De “Llama de mí”

A ésta tengo yo y ella me tiene
Boscán

A María Elena

Ella me puso amor;
dijo: éste es tu nombre
y a partir de aquel instante,
aquel momento,
no tengo otro nombre más que amor.

La noche

I. Persiste en el aire una herida
más grande que las cosas grandes.
Me busca. Me encuentra. Me abraza,
y al solazarse en la efusión,
¿lo digo?
me traspasa de ti.

II. La media noche en alto aún gemía.
Alguien preguntó por mí
tal vez por asustarme.
Logró al punto. Ahora
produzco entre visiones pétreas
voces lejanas con remar de dientes.
Sólo deseo, amor,
creerme entre tus sombras
ese alguien que me asusta
al preguntar por ti.

III. Alguien me disuade;
expresa su temor y me conmina.
Salto de la cama daga en mano
y busco al intruso.
No es nadie; es solamente
la telenovela del viento
en tanto un gato negro
crucifica mis ojos en los suyos.

IV. Hundida en un sollozo
la noche desmerece.
Lambisca sombras. Me divisa en ti
como si al anunciarse traspasase,
no su materia, mis tinieblas.
negros relámpagos escuchan
cómo nombro en tu cuerpo
otra noches cubiertas de cenizas,
tan llama aún como la aurora
en donde ardimos sin mirar la luz.

V. Rasgas la noche en muchas llagas,
una es luz yendo a su locura;
revelación de hormiga en ascua, aquélla;
más vaso irresoluto la siniestra;
y no la extrema, yo, a quien quisieras
preguntarle cómo puede
sin quejarse vivir bajo tu pie.

VI. Bajo la sombra mi relación
de líquida ventura es imagen
a tanta torre erguida
más allá de los sentidos,
sus adivinaciones altas.
La oscuridad, sobre plagarme
me destroza y desmigaja ego a ego,
soy cuento absurdo referido
por el tonelero ciego
remedado con afán euclidiano
por un señor en cuyas manos
el pan es daño con saudade.

VII. Soy palabra omitida
dice la piedra; sepultada
nadie escucha la dilatación
de sus rumores.
Soy sensación, nada
roída por la humedad
del fondo.
Me busco tantas veces
entre vetas demoradas;
menos en una:
temor de renacer.
a cuanto tú pudieras
delegarle al tiempo;
allí la piedra dice
palabras abolidas
por la luz anegada
con la sombra.

VIII. Si no te amara,
lo que se dice huraño corazón
debelado en cucarachas,
mi madre, siempre tan cercana,
invocaría la lepra para mí.
Y mi padre, siempre en la palabra,
sin más habría de elegirme
cerdos de gruñir bubónico
como bayaderas infinitamente
lamentables para amenizar
con sus encantos,¿oyes?,
los chiqueros de mi corazón.

IX. No me hagas caso, amor,
sin más apresta tus oídos
si te hablo en esperanza.
No me traduzcas al idioma
de asuntos abrumados de cordura:
mi persona no debe preocuparte;
salvo, dulcísima, al momento
en que tu olvido me devuelva
al fondo de la mar sin nombre
de donde no debí salir jamás.

X. En mí la noche emprende el viaje;
opción de ser sombría rosa o canto
a viejos continentes.
Ya sus guirnaldas omitidas, habla,
es dulce río su invidencia
al tentalear la piedra de mi espíritu.
Es flor. Al caminar se halla;
es tan feliz encuentro en sombras
jinetes traza para el viaje.
Ahí el perfume a sueño, el sueño;
ahí el sabor a noche, noche en vela.
Noche, pues, será narrarte
en un perpetuo paso cómo el alba
uncida a su materia,
es rosa de tu canto.

* * * * *

Lejos del alba

XI. No es verdad que no me quieras;
en cielo y mar, colmena y tierra,
encuentro huellas de mi látigo:
lictor seguro de tu Sade.
No.
No es cierto que no me quieras.

XII. Siéntate sobre las brasas
y dime de inmediato:
¿A qué huele tu carne
de adorables soledades?
Huele a mí que soy tu fuego,
tu flama siempre en alto,
su asador cautivo.

XIII. Hoy vi una flor imbécil.
No buscaba el sol;
orientada hacia el olvido
mostraba un seno lacerado;
famélica, sin pan
que llevar a la boca.
El frío la injuriaba;
sus lilas eran decadencia.
La convidé a pasar. “El té
-le dije- espera. Pan de azúcar vibra
para ti”. Pero ella,
tan pensarosa flor,
en lugar de abofetearme
se echó a llorar.

XIV. Si no te amara,
lo que se dice huraño corazón
debelado en cucarachas,
mi madre, siempre tan cercana,
invocaría la lepra para mí.
Y mi padre, siempre en la palabra,
sin más habría de elegirme
cerdos de gruñir bubónico
como bayaderas infinitamente
lamentables para amenizar
con sus encantos,¿oyes?,
los chiqueros de mi corazón.

XV. El fino espíritu de un lápiz,
en su extremada ausencia,
con precisión llevó mi mano
al admirable trazo de esta línea:
________________________

Tan justo se produce el brillo
y la imprevista anulación del ánimo,
que no podré saberlo nunca
cómo he de caminar en ella
sin
caer
al vacío
o
levantarme presto en caso de que tú
me arrojes a la sima de tu olvido.

XVI. Un traje gris vestido de hombre
te llevará la noticia…
Se murió de pronto. Así…
Como quien no quiere la cosa…
Diciendo tu dulce nombre…
Escupió de pronto entre toses
abrumadas de puntos suspensivos
los puntos suspensivos
que acumuló en su vida.

XVII. ¿Sabes por qué me desvaloro
a grados vergonzosos
mientras te elevo hasta la altura
en donde Dios gobierna?
Porque te quiero en entrecejo,
maravedí en manos de mendigo.
Y porque en tus insomnios, tú,
o prefieres lo infinitamente grande
o lo infinitamente chico.
Y yo no soy lo segundo.

XVIII. Con lágrimas eternas
borrarme de la tierra quiere amor.
Tal es su pretensión, su desmesura.
Junto al árbol, la lluvia sin caer,
mi pie de plomo pisa lágrimas.
Pidióme que llorase a pierna suelta.
Exigió el emblema de mi entraña
Dijo: -Si lloras de verdad
sabiendo de memoria cada lágrima,
aboliré el pecado de las albas
y el hambre que adoleces.
Tal cosa dijo amor.

XVIII. Como es el entusiasmo
por ti donado a mi tristeza
medida rebasada por lo ingente,
un molino hago de los días
en donde el año se hace harina.
El tiempo sin mañana me desbasta
en puro polvo de nostalgia
y en tal manera jubiloso
que temo, amada caudalosa,
perder amargo la tristeza.
Es ella mi única alegría.

XIX. Algo descubre cómo amor
me borra de tu corazón.
Algo de sol oscurecido tiene;
de migajón urdido en frío;
algo perdido en universos
de canticanto roto en la cisterna
en donde yace una sirena muerta.

XX. Mirar los altos cirrus
cómo devoran la distancia
al alma satisface,
mas las hormigas cargan sin medida
el peso incalculable
de pesos colosales.
¿Hacia la altura, Amor, se lleva el alma
y sin duda hacia abajo los sentidos?
Dime, ¿dónde estás tú,
a quien concedes tus favores?,
¿a la orgullosa nube deleznable
o a la hormiga de fuerzas eternales
con mi dolor a cuestas?

* * * * *

La ablución

XXI. No dejaré de ser
así la alejes de tu cercanía
tu mejor amiga
el agua.
En sus claras pupilas
reposa bosques
músicas menos recurrentes
así lo refieren robles
entabla el diálogo esperado
y tú entonces
serás feliz
dejaremos de morir
un poco.

XXII. Lava tus manos
si presientes
sobre ti el peso
de unos ojos infinitos.
Piensa
son ángel de papel
azúcar fidelísima
en memorias sumergidas
hasta la transformación
del agua en otro pasmo.
Esta que ríe lluvias.

XXIII. Rebusca en sus entrañas
la floración de un armónium.
Si subyacen mil infancias
volverá a crecer el tiempo.
Desmenuza esta idea
vista la corriente
de la noche. Su humedad.
Nadie estará al final
libre de culpa
si no besa copas rebosantes.
El líquido es hermoso
al escanciársele
como piel
tras un perpetuo fluir.

XXIV. Bajo su embate /
¿sabes? / las rocas
desmadejan su dureza
de arena / su violenta
consistencia hacen /
mundo son / instante
pasión de tierra reducida
a pensamiento granulado.
Agua agua agua
más aún que idea
memoria del mundo:
imagen tras espejos.

XXV. Si fuéramos menos llama /
lo que se dice objeto
expuesto a la tormenta
el agua pondría en nuestras manos
los sentimientos del trigo:
balbuceo entre silvestre
canon. Flores campesinas.
Pero no es así.
Demasiado estrictos somos
al compartir males irreparables.
Tanto a más secos, somos,
que pedernal en aterido fuego.
Debemos enmendar los pasos.
El amor lo pide.

XXVI. Llevas contigo al niño
cuyo rostro pide el agua
de la fuente cercana.
Llévasela y tórnalo
al cuento del ruiseñor /
del coyote / Nana Coneja /
a la luz de gotas infinitas:
alivia sus pesares.
Al día siguiente de la hazaña
bajo el cielo de junio,
singularmente humano
el niño revelará su rostro
y tú y yo su sed seremos.

XXVII. ¿Cuándo has escuchado, amor,
ladrar al agua en días claros,
en noches lunadas
mientras la madre indígena
come la modestia de un tejón?
El agua nuestra de cada día
nunca acometerá tal desmán.
Habla / dice su discurso
bajo el sol /
sobre la punta de los pies
de espigadas cataratas
y es forma de silla
para la madre indígena.
Mírala, contempla
cómo el agua de la vida
llena vasos transparentes
de su historia
inmaculadamente dolorosa.

* * * * *

Llama de mí

XLII. No me conozco. El sabor,
tras su pequeño eclipse,
me desconoce. Ni la luz,
tamiz al ojo, sabe.
¿Seré el reverso, mi otra faz
en apartado olvido?
Nadie es náufrago; el mar,
trama de repeticiones,
no me conoce. Nadie
amor, me identifica,
a no ser tú. Tú,
sensible tierra; oído
en fuego al paladar
desnudas mis raíces.
Tuyo soy, lo aúllan
lunas cautivas.
No me conozco. Árbol,
mueble del pasado;
también sus barcos
sobre la mar daltónica
hacia la otra orilla.
Sólo tú eres; real
en mi reverso estoy.
Antes, hogaza de tiempo
en bodegones silenciosos.
De tal ahí sí soy,
tu ahí, amor.
Alegría de saberme
diferenciado en cada cosa.
Tú, amor, llama de mí.

XLIII. Vuelves a mí.
Me hojeas al medir el tiempo.
Lees largos párrafos
hasta descubrir océanos
temperados en perezas
al yacer en tus rodillas
a mitad del tiempo
como árbol de raíz izada
hasta la cúpula de un templo.

XLIV. Déjenme escucharla,
oír cómo se queja;
acaso sus silencios
quiera oír, cómo se encanta
mirándose al espejo.
Déjenme tener entre las manos
sus lobos luminosos,
el epitafio del espejo
en donde amor exacto
vence a la luz
con sus corderos.

XLV. Hay una canción que canta el mundo;
muchas hay: las cantan los perdidos.
La canción (nuestra canción)
es música por cuyo ensalmo
nace la tierra en pensamiento
pero lanzada hacia el espacio
en donde el sol lo quiere:
siempre lo ha querido, amor,
hacernos sitio.

XLVI. ¿Sabes?
Nombrar sombras de las cosas
compete al más sensible
de los girasoles.
Destinan gestos de sus cuellos
al seguir al astro.
Durante las primeras horas
son triunfo de lo efímero
yendo hacia la inmortalidad
de las tardes sin mañana.
Así es mi amor.

XLVII. Con solo tú quererlo
todo tendría un nombre;
ah, cuántas cosas hay
que no lo tienen
por ejemplo, yo.
No sé cómo nombrarme
sobre todo después de ver tus ojos;
ellos lo cambian todo
talvez para borrar al mundo.
Este tampoco tiene nombre.

XLVIII. Tú piensas en secreto
negarme tu secreto
que ya sé.
Te abstienes de que sepa
con cuánto afán un día los espejos
una paloma encinta
sacaron de las aguas
en tanto tú, dulcísima,
con doble llave condenabas
a tu infidente corazón
para que no me lo dijera nunca.

XLIX. Suena el reloj:
su campana de noche,
su yo profundo;
suena y tú duermes.
Por ti velamos
la campana, el reloj:
el yo profundo
de la noche;
el silencio lactante
de tu sueño.

L. Cuando despiertas apeteces
el pávido pomelo.
Secreto en su frescura,
intacto en sus granates,
instantáneos crepúsculos propicia.
Así traduzco, amada mía,
palabras que Pastor Cervera,
merced a su divina trova extrema.

LI. Frente a tu casa crece
un árbol laborioso en profecías.
Sumido en su penumbra habla;
a solas habla y dice
memorias para el tiempo.
Con cuánto amor sonríes, me refiere,
al signo en humo de los perros,
al impetuoso sol de mediodía,
a rosas imitadas por las rocas
nombradas por las rosas.
Te observa y te describe
con un rumor a yedra
adherida a paredes amorosas.
el árbol profetiza.

LII. Nos es dable escribir en las paredes,
¡vivan las bugambilias!
Mirarlas cómo trepan
entre el color gozoso.
Nos esté dable todo, menos
dejar con labio uncioso un beso
en manos de los aires,
autores son de bugambilias tristes
en mis nocturnos muros.

LIII. El día en su acabada obra
con lúcido sentido reconoce
cuál es tu casa, amada mía,
se vuelca en rojos y amarillos
al escribir tu nombre
sobre el horóscopo encendido
de transparentes puertas
que, al entonarlas, ¿sabes?,
recuerdan el incendio
de locas bugambilias
en donde yo contemplo al día,
su esmeradísima obra,
sin cese trabajar por ti.

LIV. Pero haces la buena señal;
desciende el cielo en copos
las yerbas te rodean,
te tornan transparente.
Flores de abril persisten.
Esplende agosto caluroso;
pero ellas, todavía,
pronuncian su primer perfume;
se oponen de la edad al paso:
no son minuto de la nada.
Te siguen y por ello nunca mueren.

LIV. El perro del vecino rico ladra.
No son las tres de la mañana.
Deambulo por las calles.
Nadie me mira remontar las sombras.
Las estrellas contemplan hacia el monte,
nunca hacia mí, el desquiciante.
Igual a los gañidos de los perros
una impresión persiste en acuciarme.
Cuando dijiste “Yo te amo”,
las mil jaurías de mi corazón
rompieron en ladridos
y las estrellas del vecino rico
miraron hacia mí
y no hacia el monte,
más pequeño ahora
al aceptar mi justo orgullo
de amante afortunado.

LV. Hombres hay que venderían
en mercados, lonjas y bazares,
su pobre alma al cuerpo ajeno;
o el cuerpo enfermo al alma
mendicante, sin más finalidad
que ver salvaguardadas
la vida y sus axilas.
No quiero ser persona
a quien imputen tales desvaríos.
Compra mi alma tú, en buena hora,
y verás cómo todos en la tierra
lapidarán las puertas de tu casa
con rosas, estrellas y diamantes
pretendiendo sofocarnos
con su estúpida riqueza.

LVI. ¿Sabes cuándo amor
me dijo: ¡Quiérela!?
Fue el día de la gota
entendiéndose en el mar de su paciencia
junto a nubes añorándose en las nubes
sobre un cielo más azules que distancia.
La misma gota de agua
convidada por el aire al explicarse
cómo y cuándo amor me dijo:
¡Quiérela!

LVII. ¿Quisiera usted mi vida
prestarme el corazón
que le encargué?
La rosa de encarnada vida
nacida en su jardín anoche
incontinente me lo pide.

LVIII. Vives para siempre
en mi corazón.
Ello limita el movimiento
libre de tus pasos.
¿Cómo respiras
en estrechez tan grande?
¿Podrías, si quisieras,
labrar un ventanuco
en las paredes de tu cárcel?
¿Y cómo liberarte si ocupas
resquicios, relojes y cancelas,
sus vueltas y retornos.
Lo que se dice, amada,
zapato rojo sin frontera,
semilla, idea de árbol,
cárcel volcada en otra cárcel,
prisa siempre detenida,
alegre lobreguez, inapetencia?
¿Cómo escapar de su estrechez
si es amor, mi vida,
el insomne carcelero?

LIX. Infamo el pliego de papel
al escribir mi nombre.
Pero tú, canto y alabanza,
al deletrearlo lo redimes.
Sobre mi frente inscribo el tuyo,
como un devocionario que dictaran
floraciones del alba agradecida;
uncioso oficio sombra mía
al ventilar amor
las cuadras de mi Abdera.

LX. Pero sí me amas,
prescrito lo han lejanos astros,
la huella del castor sobre las aguas.
Donde haya de posar los ojos
o tentalear estremecido,
hallo los signos indudables;
dicen: aquí el castor estuvo
bajo astros rutilantes
labrando con su rastro tu ventura.

LXI. Déjenme seguir las voces
espasmos de la copa
bajo el destino
cenit de sus transfiguraciones.
Si han de dejarme amor,
me llenaré de ti de tal manera,.
avistados los corderos
de las sublimaciones,
que no sabré nunca dónde empieza
la mano de tu mano
y el cuerpo de tu cuerpo.

LXII. Haz el esfuerzo,
quiéreme;
en sorbo de tinto
y la dorada hogaza,
cuanto Dios promedia
entre tu sonrisa
de varios años ha
y la verde madurez.
Comámonos sin melindres,
sin esfuerzos,
como si naciéramos
modelados por divina
humana levadura.

LXIII. Pero si e quieres.
El fuego a cedro
de las panaderías
viene a decírmelo.
Tus manos en la harina
dejan estelas;
más allá dedos del ayuno
cuando comía tu presencia
entre lejanos páramos.
Sí me quieres dice el agua
al agua
mientras me consumes en tu fuente
a medida que el día
parte su pan con la colina.

LXIV. Sé que pides la sustancia
de la primavera
en las panaderías.
Dices: “Quiero comulgar.
Educarme en golondrina
merced a la tarea
del pan salido de la llama”.
Lo sé; lo he sabido siempre.
Llama de mí.

LXV. Información de llama,
tú y yo en solo un trazo
cuando amasamos
también transfigurados
el pan que Dios Nuestro Señor
nos dio por cuerpo.

De “Palabra en tierra”

Futuro

Tener un nombre, lo primero.
La mujer. El fusil de dulce carga.
Estrellas caudalosas.
Después, lo que se adquiere con el aire;
el agua con la sed, la geometría, el hambre.
Antes, haber cavado en la ceniza
la madriguera de la brasa,
tatuado en rostros inconclusos
el infortunio, la miseria:
traición del pan de cada día.
Antes, copa del viento la garganta,
haber destrozado el romanticismo,
sus rosas petulantes,
su copa encanecida
mientras ciega el fusil de la esperanza:
la nostalgia del mundo sumergido
en la gota de sueño.
Porque después, escúchame, vendrán
los efímeros leviatanes
rabiosamente hincados
en el cuello del hombre que agoniza:
comerciantes de doble y triple dentadura
mientras nosotros, pueblos
del mundo, terminamos de crecer.

* * * * *

Fraternidad

Tomaré el lápiz más humano. Lápiz
sin crótalos ni luces invisibles,
sólo el color, la forma sin olvido,
la aljaba de los panes milagrosos,
el agua en llama cuantas veces quiera.

El ojo de una sombra, sus vacíos
fielmente retratados en el vano,
el maxilar y la medida, lápiz
de azules golondrinas, paz del alba,
fruto del fruto y ámbar del trabajo.

Camino y pez en paz, fetal dolencia,
el canto en sorbo, el trazo justo, lápiz,
cernida estrella en la mañana, digo,
vivo diciendo lápiz que tu sombra
dibuje el alto cielo de mi patria.

* * * * *

Midas

La maldición fue ésta:
“lo que toques será en oro convertido”.
Ni la doliente dalia,
que sigue al día como un perro,
ni la fastuosa hormiga
en el lecho en que yazgo,
han escapado al sortilegio.

Todos perecen.

* * * * *

Muerte

Reunidas las pupilas para siempre,
banquete es el afán y no la espina;
pero tú, devastado
martirio de hoy,
serás la desposada de mañana.

* * * * *

Mujeres

Tibias y poderosas,
salud en los molinos anhelantes;
aspas son, y luciérnagas,
misa del horno y la manzana.

Yo, cartógrafo en sus laúdes,
el mundo me destina
la forma de sus senos,
particulares, hoscos y gentiles.

* * * * *

Pesadilla

¿Acaso puse en los cielos nocturnos
las estrellas rutilantes,
en las aguas la simiente de los peces
y en los bosques la rabia de los árboles,
para que preguntes cómo he podido
incinerar mi corazón entre las urnas?
Hermanos, calcomanías, esteras, lobos,
pestañas, rojos retratos, vasos, postales,
mercaderes, horticultura, grises de humo,
pasos, nivel del alma, tornillos suspirantes,
quietud, incensarios bajo las lámparas.
¿Cómo puedes preguntar, entonces,
si tu corazón -festín de ratas-
yace incinerado y nadie lo redime?

* * * * *

¿Quién ha muerto?

¿Por qué mi alma vuela aún en pos de ti, oh prodigiosa?
¿Por qué al remover mis aguas emerge un brazo ciego,
armado con las armas del día y la profunda tristeza del mundo?
¿Por qué si nada existe ya fuera del círculo de fuego
mi alma aún te busca como sonda en un mar ilimitado?
¿Quién con mano osada levanta las cometas en el cielo
ignorando tus ojos de inocente transparencia donde yacen
el fin y el principio de la noche alarmada por los astros?
¿Quién busca entre tus vetas la pertinacia de los metales
que aduermen viejos ritos de nuestro amor ya sepultado?
¿Cómo y dónde hallar los recentales de cálido mugido,
unidos a tus pies, al otoño que tus pies dejaban
al segar la yerba del buen año y la respiración el mirlo?
¿Quién, entonces, ha muerto, oh prodigiosa, en las riberas
de lagos lúcidos, palomas propensas a desfallecer de ternura?
¿Acaso nuestra frente ha fallecido viviendo aún la tarde,
esplendiendo la aurora sobre la llama de un fantasma hosco?
¿Nuestras manos? ¿Los pies del tullido? ¿La prisa del jinete
que gana todavía la esperanza, en medio la batalla de los años?
¿Quién ha muerto aquí? ¿El lobo o el pastor? ¿Acaso la vigilia
de jardines episódicos, presos bajo el hierro del desengaño?

* * * * *

Recién casada

Las bestias se bebieron la champaña,
de rodillas, todas, con las copas llenas;
de uñas, todas, con los vasos rebosantes.
Tú, amor,
dulce hasta perderte en la inscripción
de este epitafio,
posabas los ojos en mí y sonreías
llorando cada gesto,
como si previeras mi muerte,
mi desesperación,
el adiós de quien te ha perdido.

* * * * *

Soliloquio

Escucha, amor, esta llama doblemente amarga,
su poblada deferencia de tiniebla.
Amados alacranes en tus hombros.

Mírame dormir en tu corpiño,
imagen, sensación de olvido.
Hoy contemplas la camisa que me diste
rota a mordiscos desesperados.
rodillas y hierba.

¿Quién organiza el funeral y muerde
el sollozo del último invitado?

* * * * *

Tus manos en las mías

Persistirá tu rostro sobre la espuma albeante. El barco dibujado.
Inscribí tu nombre en las cortezas de los árboles, a fresa sangre
di el color de tus ojos y en gotas transparentes, gajos del agua,
tallé la flor reclinada de tarde en un pañuelo roto, revuelto el arcón;
despreciada la máscara del día, los años apretaron tus manos en las mías.
¿Cuándo volverá la rama radiante de sol a impartirnos su lección de fiebre?
El camino lleva veredas de ventrílocuo, empecinados remolinos, alma y canción,
ermitas bajo el olmo en rapidez de sombras rumoreantes al desvanecerse.
El barco, ciempiés sus remos en el agua, ha empezado a caminar,
tus brazos tienden las velas amortajando la mucha lejanía. ¿Quién nos vive?
¿A cuántos seres habitamos, descritos en otras existencias libres de melancolía?
Sólo tú reconocerás la antigüedad del agua apisonada por las olas,
reencontrarás el camino en las vertientes, lúcida al hacer morada mi memoria.
Persistirán tus sienes, el palafrén azucarado en el frontón de la repisa,
tus amados indios, los negros maltratados como libros revueltos sobre un mostrador de zánganos.
La palabra amor ya no me es negada. Sugiere su maduración, sus rayos.
Tomo en la reverberación la lámpara que un nocturno día dirigiera mi ejercicio,
tú la agitabas entre los relámpagos de la sombra. Pies y brazos. Movimiento.
Entonces me tomabas en tus brazos. ¿Cuántas estrellas cambiaron sus primeros dientes?
¿Cuántos árboles renovaron el surtidor de ramas para encubrirnos?
La humedad es sólo nombre destructivo del agua o su vitalidad anónima.
La diferencia, su principio como quien, secretamente, menciona un bacilo fervoroso,
pero menos seguro de sí mismo, tras la huella del ángel arrepentido.
Ha empezado la secreta ablución. Los topacios atados en el interior del calcio lúcido,
prorrogan la transparencia al orar, mirando hacia el oriente, tenaces sus castañuelas cíclicas,
¡y he aquí parroquianos en los eriales que el agua había corroído la suma de las rocas
y su voz alcanzaba a tocar los paraguas del diluvio, hacinados en árboles y dólmenes!

Idilio II – Los celos

Tú, ruiseñor dulcísimo, cantando
entre las ramas de esmeraldas bellas,
ensordeces las selvas con querellas,
su gravísimo daño lamentando.
al Cielo y las Estrellas.
Pesados vientos lleven tu gemido
en las cuevas de amor bien aceptado,
y con pecho en tus penas lastimado,
bien es responda al canto dolorido
de tu picuelo harpado.
¿Quién te persigue. ¿Quién te aflige tanto.
Si acaso es del amor la tiranía,
consuélate con la desdicha mía,
que advirtiendo tu mísero quebranto,
busco tu compañía.
No me desprecies cuando te acompaño,
pensando que en dolor me aventajaras;
pues si mis desventuras vieras claras,
y al fin te persuadieras de mi daño,
quizá el tuyo aliviaras.
¡Triste de mí!, que en páramo apartado,
siendo alimento a pena tan esquiva,
hallé muerte de celo, que derriba
el edificio amante, que hube alzado
sobre agua fugitiva.

Idilio III – Ilusiones de la tristeza

Descaminada, enferma y peregrina
la estéril tierra piso:
ocúltase la luz que me encamina,
y tiemblo de improviso.
Airado el Aquilón tronca las plantas,
silbando en las cavernas:
suspenden sus dulcísimas gargantas
las avecillas tiernas.
Marchítanse estos prados cuando miran
el fuego de mis ojos;
las florecillas de ellos se retiran,
armándose de abrojos.
Copian mi rostro pálido las fuentes,
y enturbian sus cristales;
huyen de mí las fieras inclementes
con bramidos fatales.
¿Quién les dijo mi mal. ¿Quién les dio cuenta
de mi dolor callado,
cuando el ardor que el alma me atormenta
decir me está vedado.
¿No te basta, cuitada, el miedo extraño
que dentro el alma siente,
sin que todas las cosas en tu daño
se muestren inclementes.
Llora, ¡ay mísera!, llora, pues el llanto
sólo a tu mal conviene:
y ni en hombres y en fieras tu quebranto
remedio alguno tiene.

Idilio IV – Delirios de la desconfianza

Osé y temí; y en este desvarío
por la alta frente de un escollo pardo
del precipicio donde no me guardo
sigo la senda, preso el albedrío
con pie dudoso y tardo.
Nuevo ardor me arrebata el pensamiento;
discurro por el yermo con pie errante;
la actividad de un fuego penetrante;
ni la inquietud que en mi interior sïento,
huyen de mí un instante;
por el hondo distrito y dilatado
del corazón en fuego enardecido
se explayó el gran raudal de mi gemido
y la dulce memoria de mi amado
hundió en eterno olvido.
Soy ruinas toda, y toda soy destrozos,
escándalo funesto y escarmiento
a los tristes amantes, que sin tiento
levantaron de lágrimas sus gozos,
gozos de inútil viento.
Los que en la primavera de sus días
temieron el desdén de sus amores,
envidien el tesón de mis dolores,
y fuego aprendan de las ansias mías
los finos amadores.

Idilio V – La agitación

¡Ay! ¡Cómo ya la alegre primavera,
a su felice estado reducida,
torna a las plantas nuevo aliento y vida
esmaltando las flores su ribera,
que antes se vio aterida!
Suelta el raudal su risa armonïosa;
y canta el ruiseñor con trino doble:
de púrpura se viste el clavel noble,
y enlaza al olmo con la vid hermosa,
y con la hiedra al roble.
¡Qué de veces me vio rosada Aurora
mustia y débil la flor de mi hermosura,
reclinada del monte en la espesura,
y en vela inquieta me encontró a deshora
llorando mi ventura!
Cae del cielo la noche tenebrosa;
cubren sus alas negras todo el suelo:
mi dolor se acrecienta y desconsuelo,
y paz el blando sueño da engañosa
a mi triste recelo.
Que despierto asustada: y mi cuidado
me lleva a yerma orilla de ancho río:
vuelvo en vano a dormir, y desconfío
de poder encontrar puente ni vado
al triste curso mío.
Triste de mí que sigo temerosa
la luz escasa del funesto fuego,
que el poder de mis ojos deja ciego,
y émula de la incauta mariposa,
a su volcán me entrego.

Oda en sáficos-adónicos

¿De qué me sirve, Primavera hermosa,
que nueva vida a tus pensiles vuelvas,
y aquestas selvas llenas de frondosos
álamos verdes.
¿De qué me sirve que por estos valles
esparzas rosas, siembres vïoletas,
tiernas mosquetas, azucenas blancas,
cárdenos lirios.
¿De qué me sirve que por sus orillas
vierta la fuente perlas orientales,
y en sus cristales el divino Febo
néctares beba.
¿De qué me sirve que por la campiña
salte tocando el dulce pastorcillo
el caramillo con que da a su ninfa
música alegre.
¿De qué me sirve que los pajaritos
a coros trinen al romper del alba,
y en dulces salvas llamen al radiante
cándido Apolo.
¿De qué me sirve que mis corderillos
corran jugando tras la madre blanca,
y sin carlancas, sueltos mis mastines
júbilo muestren.
¿De qué me sirve cuando al mundo vuelvas
si no me vuelve mi Licori amada,
flor marchitada por la saña impía
de ábrego fiero.
¡Ay, cara esposa por mi mal difunta!
¡Ay, dulce prenda por mi mal perdida!
¡Ay, vida ida! ¿cómo no me has dado
trágica muerte.
¿Qué viste en Tirsis. Dime ¿en qué delito
pudo ofenderte. ¿cómo le dejaste
que no llevaste tras de ti al cuitado
su ánima triste.
Allá te has ido a la región más pura
ausente y lejos de tu Tirsis amado,
quien inundado en denegrido llanto
mísero muere.
¡Ay, queda, queda en sempiterno olvido
de estos cipreses lúgubres colgada,
y destemplada a los futuros siglos
cítara mía!

Amanece en el tren. Un rumor de raíles desata

Amanece en el tren. Un rumor de raíles desata
la cremallera de un paisaje. El cielo abre sus
párpados, instante en que no sabes si acabas de
partir o estás a punto de llegar. No sabes si
el mundo huye de ti o eres tú velocidad de fuga
entre sus fauces. Te abandonas al presagio de una
selva lejana, esperas el placer de su espesura.

Cavar una fosa

Cavar una fosa.
Edificar una casa.

Sobre las ruinas de las ruinas,
ahora y siempre por los siglod de los siglos,
la vida siempre en obras.

Un basurero atesora
la indiferente memoria de los días.
Quién reciclará nuestros despojos,
quién regalará fascículos
con nuestra colección de instantes,
qué teletipos darán noticia
de la simulación de un sueño,
quién archivará cuidadosamente nuestros nombres
y hará el penúltimo inventario,
en qué autopista o hiperespacio habitaremos.

Qué Internet hacia Dios por si lo escucha.

Entre derribo y derribo,
cavar una casa,
edificar una fosa.

Ceniza

Sólo aguas en tregua
nacidas para ser ceniza múltiple del viento.

Ya ves qué paradoja
amor, qué despropósito,

quería ser ave fénix,
amor, qué engaño,
qué fraude sustentaba mi proyecto,

quería volver como un corcel glorioso,
como un crepúsculo de llama
recurrente
y amanecer contigo en lo absoluto.

Me he muerto tan despacio como el humo
y mis alas de barro no sabían volar.

De luna acuática y ballenas

A Unica Zürn
y Luisa Castro

Noche profunda de luna acuática y ballenas.

Escuchas
cómo nutre a las piedras esta luz aturdida;
el viento tiembla
-tremor de lecho sobre el lomo del mar-
entre sus lentas fauces
otras voces rozan apenas tu pozo de ansiedad,
leve murmullo.

Profunda luna de noche acuática y ballenas.

La claridad renace como una grieta en la penumbra,
tal vez desciende del otro lado
de unas manos abiertas para ti,
la densa irrealidad que tibia ondea
tu sueño más anónimo.

Y aún seguirás en la playa
a la hora en que se duerman los albatros,
predestinada a recoger eternamente la lujuria del agua
y un laberinto de algas ascendiendo a tus sienes
cuando toda la sed es muerte inaplazable.

Oyes tu desnudez,
oyes nadar más lejos su imperio ensimismado
-la luna está besando sus grandes ojos tristes-
y susurras un nombre: “Moby Dick”
con el agua en los labios,
ahora que todavía sabe a sal su piel de luna

más profunda de noche acuática y ballenas.

Desasosiego de otoño

Tampoco tienen fecha las hojas de este otoño
y acaso no es verdad que su mundo agonice.
Ni queda amargura en sus grietas
ni sus arrugas aguardan la soledad del invierno.

Es sólo levadura, madriguera,
lazada de luz cuando reposa,
cuando cierra los ojos
para buscar los nombres de lo oscuro.

Pergaminos, venas izadas,
nervios que han excavado la piel,
los profundos ríos de montaña
que se dibujan en tus manos.

No hay desembocadura en este instante
detenido en la pared de un día,
en los muros de una casa que no existe,
el limbo del soñador y sus iconos.

Caminos superpuestos,
desde el Austral al Ártico,
sólo el imán del útero en letargo,
el jirón de inquietud que te faltaba
para soñarte sin gravedad.

El sueño de los caballos muertos

A Sylvia Plath

La noche esconde espuelas, atesora secretos
para el viajero que se aventura a solas hacia rutas insomnes;
cuando el sueño se acuesta a la deriva
y una embriaguez antigua vuelve a cercar los ojos
-caballos que se despeñan cada noche
y luego recobran vida para volver a suicidarse- .

Alta bóveda abierta
sobre la cicatriz que deja el golpear de los cuerpos remotos
y el galopar penúltimo pradera adentro,
semejante al ruido aquel de las puertas abatidas contra el otoño.

Y preguntar a dónde van cada día sus ojos aún calientes,
el alucinado mirar de los adioses
si desde algún lugar
suplicando su gemido inaudible.

Por la grieta del aire
-cerradura del mundo donde la muerte acecha
apostada en el umbral del sueño útil-
el galopar de los caballos que van a despeñarse
y caen desfiladero abajo,
arrastran la impotencia,
la ingravidez de mis muslos apretados.

Por el alma se adensan los recuerdos en ámbar,
la resina que desprenden pesadillas de entonces,
sólidas como la sangre del cristo crucificado
donde se clavaban mis ojos de niña al salir de la siesta;
gigantescos helechos golpeándome el rostro
mientras mis manos temblorosas apartaban las nubes
para encontrar el mundo
que nunca estaba al otro lado de la niebla.

Detrás vendrá el abismo con su imán desatado,
presiento en el galope su voz más poderosa:
la palabra embrujada, las palabras rotundas
y el galopar constante en los cristales,
su galopar constante…

Luego el vacío, el cenit.

Por la órbita de los caballos muertos
un sopor sin escrúpulos me conduce hasta el alba.

Imán de ti

Tengo una atmósfera propia en tu aliento
La fabulosa seguridad de tu mirada con sus constelaciones íntimas”.
Vicente Huidobro

Cuando te pienso se desatan atractores extraños,
mi cuerpo se desplaza,
se hace trizas en todas direcciones para encontrarte.
Y así vuelvo a nacer cuando te abrazo.
En el microclima de tu piel
mis briznas se conjugan con verbos desconocidos,
se recomponen
lejos de las palabras párvulas y huérfanas.

Así vuelvo a nacer
con los poros imantados de ti.
Tu piel tira de ellos en la distancia.
Hundo mis pies en tu océano,
me abandono a la química de las pasiones,
y a un solo movimiento tuyo
se ordenan mis hormonas, mis células, mis glándulas,
en el concierto del deseo sin ataduras
ni sintaxis.

Y creo más en ti
que en el silencio sobrecogido de las catedrales.
Contigo sobrepaso el umbral de todas las incertidumbres,
en ti el cobijo, el dintel,
mi bóveda, mi ménsula, mi arquitrabe gozoso,
me edificas, me construyes, me sostienes.

El metropolitano ruge debajo de mi casa
como un dragón de horario estremecido
y yo me protejo en la fortaleza de tus extremidades,
vadeo un río toda la noche para buscar el refugio de tu origen.

Tú mi atmósfera, mi espacio abierto
para entrar y salir sin centinela.
Traes un aire nuevo entre tus labios
y ya no sé respirar fuera de ti.
Cuando tú no estás
el cielo detiene sus hélices de plomo,
se enrarecen las palabras
y no saben decirte.

Itaca no existe

Tres vueltas de llave y un olor a silencio,
la luz súbitamente estrangulada en el lecho sin fondo
y la humedad de quince o más otoños
y esta locura
y esta oscura gangrena de embriagada penumbra,
tres o cuatro macetas con esquejes de olvido
o esa vela gastada en noche de tormenta.

Las puertas columpian el llanto de sus goznes.
Hace ya tiempo que no hay golondrinas al borde del tejado.

Asciendo lentamente
aquella escalera de los sueños freudianos,
subo a los altares mínimos
de mi propia insuficiencia.

¡Cuánto ayer empozado,
cuánta breve mortaja,
cuánto leve recuerdo!

Sobre la cal de esta pared escribo un verso:

He regresado y nada me esperaba.

Quizá se vuelve como a la patria o al padre
con un algo de herida
y esa ansiedad de no reconocerse en los viejos espejos.
Quizá se vuelve tarde,
se vuelve ya sin tiempo.
Desde el suelo
una muñeca muerta me contempla,
-una muñeca serenamente muerta-

Me alejo
con la desagradable sensación de haber profanado una tumba.

Para siempre

El viento insiste,
se arrastra por el débil dintel de mi ventana;
rarefacto reptil, anhélito de ausencia
para la incertidumbre clandestina de la hoguera,
el fuego vertebral que nos rotura
y nos abre en el alma una intemperie.

Ahora que lucho con mis párpados
para trazar un credo perdurable,
un sortilegio a solas para mi corazón telúrico afiebrado,
un sortilegio eterno a las tres de este sueño incontenible,
un verso más para tu duda,
un verso más hacia poniente.
Para siempre
Para siempre
extiendo las claves,
cifro y descifro los símbolos a solas,
la palabra que tú me has enseñado.
Abro violetas
columnas
cúpulas
arquitrabes
mi credencial escueta,
el texto apresurado,
enciendo lunas y velas al pie de las estatuas
y esa canción que es mía,
ese sonido que tú me has inculcado.
Y este metal pequeño que beso a cada instante,
este gesto precioso de callada ternura
que avente la ceniza
y siga siendo llama para siempre.

Patio interior

Patio interior.
Un niño pronuncia notas de saxo,
notas de níquel y nácar
para interiores urbanos.
Desde el sexto se precipitan
sonidos de Pork Pie Hat.
Un niño llora canicas blandas
sobre las horas de hormigón:
aullido en cuatro metros
patio interior
cuadrado.

En el quinto visillos sin persianas,
esquejes de geranios,
ollas express
zumbidos bullir de aspiradores.

En el cuarto las pilas anuncian detergentes.
La mujer del tercero iza las velas
en la tercera ventana.

El gato negro ensaya por séptima vez
el salto al vacío.
Un sol de mayo indescifrable
baja a suicidarse en las antenas.

A treinta metros
otro niño contesta notas de saxo,
enredaderas blancas, interiores urbanos.
Desde el sexto se precipitan
sonidos de Pork Pie Hat.
Un niño llora canicas blandas
cuatro metros
patio interior
cuadrado.

Ritual de violetas

“Las violetas son las sonrisas de los muertos”
J. P. Toulet

Antes de que salga el sol
llegamos a la profundidad del bosque.
Es tanto el silencio que da miedo cortarlo,
olvidamos el cuerpo que nos une a sus pliegues.

La noche quiere regresar hacia su origen,
nos desvelamos como niños cansados de soñar.
No hace frío esta mañana en el corazón,
la penumbra nos mira de un modo diferente
pero también con la serenidad de la costumbre.

Ya hemos estado aquí,
en esta ceremonia solitaria y secreta,
la misma montaña piensa en los ausentes,
algunos pájaros susurran nuestros nombres.
Su color improvisa un jardín diminuto,
asombrosa intimidad de las cosas pequeñas.
El musgo que amortigua nuestros pasos
para que no despertemos a su duende.

Ya hemos estado aquí,
en la misma ofrenda inmóvil de la escarcha.
En un tiempo de cobijo sin retorno
la luz en duermevela desdibuja los ojos.
Es humilde el tesoro que enterramos,
apenas las semillas de un destino más grande,
violeta eternidad,
escribimos con flores un edén necesario.

Sin razón

He interrogado hasta el amanecer al pozo
de las preguntas. Es mentira que el corazón
sepa decirse mejor en esa sombra.

He interrogado a la memoria y al camino,
y al cielo turbio que coagulaba dudas.
Pero no bastaba crecer en los escombros
del verbo, ni formular la cicatriz reciente.

Un paisaje de puertas: entran y salen
las mascarillas de la muerte. Un paisaje
de paredes que respiran, de paredes
taladradas por sus ojos insomnes.

Busca inútilmente
el rostro y su verdad, para que el miedo
aprenda a descifrar más despacio los pasos.

Una respuesta bastaría para narcotizar
la angustia, o el sopor de ser
gota a gota un espectro.

Buscas las piezas del puzzle
que faltaban, amontonas los trozos
pero se quedan fuera los detalles.
Una respuesta sólo bastaría…
Pero en los pasillos de la noche
sólo escuchas ese ruido de pies
acostumbrados a arrastrarse
hacia los desiertos.

Tótem I

Entre
tótem y
autómata,
una zozobra
de marioneta,
virutas de tiempo
invisibles hilos
de oro tiran
de ti hacia
los bosques
sagrados de los druidas. Desde los serbales milenarios,
el muérdago llega hasta tus brazos, se hace resina y ritual
para ahuyentar a la muerte. Entre
tótem y autómata la puerta propicia
para cambiar de ángel, el gigante
de Cerne Abbas tumbado en el campo
de Dorset, las estatuas de Rapa
Nui, vigilando la Isla de Pascua,
los cuerpos silueteados al abrigo
de las rocas, los monigotes de la
infancia y la caverna, y los robots
que aprenden a mirarte. Entre tótem
y autómata el espantapájaros
crucificado en la inmensidad del
trigo, el que siempre te espera
allí donde todo lo modela el viento
y tus pasos de niña no se apagan,
tu icono y escondite y madriguera.

Un instante en relieve. En el cielo el ala

Un instante en relieve. En el cielo el ala
del relámpago, la tarde turbia de aquel verano.
Punta Galea, una chispa fugaz en las pupilas
de vuelta a casa.

Y la inquietud del verso inacabado en el sendero,
abierto el surco de su suerte.
Acaso todavía aquel mar
salpica palabras
de fragua hacia tus ojos.

Amémonos

Bajo las alas rosa de este laurel florido,
amémonos. El viejo y eterno lampadario
de la luna ha encendido su fulgor milenario
y este rincón de hierba tiene calor de nido.

Amémonos. Acaso haya un fauno escondido
junto al tronco del dulce laurel hospitalario
y llore al encontrarse sin amor, solitario,
mirando nuestro idilio frente al prado dormido.

Amémonos. La noche clara, aromosa y mística
tiene no sé qué suave dulzura cabalística.
Somos grandes y solos sobre el haz de los campos

y se aman las luciérnagas entre nuestros cabellos,
con estremecimientos breves como destellos
de vagas esmeraldas y extraños crisolampos.

Rebelde

Caronte: yo seré un escándalo en tu barca.
Mientras las otras sombras recen, giman o lloren,
y bajo tus miradas de siniestro patriarca
las tímidas y tristes, en bajo acento, oren,

Yo iré como una alondra cantando por el río
y llevaré a tu barca mi perfume salvaje,
e irradiaré en las ondas del arroyo sombrío
como una azul linterna que alumbrara en el viaje.

Por más que tú no quieras, por más guiños siniestros
que me hagan tus dos ojos, en el terror maestros,
Caronte, yo en tu barca seré como un escándalo.

Y extenuada de sombra, de valor y de frío,
cuando quieras dejarme a la orilla del río
me bajarán tus brazos cual conquista de vándalo.

Regreso

¿En qué silente cinturón de espuma
se oculta ahora la promesa yerta?
¿Tras de qué muro o entornada puerta
gime mi mundo?

¿Qué hora, qué mañana entre tumultos
de sol y risa, ya de cara al gozo,
me traerá su jazmín más primoroso
con la sortija mágica del rumbo?

Se quemó mi laurel entre la fiebre,
la palma fiel perdió su airón de fuego.
Ya sólo soy raíz, rígido ruego,
vástago de espiral lenta y endeble.

Pero yo me he de alzar del pudridero,
volveré a mi esplendor de carne y canto,
blanca y bruñida por mi propio llanto,
viva, de nuevo.

Salvaje

Bebo el agua limpia y clara del arroyo
y vago por los campos teniendo por apoyo
un gajo de algarrobo liso, fuerte y pulido
que en sus ramas sostuvo la dulzura de un nido.

Así paso los días, morena y descuidada,
sobre la suave alfombra de la grama aromada.
Comiendo de la carne jugosa de las fresas
o en busca de fragantes racimos de frambuesas.

Mi cuerpo está impregnado del aroma ardoroso
de los pastos maduros. Mi cabello sombroso
esparce, al destrenzarlo, olor a sol y a heno,
a savia, a yerbabuena y a flores de centeno.

¡Soy libre, sana, alegre, juvenil y morena,
cual si fuera la diosa del trigo y de la avena!
¡Soy casta como Diana
y huelo a hierba clara nacida en la mañana!

¿Sueño?

¡Beso que ha mordido mi carne y mi boca
con su mordedura que hasta el alma toca!
¡Beso que me sorbe lentamente vida
como una incurable y ardorosa herida!

¡Fuego que me quema sin mostrar la llama
y que a todas horas por más fuego clama!
¿Fue una boca bruja o un labio hechizado
el que con su beso mi alma ha llagado?

¿Fue un sueño o vigilia que hasta mí llegó
el que entre sus labios mi alma estrujó?
Calzaré sandalias de bronce e iré

a donde esté el mago que cura me dé.
¡Secadme esta llaga, vendadme esta herida
que por ella en fuga se me va la vida!

Supremo triunfo

Estoy ahora impregnada toda yo de dulzura.
Desde que me besaste, toda yo soy amor.
Y en la vida y la muerte, en lecho y sepultura,
ya no seré otra cosa que amor, amor, amor….

En la carne y el alma, en la sombra y los huesos,
ya no tendré más nunca otro olor y sabor,
que el sabor y el perfume que he absorbido a tus besos;
me has dado una fragancia, tersa y viva, de flor.

Hasta el último átomo de mi piel es aroma,
¡oh mortal podredumbre, te he vencido talvez!
Eres mi hermano , ¡Oh lirio! Eres mi hermana ¡oh poma!
Desde que él me besara, rosa mi cuerpo es.

Te doy mi alma desnuda

Te doy mi alma desnuda,
como estatua a la cual ningún cendal escuda.

Desnuda como el puro impudor
de un fruto, de una estrella o una flor;

de todas esas cosas que tienen la infinita
serenidad de Eva antes de ser maldita.

De todas esas cosas,
frutos, astros y rosas.

Que no sienten vergüenza del sexo sin celajes
y a quienes nadie osara fabricarles ropajes.

¡Sin velos, como el cuerpo de una diosa serena
que tuviera una intensa blancura de azucena!

¡Desnuda, y toda abierta de par en par
por el ansia de amar!

«Toilette» suprema

Bajo el encanto sombrío
de la tarde de tormenta
hay trazos de luz violenta
en la amatista del río.
Y siento la tentación
de hundir mi cuerpo en la oscura
agua quieta que fulgura
bajo el cielo de crespón.

Intensa coquetería
del contraste con la onda
que hará mi carne más blonda
entre su gasa sombría.
Rara y divina «toalé«
que en la penumbra amatista
dará una gracia imprevista
a mi cuerpo rosa-té.

Ninguna tela más bella
En su pliegue ha de envolverme.
¡Nunca tornarás a verme
Con tal blancura de estrella!
Jamás caprichoso azar
ha dado, a ninguna amante,
un lecho más fulgurante
bajo el amado mirar.

Deja que el río me vista
con sus largos pliegues lilas,
y guarda en tus dos pupilas,
junto al fondo de amatista,
la visión loca y suprema
de mi cuerpo embellecido
por el oscuro vestido
y la sombría diadema.

Vida aldeana

Iremos por los campos, de la mano,
a través de los bosques y los trigos,
entre rebaños cándidos y amigos,
sobre la verde placidez del llano,

para comer el fruto dulce y sano
de las rústicas vides y los higos
que coronan las tunas. Como amigos
partiremos el pan, la leche, el grano.

Y en las mágicas noches estrelladas,
bajo la calma azul, entrelazadas
las manos, y los labios temblorosos,

renovaremos nuestro muerto idilio,
y será como un verso de Virgilio
vivido ante los astros luminosos.

Hora ciega

Quisiera abrir mis venas bajos los durazneros,
en aquel distraído verano de mi boca.
Quisiera abrir mis venas para buscar tus rastros,
lenta rueda comida por agrias amapolas.

Yo te ignoraba fina colmena vigilante.
Río de mariposas naciendo en mi cintura.
Y apartaba las yemas, el temblor de los álamos,
y el viento que venía con máscara de uvas.

Yo no quise borrarme cuando no te miraba
pero me sostenías, fresca mano de olivo.
Estrella navegante no pude ver tu borda
pero me atravesaste como a un mar distraído.

Ahora te descubro, tan herido extranjero,
paraíso cortado, esfera de mi sangre.
Una hierba de hierro me atraviesa la cara…
sólo ahora mis ojos desheredados se abren.

Ahora que no puedo derruir tu frontera
debajo de mi frente, detrás de mis palabras.
Tocar mi vieja sombra poblada de azahares,
mi ciego corazón perdido en la manzana.

Ahora estoy despierto. Nacen al fin mis ojos
pisados por el humo, agujereando arañas,
duros estratos de algas con muertos veladores
que sin cesar devoran sus raicillas heladas.

Y te cruzo despierto, fiero túnel de ortigas,
remolino de espadas, vómito de la muerte.
Voy asido a las crines de un caballo espinoso
que vuela con ciudades quemadas en el vientre.

Voy despierto, despierto y obediente a mis manos,
con un río de pólvora cuajado en el aliento,
ahora que estoy solo y enemigo del aire,
seco, desarraigado, desnudo, combatiendo.

Isla en la luz

Se abrasó la paloma en su blancura.
Murió la corza entre la hierba fría.
Murió la flor sin nombre todavía
y el fino lobo de inocencia oscura.

Murió el ojo del pez en la onda dura.
Murió el agua acosada por el día.
Murió la perla en su lujosa umbría.
Cayó el olivo y la manzana pura.

De azúcares de ala y blancas piedras
suben los arrecifes cegadores
en invasión de lujuriosas hiedras.

Cementerio de angélicos desiertos:
guarda entre tus dormidos pobladores
sitio también para mis ojos muertos.

Isotermia

Te supe un condenado otoño
al ras de las cortezas
en el sinuoso curso de meandros

Choque brutal de pupilas perplejas
vorágine apretando estupro con el cielo
acunándonos el vértigo Iniciados babilonios

te supe a media voz Con un deseo mágico
rozándonos tobillos los secretos más
profundos del pecado

Sabía que existías
que te extendías grave en severos firmamentos
que conjugabas hechizos y serpientes

Que mecías tu cuerpo entre sombras ajenas y neblina
que tu gula era salvaje
que te enviaba Belili el infernal

Me convenció tu juego irreverente
tu descarnada afrenta Tu azul arcano
tu ser de sorpresiva ráfaga encantador heraldo

Y pregunté mil cosas esa noche
Era otoño Contestabas de perfil
repasando obrajes de tu lengua por mis labios

Desbaratamos trágicas hipótesis empanadas ordalías
amable triunfó la rosa de los vientos
y mi mano fue a tu mano

Sentimos nos unía la línea el tiempo el color
Robando el paraíso lo trepamos entre estelas jeroglíficas
colmamos tabernáculos de Ishtar con corderos y un buey blanco

Ondulando recíprocos por una ciencia infusa
por una rara geometría acortando distancias de mortales
ufanos entre sables curvos propicia luna vino en cráteras

Tu calor era regresando del exilio
Incontenidas pasiones estallaban las arterias
Isotérmicos derruimos prologales muros del temor o la vergüenza

Aquella noche la primera Era otoño
Estación para gente de «savoir vivre» de «savoir faire»
Nosotros

Aquella vez se perdieron tus ojos en los míos
y yo sin detener el alma
logré despedazar a tu tristeza

Pasión y muerte de la luz

VIII
Mi entraña mereció, panal mestizo,
la incorruptible ley de tu voluta.
En cada nervio de clavel o fruta
un embozado arroyo de granizo.

La abeja por mi sangre se deshizo.
Vi las raíces de tu isla enjuta,
y el atisbo tenaz de la cicuta
mezcló a tu piel su aroma fronterizo.

Tiendo la mano para recogerla
y el lento cáliz de una llaga fría
estanca el iris de tu simple perla.

Me ciño a su enlutada melodía
quemándome sin fin por retenerla
en el doble rumor de mi agonía.

X
El verano se agota en el racimo.
Ni avena, ni cigarra, ni amapola.
Ni el alga haciendo venas en la ola,
ni las tímidas ranas en el limo.

Ni la corteza que hasta el llanto oprimo
entre la tierna muchedumbre, sola,
hecha de sangre y labios la aureola
donde me corroboro y me lastimo.

Ni la centella que la liebre rubia
mueve entre los primores del rocío,
ni la humilde fragancia de la alubia.

Ni el caballo de sal que adiestra el río;
ni la múltiple espada de la lluvia,
dirán tu arisca huella, idioma frío.

Quisiera abrir mis venas bajo los durazneros

Quisiera abrir mis venas bajo los durazneros,
en aquel distraído verano de mi boca.
Quisiera abrir mis venas para buscar tus rastros,
lenta rueda comida por agrias amapolas.

Yo te ignoraba fina colmena vigilante.
Río de mariposas naciendo en mi cintura.
Y apartaba las yemas, el temblor de los álamos,
y el viento que venía con máscara de uvas.

Yo no quise borrarme cuando no te miraba
pero me sostenías, fresca mano de olivo.
Estrella navegante no pude ver tu borda
pero me atravesaste como a un mar distraído.

Ahora te descubro, tan herido extranjero,
paraíso cortado, esfera de mi sangre.
Una hierba de hierro me atraviesa la cara…
Sólo ahora mis ojos desheredados se abren.

Ahora que no puedo derruir tu frontera
debajo de mi frente, detrás de mis palabras.
Tocar mi vieja sombra poblada de azahares,
mi ciego corazón perdido en la manzana…

Soliloquios del soldado

II
Quisiera abrir mis venas bajos los durazneros,
en aquel distraído verano de mi boca.
Quisiera abrir mis venas para buscar tus rastros,
lenta rueda comida por agrias amapolas.

Yo te ignoraba fina colmena vigilante.
Río de mariposas naciendo en mi cintura.
Y apartaba las yemas, el temblor de los álamos,
y el viento que venía con máscara de uvas.

Yo no quise borrarme cuando no te miraba
pero me sostenías, fresca mano de olivo.
Estrella navegante no pude ver tu borda
pero me atravesaste como a un mar distraído.

Ahora te descubro, tan herido extranjero,
paraíso cortado, esfera de mi sangre.
Una hierba de hierro me atraviesa la cara…
Sólo ahora mis ojos desheredados se abren.

Ahora que no puedo derruir tu frontera
debajo de mi frente, detrás de mis palabras.
Tocar mi vieja sombra poblada de azahares,
mi ciego corazón perdido en la manzana.

Ahora estoy despierto. Nacen al fin mis ojos
pisados por el humo, agujereando arañas,
duros estratos de algas con muertos veladores
que sin cesar devoran sus raicillas heladas.

Y te cruzo despierto, fiero túnel de ortigas,
remolino de espadas, vómito de la muerte.
Voy asido a las crines de un caballo espinoso
que vuela con ciudades quemadas en el vientre.

Voy despierto, despierto y obediente a mis manos,
con un río de pólvora cuajado en el aliento,
ahora que estoy solo y enemigo del aire,
seco, desarraigado, desnudo, combatiendo.

Trino y uno

II
Después de tantos mares donde se deshojaron
en otoños de espuma los leves rostros muertos
y fueron como sombras de incendiados marfiles
a plegarse en el fondo de dormidos espejos,
aquel sol de violetas y oro decapitado
que invadió sordamente la raíz de tu pecho
y trepó hasta tus ojos con moradas espinas,
y hasta tu voz con ácidos aguijones de hielo.

Y aquel canto bruñido por las lluvias del polen
se llenó de nocturnas mariposas sin sueño,
y el viento que jugaba por los altos vitrales
y entre los mirtos tuvo su casa de gorjeos,
resquebrajó el crestado recinto de tu audacia
y fue huracán golpeando tus árboles desiertos.

Mientras se despeñaban los altivos jardines
en un rescoldo amargo de melodiosos ecos,
en las duras florestas las tórtolas morían
ahogadas por un aire de serafines negros,
y cerraban sus párpados los olorosos claves
sellados para siempre por ruiseñores ciegos,
a orillas de la fiesta en que el centauro abría
como un rosario vivo su galope en tu verso,
entre escorias de cisnes y escrituras del frío,
sobre las tenebrosas arenas del desvelo
tú solo, tú en la isla, con las manos desnudas,
sitiada por la noche tu garganta de fuego.

Tú, esperando mi sombra

Ahora que oyes tu sangre
me has oído.
Ahora que te has quedado dueño del universo,
la más desamparada criatura del tiempo.

Ahora que te has quedado
solo y solo.
En este instante puro para mirar la muerte
puede mi sombra amiga reconquistar tu frente.

¿Has buscado en el agua
mi sonrisa?
¿Te has inclinado a veces para tocar la tierra
donde el musgo defiende las flores más pequeñas?

¿Has mirado la nube
sin descanso ?
¿Has tomado del viento las semillas secretas?
¿Has tocado las locas manos de la tormenta?

¿No me has reconocido?
Óyeme ahora:
mira en tu soledad una abeja dormida,
que elabora en el sueño su miel sin alegría.

Tú, has vuelto

Dame la mano ángel
sin heridas.
Piedra, dame tu esquivo corazón sin arrugas.
Nube, dame tu rostro de repentina fruta.

Hermanos, sostenedme
la alegría.
Temo que la ceniza me invada de repente.
Voy a caer sin sangre, van a volar mis sienes.

Pasas una larga rosa
por mis hombros.
Un mar adolescente me riza los cabellos.
Mis pies tocan apenas las cúpulas del viento.

Hermanos, rodeadme
porque temo
que mis ojos se alejen como trompos de niebla
o que sobre mi pecho se derrame la tierra.

Ángel sin duelo, dame
tu sonrisa.
Corroboradme hermanos para que yo no encuentre
sino andando a través de sus ojos a la muerte.

Tú, por mi pensamiento

¿Que se estiró la tierra
hasta el gemido?
¿Que fue el cielo sonando sus campanas azules
desde el pálido sueño a la sangre que sufre?

¿Que se ha cruzado un río,
llanto y llanto?
¿Que se han cruzado veinte galopes de cristales,
con sus veinte misterios llenos de claridades?

¿Que se alzó la montaña
poderosa?
¿Que alargó el alto hielo su selva inmaculada?
¿Que las rocas crecieron para tapar tu cara?

¿Que el viento se hizo espeso
como piedra,
como una inmensa rueda de vidrio turbulento
girando entre tus sienes y el rumor de mis besos?

¿Que el espacio se burla
de mis ojos?
¡Ah, no! Yo sé el camino para poder hallarte.
La muerte me ha mirado caminar por sus valles.

Visiones

XVIII
Las madres allí están, desde allí miran
las polvorientas, las hundidas madres,
secas fuentes del hijo,
los vientres desfondados,
los arrugados muslos como perlas marchitas,
largos lirios quemados por las lágrimas
en un aire que gime como los moribundos,
aire que huele a la perdida sangre
en que los hijos nadan
antes de entrar en el combate de oro,
cuando estrenen su casa de temblores
vistiendo el tenebroso
ropaje del perfecto paraíso.
Sollozan con un torpe sollozo de ceniza
mirando siempre
hacia un remoto cielo de agrias lluvias,
hacia las sementeras del otoño
donde los ojos de los hijos caen.
Allí crujen y oran y se aprietan
como gavilla de ángeles sin sueño
de sol a sol de tiempo sumergido
donde giran los hijos arrancados,
sombras de sal, recónditos caolines;
los que se hundieron bajo las violetas
funerales del humo,
los que tragaron el desierto en llagas,
perdidos en los dédalos del átomo
y en sulfúreas galaxias divididos;
los que yacen detrás dela sonrisa
guardada para el día del retorno.
ellos duermen mecidos y anudados
por la ráfaga de ojos vigilantes,
los siemprevivos que en la sombra bullen,
las maternas semillas del castigo,
huevos atroces de la primavera
final, cuevas del rayo.
Allí están sin dormirse,
sin derrumbarse nunca, en el aliado
corazón de la noche, y allí esperan.
A sus pies, con herido centelleo
pasa bramando el río de la leche,
aúlla la encelada torrentera,
y corre, corre, corre,
ahíta de cabezas de verdugos,
por la tiniebla sorda
buscando entre gargantas
escarpadas los deltas del infierno.

Almería

Los vientos aquí no tienen insignias en movimiento, pero recorren
una vacía oscuridad, una destemplada luz;
ramas que no se doblan, nunca una flor torturada
se estremece, raíces agotadas, a punto de volar;
alado futuro, marchito pasado, ni semillas ni hojas
dan fe de esos veloces pies invisibles: corren
libres por una tierra desnuda, cuyo pecho recibe
todo el fiero ardor de un sol desnudo.
Tú tienes la Luz por amante. ¡Tierra afortunada!
Que concibe el fruto de su divino deseo.
Mas el seco polvo es todo lo que ella da a luz,
esa hija de arcilla creada por el perpetuo fuego celestial.
Por lo tanto venid, suave lluvia y delicadas nubes, y calmad
este amor radiante que tiene la fuerza del odio.

Amor extraviado

El vino tinto que lentamente caía y rebosaba en la concha
de la perla, donde los labios se habían rozado, tan livianos y veloces
como los pétalos desnudos de la rosa a la deriva
sobre el lento estribillo de laúd
del canto estival de la abeja: riéndose mientras descendían,
memorias doradas: inciensos de sueño, regalos de infancia,
azules como el humo que transportan los lejanos horizontes,
frágiles como las alas de Ariel: –

en la pira estas cosas entrañables extendí;
y se prendió la llama, y fuerte la aticé,
y, cargado de esperanza, pude contemplar el pasado en ruinas.
Ansioso, ante el fuego menguante me arrodillé,
Fénix, para recibir tu inmortalidad…
pero sólo hubo cenizas al final.

Carpe noctem

No hay futuro, no hay más pasado,
ni raíces ni frutos, flores pasajeras solo.
Túmbate tranquila, túmbate tranquila y la noche perdurará,
silenciosa y oscura, no por un espacio de horas,
sino eternamente. Déjame olvidar
todo menos tu perfume, todas las noches menos esta,
la pena, el infructuoso llanto, el pesar.
Solo túmbate tranquila: este lánguido y suave embeleso
florecerá al borde del sueño y se esparcirá,
hasta que no haya nada más que tú y yo
abrazados en un silencio intemporal. Mas como
el que, condenado a morir, por la mañana estará muerto,
yo sé, aunque la noche parezca eterna, que el cielo
ha de iluminarse pronto antes del sol del mañana.

El espejo

A cámara lenta, la luz de la luna una vez atravesó
el soñador espejo,
donde, hincados, inviolablemente hondos,
viejos secretos no olvidados albergan
inolvidables maravillas.
Pero ahora polvorientas telarañas se entrelazan
por el espejo, el que antaño
viera los dedos que retiraban el oro
de una despreocupada frente;
y las profundidades son cegadas a la luna,
y olvidados sus secretos, nunca dichos.

La rueda ardiente

Exhausta de tantas vueltas,
mortificada por tan frenético desasosiego,
ansiando perfilar el dolor circunferente
-la vertiginosa llanta a toda velocidad-
hacia el centro inanimado, y allí reposar,
la rueda debe ir de agonía
en agonía contrayéndose, hasta volver
al núcleo de acero.
Y por fin la rueda encuentra reposo, queda en calma,
agazapada en diamantino núcleo:
cumpliendo su voluntad en lo inmutable.
Pero los ansiosos átomos, en tanto se frotan
cada vez más cerca, más y más,
violentamente unidos, engendran
una llamarada que enhiesta se eleva,
hinchándose de un ardiente,
apasionado, fiero deseo de encontrar
la paz infinita del pecho de la madre.
Y allí la llama es un Niño Jesús durmiente,
luminoso, dulcemente radiante;
toda amargura disipada
en la infinita paz del seno de la madre.
Mas la muerte avanza en una marea
de lento olvido, hasta que la llama asustada
despierte del sueño de su calmo resplandor
y se incendie de nublada pasión y de dolor,
no sea que, al olvidarlo todo en la calma, fenezca.
Pues mientras arde y se angustia se aviva,
engendrando una vez más la rueda que añora
-aquejada de su velocidad- la espantosa quietud
del diamantino núcleo y de la cadena de fuerte acero.
Y así una vez más
girará la rueda hasta cesar su angustia
en la férrea angustia de la fijeza,
hasta que otra vez
la llama se expanda a lo infinito,
sumiéndose en el sueño luminoso
de tan vasta e inconsciente paz.

Las puertas del templo

Numerosas son las puertas del espíritu que llevan
al más íntimo santuario:
y considero las puertas del templo divinas,
pues el dios del lugar es Dios mismo.
Y estas son las puertas que Dios dispuso
que a su casa llevaran: vino y besos,
fríos abismos del pensamiento, juventud sin tregua,
y tranquila senectud, plegaria y deseo,
el pecho del amante y de la madre,
el fuego del juicio y el fuego del poeta.

Pero él que venera en soledad esas puertas,
olvidándose del santuario de más allá, verá
de pronto abrirse los cierres,
revelando, no el trono radiante de Dios,
sino los fuegos de la ira y del dolor.

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