Y saber luego que eres tú
barca de brisa contra mis peñascos;
y saber luego que eres tú
viento de hielo sobre mis trigales humillados e írritos:
frágil contra la altura de mi frente,
mortal para mis ojos,
inflexible a mi oído y esclava de mi lengua.
Poemas mexicanos
Recuerdo el paraje del aire donde se guardan las cartas perdidas, las palabras que decimos, cuando pasa un tren, seguros de no ser oídos, y los globos de colores que el cielo va deshaciendo, bolas de caramelo cada vez más pequeñas, hasta ser sólo un punto en su boca azul, y luego nada, sino el llanto abajo, de los niños a quienes se escaparon.
Primero está la noche con su caos de lecturas y de sueños.
Yo subo por los pianos que se dejan encendidos hasta el alba;
arriba el día me amenaza con el frío ensangrentado de su aurora
y no sabré el final de ese nocturno que empezaba a dibujarme,
ni las estrellas me dirán cuál fue, cabal, mi nombre.
Si lo escribió mi prisa feliz, ¿con qué palabras,
cómo dije: ‘palomas cálidas de tu pecho’?
En sus picos leería: brasa, guinda, clamor,
pero la luz recuerda más duro su contorno
y el aire el inflexible número de su arrullo.
Y diría: ‘palomas de azúcar de tu pecho’,
si endulzaban el agua cuando entrabas al mar
con tu traje de cera de desnudez rendida,
pero el mar las sufría proras inexorables
y aún sangran mis labios de morder su cristal.
Ahora estoy en un paisaje de zenzontles
Cada vez estoy más cerca
Cuando posea esa inmensidad
apenas tendré fuerza para despertar en la brevedad
de la muerte
La luz golpea el aire. Estamos donde los colores
se abren
Son días largos y apretados como la migraña
Y todo se repite
Los árboles desamarrados
La noche se deshace
¿Y después?
A Eduardo
…¿quién, qué hombre o qué dios puede, ha podido,
podrá decirme a mí qué es mi vida y
mi muerte, qué no es?…
Juan Ramón Jiménez
La luz sube en oleadas
vagido
en lo callado inmenso del nombre
mortal y sola en su errancia
la traspasada palabra
a tientas
la oficiante
vieja madre cómplice
intercede
Ay convocada
nocturna
como un charco de miedo
Con tus ojos de viuda
abriéndote en tu hambre
te clavas en lo extenuante del amor
y la noche temblando con todas sus ramas
se arrodilla ante el abismo
me cubre helada como una lágrima
y caemos por la misma pendiente
cómplices
Ábreme con tu saliva
empújate hasta mi hondura hasta el desamparo
recíbeme como si fuese un puñado de tierra
tránsito yo misma
Las palabras
brevísimas húmedas
rozan la superficie
como una serpiente
y la voz sabe que no sabe
Avalancha de hojas
y su lamento seco y rojo
el río se inclina
hacia su sed
el tiempo va más aprisa que yo
la noche se desgaja
toco tu desnudez de agua
y ella grita dentro del grito
Entré al lugar éntreme huérfana
¿dónde están las palabras por qué no comparecen
por qué no me socorren?
Traes en tu cuerpo la leyenda
de un navegante cansado.
Es tan grato, en silencio,
descalzarte de barcos,
recoger de tus ojos
las sirenas perdidas,
las redes enlamadas,
los sonidos ocultos de las olas.
Te espero cada noche
cuando levantas anclas en mi espacio
y una lluvia de estrellas
te hace perder el rumbo
y un enjambre de peces y caricias
nos recobra el naufragio tan deseado.
Cúrame con tus manos,
toca de mí el olvido
que se fue acomodando entre los pliegues.
No venga la tormenta a amordazar mis sueños,
sólo esta lluvia suave, vespertina
despierte en mí los pétalos dormidos.
Desnúdame en silencio,
hoja por hoja
hasta dejar al descubierto el punto
del estremecimiento.
Desnuda
me miro en el espejo perturbable.
No tengo rostro
mi signo del zodiaco es el desorden.
Sola estoy
cuando podría ser otra vez el lento
obstinado presagio de tus dedos.
Este es sólo el exordio del placer.
El sueño parpadea en los ojos.
Frágiles rudimentos de paloma me vuelven al deseo,
a la reminiscencia de tu abrazo.
A esta mañana
atrio del día que aguarda,
municipio del aire,
hora primera.
Loa a esta ciudad sombría y desvelada
en que rostros sin rostro pasan y están soñando.
La muerte toma siempre la forma de la alcoba
que nos contiene.
Xavier Villaurrutia
Amémonos ahora,
es duro el tiempo de la espera,
vamos a hacer el trance más perfecto.
Ésta entre las demás horas es hermosa:
hoy tus ojos están humedecidos.
…Y sin demandar nada
salvo el misterio perenne de una boca.
Misterio cuando calla, revela la escritura silenciosa,
abre un mundo, organiza memorias.
-Es el llamado.
La memoria desciende al oscuro precipicio de tu boca,
palabra luminosa
-distracción del llanto-
acaso el vuelo prodigioso de una historia
que va y regresa:
se oculta en las orillas de la rosa,
asciende, palpitando, a la mirada;
se guarda,
juega en la lengua, cierra la puerta…
Ensaya una vocal,
una tras otra,
tropieza a veces;
se hunde y se encamina en la memoria.
Busco tu esqueleto bajo la cama
entre los libros
ahí
donde estuviste
en los pasillos
en los rincones
en los dobleces de mi cuerpo
entre las altas torres del lenguaje.
O quizá un gesto de la mano izquierda
en la pared proyecta con su sombra
el rostro de una palabra
Guardé tu nombre que late en una página
No quiero recordar
y aun la voz no alcanza para ir
-despacio-
consonante y vocal
aire y vacío
llenando lo que dice
lo que en verdad nombra
ese nombre que tiene tu cuerpo
Y no hay voz que lo abarque
Voy a tu cuerpo,
agazapada,
cautelosa
de la mirada del miedo;
verdugo que asesina
a golpes de soledad.
Fugitiva,
arribo a tu blanda estación
recorriendo a besos lentos
el refugio donde desvalijo caricias
que me enmohecían las manos.
Escucho tu carne suave
oscuridad
penetrando la mente
como gusano de terciopelo
que desata convulsiones en los dedos
torpes
tristes extensiones venosas
cascadas de sangre fría
Veo tu aliento insinuante
reto
que escala montañas de espeso humo
restaurando caminos cóncavos
abismos casi
tumbas crecientes
al riego de gotas perpetuas
de nubes hinchadas de dolor
Siento tu abandono travesía
tacto
que desciende entre enredaderas mansas
descansando en los bordes
húmedos de profunda grieta
avidez
de cruzar palpitantes tierras
no conquistadas
Quizás sea tarde
de silencio.
Orífice del alba, dulce loco,
alucinada estoy en tus colores,
si me pintas la noche de temores
en el amanecer dórame un poco.
Después verás qué pájaros convoco
para que te rindamos los honores
porque eres hacedor de los albores
y principio de todo lo que toco.
Todo el año caído, todo el año,
polen sin rumbo, tierra sin semilla,
algo que muy adentro se apolilla
y algo que por afuera se hace daño.
El aire huele como a desengaño,
algo se pudre, algo está en la orilla
y mientras el otoño se amarilla
el ambiente se torna más huraño.
Oreja, mano, brazo, pierna, ojo,
tu mitad que se ajusta con la mía
en la superficial anatomía
donde corren tu audacia y mi sonrojo.
Para la sed, en tu belleza mojo
los ojos insolados de alegría
y convencida de mi paganía
el árbol del asombro te deshojo.
Tanto pugnar por definir la vida,
tanto por detener el tiempo breve
por sostener el pulso que nos mueve
por dejar testimonio de la huida.
Y ver la primavera malparida
o el verano febril que nos remueve,
el otoño temblón que nos conmueve
y el invierno en su muerte desceñida.
En donde la sonrisa es un suceso,
agresor el contorno de castigo,
el labio al rastrear, como enemigo,
la mordida ritual y nido el beso,
en donde tiembla el corazón opreso
porque al salirse quiere estar conmigo,
de otra finalidad su fin desligo:
forjada solamente para el beso.
Algo de orgullo, mucho de eficacia.
Por sostener con propiedad la cumbre
el cuello toro se alza en reciedumbre
y afina los contornos de la gracia.
El sol de todos vuelca democracia
y en la nuca te da besos de lumbre,
mientras la voz naufraga por costumbre
en el silencio de tu idiosincrasia.
Si es que me siento sola, no me importa.
Con el ego me baño narcisista,
ante el espejo me hago una entrevista
y escribo lo que el vidrio me reporta:
la vejez asomada que soporta
un espíritu fuerte y optimista,
hay mucho más de risas a la vista
porque el dolor la vida nos acorta.
¿Desde cuando tenemos memoria del primer recuerdo? ¿Creen ustedes en los famosos traumas de la tierna infancia? ¿Los psicólogos pediátricos han encontrado una veta minera aún en tiempo de crisis?
Porque luego escucho que al senador Fulano le quitaron el chupón de manera brusca y precoz cuando era bebé y el psicólogo descubre que por eso se dedica ahora al ‘chupe’ (viene de chupón) con grave deterioro del pacto federal.
¡Ay primavera, primavera suave!
Érase una mujer que compartía
el humus de la tierra, la armonía,
el árbol fácil y el nidal del ave.
Érase una mujer como una llave
con la que abrir un mundo de alegría,
una mujer, fugaz sabiduría,
pacífica guerrera, beso en clave.
¿Homenaje?
Cada día recojo mis cenizas
sin darme cuenta de mi decadencia
exenta de quejumbre o de dolencia
asumiendo el trabajo con más prisas.
‘¡Qué bien estás!’ -me dicen con sonrisas
las compañeras de mi adolescencia.
No respondo igual, porque en conciencia,
al revisarlas, están hechas trizas.
Vejez, llévate todo: cutis terso
donde viajaron manos persuasivas,
ojos radiantes, lámparas votivas
que iluminaron noches de universo.
Llévate aquel andar que como en verso
mis firmes piernas eran decisivas.
Yo buscaba las cosas sustantivas
quizá muy lejos de un afán perverso.
Amado, ven, asómate al principio del mundo.
Somos los mismos, mismos de hace cincuenta mil años.
Somos aquellos, estos, los de allá, los de siempre
y los que han de seguirnos y los que vendrán luego.
Eras solo. Eras entonces solo.
Viuda de ausencia toco la mañana,
es tan igual invierno y lejanía,
que quizá se pudiera se podría
abrir la noche junto a tu ventana.
Al gallo inútil con su inútil diana
en el alba su canto estrellaría,
no pasaría el sol no pasaría
envuelto ya de noche en su sotana.
Yo te miro en un niño de la calle,
cofre arriba limpiando un parabrisa
con la carita ayuna de sonrisa,
(ni una razón a que la risa estalle).
El vidrio diáfano ‘¡qué no se raye!’.
Mientras el porvenir del sin camisa:
violado por cualquiera, droga, prisa,
ganador de la vida en bocacalle.
Amor, amante, amado, yo te digo
con letras rojas toda mi alegría,
por ti la pena entera gozaría,
sin ti la dicha fuérame castigo.
Amor, amante, amado. Me enemigo,
si el amor me retira compañía,
porque sin ti la vida es ironía
y lenta muerte que en afán persigo.