Aire sólo

Aire sólo, fervor que callo y digo,
palabra que te nombra y te delata,
que te eleva en su vuelo o te maniata:
en mi boca te encierro o te prodigo.

Te dejo a la intemperie o al abrigo,
te guardo en ventisquero o en fogata.
Pródiga, codiciosa catarata,
vas en mi labio como fiel testigo

de todo lo que en él pones y eres,
de todo lo que en él tu sed convoca
y de lo que en su amor beber quisieres.

Silencia esta ebriedad que el labio aloca
y con el agua en que dichoso mueres
cúbreme, amor, el cielo de la boca.

Amor, eres lo único que tengo

Amor, eres lo único que tengo,
agua que entre mis dedos se diluye,
que cuanto más persigo, más me huye,
por más que mi penar sin fin prevengo.

Tenaz tormento que al latir sostengo,
casa en la arena que el azar destruye.
Lunar marea, medra y disminuye
la herida de vivir que en ella vengo.

Rota de sed, desnuda y calcinada,
mi boca tu veneno dulce bebe
y bebe tu palabra alucinada

mi oído fiel. Cautiva en tu mirada
se me queda la piel enamorada
del borbotar templado de tu nieve.

Brasa en la llaga

Brasa en la llaga, sal en cada herida,
sombra en el sol, carámbano en el fuego,
río de luz que fluye en ojo ciego,
brújula encandilada y confundida.

Vas en mis venas como va la vida
en el ardor oculto que trasiego
y afirmas en mi pecho lo que niego
con la voz traicionada y malherida.

Vas en esta palabra renacido
con una decisión de ser tan fuerte
capaz de hacer arder hasta el olvido.

Y yo, que renunciara a retenerte,
me abandono en el cauce de tu oído,
lengua del mal, guijarro de la muerte.

Cantos de la confrontación

“Morir no hiere tanto.
Nos hiere más vivir…

…Un triunfo puede ser de
diferentes clases.
Hay un triunfo en la estancia
en que esa vieja emperatriz, la Muerte,
por la fe es derrocada.

Triunfa el entendimiento más fino cuando avanza,
con calma, la Verdad…”
EMILY DICKINSON

I

Para saberme
era preciso que supiera
las líneas de mi rostro contra el de otros,
que toda identidad me fuera conferida por contraste,
que supiera qué soy
sólo a cambio de ver y de aprender
todo lo que no soy,
lo que nunca seré,
las rutas y las caras del ser
que me son más ajenas,
la nulidad que otro existir me ha conferido.

De este modo, no soy
o sólo soy, más bien,
todo lo que tú mismo
desechas y no eres.

Para existir
he tenido que ser el otro
el que no eres:
Tu sombra más querida,
la que más íntima
y opuestamente te refleja
hasta complementarte
pero, al cabo,
nada más
que una sombra…

Reducida al desierto,
a la profunda oscuridad sin nombre,
al reducto del miedo,
a la noche, al silencio,
a los más lóbregos ámbitos
donde la luz de lo viril no llega.

No soy por lo que soy,
sino por lo que tú no eres. Pero ahora
que pretendo por fin
definirme y nombrar
la realidad entera bajo mis propios términos
me encuentro con que saqueaste para ti
todo el oro sonoro de la voz,
el acervo frutal de los idiomas,
la virtud del lenguaje.

No sé pensar más que con tus conceptos.
Me enajenaste el mundo y con él
te llevaste la voz
que hasta había aprendido
la suavidad de las canciones.

Como el salvaje de la tempestad,
aprendí tu lenguaje para odiarte,
para insultar en ti mi mudez, tu avaricia,
la lascivia que tú saciaste en mí
porque me hizo necesaria.

Hoy tejo con mi aliento
una nueva palabra que no sea
nudo, lazo, cuerda de horca, hoguera,
cadena, yugo, afrenta,
servilismo cerril, ceguera, miedo…

Una nueva palabra
para nombrar el mundo
que veo con mis ojos
y que, algún día,
consiga que tú y yo
podamos dirigirnos uno al otro
sin sumisión, ni odio,
sin miedo, con la firme
franqueza con que se hablan los iguales.

Y el lenguaje
no sea ya
arma de guerra, insulto,
ni balanza parcial a tu favor
en el comercio que habremos de tener
para que el mundo
sea un sitio plural,
abierto, hermano,
más cálido y feliz
para nosotros.

II

Hoy puedo imaginar
el futuro sin ti.
Pero no me interesa.

Sola, he caminado sin tus manos.
Lejos de este refugio dulce de tus brazos,
reconocí la envergadura de mis alas,
dónde llega mi límite y mi aliento.

Ya no me engaño. Sé
que te he necesitado desesperadamente.
Puedo vivir sin ti, mas no sería
un galardón buscado.

He decidido que vivir a tu lado construyendo
un futuro distinto es más satisfactorio
y que vale el intento.

Lo demás está escrito en tu mirada
y en la alegría nueva que inventamos
como si fuera luz
entre nosotros.

III

Ay, los de siempre
habrán de repetir hasta la saciedad aquello
de que toda debilidad
tiene en nosotras su morada.

No creas una palabra.

Nadie le otorgaría
la pesada contienda que libramos contra la muerte
a manos menos diestras,
a cuerpos menos fuertes,
a mentes menos claras.

Somos las que libramos al futuro
de la aniquilación total y del abismo.

Por nosotras
la historia sigue el curso y las estirpes
desmienten el naufragio.

Pero, además, la vida
nunca yerra su curso,
ni en sus sabias razones se equivoca.

Nadie tiene derecho a despreciarnos,
ni a definirnos un destino
por la tormenta que nos bulle
debajo de la piel,
ni a reducirnos
a repetir sin pausa
los cabellos de Circe,
la belleza de Helena,
la esclavitud largamente elogiada de Penélope
o el destino de Juana,
muerta en la hoguera
por defender un reino que era ajeno.

Condenadas a una fertilidad de piel y sangre
¿nadie gritó en el día de la mutilación?

¿Es porque la otra herida
no sangra que han creído
que no fuimos castradas?

No busquen en el himen
la mancha del oprobio.

El alma nunca sangra
y el espíritu herido
deja el vestido intacto.

En blancos algodones,
envuelta en el sudario
de la resignación, no puede
la conciencia gritar su descontento.

Engordaron la víctima, cebaron
a la bella borrega del festín.

Ahora, cuando a veces
nos quisieran pensantes
los inconsecuentes de siempre,
por Dios, ¿de qué se quejan?

IV

Sin embargo,
ningún oprobio ha conseguido
quitarnos el caudal de la ternura.

Somos más fuertes porque en el desierto
del odio no dejamos
que se secara el agua del afecto.

Porque a pesar de heridas y de afrentas
la piel del alma la tenemos suave
para seguir amando.

Si nos hemos doblado bajo cada tormenta,
nadie pudo quebrar
la voluntad de ser que nos sostiene
ni secar el amor,
ni mancillar el fruto de los besos.

A veces, creo
que, en el fondo,
los que nos llaman débiles
en realidad
nos tienen tanto miedo…

Donde acaba el silencio

Allá, donde los caminos se borran,
Donde acaba el silencio,
Invento…
La mente que me concibe,
La mano que me dibuja,
El ojo que me descubre.
Invento al amigo que me inventa,
Mi semejante…

Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra,
Libertad que se inventa y me inventa cada día.

Octavio Paz

Desmayarse, atreverse, estar furioso…

I

Me llueve, me recorre, me derrama
Mi piel en fuego líquido convierte;
Me asesina, me salva de la muerte,
Mi ser todo edifica y desparrama.

Me besa, me abandona, me reclama,
Juega a los dados con mi propia suerte.
Rebelde, dócil, insumisa, fuerte:
Me corta a la medida de su drama.

Pero a pesar de todo, estoy segura,
A pesar de distancias y despegos
Que nadie más enciende su ternura.

Vamos así viviendo entre dos fuegos,
Fundidos en la misma quemadura
Y en una sola luz dejados ciegos.

II

Beso la curva dulce de tu frente,
La boca donde el gozo está escondido;
Gruta de la palabra y el gemido
Con que abreva el deseo su corriente.

Beso tu barba donde se arrepiente
La luz de andar por bosque renacido
Y recorro el collado oscurecido
De tu pecho latiendo indiferente.

Beso la oculta, plácida cintura
Y el breve abismo que dejó tu ombligo
Sobre el vientre y su cálida llanura.

De la dicha en el íntimo postigo
Se me detiene el labio y su aventura
Por si alargo el placer y su castigo.

III

Silencio de la luz, sílaba oscura,
En ti el tiempo se encarna en polvo herido
Y cautivos, el ojo y el oído
Son el perfil del fuego y su figura.

La lengua de la llama su dulzura
En ti pronuncia con vocablo ardido,
Y en ese beso cruel, brasa y sonido
Dan al labio su goce y su tortura.

Tu caricia su lengua sensitiva
Afila en temerario, oculto diente
Cuya espuma triunfal su ardor derriba.

Y en ese frágil, taciturno puente
Salva el instante la belleza viva
Y en el sonido su pasión convierte.

IV

Vivimos en el fondo de la llama,
Habitamos el círculo del fuego,
Somos el sol oscuro, el ojo ciego
Y el vino que su incendio desparrama.

Ebriedad que conoce aquel que ama
Y que hambriento agoniza sin sosiego:
Heredad que persigue el andariego,
Sed que en un labio oculto se derrama.

Muerdo la carne que me tiene presa
Y me libera con su llama viva,
Fuego que anega todo lo que besa.

Y el eco de mi lumbre fugitiva
Hará perenne la sutil pavesa
De mi carne fugaz y sucesiva.

V

Puente de labios, cada beso nace
Y estalla, como la ola, en tu ribera;
Y no hay palabra en la que quepa entera
La llama en que ese vínculo se abrase.

Su lengua en otro labio bebe y pace:
Ascua, fuego, pavesa, lumbre, hoguera
Alimentan la sed y la quimera
Donde su hundido mástil arde y yace.

Abandonado a su tenaz ventura,
La doble luna su marea guía
Que mengua y crece con su luz oscura.

Y en su denuedo encuentra rauda vía
Para trazar la página futura
De una nueva y humana geografía

VI

Dame tu mano, amor, que vengo herida
No de espina sin fin, sino de rosa.
Dame tu mano donde el sol reposa
Y brota la ternura renacida

Dame tu mano: el agua embellecida
Por esta sed urgente y ardorosa
Con que la ausencia viene, hiere, acosa
Y deja a mi razón loca y vencida.

Dame tus manos, boca, pecho, frente
A salvo de distancias y de olvido
Que tu palabra, amor, no es suficiente.

Déjame que mi tacto se haga oído,
Que tu cuerpo su propio idioma invente
Y lo convierta en canto sumergido.

Espejos incendiarios

I

Amor que desazonas lo que tocas
y que al fuego le das color de olvido,
al gozo lo traduces en gemido
y la alegría en aflicción trastocas.

¿Por qué la reciedumbre de las rocas
no traduces en suave y tibio nido,
y del profundo mar enardecido
la furia entre tus brazos no sofocas?

En tus manos se siente el desgraciado
feliz y con riquezas el mendigo:
bien sé que tu poder es alto y fuerte.

Pero también que causas gran cuidado,
porque a quien se decide a andar contigo
das juntos gozo, llanto, vida y muerte.

II

Nostalgia de tus labios para oírte,
de tu cuerpo fugaz para abrazarte,
y de tu esquiva faz al no encontrarte,
y de tu raudo paso al perseguirte.

Nostalgia de tu voz al presentirte
en el labio que calla por besarte,
y en los ojos cegados por mirarte,
y en las manos sin tino por asirte.

Hoy de tu ser me queda el hueco ciego
de un amor que entre ausencias se concreta
afilando los dientes de su fuego

en la carne del alma, tierra quieta,
donde sembró su lacerante trigo,
con beso de traidor, labio enemigo

III

Ábrete paso hasta el brocal del canto,
al manantial de la inquietud primera,
al páramo sin grata primavera,
a la sima insondable del quebranto.

Sumérgete en los pozos del espanto
y cruza con valor la llama fiera
donde inició su viaje la primera
bala de vuelo hecho de sangre y llanto.

Y una vez en el fondo del sollozo,
en el centro del duro aprendizaje
de morir y vivir en rudo viaje,

comprenderás que toda risa y gozo
desemboca en las aguas del gemido
donde somos al fin polvo y olvido.

IV

Labio de joven plenitud soñada
¿Adónde abrevas tu pasión ardida?
¿En qué brazo de río calma, hundida,
tu boca su sedienta marejada?

¿En qué estero con luna reflejada
busca la noche su quietud perdida?
¿En qué pupila bebe de la vida
con avidez de tierra calcinada?

Yo que bebí tu sed de polvo herido
y tu sencilla suavidad de rosa,
párpado mudo, labio del olvido,

hoy te busco sin pausa en cada cosa
donde tu beso pueda estar perdido
como una dulce y vana mariposa.

V

Dame tu canto, sol, dame la vida
en la dulce bondad de la mañana.
Quiero, boca, tu beso de manzana
que endulce mi sonrisa florecida.

Quiero tu voz ardiendo en la encendida
claridad de la música que hermana
con el silencio su ala de campana
en ave que transita detenida.

Quiero tu beso, voz; tu canto, trino;
tu caricia sonora, labio ajeno;
tu palabra vidente y su sereno

cuerpo de inquieto y lacerante vino,
para beberlo en vaso donde fuera
sed que consume torturante espera.

VI

Voy a encontrarte, amor, por donde vengas:
si por la calle triste o el sendero,
por el vergel de mayo o por enero,
donde tu alado tránsito detengas.

Voy a buscar tu amor donde intervengas
para poner dulzura en el venero
de la amargura en la que, prisionero,
el corazón espera que al fin vengas.

Voy a besar tu boca en el estío
de ese yermo poblado por tus flores
y ese invierno entibiado por tu aliento.

Voy a tomar tus manos y en un río
de inacabables pájaros cantores
encontrará su espejo lo que siento.

VII

Voy a besarte, amor, voy a entregarte
entre mis labios toda la ternura.
Voy a dejar sobre tu boca pura
un beso que sea el sol para alumbrarte.

En la noche mi voz irá a encontrarte,
buscándote sin pausa en la negrura
y en un recodo la febril dulzura
de su palabra se pondrá a esperarte.

En esta boca insatisfecha, ausente,
donde ha sido la vida un largo viaje
desgranándose en cántico impaciente,

pondrás final, amor, a tanto oleaje
amargo que abrevó su sed urgente
dándole entre tus labios hospedaje.

VIII

Nadie escoge su amor. Yo no sabía
que me esperaba la ilusión más plena
en tu mirada cálida y serena
donde murió mi noche y nació el día.

No esperaba tu voz, ni su armonía,
que el aire con sus notas dulces llena,
ni que tanta ternura en boca ajena
con sus palabras el amor pondría.

No bastaría para agradecerte
por lo que me has brindado que te diera
hasta lo que me hace mayor falta.

Pues si no me bastara con quererte,
morir de sed ante tu boca fuera
ofrenda viva a la dicha más alta.

IX

Si te miro, te besa mi mirada;
si te escucho, tu voz besa mi oído.
Entre tú y yo los labios del sonido
se besan sin que nadie advierta nada.

No preciso palabra en la callada
heredad de tu aliento sorprendido,
que no conoce el frío ni el olvido
y que a mi lado crece enamorada.

Entre los dos el aire se estremece,
la mañana se cubre de rubores,
la luz alza sus altos resplandores

y el sol alumbra todo lo que crece;
mientras pasa el rebaño raudo y magro
sin advertir la fe de este milagro.

X

Si el labio, dulce párpado del beso,
pudo callar y ser tan elocuente
y la mirada pura tan paciente
para cortar el aire más espeso.

Si pudo estar en el silencio, preso,
el corazón de la pasión urgente
y sumergirse entero entre la gente
sin que nadie supiera de su peso.

Fue porque dentro de su cuerpo ardía
incontenible el fuego de la hoguera
de la más encendida primavera.

Y el corazón, sin pausa, esperó el día
más oportuno para dar la hermosa
ofrenda de su cuerpo vuelto rosa.

XI

¡Arder, arder, si entre tus manos fuera,
qué caricia tan dulce de la llama!
¡Qué suavidad del fuego que en la rama
es encendida y clara primavera!

¡Quién pudiera en el centro de la hoguera
ser la vegetación en que se inflama
y ser la voz de luz con que nos llama
a arder en la más cálida quimera!

Me quedaría entre tus labios presa
como un beso que a arder se ha abandonado
en el silencio más enamorado

de mi boca hecha fúlgida pavesa
y una vez sosegado su latido
con mi recuerdo quemaría al olvido.

XII

¡Quién pudiera en el sol quedarse ciego
y en pura luz sedienta arder consigo!
¡Quién en llama feroz, en enemigo
astro encontrar el más amable fuego!

¡Quién de tus manos se entregara al juego
y estuviera resuelto a arder contigo
sin importarle prevención de amigo,
amenaza, razón, consejo o ruego!

Quien así se concibe no pretende
ni lástima, ni envidia, ni baldones
de los que no comprenden lo que goza.

Porque el amor más puro a nadie ofende
y unidos los amantes corazones
alcanzan la alegría más hermosa.

XIII

Te escucho y siento el eco de tu aliento
hacerse ovillo en la luz de mi oído
y nunca oí a los hilos del sonido
formar madeja de más dulce intento.

Me has dado con palabras lo que siento
en un acento tan estremecido
que al pronunciarlas se me queja herido
el corazón con pertinaz lamento.

Con ese hilo de amor que tú me diste
el corazón cautivo fue tejiendo
su más profundo y cálido hospedaje.

Y en él a la pasión que en mí encendiste
traté de hallarle fondo descubriendo
la plena desnudez de su lenguaje.

XVI

El beso ha renunciado a la presencia
y la caricia viaja a la distancia
y el labio guarda la inquietud y el ansia
y la ternura se arma de paciencia.

La mirada se ve con resistencia
en la sola y aguda resonancia
con que mide la anchura de la estancia
que cobija los ecos de la ausencia.

Sin ti mi boca calla desolada,
se me hiela sin besos la sonrisa,
se me ahoga en silencio la mirada.

Sin ti la luz, la voz, el sol, la risa
son sombras de la larga llamarada
que busca su descanso en la ceniza.

XV

Quién pudiera dejar en esa boca
una caricia que desde el olvido
saltara sobre el tiempo defendido
y viniera febril, cálida y loca

a quebrantar tu voluntad de roca,
espuma desatada y cierzo herido,
con el entendimiento convencido
de que constancia vence lo que toca.

Triunfaría de ti si mío fuera
el tesón que los rostros de la tierra
modela con sus manos de agua y viento,

pero mudable soy, y pasajera:
Hoy mi caricia al aire mueve guerra,
mientras mi beso rueda por el viento.

XVI

Me rindo, ya no puedo más conmigo.
Cansada estoy de este vivir ausente,
de mirarte pasar entre la gente
y a tu lado marchar, mas no contigo.

El pan se hace enemigo de mi trigo,
batallan el que piensa y el que siente
en mi interior, y todo se resiente
como si en mí viviera mi enemigo.

Mayor penar que este dolor tan fiero
no he conocido, ni hay mayor tortura
que ver tus labios si los sé lejanos.

Y sin embargo, aunque de sed me muero,
la vida no me dio mayor ventura
que saber que en el mundo están tus manos.

XVII

Yo te invento, mi amor, de noche y día,
con esperanzas dulces y con dudas,
con rosas, con espinas tan agudas,
que clavan su tristeza en mi alegría.

Yo te invento de llama y lluvia fría,
de silenciosos gritos y de mudas
palabras, de verdades frías, rudas,
y de cálida y fértil fantasía.

Me invento cada día con paciencia,
aunque sé que tu boca está lejana,
un beso que me acerque a tu presencia.

Porque quiero cree que a esta inhumana
pasión de residir tanto en tu ausencia
no la alimenta una esperanza vana.

XVIII

Nadie volvió del cielo, ni ha contado
en qué consiste la mayor ventura,
ni ha descrito jamás tal aventura
el ojo que la dicha ha contemplado.

No se atrevió el sentido amedrentado
a proferir en cantos de dulzura,
ni habló de la tristeza y la amargura
de vivir de ese cielo desterrado.

Muero cerca de ti como si fuera
un exilado de ese paraíso
que cabe en el misterio de tus labios.

Habito así, mi amor, la amarga hoguera
en que tu ausencia cruel ponerme quiso:
No más tener de ti dudas, resabios…

XIX

Llueve en la noche y la quietud me llena
de una dulce y azul melancolía.
Hay un canto en la voz del agua fría
que apacigua la vida y la serena.

Siento el silencio que las cosas llena
de una mágica y quieta melodía
y en ella encuentra voz la fantasía
para tejer su música más plena.

Llueve en la noche. Pienso en la callada
palabra de tu labio estremecido
que no alcanzó la margen de mi oído.

Llueve en la noche. Yo te espero alzada
del sueño, con la fe puesta en tu mano
que en su caricia diga: No fue en vano.

XX

Con la voz desolada quiero hablarte
para que en ella pueda estremecerte
mi corazón deshecho por quererte
y muerto, en la distancia, de extrañarte.

Y no hay palabra fiel para expresarte
lo que en mi vida ha sido conocerte:
Mis ojos sólo viven para verte
mi amor crece con fe por esperarte,

mi boca entibia el beso por tu boca,
mis prisas no conocen acomodo,
mi sueño se desvive por la loca

quimera de estrechar tu cuerpo todo
y para ti se vuelca conmovida
hecha palabra mi ilusión perdida.

XXI

Tiene la voz una región de olvido
donde nombra el silencio lo pasado.
En ella se refugia, ya cansado,
mi amor desengañado y dolorido.

Aquel que tuvo en fuego tibio nido
y que del tiempo se creyó olvidado,
hoy llora solo, triste, amedrentado
de que por fin lo relegó el olvido.

Si a este amor tan ardiente y tan constante
pudo menoscabar el tiempo aleve
¿Qué no podrá vencer el cruel instante

que con paso seguro lleva en breve
al hombre más seguro y más amante
a ser tan móvil como el polvo leve?

Estirpe

Territorios de harina
levantados tan sólo en homenaje
al paladar del hambre,
no a la gula.

Casa donde jamás entró a medrar
molicie ni pereza.
Esfuerzo derramado inacabable
desde el primer hervor del alba
hasta el primer lucero de la tarde.

María con su cántaro repleto.
Cristina con canciones de cenzontles.
Isabel con las mieles escondidas
sólo para verterlas en el pan:
Su hijo, el más bendito,
el que nunca nació.

Bajo el alero y el gobierno firme de Mercedes:
Un manojo de llaves,
una dura bondad,
un gesto huraño
y la rabia en defensa de las suyas.

Casa de las mujeres,
casa del azafrán y de la harina,
de la torta de yema, el pan francés
y la cemita,
donde el canasto del pan de San Antonio
endulzaba su masa tiernamente
en las manos de aquellas que iniciaron
con el gesto del pan
este gesto en palabras que es mi canto.

Mi vida y esta voz
tienen raíz de panes y sabores
de canela y de clavo,
de azúcar de pilón y de panela,
de hojaldres, bizcotelas,
ataditos de dulce,
colaciones
y el amargo dulzor de las toronjas.

La amante

I

Un lento derramarse, un cielo en fuga,
un crepúsculo muerto sobre el agua.
Una raíz de sal que te sumerge
en la hondura más negra de su grito.

El agua viene y lame cada orilla
con su lengua de cántico y caricia
y amortigua la luz su llaga inmóvil
para no herir la entraña de la tarde.

Sobre cada colina deja un soplo
detenido el arado de los besos.

Las manos se persiguen, se acorralan,
huyen por los rincones, vuelan, gritan
o van a agonizar en tus cabellos.

Tú miras y vacías tu mirada
en el recodo oscuro más remoto.
Y la llenas de nuevo con aromas
de un país que recorres entre sueños.

Miras y vas sembrando de tus ojos
un territorio fértil y sangriento
donde el rostro más frágil y furtivo
se hace piedra y derrota en cada ausencia.

Tu miras y te inventas lo que miras.
Miras el sol y enciendes en la tarde
un universo de luces moradas
que derraman su vino en las pupilas.

Tu miras y en el fondo de la noche
nace la luz del alba sucesiva.

Vuelve otra vez, espejo del pasado.
Ábreme en las entrañas otra llaga
más permanente y mucho más deseable
que la herida que llora lo que pierdo.

Pues si el reproche afila con su lengua
la navaja fatal de los agravios,
tú matas con la sola certidumbre
de no volver a ver el rostro amado.

Recorres un sendero y se disuelve
la ternura en tus manos como arena
deshecha en las entrañas del arroyo.

Y en la quietud endulzas esta boca,
hecha de espada y hiel, arena y odio,
para lamer el tallo del deseo.

Entonces amo el tacto de tus dedos,
que no engaña jamás como las voces.

Pueden mentirme todas las palabras.
Mentir tu desazón y tu distancia;
mentir también el vértigo cerrado
de la pasión que encierra mis temores.

Pero tus manos, no. Tus manos tiemblan.
Como si fueran pétalos del agua
acariciados por la brisa fría
y estremecidos por su raudo beso.

Ellas me aman más en su mutismo
que tú con las palabras exaltadas.
Tus manos, las raíces extendidas
de diez morenos dedos en mi carne,
hablan mejor en su silencio a gritos.

II

Dicen, suspiran, nombran, llaman, cantan.
Arrullan o se agitan, iracundas,
dan nombre al mundo y al nombrarlo crean
la realidad feroz de su quimera.

Tú te marchas. Te vas, pero se quedan
tus manos en mi ser, me reconocen
como dulce extensión de las caricias.

Soy suya. Me poseen, me recorren,
me saben parte de su piel. Me besan.

Yo me sumerjo en ellas y me siento
hundida en una carne transparente
más densa que la mar, más perdurable
que la roca tenaz de las distancias.

Me alimenta la sed esa agua en fuga
que entre tus dedos tejes y derramas.

Ebria estoy, mas sedienta. Tú lo sabes,
tú que inauguras esta sed a gritos
con que en silencio bebo de tu cuerpo.

Dame más sed, dame más sed. Abreva
con tu silencio mi ansiedad abierta.

Tengo la piel cuarteada sin el agua
que nace de las fuentes de tus dedos.

Sumerge el manantial, cava ese pozo,
siembra en mí con tu gesto sed y agua,
riega la era, al fin. Dame tus labios.
Las palabras, jamás. Dame los besos.
Déjame que te beba a borbotones.

Mañana sé que ha de venir el día
y con él el desierto sin memoria.

Mañana me darás, en el silencio,
potestad de medir el infortunio
con la falta infinita de tus manos.

Mañana…
Pero hoy, siémbrame toda
de ansiedades, deseos, luces, sombras,
de miradas furtivas, ecos, risas,
de cuartos defendidos contra el mundo
y abiertos a los mares interiores
de una ternura oscura, indescifrable.

Ahora ven, y ahógame en tu boca.
Déjame agonizar bajo la dicha.
Bajo tu lluvia tiende mi vacío
y sumerge en mis ojos tu mirada.

Ciega estoy si me asomo al universo
sin la luz que me otorgan tus pupilas.

Viviré en las orillas de tus besos
exilada en la noche sin fronteras.
Siempre al borde de ti. Siempre a la orilla,
siempre al margen, apenas en la playa,
mojando con la punta de mis dedos
la sed que de tu espuma me atormenta.

III

Sedienta de tus vértigos a gritos,
del remolino mutuo que se bebe
juntos la sed, el agua, la marea
de la ebriedad…
Dos cuerpos enlazados
bebiéndose la vida a borbotones,
saciando el agua, abriendo la frontera
donde pueda la sed seguir viviendo.

Más allá de la luz, yo te deseo
cada vez más desnudo, más tú mismo.
Despojado de antiguos atavíos,
de cadenas pesadas como nombres,
de grilletes de epítetos terribles,
de absurdos conformismos, de secretas
pasiones que sepultan su recuerdo,
que se cambian de nombre o que disfrazan
su rostro bajo símbolos oscuros.

Así quiero mirarte, que me veas:
Desnudo de verdad, de veras mío.
Aunque sea un minuto, un día sólo,
un instante sin tiempo ni distancias,
cuando pueda alcanzar al fin tu boca
y alzarme a la estatura de tu beso.

Entonces no podrá la muerte entera
vulnerar con su baba y su gusano
la pura luz de este milagro intacto.

Y voy a verte, entonces, como ahora,
inédita belleza, labio puro,
desafiando al destino desdichado
con la fe en la ternura inquebrantable.

Por ti comprendo ahora mi existencia.
Tiene sentido haber buscado en vano
por años, trenes, pájaros, distancias
el relámpago oscuro del deseo
brillando en tus pupilas como un astro.

Cada recodo halló su rostro vivo
para cobrar sentido entre tus manos:

Suave concavidad, copa inefable
que llenas con tu vino y que rebosa
cuando me das la plenitud.
Dormida
torre de sangre alzada en mi homenaje
y que en su suave miel se desparrama
endulzando los labios que la besan.

Subterránea raíz de los relámpagos.
Tu labor inefable no descansa.
Déjame que te beba con los ojos
cuando manos y boca no me alcancen
para abarcar tu cielo y tu hermosura.

Pero no seas nunca más esquivo,
ni entregues a mi boca vino amargo,
ni sea tu pan hecho de ausencia y hambre.

IV

¿Qué puedo hacer con este mar indócil
que agita sus oleajes en mi pecho?
¿Cómo se emplea una marea inútil
de besos que no encuentran otra boca?

¿Adónde voy con la ternura sola
que se pudre en mis manos sin objeto?
¿Qué destino le espera a los abrazos
cuando sólo la noche nos estrecha?

¿Qué hacer con el amor cuando nos deja
con una vaga sombra entre los dedos?
¿Quién puede comprender la melodía
si el amante está sordo o está lejos?

No confíes jamás en el olvido,
ni entregues esta historia a mi memoria.
Nadie es más cruel que una mujer herida.

Como una maldición, la ausencia pone
vinagre y hiel en todo lo que toca.
Hay un rumor de sal en la sonrisa
y un río soterrado en el silencio.

La soledad es un país saqueado
por la duda, el despecho y la amargura.
Una se siente en guerra con la vida,
exilada del reino de la dicha,
extranjera entre todos los humanos.

El polvo crece, entonces, y sepulta
la piel de las mejores ilusiones
y la ceniza clava, silenciosa,
su puñal en el vientre de los fuegos.

Nada resiste. El río que se empoza
ve pudrirse sus aguas en el lodo,
y un mar congela su furioso oleaje
derrotado por gélidos desdenes.

Ahora voy a hablar en el silencio
de abismos que conozco, que visito
cuando me das de ti sólo la ausencia.

Soy entonces tu luna, tu satélite,
extraviada de pronto en el espacio
sin un planeta en torno al cual girar.

Y agonizo en el aire como un trino
abandonado por su flauta de alas,
o como un ave en agua sumergida
o como el agua sumergida en fuego.

Absurda, absurda, absurda y sin sentido
Boca muda, caricia sin el tacto.
Labio ciego a la voz, palabra inútil.
Oído clausurado a toda música,
nombre lanzado al fondo del vacío.

Devuélveme la voz, dame la risa.

Quiero volver a ser libre y sin miedo.
Quiero habitar un mundo a mi medida
y no el galpón oscuro de los otros.

Devuélveme mi casa, mi aposento.
Quiero ser yo de nuevo, libre, a solas.
Habitar en mi cuerpo sin intrusos,
posesionarme de mi propio mundo.

Ya no girar en órbitas de otros.
Estar sola y saber que nadie escoge
por mí la ruta inédita del viaje.

Ser libre para errar, para salvarme,
para creer, para abjurar, consciente
de que yo soy mi opción más importante.

Quiero ser más que un beso de tus labios.
Más que el bregar sin pausa de tus olas.
Más que el vórtice quieto donde acaban
de resumirse todas tus pasiones.

Quiero ser más que estela de cometa.
Más que sombra de luz, dorado anillo
con que, necia, he intentado contenerte.

Quiero ser signo solo y absoluto.
Tener al fin significado propio
y no necesitar tu compañía
para nombrar mi mundo, mi universo.

Quiero ser más que espuma, más que adorno.
Más que la luna para ti, planeta.
Cansada estoy de ser para los otros,
a costa de no ser para mí misma.

Amada, no. No quiero que me tomes,
que me bañes de espuma y de palabras,
que me entregues el nombre, las cadenas,
la razón de vivir, el eco, el mundo,
el oficio de ser ama de llaves
en la casa que siempre me es ajena.

No vas a usufructuar mi piel, mi sangre,
ni el aliento, ni el goce del deseo.
No vas a ser ya más mi propietario

La enemiga

La sierva.
Nunca amante, ni amada,
ni la amorosa compañera,
ni la amiga.

Nunca la igual,
sino la subalterna.
La mejilla ofendida.
La carne doblegada.
La humillación servil.
Las manos y la voz
encarceladas por el miedo.
La que dibuja sumisión
disfrazando de amor el cruel despecho.

La que se condenó, por siempre y para siempre,
a no ser más que sombra y que silencio,
a girar sin resposo, ilusa luna,
en torno de un planeta indiferente.
La que vigila pasos y susurros
y vive carcomida de sospechas.

La que guardó su castidad preciosa
para el festín de la primera noche.
La que odió al que devoró las ilusiones
de la infancia
y la hizo estrellarse contra el polvo
de la vergüenza y el asco cotidianos.

La que terminó odiando
hasta la fecundidad sin pausa de su vientre,
condenada a repetir en sus hijas y nietas,
como en un laberinto de espejos,
el mismo dédalo sangriento y angustioso
de su madre y su abuela,
y de las madres y las abuelas todas de su estirpe.

La que jamás se atreve a disentir en alta voz,
pero que va frenando los proyectos de su amor
con la insidiosa diligencia de la cizaña
y la carcoma.
La que cuidó de untarle con hiel
hasta los más pequeños goces.

La que se condenó al áspero infortunio,
la que fue tapiando las rutas a la dicha
con los cadáveres
de sus propias,
marchitas ilusiones.

La que gravita, aun hecha cruz de camposanto,
sobre su espalda con el peso muerto
de una sorda y oculta recriminación.

La que lo mira
desde el fondo de todos los retratos
con su reproche mudo
y que, más que un recuerdo en la memoria,
se le quedó grabada
más allá de la piel,
eterna e inmutable, dolorosa,
como un remordimiento.

Locuramor

Locuramor gritando su batalla,
desde un cielo sin luz, inexpresado.
Me creciste de pronto en el costado
como una inmensa flor que me avasalla.

Una roja tormenta me restalla
dentro de cada poro enamorado,
me recorre un incendio desatado
y un trueno en cada glóbulo me estalla.

Voy a decirte amor hasta los huesos,
voy a gritarte amor hasta el olvido.
Se me quiebra la voz cuando te nombro.

Me alimento soñando con tus besos.
Y si sólo fue sueño lo vivido
quiero vivir del sueño de tu asombro.

I

Era una compañía desolada,
como luz que en las sombras se perdiera;
y era una soledad tan verdadera,
cual música del eco rescatada.

Era el alma a la carne confinada
en la palabra eterna y pasajera.
Era verdad, a veces, y quimera
y a veces, era llama enamorada.

Era gozo gimiente y malherido,
era fuego que hiela y que restalla,
era presencia fiel, tenaz gemido.

Y ahora que el dolor su ardor desmaya,
por fin, vuelve tu beso del olvido,
locuramor, gritando su batalla.

II

Perezca el sol, reposo halle la brisa,
vuelva al silencio el canto reverente,
mas no se extinga la pasión urgente
ni el instante fugaz que la eterniza.

Sumérjase en arena movediza
el perfume que el labio le alimente,
y triunfe del olvido persistente,
como la luz humilla a la ceniza.

Muera la vida, caiga la hermosura
por la muerte besada en el costado,
beba su sed tenaz toda amargura.

Y el fuego, por su propia luz cegado,
sufra feliz el ser su quemadura
desde un cielo sin luz, inexpresado.

III

Como un dolor, tu beso me ha crecido.
Tu beso, y tu tenaz melancolía.
Me heredaste esa carga de utopía
con que cada palabra me has herido.

Tu herencia de jaguares no ha podido,
sin embargo, matarme la alegría.
Eras también la flor, la lozanía,
y un idioma inmortal estremecido.

Me sigues con tus luces de diamante,
con ese pensamiento ensimismado
que alienta en tu palabra dominante.

Tan palpable te siento, vulnerado,
como si de una herida lacerante
me creciste de pronto en el costado

IV

Amor, y t?lo sabes, es venero
de profundas y dulces quemaduras,
y también tiene espinas tan seguras
que matan con el roce más ligero.

Amor hace lo eterno pasajero
y nos convierte en lámparas oscuras.
Nos hace contemplar dichas futuras
y nos regresa al polvo volandero.

Amor fue tu canción y tu batalla
por vencer a la muerte y su letargo
y al labio que su sed rendida calla.

Se endulz?tu canción, amor tan largo,
que ahora brota tu dulce amor amargo
como una inmensa flor que me avasalla.

V

De carne y sangre y sueño hemos nacido,
De voluntad y fuerza enamorada,
Del pensamiento, con su luz alada,
De fulgores y polvo bendecido.

De sordos nudos, lúcido sonido,
De pasión a la idea entrelazada,
De estirpe pasajera eternizada,
De memoria triunfando del olvido.

De la palabra plena y del mutismo,
Naciendo hacia la vida que avasalla
Al silencio en el fondo de su abismo.

As?llegu?hasta el campo de batalla
Donde, en la vena, el viejo silogismo
Una roja tormenta me restalla.

VI

Las líneas en las palmas de mis manos
Me confunden los ríos del destino
Y sé que de cordura y desatino
Se componen mis pasos, tan humanos.

De designios remotos y cercanos
Se teje el derrotero del camino
Y en cada esquina de la luz doctrino
Los frutos inmaduros o lozanos.

Pero el amor las líneas desordena
Con su designio propio y obstinado
Torciendo el devenir de mi faena.

Así, me vuelve amor lazo anudado,
Sangre amorosa ardiendo en palma ajena
Dentro de cada poro enamorado

VII

Ascua es amor, y a veces es ceniza
Y siempre es brasa intensa y quemadura.
Aunque dulce, quemante es su dulzura
Y fugaz es la carne que eterniza.

Luminosa ceguera, llanto y risa,
Doloroso placer, dulce amargura,
Loca prudencia, lúcida locura,
Carne rebelde y voluntad sumisa.

Derramada la líquida armonía
De su lenguaje en singular estado
El corazón renueva su osadía.

Y en medio de la nieve, enamorado,
Siento que con dulcísima porfía
Me recorre un incendio desatado.

VIII

¿Cómo se mide la tenaz distancia
que separa la risa del quebranto?
¿Qué oculta llama me oscurece el canto?
¿Qué herida abierta mi dolor escancia?

¿A dónde puede sumergir el ansia
el ardor de su pena y de su llanto?
¿Es que acaso la ausencia puede tanto
para vencer al fuego y su constancia?

Encerrada en la cárcel del desvelo
Una secreta herida me batalla
Con el filo constante de su celo.

Me consumo en la hoguera que avasalla
Mi ser en la tortura del anhelo
Y un trueno en cada glóbulo me estalla.

IX

La luz se me hizo sombra, de repente,
Y de repente el gozo fue gemido.
Se convirtió la vida en tiempo herido
Y la pena fue huésped exigente.

Derramó la crueldad su voz hirviente.
Se borró la ternura y lo vivido,
Y se inclinó el recuerdo malherido
Para buscar su dulce voz ausente.

Y sin embargo, tengo la esperanza
De recobrar tus cármenes ilesos,
Cantando su dulzura y su alabanza.

Y en la luz incendiada de los besos,
Superada ya toda desconfianza,
Voy a decirte amor hasta los huesos.

X

Cuando supere esta distancia ardida,
Esta larga y doliente quemadura,
Este golpe de hiel, esta tortura
De tu rosa en espina convertida;

Cuando logre vencer la acometida
De la distancia que el dolor procura;
Cuando imponga la luz a la locura
Y logre revivir mi fe perdida;

Entonces volveré a habitar el cielo
De tu abrazo deseado y presentido
En las espinas crueles del anhelo.

Volveré a la tibieza de ese nido
Y en mi canto de renovado vuelo,
Voy a gritarte amor hasta el olvido.

XI

El silencio es mi cárcel obstinada,
La frontera que trazo y que defiendo,
La soledad en la que voy viviendo,
Mi tortura escogida y prolongada.

El silencio es la sombra enamorada
Que visto en soledad por todo atuendo.
Por esa ruta larga voy partiendo
Hacia la libertad más desolada.

Desterré de mi voz a la dulzura.
Mi heredad se pobló de hiel y escombro.
Descarté a la bondad y la cordura.

Ya no tengo piedad para el asombro,
Y en la fría extensión de esta tortura,
Se me quiebra la voz cuando te nombro.

XII

¿Dónde encuentro el camino al paraíso
que habitara en tu dicha pasajera?
¿Dónde está la palabra lisonjera
que vertiera su cántico sumiso?

¿Cuándo vino la luz que satisfizo
la sed de claridad de tanta espera?
¿Fue su caricia alada verdadera
o fue sólo el engaño de tu hechizo?

En el frío silente y desolado
De la distancia, mis anhelos presos
Se niegan al recuerdo más amado.

No hallarás en mi carne ni en mis labios
Más que tu ausencia. En mi rincón aislado
Me alimento soñando con tus besos.

XIII

De repente la rosa se hizo llanto,
Y el abrazo se convirtió en ausencia,
Y el celo se cambió en indiferencia,
Y el gozo más deseado fue quebranto.

Como una nube, se borró el encanto
Que fascinó la luz de la conciencia
Y obnubiló la flor de la experiencia
Con su perfume que apreciara tanto.

¿Por qué no fue el engaño duradero?
¿Por qué sólo en la llama del sentido
se dibujó la llama por que muero?

No quiero que la arena del olvido
Me haga pensar de todo lo que quiero:
-¿Y si sólo fue un sueño lo vivido?-

XIV

Si la verdad es triste, confundida
Quiero vivir, creyéndome adorada.
Y si su dulce herida renovada
Me hace feliz, prefiero estar herida.

Si en este laberinto no hay salida
Morir en él prefiero confinada.
Prefiero ser dichosa, aunque engañada,
Y no esta libertad tan malherida.

Me persigue el recuerdo de tu cielo
En esta inmensidad en que te nombro,
Y te persigo con quemante anhelo.

Si me embriagó la pura vid que escombro
De tu heredad, concédeme el consuelo:
Quiero vivir del sueño de tu asombro.

Matlalpapalotl (Morpho hyacinthus)

Un beso del espacio huyendo herido,
un beso del relámpago sujeto,
un colibrí diluído, un cielo inquieto,
un incendio de mar estremecido.

Párpado del celaje detenido
en el margen del tiempo y del secreto,
ensueño de turquesa, humo concreto
en eterno momento desasido.

Ala del aire, labio de la brisa,
color del día, joya rauda y leve,
que a cruzar el vacío, audaz, se atreve,

besas la tarde que tu adios irisa
y en el azul que tu caricia mueve,
la belleza se esparce y se agoniza.

Memento mori

…y no halle cosa en que poner los ojos
que no fuera recuerdo de la muerte
Quevedo

I

Es la sombra que viene,
La garra preparada
Para el golpe certero,
La mirada en alerta
Que busca, sigue, acecha.

Nada se escapa al ojo
Implacable y absorto.
Nada al cruel arrebato.

Cuando la furia cae
Rasgando piel y carne,
Y la vida se escapa,
Y la sangre se amansa,
Y se instala la muerte;
Entonces comprendemos
Que el mayor enemigo,
El más voraz y aleve,
Nos hiere siempre el último
Desde adentro del pecho.

II

Ya no te creo, ciudad, el paraíso,
El eterno jardín donde la dicha enciende
Sus fuegos de San Telmo.

Tampoco te concibo como la cuna de las ilusiones,
O el rincón iluminado
Por las luces secretas del deseo.

Caída la venda de los espejismos,
Eres tan sólo ese paisaje sórdido
Donde rufianes y tahúres
Se tasan mutuamente,
Mientras los mismos tiburones
Se mastican sin pausa
Con sus dientes de oro.

La araña teje su tela, indiferente,
Mientras tanto.
Tarde o temprano,
Cualquiera ha de caer.

Memorial de agravios

Para Yadira Calvo

Porque el blanco odia al negro
Porque el amo teme al esclavo
Porque el ladino necesita al indio
Porque somos distintas
Porque no débiles
Porque lúcidas
Porque el deseo
Porque somos malas y bellas como Satán
Porque irracionales
Porque corruptoras
Porque objeto de deseo
Porque quebrantamos todas y cada una de las leyes humanas y divinas
Sólo con existir
Porque somos el otro, es decir, la otra
Porque el diablo nos tiene por aliadas
Porque Judith se atrevió a cortarles la cabeza
Y a castrarlos simbólica y físicamente
Porque Dalila ídem
Porque Pandora y Eva
Se les salieron del huacal
Porque la Medusa
Porque las Sirenas

Porque las Parcas
Porque las Furias
Porque Circe y su piara
Porque la Papisa Juana
Porque las brujas
Porque las putas

Porque somos las madres
Y tenemos el amenazante y terrible
poder de dar la vida entre las piernas
por todo eso
cuánto, en realidad,
nos odian y nos temen.

Oficio de mujer

Tú miras. Desde lejos
ves el dulce universo que diriges.
Y mis labios perplejos
con tanta vida afliges,
y entre todo temblor, mi pecho eliges
Sara de Ibáñez

I

Este amor que construyo en tu alabanza
y que habita en tu casa de rumores
no nada en oropeles, ni esplendores,
mas resiste lo adverso y la mudanza.

Profecía de ayer, fiel esperanza
de un futuro que siembres y enamores,
va pintando contigo de colores
un horizonte de durable alianza.

Déjame estar en ti como la brisa
mueve la entraña plácida del aire,
desatando su transparente risa.

Quiero ser parte del feliz donaire
con que exigimos juntos a la vida
que nos restañe la ilusión herida.

II

En tu ser me desato, me ilumino,
me vuelvo transparente, puro gozo.
En ti, mi desnudez en que destrozo
prisión de siglos vuélvese camino.

En ti, de modo nuevo me imagino:
Sin lastres, sin rubores, sin embozo.
Tan sólo esta alegría, este alborozo
de revestir mi piel de aroma y trino.

Regálame la túnica durable
de tu caricia dulce repetida
y tu palabra cálida y amable,

que si voy de ternura revestida
no temeré dolor inexorable
que aceche mi esperanza defendida.

III

Del territorio amargo del quebranto
y la sal prolongada en cada ausencia;
de la sed desolada y de su urgencia,
vine al país de tu gozoso canto.

Y en él he despertado al viejo encanto
que renueva su magia y su insistencia
en el simple saber de tu existencia
que me compensa del dolor y el llanto.

Si para abandonarme a la ternura
del breve paraíso de tu mano
el tormento sufrí de la amargura

fue para derrotar al inhumano
sino que me negara la dulzura
de vivirte conmigo cotidiano.

IV

Desde tus manos cada nueva aurora
me amanece en el pecho hecha caricia
y abrazo diariamente la delicia
de tu ser que en mi entraña se demora.

¡Quién pudiera vivir hora tras hora
atada a la pasión y a su sevicia
y ser llama del fuego que desquicia
la razón que sus penas enamora!

Porque en ti se resume mi contento,
mi luz, mi paz, la mano que sostiene
mi hambre de ti y su puntual sustento.

No hay en ti sombra. Si la noche viene
encontrará fundida con tu aliento
mi boca que en tu beso se entretiene.

Oscuro

La noche viene de la noche.
Todo lo ciega en sus pupilas…
José Roberto Cea

I

Oscuro como el fuego, oscuro, oscuro:
Derramada en la noche tu hermosura,
como una larga llamarada oscura,
como un vuelo de cuervo, hostil y duro.

Sombrío, triste, anónimo, inseguro.
Tu beso, una pavesa de amargura.
Tu tacto, placentera quemadura,
río nocturno, insomne, largo, impuro.

No hay más que ángulo cruel, constante olvido,
rosa amarga, obstinada y defendida
distancia y más distancia, mar herido,

perdido entre tu espuma dividida.
Y yo, que aún no conozco otros agravios
peores que los besos de tus labios.

II

No hay otro sol, no hay otra luz fecunda.
No hay caricia, ni beso, ni mirada,
ni perfume, ni dicha saboreada,
ni plenitud de vida furibunda

como esta luz que a veces nos inunda
el alma con su herida enamorada,
y nos entrega música callada
y con oscuras luces nos circunda.

No hay misterio más alto y cotidiano
que seguir habitando este destino,
confundida en tu aliento y en tu mano;

pero a solas andando mi camino:
No aprisiona la mar ninguna ola,
y la brisa es más libre porque es sola.

III

Tierno recinto nuestro, defendido,
donde dulce abandono se apodera
de la ternura abierta, sin frontera,
y nos vuelve momento estremecido.

Eterniza al segundo y, al sonido,
vuélvelo voz, certeza a la quimera,
árbol a la semilla, primavera
perenne a nuestro invierno más temido.

Déjame ser voluble y permanente,
agua vestida de quemante fuego,
desierto de cosecha floreciente,

llanto feliz, clamor lúcido y ciego
para que pueda así sufrir sonriente
por igual con tu amor y tu despego.

Palabra de diosa

I

Mi delicada flor se abre.
Tu luz penetra:
Gozo.

II

Soy la aguja,
Tú el hilo:
Borda.

III

Este es mi cuerpo.
Este
El río de mi sangre.
Te envuelvo en él, sumerges
Tu propio río oculto.

Naces de nuevo,
Sales hacia el mundo.

En mí
Crece la dicha.

IV

Todo sale de mí.
Doy a luz a este mundo
Y cada día mi vientre
Pare de nuevo al Universo.

En mí la vida tiene
Cauce y manantial.

Todo hasta mí regresa.
Todo vuelve
Al descanso final entre mis huesos.

Y sin embargo,
Desafío a la muerte cada día.

El mundo entero cabe en mi vagina.

Todo penetra mi ser, todo fecunda
Mi cuerpo.

Yo soy la tierra,
La materia, la luz,
Soy la energía.

Estoy en cada uno de tus nervios,
Debajo de tu lengua
Y en tus dedos.

En todo lo que fluye de tus manos.

Soy la piel y el polvo de tus pasos.
Tu mirada.

No te podrás librar de mí:
Yo soy tu sombra.
La otra que te mira en el espejo.
Tu próxima enemiga.

Tu amante más oscura.
Soy tu hija, tu madre, los latidos
De la sangre meciéndote la vida.

Soy plenitud, vacío.
Silencio, voz y eco.

Soy el significado que te llena,
Palabra.

Sonido que te eleva
Y consagra.

Soy tuya, soy ajena, soy de nadie:
Tu propia imagen soy,
Tu propia esencia.

Mírame bien,
Reconóceme:
Soy tu mismo.

V

De ti vengo:
Gota en el mar.

Tu semilla llevaba
Implícitas
Mi raíz y mi flor.

De mí vienes:
Soy mar en el que nadas,
Pez indómito.

Hoy que al fin
Navegas por mis venas
Soy fruta henchida,
Manantial, cauce, estero
Donde la vida fluye
Su viaje interminable.

Ven,
Naufraga conmigo
Una,
Y otra,
Y otra vez,
Hasta anegar al mundo

VI

Los vocablos se encuentran
Y se besan:
Nace el sentido,
La poesía sonríe.

Tus labios y los míos
Se encuentran,
Dialogan:
La dicha llaga
Cuerpo y alma.

Esta palabra alada, ahora,
¿te besa?

VII

Cada vez que camino,
Mis caderas mecen
la cuna del mundo.

VIII

Nueve lunas
tejiéndote en mi vientre.

Y tú toda la vida
Queriendo regresar.

IX

Esta palabra soy: Contiene
todo mi ser.

Plena y colmada
rebosante de mí,
me derrama en tu boca.

Cuando dices mi nombre
Te beso en cada sílaba, tus labios
Besan mi carne, me recorren,
Penetran en mi oído, me poseen.

Toda soy
Una extensión quemada por tu voz.

X

Tu imagen
Tu reflejo
Tu sombra:

El reverso de ti: moneda,
Palabra.

La tierra que va
Debajo de tus pasos.

El aire que respiras
Y te besa
Por dentro y por fuera.

El agua que te moja,
Te rodea,
Penetras,
Te bebe.

Si yo muero,
Tú mueres.

Si tú mueres,
Yo muero.

¿Cómo pretendes sobrevivir
cada vez que me matas?

Sin mí, no hay vida.

Y si a pesar de todo sobrevives,
Pobre de ti.

Huérfano definitivo.
Palabra sin sentido.
Eco sin voz.
Ausencia sin olvido.
Silencio sin sonido.
Órbita ciega.
Fuego sin luz.
Noche sin término.
Tiempo inexorable
Exilio sin otro objeto que la muerte.

Sin mí, no hay salvación.

XI

El deseo tiene garfios de hierro,
Dedos de mar
Raíces.

Con ellos se aferra a la carne
Como el árbol al borde del abismo.

En él la vida afirma
Su inquebrantable voluntad

De no cesar.

Sigue lloviendo, entonces,
Incontenible
Como el huracán más olvidado
Como la tormenta más ciega
Que habita
En el fondo de la gota de rocío.

Sigue lloviendo, amor,
Sin pausa,
Hasta que entienda el mundo.

XII

Redondo es este anillo.

Redonda mi cintura
Rebosante de vida.

Redonda la órbita que tejo en el camino.

Redondo
El Universo que te contiene
Y pueblas.

Ven, planeta.
Por una vez, conviértete en satélite dichoso.

Ven, por fin:
Gira conmigo
Hasta la dicha.

Puta

Rosario dixit

No es el reptil
que tienta con su boca ávida
desde el viejo manzano
del bien y el mal.

Ni Lilith,
ni una de tantas
nefandas encarnaciones del pecado.

Ni vedette proletaria,
ni siquiera
la devaluada y tropical
sacerdotisa de Venus
con que desean confundirla
sus dizque adoradores.

Una mujer al uso,
que se toma, se llena,
se quiebra y se repone
como una pieza más en la vajilla cotidiana
de los hombres;
para que la otra,
la, supuestamente, de lujo
jamás se descascare,
se desdore, ni pierda
el precioso y suntuario
estatus que le da la posesión.

Pero, al cabo,
detrás de la falacia,
ambas se sienten
igual que cualquiera de las dos vajillas:
larga y desdeñosamente
usadas
por un cuerpo que jamás comprenderá
a la piel que lo envuelve.

La misma piel que sabe
que hay un sordo desprecio
aun en el fondo del más hondo deseo
y que hay un resto de humillación
en cada entrega.

Sin embargo, el amor

Tu cuerpo de sí mismo se desata
Y cae y se dispersa tu blancura
Y vuelves a ser agua y tierra oscura.
Octavio Paz

Wabinureba
Mi wo ukigusa no
Ne wo taete
Sasou mizu areba
Inamu to zo omou

(Estoy tan sola
Mi cuerpo es una hierba que flota
cortada de raíz.
Si el agua me sedujera
La seguiría, lo sé)

Dama Ono no Komachi
Antología Kokinshu
(850 DC)

I

Ebria de sed de luz y de poesía,
De fuego, de pasión y de belleza,
De la secreta e íntima pavesa
En que te quemas, vuelto llama fría,

Vago buscando en vano tu osadía,
Persigo inútilmente tu tibieza
Y toco apenas esta piel, corteza
De tu ser, del país de la agonía.

Eres íntimo canto, la ternura
Del fuego y su virtud amenazante,
La voz de sombra ardiendo, la amargura

Que hiere sin cesar al tierno amante
Encandilado por tu audaz figura,
Inmóvil en la luz, pero danzante.

II

Préstame, amor, las alas de tu vuelo;
Dame la caracola de tu oído
Donde, cautivo, un mar embravecido
Golpea las murallas de su anhelo;

Regálame la curva de tu cielo,
El tacto de la luz enternecido
Acariciando el iris sorprendido
Y del olvido derritiendo el hielo.

Dame tu voz sedienta, enamorada,
Tu llama audaz entre la nieve fría,
Tu luz en sombra siempre encandilada

Y ven a arder en la ceniza mía,
Que da fuego a tu hoguera ya apagada,
Y movimiento a la quietud que cría.

III

Desnudo el cuerpo, al fin alma desnuda,
Desnudo el labio, la caricia, el beso,
Desnudos la palabra, el fuego ileso
Y la pasión que vida y muerte anuda.

Desnudas las espinas de la duda,
La sangre con su gozo y con su peso,
Mi anhelo entre tus manos salvo y preso,
La angustia con su herida más sañuda.

Inerme, la ternura vulnerada;
En soledad, perfecta compañía;
El ala en vuelo nunca derribada:

Todo eso eres, llama y nieve fría,
Ala que el viento tiene cautivada
Y en la cima del vértigo se alía.

IV

Arcángel de la luz enamorada,
De la sombra y su beso de ceniza,
Del oculto panal donde eterniza
El beso tu ternura y tu mirada.

Demonio de la sombra acribillada
Por la luz que ojo y labio al par hechiza
Y cuyo tacto leve profetiza
Belleza no cautiva: adivinada.

Rompe el límite, el borde, la frontera
Que de tu piel me aleja, navegante,
Dame a besar tu faz más verdadera.

Libérame del tiempo torturante,
Sálvame de la piel perecedera,
Deteniendo, no al vuelo, sí al instante.

V

Cínico, dulce, frío, apasionado,
Despierto, hiriente, protector, dormido,
Tímido, quieto, móvil, atrevido,
Locuaz, altivo, humilde, ensimismado,

Cierto, falaz, ardiente, despechado,
Ingrato, amante, dócil, engreído,
Infiel, veraz, violento, desvalido,
Amante, triste, alegre, desolado,

Paraíso fugaz, constante infierno,
En vano busco tu fulgor temblante,
Tu beso breve y tu dolor eterno,

Y en mi pecho estarás, amor quemante,
Hecho puñal de filo amable y tierno,
Luz que no se derrama, ya diamante.

VI

Tu canto puso un beso en el oído
Y con tal gesto me otorgó la espina
Y la gloria del fuego que declina,
Pero en la carne queda suspendido.

Tu vuelo fue a la vez ala y sonido,
Cuerda vibrando sola, cristalina
Sombra besando el valle y la colina
Y buscando el recodo sorprendido.

Y desde entonces voy, crucificada
Por la verdad, herida en la alegría,
Tejiendo en tu silencio mi morada.

En esa solitaria compañía,
Soy el eje, la luz enamorada,
Fija en la rotación del mediodía.

VII

Recórreme, penétrame, concíbeme,
Floréceme, subviérteme, sedúceme,
Padéceme, divídeme, condúceme,
Desátame, despiértame, prohíbeme,

Inflámame, congélame, recíbeme,
Ayúdame, confiésame, tradúceme,
Confúndeme, repruébame, prodúceme,
Confíname, libérame, percíbeme,

Hazme a tu imagen: fluida arquitectura,
Brotando de la sombra al mediodía,
Línea invisible, tránsito y figura

Fugaz, inmóvil, nieve y llama fría,
Eco, silencio, ruido, luz oscura:
Sol que no se consume ni se enfría.

VIII

¿Besa a la luz el ojo cuando mira?
¿El agua adora al pedernal que moja?
¿Acaricia el abismo a quien se arroja
y el viento a cada flor que en él expira?

¿Ama el fuego a la entraña de la pira
y el huracán la tierra que despoja?
¿Al otoño bendice cada hoja
y a la música el eco que lo inspira?

Los extremos, al centro conformados,
Su ser confunden en el fiel flotante
Y en ese beso mueren abrazados.

Agonizo en tu labio de diamante,
Como mis besos tercos y olvidados,
De cenizas y llama equidistante.

IX

Te recorro y penetro, te concibo,
Te florezco y subvierto, te seduzco,
Te padezco y divido, te conduzco,
Te desato y despierto, te prohibo.

Te inflamo, te congelo, te recibo,
Te ayudo, te confieso, te traduzco,
Te confundo y repruebo, te produzco,
Te confino y libero, te percibo.

Te hago a mi imagen: firme e inseguro.
Fluyes entre mis manos inflamado:
Línea audaz que diseña un ser futuro.

Y en el ala que al vuelo ha aventurado,
Brilla con el fulgor de un sol oscuro
Tu salto hecho segundo congelado.

X

De aquel vocablo ardiente la ceniza
Llega hasta mis pupilas y las besa.
Hoguera ayer, hoy vuelto ya pavesa,
Aún su incendio quema y eterniza.

Y cada vez que vuelvo a él me hechiza
La magia que el sonido fiel confiesa.
De la palabra al par liberta y presa,
El mar de los sentidos la ola riza.

Eterna y frágil voz que desafía
Los azares y causas del olvido,
Con tu música amarras el oído.

Tu ser entero a esa verdad se fía
Y en ella presa tu virtud desata,
Que ni apresura el tiempo ni lo mata.

XI

Lejano estás y estás aquí presente
Tanto, que con el aire te respiro.
Te bebo con los ojos si te miro,
Te besa mi silencio entre la gente.

Estás en cada paso diligente,
En mis manos, mis labios, mi suspiro,
Si quieta estoy o en torno de ti giro,
Si me quedo, o me marcho indiferente.

Estás en mí, carámbano en el fuego,
Grito oscuro al silencio confinado,
Luz que cae sin fin en ojo ciego.

Y soy de ti satélite ignorado:
Sordo a toda la música que entrego,
Preso en su movimiento ensimismado.

XII

Pero vuelves, y entonces amaneces
En mi pecho con fuego renacido;
Y desmientes al hielo y al olvido,
De amor constante tan mudables jueces.

Voy en ti como el agua entre los peces,
Plena de tu silencio en mi sonido:
Como el vuelo del ave en cada nido,
Como el sol en el fruto y en las mieses.

Voy en tu sangre, lloro en tu costado,
Reto al desdén y a la distancia ingrata
Que me alejan tu labio enamorado.

Mas sé que no hay olvido. No se mata
Ese despierto sueño en que, salvado
Tu cuerpo de sí mismo se desata.

XIII

A ciegas voy, pero tu luz me guía,
Abandonada a ti y a tu espejismo;
Voy fascinada por el cruel abismo
De la dicha que al vértigo me fía.

Terrestre y quieta, canta y desafía
Tu audacia mi acendrado pesimismo:
El río escapa siempre de sí mismo,
Pero al cabo regresa en lluvia fría.

Playa perenne, igual e inmutable,
Las olas van y vienen y en tu hondura
Solas quieren morir, mar implacable.

Sin derrotar la mansa línea pura,
Ataca tu vaivén infatigable
Y cae y se dispersa tu blancura.

XIV

Cae y se alza tu perpetuo vuelo,
Canta y se calla tu palabra herida,
Mengua y se crece tu caricia henchida,
Brilla y se apaga tu fulgor de hielo.

Muere y florece tu constante cielo,
Flota y se hunde tu batalla erguida,
Vence y se rinde tu canción dolida,
Surge y declina tu tenaz desvelo.

Triunfas gallardo, pero estás vencido.
Rendida, te derrota mi ternura;
Sediento, me empalagas el oído.

De mi vientre proviene tu estatura
Y a él regresas, polvo redimido,
Y vuelves a ser agua y tierra oscura.

Sonetos corporales

I

Tallo fecundo, de botón florido
con cálida corola coronado,
clavel triunfante, fuiste levantado
por empuje de sangre, recio, erguido.

Buscas, ciego, región donde, en olvido,
se abandone tu mar aprisionado
por estrecho canal, y encabritado,
salte en espuma, libre, enardecido.

Tu anhelo insatisfecho se repite
en rada sola, en plácida bahía
que espera que ese mar se precipite

en su claro recinto de agonía.
Pues a sed prolongada no sustenta
agua que no comprenda lo que sienta.

II

Vaciado de ti, solo, enardecido
por tu ausencia tan larga y dolorosa;
convertido en gimiente y suave rosa
y en solitario lar, inútil nido,

el vientre se ha trocado en carcomido
panal sin miel, ni abeja rumorosa
y solitario, en su esperar reposa
yermo, sombrío, confinado a olvido.

Huésped espera casa tan amable,
y quemante pasión; vida apacible
merece un habitante perdurable.

En mi carne de muro perecible
espera un sueño a que te sea dable
convertirlo en propósito tangible.

Vértigo

…Del girasol no importa la figura,
sino el amor inmenso que lo mueve…
Serafín Quiteño

1.

Viene como la noche
con su telón poblado de agujeros;
como la lluvia,
con su rumor de multitud;
como la palabra
que sube hasta la voz.

Como un mundo,
una especie,
un trozo de realidad
que la realidad no conoce,
pero que estará
ávida a devorar.

Viene llegando
como el ahogo del sollozo,
la inminencia del golpe,
la ineludible y dolorosa
certeza del beso.

Viene así, inevitable,
como el dolor de la separación,
y duele ya,
como le duele al agua
saber su entraña dividida
por el filo de un cuerpo
clavado en su vientre.

Viene solo, impasible,
como el verde de las iguanas
y el rescoldo del fuego,
como el gratuito
esplendor de las rosas
y el temor que se esconde en los espejos.

Viene azul, amanece
como la noche al borde de la espuma,
como la sangre que solloza en las heridas,
como el silencio agonizando en las guitarras.

Viene,
uno y distinto,
desamparadamente solo.
Viene y viene.

2.

Cabalgando en espumas ignoradas,
madurando en racimos subterráneos,
doctrinando canciones nunca oídas
en ojos confinados al silencio.
Henchida fruta, soledad poblada,
dulce recodo de distancia ardida,
llama lamiendo el tallo del deseo,
rosa estallando en pétalo invisible,
boca…

3.

Lejos quiero morir de este relámpago,
de la amabilidad quieta del fuego.

Lejos de la bondad de las manzanas,
de la dulzura azul de los silencios,
de la inminente luz de la sonrisa.

Lejos, lejos.
Quiero beber distancia. Entre nosotros
todo un mundo de aire impenetrable.
Quiero la paz cobarde
de agonizar sin pausa en la distancia,
lejos de la batalla de los labios.

Lejos quiero morir.
Nadie alimente
este hambre de sentir. Si ahora tengo
que continuar muriendo entre las sombras,
si la luz es mi vida,
quiero horadar la noche más cerrada.

Otros guarden el sol. Con avaricia
déjense poseer por su belleza
y la odiosa alegría inconsecuente
de los amaneceres.

Oscura,
oscura y sola,
lejana, silenciosa.
Desde hoy,
regalo esta avidez por las palabras.

4.

Yo, que no lo esperaba,
me tropiezo
de pronto con sus ojos.

Con su alegría fuerte, sin motivos,
con su voz sin pretextos,
con su ternura plácida y callada.

Yo, la agobiada
por igual por los gritos y los ecos,
la cansada de todas las palabras,
hoy bebo con deleite este silencio.

Tengo miedo
de todo el bien que me hace.
Da miedo sumergirse sin resabios
en el agua tranquila de unos ojos.
Miedo de ser tan sólo
su silencio.

Anónima presencia,
voz dormida,
solitaria y absorta
contemplación del fuego.

Verlo es aquilatar toda la hondura
que nos llama sin voz desde el abismo.

Verlo a los ojos. Contemplar su hoguera
es reaprender la inmensidad del miedo.

Tiemblo tan sólo
de imaginar la enorme quemadura
que dejarán los besos.

Vértigo de la llama:
No quiero sucumbir a la inminencia
de esta ternura cruel, inevitable.

5.

Muerdo la suave carne de su nombre
y defiendo en los labios la palabra.

Obstinados, los dientes se rehusan
a que el miedo congele cada sílaba.

En mi lengua hay un pozo que guarece
al universo anónimo del fuego.

Todos los que se cruzan
conmigo en las esquinas desconocen
la extensión abrasada de la sed,
el territorio ajeno
que palpita debajo de mi piel,
como una subrepticia e inclemente
invasión de la ausencia.

6.

Hay un largo camino que construir
desde el tú hasta el nosotros.

Un abismo poblado
de pequeñas y grandes soledades
y un funámbulo absorto
que lo cruza a pesar de los naufragios.

En tu mirada
hay una cuerda floja esperanzada.

7.

Cuántos caminos recorridos juntos,
cuántos silencios intercambiados
por palabras superfluas,
cuánta luz en sus ojos
para incendiar las noches que me quedan.

No he hecho nada
que me merezca el premio de esas manos
posadas en mi pecho.

8.

Una tormenta prepara sus oleajes.
La boca endulza su veneno. La mirada
ensaya los fulgores del relámpago.

Todo conspira
contra la geometría de la lógica.

El mar inicia los destrozos del incendio
en el bosque más hondo y defendido.

Ha venido.

Lo veo.

En su mirada
la lluvia inicia su telón de fondo.

9.

Todavía lo siento
clavado en mi raíz.

Aún quieto y palpitante. Vivo.
Todavía me siento
parte de la extensión de sus besos.

Todavía la piel me protesta
cuando el frío dibuja
la ausencia de sus manos
y los ojos se pierden
sin el norte de su mirada
lúcida y clara.

Todavía con sed,
la boca busca inútilmente
la embriaguez de sus besos.

10.

Su voz circula, invisible,
por la savia de todas mis palabras.

Su voz anónima, escondida
raíz temblando en el dulzor del fruto.

Nadie advierte su olor en mi fragancia,
nadie su luz en el color de mis mejillas.

Pero yo voy, satélite dichoso,
iluminada toda por sus manos,
engalanada a ciegas por su voz.

De “Presencia”

Lengua del mal, guijarro de la muerte…
Sara de Ibáñez

1. Brasa en la llaga, sal en cada herida,
sombra en el sol, carámbano en el fuego,
río de luz que fluye en ojo ciego,
brújula encandilada y confundida.

Vas en mis venas como va la vida
en el ardor oculto que trasiego
y afirmas en mi pecho lo que niego
con la voz traicionada y malherida.

Vas en esta palabra renacido
con una decisión de ser tan fuerte
capaz de hacer arder hasta el olvido.

Y yo, que renunciara a retenerte,
me abandono en el cauce de tu oído,
lengua del mal, guijarro de la muerte.

* * *

2. Su navaja de pluma corta el viento,
pero sus ojos glaucos, amorosos,
besan los tuyos mudos y gozosos
de arder sin fin en tan feliz tormento.

No se escapan del labio voz ni aliento
de no dar cuenta del amor medrosos,
mas pueden piel y tacto codiciosos
aprisionar la magia del momento.

En el dulce minuto sin ceniza
vibra con cuerda oculta el tiempo quieto
olvidando en la carne cauce y prisa.

Y logra el beso conquistar el reto
que en la piel fugitiva se eterniza
con la finura de un puñal escueto.

* * *

3. Abierta herida, abierta en el costado,
más denostada cuanto más querida
por unir gozo, muerte, llanto y vida
en manantial sin pausa derramado.

Fuego fecundo, instante congelado,
vas navegante en permanente herida:
la voz renace cuanto más transida
y el canto vibra del dolor alzado.

Busco tu corazón, fiel enemigo,
con la palabra en que al olvido reto,
con la ilusión con que al amor bendigo

y en vano intento mantener sujeto
el don con que en tan dulce y cruel castigo
me rozó la cintura tu secreto.*

* * *

4. ¿Quién arde en ti, chiltota, quién te hiere?
¿Quién tuerce el derrotero de tu vuelo?
¿Quién te regala el llanto y el consuelo?
¿Quién hay que de tu canto se apodere?

¿Quién abandona el trino, quién lo quiere?
¿Quién alimenta su tenaz desvelo?
¿Quién eleva sus alas hasta el cielo
y salva a la ilusión que desespere?

Encuentras el desdén, gesto vencido,
rota la fe, sin fuerza el ala inerte,
en el páramo frío del olvido,

Y vas, confiada al rumbo de la suerte,
sin mí, que doy tu cielo por perdido,
y consumí la luz por comprenderte.

* *

5. Gracias te doy porque enjugaste el llanto,
gracias por el abrigo de tu alero,
por ser recodo grato en el sendero,
y miel en la amargura del quebranto.

Tu caricia escondida va en el canto
y tu luz me ilumina en el lucero.
Aunque te vayas, queda prisionero
en esta línea un trozo del encanto.

Gracias, amor, porque por fin viniste,
por la breve ilusión que me trajiste,
por el gozo en el vértigo secreto.

Gracias te doy aun porque pusiste
en mi sonrisa con tu beso quieto
color de sangre anclada y viejo abeto.

* * *

6. Si me engañé, bendito sea el engaño,
benditos sean el beso y cada herida,
bendita sea la carne conmovida
y la fe naufragando en gesto huraño.

Benditos sean el día, el mes, el año
cuando la fiel promesa fue cumplida;
bendito sea el sueño y sea la vida,
el dolor, la caricia, el gozo, el daño.

Bendito lo que aprendo, lo vivido,
lo que recuerdo, lo que al fin despierte
en mí, lo que salvé del río hundido.

Me enfrenté cara a cara con la muerte
y aunque luché y viví a brazo partido,
mi garganta no pudo contenerte.

* * *

7. En la distancia estás, pero presente
sigues en mí. Tus ojos no se han ido.
Fijos, me dicen: “Calla. No hay olvido.
Te engaña el viento, el horizonte miente”.

Estás aquí, debajo de mi frente,
cerca del corazón y su latido.
Tu aliento va en mis venas escondido
como un secreto, generoso afluente.

En la ceniza está oculta la brasa
y el fuego en cada pecho que suspira,
que el gozo besa y que el dolor traspasa.

Déjame, amor, al menos la mentira
de este espejismo dulce que no pasa
como un leopardo de humo que se estira.

* * *

8. Quemé la luz, fui miel en la dulzura,
gota en la lluvia y llama con el fuego,
aroma en cada rosa, instante ciego,
y nardo que dio envidia a la blancura.

Fui sombra en la profunda noche oscura,
silencio en la raíz, raudo despego,
y al fin a tu distante orilla llego:
roto el timón, la brújula insegura.

Al borde de tu barba se me queda
detenida la voz, mudo el acento
como el viajero exhausto en la vereda.

La caricia que tejo y que alimento
se apaga en una suavidad de seda
hasta morir hilada por el viento.

* * *

9. Mi ciega luz, mi vértigo secreto,
mi larga y venturosa travesía,
mi explorada, bendita geografía,
mi ruta circular, mi viaje quieto.

Eclipse de la voz, fuego indiscreto
que cumple prodigiosa profecía,
da lumbre al sol y claridad al día,
sombra a la noche, a la ilusión objeto.

Da sed al agua, filo al malherido,
paz a la angustia, a la inquietud urgente
reposo dulce, albergue bendecido.

Y derrama en tu beso ese torrente
que llevas en el pecho contenido
y en la sonrisa encubres, de repente.

* * *

10. Un hombre es lo que hace, lo que ama,
lo que pinta su voz con el aliento,
lo que construye su palabra al viento,
lo que desde sus manos se derrama.

Lo que florece en tierra o en escama,
lo que da al mundo desde el pensamiento:
trigo y harina, masa y alimento,
la letra impresa, el fruto en cada rama.

Un hombre, sobre todo, es el reflejo
del instante fugaz en que respira
el aire que lo va poniendo viejo.

Un hombre es esa imagen que suspira
cuando por fin descubre en el espejo
un ángel sosegado que se mira.

* * *

11. Una mujer armando el paraíso
sembrando esa verdad en cada herida,
rescatando la brasa consumida
y el incendio en el vientre del granizo.

Viviendo libre, sola y sin permiso,
indiferente al miedo, convencida
de ser cauce fecundo de la vida
y fiel depositaria de su hechizo.

Una mujer que sabe y reconoce
por igual lo que piensa y lo que siente,
que abraza cada pena y cada goce.

Una mujer que reta a aquel que intente
colocarla en el centro de la ira
a arder los pies sobre incendiado puente.

De “Tierra habitada”

Tierra

…no se alcanza
a volver con los remos y la vela
al puerto en que dejamos la esperanza.
Miguel Ángel Asturias

1. Del rumor de tus manos me alimento
y mi hoguera renuevo en lluvia fría.
Surge de ti fluyente geometría:
venero de la luz, cálido acento.

El seno de la vela que hincha el viento
para partir a la aventura un día,
y tu tierra en su quieta geografía,
trazada en gozo exacto y fiel tormento.

Se abre el ojo a la flor de la belleza
que se desata con fervor de río
y se instala a soñar en tu cabeza.

Por tu perpetuo, floreciente estío
cruza la tarde donde, libre y presa,
la luz corre desnuda por el río.

* * *

2. Raíz y rama, flor, nube y colina
Hundidas en el mar de aire que mueve
El invisible cuerpo donde bebe
La vida transitoria y cristalina.

Espejismo tenaz que la alucina,
Fuego escondido al fondo de la nieve,
Sed que escancia la boca donde llueve
La palabra triunfando de la ruina.

Vano intento: aferrar la llamarada
De ayer, hecha pavesa hoy inasible
Para incendiar su esencia ya gastada.

Victoria que tu esfuerzo hace posible:
Congelar la belleza alucinada
huyendo sin cesar en lo movible.

* * *

3. La belleza te anida en la cintura,
en la bondad azul en que navego:
cosecha permanente donde siego
los frutos de la voz y su ventura.

Derramas con largueza tu hermosura
y en la pupila tanta luz trasiego,
que siento arder en mí tu puro fuego
y en la noche brillar tu quemadura.

Estás en mí, como agua de la fuente,
como la sed al fondo del estío
que calme su anhelar en la corriente;

y estás en cada estrella con que guío
el viaje que me lleve hasta tu frente
y a la profundidad del hondo frío.

* * *

4. Alimenta la sed, dale a mi trigo
Más hambre para así seguir viviendo.
Echa más fuego al sol, que siga ardiendo,
Y más dolor a este fatal castigo.

Da tu aliento vital a lo que digo,
Pon sangre y alma a lo que voy haciendo,
Entrega esta verdad que nace hiriendo
Y acompaña su luz a herir contigo.

No te dejes vencer, no te acobardes,
apuesta sin cesar a lo imposible,
y construye primero lo que aguardes.

Pero emprende la ruta ineludible
En este mismo instante. No te tardes,
Porque empiezan la sombra y lo invisible.

* * *

5. La lluvia te bendice y la mañana
Se alza de ti con sucesivo aliento.
Bebo la antigua magia y el acento,
Patria de la sonrisa y la manzana.

De tu verdor provengo y me alimento,
Del alba y de su risa de campana.
Es más dulce la música lejana
Que acerca a mi heredad la voz del viento.

En el recuerdo palpa la cadena
De la nostalgia el hijo verdadero
Y vuelve a tu remoto y fiel estío

Sigue cautiva y quieta tu sirena
En fuente donde el corazón viajero
La conoció al nacer: era el rocío.

* * *

6. Yo no olvido tu sangre, ni tu herida,
Ni todo lo que en odio te sofoca.
Mi voz te busca y la mirada toca
La tristeza patente y la escondida.

Tu cicatriz en la memoria ardida
Aún sangra triste y mi piedad invoca,
Y tu dolor fatal no desemboca:
Llanto en el pecho, piedra contenida.

Espina en cada flor, sangriento rito,
Colibrí degollado, inaccesible
Tumba sin cruz, ni nombre en ella escrito,

¿quién te dictó destino tan terrible:
abandonarte a la heredad del grito
y a este vano correr tras lo imposible?

* * *

7. Me cae tu palabra hasta la boca
como una tempestad de hierro ardiendo,
como un golpe de mar, un sol muriendo
entre las fauces de un jaguar de roca.

Desciende a mí la carga con que invoca
todo el sentido de tu nombre abriendo
el cauce del recuerdo que va huyendo
hasta el origen que tu sangre evoca.

Me traes con el aire y el sonido
el rumor de tu risa y tus enojos,
y el dolor sin alivio en suelo herido;

Pero me das también en el oído
más palabras de rosas que de abrojos
que endulzan los saleros de los ojos.

* * *

8. ¿Y si vino y se fue? ¿Si ya ha venido
y en vano espera mi ansiedad despierta?
¿Y si acaso ha llegado hasta mi puerta
y la encontró cerrada y ha partido?

¿Si ha deshecho el camino ya vencido
-la fuerza desmayada, la fe muerta-
y a retomar la ruta el pie no acierta,
ni el ojo al horizonte recorrido?

Yo sigo aquí, por la esperanza atada,
y en vano espero ver la carabela
bajar el ancla en la tranquila rada.

E inquieto, el corazón se me rebela
porque no alcanza la ilusión amada
a volver con los remos y la vela.

* * *

Habitada:

Hacer poesía:
Es acuchillarse verso a verso
Por amor a la vida
Humberto Ak’abal

1. Flor de San Sebastián (Catleya skinneri)

Abre tu corazón al aire, al cielo,
a la luz que tu dulce cáliz moja,
a la mejilla que el rubor sonroja,
a la brisa de audaz y abierto vuelo;

Al paso de la vida con su celo;
a la dicha, al dolor, a la congoja;
al devenir que entrega y que despoja;
a la brasa, a la pena, al gozo, al hielo.

Abre tu corazón, flor apacible,
corone tu violeta cada trino
y engalane la altura perecible.

En el dibujo de tu labio fino
hay un mensaje anónimo y legible
escrito con un beso cristalino.

* * *

2. Árbol de fuego (Delonix regia)

Gota a gota en tu sangre, gota a gota
el sol desciende en silenciosa herida,
como si en el costado, abierta, ardida,
la luz vertieras por la vena rota.

Dolor que no se extingue, flor que brota
en la frente del cielo, espina hundida,
cauterio que deja detenida
la brasa de la flor que no se agota.

Te veo arder en tu tenaz hoguera,
encendiendo la tarde silencioso,
indiferente a la tormenta fiera.

Restañas con tus ramas, amoroso,
la moribunda fe de la quimera
que halló, en tu rama fiel, dicha y reposo.

De “Ausencia”

Cúbreme, amor, el cielo de la boca…
Rafael Alberti

1. Aire sólo, fervor que callo y digo,
palabra que te nombra y te delata,
que te eleva en su vuelo o te maniata:
en mi boca te encierro o te prodigo.

Te dejo a la intemperie o al abrigo,
te guardo en ventisquero o en fogata.
Pródiga, codiciosa catarata,
vas en mi labio como fiel testigo

de todo lo que en él pones y eres,
de todo lo que en él tu sed convoca
y de lo que en su amor beber quisieres.

Silencia esta ebriedad que el labio aloca
y con el agua en que dichoso mueres
cúbreme, amor, el cielo de la boca.

* * *

2. Hay esta piel por tanto beso herida,
esta música en tanta luz cegada,
esta ternura a solas escanciada,
esta verdad por tu fervor vertida,

esta palabra en sombras encendida,
esta caricia ardiendo derramada,
tu mirada bebida y escuchada,
tu silencio envolviéndome la vida,

todas las cosas que forman mi cielo:
el canto, la presencia de tu beso,
la voz que tiene cada anhelo preso,

los aleros del ave ahíta en vuelo,
tu sed lo enciende todo y me lo quema
con esa arrebatada espuma extrema.

* * *

3. ¿Qué va a saber el sol del día triste?
¿Qué va a saber el agua de sequía?
¿Qué va a saber la luz de lluvia fría
y el viento de la rama que resiste?

¿Qué va a saber la llama que subsiste
de cenizas que apaguen su porfía?
¿Qué va a saber, por fin, de la alegría
esa nostalgia que su ser contriste?

Ven que te explique ese fulgor oscuro,
ese dolor amigo, ese ojo ciego,
ese frío quemándome en el fuego.

En la piel que me siembras de futuro
coróname de espuma, oculta yema,
que es jazmín del que sabe y del que quema.

* * *

4. Es aire, sólo el aire, quien te besa,
el aire que lamiendo está la llama,
el aire que te envuelve y te reclama,
que libera tu vuelo y que lo apresa.

Es aire, sólo el aire, en que la espesa
sangre del corazón de aquel que ama
vence al silencio donde se derrama
la palabra trocada en fiel pavesa.

Es aire la verdad que desafía
al frío, la distancia y esa boca
ciega a la sed ajena y su agonía

que siembra su existir en otra boca.
Máteme el beso de tu alevosía
brotado en punta de coral de roca.

* * *

5. Siembre tu corazón en labio ajeno,
aire que hiera el surco de mi oído;
y en él siembre su pecho estremecido
la palabra dolida y su veneno.

Siembre la luz ardiente el labio pleno
en quieta frente, en pensamiento herido.
Derrota ausencia, desamor, olvido,
la voz donde a vivir yo te condeno.

Desordena mi cielo, mi mañana,
mi vida entera mueve y equivoca
con la corriente que en tu labio mana.

Que me asesina el vino de tu boca
esta escasa cordura, cruel tirana.
Alóquemela, amor, su sal, aloca.

* * *

6. En ti afirma la carne su porfía,
el carmín de la rosa, la azucena,
el canto del cenzontle, la serena
superficie del agua, la armonía.

En ti enciende sus luces cada día
la voz que incendia el aire cuando suena
su canto repetido en lengua ajena,
hecho fecunda y sola compañía.

Comparte en la distancia esta locura
que tengo por el fuego de tu boca
que ya toda cordura se hace poca.

No me cures jamás la quemadura
donde el alma se muere y se me quema
por tu secreta aguda flor suprema.

* * *

7. Explora mis panales, mi recinto
secreto donde oculta miel destila.
El tiempo su madeja fiel deshila
confiado a los fervores del instinto.

Bebe el beso que el dulce labio afila,
devora la epidermis del jacinto:
el deseo saciado, nunca extinto,
desde tu tersa torre me vigila.

Tus manos, tu mirada, tu dulzura
desbordan en el vértigo del fuego
donde en olvido la razón se quema.

Coróneme el rocío y su luz pura
en el instante eterno en que me entrego
doblando su fervor en su diadema.

* * *

8. Me devora la boca que me besa,
me erosiona la voz que me acaricia
y me da vida la tenaz sevicia
de tu labio trocado en fiel pavesa.

Me asesina la mano que confiesa
lo que la voz no eleva a la caricia
me edifica tu labio y su codicia
que dilapida su lujuria aviesa.

Me reta y me sostiene tu locura,
me desalienta tu vivir sensato,
me desarma y cautiva tu ternura,

y en este canto preso que desato
se me enamoran alma, mente y boca
del mordiente clavel que las desboca.

* * *

9. El espejismo me llamaba en vano,
en vano la quimera y su luz pura,
en vano la sirena y su dulzura,
el misterio y la voz de cada arcano.

Inútilmente el fuego del verano
me daba el beso de su quemadura;
su amor, el fuego; el agua, su frescura:
paraíso en la palma de tu mano.

Labio sediento por tu voz, oído;
párpado ciego que la luz evoca;
agua que quema todo lo que toca:

Déjame ser silencio puro, olvido;
de tu fuego el más íntimo destello
¡oh ceñido fluir, amor, tan bello!

* * *

10. Amor, eres lo único que tengo,
agua que entre mis dedos se diluye,
que cuanto más persigo, más me huye,
por más que mi penar sin fin prevengo.

Tenaz tormento que al latir sostengo,
casa en la arena que el azar destruye.
Lunar marea, medra y disminuye
la herida de vivir que en ella vengo.

Rota de sed, desnuda y calcinada,
mi boca tu veneno dulce bebe
y bebe tu palabra alucinada

mi oído fiel. Cautiva en tu mirada
se me queda la piel enamorada
del borbotar templado de tu nieve.

* * *

11. Humo toqué: ceniza, viva llama,
Y me quemé las manos y el aliento.
Nadie condene el daño que consiento:
Soy víctima y verdugo de mi drama.

Soy quien muere de sed y quien derrama
El agua que le sirve de sustento,
Quien construye su gozo y su tormento,
Quien dispone los hilos y la trama.

Que no encuentre consuelo quien remiso
A la cordura fue, huésped esquiva
De la ilusión que en polvo se deshizo,

Quien por su mal se quiso ver cautiva
De ese breve, engañoso paraíso
En tan estrecha gruta en carne viva.

* * *

12. Herida fui en el gozo, en el olvido
Libre me vi, desnuda y desolada.
¿Para qué libertad abandonada
Y palabras de amor en ciego oído?

¿Para quién hambre y sed en el sentido
Si me abraza la sombra demudada?
¿Para quién alma y boca enamorada
Si tengo el corazón de ausencia herido?

No hay cicatriz en esta piel serena
Que manifieste con su oscuro sello
La fiera luz que arde en cada vena.

Íntimo fuego del que soy destello:
A brasa fiel mi boca se condena
Para mirar arder tu fino cuello.

* * *

13. No me mueve, mi amor, para quererte
la dicha dulce con que me has mentido,
ni la fecunda gracia que has vertido
en mi piel, sin llegar a merecerte.

El ojo no ha logrado conocerte,
ni el beso alcanza a asir todo el sentido,
ni la voz dice todo lo vivido,
ni consigo explicarte ni entenderte.

La luz que brilla al fondo en tu mirada
es la estrella que arde y que me mueve
a cruzar esta ausencia desolada.

Y es la fe que sostiene el lazo leve
adonde la pasión inconfesada
se te resbala, amor, y se te llueve.

* * *

14. Construyo esta apretada geometría,
esta sonora cárcel, este abrigo
donde congelo el tiempo y su castigo
y salvo este espejismo que me guía.

Libre y tenaz como una red vacía,
abarca lo que callo y lo que digo,
lo poco que ahora sé, lo que persigo,
lo que viví contigo cada día.

Aire sólo me queda. En este viaje
escribí mis palabras en la arena,
aré en el mar, creí en cada sirena,

viví confiada al viento y al oleaje
con mi voz en tu boca hecha cautiva
por jazmines y estrellas de saliva.

De “Locura Amor”

1. Amor, y tú lo sabes, es venero
de profundas y dulces quemaduras,
y también tiene espinas tan seguras
que matan con el roce más ligero.

Amor hace lo eterno pasajero
y nos convierte en lámparas oscuras.
Nos hace contemplar dichas futuras
y nos regresa al polvo volandero.

amor fue tu canción y tu batalla
por vencer a la muerte y su letargo
y al labio que su red rendida calla.

Se endulzó tu canción, amor tan largo,
que ahora brota tu dulce amor amargo
como una inmensa flor que me avasalla.

* * *

2. Cuando supere esta distancia ardida,
esta larga y doliente quemadura,
este golpe de hiel, esta tortura
de tu rosa en espina convertida;

cuando logre vencer la acometida
de la distancia que el dolor procura;
cuando imponga la luz a la locura
y logre revivir mi fe perdida;

entonces volveré a habitar el cielo
de tu abrazo deseado y presentido
en las espinas crueles del anhelo.

Volveré a la tibieza de ese nido
y en mi canto de renovado vuelo,
voy a gritarte amor hasta el olvido.

* * *

3. De repente la rosa se hizo llanto,
y el abrazo se convirtió en ausencia,
y el celo se cambió en indiferencia,
y el gozo más deseado fue quebranto.

Como una nube, se borró el encanto
que fascinó la luz de la conciencia
y obnubiló la flor de la experiencia
con su perfume que apreciara tanto.

¿Por qué no fue el engaño duradero?
¿Por qué sólo en la llama del sentido
se dibujó la llama porque muero?

No quiero que la arena del olvido
me haga pensar de todo lo que quiero:
-¿Y si sólo fue un sueño lo vivido?