Agua secreta

En verdad, se puede decir que no es que a la
persona le suceda un acontecimiento, sino
que al acontecimiento le sucede una persona
Dane Rudhyar, célebre astrólogo

El destino deslinda las aves del alma con sus cuchillos invisibles, ah filo sin sangre en la hoja que saca de sus entrañas.
Afuera de la pila bautismal, ensayamos esta noche un diluvio menor, y así separamos las formas contenidas en el éter; las cortamos, las medimos, les asignamos un color entre blanco y negro. Yo sé que el curso del río no es así, y dejo que la vida alce sus puñales, blandos en la dureza de mis lindes que se calcifican al oírte llamarme reina.
Tempestad de ojos aquel rayo tembloroso. Amor que se torna una tercera persona entre tu mano y el océano celestial, mago que te mira tocarme en la hoguera, prestidigitador que aparece y vierte sobre nosotros una concha de agua bendita. Nuestros labios se acercan como juncos mecidos por ventoleras opuestas.
Un día veremos la película en espiral de los recién muertos y la tiara que los inclina sobre su pasado. Si pudiera elegir qué harapos llevarme a la yacija, no habría más que esa llovizna bajo el incendio de zarza.
Somos tres: tú, el tercero que nace de tus glándulas amatorias, y yo, desnuda entre los manojos de corazones que me ofreces, esperando que tu mirada me nombre tuya hasta la cripta que sólo guardará de nosotros la ceniza y dejará escapar la quinta esencia.
Eros, ¡qué manos le surtes al ojo que ama, Eros, Eros, susúrrame al oído “agua bendita”.
Despiértame lejos de aquí.

Con tu dedo

Existe en nosotros varias memorias.
El cuerpo y el espíritu tienen cada uno la suya.
Honoré de Balzac

Lo has tocado con tu dedo. No tu dedo carnal. Tu dedo que nadie ve salvo tú que vuelas, sentado en la proa de esa alfombra de Dios donde se embarcaron contigo. Tu dedo que me apunta y me acusa de frívola.
Lo tocaste. No es mera protuberancia aquello que en mí estaba dispuesto a ser tocado, palpado, acariciado. Es un lugar. Un lugar donde existías mucho antes, antes del amor, antes de la vida carnal, antes de los sellos que viniste a romper con tu navaja alacránica, antes, antes, cuando en la semilla de un gesto de moribundo que acaricia a su amada en la coronilla, estabas tú contenido.

Cortarse la mano

No abras los labios si no estás seguro que
lo que ibas a decir es más hermoso que el silencio
Proverbio árabe

¿Qué habré de cortarme para romper tu silencio como un espejo, un velo de organdí que atraviesa un puñal? ¿Quién atraviesa? ¿El velo al puñal o el puñal al velo? Si te entrego mi mano izquierda, cercenada, en la palma de la mano derecha, ¿oirás el martilleo? Que te ensordezca entonces esa campana de cielo alto y mar profundo, ese gong de bronce muerto que golpea la puerta de tu oído al ritmo de mi no decir nada y tragarme lentamente las palabras, a la diestra de tu boca muda, para digerirlas en el cáliz de mis cuerdas vocales, veneno benigno, néctar indigesto del sonido que se comiera tu silencio.
¿Qué mano cortarme? ¿Qué lengua para no hablarte más? ¿Qué luz extender como pabellón rastrero en la larga greda de tu lejanía?

Cuerdas de Falopio

Quien tiene un alma novel es señor de su señorío
Séneca

Con el fuego que respiré el día cero, te hice un rostro que comió mis entrañas, incendiando de paso las cuerdas de Falopio, alambres de un circo en llamas.
Aquel rostro empezó la ruta de la quemadura por el corazón. Pero no se comió mi dolor (pesar que germina en la centésima de milímetro que nos aparta del eje de coincidir empalmados en nuestra materia e inmateria). Lo dejaste intacto, virgen, páramo, rayo que al mar cayera, sin testigos, y la danza fúnebre es en mí oración nupcial.
No invoques más al daemon que me dice “vive” al matarme lento, ese reo encarcelado en la botella de mi cuerpo.
Cada segundo sin pensarte cerca es un líquido envenenado: circula de víscera en víscera, viajero en órbita interestelar, seguidor de caravanas secretas, caminante en la bruma de tu aliento cortado por nuestro destino.
Más allá del sonido, me late un alma nueva a partir del corazón que comiste. Ella palpita, yo me doy, y tú esperas la seña.

Desbarrancarse

A veces, semiborrada, y contra lo que dejabas esperar, te abres. Se ve en ti una rendija llena de cosas oscuras y pesadas. Una rendija de versos, forma dilatoria de ese cartílago del alma que es la poesía.
Por máscara que parezcas, el camaleón está incompleto. Te veo mirar el sol con lupa, describir a golpe de flores el mundo animal, el vegetal, el mineral. Tus palabras son cascabelillos. La diéresis te parte en dos como un machetazo que deslinda tu todo en dos mitades: la negra y la blanca, la rumorosa y la muda, la umbría y el astro en su cenit.
Yo sí, vi el precipicio que guardas en el estómago, y sueltas, un paso adelante, como una alcancía que escupiera sus monedas por la ranura. Tienes la mano sobre mi hombro. Dulcemente estamos sentadas al borde del vacío, tú con tus canastas de bosques diminutos en la mano y los miembros que cercenas ocultos bajo la falda, yo con la espumosidad de mi boca, la cuerda floja de lo que sueño cuando el señor de la noche me ha bajado los párpados. Un empujón y soy pájaro.

El girasol

a Laura Solórzano

El girasol me habita, inocente criatura cuya cara de pétalos sigue sin saber un sol oscuro, mancha gangrenada en el cielo. Cada noche se alza en las rutas estelares la luna negra sobre el erial sembrado de mala hierba donde crece la flor solitaria, descabellada de azafrán, con sus ínfulas de luz. Lamparería de mi alma que nunca quiso ver tu bramante ahogador, oh espejo mágico que dice mentiras, oscuridad cenagosa, oh verdugo, amante que me arroja un puño de tierra en los ojos. Mano que escribe: con tus propias armas te habr?de cercenar. Los astros de luz invertida habrán de confundir tus cinco dedos abiertos con un girasol marchito.

El planeta Venus velado

Levantó la tapa de la doceava casa. Se asomó, cometa con su estela de fuego, floración nocturna que hizo estallar yemas secretas de la noche a la mañana. Surgió del agua estancada como barco que boga en el muro: la popa también está encendida, las llamas corren sobre el casco creando en la espuma el reflejo de lo que el incendiario ha provocado. En aquel año, de unos brotes ocultos en el sótano de la cárcel, le salieron manos que nunca habían tocado; traían en la palma un pequeño bosque en llamas, y de sortija, la alianza de los que saben de cautiverios.
Los mapas del cielo dibujan sus arabescos y órbitas en el recinto del corazón.

El tragafuego

A veces, se pegan en la faringe y forman una costra, telaraña gigante que taparía la entrada de anchísimo sendero. Las oigo subir en espiral con un zumbido insectil, arremolinarse, enjambre, estamento de la luz que busca el pasadizo exterior. Entre sus manos callosas jalan un cordel que me forzaron a detener, y henos aquí, cada quien tirando de su lado como cipreses inclinados en una tormenta. Oigo crujir el sisal, nada se rompe, sólo esos puntos cardinales que dentro de mí se apartan de su opuesto. Oh pestaña en el iris. Llave rota en el ojo de la cerradura. Fermento de ese limbo de vocablos que estallan en un disparo. Oh palabras que ostentan su diminuto pabellón como pavesa del fuego mayor.

Tomado de A flor de labios (plaqueta), Universidad San Nicolás de Hidalgo, Morelia, México, 2002.

Eternidad III

Yo, expectativa de trazo, animal invisible aullando sigiloso en la paciente mirada de la eternidad, inclino la tiara hasta comer y borrar su luz.
Fracturándose su dolor, los muertos caen como esos pájaros del antes. ¿Qué atuendo espera la noche en su sorbo, su fragor, su frente caída en el polvo? ¿Tomarán el pasado en sus manos equivocadas? ¿Qué viento, qué piedra tragarán? ¿Cómo reducirán ellos el trazo sobre el lienzo, con el viento de aquí, del hoyo, equivocando el solemne ahora?
Llénenme, que muertos, de paisajes de ahora.
¡Qué extraviados! ¡Qué detenidos! ¡Qué esmeril les desvanece el paciente rostro con su atuendo de pañoleta?
Habrá cómo: lo que pase recorrerá su boca, detenido.

Fiereza acuática

El guerrero hiende el agua con su espada como una gran libélula que ameriza y no puede volver a levantar su vuelo parecido al nupcial. Crea violáceas salpicaduras que recaen con lancinante elegancia sobre la superficie dúctil del charco
Tienes un felino en la garganta: sabe nadar, es criatura anfibia. ¿Cómo se llama la habilidad de habitar a la vez el agua y el fuego, como es anfibio él que sabe morar en tierra firme y no firme? Nadie le ha puesto adjetivo, si te conociera nacería la necesidad de ese vocablo nuevo. Al felino, le pondremos tigre. Sus bigotes te sirven de cuerdas vocales. Guarda los embriones de felix pardo en la voz, la voz escrita de los versos. Atraviesa los aros de fuego que le tiendes como pájaro en desplome.
La cólera mueve las manecillas de tu reloj, tu clepsidra, tu calendario de números, boca abajo, al revés como los peces del último poema, el tictac de las aves que golpean contra los muros invisibles que constelan el aire.
Las lágrimas son igual de saladas que el mar, un mar muerto donde flotaría tu alma como nenúfar recién florecido con una boca de varios labios de terciopelo blanco.

Tomado de Si acaso hubiera, Ed. El Cálamo, Guadalajara, México, 2003.

Filtro grana de no sangría

huella de un sueño no es
menos real que la de una pisada
Georges Duby

Milagrosa la no sangría póstuma que nos aplican los ángeles: deja en el alma una trasverberación, un balido de Dios en el oído.
Uno permanece quieto en la telaraña del silencio hasta que la memoria despierte como un lázaro menor.
Yo recuerdo un filtro de amor que alguien me vertía en la garganta: espeso, perfumado, guinda en su frasco de cristal esmerilado. Alguien que veo en sueños: camina en vilo y nunca descubre su rostro, pero tiene en la mano izquierda, del lado del corazón, una botella transparente donde brilla un suero del mismo color que las cerezas de otoño.
Sí, llegué al fin del sendero y el tiempo agotado me dibujó un puente de donde arrojarme al agua rancia de la muerte. Volteé y caí de nuevo, como pluma, a ese mundo donde yo te veo a ti con la mano izquierda vacía.
No sé si te pareces al del sueño: nunca me muestra sus facciones. Pero cada vez que me tocas, recuerdo un frasquito que encierra un mar diminuto. El mar donde se mece un oleaje grana que huele a cerezas fermentadas y dulces.

Flor de loto

Ten la apariencia de una flor inocente;
pero sé como la serpiente debajo de ella
William Shakespeare

En ese lugar donde tú descubriste tu alma, me introducías la semilla donde a la mujer se le introduce la semilla, y ese líquido invisible nadaba cuerpo arriba hasta mi corazón, como un cometa, moviendo la cola, nadaría en el cinturón del universo al seguir el camino de piedras blandas que los astrónomos llaman “constelación”. Sentía el calor de su itinerario: me quemó los riñones, el hígado, me hizo hervir la sangre.
Y de pronto, como si ese flujo de fuego escurridizo hubiera pisado sin querer un lugar mágico, entró a un espacio extracorporal donde los magos le prestaron otra forma con el pensamiento y le dieron un tallo, cépalo, cáliz, corola, estambres y pétalos.
No sé qué variedad de inflorescencia llevaba, si flor de cabezuela, espádice, racimo, espiga, cima unípara o bípara, umbela o corimbo. Pero me miré al espejo y ahí estaba: me había florecido en el pecho, blanco, como un ángel arrodillado con varios pares de alas dulcemente plegadas en la espalda.

Florete de censura

La madre dice: ‘Cállate’.
Maga de las palabras abortadas antes de tener vísceras, mide su tamaño y sabe que la niña ha de engullir al revés la cuerda de los vocablos, hilo mágico que de la luz se adentra al hígado del laberinto. El decir de la niña no tiene derecho de gravedad: sale, y en cuanto toca la bastilla de los labios es borrado por las manos de la madre, esponjas de orfelinato que escurren su ácido sobre la pizarra del aire que une a las dos. Florece el silencio. Involución del pensamiento, como si desde siempre la niña supiera que está sometida a un polígrafo invisible. La madre piensa que lo no dicho está anulado. Sabe, sí, de digestión y enzimas, pero desconoce el enigmático laboratorio de alquimia donde se transmuta el ‘sí’ en ‘no’, opus nigrum del callar que regresa cuarenta años después, convertido en verso de un poema titulado ‘Florete de censura’.
Ay, clavo de mercurio y a la vez paloma que guardó durante lustros la sal corrosiva en el dorso de las alas.

Tomado de A flor de labios (plaqueta), Universidad San Nicolás de Hidalgo, Morelia, México, 2002.

Herramienta para cortar

El amor es una yema que acercas de noche. No tarda en hacerse instrumento de acariciar a la altura de los labios (escurres una leche; parpadea lo blanco, me abro de par en par). Ahí instilas el perfume, me inoculas (nada que ver con la sangre). Lo recibo de quemadura benigna, como si unos vapores de aguardiente me cubrieran las llagas.
Eso que llamas numinoso me penetra (vaya rito de seducción). Lo que te queda de blanco se me acumula como nieve ante una puerta y se vuelve grumoso. Luego me duermo y sueño con un ataúd pequeño, demasiado corto para nosotros.
Como tienes completa la parafernalia de boca, sabes hacer de todo: besar, hablar, gritar. Yo me enamoro al instante de tu lengua. Espero tu beso, sabiendo que tal vez me vas a amputar algo, y se escurren de nuevo tus labios como esponjas. ¿Por qué siento que me cortan en el lugar más tierno?
Me resigno. Tus palabras son suaves como ramas recién salidas, de corteza joven, no esa piel dura de los árboles viejos. Cuando el diluvio menor llega a su fin, la sangre casi es violeta: gotea como savia de arce perforado.
Tu boca es capullo: no la veo en tu rostro sino más abajo.

La caja de Pandora

Abrí sin malicia. Curiosidad femenina, usted sabe. La vasija venía sellada. Pero la hoz del destino tiene el poder de arrebatar luz al día. Y en la granada de su boca, el hado arrebaña sus demonios mientras me dice que yo, y cada uno de nosotros que cayó como lluvia en este lugar, somos también una caja.
Acopiando fuerzas, procuro cerrar la tapa. Es imposible. Un remolino aprisionado durante siglos en el hermético cántaro de las profundidades empieza a salir como viento en procela, arrastrando en su cauce seres que me habitaban desde un lupanar cerrado a llave: un dragón con un frasco de elixir del olvido en las garras, una sacerdotisa pregonando la inminencia de un eclipse de sol, un ángel negro y desnudo con rasgos de sátiro que se abanica con un ramo de siempreviva, enanos dedicados a la forja, alimañas cojas, tuertas o sin patas, un buitre con una gavilla de pasionaria en el pico, ánimas de mi linaje encaramadas en una barca con mascarón de sirena, viendo pasar un cometa.
Abrir la caja: solsticio de invierno en el verano de mis manos imprudentes.

Tomado de A flor de labios (plaqueta), Universidad San Nicolás de Hidalgo, Morelia, México, 2002.

Laberinto de piel con pájaros

El rostro es un laberinto. Tú lo sabes frágil y enmarañado, amarillenta puerta de un mapa desertado por los países de antes.
¿Qué desvarío del polvo te hace ver pájaros con instrucciones para dividirlos? ¿Qué marea de otro color que azul inunda la barca un día de caída? Digo: versos de nidos y raíces.
Tumultuosamente garganta, el sollozo sobrenada, levanta la alcantarilla al revés, el alma fluye ahí como un telescopio líquido. Te escurres dulcemente al borde de la luz, la torre del otro lado del mar.

Tomado de Si acaso hubiera, Ed. El Cálamo, Guadalajara, México, 2003.

Luna Péndulo

Tiene particular fuerza la noche, como para
adormecer los cuerpos, ansí también para despertar
las almas y llevarlas a que conversen con Dios
Fray Luis de Granada

¿Qué velo arroja violentamente la noche sobre nuestra mutua presencia que cuando arremete, en la humildad de tu alcoba atestada de libros, te sale de la garganta lo que no te sale de día, lo que se duerme en tu vishuddha² a la luz del sol y despierta con los sentidos al atardecer? Halo de la oscuridad que nos encierra como estuche en nuestros sentimientos quebradizos. Halo de las horas negras que disipa la luna como péndulo en el cielo estrellado, tan lento que nadie advierte cómo oscila, salvo tú con tus ojos desdoblados, tú con tu tacto que también se desdobla y viene a tocarme sin necesidad de mover la mano, cadáver en tu regazo.
Noche a veintiocho grados de Sagitario, noche a siete grados de Virgo en una casa desconocida, la número trece.

² En la India, centro de energía que corresponde a la garganta.

Navajas II

Si tuvieses una no boca, lo que de ti más me apeteciera serían tus no labios. Ex-capullos que acercas y repentinamente se convierten en objetos cortopunzantes y acarician mi propia boca. Y me besas, y me zurces, y me gotea la sangre en la nuca, pero no es sangre. Es como una pasta seminal, espesa y brillosa, y tu sangre se coagula en mí, porque aún no te he abierto.
Sangre clara. Lugar común de los dioses que adoras. Y tú, en aceptación, retienes el hielo oloroso -idéntico a la sangre- que me enferma y me sosiega, me tapa y me restriega, no como me suturarías si no hiciéramos el amor. ¿Por qué no me acaricias así? ¿Por qué la clara resonancia de tu alma que se concentra en mí y se queda opaca y jubilosa como un anciano apagado?
Que así sea, no porque tus labios sean filosos (ya son de masa blanda, lila pálidos de la hemorragia que te aquietan), sino por el calmo, suave brote desleído que intuí en tu rostro sin boca.

Noli me tangere

Mi padre, hombre culto y respetable, me enseñó unos latinajos. Todos se me olvidaron (la memoria es un nogal que crece todo raíz), salvo uno que me parpadea dentro del ojo como faro nocherniego al vigilar un cielo de nubes graves y viento creciente: noli me tangere.
No me toques. Soy un mago que no desaparece nada (la facultad de borrar me fue retirada de castigo, hace muchas vidas, por haber querido que vieran portentos una corte de ciegos y tuertos). No sé más que multiplicar.
Ningún roce en mi piel, ningún sonido que cayera por inadvertencia tuya en la flor carnívora de mi garganta, será ahí disuelto. No te preguntes qué instrumentos puedo convocar a la existencia con una sola mirada.

Tomado de Razones para la redención del zafiro, Ed. Filodecaballos, Guadalajara, México, 2003.

Piscis

Es consabido: los peces nadan al revés, pero unidos por el cinturón de Orión, su charnela de escamas que el agua desvaina. Nadan en la lluvia de tu pleura, uno al sur otro al norte, uno arriba otro abajo, uno hacia las nubes, otro hacia la bruma, izquierda derecha. Corres para reconciliarlos, hacer el elogio de la unisonancia, decir “mira el punto medio, el rumbo, el ojo focal”.
Respiras con ese sonido de mar. Oyes un tintinear de copas. En cada ojo te florece un ciclamen. Les encuentras a los peces un parecido con los pájaros, en las dorsales, el abrigo de mercurio cuando nadan alto entre los cumulonimbus. El retorcerse grácil de la luz es un mimo de ellos en sus respectivos elementos.
Ah, las lágrimas son pequeñas flores de la mar grande.

Tomado de Si acaso hubiera, Ed. El Cálamo, Guadalajara, México, 2003.

Pozo vertical de crecimiento

Tú, comulgando bajo las dos especies
de la claridad de lo opaco
Jean-Clarence Lambert

Crecí tanto dentro del pozo que puedo tocar al mismo tiempo el fondo y el boquete que da claridad. El sol luce en lo alto, brillo de verano, fácula rodeada de azul. Hacia abajo, la centella negra se derrumba en el foso y cae al fondo. Se mueve empujada por el peso de las cosas que gravitan en mi alrededor.
Recuerdo cómo llegué a tocar los dos extremos: desde arriba de la coronilla, jalaron un hilván dentro de mi cabeza, una canilla enrollando hilacha de luz. Debajo de los pies, donde antes se desfondaba la oquedad de la fosa, un espiritu tutelar encargado de cuidar la oscuridad me estiró las piernas hacia la hondura. Bien en medio, mis manos tocan la circularidad del hueco, como si en una extraña auscultación, le diera yo forma a lo que une claro y oscuro.
La mariposa negra se detiene en el calado luminoso de las nubes.

Tomado de A flor de labios (plaqueta), Universidad San Nicolás de Hidalgo, Morelia, México, 2002.

Razones para la redención del zafiro

Un libro se cierra como la muerte cierra los días.
No quise acabar con una mención sobre los distintos tipos de veneno. No quise extenderme sobre el silencio (los rabinos dicen que el quinto estrato del infierno lleva el nombre de silencio; el mío no es así, es un lugar de luz).
Quiero terminar hablando de mi dedal, el que me proteje la carne tierna del dedo de la picadura del huso empapado en pócima.
Mi balcón no anuncia peligro de caída, sino de ascensión.
Tengo un molino de viento a mi lado (en la adivinación simboliza la solución a un problema). Tengo un madero no de cruz, sino guía de viñas que se entrelazan.
El alma está escondida en la nuez.
Cristo tal vez se interese por mi voz.

Tomado de Razones para la redención del zafiro, Ed. Filodecaballos, Guadalajara, México, 2003.

Se anuda la voz

Se anuda la voz alrededor de un mástil invisible que me creció durante las tormentas de mi infancia.
La espiral que describe al completar el nudo es tan veloz y me marea a tal grado que pido clemencia. Está apretado al punto de que la palabra más venenosa (conozco mujeres que las fabrican con leche de murciélago, colas de lagartija, extractos de plantas urticáceas y zumo de frutas incomestibles) queda atrapada en el corazón interior del lazo.
Oigo la castañuela de las bocas emitir golpes secos, golpes de madera que se rompe contra el manto líquido del aire.
Mientras me dicen de cosas, las manos de mi voz salen, al unísono, del tronco de mis cuerdas vocales. Describen la espiral que se parece al caduceo, atrapan lo que yo iba a decir y lo añaden al nódulo, ya de por sí muy ceñido, como una vuelta más.

Tomado de Razones para la redención del zafiro, Ed. Filodecaballos, Guadalajara, México, 2003.

Semejanzas anatómicas

¿Cuántas criaturas nacidas muertas después de la ovariotomía de emergencia que yo misma me practiqué, vieron la luz en días aciagos? ?Cuánto dura el tiempo de moratoria entre el pensamiento y el parto que se da por la boca?
Quería escribir versos hermosos, decir: “El cisne blanco se desliza como vela en el espejo del lago”; decir: “las espigas de trigo titilan en la luz del ocaso”. Pero acabé hablando de matrices y líquido amniótico.

Tomado de Razones para la redención del zafiro, Ed. Filodecaballos, Guadalajara, México, 2003.

Sopa y bastillas

¿Qué le habrás dicho a la Muerte
cuando llegó?
¿Qué le habrás dicho
asomada a esa ventana
que tú sola habías colocado
en el muro más alto?
Espera, que aún canto.
Espera, que a la bastilla
le faltan diez puntadas
e hilo tan lentamente.
Espera que le ponga sal a la sopa.
¿Qué le dijiste
cuando faltaba apenas
un grano de arena?

Tomado de Iridio, Ed. El Cálamo, Guadalajara, México, 2000.

Traición

Oscura gruta tu garganta
como el filo de un vacío
cuando el sol ahí se mete

Icaro en descenso:
caída libre por las cuerdas vocales

Tus palabras disuelven su veneno fértil
elixir de alacrán en mi oído.
¡Esa hoguera diminuta
que prendió tu corazón
con sus manos de bruja!

Escúpelo.

Tribunal

El tribunal tiene asientos de terciopelo rojo. Han invitado al juicio a todos mis conocidos, que serán llamados a atestiguar en mi contra. Me llaman, esposada y amordazada, a la barra de los acusados. Los cargos son recitados por el juez en alejandrinos polirrítmicos: ‘Por los cisnes sedosos que acarician las cañas/con sus quillas de plumas a medio luminosas/una rosa de nieve deshoja ella infinita/cuyos pétalos forman círculos en las aguas’¹.
¿Qué será el cisne? ¿Serán mis últimas palabras como el ‘ padre, padre, ¿por qué me has abandonado? ‘¿El don de profecía, el anunciador de fallecimientos? Pienso en la rosa de nieve, y en qué dádiva del invierno podría significar esa copa de pétalos en la blancura de un prado. El fiscal se da cuenta que no entendí nada y repite la misma acusación en endecasílabos: ‘Para el cisne sedoso entre las cañas/con su quilla de plumas luminosas/deshoja sin cesar la rosa nívea/y turba con sus pétalos el agua’. Menos entiendo. Ahora el agua se turba como se arrugaría un espejo viejo: no sé si se trata del estanque que llevo dentro y donde un lapidador invisible arroja piedras. El rojo de la rosa, tal vez, es la tintura de cinabrio que pinta mi corazón (pobre, se ha hecho tan pálido, tal vez ni a rosado llegue).
El tiempo corre, gacela fantasmal en el sombrajo del monte. Aún no sé qué cargos se me imputan. El cisne nada en círculos en mi mente. Trae en el pico una rosa de hielo con escarcha en las espinas. Volteo hacia el jurado, buscando en la negra profundidad de los ojos que me acribillan una estrella de clemencia, una mínima estrella, una pupila de luz en la oscura bóveda. Veo una guillotina.

¹ Versos de Paul Valéry

Votos de silencio

Dios ha hecho votos de silencio.
Habrá quien te hable de su indiferencia.
Te diga de él:
‘Dios respira un soplo de amapola’.
‘Dios cierra el estuche de tu corazón’.
Pero tú sólo sabes que Él no responde.

La vida es una navaja.

A defecto de respuesta,
habrás de soltar, abriendo el puño,
al águila real
que cambió la voz por el vuelo.