Los nombres

La lluvia, en alemán, es masculina.

Penetra el ángel del manantial,
caen sus racimos de medianoche
con la furia y el clamor del inocente.

La vigilia espera, la hora espera
la silenciosa red del condenado,
la soga, el fusil, la guillotina,
por el odio ancestral de los vencidos.

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Los ojos de la noche

A veces cae el velo de la noche
y nos muestra su faz incuestionable,
sus pozos, su espiral, el latido último
de un palpitar de fuegos pavorosos.

A veces somos noche sin disfraz,
cuerpo oscuro que clama el sacrificio,
y es ella quien pronuncia nuestro nombre
desleído en las gotas del lenguaje.

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Luna

Breves lapsos de tiempo se atesoran
en la estable marea de la vida,
cuando no trunca el río su crecida
hacia esas aguas que lo enamoran.

Es una ola el lugar de la partida
donde juegan aquellos que se ignoran,
y con puños la espuma rememoran
como dados que ciernen una herida.

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Pérdida

Llora el sol el camino hacia la noche
con sus párpados huidizos,
cerrando los ojos ante el día
que ambiciona el salitre del mar
y perpetuarse ciegamente
ante la noche.

El día queda devastado.

Imponente, el mástil nocturno se avecina,
con el caudal de las rosas oscuras
que transpiran el olor aciago
de los besos de una luz inmóvil.

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Sacrificio

Hermanadas la furia y la blasfemia
en el sino mortal del sacrificio,
se derrite el incienso de los tallos
con un rito de ancestros y pulgares.

El umbral del dolor, que galvaniza
el recuerdo de un Dios inmóvil, roto
por las balas, la noche, la memoria,
acude a cizañar las madreselvas.

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Sombras

La noche es movimiento de penumbras
luchando para ser eternas, río
de manos en los cuerpos que divaga
sobre el influjo de la sangre dulce.

Silenciosos, los ángeles nos aman
como aman los caimanes, con la furia
de un sexo desmedido, con lujuria.

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Atraviesas el cierzo y la desdicha
de un ulular hambriento y desangrado
que emerge al despuntar la madrugada.

Amanecen los pechos florecidos
por el ámbar, la luz de las farolas,
que reflejan los cuencos y canastos.

Están vacíos, cual daga sin sangre,
mordidos por dolor en sus extremos,
cuadrados por el ángel de la furia.

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Vestigios

Malditos los que invocan a la noche
para admirar tan sólo su negrura.

No ven la luz de las hojas tenues
que alumbran como pequeños dados
el dormitorio de las estrellas.

Vendrá el cierzo que triste deambula
por los orificios de los pozos y murallas,
a derribar el claustro de los cisnes.

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La escalera

Me conmueven las horas de la noche,
el vibrante rotar de sus aletas,
el singular acento de sus párpados.

Como un niño, rescatan la inocencia
transgredida entre soledad y nieve,
la libertad del mundo de los sueños.

¿O esclavos son los sueños, la memoria
que nos dirige atrás sin pasaporte,
y nos revela a cámara encendida
la terrible verdad de la mañana?

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La madre

La hendidura polar se reencarna
en difusos remansos laterales.

Los ciervos comen cólera bendita,
venganza de una diosa inconsistente.

Porque es ella la voz de las tinieblas
que perfuma el cantar de sus quereres.

Es ella el cuerpo anclado en la ternura
de unas manos acariciando el pan.

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La oscuridad

La luz amortajada
surge con un soplo de árbol.

Vamos a bendecir la oscuridad
con ramos de sayales y murciélagos,
con velas sarmentosas y guitarras
que dobleguen al ángel de la furia.

Pero también vendrá a nuestras casas
con un alarido constante y seco,
y devorará los panes,
y beberá el vino que era agua
de nuestros propios labios.

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Las horas

El fiero deslizar de la penumbra
acentúa los rasgos invernales
de los besos que nunca sucedieron.

¿Dónde van esos besos que son agua
marchita por el ulular del ángel?

¿Dónde rezan los árboles hundidos?

Si se apaga el poder de la memoria
a los pies del cordero devastado
¿dónde sollozarán las madreselvas?

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Las flores

Florecemos, aupados por la lumbre,
con la inocencia de agua que respira
el anónimo olor de los claveles.

Nos embrujan las plantas y los pájaros,
el desuello, las flores invernales,
como una cantinela abovedada
que resurge del polvo de los días.

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Las horas oscuras

¿Cómo podrás volver a ser quién eres?

Si la noche te coge de la mano,
te lleva más allá de las estrellas,
junto al país donde los niños lloran.

¿Qué le explicarás a tu incierto amante?

Cuando la bruma envuelva tu sagrario
y tus pechos estén áridos de alas,
y hacia el norte no veas ningún trance:

¿Qué aprenderás de las horas oscuras?

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Llovía de noche

Tiemblan las ramas tenebrosas de los ángeles
de una noche intensa,
resguardada en los nidos, con las tórtolas,
cambiante de su sino y su ventura.

Las flamígeras alas del edén están partidas,
quebradas en mil puntos llameantes,
sembrando de ceniza el paraíso
con el polvo de golondrinas muertas.

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