Al acecho

¿No oyes sus jadeos? Cada vez
yo los oigo más cerca: solo,
contigo, en medio del verano,
entre los gritos de la multitud,
junto al fuego, en invierno,
con un hermoso libro,
en el crujido de la nieve,
en el estruendo de la lluvia,
cuando enciendo las luces de mi casa,
cuando el mar, cuando llegas,
cuando alargo la mano
hacia los rojos frutos palpitantes.

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Despedida

M Altolaguirre, Poesía, III, 1930

No me has querido y huyes por tus años
hacia un país en donde yo no existo,
pero cuánto me dejas al dejarme…
Otros verán tu vida deshacerse;
yo conservaré intacta la memoria
de una frágil belleza adolescente.

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Calles

Calles de una ciudad que desconozco
con poca gente y viento y lluvia gris.
Espero a quien no llega mientras altas
se encienden luces en ventanas solas
y una mujer pasea en una esquina.
Hay ojos que me miran un instante
y no saben leer palabras que no digo:
«Dame otro nombre, cambia mi destino».

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El secreto

¿No habéis sentido nunca,
no en sueños, bien despiertos,
que el mundo se detiene,
que se escucha tan sólo,
agónica, distante,
una respiración;
que hay una lluvia inmóvil
y rayadas imágenes,
que el rostro de los niños
de pronto amarillea;
que la mujer que amas,
que el amigo que escuchas,
son de papel pintado,
garabatos antiguos;
que las flores no huelen,
sabe a ceniza el pan
y las palabras quedan
escritas en el aire
con una tinta clara
que al instante se borra?

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El otro amor

Sí, los pasos que impacientes suenan
en otra habitación, cerca, muy cerca, ,
( calla un instante,
escucha,
escucha bien)
son los pasos de mi amor más cierto.
Desde muy niño
rondó a mi alrededor, perrillo triste.
Antes de tú llegar ya estaba ella,
antes de tú nacer me sonreía,
segura del final, consoladora.

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El pasajero

A veces, raras veces, siento la fatiga
de una travesía demasiado larga.
Se me cierran los ojos, llego a puerto.
¡Tantos queridos rostros me sonríen!
Es de nuevo la casa de la infancia,
el patio, el río, mi madre que me llama,
el verano en París, el cuarto diminuto
donde por primera vez no estuve solo
y luego, por primera vez, estuve solo.

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Islas

Mykonos

Ebrio de luz el mar
desnudo y solo

Ustica

Sórdida un ave de sombra
y graznidos y viento y un negro minuto
de adiós y de espectros

Simushir

Cerros y luna canta
ave nocturna el tiempo
entre las olas blancas

Lemnos

Con desgana columnas que sustentan la tarde
El crepúsculo un ave que no acierta a volar

Zembra

Indolente y dorada
habitada por vientos
astros música magia

Bornholm

Nostalgia que salpican las olas y las horas
Sirenas indolentes de lejanos navíos
Bosteza la mañana con sueño y gaviotas

Kornat

Desierto vago junto al agua
que acecha lúbrica y me ama
en una lengua que no entiendo

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El baile

Porque tu pie no es árbol, sino vuelo,
paloma desmandada, extenso ramo,
la nota más viajera a tu reclamo
solucionó lo grávido del suelo.

Porque tu pie volaba por el cielo
con peso de sonoro miligramo,
la nota más viajera, como un gamo,
buscó lo forestal del violoncelo.

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El poeta recuerda un 23 de abril

Si no fueses así, tan miniatura,
tan proyecto de madre o tan semilla,
si fueses ya mujer y no chiquilla,
cimientos de lejana arquitectura…

Si no fueses así, si tu cintura
fuese ya como un pozo, y tu mejilla,
hoy tan niña y sin polen, tan sencilla,
tuviese más aroma que frescura…

Si no fueses tan breve, tan pequeña,
hasta tus brazos fuera mi navío
buscándole a tu cuerpo el abordaje.

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Eres un atlas

Eres un atlas. Van las cordilleras
sobre ti, mi Janine. Aguzanieves
cruzan tus pechos de pavor, de breves
brasas donde se encienden las hogueras.

Te cruza el rubio Sena. Torrenteras
nacen de ti, regatos de tus nieves;
aguas redondas, olas como leves
andarríos volando tus riberas.

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La selva

Justo donde la casa, el hormigón que gira
levantándose, las piedras
y el ladrillo obediente, estuvo, no hace mucho,
la selva.
En otro tiempo
Nada recuerda ahora
la feria del vivir .Las hierbas altas
de antaño. Tanto trébol.

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