¡Oh chamarra de papel!
En hora fuerte y menguada
Vos fuistes invencionada,
Pues por vos me dicen cruel.
De cuya causa cuidado
Nace qu’el alma me arranca;
Que, ¿por qué, siendo vos blanca,
Me paro yo colorado?
¡Oh chamarra de papel!
En hora fuerte y menguada
Vos fuistes invencionada,
Pues por vos me dicen cruel.
De cuya causa cuidado
Nace qu’el alma me arranca;
Que, ¿por qué, siendo vos blanca,
Me paro yo colorado?
Más me siento yo injuriada
De vos, descortés hidalgo,
Pues que siendo en paño algo,
En chamarra no soy nada.
Si quedó por mi ocasión
Vuestro pecho sin abrigo,
Vuestra fué la culpa, amigo;
Vuestra fué, que mía, non.
Señor, vos buscáis mi mengua;
Mucha queja de vos tengo,
Pues sabiendo dó yo vengo,
No tenéis tiento en la lengua.
Mis tachas parecerán
Que a vuestra causa mezquina
Caballeros de Medina
Mal amenazado me han.
No temáis, chamarra mía,
Que os puedan a vos decir
Si no que por me seguir
Dexastes la compañía.
Si me tuvistes amor,
No estuvistes engañada,
Pues yo os quise deshonrada,
Por veros de mi color.
Hacer manda esta justicia
A las chamarras presentes,
Por los delitos siguientes,
La reina nuestra, Malicia.
Y el pregón de su querella
Desta manera comiença:
«Que salgan a la vergüença,
Pues osan andar sin ella».
Salgan según su vejez,
Hagamos honra a las canas,
Salid vos, la de Mançanas,
Hecha en el año de diez;
No aleguéis por leonada;
Que ya, por tener tesón,
Habéis perdido el león,
Y quedastes en la nada.
Maestresala, sentir pena
No debéis d’esta costumbre;
Que siendo tan ruin la cena,
Ruin ha de ser, y no buena,
La lumbre con que se alumbre;
Pero puédese pensar,
De veros ir con linterna
Acompañando al manjar,
Que queréis con él entrar
A cenar en la taberna.
Siempre en jueves, de la cena
Por remembrança y memoria,
Solemos estar en pena;
Pero vos, según se suena,
Diz que estuvistes en gloria.
Los banquetes son crueles
Do carne sola se da;
Mas esto no se dirá,
Pues las tortas y pasteles
Bien las supimos acá.
Injustamente condena
Mi fama la falsa historia;
Mal se habla en culpa ajena
En una casa tan llena
De culpa, y culpa notoria.
Al repique de broqueles
Estáis tan a punto ya,
Que do quier que carne está,
No son puestos, los manteles,
Cuando la huelen allá.
Señores y compañeros
Que salistes de Bohemia
Por virtud, y no por premia,
A ganar honra y dineros,
Ya sabéis que hasta aquí,
Mientra quiso la fortuna,
No ha habido falta ninguna
Por vosotros ni por mí.
Agora, por los pecados
De alguno, veis que nos vemos
Do de hambre perecemos,
De toda parte cerrados.
Pues estáis donde me vi
Con tan próspera aventura,
Gozad del bien mientras dura;
Dexen todos para mí
El dolor y la amargura.
Pídeme la voluntad
Con grave necesidad
Que no esté sin veros hoy;
¿Qué haré ¡triste que soy!
Servido no ge lo tienes,
Aunqu’en gana le tenía;
Mas mire su señoría,
Generación, dónde vienes.
No mires merecimiento
De barbero guipuzquiano,
Mas el razón que le cuento;
Y Machín vaya contento
Con guinaldo de su mano.
El Navidad es pasado,
Y Reyes otro que sí;
Mas del copla que le di
Ya le tienes olvidado.
Prometido pues’me había
El aguinaldo, señor,
Mande vuestra señoría
Que la cumpla todavía
Con Machín, su servidor.
Cuando mi madre cuitada
En el vientre me traía,
Viéndose grave, pesada,
Diz que a los dioses, penada,
Consultó qué pariría.
Febo dixo: «Varón es.»
Marte hembra, y neutro Juno.
Yo, nasciendo, era después
Hermafrodito, y de tres,
Dixo verdad cada uno.
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Si las penas que dais son verdaderas,
Como bien lo sabe el alma mía,
¿Por qué no me acaban? y sería
Sin ellas el morir muy más de veras;
Y si por dicha son tan lisonjeras,
Y quieren retoçar con mi alegría,
Decid, ¿por qué me matan cada día
De muerte de dolor de mil maneras?
Mas ellos, caso que estaban
Sin favor y tan a solas,
Contra todos se mostraban,
Y claramente burlaban
De las coplas españolas,
Canciones y villancicos,
Romances y cosa tal,
Arte mayor y real,
Y pies quebrados y chicos,
Y todo nuestro caudal.
¡Qué tienes tú que ver
con las aves en cruz de los brazos abiertos!
Águilas del amor que navegan espacios.
Los brazos poderosos como pájaros míticos,
que vuelan penitentes
(el vigor constructivo inquebrantable).
Fuertes, auxiliadores.
Ved su cortante vuelo peregrino
por atmósferas rojas.
La ternura
de carne azul. Los ojos
dos gotas del Vacío,
concretas, implorantes
que cayeron,
vivieron en un rostro y se quedaron.
Aureola malva de tristeza tierna,
el desamparo añil.
Arriba hay una estrella plativerde
que se diluye entre la brisa dura,
violácea y táctil
de la compasión.
A Antonio Carvajal
Llueves, la noche, llueves reclamando
mi atención, la mirada,
mi entrega a tu constante, entrañada,
pasión.
Llueves y llueves, lluvia de la noche,
lluvia que te proclamas vencedora
de la estrella más alta,
que pregonas, abates el silencio,
repitiendo tu nombre y tu destino
de palabra insaciable.
Primer día.
Primera palabra.
Atrás quedó el dolor, su mano alzada
que golpeó en el rostro del ensueño,
buscando las raíces, el germen de ilusiones
crecido en esta tierra dura y seca
de la carne cansada.
Pero sus dedos torpes no han podido
romper esta corteza improbable y rebelde,
su pujanza de espera.
Tan lejos va el recuerdo, tan lejana
la imagen esta noche- del pasado,
tan parece mentira lo soñado
como la realidad de fiel mañana.
Esfumándose va, materia vana,
aquello que en mi mente está grabado,
y no sé si es real o imaginado
todo aquel mundo donde anduve ufana.
Hoy, por fin, descubro que tengo buena suerte.
Que cada vez es más sencillo que las yemas de mis dedos
viajen, intuitivas, por los túneles de mi torso.
Que mi estómago ha aprendido del mito de Narciso
y ya silencia él sólo su grito desgarrado:
la desgracia de la hermosura ansío para mí.
Yo soy Elisabeth Gille llorando tu marcha:
éstas son mis cartas de cumpleaños quemadas.
Yo soy tu hija pequeña sin regalos de Navidad.
Persiguiendo a los nazis, saltando la valla.
Yo soy David Golder arruinado tras tu muerte.
Yo soy un acorde de piano cualquiera
que, de repente, en Issy-L′Evêque suena.
Cuatro pasos de agua son frontera
entre su ombligo y la autopista.
Confío en la ruta de mordiscos de su espalda.
¿Me anochece para siempre esta señal?
¿O es brújula de luz para la tarde?
Sólo yo sé cuándo sobrevivimos.
Lo sé porque mis dedos
se transforman en lápices de colores.
Lo sé porque con ellos
dibujo en las paredes de tu casa
mujeres con rostro de epitafio.
Porque, a la caricia de la punta,
comienza el derrame de los cimientos
formando arco iris en la noche.
Tú dejaste inhabitada la isla que me flota entre los muslos:
hoy mi
propio
mástil
carnívoro me destroza por dentro. Ha comenzado el banquete
se retuerce
órbita azul
y en llamas
descubro famélicos los astros. Sé que soy el centro del mundo
y mi diadema besa el suelo, mientras yo imagino que mi útero estalla,
que las paredes de mi entraña se envuelven con pequeñas gelatinas
qué desgracia mía o regocijo tuyo me abocan a esta urgencia
tan convulsa
de palabras estánda
Es tan terrible decir que te he olvidado
que digo que tengo algodón en la memoria,
para que creas al menos que tu recuerdo me es grato.
Pero nada hay que me lleve a evocarte,
ni el dolor, ni la dicha,
nada.
La barba del patriarca se extiende hasta donde llegan tus cabellos,
no la ves,
porque es invisible a los ojos de las hembras,
ni las perras, ni las zorras ni tú mujer la veis.
La barba de patriarca da más sombra a tu sombra,
pero no te cobija en los días ardientes del verano,
y en la estación fría no deja que la luz derrita la escarcha de la noche.
…Aquel amor que publica
con su llanto de amargura
desmedido
la vïuda tortolita,
cuando llora con tristura
su marido
y se busca soledad
donde su llanto concierte
muy esquivo,
te haga haber piedad
de la dolorosa muerte
que recibo.
‘Dichoso aqué para el que la alborada
anuncia sólo el día enamorado.
Dichoso el que del ave en la pradera
espera todo menos la elegía’
Emily Dickinson
Pedí al sueño que no se apiadara de mí con la vigilia
dormir
dormir profunda y serenamente
y poderme despertar al otro lado
arrullado por mi madre o las tinieblas.
La niña de tu ojo derecho ha perdido la infancia,
y todas las imágenes que ha visto se sumergen en llanuras abisales,
el océano reclama a la niña de tu ojo derecho,
y la hunde en su seno,
diligente le quita las sandalias,
quiere el agua que las huellas dejadas en la arena sean leves,
que se borre de la tierra cualquier reflejo que hable de su paso.