No se puede escribir si se está triste,
el oficio se atasca, predomina la línea pedregosa
por la que no puede fluir ni una palabra cierta,
el paisaje es escombro de nombres sin sentido
y los ojos erráticos no se pueden fijar en cosa alguna,
transcurre un coche despacio por el siglo pasado de la
ventana
y se lleva arrastrando la poca magia que la imaginación,
sirvienta remolona del deseo, estaba queriendo construir
y queda sólo un tiradero de añicos vidriosos y salados,
no hay nada tan triste como un poeta triste
tratando de escribir en su tristeza.
Poemas mexicanos
1
Huele a muchacha el aire de mediodía,
huele a muchacha natural,
y está tan cargado de olor a muchacha
el aire de mediodía
que estoy a punto de gritar
que el aire de mediodía huele a muchacha.
Poner un pie en la tierra
me llevaría sin duda al fin del mundo;
un pasito tras otro, conectando el alma al alma,
como cuando no podía entrar a la escuela
y me echaba a caminar embelesado.
Me parece sin embargo
que es mía la última hora de esta tarde.
Y de qué vivió, preguntan asombrados:
vivió de vida natural,
vivió de encantamiento, de un fuerte golpe,
de un pulmón que le salió magnífico.
Tenía horas y horas para volar, para bailar,
para morirse de la risa.
Daba cosa mirarlo tan contento
como si no esperara nada.
Un día
abandonaremos
la ciudad de México;
la dejaremos en pie y desierta
para que
las conjeturas
crezcan,
y nos iremos a fundar
en otra parte
nuestras maravillas.
2
El jueves en la mañana
despertamos alegres,
llenos de sueños.
E
antes de nacer reconocemos verdaderamente nuestra vida
de nuevo Adán como ese niño del aire que sólo vino a dar
nombres de luz al claro mundo de la segunda concepción
de materia densa recién coronada es la forma que ha de ser
nutrida por el poder de una idea por la raíz de la acción
ala de cada vida en medio humano doble sol del que vela
en el largo camino desde los ínfimos detalles anunciados
desde ese perdón que no encuentra el momento de darse
hasta las gracias que generosamente comunican su silencio
N
series no finitas éste es un templo en medio de la tierra
la materia prima catedrales cristalizadas en el invierno
vamos a despertar antes de que el nacimiento nos restituya
por las cuatro moradas finalmente vertidas en una esfera
los hilos de colores conforman el blanco floración terrena
la sal de la tierra teñida con los licores de la celebración
con gran voluntad desfilan los animados por la cuadrícula
para ser de lejos en las auténticas llanuras del augurio
la ecuación social resuelta en polvo el día del examen
O
vitral en llamas por este camino o este viajero encenizado
o permutaciones que ascienden al ritmo de un humo otoñal
laberintos ardidos en su propia duración y en su belleza
talleres donde los maestros hacen tiempo al día del hombre
con chimeneas de cartón y puertas gemelas en estas ciudades
hay un tendido de máscaras que se prenden al rostro preciso
por las antorchas corbatas de humo que buscan en el espejo
en los cromóforos los luchadores incandescentes en la vela
y los automatismos acuerdo de los adioses y de los nombres
S
hidrógeno genial palmeras de vapor en el mar extendido
molécula maestra polaridad de las soluciones que pintan
la tinta paralela que corre con el consentimiento nuclear
de toda experimentación incomprobable alma de caballo
alegoría del rostro que cambia de forma al fondo del agua
al escribir las cartas de su corazón visor en el musgo austral
surte efecto la estrella de hielo en la palma de la mano
ámbar potable visiones de una vida que retorna al huevo
sonantes dádivas nacidas en los otros libros de pinturas
Qué voluntad de permanencia
la de este viejo pirú desabrigado
que contra toda ley se sostiene
de pie sobre el asfalto. Ya tiene
seco el tronco pero tenaz ocupa
el espacio y el tiempo, meciendo
la breve sombra de lo que fue
alguna vez la copa sorprendente.
Sé que es diciembre en alguna parte
y que saltan los astros
en las copas blandas
de los abetos recién nevados.
Sé que hay una especie de cuervo
que llega a encender su propia mecha
y extiende lentas alas de humo
a lo largo del cielo.
La mosca se levanta de la mesa
y domina los cuartos desde el techo,
atraviesa puntualmente el pasillo
que comunica al mar con el espejo.
Penetrante en la luz es su zumbido
una burbuja más dentro del agua…
navegando descubre entre los botes
el borde iluminado del mantel.
Un grajo entre las nubes salta
como una mancha de tinta en un cuaderno,
como un pozo sin fondo y sin cubeta
donde el agua se queja mientras grazna.
Sus plumas son carbón para aquel horno
que de las pesadillas se alimenta
y sus ojos un círculo de lumbre
que deja las promesas sin cumplir.
El natural cansancio del jilguero
rinde sus frutos en el crepúsculo:
se posa en un alero o en una rama
y entra temblando levemente al sueño.
Su cuerpo es tan sutil y delicado
como la carne de los dioses pueriles
o bien como las notas más sedosas
que la viola es capaz de sostener
Mas cuando el viento gira furioso
en las yemas agudas de los manzanos
el jilguero desaparece y es su canto
un cielo raso parecido al universo.
Con los ojos bien abiertos al enigma
vemos que las formas no son nuestras
No es nuestro el espacio ni el tiempo
ni son nuestros los frutos que se encienden
en las ramas curvadas o enhiestas
No es nuestra la transparencia del deseo
ni las alas del grillo ni su canto
ni siquiera el vuelo de las hojas secas
Si acaso hay algo nuestro ¡Es un misterio!
Un salmo cadencioso peina el bosque
De raya en medio: la luz solar
sobre las hojas y el abrigo
de la sombra en un costado.
Hay un eco ancestral en la salmodia
de los pinzones reales: el otoño
tiene sus plumas propias y el color
de los corazones que se despiden.
Ella soñó
hace mucho tiempo
este mismo sueño musical.
Ahora lo traigo a la memoria.
El camino estaba bordeado de estrellas,
los lirios pesaban en plena noche
y ella me sugería la silueta
de un ciprés estremecido.
Lo sostiene el camino:
«El mundo está en llamas,
¡y tú estás riendo!»
Y la ceniza de la imagen
desciende lentamente
del agua del cielo.
En tiempos de la luna gris
se asoma a los espejos
de cola blanca y negra.
Sentados bajo los árboles dejamos correr el vino.
En las copas se mecen los cuervos
y en el estanque las ranas ensayan su partitura.
El eucalipto más viejo lleva una melodía
moviendo apenas la fronda: el silencio
es sin duda el arte más difícil.
La alondra construye con su canto
topacios inalterados por el vuelo:
paisajes remotos en lo inmediato
El sol en los viñedos de las colinas
y las últimas sombras en la tierra
bajo el cielo plateado más que azul.
Cristales nacidos de los 4 vientos:
memorias de viajeros que no aceptan
límites a su libertad de movimiento.
Éste no es el viento de los sauces
ni el viento de los eucaliptos,
ni siquiera el viento que enciende las velas
y mueve lentamente los molinos.
No es el viento que desplaza las nubes
en el calendario del verano
ni el viento de la aurora
naciendo en las aves.
Los espejos no cantan como antaño
y el espacio no es más que una lágrima
corriendo desde los ojos hasta el sueño
cuando nos dan una mala noticia
Como cuando se embarca la tristeza
en una discusión sin más razón de ser
que una súbita parvada de reflejos
a un cambio en la dirección del viento
llorando por una porción de realidad.
Detrás de cada nube, de cada monte
de cada copa, de cada rama
hay búhos en la noche.
Se esconden en el humo de las pipas.
Se alimentan de malentendidos
y estrellas de neón.
En la oscuridad se pueden confundir
lo mismo con esas cenizas
que con sus sombras.
Aquella larga noche
mi sueño me llevó a la alberca
de las luces profundas y los flamencos
prendidos como rosas eléctricas
en el interior de una aguamarina.
Y en la soledad de aquel paraje
comprendí ─dentro del sueño─
que eran otros pájaros
los que soñaban minuciosamente
a los flamencos encendidos.
Bajan de nueva cuenta hasta el jardín
bajan en grupo, solos, en parejas
en busca de semillas o de pan,
de agua fresca, de frutos o de insectos
pero los amilana una mirada.
Siguiendo loa atávicos auspicios
de su naturaleza, los gorriones
alzan el vuelo y tímidos se posan
en los cables de luz — como si fueran
las notas de un rondó en el pentagrama.
El canto de los mirlos
compuesto en la quietud
es como un pensamiento.
Por momentos parece crecer
para luego concentrarse
en su puntual irradiación.
Si se le presta atención
cada pétalo de sonido
convoca a su contrario.
Hablan todo el día
y entrada la noche
a media voz discuten
con su propia sombra
y con el silencio.
Son como todo el mundo
─los pericos─
de día el cotorreo,
de noche malos sueños.
Con sus anillos de oro
en la mirada astuta,
las plumas brillantes
y el corazón inquieto
por el lenguaje
Son como todo el mundo
─los pericos─
los que hablan mejor
tienen su jaula aparte.
Con la puesta del sol los colorines cantaron:
de todos los puntos cardinales
convergieron los petirrojos en la almendra.
Paulatinamente llenaron con sus cuerpecitos
las ramas duras y secas del otoño.
Las jacarandas en tonos menores
y las nubes sonrojadas después del primer acorde
ensayaron el arte de la fuga.
I
Hay mañanas
en que bajas al río
y te detienes
a escuchar en la corriente
la voz amorosa del mar.
Quisieras volar,
seguir el cauce
de su pelo suelto,
y tal esperanza te sostiene
sobre los juncos de la ribera.
Las voces, oigo las voces cantando
en medio del diluvio canciones dulces
con el crujir de las vigas que se mecen.
Es la lluvia que da sueño, la alabanza
del mar cuya paciencia levanta barcos.
El canto es bello, pero la violencia
que el oro y las ricas maderas suscitan,
crece como la duda en la cabeza de un rey.
Dormirme en mí, para soñarme otra
para ya no dormirme
con los sueños ajenos
para permanecer despierta
cuando hordas de sueños
incumplidos
me hagan su residencia.
En mí dormirme
y parecer despierta
y hacer treguas de vida con la otra
la que tiene el control
de cada sueño
que me hizo dormir
para soñarme.
Cuando en tus manos soy
espiga rota
me cortas el oxígeno
en la boca de ahogarte
con mis labios mejores.
Libérame las manos
necesito
sacarte de mi carne.
Tu lengua llega a casa
los manzanos despiertan.
Despacio te deslizas
por hondos laberintos.
Con el filo del ojo
me partes en un parto
de remolino y savia.
Lechada está la ropa
que le hurtamos al cuerpo.