Añoranza

No me había
dado cuenta
cuánta falta me hacías

hasta que te volviste
a meter furtivamente en mi copla.

Me envolviste en
tus ojos de aguamansa
como envuelve el mar a
la arena dormida.

No me había
dado cuenta
cuán tiernas eran tus manos,
paseando,
explorando sobre mi piel,
cuánta falta me hacía
tu sol sobre mi sombra,
(dos cuerpos en danza ceremonial)
y había olvidado
cómo se sentía tu beso
enclavado en la mitad de mi deseo.

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Cosas absurdas

El sol me conoce bien
sale cada mañana,
pero se acuesta cuando yo quiero,
a veces duerme al mediodía,
a veces padece de insomnio,

entra por la ventana
con la familiaridad del dueño de casa,
se mira largamente en el espejo,
me sonríe,
me hace un guiño,
por un momento
se queda atrapado en mi pupila,

luego se va danzando,
jugueteando con alegre premura
para perderse por las hendijas
del contraluz de mi propia sombra.

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El sermón de la montaña

Los austeros templos
aquejados de severidad absoluta
vestidos de estuco, pan de oro y mármol
con sus ángeles enanos
impúdicos y asexos
cantando en extraño
concierto barroco
y las imágenes adustas
desnudas de sonrisas
de ojos severos
cual gárgolas siniestras
parecen querer treparse por mis
pecados culposos
terminan por asfixiarme
en una claustrofobia mística,

preferiría que los altares ceremoniales
salieran de su encierro
y que la palabra tuviera
sabor a hierba fresca
y se diera en lo prosaico
de un campo cualquiera
bajo algún ceibo frondoso
o junto a un espejo de agua mansa
donde se beba el aire para que
perfume el pecado

y donde la palabra
llegará más rápido a su destino
sin mediadores innecesarios

es tiempo de volver al
sermón de la montaña.

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La vida va y viene

La vida es como un guinguilingongo
sube y baja
baja y sube
a veces se gana
a veces se pierde
en mi vida de todo he hecho
y a lo mejor he hecho muy poco
sube y baja
baja y sube
marea poderosa
poderosa resaca
nada se detiene,
es una barca que no llega a puerto
si te bajas, ya es muy tarde
para volver a subir
mejor es seguir con las velas al viento
peinando las barbas enmarañadas de
las tormentas.

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A la orilla de un pozo (II)

A Rafael Alberti

Cuando la mar esté bajo tu almohada
¡Alegría de turbas infantiles!
¡Triunfo de los egregios, varoniles
pámpanos que estremece la alborada!

Frutos dará la náyade dorada
que llamea en los ínclitos candiles
y en sus perlas de amor claros abriles
hervirán al compás de tu mirada.

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Narciso

¿Dónde habitas, amor, en qué profundo
seno existes del agua o de mi alma?
Lejos, en tu sin fondo abismo verde,
a mi llamada pronto e infalible.

Nuestras frentes unánimes separa
frío, cruel cristal inexorable.

Zarzas de tus cabellos y los míos
tienden, en vano, a unir lindes fronteras.

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A un infierno de estrellas

A un infierno de estrellas han lanzado
ese mar que enterrara su talento.
Porque al siervo cobró su trigo el viento:
crujiendo dientes rueda y condenado.
Yo, en un fruto lloroso me he salvado
de maldición a higuera sin lamento;
más retumba, como un inmenso viento,
mi larga sangre en él, que está enclaustrado.

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Despierten

No le culpen en pecho sino en roca.
No le tomen el eco por latido.
No es hijo: es un deshielo en que se esponja
cima en que no cabía ya más frío.
No le hablen que la espiga tiene roja
médula que las uvas ya palpitan,
porque él viene de un mar, vértigo y boca
donde la vida emerge y cae hundida.

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El camino a casa

«Dentro no hay distancia ??dice una voz??,
aquí abajo, pulso a pulso,
se sucede el bombeo del alimento.
Ese instante antes del comienzo
en el que aún todo es posible.
El caos tranquilo y uno,
cabeza, tronco y extremidades en formación,
luego el cuerpo que se desmiembra en el viaje
y vuelve, pero cambiado.»
Todo en ese movimiento ante-primero: dedos,
aletas ocultándose en viejas oquedades,
algas adhiriéndose a los cabellos,
la sordera bajo la arena,
este abrazo del mar más profundo.

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La parte teórica

Luego llegaron los carros
de otros desheredados
que se dirigían a nosotros
como si tuvieran la única respuesta,
como si fuera suya la última pregunta:

«¿Es ésta la frontera?»

y yo les contesté

«¿Es vuestra la frontera?»

Ningún mapa celeste cuando se ha alzado
un muro tan alto como la amenaza.,
y aún, excavando despacio,
hay voces en las corrientes marinas que se olvidan
o me traen una muerte pequeña,
redonda, como el óvalo de la miniatura
que cuelga silenciosa,
a la entrada de la casa,
con mi voz absorbida
por las esponjas en sus manos:

«¿Qué veis en mi voz?» pregunté,
la O y la Z parecieron bambolearse
ligeramente y rebotar en la pared de enfrente.

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Tsunami (I)

Espera, espacio al que nacemos,
codicia de las aguas previniéndonos,
obligados a imitar las ciudades
que erigen muros de contención
y puentes cruzando esos muros
aún después de largos años de calma.

El cálido sur hacia mí
impone esa barrera
y el sur-a-mi o la devastación
que arrastra la quietud.

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Dánae

Chispean los minutos como lluvia
de oro en el espejo azul de la consola.
Mediodía de un jueves soleado
en soleante seducción del blanco cuerpo
retenido en la cámara.
La bella
se desteje limosa en los sueños del lino
y, mecida, no sabe si la mano es un pez
bajo liviana ola, o medusa riente
en un brazo de mar.

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Ratas en el jardín

Allí estaba entre ramas. Sigilosa.
Oscura sobre el blanco de la cal.
Luego, corriendo en la cornisa. Luego,
el cerco de su ojo, amarillo en la sombra,
saliendo del macizo. Y allí, otra vez, los dos,
con las manos cogidas, sabiendo que una rata
sola no hace septiembre, mirándonos perplejos.

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Recuerda

Esas copas que brillan como llama
y que laten al tacto de metales
ligeros -tantas copas-; esa trama
que, sobre cal, dibujan, verticales,

las hileras de libros en tapices
de olvido -tantos libros-; todos esos
atajos y caminos de matices
parejos que descubre la luz, presos

entre los montes -tantos-.

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Reina

Mostradme qué ha ocurrido. Cómo una aguja débil
pudo ser tan mortal. Se dice en los anales
que el hombre del presente fue otro en el pasado:
una línea de sombra separa el nuevo día

del que va hacia el declive: la vida de la muerte.

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Tahúr

La conciencia de haber gastado todo
en un juego de azar. ¿La habéis sentido?
Es como andar desnudo con pudor de doncella.

Se cubre la palabra bajo un velo de nieve.
La luz , desconocida, se manifiesta entonces
sin amistad alguna.

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Dicen que no hablan las plantas

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,
De mí murmuran y exclaman:
—Ahí va la loca soñando
Con la eterna primavera de la vida y de los campos,
Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

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Hora tras Hora, Día tras Día

Hora tras hora, día tras día,
Entre el cielo y la tierra que quedan
Eternos vigías,
Como torrente que se despeña
Pasa la vida.

Devolvedle a la flor su perfume
Después de marchita;
De las ondas que besan la playa
Y que una tras otra besándola expiran
Recoged los rumores, las quejas,
Y en planchas de bronce grabad su armonía.

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Orillas del Sar

A través del follaje perenne
Que oír deja rumores extraños,
Y entre un mar de ondulante verdura,
Amorosa mansión de los pájaros,
Desde mis ventanas veo
El templo que quise tanto.

El templo que tanto quise…
Pues no sé decir ya si le quiero,
Que en el rudo vaivén que sin tregua
Se agitan mis pensamientos,
Dudo si el rencor adusto
Vive unido al amor en mi pecho.

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Poemas (I)

Mi sueño es de madera
combustible y frágil
como el beso
Percibo su resplandor
entre los muslos
de mi amante
pececito de plata
o sorda tempestad
de hierba inmensa.

Alto muy alto
habita mi nenúfar
de hielo brujo
paisaje
sobre ciervos detenido
afiladas cumbres

Allí donde limita
con el mundo
el enigma de la bruma
lo defiende
Nadie logra penetrar
su luz silencio
ni gozar sus abedules
entreabiertos como labios en la niebla.

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Poemas (II)

El hada de las horas
dispone suave
quedamente
sus agujas;
el lenguaje de las gemas
la obsesión irresistible
de aquel rostro
el discurrir sangrante
mar adentro…

Ella encuentra en el olvido
la exacta proporción
de leche y llanto
las semillas necesarias
de distancia
para gustar la tristeza
desde el borde
del dolor
Con todo su paladar de cristales.

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Poema (III)

Las hogueras
el ánfora del tiempo
renovación principio
el agua cambia en sí misma
las estaciones se suceden
el espíritu
clama desde el polvo
su derecho
a ejercitar la primavera
la ansiedad
del retorno hacia la muerte

Todo permanece
el ser es inmóvil
sólo el ojo pasa
entre los fuegos de artificio
suspende su retina
sobre el cuerpo
y delira eternidades
mientras
los cristales se licúan
cremosa y dorada mantequilla
la luz se derrama húmedamente.

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