A veces la gripe o la garganta venían a salvarme de un día de escuela y de un maestro con joroba que tuve. Mi madre me preparaba entonces una taza de leche caliente con miel y unas gotitas, bajaba las persianas de mi habitación con sigilo, como cuando moría alguien, y colocaba en mi mesilla un viejo transistor a pilas de color anaranjado.
Estoy solo. Palabras, apenas, me acompañan,
Su sonido crepita en mi interior
como ascuas de memoria que cuentan la falsedad
de los verbos que alguien grabó sobre mi frente.
Han ido muriendo los instantes
como una inútil sucesión de olas
que alcanzan sin porqué la orilla.
Hay palabras que ya no decimos,
que se quedan varadas entre el deseo
y los labios,
que se arrastran por nuestro cansancio
y son espuma.
Van cayendo los días sobre nosotros
como una tormenta de costumbres
que ha empapado de inviernos
el libro que guarda
nuestra ruta de regreso.
Te gustaba sentarte sobre una roca. Apoyabas el pecho
sobre las rodillas y te cubrías
del azul ilimitado del océano. Luego,
te dejabas navegar como bote a la deriva.
En silencio observábamos
el tránsito inseguro de los barcos de pesca
que se alejaban con lentitud
de la costa de Cedeira.
Si Dios me diese la oportunidad
de regresar a mi pasado,
no guardaría tantas lágrimas
ni tantos besos.
Salpicaría todas las mañanas con un verso nuevo
que llevarme a los labios,
me dejaría navegar salvaje
donde antes me atenazaba el miedo,
no amagaría aquel abrazo
que se perdió por siempre
en lo más profundo del reproche.
Después de varias copas,
de humo de cigarrillos, risas,
alguien me preguntó
inesperadamente
¿qué es para ti la poesía?
Contesté que, si bien,
no creía en definiciones,
la poesía se semejaba más a una enfermedad
que a una ciencia.
A veces me invade el pasado
como una enredadera que oxida mis paredes
y sangra lágrimas ocultas
que no puedes ver ni comprender ni apaciguar.
No es fácil navegar en la oscuridad,
adentrarse furtivo en el pretérito
y asesinar con rencor
la voz de lo perdido.
Pienso que, al fin,
no sería tan difícil
despojarme de tu voz,
de tus manos entrelazadas en las mías
como buscando entre mis dedos
una promesa que nunca te hice.
No resultaría tan difícil olvidar
la urgencia nocturna de las sábanas,
tu cuerpo y el mío como frases agitadas
aguardando unos labios que las nombren,
buscándonos entre sujeto y predicado
un verbo que nos hiciera imprescindibles.
Esa ceniza gris
que invade los objetos,
esta mano varada en mitad de la mesa
aguardando tu mano,
esa latitud sin voz
que son las fotos,
esos espejos que ignoran
lo que fuimos,
esta pluma sin sangre
en las venas,
este folio blanco
como el mar de los muertos,
esta risa sin ti,
este día de luna llena.
Tu recuerdo es
un hilo del que cuelga mi vida.
Sólo cinco dedos me sujetan.
Qué dulce y dolorosa es, amor,
la caída.
A veces era domingo
y llovía.
A veces oscurecía de repente
y las casas encendían sus luces
al fondo de la noche.
En una de aquellas luces
yo te imaginaba;
imaginaba tu habitación
llena de peluches,
tus juegos de cartas con olores,
te imaginaba tendida sobre tu cama
escribiéndome cartas de amor,
dibujando corazones rosados
que contenían mi nombre,
y como la imaginación es perversa
y no sabe de derrotas,
te imaginaba a ti
imaginándome a mí
del mismo modo.
Aquel año visitamos todos los cines de la ciudad.
Fue una locura.
Los miércoles hacíamos cola para ver los estrenos.
Los viernes
ocupábamos vacío en las duras butacas del Internacional; películas en blanco y negro, actores que lapidaban su amor
en Cinemascope.
Callabas.
Bajo la blanca noche de agosto
temblaban estériles y ausentes
las sombras de nuestras figuras,
como el rumor del viento
que nacía de los árboles
y moría en nuestros labios
sin decir nada.
Una bandada de pájaros negros
cruzó por nuestros ojos,
sin saber a dónde ir,
dónde esconderse.
Decías unas cosas que me asustaban.
En cubierta el pelo ondeando al viento como una bandera-
camino de Turquía.
Hablabas distante de lo hermoso de lanzarse al mar,
sentir en la piel el contacto permanente, ser distancia
sin frontera.
Esas cosas decías.
En esta alargada sombra
en que deriva la vida
aún queda un trozo de mar
azul e inmenso
en el que podemos soñar
que donde se extinguió el amor
aún quedan frescos los labios,
que donde secaron los labios
aún permanece,
húmedo, fresco y rosado,
el roce de su poesía.
Te desnudas frente al espejo ciudad cansada-
y caen como polvo
las prendas que te visten y aquellas, invisibles,
que te protegen.
Te invade de repente el olor a callejón de medianoche,
a vidrios rotos, a borrachos de aliento impertinente
que cantan la falsedad de los años.
Cada uno de nosotros encierra un barco
que sueña travesías y playas y un puerto cercano
donde pasar la noche.
Hay latitudes que recogen nuestra infancia
y curan nuestra piel de salitre
con devoción de madre,
hay otras latitudes que aguardan nuestra visita
con piel desconocida.
En todos los puertos habita
una prolongación de mí ojos,
piel,
sístole,
diástole,
labios para un beso-
que nace o muere cada día.
Son ojos,
piel,
puerto,
travesía,
de los pequeños dioses indígenas,
blancos y negros,
que habitan la isla que soy
ayer,
hoy,
mañana.
Hablamos y reímos.
Por dentro de la piel
también lloramos.
El mar quedó
salpicado de palabras.
Era inútil ahogar tanto pasado
en la brevedad tan frágil
de aquel instante.
Pasaron las horas,
y, al fin, no fue el tiempo quién venció
sino el alma.
Como una cinta de vídeo desgastada por el uso
el recuerdo que tengo de ti
ha perdido el sonido
y algunas líneas.
París te cubrió de tiempo,
como una nevada de años que borra tus facciones
y al pensar en Rue Cambon
mis manos se llenan de cenizas
que no logro componer
y que ya no queman.
Lo peor de estar sin ti
no es que tú no estés aquí,
a mi lado,
llenando mi espacio
con tus huellas;
lo peor de estar sin ti
es no saber
si en este preciso instante,
estás pensando en mí
como yo pienso,
te está doliendo este dolor
como a mí me duele.
Un perro camina hacia mí,
lento y hambriento.
Camina receloso y cabizbajo,
clava sus ojos sobre mi miedo
y comienza a olerme de norte a sur,
de mi infancia
a mi presente.
Mueve su hocico frenéticamente
como si pretendiese
extraerme el aroma
o arrancarme el alma.
Siempre he sido débil,
inútil para descifrar el mundo,
para mantener creencias
que me tuviesen en pie,
firme frente al viento.
A veces dudo,
y suelo cometer la locura
de creerme
sólo si tú me nombras,
como si tu voz
fuese el sol
y yo la niebla.
¿Es tu hija, verdad? la he conocido
por la estrellas fugaz que hay en sus ojos,
la cabeza inclinada y la madera,
tan tuya, de mirar lleno de asombro.
¿Es tu hija, verdad? lo han presentido
-¡desde tan hondo-
unos vientos callados que dormían
bajo las aguas quietas, en el pozo
de los tiempos perdidos, donde guardo
las hojas que cayeron
de los sauces remotos.
Cercenadme esta voz donde anida la estrella.
Cercenadme esta luz, esta naciente albura.
No dejéis que mi aliento
surja de su maraña más límpido que nunca.
Ni el gesto de muchacha que se sorprende libre,
ni este duro clamor, esta palabra impura.
No pesantez de carne que se estanca,
sino ligero gesto en el espacio.
Curva que, prisionera,
hienda el aire en el salto.
Ritmo donde las alas
recuperen su brío.
(Los músculos se apresten a salvar los obstáculos.)
Oh, senos fugitivos, detenidos en vuelo
por el ineludible tallo de la cintura.
Yo soy esa muchacha que ha besado la tierra
para posar los besos que le sobran.
Yo soy esa muchacha que desea callando
lo que se aleja siempre de su mano vacía.
Blanda pulpa jugosa para mecer el aire;
blando temblor intacto que una caricia anega.
:dos se miran uno al otro
hasta que son irreales
entonces cierran los ojos
y se tocan uno al otro
hasta que son irreales
entonces
guardan los cuerpos
y se sueñan uno al otro
hasta que son reales
que despiertan:
dos se miran…
Para simplificar
pienso en tu sexo
El cuerpo de los cuerpos – lo que fueron
entre los dos y olvidaron
a veces los recuerda
En una ausencia simultánea
se interrumpen entonces
en sus lugares separados
Y no saben que viajan
como dos soledades que se citan
en alguna memoria ajena
que andan sin frentes y sin ojos
como el viento o los ríos
Y no saben si están van a estar o estuvieron
En sus lugares separados
ambos pierden sus cuerpos
– sin molde el alma flota –
mientras el olvidado encuentro dura
mientras el encuentro los recuerda.