Antes de nacer (Fragmentos)

E

antes de nacer reconocemos verdaderamente nuestra vida
de nuevo Adán como ese niño del aire que sólo vino a dar
nombres de luz al claro mundo de la segunda concepción

de materia densa recién coronada es la forma que ha de ser
nutrida por el poder de una idea por la raíz de la acción
ala de cada vida en medio humano doble sol del que vela

en el largo camino desde los ínfimos detalles anunciados
desde ese perdón que no encuentra el momento de darse
hasta las gracias que generosamente comunican su silencio

N

series no finitas éste es un templo en medio de la tierra
la materia prima catedrales cristalizadas en el invierno
vamos a despertar antes de que el nacimiento nos restituya

por las cuatro moradas finalmente vertidas en una esfera
los hilos de colores conforman el blanco floración terrena
la sal de la tierra teñida con los licores de la celebración

con gran voluntad desfilan los animados por la cuadrícula
para ser de lejos en las auténticas llanuras del augurio
la ecuación social resuelta en polvo el día del examen

O

vitral en llamas por este camino o este viajero encenizado
o permutaciones que ascienden al ritmo de un humo otoñal
laberintos ardidos en su propia duración y en su belleza

talleres donde los maestros hacen tiempo al día del hombre
con chimeneas de cartón y puertas gemelas en estas ciudades
hay un tendido de máscaras que se prenden al rostro preciso

por las antorchas corbatas de humo que buscan en el espejo
en los cromóforos los luchadores incandescentes en la vela
y los automatismos acuerdo de los adioses y de los nombres

S

hidrógeno genial palmeras de vapor en el mar extendido
molécula maestra polaridad de las soluciones que pintan
la tinta paralela que corre con el consentimiento nuclear

de toda experimentación incomprobable alma de caballo
alegoría del rostro que cambia de forma al fondo del agua
al escribir las cartas de su corazón visor en el musgo austral

surte efecto la estrella de hielo en la palma de la mano
ámbar potable visiones de una vida que retorna al huevo
sonantes dádivas nacidas en los otros libros de pinturas

Canción de diciembre

Qué voluntad de permanencia
la de este viejo pirú desabrigado
que contra toda ley se sostiene
de pie sobre el asfalto. Ya tiene
seco el tronco pero tenaz ocupa
el espacio y el tiempo, meciendo
la breve sombra de lo que fue
alguna vez la copa sorprendente.

El cuervo

Sé que es diciembre en alguna parte
y que saltan los astros
en las copas blandas
de los abetos recién nevados.

Sé que hay una especie de cuervo
que llega a encender su propia mecha
y extiende lentas alas de humo
a lo largo del cielo.

Una tenue luz -mientras tanto-
atraviesa las cortinas
y dora el lomo cansado de mis libros.

Se alcanzan a distinguir entre las letras
los cristales de un invernadero.

El corazón calienta este paisaje
que se escucha entre ráfagas de viento…
el clima frío y cerezas encendidas
en la mirada atenta del cuervo.

Fluye la música de las alturas
entre los copos de nieve.

El día y la noche
en la quietud sin tiempo
colman esta aspiración inmensa
de ser el sol y la luna en un mismo pecho.

El fin de las etiquetas

La mosca se levanta de la mesa
y domina los cuartos desde el techo,
atraviesa puntualmente el pasillo
que comunica al mar con el espejo.

Penetrante en la luz es su zumbido
una burbuja más dentro del agua…
navegando descubre entre los botes
el borde iluminado del mantel.

El fondo es sucio, lo que mira claro:
esta vida que flota vacilante
con aire de papel, blanco de luz,
nada recuerda ya de las palabras.

El grajo

Un grajo entre las nubes salta
como una mancha de tinta en un cuaderno,
como un pozo sin fondo y sin cubeta
donde el agua se queja mientras grazna.

Sus plumas son carbón para aquel horno
que de las pesadillas se alimenta
y sus ojos un círculo de lumbre
que deja las promesas sin cumplir.

Las alas tenebrosamente abiertas son
la oscuridad del día en la cabeza
y las garras de hierro al rojo vivo
ardientes relámpagos de media noche.

Es la cola del grajo en la tormenta
el triste timón de los desastres
y sus patas invictas escaleras
por donde sube el humo de los siglos.

El pico -por último- es un usurero
clavado en las necesidades de la sombra
con la cresta como una bravata
coronando el negrísimo atavío.

Como un sufrimiento sin alivio
donde la noche inclina la balanza
el grajo es en la oscuridad
un espejo con alas de obsidiana.

El jilguero

El natural cansancio del jilguero
rinde sus frutos en el crepúsculo:
se posa en un alero o en una rama
y entra temblando levemente al sueño.

Su cuerpo es tan sutil y delicado
como la carne de los dioses pueriles
o bien como las notas más sedosas
que la viola es capaz de sostener…

Mas cuando el viento gira furioso
en las yemas agudas de los manzanos
el jilguero desaparece y es su canto
un cielo raso parecido al universo.

El mundo flotante del grillo

Con los ojos bien abiertos al enigma
vemos que las formas no son nuestras

No es nuestro el espacio ni el tiempo
ni son nuestros los frutos que se encienden
en las ramas curvadas o enhiestas

No es nuestra la transparencia del deseo
ni las alas del grillo ni su canto
ni siquiera el vuelo de las hojas secas

Si acaso hay algo nuestro ¡Es un misterio!
La pasión del canto con el azoro a cuestas

El pinzón real

Un salmo cadencioso peina el bosque
De raya en medio: la luz solar
sobre las hojas y el abrigo
de la sombra en un costado.

Hay un eco ancestral en la salmodia
de los pinzones reales: el otoño
tiene sus plumas propias y el color
de los corazones que se despiden.

Caen las hojas y se eleva el canto
del pinzón como un adiós a la belleza
de la estación cordial: como una fiesta
de Pan entre las ramas oscuras de los pinos.

El ruiseñor

Ella soñó
hace mucho tiempo
este mismo sueño musical.
Ahora lo traigo a la memoria.

El camino estaba bordeado de estrellas,
los lirios pesaban en plena noche
y ella me sugería la silueta
de un ciprés estremecido.

Del túnel vimos salir a la luna
seguida de otras máquinas brillantes.
Su cuerpo plateado recordaba a las diosas
de la pantalla de la dulce tibieza de aquel verano.

El sigilo de las ruedas se mezclaba con el parpadeo
nocturno de los grillos, el viento enmascarado
y el ruiseñor dramatizado en la maleza.

Conozco muy bien este sueño:
las pausas forman parte de la canción
y un leve temblor recorre nuestros caminos.

Aún podemos escuchar allá, a lo lejos,
la celebración del canto
y risas, danzas…

El zenzontle

Lo sostiene el camino:
“El mundo está en llamas,
¡y tú estás riendo!”

Y la ceniza de la imagen
desciende lentamente
del agua del cielo.

En tiempos de la luna gris
se asoma a los espejos
de cola blanca y negra.

Su reflejo es una leyenda
que habla de otro tiempo:
de largos días sin sombra
y de jardines sin invierno.

Hoy encuentra en la jaula
los días demasiado cortos
como frutas picadas…

Como astros de hueso
flotando a la deriva…

Renaciendo del fuego
para cumplir un ciclo
en los límites del día.

De todas las cenizas
la que canta mejor
es el zenzontle.

Enseñanzas de Atlihuayán

Sentados bajo los árboles dejamos correr el vino.
En las copas se mecen los cuervos
y en el estanque las ranas ensayan su partitura.
El eucalipto más viejo lleva una melodía
moviendo apenas la fronda: el silencio
es sin duda el arte más difícil.

Mientras la luz permanece y los años son ligeros
el mundo sólo muestra las hojas más brillantes.
Así, todos creemos que el tiempo no transcurre
por ser la hierba tan fresca.

Pero la noche llega
y luego se vuelve lluvia
bajo el peso de sus frutos.

Dolidos
emprendemos el regreso
y las ranas que cantan
los aires del verano
nos recuerdan tristemente
que no existe un lugar para volve

La alondra

La alondra construye con su canto
topacios inalterados por el vuelo:
paisajes remotos en lo inmediato…

El sol en los viñedos de las colinas
y las últimas sombras en la tierra
bajo el cielo plateado más que azul.

Cristales nacidos de los 4 vientos:
memorias de viajeros que no aceptan
límites a su libertad de movimiento.

El dulce trino en el fervor asciende
dejando abierta una estela luminosa
que recupera lo que parecía olvidado:
lo mejor de nuestro destino personal.

La pasión del vuelo es la clave,
la canción es el espacio
pero el que canta
es el tiempo.

La música en la edad de hierro

Éste no es el viento de los sauces
ni el viento de los eucaliptos,
ni siquiera el viento que enciende las velas
y mueve lentamente los molinos.

No es el viento que desplaza las nubes
en el calendario del verano
ni el viento de la aurora
naciendo en las aves.

Hermanos, hermanas
ésta no es la canción del otoño
ni la canción de los amantes
naciendo el amor a la luz de la luna.

Éste no es el ritmo de los cristales de nieve
ni la danza alterna del día y la noche,
ni el pausado ritmo de tu respiración
y es mi respiración… escucha:
Es la voz de las ciudades enfermas sin remedio

?las láminas, los dados, las varillas?.
El ubicuo motor y el desconcierto
de una época que se disipa.

Es el sonsonete trillado que en el Apocalipsis
encuentra un eco de la transformación:
El reino de la velocidad
y los signos cruzados del tiempo.
Es el estrépito insensato de la industria
?las fábricas mil veces explotadas?.
Rastros de herrumbre y gases insidiosos.
Las fábricas, no tú ni yo.

Fragor, fricción y bruma entre la maquinaria
?horrísono chirriar en esta edad vacía,
en este barril sin fondo?. Es el idioma
internacional de la usura.

La nueva lengua universal:
El esperanto de la infamia
?los alambres, los picos, las cadenas?.
La edad de hierro no reconoce otra voz.

Pero no puede prolongarse eternamente la caída
porque el ruido tiene límites… escucha:
Éste no es el viento de los sauces
ni el viento de los eucaliptos…

Los azulejos

Los espejos no cantan como antaño
y el espacio no es más que una lágrima
corriendo desde los ojos hasta el sueño
cuando nos dan una mala noticia…

Como cuando se embarca la tristeza
en una discusión sin más razón de ser
que una súbita parvada de reflejos
a un cambio en la dirección del viento
llorando por una porción de realidad.

No fue el humo lo que nos hizo daño,
ni fue el licor, ni la melancolía…
Fueron las palabras que dijimos
rodeadas por todos aquellos azulejos
que cantaban un blues en la neblina.

Los búhos

Detrás de cada nube, de cada monte
de cada copa, de cada rama
hay búhos en la noche.

Se esconden en el humo de las pipas.
Se alimentan de malentendidos
y estrellas de neón.

En la oscuridad se pueden confundir
lo mismo con esas cenizas
que con sus sombras.

Con los faros gemelos de sus ojos
recorren parsimoniosamente
las aguas de la noche.

Y conversan con el viento.
Sollozan con la lluvia.
Se callan con el sol.

Los flamencos

Aquella larga noche
mi sueño me llevó a la alberca
de las luces profundas y los flamencos
prendidos como rosas eléctricas
en el interior de una aguamarina.

Y en la soledad de aquel paraje
comprendí ─dentro del sueño─
que eran otros pájaros
los que soñaban minuciosamente
a los flamencos encendidos.

Vi también a aquellos otros pájaros
que desde un sueño inenarrable
desplegaban la forma de este sueño
acunados en sus plumas de agua.

Y no puedo decir de qué manera,
pero vi que aquellos pájaros soñadores
eran soñados a su vez
─de un modo incomprensible para mi─
por unos pájaros transparentes
en el silencio de la noche,
y que todas estas visiones
cristalizaban en otra luz más blanca.

Los gorriones

Bajan de nueva cuenta hasta el jardín
bajan en grupo, solos, en parejas
en busca de semillas o de pan,
de agua fresca, de frutos o de insectos
pero los amilana una mirada.

Siguiendo loa atávicos auspicios
de su naturaleza, los gorriones
alzan el vuelo y tímidos se posan
en los cables de luz — como si fueran
las notas de un rondó en el pentagrama.

Los mirlos

El canto de los mirlos
compuesto en la quietud
es como un pensamiento.

Por momentos parece crecer
para luego concentrarse
en su puntual irradiación.

Si se le presta atención
cada pétalo de sonido
convoca a su contrario.

Se diría que este silbido
es tan sólo la mitad
de una canción inaudita.

Esta ignorancia nos deja
con la clara sensación
de que los mirlos platican…

O bien que hay un secreto:
el genio de los mirlos
canta siempre por parejas.

Los pericos

Hablan todo el día
y entrada la noche
a media voz discuten
con su propia sombra
y con el silencio.

Son como todo el mundo
─los pericos─
de día el cotorreo,
de noche malos sueños.

Con sus anillos de oro
en la mirada astuta,
las plumas brillantes
y el corazón inquieto
por el lenguaje…

Son como todo el mundo
─los pericos─
los que hablan mejor
tienen su jaula aparte.

Los petirrojos

Con la puesta del sol los colorines cantaron:
de todos los puntos cardinales
convergieron los petirrojos en la almendra.

Paulatinamente llenaron con sus cuerpecitos
las ramas duras y secas del otoño.

Las jacarandas en tonos menores
y las nubes sonrojadas después del primer acorde
ensayaron el arte de la fuga.

Justo cuando el sol desapareció
los petirrojos ─al unísono─ de encendieron.

Imposible saber qué fue mas bello:
la intensa parvada y su acuerdo musical
o aquellos árboles prendidos en medio de la noche.

Tríptico azul

I

Hay mañanas
en que bajas al río
y te detienes
a escuchar en la corriente
la voz amorosa del mar.

Quisieras volar,
seguir el cauce
de su pelo suelto,
y tal esperanza te sostiene
sobre los juncos de la ribera.

II

Una paloma
cruza los maizales
quebrando
en violetas y grises
la certeza de las miradas.

Absortas en la luz
se doran las mazorcas,
brillanters contra el cielo
como lo ojos
colmados de placer.

III

Así mientras recobro
mi cuerpo lentamente,
la tarde en los balcones
toma la forma
de un barco que se aleja.

Entre las nubes que flotan
azules en el horizonte,
contemplo a la luna
dormir desnuda
junto al río.

Un escéptico Noé

Las voces, oigo las voces cantando
en medio del diluvio canciones dulces
con el crujir de las vigas que se mecen.

Es la lluvia que da sueño, la alabanza
del mar cuya paciencia levanta barcos.

El canto es bello, pero la violencia
que el oro y las ricas maderas suscitan,
crece como la duda en la cabeza de un rey.

Es la miseria del hombre que ignora
la vasta permanencia de la muerte.

En esta soledad que nunca conociste
te preguntas por los que se quedaron,
sufres y quisieras tener una respuesta.

Desde la oscuridad llegan los gritos
de los pájaros que nadie comprende.

Pudieron dejar el mundo, pero la morosa
voz de la prudencia, es la red minuciosa
que la araña teje preocupada por su presa.

Los argumentos de la noche son más duros
que el ir y venir de los remordimientos.

Entre los reflejos la imagen de aquellos
que construyeron su casa sobre la historia
de la arena, la roca y el pescado de la red.

La esperanza toca las aguas que ondulando
confunden a la calma con la profundidad.

Nada compensa los soles magníficos,
campos azules coronados de gallos,
el salón de espejos donde parió la cierva.

Hay que ver el silencio de los
animales que escuchan para sentirse menos solos.

Es la música discreta de las vacas
que en su blancura pierden al pastor
y en la hierba aspiran a lo eterno.

De la niebla bajan los cielos grises
y escurre la luz de la primera edad.

Flota sobre los restos el Arca de Noé
que, recostado entre las ovejas, duerme
sin preocuparse por la semilla del mundo.

Sabe que más allá del cielo abierto
comienzan el desierto y el olvido.