A lo lejos… un canto

A lo lejos se escucha un canto,
vago y tembloroso, lejano, lejano…
Una voz de niña, que en él va llorando,
vibra cono un dulce timbre puro y claro.
Solo y triste marcho
por este camino que guardan los álamos.
(Las casa que esperan al desesperado
se ven al extremo del camino largo).
Lentamente marcho.

Brillan las estrellas. Sollozan los álamos.
Y llega de lejos, el canto.
Al oírlo, todo se ha callado:
el viento que pasa y el camino largo,
la voz que en mí mismo me habla del pasado,
la noche, los álamos…
Y estoy solo, y triste, y alegre, y temblando,
lleno de unas voces que nunca he escuchado,
y más cerca que antes de tu amor lejano.
Brillan las estrellas en el cielo pálido.
Lentamente marcho.
Junto a mí, la negra sombra de los álamos.
A lo lejos, el canto…

Ausencia (Veinte ciudades de hombres me separan de ti)

Veinte ciudades de hombres me separan de ti,
pequeñita que llenas mi corazón tan grande.
Entre nosotros dos, la distancia enemiga
aleja nuestros cuerpos, ávidos de estrecharse.

La lejanía yergue sus muros invisibles,
en donde nuestras manos vanamente golpean.
Miro, a través de largo camino polvoriento,
tus brazos cariñosos que, allá lejos, me esperan.

Estás ausente tú, la que no ha muchas tardes
se ceñía a mi cuerpo con amoroso lazo;
la que llenó de amor con su carne aromada
la trémula oquedad que le hicieron mis brazos.

Y hoy estos brazos caen, vencidos, agobiados.
La vida, en torno a mí, se desliza tranquila.
No estás tú, mi pequeña, no estás, y este hombre triste
no ha de mirarse al fondo de tus negras pupilas.

Otros ojos te ven y yo no puedo verte,
yo, que te sé mirar como nadie te mira.
Almas de otros recogen tu perfume de pena,
cuando en las tardes tristes, tu corazón suspira.

Mal de ausencia es el mío, y el tuyo es mal de ausencia,
mal de quererse mucho sin poderse querer,
sin que puedan los labios decir eso divino
que en el beso se dicen el hombre y la mujer.

Hoy, el cielo está gris, y mi alma gris, pequeña.
allá donde tú estás se alza toda la aurora.
Sólo con tu recuerdo -la recordaba lejos-
busco el rincón distante donde te encuentras, sola.

Y pienso que mañana te encontraré de nuevo.
de nuevo, en carne y alma, junto a tu amor, feliz.
Pero la vida es corta, mi pequeña, muy corta,
¡y un día de mi vida, yo he pasado sin ti!

Canción en la hora del olvido

Ya nuestro amor no es nada sino un recuerdo, y una
claridad imposible sobre la vida mía.
ya todo nos separa, ya nos aleja todo,
y entre nosotros corre, como un río, la vida.

Pasas junto a mi lado como si no pasaras,
y yo no me detengo para verte pasar.
El eco de tu voz ya no me dice nada,
y tu luz infinita no me ilumina ya.

Y sin embargo, somos los mismos que una tarde
se juntaron en ésa, tu mirada profunda.
Somos los que una noche callada aprisionaron
toda la paz de Dios entre sus manos juntas.

Somos los que se amaron y los que se olvidaron,
los que perdieron ya su infinita alegría.
Pero en ese pecado que Dios no ha perdonado,
no fue tuya la culpa, ni fue la culpa mía.

Qué culpa tengo yo, mujer, si así como otros
tienen el vino triste, yo tengo el amor triste!
Y tú, que culpa tienes, si con tu alma traviesa
no puedes comprender lo que no comprendiste.

Lo que no comprendiste: mi amor -llama y fulgores-
ardiendo tras mis frías palabras cotidianas;
mi amor -luna risuela sobre mis torvas noches,
y rubio sol ardiente que alegró mis mañanas.

Ya mi amor no es nada, sino el recuerdo de algo,
claridad imposible sobre mi vida oscura.
Yo recojo, en silencio, las perdidas palabras.
tu seguirás viviendo sin recordar ninguna.

Pero en mí quedará lo que fue en ti divino.
Todo yo fui un camino que tu hollaste, al acaso,
Todo fui un camino, y sobre ese camino
no ha de borrarse nunca la huella de tus pasos…

Con baja y lenta voz

Nadie lo sepa, amada, y a pesar del espacio
que nos separa, hablemos con baja y lenta voz
de aquel amor que yace, como un niño dormido,
sobre mi corazón, sobre tu corazón.

Tú eras una divina mujercita pequeña;
cabellera de sol, grandes ojos de sombra.
Yo tenía tan sólo mi corazón que tiembla;
yo no era más que un niño aspirando una rosa.

Rosa que todavía me perfuma las manos,
y nunca será flor entre las manos de nadie,
porque le dió su sabia mi corazón extraño
que es una rosa viva, de pétalos de sangre.

Puro y claro, mi amor me dio el gozo y la pena,
la pena de perderlo para no hallarlo más.
¡Por qué no te amé siempre de lejos, de muy lejos,
como el mar a la luna, como la luna al mar!

Así no sufriríamos de este recuerdo, ahora,
Pero no… consolémonos y bajemos la voz.
Nos endulzó y pasó, como todas las cosas.
Calla. No maldigamos, ¡Si nos oyera Dios!

Cuando seamos viejos

Cuando seamos viejos, todo este amor enorme
se irá por los caminos y brotará en los huertos,
y será una ilusión muy lejana y deforme
que enturbiará la paz de nuestros ojos muertos.

A la tarde, soñando con lo que ya no se ama,
mascaremos recuerdos de amor en el tabaco,
y el amor temblará como una débil llama
en nuestra carne vieja y en nuestros rostros flacos.

Todo el pasado claro se asomará a tus ojos
y dormirá en tus ojos una eterna agonía,
ya no nos dolerán ni guijarros ni abrojos
y apenas sufriremos de vivir todavía.

Sólo nos quedará la voz, y no la misma
con que hoy, serenamente, nos besamos de lejos.
De esta ternura inmensa que en nosotros se abisma,
¡cómo iremos a hablar, cuando seamos viejos!

El organillo

Organillo sonoro de la música vieja,
¿Qué poema doliente se estremece en tu voz?
Esa canción amarga que se acerca y se aleja,
¿es un suspiro largo, o es un supremo adiós?

¿Qué quimera brutal, vieja y desconocida,
allá en tu pecho engendra esa trémula voz?
¡Has querido ser triste para llorar la vida,
o es que quieres ser hombre para sentir a Dios?

Organillo sonoro de la música vieja,
de la canción amarga que se acerca y se aleja,
yo te daré mis sueños, tú me darás tu voz,

y así, en el curso largo de esta senda afligida,
los dos seremos tristes para llorara la vida,
los dos seremos hombres para sentir a Dios.

Elegía en recuerdo de mi infancia

Yo no sé donde está mi camino de rosas,
Ni ese ancho cielo suave que miraron mis ojos,
qué mano despiadada, sobre el camino en sombras
echó siembra de abrojos?

Hoy que el ayer no existe, se me ha muerto el gozoso
tiempo de las auroras fragantes y encendidas.
Más que una edad efímera de divino alborozo
se me ha muerto una vida.

Se me ha muerto una vida mía
vida de juegos y alegrías
bajo el sol de los mediodías
del verano;
vida de risas transparentes,
y de beber en las vertientes
con el hueco de nuestras manos.

En esta evocación de lo que ya no es mío,
las alegrías viejas son mis nuevos dolores.
El presente de sombras diluye en su vacío
el son de las campanas y el olor de las flores.

Campanas de escuela, que vibraron
cristalinas y frescas en el patio de sol.
Flores de aquel jardín que recorrió, cantando,
mi infancia, conducida por la mano de Dios.

Flores. Campanas. Juegos bajo la luna nueva.
Vida que nos inunda con ardientes efluvios.
Y la divina amada de doce años, que lleva,
la mirada del sol sobre sus rizos rubios.

¡Haber podido hacer eternos los instantes
de esa aurora perdida,
y con los ojos húmedos y el corazón fragante,
haber quedado niños, para toda la vida…!

Gracias

Mujer, la de esos besos, la de esos largos besos,
la de esos besos breves, húmedos y calientes,
la del regocijado sonreír en la sombra
que iluminó la vaga blancura de sus dientes:
la de la casa humilde, con ventanas humildes,
en la calleja oscura, soñolienta y callada:
la que entre beso y beso me lo decía todo,
aunque entre beso y beso no me decía nada:
la del mirar risueño, la del reír risueño,
la del querer ardiente, violento y extenuante;
la que vivió conmigo, con nosotros, con ella,
esa noche de amor corta, como un instante;
la que turbó el solemne silencio de esa noche
con la voces amargas y dulces del pecado;
la que dejó en mis brazos, en mi ser, en mi vida,
eso que es el recuerdo de que nos han amado.
Gracias, mujer, la inquieta, la de este pueblo quieto,
la de la esa noche alegre, porque tú la alegrabas;
gracias, la de los rojos besos interminables,
por esos besos rojos e interminables, gracias!

Invocación

No, Señor Jesucristo ¡Yo no soy como todos!
yo pronuncio tu nombre con honda devoción.
Aunque arrastre mi cuerpo sobre todos los lodos,
alzo como una hostia roja mi corazón.

Y la elevo hasta Ti, hasta tu crucifijo
que aún guarda las heridas de la Santa Pasión.
Tú me habrás de mirar como se mira a un hijo:
Yo soy un hijo pródigo que te pide perdón.

Perdón por los que llevan el dolor de su vida
sin buscar tu dolor en los torvos recodos.
Yo mantengo por ellos mi lámpara encendida,
y aunque todos te nieguen, yo te afirmo por todos.

Perdón por el suicida que fue también cobarde,
y por el pobre esclavo de una mala pasión.
Por quién luego te olvida, por quien te busca tarde,
y por quien no te busca, perdón, perdón, perdón.

Por mi cuerpo doliente, tosco vaso de tierra
que envuelve la lujuria con sus llamas malditas
Cuando la carne mata todo el goce se encierra,
en el silencio enorme, eres Tú quien nos grita.

Por mis manos, morenas serpientes voluptuosas
que fueron tentación para la frágil Eva;
y mis pies, lastimados de zarzas dolorosas,
que cada día fueron por una senda nueva.

Por mi boca que pudo morder los rizos blondos
y que a todos los besos les salía al encuentro;
y mis ojos, que fueron tras los deseos hondos,
desde aquellos caminos que llevamos adentro…

La égloga del amador

Dulce y buen Garcilaso, pastor de églogas tristes,
dame tu don secreto de hacer suave el sollozo.
Préstale a mi Amador la voz acongojada
que ante el verde campo gemía Nemoroso.

Que en mis oídos suene su zampoña bucólica,
y llegue a mi alma el eco de aquel acento suyo
que en la campiña hacía llorar a las zagalas,
mientras las vacas mansas velaban el crepúsculo.

Que las ovejas pálidas, de pacer olvidadas
en torno mío estén escuchando mis quejas,
y las rubias pastoras pongan sus trenzas de oro
junto al inmaculado vellón de las ovejas.

Dulce y buen Garcilaso, enséñame la ciencia
de crear ese dulce y entristecido canto,
que es como una sonrisa sobre el rostro de un hombre
que tiene las pupilas empañadas en llanto…

Es un rincón del mundo bajo un rincón del cielo.
Hay una sauce de sombra y una infinita paz;
y hay la desconsolada canción de un arroyuelo
que eternamente viene y eternamente va.

Juntos a este sauce triste, se alegran las orillas
la sonrisa del musgo, mínimo y compasivo.
Y a lo lejos, un campo de espigas amarillas
ondea, blando, al viento, como un mar de oro vivo.

La ancha visión agreste que apenas se adivina,
trae un reflejo puro de gracias al corazón.
Vaga en torno la leve fragancia campesina
de las espigas, rubias, como rayos de sol.

La lejanía, allá; y aquí, la paz sencilla.
Como asiento, una piedra: y el musgo como alfombra.
¡No desdeñará Dios descansar a la orilla
de este arroyuelo, triste bajo el sauce de sombra!

(A este rincón apacible viene a sentarse el AMADOR, hace ya dos tardes. Descansa sobre la dura piedra, habla a ratos consigo mismo, o con el arroyuelo o el sauce, y contempla el horizonte. Luego se marcha)

El AMADOR es pálido, y esbelto y vagabundo.
Tiene ojos de crepúsculo y evocadora voz.
En su sonrisa triste, llevan algo de extraño
sus labios entreabiertos, como al decir adiós.

Hay un leve vaivén, como de barco joven,
en su sencillo andar, ni tardo ni veloz.
Viene de todas partes sobre la tierra pobre,
y en una mano, un junco le sirve de bordón.

Ágil romero adolescente,
zagal amoroso y doliente
viene del amor, va al amor.
Mujeres de todas las rutas
han gustado probar la fruta
sangrienta de mi corazón.

Sorbo de besos el bebiera
antaño, por saciar su fiera
sed insaciable de besar;
y hoy, esta misma sed lo lleva
hacia una dulce boca nueva,
donde acaso no ha de abrevar…

(El AMADOR ha llegado esta tarde y ha permanecido largos momentos inmóvil, frente al ocaso. de pronto, yergue la juvenil cabeza y le habla a los vientos, en voz baja. Se diría que el sauce se inclina sobre él, dulcemente, y el que el arroyuelo parlero se queda silencioso, escuchando)

EL AMADOR

Ayer pasó la AMADA junto a estas cercanías.
Iba, en la tarde, llena de gracia matinal.
Hubo en mi corazón un ansia agradecida
para estos ojos míos que la pueden mirar.

La amo porque no me ama y a mi lado no viene.
Desde su ser al mío no hay camino derecho.
Casi sin esperarla, la espero eternamente,
y le hago un hueco tibio de amor junto a mi pecho.

Sé que no me ama, que no me ama;
no ha de abrasarse ella en mi llama,
ni se harán nuestras vidas, una.

Nunca será su ensueño el mío
y en mis noches de sombra y frío
sus ojos no serán mi luna.

Amor de esa mujer hermosa,
lánguida canción temblorosa
que a mi boca llega, llorando.
Yo, sin esperarla, la espero;
no sé desde cuando la quiero.
Y la querré no sé hasta cuándo…

(Y luego, con exaltación de desbordada ternura, ebrio del recuerdo de ella:)

Boca de esa mujer, fuente de besos,
fuente de vida y encendidas ansias.
¡Pudiera yo incendiar tus labios yertos,
entre sus amorosas llamaradas!

Ojos de esa mujer que no me buscan.
que no me llenan de amor ni de placer.
Nunca en la vida han de ser míos, nunca,
ojos de esa mujer, labios de esa mujer, cuerpo de esa mujer.

Alma de esa mujer, alma de aurora,
a donde nunca alcanzará mi voz.
¡Ante mi sueño está, blanca y lejana,
lejana como el rostro de mi Dios!

(Al quedar silencioso, apoya entre sus manos pálidas la cabeza. Entre tanto, de un encantado recodo humilde, surge como una aparición, ingrávida y alta como una hada de leyenda, la AMADA)

Todo el trigal se inclina cuando la AMADA llega.
Tiembla el follaje claro de infantil alegría.
Y levemente, un poco de cielo se refleja
sobre su frente diáfana, como la luz del día.

En su alma escucha apenas el cantar de las aves
porque es, la virgen rubia, tímida y temblorosa
y una rosa se enciende sobre su rostro suave,
cuando el rosal lo tacta con su mano de rosas.

Es como una sonrisa de dulzura, la AMADA.
Tiene un sencillo gesto de majestad y unción.
En los campos verdes, reposa su mirada.
Lleva en la boca, un canto, y en la mano, una flor.

(Con paso leve, la AMADA ha recorrido el sendero y pasa ahora junto al rincón rústico y manso donde el AMADOR reposa. El no ha levantado la cabeza, pero Se diría que la ha visto, porque su cara se enciende de dulce y conturbada emoción. Cuando se yergue y la contempla, no es el estupor el que lo embarga. Su rostro está transfigurado, aureolado de melancolía, y hay en todo él como un gesto viril de dolorosa resignación. Parece que su deseo ardiente de ella, no lo impulsa hacia ella, sino que lo deja ahí, inmóvil, en la enorme voluptuosidad de quedarse, en tanto que la AMADA pasa, va alejarse, se aleja)

EL AMADOR (con voz armoniosa, amarga)

Se va con mis sueños la AMADA.,
por la senda rebelde y loca
Se va con sus dulces miradas
y con los besos de su boca.

Junto con la tarde sencilla,
con la ancha tarde azul, se va;
y mis ojos que la están viendo,
mañana ya no la verán.

Esta noche, sendas no holladas
han de tenderse ante sus huellas.
Será, tal vez, noche estrellada.
pero para mí no habrá estrellas.

La amo porque no me ama. porque a mi lado pasa
como una alada brisa junto a un árbol sin flor.
Está mi corazón en las piedras que pisa
¡y ella mira las piedras sin ver mi corazón!

Toda la siento en mí porque no la poseo
agua que no ha apagado mi sed devoradora,
rincón de sombra en donde descansó mi cuerpo,
tibio y lejano albor en medio de la aurora.

Yo amo a aquellas que nunca deshojé como rosas,
He olvidado a las claras mujeres que, en un día,
me ofrendaron su carne o el goce de sus bocas…
¡Y mías siguen siendo las que no fueron mías!…

Dueña de mi dolor, que te vas, que te alejas,
a donde tu presencia no ha de prestarme abrigo;
la nostalgia de ti -sombra de tu belleza-
junto a estas cercanías se quedará conmigo.

Dondequiera que estés, tu recuerdo me acompaña
mi soledad henchida de tu belleza ausente.
No quiero que me quieras, por conservar intacta
esta pena de amarte, llorando dulcemente.

Siempre estarás conmigo, con tu amor que se guarda,
como guardó su duelo contra toda alegría;
mi amor, que no es espasmo gozoso allá en tus labios,
sino dulce y amarga melancolía mía.

Calla. Y en silencio de la tarde, un murmullo
de queja imperceptible queda vagando al viento.
lentamente se apagan las llamas del crepúsculo
y empieza a anochecer sobre el paisaje eterno.

Ya el Amador es sólo una sombra entristecida.
La amada es una sombra que se aleja. radiosa.
Y junto a la piedad del sauce que se inclina,
el arroyuelo diáfano -en la sombra- solloza.

Fin de la égloga

La lluvia y tú

Llegó la triste noche oscura;
pasó la lluvia y no llegaste.
Para endulzar tanta amargura
no habrá miel rubia que me baste!
Llegó la noche, pasó la lluvia
Y no llegaste.

Después nos quisimos, es cierto,
y hasta casi olvidé ser triste;
pero esa amargura no ha muerto;
junto a tu fiel recuerdo existe:
Vino la lluvia, se fue la lluvia
Y no viniste.

Lejana

Como el sendero blanco porque vuela mi verso,
eres tú, toda llena de cosas lejanas.
Llevas algo de extraño, de sutil y disperso
como el polvo que dejan atrás las caravanas.

Amas la lejanía y eres la lejanía.
No has soñado jamás con la paz de tus lares.
Tienes el gesto claro y la blanca osadía
de las velas que parten hacia todos los mares…

Todo tu camino sabe de tus huellas. Los montes
y el viento te desean. Tú -sin saber acaso-
reclinas tu cabeza sobre los horizontes.
como sobre un regazo.

Y otra vez al camino, al viaje comenzado,
a las cosas lejanas del dolor y la muerte.
Si alguna vez, mujer, pasaras por mi lada
yo no podría detenerte.

Me quedaría inmóvil, no me querría asir
a tu pálida veste de ensueños y azahares;
sólo por la tristeza de mirarte partir,
como una vela blanca, hacia todos los mares…

Madres de los poetas

Madres de los poetas que en el pasado han sido,
vengo a hablar con vosotras de vuestros hijos tristes.
Carne doliente, en vuestras entrañas han dormido
y no los conocisteis.

Madres de los poetas que en el presente son,
con vuestra eternidad de ternuras y arrullo
calmaréis a los mares y al viento arrasador,
pero no al dolor suyo.

Madres de los poetas que mañana serán,
sobre la tierra fría se perderán sus pasos;
buscarán nuevas sendas y nunca dormirán
sobre vuestros regazos.

Madres de los poetas que son, serán, y han sido,
garganta de esos cantos, surco de esas semillas,
árbol que no dio flores y que en otoño ha visto
dispersarse a lo lejos sus hojas amarillas.

Vosotras que supisteis su inocencia primera,
gritad que fueron buenos y que amaban a Dios.
Grande fue su pasión por la carne terrena,
pero más grande fue su amor.

Llorad por sus dolores y sus ansias secretas,
por sus manos crispadas y por sus alas rotas.
Llorad por vuestros hijos, madres de los poetas,
que, por consolaros, lloraré con vosotras.

Mi voz no es más que un eco

¿Qué he de hacer con mi voz sino cantarte siempre,
sino decirte siempre que eres bella y que te amo?
Toda mi poesía, oh Amada, no es más que eso:
el vasto nombre ardiente de amor con que te llamo.

Estás en mis cantares, bella y eterna y sola,
mostrando tu divino modo de ser hermosa.
¡Las que se inclinen sobre mi río de canciones,
sólo verán al fondo tu imagen temblorosa!

Mi poesía toda te circunda, como alta
ciudad maravillada de tristeza y de música,
llena del inocente fulgor de tu mirada,
y el rubio resplandor de tu cabeza rubia.

Pasa entre mis versos como entre los rosales
de tu jardín, desnuda de vanidad terrena,
alegre como tú; como yo, melancólica
llena de mis sollozos, y de tus risas llena.

Todos mis cantos tienen el brillo de tus ojos
y tienen el perfuma cruel de tu corazón.
Si tú eres amorosa canción rubia y humana,
mi voz no es más que el eco triste de esa canción…

Morena (Morena de ojos negros, como la noche negra)

Morena de ojos negros, como la noche negra
desde donde han venido mis temblorosos pasos.
Morena, la romántica, la pequeña, la risueña,
cuyo cariño duerme como niño, en mis brazos.

Dulcemente morena, como la sombra humilde
de tus livianos rizos en tus leves ojeras.
Morena, suavemente, como el reflejo que hacen
las ondas de tu crespa y oscura cabellera.

Morena como el alma de la noche más diáfana,
como el rostro invisible del silencio y la pena.
Morena como el sueño, como la sombra, y como
la cara eternizada de la tierra morena.

Morena, pero llena de claridad divina.
Morena, pero hermana de la alborada rubia.
Tras largas horas grises, amaneciste en mi alma,
como un día de sol tras un día de lluvia.

Morena; pero es luz tu mirada y tu acento,
y ese gesto infantil que de gracia te llena.
Morena; pero alumbra las sombras de los hombres,
como un sol infinito, tu sonrisa morena.

Morirás un día.

Y la noche terrible se te entrará en los huesos.
(Acaso en nuestras horas de amor lo presentiste).
En tu morada oscura, la canción de mis besos
pondrá un temblor de almohada sobre la tierra triste.

Mi espíritu a tu lado velará sin descanso,
disipando las nieblas oscuras de la muerte.
Sentirá que la vida se va como un remanso,
y frente a los misterios, se creerá más fuerte.

Tú no estarás inerte.
Te abriré mi memoria.
y olvidaré, a tu lado que tengo que vivir,
y junto a tus despojos, apuraré la gloria
de vivir como un muerto, mirándote dormir…

Palabra de amor

Voy hacia ti, mujer, después de alguna ausencia,
llenos de mis sonrisas y mis palabras suaves.
Me tenderé a la clara sombra de tu presencia,
y te diré otra vez eso que tú ya sabes.

Eso que tu ya sabes, pero que aún no entiendes,
eso que tu ya sabes y nunca entenderás.
Oídos de mujer, en ellos no se prende
más que la voz… Y el viento se lleva lo demás.

Y lo demás es todo: el ansia de entregarse
que hace que, ardientemente, contra el silencio luche,
la palabra de amor que tiembla de escucharse,
y, sobretodo, tiembla de que tú no la escuches.

La palabra de amor en donde el amor cabe,
como el cielo en tus oídos y el sol en tu mirada;
la voz que busca el tono más sereno y más suave
para hablar de ardor de muestra llamarada.

La palabra de amor, lejana e imprecisa
que tu conoces, llena de un pequeño dolor…
Mujer, sobre mis labios ya no tengo sonrisas,
pero aún tengo en mis labios la palabra de amor.

Soledad, otoño

Estoy solo en la vasta soledad de la tarde,
solo entre todo el mundo; junto a la vida, solo.
Caen sobre el camino polvoriento del parque
las hojas de oro.

Tú cruzas el camino, como yo, solitaria,
envuelta en una pálida claridad otoñal.
Inevitablemente, se hallan nuestras miradas,
y en la paz del crepúsculo, nos miramos en paz.

Pasas. Y yo te quiero a mi lado, este otoño.
Tu también me quisieras tener juntos a tus sombras.
Te llamo desde el fondo de mi ser. Y estoy solo.
Y tú vas sola.

Me han contado tus ojos lo que tú me amarías.
(lo que yo te amaría, quién lo podrá contar)
si llegaran a unirse nuestras dos soledades
en una sola soledad.

No ha de ser. Ya la tarde siente venir las sombras
y en el camino caen tristes hojas de oro.
me has llamado desde el fondo de tu alma. Y sigues sola.
Y me quedo solo.

Tu voz

Tu voz, eso es lo que amo,
más que tu corazón y casi más que a ti;
esa cosa invisible que sale de tus labios,
y junto a mis oídos, triste, viene a morir;
esa cosa tan dulce con que tú me respondes
y con que aquella tarde me dijiste que sí.

Tu voz, eso es lo que amo. ¡qué bonita es tu voz!
Más que tu cuerpo todo y más que toda tu alma.

¡Qué manera que tienes de embellecer las sílabas,
gotas del encantado surtidor de tu charla!
¡como vibra en el aire la música pequeña
de tu voz, perfumada de evocaciones claras!
¡Con qué dulzura pende de tu boca graciosa
en invisible y diáfano rosario de palabras!

Tu voz, eso es lo que amo;
el eco triste y trémulo de tu alma triste y trémula;
eso que cuando callas, se aleja hacia la sombra,
y cuando vas a hablarme, desde la sombra llega.

Amo tu voz, tan tenue como la brisa que pasa
rozándole los pétalos al clavel de tus labios,
y otras veces tan ruda, que al escucharla ha sido
como si un viento ronco me desbaratara el alma.

cuando tu voz me canta, bella fuente escondida,
se hace alegre la turbia tristeza de mis tardes.
Amada, no me pidas que te bese en la boca;
tu boca es para hablarme.
No quieras que te colme de efusión amorosa;
yo soy para escucharte, solo para escucharte.

Háblame siempre. Siempre, menos en mi agonía,
porque si en esa hora tu voz me acariciase,
ya la gloria de Dios no me sabría a gloria,
y encontraría débil el coro de los ángeles.

Tus ojos me miraron

Tus ojos me miraron, te miraron mis ojos
y nunca más nos hemos vuelto a ver.

Fue tan sólo un instante, no más, pero en él supe
que tú eras la elegida que pasaba a mi lado,
que tú eras la que hubiera podido ser, un día,
amadora de todas las horas del amado.

Habría sido el único corazón para el mío,
pero tu corazón, como un ave, se fue.
Tus ojos me miraron, te miraron mis ojos,
y nunca más nos hemos vuelto a ver.

Toda entera venías hacia mí, toda entera
hacia ti me empujaban los vientos del azar.
Pero al hallarnos, fuimos como dos barcos locos,
que se cruzan en medio de la mar.
Tus ojos me miraron, te miraron mis ojos,
y ya no nos veremos nunca más…

Una tristeza fiel

Una tristeza fiel cubre mi vida:
pálido cielo sobre la tierra negra.
De esa tristeza suave, vive mi alma.
¿Qué sería de mí sin mi tristeza?

¿Qué sería de mí sin esta clara,
sin esta pálida melancolía,
que me llena de sueños y me libra
de la vulgaridad de la alegría?

Entre la angustia y el hastío largos
como un camino, mi tristeza empieza;
cruza mi vida y se prolonga al cielo
¿que sería de mí sin mi tristeza?

Yo la quiero, y mi amor la inunda entera,
y su pequeño amargor endulzara.
De frente al sol, mi espíritu la apura
como una clara copa de agua clara.

En mi silencio y en mis soledades,
mi tristeza es amable compañera.
Llena de suavidad las horas torvas
y hace dulces las horas de la espera.

Me embriaga de emociones y de cantos,
esta tristeza noblemente triste;
como tu amor, mujer, y como todas
las trémulas palabras que me diste.

Yo la busco en mis albas y en mis tardes,
y en el cansancio de mis noches negras:
y siento pena, cuando no estoy triste,
de que no esté conmigo mi tristeza.

Porque ella es mi descanso, entre una
angustia
y una mala alegría que me pesa.
Es ella mi descanso, eternamente.
¿Qué sería de mí, sin mi tristeza?

Yo soy el hombre silencioso

Yo soy el hombre silencioso,
silencioso para cantar.
No sé del grito, del sollozo
ni del ronco rumor del mar.

Mi voz ungida en suavidades,
que canta lo triste y lo mío,
irá a través de las edades
como el rumor de un claro río.

No quiero que mi voz herida,
ni que mi canción dolorida,
por sobre los humanos yerros.
dolor derroche;
tal el ladrido de los perros
en la noche.

Mi dolor es hondo y eterno,
pero en mi canto se hace leve,
frente a la alegría encendida;
es un albo copo de nieve
para las llamas de la vida.

Mi voz no ha de amargar la fiesta
de los que se embriagan en esta
vida mortal;
de mi corazón al abrigo,
yo me quedo solo conmigo
y con mi mal.

No turbaré el albo reposo
ni el alborozo jubiloso
de los que se entregan a amar
En mí no hay grito ni sollozo
Yo soy el hombre silencioso
para cantar.