iluminando cada hoja de cada rama,
cada corteza de cada ramaje vacilante:
los árboles: los claros ínfimos donde
se abalanzan a besos las palomas

la mirada extraviada en el vapor
de los árboles celeste; celeste;
desconociendo para mí y
desconociendo todo en mí
para este campo

Una nueva manera de amarnos
arrojados por todos los convidados
incluido yo,
en el secreto que ya no nos escucha

que ya no retrocede
que ya no hiere

¿Más?

Padre o pared

¿Padre o pared?

Padre maldita parte y padre bonapartista.
Artista, sí. Payaso. Fuiste el dios; te quise como fuiste y ahora lloro: abro un tokonoma en el muro, un pequeño agujero en la pared; celebro y disimulo tu ausencia y tu vacío; sabiduría de la muerte.

Padre muro o rumor de madre feliz al encender lo oscuro. Apicultor en el más puro azul de una noche de danzas: el botín de atronadoras flores sobre la panza de la pequeña muerta: ¿Y estaba yo?
Padre que asiste a la recolección de la miel y asiste al parto: haber nacer.
Hermosa es la aparición del padre en la luz.
Hermosos los niños de bocazas abiertas en un llanto de apiario experimental con zumbantes recolectoras de pólenes milenarios partiendo de la matriz; el hombre al aparecer con sus colores: dedito húmedo: manita que se abre sobre el arroz azul y las abejas dormidas, ebrias, sobre la pintada nariz. Panal del cuerpo feliz.

Hermoso es el hombre que no acaba de nacer.
Padre emparedado.
Padre que muere de risa en la sala de partos.
Algo escuchó en la delicadeza del sueño demerólico, la secreta mujer.
Una cabecita; el champú sebáceo de la mascarita de proa; el pequeño cuerpo de jabón que fácilmente se desliza por la borrachera o el etílico pavor: ¿se acuerda, doctor, que casi se le escapó un niño entre los confitados dátiles de aquella Navidad?

Las candilejas quirófanas; las carcajadas de las estirpe.
El carillón de los muertos latiendo en los cráneos niponizados. El esqueleto y los cuerpos de bultos sonoros, transistorizados: cartilaginosos, siempre,

(blando: las sombras de esos
niños en el vano del
libro,
blandos).

Padre el alba tomando un mate amargo y pelante. Y padre que firma, vagando por oscuros indicios: mis hijos no están a mi lado rosigando las nueces de oro y ardilleando: silencioso es el destino de los padres:
la madre envuelta en el oro de su apariencia, o parto.

Parto, padre.

Padre, no se puede nombrar tu entretenimiento: tu juego: tu caricia sangrienta cifrada en helicoides. Pared de la muerte y único hijo de Pan en el alero deseante. Envoltura y padre de la madre. Único erial y única pureza de lo real. La mano; el pie; brazos.

Madres o dreams

¿Madres o dreams?

colibrí del sentido; sentido y noción de falta

Fábrica de frutos de oro y frutas de plata: ¿el silencio?, ¿la bocona palabra?

Maduran como nísperos las risitas felices en las azucaradas y venenosas máscaras.

Las hormigas negras con su grano de cocaína y falsa:

Sea que no pudiese más leer el unido abecedario.

Sea que paternar fuera un techo caduco y maternar las aguas que suavemente lo hundieron

Sea que tuvieras que aceptar disimuladamente la unánime desdicha de ser hijo del texto.

Violento espejo del tiempo.
(¿verdad?: juguetes,
entropías en amor). Y sólo un gradual movimiento espiralado que corresponde a los efectos inexactos de una cara del saber: la más enigmática, la más maravillosa. Sea que tuvieras que aceptar nuevamente, disimuladamente, la dicha de tener Madres-Tiempo: hijas de espolonados pelos y ojos chinche; hijos que nos exponen copo papagayos en la percha de las frecuencias pálidas: en abanicos, en hilillos, en culebrillas de marfil: obesos de gelamón, bateleras sordas, enanas tanatóforas y gemelos plurivitelinos.
RECUERDA: no
.y sí.
Bálanobanal es el apagón moebiano: agón, agonía, de los here mana herr n`anos
Ah, no
corte aquípar fratría el cielo.
circular.
No es a mi falso pie (que ablando enhiesto) del ser. Higuera que amamanta aún a sus sarmientos.
Oh, leche, échele más vida.
No son las pirografías serenas de una areola banal.

Es la succión irresponsable de un sujeto varón.

Y.

Un cuadro representando a un león que rasguña un Retrato.

Sea que no tuvieras qué fingir y que la certidumbre más remota no fuera el parco nacimiento.

Sea que morir fuera parir un poco desgarrando la mascarilla quemada del sentido.

Sea que no pudieses afrontar la conjunción necesaria: es por este temblequeo de la lengua que bailan esos huesos solteros y es por esta travesía itifálica que se disuelve tu esqueleto en mi lengua.

¿Cantan?

agua plegada sobre nuestra mirada

agua entera como un fresco dosel suspendido

¿pibe? ¿nene? ¿chiquito? ¿chiquita?: los títeres perversos del guante blanco en la avalancha de la luz en nuestra cara sepultada: ciego y envarado dije: Im Park, Im Park, Im Park, Im Park

colgado,
de un huesito menhir
y sacro. Colibrí raspando los muros de una florecilla fugaz: raspada tumba. Del niño cuya huella fui: de laminillas de oro volador retrocediendo y ombligo del sol: no cubriría, brillaría, no en este sitio, no aquí.

La tardecita

Se acerca la primavera,

Marcia me odia, tanto
como yo amo a Lesbia, y
Catulo la amaba

Ella dice que es obscena
la manera de referirme a mis amigos;
que soy, en resumidas cuentas de collar,
una máscara ya obscena y amenamente
indeseable

Una máscara del teatro de la infelicidad.

Pero estamos en el campo.

El sol alto y tardío.
El sexo en los cogollos del almendro.
La luna por despuntar

el durazno japonés relampagueante,
brillante rosado como nunca ví. Vacío,

vacío vertiginoso como tu voz brillante
contra el viento iluminado y el infierno musical
de tus estupideces.

Tu voz brillante. Tu voz ¡poética!

¿Recuerdas que dijiste que la prioridad del artista
estaba en hacerse reventar por los chongos
de Floresta y después narrarlo mientras
se posa, ante un pintor, como una mariposa
americana?

El cielo es una lámina que finge un color,
una desgracia, unos dibujos maravillosos para el feliz

embaucamiento de unos niños que involuntariamente
suspenden la credulidad; coléricos.

Oh poeta,
el pequeño vestigio de una tormenta atormentadora
te alimenta con su rayo

Te arrimás a los pies de un fulgor que quema como aquel
caballo blanco que veo, ahora, pegado a su destello

Estúpido caballo criollo del lenguaje.

Una mujer entrevé tu Vacío en su boca estrepitosa

Oh inebriante perrito faldero
llorando aún por la pérdida de su mamá
en las letrinas de Roma en una época cruel, en una época
de niños Heligábalos tan putos como él,
tan degenerados superiores como él. ¿Debí decir que
citaba a Pessoa (mucho más, mucho más inteligente que
yo. Más claro y menos oscuro en las razones de la amistad
obscena con la tierra y el aire y el sol y la eternidad)?

¿se acerca la primavera?

Sí, se acerca la revolución
de las florecillas de la amable locura
con sus sospechas escarlatas, con su Rimbaud, con sus
mejores mujeres y sus lolitas en flor también
a la sombra de un despertar anaranjado del verano
en medio de cada insoportable estación.

De todas maneras,
una carcajada embrujada por la dicha engama los
colores;
unas manos frágiles precipitan la luz que sostiene
las formas de unas serranías y unos árboles amarillos,

¿Vendrá?

Todas las formas en todas las formas y la cabeza en la
pica de la certidumbre,

la angustiosa serenidad momentánea de la certidumbre,

Una cierta sombra en las fantasías del amor. Unas
sombrías

siluetas en la cabeza abigarrada y pulsante,
la cabeza, la cabeza del amante

sea quien sea. La primavera.
El cielo como una lámpara en la mesita de luz y
el día como una noche dispuesta para el obsceno Dolor
y siempre unos niños bailando en un claro de mi sangre:
un arco iris del deseo en mis venas.

El cuerpo estratificado en el lecho ácido del pino,
las semillas turgentes bajo sus madres arraigadas;
el silbo de unas perdices mientras avanzo hacia la casa
cerrada y el galgo y las tunas mordidas por los toros.

El secreto en el aura de Alicia, la casera, que espanta
las vacas con su Citroën amarillo y sus alaridos
expertos.

El celo. Tres rojas muchachas y yo. El celo sereno,
el celo en la cabellera solar de la mujer

¿El hombre de mármol
quejumbroso?

¿Vendrá?

Todas las parteras oirían su nacimiento
si se decidiera a verse nacer,
estímulo de la pintura. Estímulo de las
estéticas anarquistas de la pasión
Confuso esclavo de la maldad evaporando en la sombra
toda la Literatura y todo el Mal.

-Pero no pronuncies esa palabra obscena, por favor,
Arturito

Ni dispongas puntos suspensivos donde políticamente
no hay suspenso.
Estamos en el campo y aquí me quedaría hasta ver
amanecer y que la vaca me dé la teta con sus innumerables
pezones

Terco poeta como la luna en el agua que se agita,
el día se agita como yo.
Estamos en el campo.

-¿Qué somos?
-A-mi-gui-tos

Sonrisa en el coral de las sonrisas que miradas
difícilmente se disuelven en el aire obsceno.
Obsceno el tacto del pico de los patos.
Obscena la algarabía de la quietud.
Obscena la tarde con sus mates lavados.
Obscena la invitación a la pintura en caballete.
Obsceno el caballete en el desván del campo.

Obsceno el diálogo más que el monólogo y más obsceno
que este coloquio entre perros de interior

Obscena la mirada a la leña y el hacha,
obsceno el conejo con sus orejas enterradas en el barro;
obsceno el juego de repetir
la hartura de la pintura
Del campo.

¿Vendrá?

Su caballito volvió solo al lugar

Espacio perfumado
no importa con qué
Estiércol de la atención humeante y perfumada

La mirada bosta circular de las vacas
como un cráter lunar en el aire
en el verde del aire-césped

Sangre en la pared.

Sangre en la nariz de la niñita que sale del agua,

Sangre escondida en los hilillos equidistantes
de las venas poéticas

Y es todo lo que no nos debería faltar.

La mañana

a Chiquita Gramajo

Todo lo que deshaces en lo que oyes
te escucha: el aleteo de dormir.
Más que vivir el aleteo prohibido,
el escándalo disipado de un sueño:

Las voces,
los rostros borrados. Las bocas como esferas
y los ocultos ritmos, enterrados pasos
súbitos de un huésped auspicioso:

La noche en la casa vacía.
El sapo que en el umbral espera
el duro beso de la esponjosa luna.

El brazo cortado en lo lejano.
la mano que se hunde
en la cabeza que se va a despertar:
“colmame conociendo tu muerte,
enfrentame a tu infinita reducción”.

Pero desnudo, de pie, bajo la ducha,
más ácido el rocío en las flotas de
la mañana;
desnudo, bajo la mueca imprecisa
de un gorjeo prolongado y la visita,
en la jactancia de la luz en la penumbra

ya es toda la mañana
ya es toda la repetición bulliciosa
de la colmada mirada enamorada
no contenida en la erudición de los
saberes, la obra, el creer conocer
y su “conciencia culpable”.

Hay que conocer esta muerte.

Se amplía y se reduce
su infinito deseo: es el deseo
de la obra y la pequeña diferencia
de su duradera dureza.

Es la simulación de la amordazable
libertad, que nos impone como
en dos sueños sospechosos,
un breve y confuso reconocimiento
del caos: la mañana.

El déjà vu es la muerte,
una escena oscura recortada de sus
danzas; un cascabel que agita
para el halcón jactancioso,
una alarma obscena y brevísima
durante el pacto de mirar.

La muerte que sólo escucha y
desechando. Deshecha continuamente,
en lo que oye, en lo que escucha.
la muerte con sus jugueterías y
sus gatos.

Dijiste: “debo permanecer siempre
pequeña.”

Más que el sueño:
nos impone a los bostezos el vacío,

La breve lluvia que nos abre una acacia.
Los duros hexámetros envarados por el sueño.

La pesadilla de la bruma recortada, donde
aparecen las miedosas geometrías de la sombra.
Los bailes y las máscaras de un finísimo
“óleo”: la mañana.

Alguien declina el nombre de su gato y el
nombre del felino se encarama a la sombra.
¿Me despierto? ¿Tratas de despertarme con
un puñado de sílabas de cuatro hojas?

Alguien despliega en esta misma mesa donde
escribo,
un mantel crocante en la luz y los intactos,
pegajosos pliegues.
Y apoya una taza, un plato, una servilleta
de papel sobre las pequeñísimas,
pintadas flores.

¿Se inicia
la mañana?

¿O ella nos va desocultando otra vez
lo que para nosotros recomienza?

Los pequeños d’annunzzios,
brevísimos en su aparición,

en las veladas luces y vuelcos
de las vestidas de papel.

Desnudo bajo la ducha,
desnudo en el hilo que sostiene
las encantadas imágenes.

Desnudo en la única sucesión
presentida,
casi dolorosa. La insistencia
desgarradora de insolubles aspersiones
del deseo:

desnudo
y la mañana del verano frotándome.
Un gato viene a caer sobre mi pecho
como una lluvia de azúcar dorado,
impalpable.

Desnudo y para mirar
si “estableciera” desde afuera
otros vínculos.

Empapado de rocío avanza
en otra fiesta que no me excluye.
Los pliegues del agua en la piel,

la luz despertándose en las cribillas
del papel: gozo, solamente

el sonido puro que rapta al deseo.

Y yo iré,
con la lengua quemada por la lluvia
del sol: el vaivén del disco de carbón
de la comadre cocinera,
y yo también alejándome
a mil años luz
si este día me “retuviera”.

Entorna los postigos para protegerme
de un resplandor naranja y dice,
murmura,
“ya está”;
el tazón de leche perfumada con el
pintado café.

El gusto de la leche, el café.
Esfuerzo de reconocer los dos sabores
unidos para el sabor de la mañana.
La manteca fría y su rocío en la espiral,
el caracol con que la enervan bajo el
metal de unas grasosas formas.
El cuchillo apoyado en el frasco de miel
marcando con su resplandor sombrío
la distancia al primer parpadeo
ese “hoy”.

Conoce tu muerte el agua,
el macareo del azúcar:
el cuerpo desnudo pasando por la voz
de mi lengua:

“Mientras escribo, todo se desvanece
menos lo que contemplo.”

El que pasó por él traga la leche
y los sabores desconcertados.
Tendrás tu cuerpo colmado
por sus veloces huellas de pasante:

te busco y no estás,
oigo tu voz detrás de la bruma
bajo la mujercita de los pájaros:
“ser pequeña, quiero”.

huésped de la mañana
(todavía secreta para mí) y
huésped desnudo
acribillado de certeza:

contemplo.
Escucho el molinillo de chocolate
del deseo,
y esa repetición en su nombre nombrado

¿dónde está?

El campo.

La familia

Sobre la familia
de un dibujo cortado en
los colores

El vientre cortado,
los juguetes.

¿Para qué volver a la unidad?

La naturaleza era la imitación del padre,
la mirada ilimitada de la Madre: y el amor,
aunque probablemente no era el amor, reclamó
una breve caída sobre otros silenciosos
tiempos.

Reclamó los niños que se hundían
en el follaje estrenduoso,
en la espuma de las ramas. Reclamó todo
lo que fingía, para sí breves vidas, y
toda la pequeña presencia que ardía,
todas las misteriosas nominaciones, todas

las mentiras fugaces de unos gestos en púas:
el campo destruyó el dolor
y eso se percibía como prueba de soledad
en el paisaje.

Después el pisoteo,
la masacre del deseo: el no poder
reducir a común denominador materno
el padre malo y el abuelo tramposo.

La mirada dulcísima en esa noche
que sólo se abriría para dormir.
que acaso ya no sostenía
un ritmo: grillos esquizofrénicos.

¿Amantes?

Cuerpo fascinante y pequeña dominación.
Vibración de unas caricias que todavía crujen
en nosotros como suavísimos derrumbes de luz.

¿Amantes?

Y en la felicidad de los gritos
¿quién consintió apoderarse
de un nombre único pero querellante?

¿Quién, durante la vida,
en el vapor urticante
de todo un secreto?

El principito

.llegó, llegó el Principito. Su color, su dibujo.
Ese azul que no querías pesar
y ahora está en tus pesadillas;

ese amarillo de saturno y los planetas y las lunas
y los cráteres de mazapán de pastillaje de espuma.
Y tu sonrisa y la de él al decirme
que sólo leyeron eso -y tienen 20 años-:
El Principito.

Qué orgullo. Qué dichosa vanidad.
Qué inocencia sinuosa, dentada,
como explicó el poema mismo
William Carlos Williams:

una estructura de dentadas sicigias
¿qué?

¿pero qué son las sicigias?

¿el lugar donde toda palabra se evade
se extravía? ¿Consonancias que nos buscan?
¿Un sitio, un refugio de inseguridad
aquí en el campo?

¿Las soñó Lewis Carroll también para
el secreto juego de sus niñas?
¿Las traemos cambiadas en tenuidad
para embaucar el tiempo desesperado
de cada interrogación?

roncas en voces -del agua de la pena.

Tentativas de adormecimiento del dolor
por la imitación veloz que encaran
en la apariencia,

por cierta armonía escondida aún
y cierta simetría de lo aparente.

.y dentro de ellas la espuma del secreto.
Todo parece juegos del amor, y angustias
sin tristeza, sin memoria siquiera

El movimiento y la más pura vida
con todas las impurezas de un lenguaje.

El ajetreo de un plumón enemigo
haciendo sombras falsas en el hablado teatrillo
callejero: y allí,
la belleza custodiada
por niños.

Retenida en las palmas rosadas
como cadenas mínimas de destino;
abiertas al tokonoma de unas marcadas líneas,
a pesar de la corta edad;

¿por qué ese anhelo entonces,

por qué ese insomnio?

Son bellos como la lluvia

Y sus palabras nos llegan apenas
a pesar de los llamados distraídos y ajenos
como el del horno microondas al alba,
cuando adentro quedó olvidado un plato
de comida.

y llama y llama con un silbido práctico
pero molesto en su pregnancia maternal
desde la materia que parece decirnos
técnicamente todavía: .vengan chicos
vengan a tomar
la leche, que se enfría.

como único librito que uno pudiera soñar
con suerte

Dado que ellos no leen por hambre
por obstinación

Dado que buscan sólo el azar
de una inocente (encerrada) mentira:

el amor, la ciencia perdida.

Dado que aquí y allá su alegría rebota;
su movimiento de botones alineados
disipa en nubes hermosas el paso del cielo,
el paso de sus propios cuerpos
abultados y perfectos.

Y de pie sobre la luna,
con una espadita,
aunque la escala no es Uno en Uno,

vestido de marinero como solían vestirte a veces
cuando la Moda visitaba tu casa,

o cuando asediaba en casa de tía Marta Espezel.

¿Y cuántos principitos éramos?

Pero había esos azules como trazados de un pincel
solitario y gomoso.
En cualquier lugar y en cualquier extremo
aunque éramos nosotros niños,
nosotros marineritos estúpidos
en la marea de la Moda
abrazada a la Muerte.

Y algo había colgado en el balcón: un libro
de geometría

hechizado de error

hasta que se desarmara totalmente y poco a poco
hasta que quedara desmantelado como
el corazón de la abuela del César
y nadie lo pudiera descifrar
ni leer.

Y aunque en Arles en el Espace Van Gogh
vendan miles y miles de principitos
en valijas diminutas y mochilas para niños,
pintados en lápices, en cuadernos, en libretitas,
en bolitas, en gomas de borrar,
en jabones pequeños con calcomanías
y hasta que lleguen ya vencidos a otros mundos y
hasta que el agua y las pequeñas manos y la piel
de unos ángeles famélicos los borren.

Yo no sé leer poesía.
Yo no leí más que El Principito.

Soñando escuálidos príncipes de abdomen de sapo
por hambre, por insolación.

Oh,
Van Gogh,
tus niños todavía no huyen.
Soldaditos como son.
¿Para qué?

Son colores sedentarios

Están acá entre pastos lila
y pajas entre minas
que no estallaron todavía.

Moral del Principito.
Visible estolidez de los principios reales.
Los ojos.

La noche del Principito
aquí entre las golondrinas silbonas
que no se quieren acostar

y el silencio,

Las nebulosas en enjambres,
las gigantas azules en el cielo paciente.

¿Para qué?

Lo esencial es invisible a este mundo.

la gracia de unas formas vendemos en el venero
de las carcajadas

El libro que ellos ya no miran.
El único que leemos

el que no mirarán:
el dolor del firmamento donde grita el Principito
amoral como un bebé

.entre cigarras de una cajita china
que también cantan muy roncas con la luz
y se activan con la alegría sin límites de la luz
como cigarras verdaderas que no paran de cantar,
que cimbalizan más y más en la clara sordera,
y más que todas las ranas
en una noche de Pringles.

Esta noche.

Una alegría
que no es también un gran temor
sino cosquillas de usura. Esta noche.
El Principito —el Principito llegó
pintado por Kuitca
al bazar de Librería Corujo:

entre tractores para cortar el césped,
cocinas Longvie e inteligentes lavarropas
y unas agendas Palm, y unas compu Compak,
y las Singer de liquidación
por la quiebra que sufrieron;

pero las guitarras eléctricas siguen caras igual.

Había entre tanto
-pero ¿lo vi, yo?-,
un acordeón de juguete que me encantaba,
forrado en metálico papel de bombón
y el fuelle rojo. ¡Estaba acá!

Estuvo entre los tarros de lechero de juguete
hasta que alguien lo compró.

¡Parecía tan estruendoso y trágico!

-¿y El Principi.?

-No sé. pero. aún es amarillo el borde
del cuello del capote.
¿Ves?

El potlatch de las siestas

Un coloquio remoto se hundía en la exageración

(miniatura de una incertidumbre
que lo amparaba): Algo querrá ahorrarnos
siempre, la pena de la escritura

El campo.
Todas sus cruzadas de comadronas
invisibles.
La arena de oro el sentido y del sentido,

madres desaparecidas. Vuelvo a una patria
de terrores pueriles y asaltos
a la pequeña oscurecida urbe
de la memoria: Oh, tristeza

Me has enfrentado al lujo insoportable
de mi desnudez.

Aquí está el mapa de lo reído y de lo
por reir.
Los lugares que deslizan su ritmo reificado
en lo alarmante:

El tiempo
que contrae
el abismo
de los niños.

Hay que enfermarse.
Hay que enloquecer.

“Hay tres minas jugando
al Ludo, podés creer?”
-dijo Mariano.
“Parece que juegan y
cuando las mirás fijamente
desaparece el tablero”.

“Estás en pedo -dijo Julio.
“Más borracho que ellas”.

Busca el agravio de la alucinación
compuesta (se despereza en estos
campos)

Sus patios para dar mis vueltas.

Sus sótanos para retocar heroicamente
los homenajes al cuadrado.

El campo.

Unas cartografías silbadoras. Colores
repetidos en los timbres, oh, monjes:

Vosotros que de la plegaria hicisteis
una partitura, un mapa para el acting
de escoger de la luz la calentita sombra
quejumbrosa.

Vosotros,
para quienes el mal y el bien
son el paisaje: el paseo más puro
de la contemplación

Estamos en Indio Rico,
a escasos kilómetros de Pringles y
es la industria de los noveleros,
con sus flechas de macizo oro y sus
boleadoras de pepitas áureas forradas
de billetes de cuero.
Estas son dunas, dunas mínimal, y
estas son napas con láminas de mica
traspapeladas.

Ahora estoy en Pringles,
en la azotea de mi casa donde soy Vatek,
con mis astronomías lanares y gozo,
como también de día gozo, tendiendo
desnudo la ropa: paso por el silencio
costumbres que el almuédano corta
al llamar a la Meca: duda, por todas
sus geometrías secretas donde la luna
entierra unas cerezas frías.

Hijo,
y padre.
Pero con un juego limpio
bajo la nariz ganchuda: el amor,
el equilibrio tumultuoso del “galpón”
donde unos tumultuosos quemaban los
juguetes y el trigo.

Malones.
Malones señores pintados con su crueldad
que cunde como el fuego del deseo
en la pampa.

Pero hay el barullo de lo pequeño, aún,
cruzando el cielo matizado sobre
cardos y escobas albinas y estolas plateadas.
El brillo del panadero, erizo suavísimo
con su relámpago tieso de madrugada,

y también el llanto,
el llanto ameno del siringo, angustiante,
y prolongado.

Estímulo de la secreta alegría de la sensación
de simular tantos discursos y prometer más
mímicas,
más mordeduras.

Algo que quiere ahorrarnos
la pena de la escritura: No hace mucho le
dije a Emeterio: No he fundado ningún sistema
nuevo de lectura; nada original: ni siquiera,
volverme imperceptible. ahora enmascararnos
los brazos, las manos. (No dijo nada y después
pensando que iba al mar con los chicos dijo:
“Comprate una sombrilla, es algo que puede
durarte años”).

Genet sabe que el goce le es negado por
principio -dijo Sartre.

¿Yo busco el agravio de la muerte?
No; enumero el sentido de una desaparición
escrupulosa:

el arco iris no.
los niños no.
un amor no.
un cuerpo que al pasar
deja que el deseo nómade se precipite en él
como una nevisca incandescente,
como una lluvia
fulminante. No.

una idea célibe no. viuda no.

una frase fastuosa que aparece
en la mitad de un ingenuo
momento,
de una ingenua desaparición

Del campo. No.
Del fauno o silvano que aflojó los cordones
soltó los ojos en los manojos de doradas
espigas. No.

Un sileno no.
Un coribante con su falo serruchado
en la mano,
bailando y restallando de dolor,
bailando y restallando. No.

Genet sabe que el goce
le es negado por principio:
Natachita me trajo su libro de cuentos
y Natacha, la madre, leyó en ruso.
Un cuento que no entendí, pero que
disfruté bestialmente
como una bestia que se sale de su ajustada
maya.
Natachita me miraba.
Liliana agachó la cabeza y alzó, imperceptiblemente,
los difíciles hombros: Ella también escuchaba.

Natacha cantaba, en realidad, ese cuento
maravilloso. Cuando terminó, alguien dijo: “¡Qué lindo!”
Natacha se apresuró a explicarnos que era un cuento
que le leían asiduamente a Pushkin.

Me despedí de todos ellos, como siempre,
besando a cada niño: coronando con un acto de
malsana estupidez aquella estupenda “lección”
de poesía.

El agua rosilla

in memoriam Silvia Redondo

¿suena un teléfono?
Es imposible, aquí, en el campo.

A menos que obedezcamos
a otras razones, a otras malas costumbres
iconográficas.

Es un pájaro que suena igual;
o la mixtura informe de dos frases
trinadas, que saltan a la vez de un gaznate
abierto al cielo,
a otro.
volcando una materia multicolor y
tan densa en “estados” que.

Ningún orden nos vincula al pasado.
No obstante.Eramos el sentido
de una desaparición, la pérdida absoluta
del sentido: nos buscábamos como piedades
escondidas, todavía invisibles, todavía
impalpables.

feliz fue la noche confusa y feliz

el vaivén de nuestros cuerpos
alarmados por el último beso. El último beso
y mientras ella desenvolvía sus puntas de secreto
en la oscuridad lechosa él bebía Tang

y fue feliz la noche fue feliz

El último beso.

(no pudo disimularse en lo pequeño:
se simuló en lo más enigmático de
una ostentación: el humillo
de un nombre.)

Amantes confundidos. Amantes en el
agua del jardín de los deseos que se
bifurcan:

volados los cuerpos y
la utilería del amor

deseo pequeño
deseo pequeño
deseo pequeño
deseo y poder
y sumisión.

animal necesariamente
en la esponjosa sombra
de las miniaturas:

del brevísimo instante en que aparecemos
como títeres de la confusión alada entre
dichosos por hastío,
por hambre.

a cada paso nuestra secreta carga y
nuestro falso deber.

el hormiguero del sueño, el sueño
de tu hermosa tierra (dentro de lo posible)
el hormiguero y la desaparición:

El campo,
pasto o brizna de luz,
hormiga o escarabajo tanque

Y el perro Arturo que fue tu lazarillo
en Roma, y compartió las fugas en tu duelo
paterno, molecular: pasional, Arturo

¿dónde estarás, ahora? ¿Contra qué valla
de sombras sin espinas dejarás caer a tu
amo?

El sol se extingue bruscamente y un insectito
con lunares negros, bruscamente anaranjado
se posa en mi muñeca: “Mirá, papá. Una
vaquita de sanatorio.” -dice Ana.

Más pequeño que nuestro retrato en la cerrazón
y más pequeño que el mundo sostenido por lo
que desaparece. La hierba, la luz, la piel, el agua.
Espacio con olor a vainillas.

espacio del vómito instantáneo de un niño
ácido del niño como esperanza: (secreto aliento
aplastado en la desesperación esperanzada.)

Espacio perfumado y espacio medroso
Espacio sombrío de las tímidas frutillas
Espacio de los tilos y las naranjas

espacio del cerezo escarchado picado por
los pájaros.

Espacio y espacio
donde tenso se abre el secreto
de una palabra y
de todas las deliciosas porquerías
de los niños.

Espacio para el barullo de lo pequeño
que no desaparecerá por el envión de la mañana
y espacio para la enumeración cada vez más simple y
más imperfecta

sintaxis de multiplicidades de olvidos

Atrajo para ellos
la vida para sí:
la vida-juguete
la vida-moscardón tornasol
zumbando en la viruta de otra luz
y las lisísimas hojas del verano
soplado en la luz

sonajero, sonajero
de un secreto mortal
que únicamente los niños comprendían.

Fuiste la risita contraída
en la recova del caracol

la risita de los niños del sol
y otro sol en otros niños mutantes:
la diferente paternidad pueril
de lo viviente

Con ellos, hacías, escribías
con abrelatas del deseo
esta vez cada vez más vivir
y en lo viviente, espacio,
cada vez más oir
el secreto de lo vivido

Oh,
por tu culpa debí enloquecer
puesto que vivir
es sólo presentir
el deseo.

los niños no lo saben
los niños lo presienten
en su rotunda sensatez de pequeños.

los gritos, las risitas,
las carcajadas en el agua porosa
y el sol en las piedras azucaradas:

Vos los obligabas a que saltaran la barrera
donde un señor estaba con su sombrero negro
y una señora posaba con su sombrilla salitrosa.

Mujeres, niñas, reinas:
todas con sus posesiones felices estentóreas.

¿Te acordás de los patos arlequinados?
¿Te acordás que hundí el dedito meñique en el tintero
el primer día escolar?
¿Y el día que me cagué encima, y corriste alertando
el aquelarre de las constantinoplas tías?

¡Oh madonas de una sombra cuadrada y aciaga!
(madaminas
del alba y del azar junto a los niños) Dueñas del
ocaso cuando las estrellas se preparan en vano, para
guiñarle el ojo a las gallinas.

¿Te acordás de Olga Rapún, los ataques en malón, el
vidrio en la Yale? ¿La envidia afrontada al miedo
de jugar?

el miedo a ser aun más niños, y a la usurpación de
ellos (sin vos), en una memoria enterrada que yo
exhumo en tiras, en franjas y en fragmentos para
vos.

Ya que con todas tus fuerzas comprendiste su energía,
la velocidad remota de sus guiños. Gritos y bailes.
Supiste separarte de lo pequeño perpetuamente un
momento

Separándote casi eternamente un momento
de toda tu muerte en llamas y separando con ellos
del orgullo reificado de lo grande,
la contaminación de lo pequeño y
los pequeños

los chicos gozaban
los chicos entraban en la boca del amor,
la boca del confín de los poderosos donde salta
la gran dentadura
de la locura.

¿Y aquellos novios en aras de un deseo inicial?

Todavía impalpables.
.invisibles todavías.

Demasiado correr hacia el extremo de la noche y
corriendo en tu horroroso silencio hacia
ningún extremo y en todos,

Todas las palabras
se deslizaban allí

los niños detienen esa escintilación de lo mundano
en su brevísimo pico de tristeza.

Saltando sobre la arena tiñen, borran, opacan
en la luz las formas y los efectos
Los niños pegados a la gran costa y a la
dulcísima espuma del Mal.

Anita dramatizaba el movimiento de una ola
avanzando y encrespando en su alegría
una mirada celeste turbulenta.

Fermín cortaba las olas más altas
con su pitito.
.

Estamos hechos para soportar el estallido
de la muerte en la infancia: Aún no,
no termines, no acabes, todavía
.

alguien quiso que todo quedara
al alcance de un pescador orgulloso
de su trabajo con el agua.

El silencio,
el silencio

el silencio del agua
cuando es presa
de los niños

El agua.

Crepúsculo argentino

El campo,
un espacio donde los niños
confunden la belleza con la felicidad;

la luz los atonta, el flash doméstico
y natural los oculta en catacumbas, agujeros
negros, blancos conventos insonorizados,
sin follaje
oh pequeños religiosos de la exigencia:

una sonrisita fosforescente y acústica
y un abracito afectado que se conoce
en esa especie de Vacío Mundo

en otra más lejana galáctica
insaciable risita que lucha.

Todas las astillas cósmicas.
Todos los hilos agámicos.
Todas las taciturnas
vocecitas en la luz amarilla,
intensa, de azufre fosforescente
y de luciérnaga que agoniza.

nosotros en ese campo expulsado
donde la fatiga es imprevista
con sus misteriosos eclipses

La insistencia de un pánico silvestre
y los diminutivos con que Arturito recorre
su paciencia, su olvido en todo lo que se
afinca como parpadeo.

Las cajas del sueño donde el poder dormir
como volver a morir se precipita; el aire
se funde con la luz oscura y el agua con
los desplazamientos del rumor acuático

imanes, imanes de felicidades remotas mímicas
en los estados de belleza pura, y variaciones
mágicas con dedos de reptil, pero ese reptil

de miniatura africana
que salta continuamente en el hirviente
desierto de arena para no escaldarse y
vivir al unísono,

para que el día entre en él por todas sus
semejantes, ínfimas, innumerables huellas
para que la presencia insaciable del día
no lo adormezca;

sin embargo,
a ellos otros espero, anhelo,
anillo sus múltiples exigencias.

Puedo envejecer esperándolos en otra humanidad
y puedo otra vez nacer; estar como un fruto
en corona, esperando el picotazo de otros
mundos,

la vida de cada minúscula noche hacia el mar.

Ellos,
bienes dormidos bajo estatuas de olmos, gnomos,
tesoros en cofres de pirotecnias perpetuas,
aún en el vacío insonoro, atraídos como ranas
En la inquietud de los estanques o el mar,

sobre la vasta ola roma, sin cresta, alzándose
silenciosa sobre el amor:

minutos sin ley ni astros
tiempos sin cuerpo ni deseo
espacios donde se cortan los afectos
a cada exiguo pie de un hombre.

Son niños siempre y
niños en un festín donde
se desconocen los nombres

Niños arrancados del cuerpo y
del corazón, como raicillas que
ya hubieran echado en otros niños
su ligazón; en otros pensamientos
su dolorosa espesura.

Niños explosiones acústicas
Niños ortigas del verano; a un punto
en la seda
vienen a mirar faisanes;

un círculo luminoso donde caen
todas las remotas ideologías naturales
y todas nuestras cósmicas huellas
estrelladas: los niños.

duelo de no pertenecer
duelo de las sabidurías desconocidas
sin órganos
sin ostentación y sin goces

duelo de apartarse dudando del patio
de la dicha: donde allí todo nos
sosegaba como sofocado dolor
aquí todo nos despierta
aquí somos el sobresalto del lince
aquí el sueño oculta
la alegría del secreto

Aquí la verdad solitaria derrumba
el placer
y el placer no sostiene
el secreto no sostiene
el despertar no me sostiene,
su realidad,
es más devastadora que el deseo

¿Qué es?

Es la desesperación
que nos impone como un sueño
el vacío, el campo

Vaho amarillo y los diablitos
riéndose. Arrastran un perrito,
escriben una eme majestuosa;
las brujas-lolita con sus mechones
eléctricos y sus malcriadas muñecas,

la voz del perrito; los dientes de las cosas;
la acústica estirpe china del súbito día

(el té).

Los niños.
Sus rasos borran la única fiesta,
la única mentira, la única verdad,
la única risa.

No te alejes más.
No te alejes más.

¿Qué haré sin los ojillos de tu faisán?
Sin tus gestos como picotazos dorados.

Mi desesperación clavada en el deseo
como un colibrí salvaje en la
gigantesca flor acuática. La hipertrófica
magnolia del deseo:

un limón escarlata y óxido de hierro la van
centrando con sus suavísimos ganchos:
la abeja allí se empolva, los zánganos
conocen y reconocen: desconocen

El campo, la noche y
sus caretas de olores
que no enmascaran, los
mensajes cortados y los
gritos suntuosos;
la noche con sus señales
de amores de alfalfas y
alfabetos de sapos y
telarañas.

Magnolia del zorrino
con su chorro de humos acres

¿Nada sostendría?
¿Nada consentiría en su risa de chaparrones
de blancos y agrios fuegos
luminosos?

Es la madrugada: ¿pero cómo?

Los niños se duermen:
fácilmente se duermen sobre estos clavos
de azúcar, fakires del infinito turbulento.

El campo tiembla.
El campo nuestro. (el delirio, los surcos
de la lava del alba. El agua donde amanecemos.

Los terrores poderosos giran en torno a
objetos sin valor. ¿Te acordás? Fase del
desprecio, incluso por el no

El No de un amarillo vibratorio,
los girasoles en el vozarrón del día
y el humo del atardecer, los ojos
en la cabeza leñosa
en el espumoso anaranjado del sol.

No te alejes más.
No te alejes más.

el deseo desdibuja en su plumosa tierra
un espacio: que no te despierten todavía,
y que no hiervan la leche todavía.

Multiplicidades. Multiplicidades
secretas

Lo que pasa durante la tarde
como los pequeños frutos de las intensidades
se abre, como un último frutillo
en las fogatas anaranjadas

Deja que bajo nuestra incertidumbre
croe lo incierto: el agro de la espera,
la niñita que baila la patria de San Juan
y esas inquisitorias cartas que quemaste
para cocer la langosta y las habas:

La pintura es la extensión más sutil

Carpe noctem

Cercano a la caducidad.
Al leño reseco de un altar olvidado.
Al secreto que quiere abolir
la intimidad en lo más viviente.

Y lo más joven, que hería,
es lo que vibra ahora con la especie alegría
cuando avanzás;
la verdadera juventud
entre los verdaderos árboles.

Carpe diem

sólo el misterio busca compañía.
Busca. su alianza cruel con la ignorancia real
del deseo,
y de las cosas que por únicas
repite el carpe diem del deseo,
yo hablé
yo soñé
algo que no quiere adherirse
ni al secreto de sí mismo,
ni a la comparación que se rehúsa a cada forma todavía
Cree que el bigote del gato egipcio
es la comparación.
sus bigotes de alcanfor que saben del equilibrio
más que su distante armonía.
Cuando yo balbucía y eras un hombre más pequeño,
tu voz más disonante más fiel a su secreto,
y la alegría de las formas se ofrecía a su indistinción.
Pero líbrame de las injurias fáciles,
de los fáciles fantasmas que confunden todavía
mi inocencia con mi frivolidad,
mi sexualidad ambigua y contenida
con un modo excesivo del impudor.
.descontentos con mi apuesta a volver
al murmullo de las ranas, a querer oír otra vez
el impulso de las ranas en su verdad,
en su mensaje de reclamo al viento,
a la insinuación.
Y que me libere de los que descreen
de mi creencia en ese grillo, en ese bazar,
abierto no sobre el lenguaje sino
sobre su vestigio en mí.
Que el deseo de los cuerpos hermosos
entrevistos en la calle Stegmann
no se duerma todavía,
ni el derecho a la blasfemia incoherente
amenaza indecente a quienes miran.
Al misterio.
Otra vez al misterio
de la dolorosa insistencia
del misterio.
Inocente

carpe diem

Sola

Sola
cuando naciste estabas sola,
y ahora -muerta-
vuelves a estar sola.

El camino de enfrente es desolado,
con la sorda desolación
de la lluvia de verano,
con el monocorde chorrear
de canaletas,
y el melancólico sonido
de techos de zinc.

Estás sola.

Tras el próximo invierno.

Aun antes del otoño que no llegó,
dejaste atrás la primavera
prendida a las violetas
y el verano
pasó cerca
y tú, sola,
sola entre el silencio largo.

Sola.

En la avenida desnuda
de cipreses llorones,
estás sola.

Rostros

rostros de mujeres
rostros
risas de mujeres
risas
labios de mujeres
labios
lágrimas de mujeres
lágrimas
rostros, risas, labios, lágrimas.
Mujer,
perpetuamente viva
perpetuamente amada
Mujer

Nostalgia

Hubo otras Navidades
de fiesta y de bullicio.
Hubo
Hubo otras Navidades
de niño, joven, hombre maduro.
Hubo
Hubo otras Navidades
Años Nuevos y Reyes Magos
Hubo
Y en medio del ruido de esta noche
recuerdo paseos y pesebres
sin pena, sin dolor,
con tan sólo un poco de nostalgia
porque
hubo otras Navidades.

Noche

Me gustan la noche y su silencio
que desbarata hipocresías,
su pura y cándida insolencia
como el miedo que inquieta el sueño,
en desolada soledad, al dar las doce,
ese preámbulo incierto, de la aurora.
Me gustan la noche y su silencio
de luna y estrellas guiñadoras,
de zaguanes y esquivas sombras;
luces y pasiones en contraste,
donde repta la muerte, al dar las doce,
ese preámbulo incierto, de la aurora.
Me gustan la noche y su silencio:
poema de putas y travestis
que recorren entre calles calladas
con borrachos y perros callejeros
en busca de un cobijo, al dar las doce,
ese preámbulo incierto, de la aurora
Me gustan la noche y su silencio,
su calmosa estela de secretos;
la noche que oferta en racimos
mil burdas parodias para el sexo,
variadas opciones al deseo,
orgasmo fugaz tras regateo
de cuerpos transidos a la hora
de negociar su precio , al dar las doce,
ese preámbulo incierto, de la aurora.

Mi voz

Cuando lloro
lloro todos mis fracasos
apabullado.

Están y los acepto
en mi total desventura
que grita el grito absurdo y desquiciado
desde mi garganta.

Me recupero vuelvo a hablar
converso
con esta voz que no es la mía
-resquebrajada, inerme-
que ondula repitiente
y pretende ser mi voz
aquella mía
la de antes del derrumbe
firmeza y segura
mi voz
antes del colapso
de tu muerte en la que vivo y no soy yo
sino el desvergonzado
obsceno trashumante
que mi cuerpo usurpa día a día

Lunera

Pobrecita la luna,
hollada y desolada:
vestal del abismo
ultrajada.
Pobrecita la luna,
doncella mancillada
en su lecho de noche.
Pobrecita la luna
ultrajada, hollada, mancillada,
abandonada.

Luna

A doña Josefina Plá, que en un atardecer, observando la luna
creciente dijo: pensar que alguna vez ya no podré verla

Luna creciente
barquichuelo solo
sobre el crepúsculo ardiente
de poniente.
Paleta loca
Que trasiega el cielo
do deriva el barquichelo solo
desamparado
en el mar
de crepúsculo.
Luna juguetona
barquichuelo solo
sobre el crepúsculo ardiente
de poniente.

Lapachos

Cuando vibra tu cuerpo
se encienden los lapachos
de agosto, florecidos
y al ser dos,
la soledad tan nuestra
las soledades se aúnan
brota el fuego que inflama
los sentidos
y somos entonces tú y yo
la burbuja palpitante
de tu cuerpo y el mío.

La sorpresa

a Diana
tú eres el viaje a Europa postergado,
las vacaciones ansiadas,
el inquieto misterio de los sueños,
la tranquila presencia de la aurora.

tú eres el anhelo de gloria y de riquezas,
el afán,
la loca estratagema que la vida
urde en su deriva.
tú eres

la luz que quiebra y que deslumbra
el gris pesaroso de la tarde:
todo el mundo,
todo el miedo,
todo el hondo clamor
de lo ignoto que desborda
y vibra y cruza el éter:
todo eso y más
tú eres.

La fruta

Fruta esquiva.
Fruta madura.
En el árbol del paisaje,
sola.
Fruta esquiva, fruta madura
que oculta de su corazón carozo
palpitante ternura.
Fruta esquiva.
Fruta madura.
Fruta encendida,
fruta abierta a la vida;
del amor no huyas
fruta dormida, fruta ansiosa:
Deja el árbol en el paisaje y tu piel
deja en la aventura,
que al despertar a otra mañana
oculta en la espesura,
vibrará tu corazón carozo
al descubrir la herida que causé
al morder goloso
la fruta esquiva, fruta madura.

El tiempo

No volveré a decir: ¡cómo pasa el tiempo!

si no pasa.

está ahí en su fría limpidez,
el tiempo.
Reloj sin manecillas,
juglar cantarín desenfadado,
risa arcaica de la vida,
el tiempo.
No volveré a decir: ¡cómo pasa el tiempo!

si no pasa.

De este modo describe los tiempos de la dictadura

El tiempo transita alrededor del enorme árbol pero no transcurre.

Los años siguen siendo iguales, los días, luchas sordas y arrancan de enjambres que tratan de satisfacer al presidente, cuyo santuario se encuentra en las ramas más altas de la estructura.

De ahí hace los gestos de complacencia o disgusto suficientes para que por toda la estructura corra un temblor helado.

En el tema del amor, el autor reflexiona de este modo en su entrevista con el inquisidor.

En mi caso la concepción del amor es algo constituido por una serie de vericuetos provenientes vaya a saber de qué lejanos atavismos que me fueron inculcados en la infancia.

No soy freudiano, pero esas cosa que se escuchan, o al menos se perciben, crean raíces profundas en el ser humano.

El sexo no es para mí como para muchos, la razón de ser del acercamiento.

La unión sobrepasa el límite del contacto físico para adquirir ese sacrum facere, esa sacramentalidad que le confiere un sentido místico, una magia inexplicable para quien desarrolla su vida entre las márgenes de un prosaísmo crónico de nuestros días, sin imaginación, sin sueños, sin verdadera poesía.

Sobre el paso del tiempo, el escritor mezcla reflexiones y sueños, que alternan en un plano en que la irrealidad invade el pensamiento, como una sucesión de historias que se superponen en la mente.

La sensación de pérdida que le causó el sueño fue tan intensa que sintió el deslizar de una lágrimas sobre sus mejillas.

No lloraba a los muertos, sino a su propia muerte, el final de su infancia, la huida de su juventud, el abandono de la madurez que cada año con mayor celeridad lo empuja hacia el abismo de una ancianidad inmisericorde, hacia el momento límite de la oscuridad y la ausencia definitivas.

En conclusión: Casola presenta después de 40 años como conmemoración de la aparición de La Catedral Sumergida, su novela de la madurez, en que la filosofía juega un papel preponderante, la sicología presta su ayuda para la profundización de la intimidad de sus personajes.

El lenguaje conceptual preciso, las descripciones claras, las frases escasamente adjetivadas le otorgan objetividad; las instancias relevantes de realismo, magia y fantasía matizan el relato, y le confieren dinamismo.

La variedad de técnicas crean el ritmo, que lejos de ser cansino le proporcionan conexiones y enlaces audaces y ligeros.

Es un libro para leerlo y reflexionarlo por la profundidad de su análisis de la realidad y la firmeza ante una sociedad cambiante en que lo ilusorio tiende a extenderse sobre la realidad que se oculta a los ojos del común de la gente, en que los referentes van desapareciendo y en que los recuerdos se vuelven borrosos porque sienten el vacío de la ausencia como parte del olvido.

Conocimiento

Sé de un mundo de imágenes sin tiempo
y adioses preteridos;
Un mundo al que se accede
por tragaluces
del olvido.
Sé de un mundo
perfilado en imágenes
de seres
que ya no están
o nunca han sido.
Soy hijo de ese mundo
de imágenes sin tiempo;
O acaso
de ese tiempo
de imágenes sin mundo.