Versos del hombre insosegado

Ah, vida –carne mútila–
La de un desosegado:
Sentir la mano llena
De aprestar una forma.
Mostrar el alma abierta
Sin abrigar la rosa
Querer tenerte cerca,
Querer que tú me oigas,
Tener diez mariposas
Agitándose adentro,
Y no tener saliva
Para mojar y resbalar tu nombre.
Porque el suspiro viaja
En alargados túneles de sombra,
Y mis ojos, airados de no verte,
Se van tornando ciegos
Con ceguera de enfermo
Llorando ante la muerte.
Una venda invisible
Me retiene las manos
Y un amargo sudor de tierra negra
Me sube por las plantas
Y me quema los brazos;
Y este rojo que llora con mi sangre
Ya es un signo de espanto.
Ah, vida –carne mútila–
La del que tiene el alma
Curtida de insosiego:
Sentir la compañía
De Dios hecha perfume en silencio,
Oír como que caen las palabras
De la boca de un ángel
¡Y saber que es mi sombra la que me habla!

Segundo poema para antes de morir

Siento ya sobre el ojo que vio correr los días
Batiendo récords trágicos de muerte
El llanto de los hombres caídos en desgracia
Después de ser ministros o inmunes consejeros
En el imperio de Dios y la esperanza.
Sorbo la miel salobre
De los panales míseros que el huracán sacude
En árboles bañados de espanto y de ceniza.
Y mi nombre de pila ya no es nombre:
Es un sonido roto, doloroso y sin forma
Rodando hacia un planeta
De mujeres sin ojos, sin manos y sin sexo,
—Pájaro desplumado que va clavando el pico—.
Y este motor nervioso de mis pies ateridos
Avienta borbotones de aceite —roja sangre
Que quiere resistirse
A seguir por las rutas
Olorosas a estiércol recién humedecido
Y a piernas femeninas destrozadas
Por hambrientos y largos colmillos.
En la puerta que entreabre
Sus grandes, sus inmensas fauces al Oeste,
Hay una vieja sórdida que me llama,
Reloj en mano. Es ella: la abominable muerte:
La misma que con ojos sin pupila
Hipnotiza al anciano
Y se queda dormida con su mentón de huesos
En las tranquilas vísceras de un niño.
¿Me ves? ¿Me oyes? ¿Me sientes? ¿Te me apiadas?
Soy un párvulo enfermo
Meciéndose en hamacas de tristeza,
Un párvulo con hambre y ánimo desganado
Que en su llanto terrible e inexplicable
Quisiera hacer brotar de entre los labios
Un nombre, un nombre, un nombre,
Y agarrarse a una sombra cualquiera.
Mujer en cuyos senos con lunares
Amamanté mis ansias terrestres de lobezno,
Voy a morir: ¡Estoy contrito y desolado
Con la desolación de un padre anciano y ciego
Que en su agonía abraza a un hijo manco!

Primer poema para antes de morir

Tengo los brazos locos de abrazarte
Y las manos tullidas
De repicar las rojas campanas de tus senos;
Me duelen las palabras, la boca sin saliva,
De retener tu nombre en el silencio.
Me está doliendo el alma
Con un dolor de espejos
Donde por muchos años
Se enarboló desnuda la flama de tu cuerpo.
Ya la muerte me busca
Para pedirme el último boleto:
Ya en tu lomo de piedra
Se escribe el testamento de mi rica pobreza:
Para mi madre lego
Un corazón llorado de suspiros
Y un alma proletaria que sabe de obediencias
Y sabe de los gritos rebeldes en la angustia:
Para mi padre, toda la fuerza de ser hombre
Y de haber desafiado
Las iras de los brutos con mi verbo,
Y para ti, mujer, que asistes mi agonía,
Queda mi nombre herido flotando en la tristeza
Y un hijo casi negro bulléndote en el pecho.
Y con tal de sentirme un hombre hombre
Eres hoy la más hembra de todas las mujeres:
Húmedos de tu frente
Los gatos negros de sus cejas hacen
Círculos de alegría, y tu serena
Actitud democrática me da
Libertad de que hable, de que piense,
De que maldiga al tiempo
Y de que suelte al mundo mis blasfemias.
Y no lloras ni vienes enlutada,
Sino vestida de valor y escándalo.
Y nada importa el ojo que te mira:
Tu presencia desvístese en el agua
Que brota de mi angustia;
En cambio yo, como amoroso perro,
Golosamente lamo la ceniza
Del fuego de tus muslos apagado
Y olfateo la sangre
Que enrojece tus manos.
Ya pitó su alarido mi sirena.
Soy un navío inglés que se está hundiendo
Con el mar de tu sangre en su redor.
¡Desde un avión nazista blindado de luceros,
Dios bombardea muerte sobre mi corazón!

Poema de la voz intacta

Habla mi voz autoritaria,
–Invasora de nardos y de rosas–
Mientras el pan de tu sonrisa se alza
Desde el horno sangriento de tu boca.
Bajo la tarde
–Mujer ciega que lava sus penas en el tiempo–
El corazón se vierte gota a gota
En los innumerables móviles del silencio:
Y es en vano seguir
Las sombras de esperanza
Donde anochece la mirada
Y querer sepultarse en un suspiro
O en un surco de lágrimas.
En vano apretujar contra el recuerdo
Mariposas heridas de distancia.
Todo se ha muerto aquí:
La inquietud de las rosas
Prendidas en el alma,
El sosiego uniforme de las piedras
Curtidas de sol y agua,
El vaho de miseria
Que exhalan pies errantes,
El furor de los gritos
Y el rencor de la sangre.
Por las calles sin alma
Ya no se divierte el escándalo
Ni la curiosidad de los ojos
Que anhelan abismarse desnudos en un charco.
Habla mi voz autoritaria,
Pero los rojos nardos que te sirven
Para oír, no se abren;
Y mis palabras, en vaivén intacto,
Regresan aturdidas a su base.

Monólogo frente a una mujer ciega

Alrededor de ti juegan a quien te hiere
Circuncisos arcángeles de noche.
Mujer en cuyos ojos se construye la muerte.
Alrededor de ti pavoridos insectos
Ensayan sus refugios antiaéreos,
Y mariposas huérfanas
Lloran bajo una lluvia de balas y de hojas.
Sur, Este, Oeste, Norte,
Norte, Sur, este, Oeste
Tus mapas desquiciados se desquician
Y dejan de habitarlos,
Aburridos de sombra, gérmenes de esperanza.
Tu presencia de bólido apagado de inmerge
En inválidas aguas de ríos bombardeados
Y tus manos sacuden el tallo de las rosas
En un intento inútil de derribar las sombras.
Te sientes desasida de la corteza del mundo,
Dolida de interrogar: ¿Y cómo son los niños?
Y de saber que nadie te acompaña
Para revalidad tus ojos congelados.
Te rodeas de espanto y cuando te diriges
Hacia Dios para hablarle con tu humildad de piedra,
Tu frente se golpea contra muros de sílex
Que guardan la ceniza de las estrellas muertas.
Junto a ti y frente a ti
Es negro el corazón de los espejos.
Mujer de ojos difuntos:
Los troncos de la noche se iluminan
Cuando los hombres prenden sus lágrimas de estaño;
Y tú marchas asiéndote a los muros,
Buscando con el tacto
Ateridos cabellos de hijos imaginarios.
Tus párpados se abren desmesuradamente
Y tus pupilas blancas, como flores cocidas,
Giran desesperadas presintiendo la muerte.
Abres la boca y gritas;
Cierras la mano y alzas el puño resignado
En actitud bandida de asesinar los astros.
Lloras, saltas, te rompes el oído,
Muerdes la tierra, muerdes las palabras,
Y anuncias el derrumbe de tu propio destino.
Te llenas de demonio maldiciendo tus días,
E ignoras que hay un hombre frente a ti condolido.
Mujer en cuyos ojos aprendieron los hombres
A oscurecer ciudades bajo los bombardeos;
Desde hace tiempo andas diciéndole a la muerte:
¡Vieja, no te conozco, y en los ojos te llevo!

Momento

Por un túnel tan negro que pareciera mi hijo
Se desboca la angustia
De hombres zozobrando en el diluvio,
Como descarrilado tren
En que van, pasajeros, la muerte y el olvido.
Y yo siento temor de verme en los espejos
Y de saber que estoy semi-espantado
Luchando contra el grito de los insectos
Que se enrolla en las torres de metal
Y en los candentes hilos telegráficos.
Y miedo de saber que tu total presencia
Invadirá ciudades abiertas en mi alma
E incendiará los lirios levantados
Donde ensayan su llanto las mariposas ciegas.
Porque yo soy, he sido y he de ser
El gran diseñador de mapas angustiados
Por los que cruzan rojos dos ríos, cuatro ríos,
Inválidas hormigas arrastrando,
Y porque de mis manos
Aun llueve la ceniza silenciosa
De una esperanza en ruinas.
Y caen de mis labios,
Como pájaros muertos, la risa y la sonrisa.
Y estoy aquí para gritar: ¡Momento!
Y para levantar en alto, sobre la soledad del aire,
Mi bandera perforada de gritos y lloridos
Y ver cómo mi lámpara de sangre
Ilumina la noche;
Para saber que el agua desbordada
Inunda tu presencia
—tu presencia de ángel ambidextro—
Y lava la tristeza resignada
De los caballos huérfanos.
Y estoy aquí para que al fin de todo
Me enfrente a Dios y pueda interrogarle:
¿En qué hoguera, Señor,
Se va a adherir mi alma a tus metales?
Y los paracaídas de los ángeles
Entonces se abrirán para asombrarme;
Y en la mitad del tiempo, socorrida de astros,
¡Habrá mil niños ciegos despertando!

Invitación a la lucha

A Ella
Fraterna sombra, hermana de algún ángel,
Prima de alguna llama de mí mismo,
Que me sigue a la noche y a la aurora,
Al combate, a la tregua y al descanso:
Ayúdame a vencer esta agonía
Que en la entraña me crece como una sed de árbol;
A repoblar este silencio abierto
Que ha enmudecido el rumbo de los pájaros
Y a domeñar el pánico latido
Que socava la aurora caída hacia mis brazos.
Ayúdame a lanzar esta flecha de espanto
Que cintila en arco obtuso de mi cuerpo;
A enfiestar de colores el aire y la tristeza
Y a cancelar el frío que se instala en mis dedos.
Incorpórate a mí, desde este día,
Y ayúdame a vivir de otra manera,
Hoy que puedes hacerlo y eres joven,
Camarada de lunas que me acechan,
De días azorados
Y noches sin fronteras.
Mañana habrá cansancio de espejo en tus pupilas,
Alborada de llanto en tus impulsos
Y aromas degollados en tu risa.
Mañana serás pobres de optimismo,
Pobre de fe, de lumbre y de frescura,
Y habrá rojos tatuajes de tragedia
En la arrugada piel de tu destino.
Mañana entenderás por qué en la lucha
Yo buscaba juntar tu impulso al mío!
Camarada de sangre, esponjemos el surco
En que ha de germinar el fruto indemne
Que nos hará erigirnos en el tiempo
Valerosos y firmes,
Sin temor de los ciegos fusiles de la muerte.
Camarada de lucha, preparemos
El espíritu al triunfo que se anuncia
En las rosas de luto que florecen.
Reincidiendo veredas clausuradas
Llegaremos al límite del mundo
Abrumados y heridos, pero fuertes.
Eugenia, sombra amiga
Que me sigue a la noche y a la aurora,
Si vinieras a mí para alegrarme,
Para barrer del aire mis días lastimados
Y el estruendo de acero que me agobia,
A pesar de la lluvia de mis años
Brotarían enhiestas las corolas.
Si vinieras a mí para ayudarme,
Tu figura pequeña crecería
Y tu misión sería más humana y hermosa.
Camarada, dadora de alegrías,
Ayúdame a tener sobre la tierra
Esta fuerza de joven encendida!

Estancias para una resignación con la muerte

Estancias para una resignación con la muerte
Yo no sé por qué lloran
Las esposas y madres y hermanas de los muertos.
Si ya no está de moda
El llanto, ¿por qué mojan de lágrimas el tiempo?
¿Por qué no alzar el puño
Y dar de puñetazos en el viento?
¿Por qué no recoger el arma que dejaron
Y fusilar la cólera del cielo?
¡Cómo siento que soy el buen hermano
Del que cayó abatido en la trinchera!
Y con el alma herida de coraje
¡Cómo siento en mi boca la blasfemia!
Mujeres timoratas, alegraos conmigo
De que los hombres mueran en la guerra!
Dejad que todos caigan;
Que caigan los patanes, los santos, los poetas.
Hay urgencia del polvo de sus huesos
Para abonar el surco de la tierra.
Hay locos minerales subterráneos
Que quieren adherirse a su tristeza.
¿Qué porvenir tendrá un pobre soldado
Que regresa al hogar sin una pierna;
Que sus ojos llenose de sombras para siempre
Y no sabe en qué punto quedaron sus orejas?
¿Qué amigo le dará lo que ha perdido?
¿Qué mujer le será su compañera?
¿Qué foco de esperanza le alumbrará su abismo?
¿Quién le rescatará de la pobreza?
Nadie. La patria sólo
Le pondrá sobre el pecho una dorada pieza,
Y dirá el vulgo al verlo, fríamente:
Ese es un veterano de la guerra.
Madres, hijas y esposas, alegraos conmigo
De que los hombres mueran,
Porque ya los asilos y los hospitales,
Los manicomios y los barrios pobres
Están llenos de gentes miserables!
Yo no sé por qué lloran vuestros ojos
Y vuestros labios callan la injusticia.
Si en la vida moderna no se llora,
¿Por qué llenar de lágrimas la vida?
Madres, hijas y esposas timoratas,
Dejad que todos mueran.
Estaba ya previsto
Que morirían de hambre y de pavor.
Sobre la era informa
Que el huracán dibuja en sus cenizas
Cae totalitaria la voluntad de Dios!

El hombre inconforme

El hombre inconforme
Nada he perdido porque nada a la vida traje,
Y me siento feliz de haber nacido pobre,
Porque el rico no puede
Parir con gran dolor las cosas grandes
Y luchar en la lucha de los hombres.
Feliz de haber mordido el corazón del vicio
Y de haber sido siempre un inconforme.
Yo nunca he sido esclavo de la monotonía
Ni de la rigidez perenne de las torres.
Abomino del rictus
Que fatiga la muerta sonrisa de las momias,
Y me arrastra el ejemplo de los seres
Que hallan pequeño el mundo para sus incursiones.
No puedo conformarme
Con que haya junto a mí tantos patanes
Que, en cambio de codearse con mi angustia,
Debieran estar ya en los mudalares.
Yo quisiera ser de algo muy etéreo,
De algo que no se pueda contener en los frascos
Igual que una loción o una sardina,
De algo que nadie toque con sus groseras manos:
Que pueda ir libremente de la calma a la tromba,
Del bullicio al silencio,
De la virtud al vicio,
De la piedra a la rosa,
Del más grande pecado al arrepentimiento,
Del rojo fuego al agua,
Del lodo al mineral, y de la urbe
A la verde quietud de la montaña.
Yo quisiera estar hecho de la esencia de Dios
Que pasa por el lodo sin mancharse,
Que, sin pecar, la vida de los hombres suprime,
Que desata la guerra y no es Atila,
Ni es nazi, ni fascista, ni rojo bolchevique.
¡Mentira!, yo no puedo resignarme
A ser hombre vulgar como los otros;
Y voy, en mi pequeña y angustiada existencia,
Buscando días nuevos, nuevas noches,
Nuevos mares de fuego en qué abrazarme.
Buscando nuevas luchas para no ser jumento
Que se aburre de hacer el mismo viaje.
Y clamo porque todo el mundo sepa
Que soy un inconforme,
Y que, amigo del vicio y las virtudes,
Soy hecho, mitad Dios y mitad hombre!

Buscando tu saliva

Buscando tu saliva
En esta constelación de gritos
Y en este vaivén de olas humanas y difusas,
Yo busco la corriente clara de tu saliva
-Ungüento iluminado de palabras y risas.
Me quito la camisa y el miedo y los zapatos
Y subo por escalas de aire y nada
Para asaltar y desflorar
La desnuda verdad de tu esperanza.
Bombardeo la noche
Con mis vacilaciones de luciérnaga
Y mis manos se llegan submarinas
A sabotear el rojo resplandor de tus piernas.
Yo busco inopinadamente tu saliva
Para que no se riegue inútilmente
En este gran vicio donde todo se pierde
Y para humedecer la tierra
Donde la yerba y la golondrina
Bajo la sed se hermana en la muerte.
Yo busco tu saliva mentolada
Para pegar cabezas
Desprendidas del cuerpo de los niños
Y para alimentar las células
De la gente leprosa que anda buscando asilo.
Para abrirles los ojos a los gatos naciendo
Bajo trenos de sol desgobernados
Y para despegar las estampillas
De cartas censuradas que me vienen
De los confusos y lejanos puertos.
Yo sé que todos los amantes vinieron
A besar la rosada cicatriz de tus labios
Y a extraer el zumo de tus limas maduras;
A herirte la carne y a enardecer tus brazos.
Más yo he venido sólo por buscar tu saliva:
Tu saliva que sana la ceguera
Tu saliva que sirve para limpiar metales,
Tu saliva que apaga el cansancio de mis miembros,
Tu saliva que ahoga la cólera de las viejas,
Tu saliva que lava la camisa de Dios,
Tu saliva que ablanda las conciencias,
Tu saliva que abre hoyos en las piedras,
Tu saliva que es frágil a la hora de abrazarnos,
Tu saliva que es sangre perfumada, incolora,
Tu saliva que es germen de santos y profetas,
Tu saliva que es sal y agua bendita
Para amainar la ira del demonio.
Todos los amantes vinieron a buscar tu carne:
En cambio yo agonizo buscando tu saliva
Para inyectar este animal enfermo
Que traigo aprisionado en mi camisa.

A manera de salmo de ausencia

I

A manera de salmo de ausencia
Rebotan mis palabras
En las piedras oscuras del recuerdo
Y mis lágrimas ruedan ateridas
Y enhebradas con hilos en desfleco.
No hay soñador que sueñe los sueños de mi noche:
Apagado está el grito, muerto el clamor del alma:
Y un mudo seguimiento de fantasmas y sombras
Burlescamente hiere mi fría piel bronceada.
Te invito a que regreses y, con los brazos tensos,
Pregunto a los que llegan: ¿Vendrá hoy o mañana?
Y con el agua clara llovida de la rosa,
Lavo el último traje que viste mi esperanza.

II

Vienes de medianoche, -medianoche es distancia-
Traes el alma llena de orfandad y de espanto:
Tus ojos se suicidan en la angustia del tiempo
Y el frío se detiene a ver qué hay en tus manos.
¿Para qué recordar? ¿Para qué recordar?
Todos un día fuimos por ilímites rumbos
En busca de alegría, de luz, y retornamos
Bordoneando caminos y destrozando muros.
Para qué recordar?
El sol que alumbra sabe que somos todavía
Dos chispas ardorosas
Para encender la vida.
¿Para qué recordar, si las campanas dicen
Alegres tu venida?

Mi destino en el centro de esta pasión

En las noches de mi violencia
crece, en rojo, una exuberante selva.
Aquí me cubro con las manos.
Y este horizonte ceniciento del desierto, a mi derecha, que he frecuentado en todo tiempo.
Sin embargo, cara al viento, partiré esta noche.
Cara al viento.

Y la lluvia afuera como un pensamiento torrencial, afuera sobre la extensión.
Yo partiré.

Sin embargo el azul celeste de Mayo estalla en mi espacio de olvido.
Estos arenales, a mis pies, no han conocido las estaciones y mi palidez se intensifica
de una tristeza que ni mi misma sangre sabría borrar.

Yo partiré.
Mis miradas brillan en la sombra como el rocío tropical.

Ella acudirá.

Ella acudirá, en el resplandor de sus axilas, para darme de beber
desde las primeras palabras de mi sed.
¡Oh dura selva en las raíces del viento!
Todos mis sufrimientos han fomentado en mí este silencio.
Me abriré yo entonces así, todo sangrante, a tu fecundidad sangrante,
A tu espíritu ya tu gracia, de pie en mi espera.
¡Yocasta!
¡O sexo, o virtud total
en mi locura de todo tu sexo
y en la intimidad carnal de mi locura!
Persisto a brillar en la savia nocturna de este sabor.
Mi carne recorrida por un aroma de luna se ofrece a las caricias que han sido prometidas.
¿Pero vendrás tú algún día?
Destruyo de golpe las alas de la casa; de los árboles, de los capullos.

¡Homogeneidad vaporosa de los astros apartados de mi dolor!
Escucho acercarse su venida.

Deslumbrado en mi carne,
en los latidos de mis entrañas,
me yergo, desnudo, a esperarle.
¡Yocasta!
En el gran viento de los lobos,
la gran luna tropical brilla sobre mi destino.

Amor mío, he aquí entonces mis manos en la blancura nocturna, mis manos líquidas
y transparentes de la leche filtrante de esta llamada.
En mis miradas ninguna imagen te interrumpe.
Amor mío, te espero en la totalidad pura de tu presencia.
Y la puerta se abrió de improviso.

Mi amor, desde entonces quiebras toda sujección, todo estado anterior.
Me riegas en el delirio y los perfumes,
mi temblor te busca por todas partes,
en la eternidad triunfal de tus brazos,
en la blancura sobre mí de toda tu carne sobre mí.

Aturdida, mi cabeza rueda en la suave sombra de tus manos,
en las columnas primordiales de tu sangre.
Amor mío, te llamo,
giro en el insostenible vértigo,
muero, esta noche, en la árida fraternidad de los arenales,
entre esta noche llena de astros y de jardines.
Y tú, lustral, y de tu desnudez nupcial, oh mi amor,
el deslumbrante sol jamás se apagará.

Estos muros de sombra, que se los abandona

Estos muros de sombra, que se los abandona, estos solemnes muros
de arcilla somnolienta,
Que se los abandona a su familiar suficiencia bajo los cielos,
Y a su diálogo de polvo.
Como las piedras que se despiertan tiernamente en el instante más húmedo del año,
Que se maravillan, descubren y tienden sus cuerpos endurecidos a la espuma
que los envejecerá sin tardanza.
El umbral se viste con la sombra alerta de mis manantiales y de mi espliego.
El umbral me llama y solicita.
¡Qué ternura en nuestros gestos!
¡Oh dulzura y transparencia de nuestras miradas!
Y el sol no es sino un encarnado soplo en la tarde.

La brisa, se derrama como un llanto solitario
A lo largo de las hojas adormecidas.
Todas las cosas por el mundo se juntan y se estrechan,
Todas las cosas se estrechan en la profundidad de sus rodillas.
Oh Tierra, tú gozas
En la cosecha y la savia de tus frutos.

Y aquél que se interna en los sueños
Y devora deleitado los panículos del maíz.
Pero si el enfermo contempla
A contraluz la membrana sanguinolenta en el intersticio de sus dedos,
Ah cómo se lamenta
Por este indefinible y perpetuo gemido,
Por el estridente clamor en los vidrios arenosos
Yen las harinas y la cascada del molino.
¡Astros en mi espíritu, él dice, ni vosotros
Ni el agua múltiple en la potencia de sus voces,
Ni vosotros, palabras bienhechoras de un día,
Podréis devolverme la sangre febril de mi amor!

Aquí abajo, por lo contrario, la más verde de las moscas,
Rumorosa reina en el ojo ventoso de la cerradura,
Se deleita noctámbula en las cavernas umbrosas
Y en las grutas innumerables de un palacio fastuoso.
Que retumbe un gran sonido en los lechos sonoros del viento alisio:
El grillo,
Por las puertas malvas de su hierba
Restituye el asilo y la querencia de su morada.

Muchos insectos en torno de un solo pensamiento

Muchos insectos en torno de un solo pensamiento,
Pero el mío está ausente bajo un cielo de lluvia.
¡Y tú has venido un día, Pizarro, acicateado por una gran pasión!
Como tú, fantasma, enciendo mi alma cerca de la extraña floresta,
Donde tú amabas antes aspirar el tenaz aliento.
Pero cuántas de estas pupilas nauseabundas me envuelven asimismo,
Como en la hora de angustia, pesada y mala para tu espíritu,
Y se demoran en mirarme languidecer.
¡Morir!

Lejos de aquí los ojos
Y el noble espíritu tan cerca de las cadenas que mi corazón han ceñido.

Me llama la sangre.
La sangre de los días de éxtasis, más acompasada que la mar.
La sangre que no olvida jamás y que me invade con su color terrible.
Que este inútil viaje de los ojos termine pronto!
Así el paciente corazón anhela volver a ver su sangre
Y gozar de una codiciada sombra, más dulce y más propicia en su temblor de quejumbre.
¡Mas que regrese pronto!
Porque ella me espera, mi Esposa, con la mirada al viento, allá lejos,
blanca y secreta como la nieve de una estrella nueva.

Ah Señor, si he recorrido una patria mala, tened piedad de aquél que os ofende,
pobre infante olvidado en las espinas de su calvario.
Os grito: ¡Señor, curadme de la mar inmensa, de mi tristeza grande y del astro
banal que ilumina la tierra de mi tormento!

La noche se torna más grande y más densa,
buscando perdidamente sus sombras.
Grande es mi infortunio.
Abriré mi corazón a las bestias bravías que recorren el mundo como el fuego de las arenas.
¿En qué nuevo Espíritu buscaré alojamiento?
El opio desperdiga mis sombras, derramando sobre todo párpado su melancolía de ausencias.

Y añade el corazón desesperado:
La ausencia!
La ausencia sin límite.
Oh cómo está lejano mi hogar de gloria.
Oh labios amadores, las lágrimas no son tan profundas como para llorar tanto
vuestro alejamiento.

¡El cielo endurecido no resuena!
Flores sin tallo que tienen el peso de la sangre.
Y la noche se vuelve más dulce, más próxima y más estrujadora:
¡Abrete!
Abre tu sueño a mis alientos,
Porque soy la libertad de las brisas.
Porque traigo con los siglos la convalecencia de tus pupilas.
Está presto el camino, la forma del sueño busca su destino.
Oh labios, el tiempo os apresura,
Restituidme a mi cielo de inteligencia,
Que el solo contacto de irreductible amor lo aseguro en este reino de vida.

Poemas varios

A Alberto Coloma Silva

1.

De lo remoto a lo escondido

Tanto soy y más la brizna de saturada espina
A cuya sed perenne se acrecientan los desiertos.
Sangre adentro y de soslayo iré por consiguiente,
Como van las tempestades,
Hacia aquel país cerrado a toda mente,
País de Khana, cuando al paso, en las sales densas de la muerte,
Habré de hablarte,
Toda en escombros, ciudad de Balk.

No hay empero reparos de horizontes.
¿En dónde estoy, a dónde me conduce lo inaudito?
¡Oh Príncipe de innumerables plantas y llanuras,
A aquella fuerza de soledad me atengo
De tu nocturna condición!

Atrás dejé las puertas, las sabanas en aliño.
Los que sois de presa;
Magnates, caciques de la tierra, empolvados sobrestantes,
Velad el campo ausente.
Profesores y otras huestes,
vosotros los de la especie cotidiana, ya no vivo de vuestra
ciencia ensimismada.

Pronto me acusas,
Aire desnudo,
Doblegas mi ceño,
Me das el pánico de lobos aullando bajo la abrupta claridad lunar.
Al romper entonces la procesión oscura de esta sangre coagulada,
A más de la intrínseca solidez de mi sombra y de mis dientes,
¡Oh selva transparente,
Tus vientos primordiales se desprenden de intensa luz
En mis recintos!

¡Oh mía de mis años!
Las plazas comentadas, los caminos, las edades,
Cuánto he recorrido en virtudes de tu imagen trascendente.
Como holanes de rocío en torno de tantas frondas agostadas,
Mil rumores de tus sienes prevalecen en mi espíritu.
Mis gotas caen.
El ala irrumpe a través de tus tensos jardines soñolientos.
La premura aún
De este ser tan secreto y transparente como el néctar de las flores.
Allá sin tregua
La extensión continua, el fragor de la conquista.
El espacio aquél, a brote de epidermis.
Tal recibe el eco, en vertientes albas de tu cuerpo,
Mandatos consabidos de luz oculta.
¡Oh cuerpo femenino a cuya entrada se extasían las tormentas,
Los ciclones!

Al amparo de una lámpara perdida en su esplendor de azufre,
Aquí te imploro, en la concentración de mis entrañas,
En las caudalosas lunas de mi adviento.
Bajo este rotundo cielo atravesado de miradas y de clamores,
Más allá de todo ambiente, te escucha mi ansiedad.
En la eternidad de mis cenizas se verán las glorias de tu sangre,
Las dulzuras de tu empeño.

Tempestad secreta

Para ti, profundamente.
Para David García Bacca,
esta desvergüenza.

I

Las razones de la vista: aparecen consiguientes las llanuras, el cárcavo de las selvas.
Encendidas aves, romped de vuelo mis cristales;
Las consabidas alas de este mirar,
La luz naciente que en soledades llevo a los más altos ayes,
Juntad las de vez segura ya en su común medida, en su cenit secreto.

Me devora, del espíritu, la absoluta permanencia de estos polos.
Te escucho, como el ámbito a sí mismo de los cielos,
Allá en cuantas las miradas, en el golpe a ciegas de mi paso.
Sangre desnuda que vertiré en tu flanco:
De ella mi sudor de angustia, de cesación y noche.
Con el ceño adusto al trasluz de las sienes,
Toda inquieta en cima de voces,
De pronto me acusas a deudas, a más rehenes.
¡Habrá espacio de cabida
Junto al labio gota a gota de tus senos?
¡Mente, de flores tan vacía!
Afuera el grito, los deleites;
A darte encuentro, las brisas relucientes.

Me mantuve afuera, en suelo de leones:
Deseando el cumplimiento de tu sexo,
De cuanto jugo a altas horas de este cuerpo seminal,
De cuanto crece en la pendiente.
Ya no miro.

Me golpea la sangre de los ojos.
En trances tales de denuedo como el párpado de los héroes,
Ya no asiento el calcañar.
¡Oh vientre, oh boca en la frontera!
Pecho absoluto de mis ansias,
Me vacías, pecho mío, de substancia y tiempo en derredor.
Y reparos, valladares y provincias
A cuanto supe desear.
¡Abridme!

llevo el ala fatigada
De arrecios tantos, de espumas y de celos.
Estoy de pena y resonancias,
Más aún: de gala y esponsales.

Os diré ayes como un latido de aguas.
Abridme las urnas, al conjuro de estas lágrimas.
¡Oh vehemencias!

mis venas agolpadas en su cúmulo.
¡Oh huésped mía de delicias:
De monte en valle, de noche en claro, de tienda en tienda,
Cabe el temblor seminal de las rodillas,
Como el ámbar del estío en la cepa de la vid,
¡Te acrecientas de presencia, -penetrante y temblorosa de substancias seculares!

Su contorno en mis sabores: ¿me estuvo acaso, me está vedado?
Van mis órdenes: a su merced, la hacienda.
¡Y jugos tales en mi cuerpo, de aquella prenda oculta tan deseada!
Crecida noche, en su caudal de luna, ¡oh gargantas de blancura!
¡Ay!

decidme cuánta savia de mi lecho.
Más adentro la pupila, las moradas, cuánto lo escondido.
De vivas flores, en la cumbre, abierta al calor de mis entrañas.
Ya podrá Ella entonces desnuda luego palpitar.

¡De riberas adelante!

¿Dónde están los montes, las otras potestades?
En tela de su dicha, ¿dónde cabe más algo desear?

Ni seda otra, ni tal soporte.
Me conoces, me presentas en campos desatados.
Oh primicias de este único menester!
Mi frente airada, Amor, los ayes, ¡oh cuenca eterna de salivas!
De moradas me regalan.
Y tu vientre abierto en mi pesadumbre de caricias.
E!

labio sumo mío cae de los siglos, a tu boca concebida,
¡A la herida declarada de tus senos!

II

¡Abrid de juntas, de par en par las puertas,
Y las alas tiernas del encuentro, abridlas!
De llegada me sorprenden tu latido,
Las urgencias consabidas de la noche.

¡Oh mundo, cuán cargado está mi pecho!
¡Ay!

tan corto voy de brazos,
¡Corto y lento en poquedad de mis primicias,
Poquedad de las miradas!

Ni lámparas en zaguanes,
Ni las flores en su asunto.
¡Qué ceñiglos, qué albañales!
Daos prisa de esponsales, dadme al punto
Acicalada de umbrales la morada,
Las delicias de encontrarla
Toda adentro de jardines y rumores.

No hay pregón de luz que la compare.
Ya se cumplen las edades.

En las huellas de su paso reverberan los leones;
Ya sus senos encendidos me circundan de inmanencia.
¡Heredad tan seca, oh tienda de desierto!
Acudid, vosotros todos los del soto, con palmeras y cristales,
Con la fiebre de los ojos y otras tantas claridades.

¡Oh ímpetu total de ansias
En los senos temblorosos de la espera!
Las manos agobiadas a expensas de este peso duro de los montes.
Vedme el pecho jadeante,
Y la boca en su premura.
Cerrado bosque, atiende unánime al sol de mi llamada,
Como un solo golpe de alas.
El velamen se acrecienta
Yalza vuelos en mi sangre.
A sien de muros el cortinaje oscuro de la estancia
Tal se empaña en los alientos
De un sudor sanguinolento.
Altas horas de este mundo,
Dadme aviso: ¿cuánto llega?
Vuestro péndulo mortal de movimiento
Únicamente late en la cavidad de mis latidos.

Con rojo mirar de sentimiento,
A poco, la veréis:
Bajo el indijado manto de sus párpados,
En la oculta transparencia de los muros.
Dadme esfuerzo.
¡Ya en la sed de los ijares
Un derrame tan profundo
De estos senos!
Y aquel rayo de los altos,
Desnudo y devorante como el tiempo, de parte en parte me atraviesa.

¡Perdí, en ascuas, cuánta imagen de la vista?
Y las puentes alabadas;
Grandes plazas y caminos, los cerrojos;
En gonces de alas, las puertas entornadas.
¡Oh quejido de mis ansias!
¡Qué profundidad de soplo!
Adentro, tan adentro, me sorprendes, me das caza.
El mundo está a la mira, la noche en vela,
Y el espíritu
Desatado en los arrecios, Adorada, de tu cuerpo.

¡Sobrada noche de cuita y menester!
iOh secretos esponsales de este sumo conocer!
Ni la sal de mis heridas,
Ni entrañas éstas como pulso de sangre de otras lágrimas,
Nada queda de poder si hoy aliño mis enojos:

¡Abridme a vida las puertas, los portales,
Cuantos lechos,
Los holanes!
¡Dadme aliento!
Es de cena la holganza:
Ya en mi cauce, a grandes vasos,
Se desborda, a plena fuente,
Tan adentro,
La inaudita, deseada,
Sangre viva de la Amada.

III

Soledad de luces, soledad de alientos.
¡Oh lágrimas me dais voces
De su presencia en solar de mis adentros
Más remoto!

Arrobado en tales ansias,
Ora a vuelta de desmayos,
Ora en tela de lamentos,
Pasaré la noche en prenda
De soledad,
con el alma ahita, a tientas,
Con el alma enjuta en sienes de sudores y tormentas.

Voy clamando en graves ayes el deseo de mi boca.
En todo tu cuerpo te grité mis quejas
Porque a fuer de tus enojos ni siquiera supísteme escuchar.
Y no es de pan, ni es de vino el menester;
Ni sed, ni ganas de aquesta colación.
En el jugo, fuente y gota de tus senos:
¡Oh prueba sin consejos
del ansia viva!
¡Sequedales!

¡Cuánto padecer!

¡Cuánta cosa he roto,
Y cuántos golpes en busca del alivio!
Manos mías en el huerto,
Derramad las flores llenas,
Derramadlas
Y dad sustento
a esta sien que palpita en mi costado.
La pasión que me desangra:
Un tal querer enclavado en las entrañas.
Y los muslos entornados, derramando de ellos su cabal fortuna.

Desde el otero
acudo al llano de tantas bajas tierras escondidas.
Mas, ¿dónde están los senos que apetecen mis sentidos?
¿Dónde el pecho de mi boca?
En sus altas horas,
y en el gozo, en la cima de estambres y deleites,
Vino el Huésped.
Abrió cuentas,
Ya vuelta de sorpresas no pudo menos que gritar,
A todo ámbito,
la voz de su desmayo,
Que gritar:
¡desolación, desolación!

Este cavilar nocturno.
Esta llaga atroz de su presencia,
abierta en todo el rostro.
¡Soledad de luces, soledad de alientos!
Ni siquiera en sombra sus miradas me cubren ya.

Alimañas en mi senda.
¡Cuántos cuervos en la noche!
Atado al peso de lo oscuro, al clamor de mis entrañas,
Pronto dormiré mis sueños, bajo el sediento párpado de este insomnio.
¡Oh moradas de cal viva!
Allá vuelo en desatino,
Con toda la mirada en trances de soslayo, arriba de estos grandes vuelos corporales.

Vino el Huésped,
Y desnudo me encontró:
Los oídos sin respuesta,
Tan reseco el albihar.
Desnudo de hambre, de venas y de espíritu.
Vino el Huésped, en sazón
De esperanzas y clamores,
Y único en las praderas de su huella, no pudo menos que se exclamar,
-Los ojos encendidos en la prenda de sus ayes-,
A su vez que se exclamar:
¡desolación, desolación!

IV

Repitiendo, ora a cuántos muros,
Mis desmayos de lágrimas, de espesuras,
Con pupilas de mi sangre velaré
Tu noche, en prenda de soledades, en paso de tormentas.
Con el alma ahita,
A tientas,
Con voces en lo alto y la vendimia adentro,
Toda en el lagar.

Ni de siesta, ni de pan o adobada colación
Y menos aún de vino me cabe el menester.
Cuando las piernas tuyas entornadas, cuando el cuadril arriba en la cumbre desnudo se decide,
Derramando de él primicias contenidas:
A zaga, atónito, voy de tus enojos.
En el cuerpo te gritaré mis ansias,
Porque a fuer de tal caída ni siquiera entonces supísteme escuchar.

Desatado en la violencia y los arrojos
De este caudal que me desangra:
¡Cuánta cosa he roto!
¡Cuántos golpes en busca del alivio!

A fuente,
¡Oh vida!, corres en las aguas tiernas del encuentro.
Manos mías en el huerto, deshojad las tantas flores llenas,
Deshojadlas en sustento de esta creciente sien que palpita en mi costado.
¡Con el ímpetu de morir,
Romped el canto de la anchura!
¡Oh vida,
Me retienes en cuarteles de cal viva,
Cabe la morada que de pronto asedias, y luego fortaleces!

Las fieras cruentas de Diciembre
Huyen trasijadas.
Al trasluz de arteros vientos reverberan los senos míos de la espera,
De ellos tal, ya del vientre y la junciana, se arranca un grito tal,
¿Cuál, decidme?

¿ Y dónde están los senos que apetecen mis sentidos?
Abridme, ¡oh puertas!, al jugo que divierte,
Al goce, a zumos del ijar,
A la boca ésta de su cuerpo, henchida de salivas.

Tantas salas abultadas en los párpados,
Cuando el Huésped,
Con el ala turbulenta de los bosques,
Llegó airado en sumo enojo de las frutas.
Majado el puño de la fuerza,
Tal vertiendo su esplendor de capiteles,
Con el mando enhiesto de miradas, a solares acudió,
En praderas de su hacienda se extendió;
Y dando voces de amargura,

De heredades semejantes,
No pudo menos que se exclamar: ¡desolación, desolación!

Este cavilar
Nocturno.
¡Abridme el pecho!

¡Oh dolencias: su epidermis tan de cerca ataviada en mis contornos!
Con el párpado ensangrentado me devuelvo a los lamentos de cuantos mis deseos.
Desnudo, bajo el peso de tu inmanente corazón,
Desnudo, me devoran las fatídicas sombras de los astros.

El Huésped recibiendo, ¿qué vida lleva en telas de este mundo?
¿Qué fuerza le retrae en la alta ceja de su vuelo?
Los mares separados, sin dominio, sin respuesta;
La lluvia golpeando, a noche llena, los cerrojos;
El desmayo de este labio en las tablas de la muerte,
Y la espesura ardiente del que llega.

Sopla un hálito de lúgubres espejos.
Manos de mi golpe,
¡Oh manos desteñidas, como un flujo de la mente!

¡Oh tierra abierta a más desastres!
Amada mía.

Los ojos tan de lleno dados a la vista,
Tal de huestes y celadas compelido,
Tal el Huésped no pudo menos, del Cenobio
Y de mi labio conseguido ya en otras cuencas escondidas,
Que se exclamar a todo ámbito: ¡desolación, desolación!

V

Llama adentro, a merced de cimas claras en tu vuelo,
Va mi sangre herida en busca de un ala de frescura.

Implacable Esposa, ceñida llegas de trofeos.
Con el pulso de la fiebre atraviesas cal y canto;
Anhelante como el fondo de los mares
Te acuestas en mi noche, en la humedad de mis entrañas.

Tan duro de reflejos, el peso corpulento de la luna.
A crecientes de Diciembre se desata el viento cargado de un ave de los polos.
Tu voz perenne en el pecho de las flores,
No la acarician ya las altas brisas de rocío,
Mas el flujo pertinaz de aquellas ondas de belladona y de espesura.
¿Qué vigilancia me detuvo:
La sombra inerte de las armas;
Acaso un golpe de llamada;
La densidad de mi garganta?
Ya los bosques de la tierra se mecen apartados.
¡Oh baja frente!

sudores semejantes,
Ni la fiebre de estas sienes los desata,
Ni en mi talar de sangre la reverberación de las espinas.

De noche oscura en boca tuya
¡Oh peso adentro, sin cabida!
En el pecho y en la dicha, la pupila en los tendones:
Adorada, de tus piernas las sumas potestades, y la lengua recóndita en la vera:
de caída, de reparto y de saliva, en el grito de la entrada, en el jugo abierto de tu seno.
¡Oh espacios y venturas tantas de tu cuerpo para siempre en mis entrañas!

Me dejaste suspenso en ayes
De estas ansias, con los labios entornados.
¿Dónde habré de hallar contornos
Al propio pecho mío de tu presa, de tu vuelo?
¿Perdido en la transparencia de mi retirada desnudez,
En la ajena noche,
Harta de vigilias, de espesuras, cuánto más sobrada de banquetes?

Golpe, este golpe en las sienes, que la mente agrava,
A despecho de tus muros, ¿no lo escuchas,
De mi pupila dilatada?
Chorreando venas de lo alto, me ilumina Venus en el rostro mismo de tu sangre.
¡Oh pesada lejanía de los montes!
¡Oh labios tiernos de la cita!
¿Verá el suelo de estas lágrimas la presión
De tu inmarcesible cuerpo sobre el mío?

A tus recintos llegará, en potencias suyas de la selva, el Esposo trashumante.
¡Ay!, atada al grito de tu ardiente cabellera,
El alma atenta a mil sabores,
Donde te reclama su rojo espacio de él, irás.
¿Quién soy yo de este mundo entonces fuera de tu pecho?
Como el hambre, como el tiempo,
Los peldaños me conducen de caída.
Tan henchida de reflejos, de miradas;
Vuelos de brisa te sostienen;
¡Como la luna en holanes, tan creciente!
De inmanencia permaneces en el centro mío de todo lo creado.
¡Oh premura devorante de tu boca, de tu sexo, de los ares, de lo eterno!
¡Oh mundo concebido, la avenida en los adentros!
Adelante bien me guardas en celadas.
Tan cercana y no me tocas,
Y tu frente, de su altura, como el alba;
Y más primicias se estremecen en la acidez de tus entrañas.

Ventanas perdurables: chorreando venas, me confundo con la espesa arcilla de la noche.
¡Oh Esposa mía, de soledad en soledad repercutes en mis golpes!
Los senos tuyos, leche adentro, tan cargados de mis labios, de mi prenda:
Me arrancas y me devuelves a esta plaza;
Me deshaces en sudores, años, mares y otros continentes.
¡Oh muerte fiera, oh golpe de ángeles!
Las bestias gimen, perseguidas;
El lobo, bajo el cierzo de la luna, se desangra a vista de sus ojos.
al me implicas, Adorada, en la absoluta permanencia de la Nada.

VI

Ni la sed es cosa tanta.
Ni sudores de la mente me trasijan de manera semejante.
¿Qué reposo habré de hallar en cabidas de tu presa, de este anhelante cuerpo mío
Que desnudas y ensombreces a la vez?

Apretada, oculta noche.
¡Oh vena, venas de mi sangre en la esfera absoluta de los astros!
Me despierto a toda voz, dando gritos de llamada;
En tu espacio me despierto, con los ojos agolpados.
Mi corazón de entrañas y lamentos, como un haz de ensangrentadas cabelleras.

Cuan clara es la pupila, llega el mundo, ¿dónde estoy?
Y los mares de esta fuente, llegarán.
Los cuervos persistentes;
Entre muros, mi espesura.
Y te desmandas a merced, como el fuego, de estas órbitas:
A despecho entonces te hablaré en tu vientre de agitado corazón,
Con la lengua de mi altura,
En tu sexo sorprendido,
A mayores firmamentos con mi voz de noche oscura.
Mas, a todo lo adelantas.
¡Oh Mía de mi celo, pusiste a prueba tanto empeño en el calor de mis sentidos!

¿Cuándo me abrirás presente las dulzuras tuyas llenas, de la tierra?
¿Cuándo el pecho?, ¡a deshora!, y me detienes con el ímpetu del océano
sobre el párpado de mi desolada desnudez.

El espacio de tu fuerza.
Mis ojos lentos brillarán del fragor de las ciudades.
Por donde va mi grito, voy, ¿por afueras de este mundo?
La boca densa, aún llena de la muerte.

En subidos aires salgo de mi aliento.
El jardín contiguo, en manos de las flores.
Y van pasos, desnudos pasos en mi alma;
Que te busque, toda mía, amén persiga con las ansias consiguientes del desierto.
Ni la sed es cosa tanta.
Afuera en claro sestean los leones, corre franca la pradera de los ciervos.

Pero él

¡Amén, Silencio!

El paso se inquieta en el suelo de las gamas.
Recojamos las melódicas flores de la pastoral
Para nuestras tiernas hermanas.
Venid todos, mordamos los barbechos; para nosotros los peces y el arsenal.
Agua disipada de ámbar en la resonancia estelar.

¡Que el mundo alterado inicie las rutas del relámpago!
Íntimamente intactos, oh cementerios, de mi fósforo,
Enrollad vuestro mar deslumbrante, vuestro océano sonoro.
Entre la inmovilidad de los tallos que el astro confunde
Están mis labios arrastrándose en esas lágrimas y áureas bebidas.
Las formas se lanzan a la conquista del viento.
Alojad a ese anciano, advientos, nitidez,
La espalda ya no soporta bajo tanta oscuridad.
¡Me bastas, cohorte, y me atormentas!
Maldición, ¿qué vigilancia me sujeta hacia atrás las huellas?
Ave de infortunio, tú serpenteas, ave
Implacable, en mi cerebro.
Brujas, silba el veneno de vuestros dedos;
¿No soy acaso digno de vuestras cábalas?
Un cargado aliento -floración más rara-
Injuria violentamente a los que viven en las charcas.
Fuerzas secretas, ¡para mí el magisterio de vuestros cenáculos
Si desfallezco!
Sin embargo, tal cálculo
Era fórmula cierta y hecho de milagro,
Solemne y bajo vuestras cúpulas protegido,
¡Oh lámpara de ceguera!

Los amotinados

¡Ah, risa loca!
¿Henos aquí tus compañeros
Ilustres en la ciudad de los políperos?
¡Dispara y modela la línea de nuestra muerte!
Anda, corre y toma entre los astros tu noble impulso.
¡La tierra para nosotros!

¡Y en nuestra angustia
Más bien el cieno de los cerdos
Que el hueso que flota
Como leño podrido del alud!
Escucha cómo, avarienta, la oreja ronca,
Encenegada, después de los calados.
Pero cuídate, sostén de nuestro amor:
Los perros que te rodean
Sabremos allanar los caos y los letargos.
¡Ya la uña se aguza en el viento de altamar!

El cinto y el carbúnculo en la muchedumbre,
¡El anillo constrictor para extenuarte!
Basta de palabras de embrujo
Y del filtro que extraemos de nosotros mismos.
¡Ah!

¡Qué bien se vacía el odre de la sierpe
En el artificio de tus canciones!

Estás ahí en medio de la noche, Señora

Estás ahí en medio de la noche, Señora,
Aparecida en el instante, Señora, en medio del invierno de mi noche.
Me he dicho entonces: Si bien recuerdo, Alejandro fue un gran capitán.
Y el rey Salomón vivió solemnemente como un gran rey.
Mas me tiene sin cuidado Alejandro y no soy el rey Salomón.
Y no tengo nada, nada que decir de la reina de Saba.
Pero a vos, alta y bella,
Señora, ¿tendré la memorable suerte de interrogaros?
Muchas gentes me rodean: amigos y parientes,
Yo lo admito,
Muchas gentes que me desafían.
Pero ciertamente ellas tienen razón, ciertamente.
Y esta malla interna de sangre, esta malla de sangre que me lacera los ojos,
Tienen razón porque esta malla de sangre bien lo prueba.

No obstante, tranquilizaos, que no siento por vos ni cólera ni tristeza,
Ningún deseo de morir,
¡No!

Las atenciones tampoco me afectan.
Sois libre de hablar y regocijaros, en excelente compañía,
sobre estos mil pensamientos que permanecerán para
mí eternamente secretos.

Y todas estas gentes que os rodean y están ahí, gravitando en torno vuestro,
Señora, son libres también para comentar mi caída y mi despecho.
¿No lo había yo predicho desde hace largo tiempo?
Señora, entre ellos, parece que se encuentra alguien fuerte y rico en gracias,
Alguien bien acogido a quien yo le enveneno, le corroo y descompongo
en todas las digitales de mi rencor y de mi espíritu.
¡Así pues, que él desconfíe de mí!
¡Cuidado con él!

De ningún modo mi venganza se privará de una presa tan bella y tentadora.

¡Y que silencie y, si le parece bien, se marche a cualquier parte!
¡Que silencie!
Yo le digo: mis brazos tiemblan extrañamente y mi voz se torna dura, sombría y solemne.
Yo le prevengo: los días, sí, los días de su espera, lo juro, no serán de gozo fácil.
¡Más bien de sangre, de sangre!
A menos, Señor, que las flores,
Que las flores dulces y lentas vengan a hablarme de un perfume
aún más penetrante que los soplos del olvido.

Días de vergüenza, días de angustia.
¿Cómo no le han hablado de ello los astros?
¿Dónde se oculta este hombre?

, ¿qué hacía él de la luz de los sueños?
¿Se demora y se olvida el viento en su pensamiento?
El viento de la selva me trae obscuras palabras, obscuras amenazas.

Viento amigo, socórreme, que tu advertencia será el pesado lastre de mi venganza,
Hazlo de suerte que este ser de elocuencia lo sepa;
¡Que advierta mi poder y mi naturaleza de ángel o de condenado,
poco importa!
Que advierta, en tiempo oportuno, el terrible color de mis miradas.

¿Mas para qué?
Ciego, viviré en adelante las horas que he vivido.
Olvida, viento, mis desgarradas palabras,
Y perdona, te lo ruego,
A este ser altamente privilegiado,
A este hombre que aborrezco y envidio
Tanto y tanto.

etc.

El ladrón

A Jules Supervielle

Como los grandes vientos que soplan en su nocturna y miserable inmensidad,
En las profundas soledades del invierno,
Yerro hirsuto, miserable y sin abrigo.

Ya el lobo no escucha en su guarida
Sino el golpe siniestro de mis años.
Y cuidado con las llamas de un solsticio soñado:
En sus claros de bosque,
Las divinas y vigilantes miradas husmean entre las hojas marchitas.

Desollándome como Judas el infame
-El alma en la punta de la lengua helada-
Me agito en el más bajo fondo del bosque
Como las entrañas del famélico.

Mil formas solemnes se precisan en esta sombra oscura y temida,
Mil formas solemnes que se jactan ante mí del hipócrita contorno de sus encantos.
El limo de mi sombra aterciopelada
Me ofusca los sentidos y anuda mis pasos.

Como el árbol que dolorosamente reprime su cuita
En el blanco nadir de sus raíces,
El hombre maldice su destino.
En la basílica de los pinares,
El yermo corazón se lamenta:
¡Despréndete aceleradamente, río, y sé
La cuerda, la siniestra cuerda que me estrangulará!
Que las ramas de hierro prendan los hervores de la tempestad.
Aunque las frondas del relámpago estallen,
No podréis jamás apagarla.
Cielos, tristes y sombríos cielos,
¡Jamás apagar esta llama de amor que canta dentro de mis ojos!

¡Sobre qué lienzo se imprime mi semblante?
Sobre vosotros, charcas de absintio
Y putrefactos brazos del río.

En el aire, en el agua mental del firmamento,
¡Dónde, en qué onda embrujada, se abrevan mis ojos?
¡En las cavernas de la tempestad o en la extrema
Soledad del movimiento?

¡Hierbas, adiós!
Me he fatigado y saciado con vuestra savia inmóvil.
¡Adiós!
Me lanzo sobre la punta de mis pies
Hacia el meteoro de Belén.
Sin hurtaros un día el Paraíso,
Al revés de la gota adormecida,
Escalo los torreones más altos,
Señor,
Señor, a fin de ofreceros muscíneas.

El hombre de trujillo

A Paul A.

Bar

Te visito y te imploro en el sueño, mi esposa ignorada.
Yo me consumo y me abraso en las soledades tórridas y en la avidez de mi amor.
Oh mujer, vengo a mitigar y aplacar mi angustia
En la querencia de tu inocente claridad.

¡Salud, mar vegetal!
Mar jadeante que suspiras y te derrumbas en las trombas argénteas de la aurora.
No obstante que murmuran en la espuma de su lino
Las velas desplegadas de las carabelas,
Escucho, astros en el éter, vuestro mensaje labial y lejano.
¡Aclarad, astros del silencio,
la paz de las tumbas y la existencia de las flores!
Religiosamente entre las brisas y las aguas, vuestro eco se irradia al fondo de las simas.
Para vosotros, astros omnipresentes de la desesperanza,
el ardiente lirio de seda se nutre con la sangre de mi pasión,
Y religiosamente, hacia vosotros se levanta y tiembla en la tarde.
¡No!
Ni esta mural y plural presencia de mis padres,
Ni los candados y las severas fórmulas de la tiniebla y del cemento,
Me impedirán, mil ataduras, ausentarme,
¡Orinadas rejas!
Ausentarme en las delicias y el movimiento de mi espíritu.

¡Oh velas!

La llama del aire os persigue sin tregua.
El tormentoso estremecimiento del paisaje se permuta
En selva de seda
Y en cálida resonancia de la abeja semidormida.
Despertaos, flores, todavía más bellas que el cielo puro:
Ahí renace el alba lustral y salina,
El alba de los pájaros.
¡Que el ácido y la herrumbre de nuestras armas
Canten al unísono en el azúcar plácido de las aguas!
Más tarde,
Más tarde, bajo el ocre clamor de otros cielos,
Todas las vasijas y los odres secos,
Apuraremos el edénico licor de nuestras lágrimas!

La sien sonora de mi pensamiento,
La oreja en la tempestad y los clarines de la arena.
El árbol sitibundo que se nutre en los muros de este mundo desolado.
Flexibles y largos en las brisas cristalinas de su follaje,
Tiemblan mis dedos
Como la savia y como el año.

Avizora, hermano, el mantel áspero de este cielo;
Palpa y escucha las balsámicas vibraciones de la aurora que se adelanta,
Oh taciturno,
Y que desaparezca este harapo sumergido en la onda y las brumas de un suspiro,
Oh taciturno,
Como las piedras bajo el peso del futuro.

¡Yo profiero este grito tan alto,
pitanza de las águilas!
Setenta veces me enfango y me revuelvo
En los lagares de las landas y los pantanos.
¡Piedad, piedad!

Antaño amaba el lince las semillas de terciopelo
Y extraía su sombra con cuidado
De los plutónicos haberes de la noche.
Pero si yerra y se alarga,
Si ambula famélico paciendo en los soterrados follajes del invierno,
Nadie sabe escucharlo
Sino la estepa en la inmensa e inmemorial espera de su planicie helada.

Piedad, oh piedad, que nos podrirnos en la vitrina de las estaciones.
Después del gran viento líquido del firmamento,
Después de esta fontana de eternidad,
Se arrastran y deterioran las blancas miradas del sitibundo.
Crueldad del cielo en mi pupila.

¡Crueldad
Del alma en la grande e implacable violencia que me destruye para siempre!
¡Oh cruz!
Astro de geometría, mi palabra,
Insignia destellante,
Cruz oblicua de estos mundos nuevos,
¡Mis miembros se levantan hasta la cima de mis vientos cardinales!

Oh virtud de una hierba estimulante que nos procura la resistencia para el viaje.
Cohortes
Bajo mi soplo,
¿Hacia la querencia ilusoria de qué morada descendéis?
Sobre la aorta pesa
Su leche nocturna.
Nuestras pupilas se dilatan en el silencio de su niebla.
¡Espera, tropa descarriada, espera, levadura del olvido,
Que la luna absorba los mostos y los residuos de tu vida!

¡Oh púrpura eclosión del vacío, oh tierras de América,
El edificio se derrumba bajo la sombra de mi fe!
Purificad lo que hay de permutable en mí,
Hermanos, amigos, iluminad las sabanas y los corredores,
Hermanos, para que yo conozca mejor el volumen de la muerte.

El agua

Navegante,
¡Almendra del navío!
La mirada acorralada por tantos brillos,
Amianto y témpanos vivos de la estrella polar.
El arco metálico arranca de las ramas astrales
El lino de las cataratas.
¡El hielo de las cabezas sobre la esfera
Que sonará una voz sin nombre!

¡Bah, la luna en su plenitud!
El asalto guerrero de las llamas
Que me libra de la sima de espuma
Y de las jaulas de plata.
La campana gotea, ¡ay!

en la clepsidra:
En mí las sílabas del otro, virtuales y explosivas.
Presa total de las bocas de la hidra,
Rueda también mi hermano hacia el pantano del Atlante.
Con la sola resaca de la orilla liminar
¡Cuán lejana es la osadía del corsario!
La fauna brota cardinal y ampulosa:
¡La manada salvaje
del Maelstrom!
¡Yo me abrazo al mástil como un retoño!

Bebida turbia

A mis:
Paul A.

Bar
Max Jacob
Pierre Morhange
Jules Supervielle
Gonzalo Zaldumbide

* * * * *

A Henry Michaux

Escucho tus ondas, inefable noche, tu soplo, oh reina del sueño, en mi urbe.
La oda comienza: que muja en mí la imprenta.
¡Funde este orden, ácido rojo del estío!
Y que yo palpe las verdes ancas de la pradera.

La imagen del Espíritu Santo se inflama detrás de las vidrieras;
Sus bordadas alas de amor penden de las extremidades del dintel,
Y las umbelíferas sombras de miel se abrasan y me penetran,
Sus sombras ardientes y jadeantes en torno de las flores: pentecostés de mis padres.

¡Rocas, como esos frutos
Madurad, rocas bajo la luna,
En las salivas del año!
Ah los paisajes de mi grandeza.
Y más blancas que todas las nieves,
Que el iris del moribundo,
En los hontanares del limpio cielo, mis sienes palpitan.
Sudor de las lacas, plenitud de los poros.
Estoy prendido a los muros del antro como las lágrimas de las madréporas.

Semejante al gallo en su demencia planetaria,
Estoy poseído por la sibilina diestra de yeso.
¡Oh palabra en el olvido,
Astro del desierto, alumbra mi desnudez!
Deja al agua celeste de tus ramas extenderse y fulgurar
Sobre el paisaje de un solitario.

El verde grito del sapo se torna líquido en mi alma.
Y como el topo
Que mira las bóvedas de la tierra,
La frase, urgente misiva, desgarra su envoltura.

Ambulo ciego y busco los treinta y tres clavos sobre el piso;
El alfabeto del bosque me restituye las palabras sonoras, ya pronunciadas.
¡Os ruego!
Miembros de la aventura, modelad el limo de nuestro semblante.
Los párpados se ahuyentan, el cielo se construye.
Súbita virgen, ¿eres tú como el océano
Que resplandece de pronto en este abismo de ceguera?

En tanto que se eternizan, en la encarnada espera de mi sangre,
El clamor, el estrépito y la velada voraz de las chinches,
¡Levantáos, espadas, en la plata de vuestra fuerza,
Y arrancadme de este horno!
¡Desgarradme, uñas, esta corteza y estas membranas tan pesadas de sueño!

Las aristas del sílex, la cal y el follaje de las rocas
Se enarbolan en mis ojos.
Bajo el peso y el sonido de tu presencia,
Los muros de mi guarida se yerguen en las raíces de la tormenta,
¡Fértil estrato de la noche!
Y mi sombra se regodea en la soledad de tus muros.

Se ciñen las llamas de las cortinas a las cañas de mis arterias;
¡No es el nimbo sino la huella del duro casco!
Aprestaos a descender, tan lúcidos como el aire del cielo, a mecerme, pájaros;
A fin de que mi corazón en gozo recuerde la frescura de las aguas.

Pero, oh Lázaro, ¿quién mojará mis labios en estos parajes?
¡Quién de este mundo podrá morder la maleza de mi exilio?
El infortunio toma en mí las formas del continente;
¡Y el alma siniestra de fango
Macula el templo y las sedas eucarísticas de su asilo!

Ausencia 1932

A.M.E.

A la que fue todo amor,
embriagadora y cortejada,
Lucrecia Borgia,
mi ancestro bienamado.

Para vosotros, mis compañeros de exilio,
Henri Michaux, andré de Pardiac de Monlezun,
Aram D.

Mourandian

Versión de Gonzalo Escudero

* * * * *

IV.

Estás ahí en medio de la noche, Señora,
Aparecida en el instante, Señora, en medio del invierno de mi noche.
Me he dicho entonces: Si bien recuerdo, Alejandro fue un gran capitán.
Y el rey Salomón vivió solemnemente como un gran rey.
Mas me tiene sin cuidado Alejandro y no soy el rey Salomón.
Y no tengo nada, nada que decir de la reina de Saba.
Pero a vos, alta y bella,
Señora, ¿tendré la memorable suerte de interrogaros?
Muchas gentes me rodean: amigos y parientes,
Yo lo admito,
Muchas gentes que me desafían.
Pero ciertamente ellas tienen razón, ciertamente.
Y esta malla interna de sangre, esta malla de sangre que me lacera los ojos,
Tienen razón porque esta malla de sangre bien lo prueba.

No obstante, tranquilizaos, que no siento por vos ni cólera ni tristeza,
Ningún deseo de morir,
¡No!

Las atenciones tampoco me afectan.
Sois libre de hablar y regocijaros, en excelente compañía,
sobre estos mil pensamientos que permanecerán para
mí eternamente secretos.

Y todas estas gentes que os rodean y están ahí, gravitando en torno vuestro,
Señora, son libres también para comentar mi caída y mi despecho.
¿No lo había yo predicho desde hace largo tiempo?
Señora, entre ellos, parece que se encuentra alguien fuerte y rico en gracias,
Alguien bien acogido a quien yo le enveneno, le corroo y descompongo
en todas las digitales de mi rencor y de mi espíritu.
¡Así pues, que él desconfíe de mí!
¡Cuidado con él!

De ningún modo mi venganza se privará de una presa tan bella y tentadora.

¡Y que silencie y, si le parece bien, se marche a cualquier parte!
¡Que silencie!
Yo le digo: mis brazos tiemblan extrañamente y mi voz se torna dura, sombría y solemne.
Yo le prevengo: los días, sí, los días de su espera, lo juro, no serán de gozo fácil.
¡Más bien de sangre, de sangre!
A menos, Señor, que las flores,
Que las flores dulces y lentas vengan a hablarme de un perfume
aún más penetrante que los soplos del olvido.

Días de vergüenza, días de angustia.
¿Cómo no le han hablado de ello los astros?
¿Dónde se oculta este hombre?

, ¿qué hacía él de la luz de los sueños?
¿Se demora y se olvida el viento en su pensamiento?
El viento de la selva me trae obscuras palabras, obscuras amenazas.

Viento amigo, socórreme, que tu advertencia será el pesado lastre de mi venganza,
Hazlo de suerte que este ser de elocuencia lo sepa;
¡Que advierta mi poder y mi naturaleza de ángel o de condenado,
poco importa!
Que advierta, en tiempo oportuno, el terrible color de mis miradas.

¿Mas para qué?
Ciego, viviré en adelante las horas que he vivido.
Olvida, viento, mis desgarradas palabras,
Y perdona, te lo ruego,
A este ser altamente privilegiado,
A este hombre que aborrezco y envidio
Tanto y tanto.

etc.

* * * * *

VII.

Muchos insectos en torno de un solo pensamiento,
Pero el mío está ausente bajo un cielo de lluvia.
¡Y tú has venido un día, Pizarro, acicateado por una gran pasión!
Como tú, fantasma, enciendo mi alma cerca de la extraña floresta,
Donde tú amabas antes aspirar el tenaz aliento.
Pero cuántas de estas pupilas nauseabundas me envuelven asimismo,
Como en la hora de angustia, pesada y mala para tu espíritu,
Y se demoran en mirarme languidecer.
¡Morir!

Lejos de aquí los ojos
Y el noble espíritu tan cerca de las cadenas que mi corazón han ceñido.

Me llama la sangre.
La sangre de los días de éxtasis, más acompasada que la mar.
La sangre que no olvida jamás y que me invade con su color terrible.
Que este inútil viaje de los ojos termine pronto!
Así el paciente corazón anhela volver a ver su sangre
Y gozar de una codiciada sombra, más dulce y más propicia en su temblor de quejumbre.
¡Mas que regrese pronto!
Porque ella me espera, mi Esposa, con la mirada al viento, allá lejos,
blanca y secreta como la nieve de una estrella nueva.

Ah Señor, si he recorrido una patria mala, tened piedad de aquél que os ofende,
pobre infante olvidado en las espinas de su calvario.
Os grito: ¡Señor, curadme de la mar inmensa, de mi tristeza grande y del astro
banal que ilumina la tierra de mi tormento!

La noche se torna más grande y más densa,
buscando perdidamente sus sombras.
Grande es mi infortunio.
Abriré mi corazón a las bestias bravías que recorren el mundo como el fuego de las arenas.
¿En qué nuevo Espíritu buscaré alojamiento?
El opio desperdiga mis sombras, derramando sobre todo párpado su melancolía de ausencias.

Y añade el corazón desesperado:
La ausencia!
La ausencia sin límite.
Oh cómo está lejano mi hogar de gloria.
Oh labios amadores, las lágrimas no son tan profundas como para llorar tanto
vuestro alejamiento.

¡El cielo endurecido no resuena!
Flores sin tallo que tienen el peso de la sangre.
Y la noche se vuelve más dulce, más próxima y más estrujadora:
¡Abrete!
Abre tu sueño a mis alientos,
Porque soy la libertad de las brisas.
Porque traigo con los siglos la convalecencia de tus pupilas.
Está presto el camino, la forma del sueño busca su destino.
Oh labios, el tiempo os apresura,
Restituidme a mi cielo de inteligencia,
Que el solo contacto de irreductible amor lo aseguro en este reino de vida.

* * * * *

XIV.

Estos muros de sombra, que se los abandona, estos solemnes muros
de arcilla somnolienta,
Que se los abandona a su familiar suficiencia bajo los cielos,
Y a su diálogo de polvo.
Como las piedras que se despiertan tiernamente en el instante más húmedo del año,
Que se maravillan, descubren y tienden sus cuerpos endurecidos a la espuma
que los envejecerá sin tardanza.
El umbral se viste con la sombra alerta de mis manantiales y de mi espliego.
El umbral me llama y solicita.
¡Qué ternura en nuestros gestos!
¡Oh dulzura y transparencia de nuestras miradas!
Y el sol no es sino un encarnado soplo en la tarde.

La brisa, se derrama como un llanto solitario
A lo largo de las hojas adormecidas.
Todas las cosas por el mundo se juntan y se estrechan,
Todas las cosas se estrechan en la profundidad de sus rodillas.
Oh Tierra, tú gozas
En la cosecha y la savia de tus frutos.

Y aquél que se interna en los sueños
Y devora deleitado los panículos del maíz.
Pero si el enfermo contempla
A contraluz la membrana sanguinolenta en el intersticio de sus dedos,
Ah cómo se lamenta
Por este indefinible y perpetuo gemido,
Por el estridente clamor en los vidrios arenosos
Yen las harinas y la cascada del molino.
¡Astros en mi espíritu, él dice, ni vosotros
Ni el agua múltiple en la potencia de sus voces,
Ni vosotros, palabras bienhechoras de un día,
Podréis devolverme la sangre febril de mi amor!

Aquí abajo, por lo contrario, la más verde de las moscas,
Rumorosa reina en el ojo ventoso de la cerradura,
Se deleita noctámbula en las cavernas umbrosas
Y en las grutas innumerables de un palacio fastuoso.
Que retumbe un gran sonido en los lechos sonoros del viento alisio:
El grillo,
Por las puertas malvas de su hierba
Restituye el asilo y la querencia de su morada.