Agua dormida

Agua dormida de aquel pilón:
agua desierta;
agua contagiada del conventual
silencio de la huerta.

Agua que no te evaporas,
que no te viola la cántara,
y que no cantas, y que no lloras.

Tu oblongo cristal
es como el vidrio de una cámara fotográfica
que retrata un idéntico paisaje
de silencio y de paz.

Tus húmedos helechos,
un cielo siempre azul, y quizás
un celaje…

Tú a la vida, jamás, jamás te asomas
y te basta de un álamo el follaje,
y en las tardes, un vuelo de palomas…

Agua dormida,
agua que contrastas con mi vida,
agua desierta…

Pegado a la cancela de la huerta,
de sus rejas detrás,
¡qué de veces de lejos te he mirado!,
y con hambre espiritual he suspirado:
¡Si me dieras tu paz!

Antiguallas

Casas de mi lugar que tienden a desaparecer:
raras casas que aún suelo yo encontrar.

Es de ver
la amplitud de los patios empedrados,
el brocal con arcadas de ladrillo,
los arriates adosados a los muros
(altos muros patinados y sin brillo)
y la parra que se afianza entre sus grietas,
y macetas, y macetas, y macetas…

Los equipales criollos
debajo del corredor;
cocina que es comedor;
los enormes cajones despenseros;
mesas de pino
tan blancas como el lino
que duermen en los roperos;
(lino fino de enantes;
lino de las estopillas y de los bramantes…)

Y las amplias escaleras y los breves ventanales;
y las vidrieras
de vidrio poligonales;
y los viejos cornizones de los labrados balcones
por las lluvias carcomidos,
donde por turno hacen nidos
golondrinas y gorriones.

Cuartetos

Aunque el uno es insomne,
y el otro un somnolente,
el gato y el grillo se parecen
en que buscan del fogón
la ceniza caliente.

Ron, ron del gato;
del grillo el cri, cri persistente;
límpida noche en enero
temblando en estrellas.
Cruzado de brazos
el gato medita;
y el grillo parece
que está de rodillas.

Penumbras friolentas
enturbian mi estancia.
Roto sedimento de amarga fragancia
vaga en el recuerdo
de vieja ilusión.

Hay algo que vuela
y algo que se esconde.
Y en estos instantes
que el tiempo alargó,
callan dos silencios
y hablan dos rumores:
el gato y el grillo;
las sombras,
y yo.

Despertar

Sueños de la mañana
de la alcoba en la semioscuridad.

Despertar indolente en que se siente
la necesidad
de continuar el diálogo interrumpido
con la fantasmagoría nocturnal.

Aquella semivigilia en que aún hay
la indecisión de lo que en sueños vimos;
aquella incapacidad
de descifrar lo que sentimos,
pero en que aún tiembla brumosa una nostalgia
con las fosforescencias de una tenuidad.

Se ha callado en su ranura
suspendiendo su nocturna partitura,
algún grillo
que ha ocultado su martillo,
monótono cual la marcha
de un péndulo de bolsillo.

Y en tanto bruñe un espejo
un dejo en la oscuridad,
y descifra una rendija
una ecuación matinal,
en un pretil de la casa,
una saltapared
repasa
sus métricas de cristal…

Diálogo

Los mismos sitios y las mismas calles.

“Días como tirados a cordel”,
tan lisos y tan sin detalles.

Cual el tic-tac de un reloj,
isócrona la vida,
y monótono el latir del corazón.

El propio sol adormilado y yerto
echado como un perro junto al huerto;
las mismas puertas en los mismos quicios;
la campana de hoy que es la de ayer
y ha de ser la campana de mañana;
la eterna catecúmena campana
llamando a los idénticos oficios…

Senectud del monástico mutismo
de una vieja ciudad puesta en catálogo.
Y la lentitud de un diálogo
consigo mismo…

Inicial

Fue mi libro de texto un amor escolar;
fue una muchacha triste, la que llegó a quererme
tan hondamente que dejó al pasar
por sobre de mi vida, todo su atardecer.

Aún de la colegiala traía la manteleta
azul de las internas, allá cuando en la escueta
sala de dibujo, en la gran sala,
fue nuestra primera, recóndita estafeta,
una violeta.

Esbeltez de gacela,
sabidurías de abuela,
arranques de Graciela,
y los dulces resabios de la escuela.

Sus manos, lenidades de paloma,
sus manos escolares que me empeñé en besar;
sus manos que exhalaban el aroma
de un lápiz acabado de tajar.

¡Qué funestos augurios los de aquellas ternezas!
¡Qué tristezas tan hondas las de aquellas tristezas!
¡Qué la vida tan irreconstruible y fatal!

No volvió a vacaciones…
Hoy un huerto la esconde…
Fue una página en blanco; fue una página en donde
comenzada aún, se mira una roja inicial.

La casa de Doña Juana Nepomucena

El huerto umbroso, y aquel rosal
que se alcanzaba, desde la sala
de la casita a divisar.
La viejecita que allí vivía;
la viejecita que me contaba
mientras bordaba, mientras tejía,
vidas de santos,
raros portentos,
y tantos cuentos
de encantamientos y brujería.

Y las toronjas junto a las rosas:
—huerta y jardín—
Y ante al puerta
de aquella sala que era zaguán,
en su consola,
por entre lozas esplendorosas
de arte nipón,
junto a los oros de vieja taza,
aquel San Juan
Nepomuceno, que de la casa
era el patrón.

¡Qué lontananzas más obsesoras
miro al través
de aquellas horas
de mi niñez!

Buena señora que el alma añora,
¿qué es de tu gato y tus antiparras?
¿En qué almoneda lucen ahora
sus azulejos aquellas jarras?
¿En qué alacena duerme la taza…?
Dilo a mi pena: ‘¿qué es de la casa
de Doña Juana Nepomucena?’

¡Ah viejecita que me contabas
cuentos de brujas y encantamientos…!
No todo es ido, no todo ha muerto:
llevo en el alma tu umbroso huerto;

aun brilla el brillo de tus agujas
que me bordaron el pensamiento;
y aun fresca siento
la mansedumbre de tu casita
que olía a convento.

La gotera

Llovió toda la noche.
La llovizna final aún parpadea
un húmedo rumor en la azotea;
archivo de hojas que moviera el viento.

La oscuridad del ámbito se duerme
desvelada dentro del aposento.

La lluvia ha hecho
que se filtre el agua
y se traspase el techo
destilando metódica en la estera
del piso de la pieza,
una gotera.

Esbozo musical que se devana.
…Ritmo alterno
de arteria o de campana:
Tic…
Tac…

Si motivos de música de cámara
la llovizna ejecuta,
la gotera en el suelo pertiguea
la ley de una batuta.

Hay algo que recóndito se afina;
la oscuridad es morfina
propia para soñar.

Abranse de par en par
los sencillos postigos de la infancia.
Perspectiva interior de la distancia,
que tan cerca del alma se veía:
la vieja casa conventual y fría;
las grandes y recónditas alcobas;
los cuentos de los duendes que ahí andaban
cambiando de lugar a las escobas.
Y el bullicioso gozo;
y el asomarse al pozo
por distinguir la arruga
que en el agua dejaba la tortuga.

Recóndita virtud de aquellas cosas
que se amplían en el alma a la manera
del vidrio de una esfera.

Gotera
de renguera
desigual:
Tic…
Tac…

Clepsidra cuya gota horada el tiempo
con caída de ritmo vertical;
rumor que asemeja al de la péndola
que en la sala de ambiente colonial
rebanaba el silencio de las horas
con el filo de su disco de metal.

La nave de la China

La nave de la China
que llegó a Acapulco
le trajo a la noble
Marquesa de Uluapa
un cofre de laca
color de vainilla;
y ornado de alados
dragones dorados
y de extrañas flores,
unos dos tibores.

Pero a mi me trajo
algo que es mejor:
a mi me ha traído
olvido de amor.

La nave de la China
trájole al Virrey,
para su hija Pía,
la milagrería
que abre un abanico
tejido en carey;
y para su esposa
el cristal tallado
de un frasco colmado
de esecia de rosa.

Pero a mi me trajo
algo que es mejor:
a mi me ha traído
olvido de amor.

Pena que se queda
del camino a un lado;
fórmula anodina
de oriental receta;
humo que las penas
ve con telescopio.

La nave de la China
hoy ha facturado
para mi dolencia
cansina y secreta
una libra neta
de ensueños y olvido
bajo la etiqueta
que asegura:
¡Opio!

Los cuartos de hora

Dos gotas de cristal que rebotaran,
y al rebotar sonaran
con timbre desigual: tín… tán… tín… tán.
Así suenan los cuartos de las horas
del reloj parroquial.

La noche es una lámina astronómica
de mármol, donde van
rebotando los cuartos de las horas:
tín… tán…
tín… tán…

Pienso en la ausencia de la vieja casa;
el amplio comedor dado de cal;
la cantera porosa en que se filtran
alternas gotas que también dirán
al caer sobre el agua de la cántara:
tín… tán…
tín… tán…

Los sueños andan por la cabecera;
la alcoba memora la vieja y casera
canción primordial:
Señora Santa Ana, ¿por qué llora el niño?…
que es como un perfume en la oscuridad.

Voces de la noche que son el cuadrante
que el tiempo avalora:

Con seguridad;
una hora antes del amanecer,
el grillo se calla;
y en integridad,
el reloj caduco y comanditario
antes del signo XII
cuatro cuartos da
que de a dos en fondo,
prolongan la hora:

Tín, tán.
Tín, tán.
Tín, tán.
Tín, tán.

Palabras sin sentido

Aunque la mañana está soleada,
tiene algo de una celda abandonada.

Habla la casa porque está callada;
y en un encogimiento del espíritu,
se me forma algo intrínseco…
…por nada.

Palabras sin sentido;
ecos de quién sabe qué ruido
se repiten las cámaras desiertas
de la desierta casa en el olvido.

Hay un rumor como el del agua de un
surtidor.
Quizá el viento que se aleja,
y que al alejarse deja
la cúspide de una queja.

Voces sin voz que entiende el corazón;
rumores que así van de pieza en pieza;
palabras sin sentido;
ecos de quién sabe qué ruido,
que ponen diafanías a la tristeza.

Panoramas

Panoramas de la mañana
que alcanzo desde mi ventana.

Sillares y molduras de la iglesia
que se detallan por lo tan cercana.

Mañana ventosa
que en el arbolado de la plazuela
combina en los ramajes
muecas y caras,
risas y cabeceos,
cual si fueran los de un corro
de vecinos en chismorreos.

Unas golondrinas
violentas platican
sobre una cornisa;
y bajo el alero
se engríe un panal,
que tiene la traza,
como de campana
de papel de estraza…

Y aturde en la torre una otra campana;
(pero de verdad:
una vieja esquila
que tiene voz de chiquilla
y un siglo de edad.)

Repica y se aloca,
voltigea y toca,
de prisa, de prisa,
pero tan de prisa,
que la vieja loca
se ahoga de risa…

No sé qué prefiero:
si el panal callado bajo del alero,
si el cinematógrafo del arbolado,
o si de la esquila la prisa y la risa
dentro del campanario de torreón longevo,
y que así me aclara la impresión precisa
de loca gallina que se escandaliza
porque puso un huevo…

Perfumes de Haba Tonka

La tabaquera de mi tío Jacinto:
de aquel mi tío abuelo
a quien yo conocí de rapazuelo…

Tabaquera que encontrarme suelo
junto al estuche de peluche y broche
que enmarca una belleza de mujer,
en el azogue viejo
de un primitivo Daguer
grabado sobre un espejo.

Tabaquera de negra goma que incrustan flores de nácar
y que trasciende a haba tonka.
¡Qué bueno era aquel tío
del alma suave y de la voz tan ronca!

Hoy es su tabaquera la taquilla
donde compro boletos de pasaje
para un viaje:
viaje de ensoñación,
donde por equipaje, único
llevo mi corazón…

Sitios que nunca he de ver;
dirigibles palomas mensajeras;
esperas imposibles;
retrógrada vereda que monta al avenir…
…A veces un idilio romántico
un idilio ‘gofir’;
a veces, una niñada tonta:
algún pito de barro de los de antaño,
o bien, una cajita de soldados de estaño.

Pero a veces se aquilata legítima realeza,
pues llegan ilusiones
contagiadas de tristeza…

Perfumes de haba tonka,
esquife, trasatlántico, expreso o aeroplano;
soy a veces Gulliver en Lilipucia,
a veces soy enano…

Y habrá quien no lo crea:
Mas si mi rima es loca y bambolea
y no cabe en su módico recinto,
es porque me marea
con su aroma a rapé y a panacea,
la tabaquera de mi tío Jacinto.

Procesional

Aquella Hermana de la Caridad:
aquella Sor Asunción,
que bajo la toca
lleva una boca
de forma de corazón.

Corazón que es dilución
de una escala cromática:
(el color del labio superior es sonrosado,
y rojo ultrasanguíneo el inferior).

Aquella monja que se parece
a una artista de cine, de película italiana,
que yo vi bajo la luna,
en el auge lumínico de una
convaleciente noche de abril.

Monjita que a la artista te asemejas
en la dulce mansedumbre de tus ojos
y en el rictus doliente de tus cejas.

Tarde de procesión en los claustros del Hospital.

Palio que es un toldo al SACRAMENTO
formado por bordados de un gran chal.

Temor de los gorriones del jardín
que vuelan desde el boj de los parterres
hasta un alto pretil,
si miran la invasión
de la procesión.

Enfermos que se asoman hasta el marco
de una vidriera cercana;
tintineos de una campana;
todo un frívolo ocaso que se esponja,
y acaso, mi indevoción,
si miro que aparece aquella monja
de boca de corazón…

Romanticismos

Viejas cajitas de música,
viejas cajitas de laca,
cuya tapa en rectángulo decora
la quietud de una pérgola,
o la prez
de los cármenes de Aranjuez:
Cajas de música de las que ya no vienen ahora.

Todo un mecanismo demodado:
un peine de acero,
un cilindro que gira,
y sobre
la mecánica del cilindro,
minúsculas púas de cobre.

Cajas de música acuosa
que cuantas veces las oigo tocar,
me dan una cosa
que en mí se pone a llorar.

Gotas de agua que caen sobre agua;
timbres de són gutural;
notas precipitadas en cascadas,
o lentas y prolongadas
como por un pedal.

Canciones de un oleaje de laguna
bajo el fulgor de la luna;
arca donde el Ideal se embarca;
cántico que me torna romántico;
música, que cuando toca,
el corazón me toca y me lo aloca.

Vieja sala, luz escasa,
silencios en la calle,
silencios en la casa;
espíritu alelado
que se embarga con voces del pasado…

…Una ruta tal vez que se bifurca,
o el último cequí de mi caudal;
y un viejo mecanismo y un peine de metal,
que repasan llorando una mazurca
o una pastoral…

Rumores

El nocturno abecedario
que nos habla en su dialecto
del insecto que en las noches
y en insomnios acompasa
sus rumores en sordina
con la ruina de la casa.

La puntual destiladera
conque ritmos de clepsidra
nos hidrata la emoción
con la nota de la gota
que al caer sobre del agua
dentro a la húmeda tinaja,
metaliza una canción.

Los ladridos que a la luna
lanza un famélico can;
los pasos que a media noche
oímos pasar por la acera
sin saber a dónde irán.

Y el ratoncillo que roe;
y el reloj que dio la hora;
y el viejo mueble que cruje
y las sombras en derroche.

El viento entre las rendijas…
¡Rumores de media noche!

Siestas dogmáticas

Apagado y rescoldo aroma
del profuso jazmín del corredor;
siesta cálida
en que es pálida
la emanación de la flor.

Llave del agua que tintinea
su gota pertinaz;
grifo de cobre, donde
a beber la gota de agua
disfrazada de monjita
se aproxima la torcaz.

Siestas dogmáticas de canónigo en el coro;
oro agresivo de calientes siestas…

Y estas quietudes de los canarios en la pajarera
bajo la red de alambre;
y esta hambre espiritual;
y esta íntima divagación;
y la ronca intromisión
del reloj familiar que se propasa,
cuando enturbia el silencio de la casa
tañendo su bordón de catedral…

Soldaditos de cristal

Lluvia del aguacero,
lluvia de agujas de acero,
lluvia llena de olores y de ruidos
que me mueves el alma y los sentidos.

Qué lejana visión en ti se afina:
Cuando eras citadina…
Cuando eras pueblerina…
Cuando eras campesina…

La urbe episcopal, vieja y lontana…
mi pueblo… mi casona… mi ventana…
la granja con su olor a mejorana…
Fresca siempre al caer y siempre bella;
pero ya no eres aquella:

La que con mi devoción
rezaba su honda oración
allá dentro de aquel hueco
barítono canalón.

Cuando eras agua bendita
para mi alma que contrita
y neófita en su emoción,
acaso en ti comulgaba
su pristísima comunión.

Cuando soñaba y soñabas,
cuando te hablaba y me hablabas,
cuando eran alma las cosas,
cuando del patio ancestral
marchabas sobre las losas
en un desfile marcial
de infinitos soldaditos
de ejércitos de cristal.

Suenan las III

La grande habitación
que el grande espejo
agranda más.

Sobre la antigua consola,
el viejo reloj de bronce
bajo el fanal de cristal;
y penumbras y friolencias
en que la poquedad
de mi lámpara,
no basta a evaporar
el frío de mi soledad.

Escenas y efemérides vacías;
lógicas y rebeldías
intrincadas en lances de episodios
que baraja en su código el azar:
Proceso nocturnal de hora callada
en que el alma ya no espera nada,
porque fuera impudor esperar.

Anémica la lámpara vacila;
afuera sopla el viento.
Se perfil la noche y se acelera.
Y en despertar soñoliento,
como arrastrando los pies,
sonámbulo el reloj balbucea lento:
Una,
dos,
tres.