I
Bésame hondo y agudo, con un amor de viva llama; con sed,
intensa, fuerte.
Bésame en la rasgada noche, mientras tiemblan las aves del
cielo. Cíñeme a la rosa más leve, al silencio total, a la
última estrella.
I
Bésame hondo y agudo, con un amor de viva llama; con sed,
intensa, fuerte.
Bésame en la rasgada noche, mientras tiemblan las aves del
cielo. Cíñeme a la rosa más leve, al silencio total, a la
última estrella.
I
Bésame hondo y agudo, con un amor de viva llama; con sed, intensa, fuerte.
Bésame en la rasgada noche, mientras tiemblan las aves del cielo. Cíñeme a la rosa más leve, al silencio total, a la última estrella.
II
Quiero la trémula sombra de un ave, para oírte en el vuelo del silencio, y dormir en ti, con el beso de tu honda, en tu montaña pálida, con un poco de alas.
Te encuentro lejanamente ausente, húmeda en silencios. Abriendo la memoria al viejo sillón desocupado de mi padre, con el alma perdida, amando lo que no está, lo que se ha ido.
Yo que te busco para hacer frente a mis problemas, para estar cerca de ti, en las noches de viento, en los ríos que desatan mis sueños.
La muerte llega con un gesto de burla, a quebrar su nombre entre las fábulas.
María, más pequeña que un dedal, detiene el paso.
Al verla, los árboles se empinan sobre sus raíces, con una curiosidad que los agiganta. Y ella, traslúcida, descalza, débil, recién desgajada en la noche, cae contra el suelo.
¡Qué osadía el querer abrir los velos de la muerte!…
En las hojas pálidas, y en las aves de los nidos. Idolatrando dioses de hojalata y placeres prometidos.
En un jardín envenenado por flores amargas, donde el sol se apaga y los grillos repiten sus notas tristemente.
A esa pequeña que murió en el vientre de María…
¿Para qué despertar, Niña Durmiente?
Entre un charco de sangre y periódicos rotos, con una madre huelepega y un letargo de cosas amargas.
Ve a la blancura del sol, a las divinas horas en que se eternizan los instantes, a un cielo de sorpresas donde juegues con el mundo inocente entre tus manos.
Volví a estremecer mis entrañas. Era la hora de la
estrella, la hora en que llegarías a mi vida, desde un
barco peregrino cargado de deseos.
Era la hora y así llegaste, acariciándome el corazón con
el milagro de un latido, que se llenó de asombro con mis
sueños.
A ese pequeño dragón que habita las calles del boulevard Los Próceres…
¿Quién deshizo tu vida con el fuego?
El secreto de la piedra o el hambre…
Niño moribundo en las ciudades, cuerpo desnudo que toca a nuestras puertas.
Es la hora de morir entre las llamas.
Carta a Pulguita
PULGUITA:
¿Que haces sentado dejando escapar tu vida entre pedazos de vidrio?
Descubre tu rostro en el agua oscura y mira tu sonrisa por primera vez.
Deja escapar tu alma de niño, entre los sueños y colorea el canto de las ranas.
La luz cae como una hoja seca para iluminarte todo…estás
largamente desnudo.
Otra vez tus dedos ansiosos traspasan mi pecho y el amor sube
en sílabas de humedad hasta mis senos.
Tus labios erizan el manto de mi piel hecha de lunas, mientras el
timbre de tu voz pone sonido al viento.
Este día en el ascensor, la inquietud ha vedado nuestro beso. A pesar de vernos llegar sin el usual cargamento de miedos y quimeras, con los ojos de ópalo y la sed que arde en nuestros cuerpos.
Estás frente a mí , como un jardín de tallos en mis venas, donde estallan flores encendidas.
Prefiere verse rubia de polen que llenarse de perfume.
Lleva en la mirada la luz de las luciérnagas
y bajo sus alas blancas, una canción de niña que arrulla a sus muñecas.
Hace sonar sus piedrecillas de colores y lee mis libros con sus vocales sueltas.
Te vas y vuelan resignadas las gaviotas. Ya no llenaré tus oídos con mis rosas ni mojaré mi ayer con desventuras. Caminaré sin ti bajo este cielo; será como vestirme de una voz nueva, y aprender a vivir como las aves.
Caminaré sin ti, y será por siempre de esa forma; mojarán la tierra los inviernos y vendrá de nuevo el sol, y tú no estarás conmigo.
El viento es monótono y seco. Pasan los días como los sueños y las voces, el ayer lánguido y triste.
¿Cómo escuchar tu voz en los labios del silencio?
Mírame – en la inmóvil yedra- imaginándote en la calma del ocaso, bajo la luz de un cielo estrellado.
Por ti he sembrado la esperanza en los rincones, temblorosa de miedo y
cubierta de tu inmensidad.
He vuelto a escribir con las pupilas húmedas tu luz sobre la hierba.
Hoy hablo con la tibieza cóncava de mis manos, he recuperado la dulzura de
esperar, sin jinetes que invadan mis recuerdos ni alfileres que entren por
mis poros.
Algo de mí reconozco
en esa florecita blanca
algo de mí se sacude ese pájaro
revoloteando
estoy
lo sospecho
en una piedrita
de ese nido de oropéndolas
me levanto
y me convierto en árbol
me recuesto
y soy una yedra sostenida por un sauce
huelo a mí
en este palito
que destrozan mis dientes
voy en mechas de maizales
estoy amanecida como esa cañada
y soy una hoja seca
que soban los venados
algo muy mío
han transparecido esta tarde
las montañas.
Pasan las bandadas de pájaros arroceros
están pasando en parejas.
Pájaro solo
no vuela.
Pájaro íngrimo
se vuelve guijarro.
Así
el canto para el que no hay oído:
canto que no me oyes
es canto íngrimo.
Fui de niña feliz
creciendo silvestre en mi sexo
sin envidias de penes
sin electras en mi espalda
Fui sabia en infancia
pero hube de crecer
y supe de cosas de mujeres,
tacitas de café, miedos, no debes,
pañuelos y bordados.
Pues sí,
sigo y me veo igual.
No me han cazado.
Lo arisco aún me dura o el parapeto sigue conmigo.
Todavía corcovea mi cuerpo a caballo
y oigo boleros, trajino diccionarios,
las serenatas bullen dulzonas en mis oídos
y sumo y multiplico (muy lejos el dividir o el restar).
Llueve
en Teotecacinte, Cusmapa
en Tepesomoto, Cuspire, Saslaya.
Grandes charcos
cubrieron los caminos del Sinecapa,
el Tule, Yaoya y Mayales.
Si vas a Limay llevá capote;
y también llueve en el Macuelizo
en Ciminguasca y Alcayán.
Yo, Yolanda
creada
nacida mujer
De pie sobre este incierto ochenta y tantos
Yo, insulsa
pueril mujer
Dicha el macho castrado
el ser de cabellos largos
e ideas cortas
Oculta de rosa
de núbil doncella
de hembra tesoro de mi corazón
para febricitantes campeones
En cuarentena
paria
ilegal de la familia
Ciudadana de segunda
burócrata sin rango
De repente sortaria de un voto sin boca
A destajo
trabajadora proletaria
en pleno subdesarrollo.
¿Por qué tan flacas tus patas, pájaro burgués?
¿Por qué tu pico insípido, pájaro en un pie?
Cantando estás sin hacer canción
pájaro sin color
Sola está tu cola
como la voz de tu boca
Pájaro burgués:
Pájaro con un palo
sólo para él.
Pájaro poeta
Pájaro poeta sin nido
Pájaro nefelibata
sólo llevando el pico
cuajado
de flores
Pájaro sin pájara
Pájaro raro hilvanando palabras
Pájaro retrato.
Vení, lluvia, venite
dejate venir hasta cansarte
correte por estos lados
después más para allá
date gusto, agüita,
son todos tuyos los campos
sólo por vos
esperan abiertos los surcos.
Para qué el mar?
Para qué el sol?
Para qué el cielo?
Estoy de viaje hoy día
en viaje de retorno
hacia aquella palabra sin orillas
que es el mar de mi misma
y de tu olvido.
Después de que te he dado mar y cielo
me quedo con la tierra de mi vida
que es dulce como arcilla
mojada en sangre y leche.
Canción de la esperanza
en el camino inútil
de mi vida, tus manos
cruzan como dos alas
cargadas de ternura.
Padre mío, el invierno -espada de tu muerte-
sus varillas de hielo sobre mi pecho inclina.
Crujen las hojas secas en desolada sombra
al filo del minuto que te arrancó a la luz.
Ya no hablaremos nunca del verdeciente pino
aunque giren los meses hacia la primavera;
yo veré conmovida hundirse contra el cielo
la erguida copa oscura, y ya estarán tus ojos
perennemente mudos en el carbón azul.
Miraba yo la pampa inmensa soñando con el mar.
Miraba yo la pampa tensa, tan alta, tan serena,
tocando con el cielo su frente de cristal;
un acorde de grises y violetas su manto,
que altura en la belleza!
que altura en la belleza!
Déjame llorar el llanto de todas tus soledades
y de todos tus cansancios.
Siempre he llorado abandonos y pena de los demás,
mi amor nunca fue mi amor.
Siempre fue cubrir heridas abiertas por otra mano.
Mi vida nunca fue mía.