Al vapor de la mañana

Al vapor de la mañana
hundí mis ojos,
toqué árboles, arcilla,
toqué elcolor con ellos,
toqué las pieles de las frutas,
las lenguas ásperas toqué
de los ganados
usando de dulce la verdura
en la humedad mis ojos se perdieron
con la dicha.

Allá ella abandonada

Ya entiendo:
la ciudad vivirá más que yo
que la he amado.
Allá ella,
abandonada.
Su corazón será
un inmenso cacto,
cubierto de primores
y de muertos.

5

Sin embargo me iré a hacer otras ciudades;
por un leve tiempo dejarás de importarme;
aunque me vaya te estaré haciendo falta.
Olvidaré por completo
tus complicados números de teléfono,
tus direcciones
cada vez más inaccesibles y lejanas,
no pensaré en ir a tal o cual cine,
a tal o cual mercado, parque, paseo,
monumento, galería, oficina;
todo será nuevo:
calles desechables, casas de papel,
tiendas de una sola vez, platillos imposibles,
rutas de autobuses que corren
nada más sobre el papel de un plano.
Me sentiré feliz como una flecha suelta,
hasta que alguna cosilla accidental en la memoria
me haga pegar de nuevo un grito de dolor
y me clave otra vez en tu pecho,
y para siempre.

8

El resto de la aurora
no caerá de mi mano,
lo aseguro,
mas tampoco el frío impredecible
que me dejó temblando
perdurará.
Acepto la derrota
pero que la ciudad
acepte también
que la he vencido.

Alma

Allá hace un pájaro sus ruidos

siempre lejos
y cerca del oído
allá debe de estar
de allá viene el sonido

hacia allá va toda
la alegría

de esta pájara mía.

Amplio

Amplio,
como el más amplio amor
es el espacio
donde las montañas
dan de sí su cuerpo elaborado;
sobre uno de estos senos de la tierra
pone su mano el sol
y se levanta.

Antiquísimo

¡Malhayan el desprestigio y el prestigio!
Si sólo venimos a morir sobre la tierra,
sobre la flor,
sobre las flores de la tierra,
déjenme arder
auque sea
en la realidad olímpica y eterna de los sueños.

Canción para la golondrina

La golondrina es animal corriente,
es obvia su semejanza con el torso de una mujer flaca
aullando en la cama de los árboles; tocan sus plumas
más ocultas las ramas con el viento;
es obvia su semejanza
con sus piernas, sus caderas (la línea),
quizás un velo para tapar honestamente,
aladamente,
el pubis de la golondrina.

Sólo para anunciar la lluvia viene,
vuela haciendo grumos en la tierra como en el asfalto,
porque no tiene prejuicios la naturaleza;
abundadora de las fuentes del canto,
acrecentadora del agua de las cacerolas,
extirpadora de los dineros del mar mal llevado a esta gruta
de dolorosa entraña,
golondrina;
pero insisto,
la golondrina es animal corriente;
no de las vigas del techo hizo su nido sino
para estar atenta al doblez de nuestras horas lúbricas;
espeso es el rayo de la luz
que queda entre nosotros y la golondrina
cuando estamos desnudos ella y yo,
esta pájara y yo,
esperando a que caigan las primeras gotas
para romper todo hechizo de elegancia
y partir soeces
a otra soledad
más
refinada.

Carta a mis amigos pintores

Iba por las calles viendo el esplendoroso andar de las mujeres bellas, compungido por mi azarosa consistencia de venado;

a través de la campana de humo, que tarde o temprano tañerá por nuestra retirada, hendía el prepotente sol

y nos tocaba con indiferencia las fibras aquellas que mueven de un lado para otro nuestros estados de ánimo.

La belleza, por esta luminosidad fue puesta en evidencia.

Que la última palabra que yo diga se refiera a ustedes, que hablando de mí mismo me diluya en puras manchas de color.

Vi la piedad y la sombra enmarcadas en épocas remotas —llenos están los museos de piedad y sombra en oro.

Andando vi delante mío las caderas apenas redondas de las paseantes y el atractivo mate de las perdidizas corvas.

Un millón de años no bastaría para delinear mejor algunos cuerpos de muchacha.

Oh mediodía, oh más que momentáneo soplo del tiempo, cabálgame, déjame cabalgarte, carga con todos nosotros en tu lomo ligeramente espeluznante.

El sol nos pintará de un ocre claro la conciencia, andaremos mostrando un derredor de luz, así seremos.

Mi inclinación me llevó por sitios que la pobreza no frecuenta; fui dichoso con ansedumbre y con real sacudimiento;

fui sagaz ante lo que mi memoria hubiera querido ponerme enfrente como un vidrio oscuro: me declaré nuevo y puntagudicé todos mis sentidos.

En estas calidades de color y luz me vi estar con ustedes enamorado de las cosas primitivas: el cuerpo, la ciudad, el aire, el dardo de Cupido.

Un estruendo de pechos transparentes como un coro de aleluyas me detuvo, fui obligado con gracia a ser poeta, improvisé deleites, canté para que mi sangre nunca envejeciera:

Que la sabrosa tierra nos vuelva a dar su fruto, que la sabrosa ciudad nos dé su fruto, oh pechos eternamente refrescantes, que lo que inventamos -porque lo inventamos- nos devuelva la luz y la fresca, la cándida, la sencilla posibilidad de elaborar la belleza.

Casa demolida

Del viejo señorío sólo quedan estos viejos escombros que veo
y que celebro.
Aquí habrá estado la sala donde se recibía
(alguien aparecía con el servicio del té),
se hablaba en esta sala, de seguro, de los caminos del tiempo;
alguna mano rozó alguna mejilla,
alguna mirada rozó el lindero del silencio
y se concertaron almas con encanto.
Se habrán tratado también asuntos de negocios,
herencias, ires y venires de otras propiedades,
cuestiones entre caballeros,
damas en juego

Me acuerdo de las plantas que escurrían por las ventanas
y de las que subían y bajaban por la fachada,
las trepadoras y las buganvilias.
Yo por aquí pasaba:
las rodillas raspadas, el cabello corto,
el miedo a los fantasmas,
el amor al diablo y el temor a Dios.
No se veía la gente de esta casa.En esa parte llena de escombros
pudo haber estado el comedor
con una mesa de roble al centro,
y a la pared, una vitrina grande con las cristalerías;
quizás la familia tenía escudo de armas
que presidiera las horas de los sagrados alimentos.
En aquella otra parte, una escalera
(la ascención, la ascención, mis soledades)
que habrá llevado a donde esos pedazos de muro tapizado
lucían en su sitio, cobijando;
alguna vez abrieron la ventana
y vi ese tapiz en la pared de la recámara
y un gran espejo ovado;
allí se cumplirían amores,
conciertos de soledades espejeadas,
rompimientos y ayuntamientos de almas.
En esta y otras recámaras de la casa
habrán nacido, crecido, amado y muerto
dos o tres generaciones.
Yo recogía las buganvilias para el té.
Era muy antigua mi infancia.La casa está demolida;
en unos días más
se llevarán todo el cascajo,
las armazones de las ventanas,
el bidet roto,
las tuberías semipodridas
que se arrojan como periscopios a la luz.

Cate de mi corazón

IV

Me arde la piel,
soy más hachón
que hombre
un metro
setentaiséis centímetros
de lumbre
con la cresta blanqueando
enrojecida:
ya no tengo remedio;
ardo
en la Ciudad de México.

V

Eran líquidos mis pies
y eran líquidas mis manos
y todo de agua me vi.

Desesperado una vez
– que sed, señores hermanos –
toda el agua me bebí.

Cinco veces la flor

Tres:

Alguien dejó una flor de papel sobre mi mesa,
es linda y morada y verde, gracias.
Esperé una flor toda la vida,
y hoy, martes raspado de melancolía,
no sé de dónde, me ha llegado.
Pinche florecita de papel,
te quiero.

Cuatro:

De las horas más muertas que tenía
tú me sacaste al mundo
y me pusiste a cantar.

Cinco:

No tú dijiste nada
sino tu pelo y tus uñas y tus besos.

Por eso, pequeñita,
platito de arroz,
mientras mi corazón estaba seco
me levanté contento
a quererte con los pies y con las manos,
me levanté otra vez sonando mis tambores.

Dirás que no
pero hoy me levanté a quererte
y a que tú me quieras.

Con el dedo meñique

Con el dedo meñique
me rasco el corazón;
esta casa que hicimos,
estos muros cubiertos,
qué de color, qué de
violento gusto colgado
en las paredes.
Hasta los pisos
están llenos.
Este laberinto en el que
ya no nos perderemos
ni de chiste.
Mientras tú estás dormida
y sueñas que me voy,
yo sueño que me voy.

Cuando alejandro magno

Viene el conquistador;
en la sedienta casa de su corazón
la muerte vierte ríos;
con millares de hachones de cabellos incendiados
aluza el hombre de la soledad sus compañías;
son actos universales sus palabras.
Todo pase a la muerte, dice,
todo lugar y toda gente
que no tenga algo de mi nombre,
menos las casas de Píndaro, el poeta.

De piedritas el buche

Las palabras no son aire
ni se las lleva el aire.
Las palabras, cuando caen,
se filtran en la tierra,
se escurren por las eras geológicas,
por las cavernas subterráneas
y llegan al fin a un gran depósito
que ha ido creciendo con los siglos
de donde parte la sustancia
que genera las plantas
y los árboles
dadores de los únicos frutos
que en verdad nos alimentan.

Desayuno de trabajo

Éste que sale del baño no soy
el que entré en la regadera.

Era otro. Tenía un topacio en cada ojo.

Venía de ver la verdad escueta
y la trenzada hilatura de los sueños.

Era un yo mismo mucho más potente,
capaz de salir de sí, de su piyama
y ponerse en la tierra de los otros,
con la mirada interna del que sueña
extendida a la vista de todos,
a tomarse su jugo de naranja.

Estaba concentrado y seguro
en el aspecto, en el sudor,
en el espíritu redondo y sin espinas
y esta serenidad me daba luz
para andar sin tropiezo entre alegrías.

Ahora en cambio estoy desnudo,
rasurado, indefenso, con corbata,
con el chanel que pone en evidencia
mi indefensión total.

Cualquier poema que pudiera asomarse
durante este desayuno de trabajo
me tomaría en rehenes el músculo del corazón,
el tiempo laboral,
las promesas que hice,
los deseos,
el vuelo de los sueños,
y el otro,
el que fui de verdad antes del baño.

Despedida

Así pues, hay que en algún momento cerrar la cuenta,
pedir los abrigos y marcharnos,
aquí se quedarán las cosas que trajimos al siglo
y en las que cada uno pusimos nuestra identidad;
se quedarán los demás, que cada vez son otros
y entre los cuales habrá de construirse lo que sigue,
también el hueco de nuestra imaginación se queda
para que entre todos se encarguen de llenarlo,
y nos vamos a nada limpiamente como las plantas,
como los pájaros, como todo lo que está vivo un tiempo
y luego, sin rencor, deja de estarlo.

¿Se imaginan el esplendor del cielo de los tigres,
allí donde gacelas saltan con las grupas carnosas
esperando la zarpa que cae una vez y otra y otra,
eternamente? Así es el cielo al que aspiro. Un cielo
con mis fauces y mis garras. O el cielo de las garzas
en el que el tiempo se mueve tan despacio
que el agua tiene tiempo de bañarse y retozar en el agua.
O el cielo carnal de las begonias en el que nunca se apagan
las luces iridiscentes por secretear con sus mejillas
de arrebolados maquillajes. El cielo cruel de los pastos,
esperanzador y eterno como la existencia de los dioses.
O el cielo multifacético del vino que está siempre soñando
que gargantas de núbiles doncellas se atragantan y se ríen.

Lo que queda no hubo manera de enmendarlo
por más matemáticas que le fuimos echando sin reposo,
ya estaba medio mal desde el principio de las eras
y nadie ha tenido la holgura necesaria para sentarse
a deshacer el apasionante intríngulis de la creación,
de modo que se queda como estaba, con sus millones,
billones, trillones de galaxias incomprensibles a la mano,
esperando a que alguien tenga tiempo para ver los planos
y completo el panorama lo descifre y se pueda resolver.
Nos vamos. Hago una caravana a las personas
que estoy echando ya tanto de menos, y digo adiós.

Día domingo

Te tomaré descalza
en día domingo,
te santificaré,
te haré feliz.

Andaremos rodando
por la casa
—le pondremos alfombras—
y correremos las cortinas
para que entre el sol.

Tomaremos cerveza
y nos bañaremos.

A la hora de comer
encenderemos el radio
y con las noticias
de Inglaterra
y de Beirut
te besaré en la boca.

Te pondré sobre la piel
la palma de mis manos
y tú pondrás
sobre mis manos
la palma de tus manos.

Nos amaremos en domingo
que hay tanta luz.

Duración de las naves

Y por último, pensemos en los barcos, ¿cuál ha perdurado?
¿No son acaso continentes perfectos que reproducen
las contradicciones todas de la materia?
Cómo es eso que madera y aire no se disuelvan en el agua
y sin embargo, ¿cuál ha perdurado?
Se planta el barco en el agua y jamás echa raíz
navega, boga, orza, hace la mar singlando
y a pesar de tan bellas y móviles palabras, ¿cuál barco ha perdurado?

Cada siglo de los muchos que ya vamos llevando se han construido barcos a millares, cascaritas, cuencos, jícaras marinas,
o palacios, fortalezas, ciudades que navegan
y sin embargo, ¿cuál ha perdurado?
¿No toda nave ha sido por las tormentas sacudida,
en los escollos despedazada,
contra las rocas con que la tierra intenta su defensa
arrojada hasta ser puros añicos su soberbia?

En estos tiempos ¿no vimos cómo el mayor trasatlántico se hundía,
cómo su soberbia lo llevó a la metáfora de un iceberg
y con él se perdió cuanta riqueza embarcarse pretendía?
Y el otro, el submarino, ¿no lo vimos con nuestra respiración entrecortada
perder el aliento y la esperanza de quienes lo tripulaban?
En la lista invencible del tiempo, pues,
¿cuál, cuál barco, me pregunto, ha perdurado?

El dueño de la ciudad

1

El dueño de la ciudad vendrá algún día
con su claro rostro iluminado;
el que la dejó para ir a conocer otros vistosos sitios;
el que vestía con riqueza
y llenaba de júbilo los corazones de quienes le oían.

¿Dónde están mis edificios
y mis amplias calzadas -preguntará
estupefacto-; dónde están mis jardines
en los que suavemente reposaba
y donde al amor dulce de los adolescentes
que paseaban en grupos
conociendo los nombres y las cosas
imaginaba el futuro,
prevenía las catástrofes,
mantenía cantores,
evitaba el llanto,
y parvadas infinitas
oscurecían las copas de los chopos?
¿Dónde está mi ciudad?
¿Qué es esto?

2

El más audaz responderá;
el que tenga más bien cosido el corazón en el pecho;
el que tenga más fuertes ligaduras consigo mismo
y pueda entibiar con el aliento de sus palabras
una gran laguna;
el que tenga más trenzados los nervios en la mano derecha
y más aéreas las venas en la izquierda;
el que más pueda tocar por su nombre las cosas de la tierra,
ese quizás responderá.

3

No hay flor que pueda perdurar
si el sol seca la tierra en que crecía;
los mismos pájaros se van,
las abejas que rondaban
-procura recordarlas-
se apresuran a buscar otras fuentes de miel
en donde sumergirse,
los menores insectos
emigran a buscar otro gobierno
y nada sino el desierto señorea;
así también si el sol se ausenta
no hay flor que pueda perdurar.
¿Por qué dejaste al sol hacer su voluntad?
¿Adónde fuiste?

4

El dueño de la ciudad
tendrá pavor cuando la mire,
sus pobres ojos se querrán salir
a platicar con alguien,
el dolor de sus venas no tendrá remedio,
las palabras se le irán estrellando
al tocar el aire,
le temblarán las partes vergonzosas
y un amargor intenso saturará su piel.
¡Qué haces imbécil! -le gritará
tratando de que ella lo comprenda
y se quedará sin respuesta
porque las malditas ciudades no responden.

El fantasma del amor

La primera noche que pasé fuera de casa me quedé leyendo
hasta ver fantasmas
entre ellos estaba el fantasma del amor

los años pasan comedidos y azarosos y se van descontando como uvas del racimo
de modo que el esqueleto del tiempo sarmentoso y seco
poco a poco y sin querer se va volviendo basura.

En la nevada Providence la ventana enmarca la nevada
un día cualquiera que no merecería reseña particular
muchos años después,
una película que me sería ajena por completo si no fuera
porque aquí estoy yo y allí está ella tan cercana que casi
puedo tocarla
durmiendo su sueño brutalmente particular

lo que me molesta es no ser ella

aunque yo también vengo de soñar en este ser sin ser nadie
que es estar dormido
alguien me chistó shst señor aura
y la llamada de atención era una voz de mujer que sobre la
calle nevada pintaba mi nombre en una sola pincelada roja

no había nadie como no hay nadie en ese mundo
sólo una mano que metía a cuadro una revista abierta en la
página de anuncios entre los que éste se veía

una voz de mujer chista mi nombre en rojo

dentro de unos minutos tendremos que ir a desayunar
mientras tanto la observo conmovido
mi fantasma duerme

El halcón

He causado la ruina de los demás pájaros
y las palomas me tienen pavor;
he aquí por qué se dice que hay que pensar bien las cosas.

Antes de que yo me eligiera fui señalado para el vuelo,
no tuve la oportunidad del mamífero ni del reptil
ni se me permitió escoger el agua
en cualquiera de las tumultuosas formas que la habitan.

Ahora pienso cuánto me hubiera gustado pasar la vida en tierra
recolectando los alegres frutos y compartiéndolos con los demás,
haciendo labores con las manos,
como sacar el metal de entre las piedras, fundirlo,
pelear con él con toda valentía y rudeza
—las mismas que en ocasiones se usan para perpetuar una especie—
y acabar dándole forma:
la aguzada punta de la flecha que puede si es certera
inventar que alma y cuerpo sean dos cosas distintas,
llenar todo lo ancho y lo largo de una simple vida humana:
otros he visto que encuentran la irradiación de las piedras preciosas
de un pajar, de un lodazal, de un cuerpo,
que perciben y formulan a plenitud y en euforia cada instante
y el universo particular de cada atisbo,
pero o no supe o me faltó la fuerza para oponerme
y sucumbí al destino.

Casi nadie es lo que su gusto pide
y a la luz de la pequeña historia de nuestro siglo personal,
apenas es verdad lo que se da por cierto y por sabido,
las mismas cosas vuelven a suceder sin que uno caiga en cuenta,
cada vida puede tener las raíces puestas en vidas que ya fueron,
con iguales fibras si se trenzan se hacen hilos
con que se tejen telas para cubrir imágenes y cuerpos
y cuando se arrojan en suspensión irracional
se fabrican hojas de papel conservadoras de enigmas,
ni siquiera la distancia etérea del vuelo es suficiente para ver
porque el aire del tiempo es denso,
por eso no discierno entre el mal y el bien como quisiera
y apenas puedo hablar de mí entre graznidos sordos,
ésos que son el tiempo.

Otros al menos cantan con varios tonos y su canto se transmite
como un ramo de alegría.
El gorrión es uno de ellos
cuyo trino acuático permea los muros sólidos del desencanto,
de la impiedad, de los amaneceres lúgubres del insomne;
puede convivir con el jilguero sin que los afilados cuchillos
de sus cantos, montescos y capuletos, se entrecrucen.
Yo grazno.
Yo una voz rasposa.
Yo ruido ingrato.
El clarín o el zenzontle, piezas para mí insignificantes,
son el opósito,
el reverso,
el antípoda de mis desgarraduras guturales.

A mí lo que me sucedió es que me castigaron los dioses,
mortificaron mi piel, deformaron mi tamaño,
con muchas lastimaduras crujientes mi estructura cambió
y vine a ser lo que no era, lo que no iba a ser.
Veo mi esqueleto reconstituido y en él están patentes
los ligeros cambios que a mí tanto me dolieron.
¡Ya qué!
¿Estaban entretenidos haciéndolo o lo hicieron por oficio, indiferentes?
Nunca lo sabré.
¿Y qué son, qué paquete de inconsistencias los conforma?
Son la memoria y su doblez: el olvido.

¿Por qué los dioses se la toman con uno y lo hacen como quieren?
Yo tenía la apariencia de un hombre normal,
por lo menos cumplía con mis obligaciones y era pacífico y pródigo,
no excedía en estatura a nadie ni me quedaba corto
entre las filas de cualquier formación,
me levantaba antes que los demás
después de haber soñado cuanto era necesario en mis sueños
y era el primero en encender el fuego cumplidor para los ritos;
tanto entre los dioses como entre los hombres
siempre que se me necesitaba se contó conmigo,

he ahí lo que los disgustó sobremanera:
que les hubiera dado lo que ellos querían que no tuvieran,
que preferí a la gente, que me ensoberbecí
mirándome en el espejo de mi especie,
de la que fue mi especie.

Compartí la cebada y el trigo,
doné ovejas y corderos,
les regalé canastos de peces y moluscos
que muy trabajosamente aprendí a gustar
y aun sugerí que para mayor utilidad los sazonaran
con ciertas hierbas que les dije.
Además del cilantro y el perejil remotos,
les propuse la albahaca fresca cuando sus hojas al simple tacto
se extrovierten en aromas verdes,
el acuyo perfumado de complexión lunar,
bello como una visión egipcia,
les enseñé a utilizar el epazote y el papaloquelite
y hube de transmitirles el secreto sencillo
de tostar previamente las hojas de aguacate
y hacerlas luego emanar su gusto por medio de vapor.
Siempre andaba yo haciendo esas risueñas cosas.

Mientras, ellos se defendían del acoso de un monstruo marino
que los socarrones dioses les instrumentaron para sancionarlos,
nada que ver conmigo.

En realidad fue algo sangriento,
me dolió muchísimo el nacimiento de cada una de mis plumas,
me punzaban como remordimientos en la piel,
yo no sentía ni pude gozar su ligereza,
su parte metafórica,
y contrario a lo que todos piensan
la primera experiencia de volar fue desastrosa
ni siquiera en sueños me había imaginado nunca lo terrible
que es alejarse de la tierra;
para aquellos que conocieron el amor quizá sea más fácil entenderlo.

Espaldas de ángel, susurraban las muchachas
y sus palabras con alas eran siempre mucho muy ligeras;
se referían, por supuesto, con su gracia natural y fresca
a mi desnaturalización traviesa;
mi musculatura no alcazaba nunca a sostener lo que decían de mí,
yo sólo sentía laceración, dolor pues, mucho dolor.

Me entrenaron. Una cuerda amarrada a mi pata
me enseñó el alfabeto con que podría en adelante
nombrar los destinos posibles de cualquier desplazamiento,
cegaron los ojos de mi instinto,
me pusieron para cubrir todos mis sentidos una negra capucha
que sólo me es retirada para cumplir mi cometido.

Desde el puño de amos implacables
–tales son las fuerzas que me tienen–
salto a las mayores alturas para caer en forma vertical sobre mi presa,
lo que vuela me aterra y me da hambre
y en lo último en que quiero pensar es en mí mismo en el vacío,
mi elemento
desde que la metamorfosis vengadora me tornó en cernícalo
y tuve que olvidar la risa para siempre.
Pero el sufrir más grande, el que no tiene soborno,
es el dolor mismo del vuelo:
lo que se rasga es uno cuando tiene que atender asuntos
que no son de su especie.
He aquí por qué se dice que hay que pensar bien las cosas.

Entre la noche y el día

Entre la noche y el día
¡qué misterio, carajo, qué misterio!

Urna cerrada de la luz, ábreme las compuertas.
Vengo del huracán,
hollado por los escombros:
partes de coche, conservas, esqueletos tranquilos, ramas,
callejones oscuros para que dos se presenten al espacio,
costales de pan, perplejidades.

Ya no tengo nombre, ni nadie que lo use.
Hoy amanecí plantado en el misterio.

Fuentes

La primera

a duras penas se acerca el de la voz al pozo
se asoma
se abisma

el alma pierde pie
y cae como un idiota

la ley clama sus fueros
y esa no materia que hablaba se alebresta

le da envidia que el sol salga tan recio
haya música
tengan pieles tan lindas las mujeres
sean los lunes

curvas más o curvas menos sabe
que va derecho
a lo que va la vida

así es que jala su bulto somnoliento
ándale querido ándale le dice porque lo ve desanimado

caídos
cuerpo y alma se rescatan
se sacuden

y salen del pozo como dos perros amigos

Gato en la noche

El gato no se sube a la mesa,
ni menos a las siete de la tarde
cuando en julio comienza a oscurecer.

Ronda por toda la casa, inquieto,
buscando el paso entre el día y la noche,
asuntos diferentes de tratar.

Ha comido, ha bebido, ha dormido
su porción de reposo de las horas de luz
y ahora se prepara para cumplir
su profesión minúscula de gato de la casa.

La sociedad con la que trata
mientras el sol empuja al mundo
dobla su servilleta cotidiana
y ya no pide más para alimentar su fantasía.
Él abre el socavón de su alma.

En algún rincón de la morada
se fabrican las verdades jugosas
y el gato, que lo sabe, sin estorbos morales
se apresta a mordisquear, goloso,
la carne sabrosa de la noche.

Hacer ciudades

Que la ciudad sea principio y fin
porque no hay soplo
que la hurte de su sitio;
cimiento la sangre de quienes la habitaron
modulando su espeso fundamento.
Óyeme decir que no me iré.
Que parta el solitario
y se hunda en el viento
entre los pájaros perdidos;
que parta el hombre común de cara lisa
que todavía cree en la salvación
y el robusto padre de familia
que busca dominar al sol.
Óyeme a mí decir que no me iré.
La ciudad se morirá conmigo,
yo estaré en su fundamento.

Haz el amor conmigo

La fruta

Dame ese racimo
de uvas negras,
niña,
dame ese racimo.

El antojo

Una chiquita en pantalón vaquero,
su boquita en francés;
al sur del Ecuador la verdad es al revés.

Las piernas largas, la cadera angosta,
su nalguita alzada;
en el Perú yo no soy nada.

Con sus ojitos fríos me descubre,
de frente se le ve el ombligo;
muñequita feroz, haz el amor conmigo.

Inopinado vasallaje

No encuentro dónde poner el grito, ni bote donde líquido echarlo,
ni cajón, ni hoyo de topo, ni capullo, ni bolsillo, ni confesonario;
abro una máscara atrevida que ni vista de cerca ni de lejos es serena;
doy un paso tras otro conteniendo la respiración a duras penas.
Me está ocurriendo todo, la vida y la muerte me suceden de pronto
como carros de heno, como pacas de algodón, todo inflamable, peligroso.
Ay de tantos días perdidos en buscar una campana con sonido brillante.
Ay de tanta molicie corrompida, tanto espérame tantito. Ay, carajo,
me están llegando a la garganta los clavos en que colgué mis años juveniles,
la cresta melindrosa de la fantasía, la purgadísima nostalgia.
Un seco escudo de cuero curtido con sangre, ajo, vinagre y agua sucia
cuelga tras de mi puerta y dice agarra, agarra, defiende tu casa,
tira, ataca, rompe, descuartiza, cava el pozo de limpias aguas,
talla tu cántaro, trenza tu cuerda, distribuye tus tiestos de malvones.

Un jueves me pongo a preguntar y me miro las manos, cabeceo y sudo;
me caen pesados los párpados y a golpes los levanto: ¡a mirar, a mirar!
La turbia, la enojosa mano derecha se me quiere esconder,
no quiere nada con la vida, ni acariciar muros, ni acariciar palomas,
ni acariciar el chorro del agua, ni la tela, ni el ladrillo, ni el musgo.
Mano de parafina, mejor que te derritas;
mano de humo, te soplo; manita consentida, huyo de ti.

La luz de mi señor está encendida; de seguro trabaja por salvarme;
está tallando madera, hilando lanas ásperas para envolverme,
cinglando duros fierros en la fragua de su potente humor,
haciendo, haciendo, con el sueño de mi grito en un ojo de su cara, por salvarme.
Me asomo y la estufa que da ese calor me compromete, es combustible mi alma;
me voy, me voy; voy a ser llamita, canción con lumbre o fuego eterno.
Y otra vez abro la mano para ver si ya puedo con las duras uñas que me dejé crecer
desbaratar el nudo que tengo en la garganta.

Junto las manos

Junto las manos, formo en ellas un hueco, soplo
y puedo hacer como cantan las palomas.

Una desde un árbol me saluda. Hace su doble
ruido, hondo y suave y espera hasta que yo contesto.

Hablamos (cantamos) breve y luego vuela.

Tal vez yo desciendo de una vieja familia de palomas

La patria vieja

I

Hagamos las paces;
que sea testigo el sol de que la voluntad de ser bueno
y la ilusión comercial de ser malo
nada tienen que ver con la desnuda tentación
de decir que la vida que pasó por nuestras manos
fue sencillamente buena.

Éste es otro septiembre y el clima es claro;
las pasiones a que está sujeta el alma
aflojan la tensión sonriendo complacidas:
Haz tu día y tu noche encuerado como un ángel,
sopla el cuerno.

Entonces miro mi cara seca como pantalla de asombro
y creo que está bien.
Maravilla es que viva,
que palpite tan fuerte este corazón solo,
que tenga ganas de decir a cuatro voces
que quiero continuar el juego.

Qué sabroso menearse suave bajo el sol elefante
cuando la vida está en un puño
y todo lo que nos lastima y nos alegra
está en un cesto de flores
sobre el que orinamos con placidez.

II

Me hundo en el gris corazón urbano de la lluvia,
¿y qué humo me detiene?
¿Qué amago me haría retroceder
si ya me di a la germinación todo dispuesto?
Aquí grito empapado por el gusto de gritar;
me voy a la serenidad última con mi regalada gana;
envuelto en hulla y barro creo por fin que la vida fue por algo
¿qué importa si entiendo, miserable de mí,
los destinos de la sal y del cobre?
Soy una cosa que además de morirse
se puede recostar en un pecho verdadero.
Lo horrible hubiera sido no volver jamás,
quedarse donde nos aplaudían a rabiar.
Oh espléndidas cadenas que me ha atado al goce
sin negarme la pena,
sigo siendo el que canta aturdido de mundo.

III

¿De qué hablas? –dice un pájaro enjaulado.
Y no me dejo; doy vuelta a la nefasta lágrima,
meto la mano en la jaula
y con sangre caliente que fue trino
le hago mi ofrenda al sol.
Soy yo el que revienta las cuerdas leves del arpa.
¡Jodida poesía!

¿Qué mejor que la tortuosa y rebuscada paz
del que se tira a un pozo
antes que correr el peligro
de que sus armas se enamoren de las armas contrarias?

A la danza no todos entran.
Sólo la música es perfecta
y se cuela en el hombre como plomo derretido.
Ningún peligro mayor que la ironía
que transforma en luz las llagas de los martirizados.

¡Gloria a las escenas pintorescas
que sin escrúpulos se dejan pintar en el paisaje!
¡Gloria al sol que evapora el agua del rencor
y nos deja perfectamente secos!

IV

El depravado pan me da las buenas noches
y entra con su migajón al juego.
No dice, pero bien que diría:
yo soy la panza truculenta del mundo,
yo soy el único dios y la memoria de Dios.

Me hincho, se me escurre una lágrima,
se me olvida mi nombre, niego la limosna,
exijo en un sólo acto que sea reconocida
mi incompleta necesidad de amor.

Anoche dormí hecho una furia, sin sueños,
rabioso contra mi cuerpo dormido;
en toda la noche no me abandonó la ira.
Me levanté desnudo como el primer hombre del mundo
y dispuesto a pactar.

Hice un tabernáculo en la cocina
para adorar al padre pan
y lo dejé sobre la mesa de altar al descubierto,
a la humedad, al aire, a las moscas,
al moho y al orín.

V

Me pregunto hasta dónde sería capaz
de llegar mi perfección
pues no hay razón para vivir tan secamente;
sería dueño de luces
antes que víctima de un espeso sol
con el que nunca he podido.
Pero hace falta doblar y desdoblar el alma
tantas veces al día para estar en forma
y el miedo empuja tan fuerte hacia la incuria.

El frío de nuevo, la horrorosa pigricia,
la flojera que me dice espérate tantito,
dale tiempo al tiempo, aliméntate bien;
mañana está bueno el día
para saber hasta dónde llega la vida.
No te apures.

VI

He sido siempre yo el que se va,
y siempre con una pinche sonrisita
que me sale del anonadamiento.

Amabilísimo al decir adiós y envuelto en fantasía
soy el que ha dejado su paraíso y su infierno
para que engorden los otros,
y cada vez más flaco, más el puro hueso,
he tratado de inventar que oigo
unos extraños cantos de sirena.

Tampoco era posible, si se ve con calma,
mantener de buena fe un estado serio de cosas
que ya estaban riéndose de mí desde mucho antes.
Ya es inadmisible ser buen hombre ante mí mismo.

VII

¿Qué propongo? Que me acaricie Verónica
hasta que sus manos suavísimas me levanten la piel
y que en la carne viva entierre sus labios gordos
y mastique. ¡Qué propongo!
Mi nombre es Alejandro
y lo cambiaría por volver a estar
perdido en la delicia de creer en la vida.

No es justo que empujemos más
esta carreta que dio tanto ya de sí.
¿Quién inventa una geometría nueva,
algo nunca visto que transforme el sentido lineal
de esta continua mierda?
¿Quién puede poner su inocencia a prueba
decidido a quedarse definitivamente sin ninguna virtud?

¡Qué cosa hincarse ante una mujer
para besarle el vientre
mientras sus ojos se eternizan
y sus manos y sus pequeñas ilusiones
se nos enredan en el pelo
como hijos inquietos que hubiéramos tenido!
¡Que qué propongo! ¡Joder, qué burla!

VIII

En realidad no quiero hacer las paces,
no me doy, burlo al contrario;
este juego me gusta más que la esperanza.

Ya sé que en el momento más inesperado
cae la muerte con cualquier pretexto.

Así que qué me importa.
Tengo manos y pies,
tengo mi boca y mi casa
y las más pequeñas partes de mi casa
están conmigo.

En efecto: me desnudo y me alabo.
Soy señor de la puerta y la ventana,
soy señor de la cocina y el baño
y estoy aquí conmigo discutiendo muy campante
si será mejor poner un biombo
o desechar de plano la idea
de compartir con alguien los floreros,
los cuadros,
las toallas,
las verdades
y las mentirijillas.

IX

Está pues; no terminaré nunca este cuaderno;
a cada paso hay razón para empezar de nuevo,
como si todo lo que se ha dicho
estuviera pendiente de ratificación.

Insisto cada momento en desamar a la vida
a fin de poderme preguntar,
si llego a conmoverme,
qué cosa es lo que tuvo este orden
que no me satisfizo.
Es eso, no me llena la vida.

Las horas que me quedan
¿serán todas como ésta?
¿Serán todas tan inverosímiles como ésta?
¿En todas las que vienen campeará la duda?

Quizás todo se debe
a que es mucho más que tristeza
de lo que esta imbuido mi corazón.

Oh estrella rotísima,
despedazada estrella,
¿en qué momento hubiera sido fácil
elevarse sobre la condición?
¿Ha pasado el instante?

Si es así no queda más que lamentarnos.
Ay, pobre de nuestro amor
para siempre condenado a las bajas esferas,
pobres de nuestras lágrimas de amor;
ay de nuestros ridículos trajes
y de nuestra lengua;
ay, pobres de nosotros los que tenemos sangre y dientes;
pobrecito de mí
que por una milésima de risa inoportuna
no alcancé la humana perfección.

Malhayan mis abundantes pruebas
con las que hubiera querido demostrar
que tengo la verdad
a pesar de las ciencias,
de los partidos políticos,
de las fiestas de quince años,
del arte cinematográfico.

Ay, pobre del que sabe
que ni el más pequeño mendrugo de su alma
alimenta a Dios.

Lamentémonos, pues todo está perdido
y de nada sirve la fragancia de la razón.
Quitémonos de la alegría sabatina
y del goce dominguero.

Hecha con dolor la vida cotidiana
nos va a dar el principio elemental,
el corazón de la fruta,
el agujero instantáneo que hace la piedra en el agua
y en razón del cual podremos comenzar de nuevo
un día
el ejercicio modesto de vivir.

La quincuagésima segunda

el trapo empapa de su agua concentrada
la trama

entera de sus viejas historias

a ver
de dónde viene esa humedad de ardores densos
con que pone
la tela de mi ropa
su envoltura acogedora
a mojar mi piel
ni modo que sea surtidor interno o medio o ejercicio

soy otro
soy uno acuático
soy uno acompañado de agua
soy una cosa
desde adentro del mar me viene una caricia
ternura
hijo encariñado
mimo inmenso
beso de madre gorda

el trapo es caldo en que sumergen mis poros algo
que nadie reconoce
ni yo lo reconozco
y allí está
el trapo escalda como un agua hirviendo

La rosa amarilla

La rosa amarilla

Se encendió la rosa fulgurante
afuera de la ventana,

ha estallado una rosa,

parecemos las víctimas del incendio,
azorados, ávidos de su belleza.

Ahora todo tiene
color, contraste, vuelo.

Vengan a ver la rosa, vengan,

tiene un grito amarillo despiadado,
es un lujo, es una enhiesta vara
para golpear el cielo,

vengan a la rosa amarilla
que nos dejó perplejos
vengan a ver la rosa mía.

La septuagésima quinta

para la oreja el ruido
perro
un dardo certero en el centro del ojo del ruido ha dado
y éste ruge
o ay ay ay
quien lo ha dañado así
por qué en parte vital tan importante por qué a ver
reflexionemos en las causas

un dios se ha enojado con el ruido
claro
los dioses montan en cólera contra las abstracciones
cuando no los veneran suficiente
y así las maltratan
como hijas o creaciones suyas que son
mas el ruido escindido de sí por el dolor amarillo en el ojo
maltratado o roto o perdido para siempre
no puede
no no puede
concentrarse hacer acopio de material explicativo
especular tampoco
pues no le ha sido dada la facultad
con que se engendran fantasías
por lo tanto no le queda más
remedio que acudir al amor
amor al eco ella esa eco

La septuagésima segunda

en mucho estima el agua su condición
quién no
si yo fuera agua
apenas una infinitesimal desviación
mis moléculas no hubieran hecho esta complicada bestia

ay teoría de achaques y de sueños

imposible de explicar
de solventar
de fluir
si yo fuera agua

y nadie escapa según parece cuando se distribuye el ser
tú esto tú aquello tú lo otro tú nada
y el horros demuda de tal suerte que uno se consuela pensando
si es que piensa que piensa
agua de adentro o de afuera
agua de la orilla o líquido del centro
agua de arriba o de abajo
agua triste agua volátil
agua dulce o amarga
gota diminuta o millones y millones y
millones por los siglos de los siglos en su cause o en otro
en una redondez la mar de recurrente como es
tal como duele y no tiene remedio

La septuagésima séptima

pues todo hacia un limitado fin
se encamina
la cabra la piedra la estrella el paso decidido todo
un fin próximo y sabido
al migajón
a la pulga
al agua
¿al agua dije?
¿se acabarán el agua el fuego el viento y la
tierra?
mucho más pronto que la sorpresa de imaginarlo

el libro el beso
la sonrisa
la marca de los labios y qué casualidad
también la vida
y no digamos la propia
la que observa
la que mide
la que constata
que no es más que un hilo recortado a la
mitad y a la mitad y a la mitad

mas hay un fin otro
un fin del que nadie tiene informes
qué monserga

La septuagésima sexta

de dónde nace el fuego

vasta luz
basta candente luz déjame pensar de dónde
cómo he de sacar en claro nada entre tanta claridad

de la rajada primera del oculto corte del medio de la carne
de mujer
ya sé de dónde
de un ojo que puede construir
lo que no ve

perdona que pregunte pero quién pueda tragarse
el saber lo que sabemos y decir
yo sé de dónde
para mí no hay más que acercarse
como quien se asoma al lecho de los astgros
a esa cosa imponderable comible trajinable para que todo
estalle y se haga fuego
entre una algarabía de pelos
olores y sabores
disculpa lo sencillo
el acientificismo
la sonrisa
la luz viene en espiral de adentro del centro de la mujer y
nace del fuego

La sexagésima segunda

que está desnudo
que anda a saltos
que ruge
gime
brama

las órbitas de sus ojos
se han abierto hacia atrás hasta fundirse

que ha sido espejo de dones y crisol de fantasías

el cabello le nace como una fuente negra y hosca
que tira al derredor palabras sucias
y en horas que los demás duermen
él
con las uñas crecidas
rasga el velo
y aúlla

masca las amargas hierbas y los hierros amargos

en su torno un círculo lo guarda de llamas refulgentes
y allí se ha puesto
a ser

porque otra cosa no le ocurre que estas sin ser
y ya no aguanta

Las olas del mar

No es el mar menor que esta ola
escapada del grupo en que venía,
tenía espuma, vuelo, asunto,
y se detuvo donde menos aprecio y duración
tendría.

¿A mis pies una ola?
¿Qué tengo yo que que mi amistad procura?

Ya ni siquiera olor la identifica,
ya sólo es humedad agónica en la playa
que no ocupa recuerdo ni esperanza.

Bajo la arena ha de volver despacio
a su origen de fiestas y de peces
mientras pasan las otras
a burlarse tranquilas de mis ojos atónitos
que no entienden al mar.

Los doce apóstoles mandan por tamayo

Caballeros sentados en el éter
cantaban espasmódicas salmodias
y en el gusto y color de sus melodías
dibujábanse gréculas de suéter,

grequillas de zigzagues como el rayo,
cenefas que entreveran masallases,
columnatas, ribetes, antifaces,
hojitas de septiembre, enero y mayo.

Pensando entretener eternidades
que de tan largas les parecen colas
tocan piezas de antígüidas pianolas
y se aburren pensando obscenidades.

Hasta que uno discierne cosa plástica
y pide que les traigan a Rufino,
doce gordas, un buen cajón de vino,
mientras sus apetitos entusiasta mástica.

Pues todo lo que tenga que lo traiga,
dicen cautos comiéndose sus moles,
sentados la docena de apostoles,
convencidos del cielo, haiga o no haiga.

Llega entonces la Pérfida obediente,
la que todo lo cumple, hasta el capricho.
–¡No me griten tan fuerte, les he dicho,
ni que tuviera el lóbulo caliente!

Y haciendo firulillas de caballo
bajóse hasta el panteón en cuyo seno
sirviéndole a la tierra de relleno
hallábanse los huesos de Tamayo.

–Imposible llevarme las sandías
porque allá no ha de haber quien se las coma,
allá sólo meriendan el aroma
que queda en la memoria de sus días.

Ni tampoco llevarme tanto cuadro
con tantos infinitos encerrados
que allá no han de gustar ni alcaparrados.
Y como no soy ripio no les ladro.

Mejor he de llevarme a su señora
para que haga los cheques y los vales
y sepan los apóstoles cabales
quién fue en ese figón la contadora.

Llegados que se hallaron en el éter,
todos juntos con Olga y con Tamayo,
después de reponerse del desmayo,
armaron los apóstoles del suéter
un fiestón colosal, a todo méter.

Los niños de cartago

Los niños de Cartago andaban desnudos, pobrecitos,
igual que los niñitos de Oaxaca o de Guerrero,
como los niños sitiados en Ilión,
diez años los niños sitiados en Ilión
por no decir los demás los años de sitio y confinamiento

una acerada punta de venablo ha traspasado la frente
de un particular guerrero
que salió en sus alados caballos al mortal combate
y le ha roto las fuentes de la sangre interior,
ahora allá mana, ya no acá, mientras los niños juegan
a pesar de la guerra y de los interventores divinos
y procediendo en consecuencia
sólo les queda morirse de la risa a falta de otro modo
de expresar la atónita sorpresa
ante una prosa tan burda y descarnada

hasta que la pubertad, con su indiscreta sangre
los obliga a taparse para hacer su aparición
en vasos, platos, arcillas, terracotas y murales.

Por cierto, ahora que digo sangre,
a todos la sangre nos asalta con su inocultable sorpresa.

En una partición del mundo que jamás cicatriza
unas ven lo que otros ni remotamente atisban: sangre.

Esa sangre que acabará siendo nombre y será guerra
igual que es laberinto.
Sangre mujer
y sangre hombre.
Esa sangre.

Fluye como una palabra de consuelo, dicen,
como un desprendimiento de algo dichoso,
como una germinación ficticia que fuera
el tronar de la semilla jugando a estar madura,
tibia como la leche,
esa sangre,
eso dicen ahora.

Los niños de la colonia San Rafael –perdonando la intromisión,
apunta el emisario–
andan todos vestidos,
traen una coraza más recia que las de los guerreros;
la sangre de los niños de San Rafael
corre demasiado metida en venas muy ocultas.
Hasta que un día quiere salir
por el viril barullo atolondrado de sus fiestas
y se atora
si no tiene por dónde
por dónde quieres que salga
si nuestra sangre sólo sale por herida
cuyo destino sea la muerte
se encabrita,
se levanta,
remolida y estragada se revuelve en sí
y en su enredado andar dentro de sí misma
pierde todo sentido.

De modo que lo que le debemos a la sangre
lo ponemos en la cuenta de lo que la sangre
nos está debiendo.

Y mientras tanto, en ese remolino,
los niños de todos los tiempos y todos los lugares
esperan la embestida.
La sangre es más que toro,
más que estampida de furiosas bestias, peligrosa, duele.

Quién ha de saber lo que le espera
mientras está tranquilo creyendo que ser niño es excelente,
sin sospechar que luego la sangre habrá de separar
lo que es terrenal
de lo que sólo es vértigo y fracaso.

Por eso los niños de Cartago se ven tan azorados, pobrecitos.

Mi hermano mayor

Yo tenía un hermano mayor;
era siempre cinco años más amable y más sereno;
quería un escritorio y un caballo
y una manera nueva de contar los sueños
y una mina de azúcar, de seguro.
Le gustaba leer y razonaba,
a veces era tierno con las cosas
pero yo nunca vi que fuera un niño.
Era un hermano mayor con todo su traje azul marino,
con toda su camisa blanca blanca,
con toda su corbata guinda oscura muy de gala.
Yo tenía un hermano mayor
de pie sobre la luz;
me daban miedo las calles en la noche
y el corredor oscuro de la casa,
me daba miedo estar a solas con mi abuela,
pero tenía un hermano mayor
sobre la luz cantando.
Mi hermano mayor también era un fantasma,
una calavera dientona,
una carcajada de monje a media noche.
Mi hermano era un muchacho blanco y sin anginas.
Por eso nunca nos comimos juntos
ninguna jícama del camino
ni rompimos de guasa los vidrios de las ventanas
ni nada que yo recuerde hicimos juntos.
Ni jugamos ni fuimos enemigos.
Éramos buenos hermanos, como dicen.
Se habló de inteligencias y de escobas,
se discutió sobre los pantalones cortos y las hostias
y el carrito con ruedas de patines;
se supo y se dijo que mi modo era grosero
y mi cabello oscuro.
Él era siempre mejor que yo
cinco años.
Hace cinco años se casó mi hermano.
El que se casa pobre
tiene que andar cuidando su manera de contar estrellas,
tiene que andar despierto y trabajando, qué remedio.
Se tiene que acabar de cuajo con los sueños, dicen,
porque vienen los hijos, la suegra, los cuñados,
y lo dicen, aquello de los sueños, sin decoro,
sin tocarse la vena, sin énfasis ni estilo,
como el que dice que no sabe de dónde viene el hombre.
Hace cinco años que no crece ya mi hermano.
Mi hermano,
mi hermanito menor, mi consentido.

Mientras tanto

a las nueve
a las ocho
a las siete
me levanto

y es entonces
que el día
se remonta
tanto

los pájaros
mis hijos
el mercado
el canto

y a las cinco
a las tres
a la una
el desencanto

de saber que
estoy vivo
apenas
mientras tanto

Ninón sevilla

Querida Ninón Sevilla:
quiero decirte que después de todo no ha sido tan difícil vivir
como me parecía en aquellas tardes de domingo en el cine Lux;
claro que mi abuela no me enseñó a quererte
sino todo lo contrario
pero mi educación fue tan tonta que mejor sigo puesto en tus trajes de rumba
y en esa especie de turbante que le dio a mi vida, no sé por qué, la noción de la soledad.

Tarde o temprano se mueve el corazón por propio impulso
y va a dar derechito a su verdadero amor.
Porque nadie, Ninón, sabía moverse como tú; que lo digan mis ojos.
De nada me serviría ahora recordar los nombres de los nefastos galanes
que rodeaban las pistas en donde tú, en horas y horas de rodaje, tejiste la tela de araña en donde cayó mi gusto para siempre;
ellos qué, ya se deben haber muerto, o secado,
y nadie puede seguir cogiendo más allá de la muerte, Ninón.

Ahora que ya todo es fácil
no veo por qué callar los alaridos de mis recuerdos;
yo no volveré a vivir, ni tú tampoco,
de manera que es bueno lo que digo.

Tú eres lo que permanece,
en tus caderas tan movibles está puesta toda la eternidad que yo pueda manejar;
y el amor y el desamor a mi abuela,
el amor y el desamor a mi padre y a mi madre,
el amor y el desamor a mis mujeres
y el amor y el desamor a mis hijos
han estado marcados por la forma como tú movías las nalgas, Ninón, feliz de ser así,
y ajena por completo a esa marca de agua que imprimías en el alma
sin chiste de un niño flaquito de la colonia San Rafael.

Bebe tus lágrimas
Alejandro

Oigo ruido

a Salvador Flores

A veces me levanto de noche para seguir un ruido.
Pienso quién anda allí, quién camina, quién toca.
Lo que perturba el sueño de mi casa tranquila
¿es ruido, sombra, recuerdo? ¿Pasa algo?
El perro y la gata se me quedan viendo:
no pasa nada; duérmete, querido,
la noche tuya y nuestra está tranquila.

¿Entonces por qué me desperté?
¡Hace tanto que cuido que no suceda nada!
Las puertas y las ventanas;
mi familia, mis huéspedes;
también mis cosas están en su lugar.

Luego tomo un vaso de agua, una copa de brandy,
enciendo un puro, me miro un rato en el espejo.
Éste era yo; sí, éste era yo; todo está en orden.

Pasan las estaciones del año pasan y no entran

La última calle de la ciudad no existe,
en las orillas a todas horas nacen calles
bajo los pies de los que pasan,
y transitan muchos más sueños
de los que el gobierno se imagina;
por eso no es posible contarlas,
no es posible manejar a la ciudad
con una tabla aritmética;
en realidad nadie sabe qué ocurre,
nacen calles de los nombres que se piensa ponerles
y hay que estar inventando palabras nuevas
para simular que la situación se ha dominado.