«¡Détente! Que está rendida,
¡eh, contente, no la mates!»
Y aunque la gente gritaba
Corraía como el aire,
Cuando quiso ya no pudo,
Aunque quiso llegó tarde,
Que estaba la Migajita
Revolcándose en su sangre. . .
Sus largas trenzas en tierra,
Con la muerte al abrazarse,
Las miramos de rodillas
Ante el hombre, suplicante;
Pero él le dio tres metidas
Y una al sesgo de remache.
Poemas mexicanos
Yo te amo, sí, te adoro, aunque mi labio
mil y mil veces te llamó perjura,
aunque la copa horrenda del agravio
me brindó los placeres tu hermosura,
te ama mi corazón; Cuando mi mano
destrozar quiso la feroz coyunda
que a vil humillación me ató algún día,
el débil corazón se resistía,
Y aunque luché tenaz, luchaba en vano.
No pirdas mano, el tiempo;
en balde es que me digas
las penas que yo tengo
la copa me las quita,
y, pase lo que pase,
tendré que ser ansina,
porqui al ponerme chuco
todito se mi olvida,
me viene guango el mundo
y a naiden pido frías…
Te lo agradezco mano…
bien sé qui harto m’estimas
y que te duele muncho
que mi haiga gúcíto ansina;
pero… es en balde, cuate…
¡Son cosas de la vida!
«Las mulas que son rejegas
no se dejan ensillar…
y si no pos que lo diga
el compadre Trenidá,
que pa dejarlas mansitas
¡ palabra que se las trai!
Primero les soba el lomo;
les echa aluego el bozal;
dimpués les planta el suadero,
sin apretar el pretal;
por fin les pone la silla,
y ya les puede montar…
¡Que pa las mulas cerreras
el compadre se las trai…
Y lo mesmo qui a las mulas
–manque sia mal comparar–
se las trai luego de rienda
el compadre Trenidá,
¡ mesmamente ansina, cuate,
a esa endina me he de trair!
¡EL número de la suerte…!
¡El mil setecientos cinco.. .!
¡ Quén quita y que se la saque,
merque siquera un cachito…!
¡ Fíjese en que suma trece
y es un número chulísimo…!
No sia’sté ansina, mi jefe,
yo sé bien lo que le digo… ¡
lo qu’es hoy le toca el premio
al mil setecientos cinco..
Cuando le dijeron qu’él ya’staba muerto sintió una congoja;
le dio como una ansia, y en nadita ‘stuvo,
que la probe al suelo cayera redonda.
Dimpués se compuso; corrió p’al petate onde ‘staba Concha
-su chilpayaúta di apenas seis messes-, l’agarró en sus brazos, la besó en la boca
y salió corriendo mesmamente como si estuviera loca.
Cuando se vino del rancho,
todos créiban que si armaba;
naiden pensó qu’eso juera
la ruina de la chamaca.
Se vino porque la cosa
andaba dialtiro gacha;
eran munchos de familia
y, pa sostener la casa,
con lo que ganaba Lucas
ni modo que si ajustara.
Si ustedes me lo permiten
escribiré en español,
porque hoy no me da la gana
de hacer versos en «folk-lore».
Y si no me lo permiten,
concédanme su perdón
y sin más contemplaciones
doblen la hoja y..
Tú nomás eres quen no m’ingañas,
vieja y humilde guitarra mia;
tú nomás eres quen mi hago juerte
en mis desdichas…
Tú nomás eres quen mi acompaña
cuando el ricuerdo me mortifica;
tú nomás eres quen no le juye
a esta tristeza que me marchita…
Entre tus cuerdas, guardar supites
la triste hestoria di aquellos dias,
en que por culpa di una querencia
se jue pa sempre toda mi dicha…
Entre tu caja guardas sospiros,
y, mesmamente, en esas cuitas
con que ti adornas, si han redamado
mis lagrimitas.
¡ Caray, quén lo iba a dicir!
¡ Probecita de Remedios!
Tan chula la muchachita…
Se mi hace que la’stoy viendo
cuando pasaba ‘el domingo
con sus trapitos más nuevos,
pa óir la misa de doce
allá en l’iglesia del pueblo.
No es por hacerles desaigre…
Es que ya no soy del vicio…
Astedes mi lo perdonen,
pero es qui hace más de cinco
años que no tomo copas,
onqui ande con los amigos…
¿Que si no me cuadran?…¡Harto!
Pa’ qué he di hacerme el santito;
si he sido rete borracho…
¡Como pocos lo haigan sido!
Mamacita chula
Mamacita… mama.
¿qué tienen los perros
qu’están ladra y ladra…?
¿Por qué ullan tan feo…?
¿Por qué no se callan…?
Mama, mamacita…
no sé qué me pasa,
pero tengo miedo…
¡muncho miedo, mama.
No sé quén me dijo
que cuando los perros ullan tan refeo,
pasa una disgracia… ¿A ti no ti asustan…?
¿Que vaya yo a verla?… ¡Ni manque esté loco¡
¡Antes qu´ir a verla, primero me matan!
Pa mi, como muerta;
a mí no m´importa qu´esté güena o mala;
yo no tenga culpa de lo que le pasa.
Y… mira, mi cuate, por lo que más queras,
no güelvas a hablarme d´esa desgraciada;
ni quero oir su nombre,
ni quero, ya d´ella saber ni palabra.
Siñor Juez, qui no culpen a naiden
¡soy una ratera!
y qui no vaya a pagar algún otro
las culpas ajenas…
yo juí la qui anochi ¡robo esa muñeca!
No Señor, yo en jamas había robado,
yo siempre juí honrada y siempre juí güena
y manque haiga dijado de serlo
me siento tranquila y estoy satisfecha.
Si mi abandonas porque soy probe,
vete en güena hora…
Yo no te quero tener a juerzas;
tal vez te jalles más mejor sola.
A ti te cuadra la guena vida,
del mesmo modo qui a munchas otras,
y yo no quero que por mi culpa
t’estés haciendo tanta mal’obra.
Mis güenos siñores:
¡ Pónganse muy changos!
¡ Pónganse muy águilas!
La musa del pueblo
qu’es la que me cuadra,
en vez di una lira
me dio esta guitarra,
que manque esté vieja
y un poco estillada,
salen con sus notas
suspiros y lágrimas
di un pueblo que sufre,
di un pueblo que sangra…
Yo sé di otro modo
dicir las palabras
pero esta es la musa
qui a mí más me cuadra,
y onqu’esté la probe
vestida d’hilachas,
ansina la quero,
y es la que me manda
que diga sus cosas
lo mesmo qu’ella habla,
lo mesmo que sente,
lo mesmo que canta.,.
Apenas te conozco y ya me digo:
¿Nunca sabrá que su persona exalta
todo lo que hay en mí de sangre y fuego?
¡Como si fuese mucho
esperar unos días -¿muchos, pocos?-
porque toda esperanza
parece mar del Sur, profunda, larga!
Noche. Mar de silencio. Van las meditaciones
desenrollando lentas sus claras devociones.
El faro del espíritu clarea esas ondas suaves
que van ampliando el círculo de sus evoluciones
para regir el curso sereno de las naves.
La paz del alma que sabe cantar sus horas
vela esa vida íntima de tramas seductoras
en que el dolor se ama.
No tengo tiempo de mirar las cosas
como yo lo deseo.
Se me escurren sobre la mirada,
y todo lo que veo
son esquinas profundas rotuladas con radio,
donde leo la ciudad para no perder tiempo.
Esta obligada prisa que inexorablemente
quiere entregarme el mundo con un dato pequeño.
El segador, con pausas de música,
segaba la tarde.
Su hoz es tan fina,
que siega las dulces espigas y siega la tarde.
Segador que en dorados niveles camina
con su ruido afilado,
derrotando las finas alturas de oro
echa abajo también el ocaso.
El sembrador sembró la aurora;
su brazo abarcaba el mar.
En su mirada las montañas
podían entrar.
La tierra pautada de surcos
oía los granos caer.
De aquel ritmo sencillo y profundo
melódicamente los árboles pusieron su danza a mecer.
I
Vida,
ten piedad de nuestra inmensa dicha.
De este amor cuya órbita concilia
la estatuaria fugaz de día y noche.
Este amor cuyos juegos son desnudo
espejo reflector de aguas intactas.
Oh, persona sedienta que del brote
de una mirada suspendiste
el aire del poema,
la música riachuelo que te ciñe
del fino torso a los serenos ojos
para robarse el fuego de tu cuerpo
y entibiar las rodillas del remanso.
Y moví mis enérgicas piernas de caminante
y al monte azul tendí.
Cargué la noche entera en mi dorso de Atlante.
Cantaron los luceros para mí.
Amaneció en el río y lo crucé desnudo
y chorreando la aurora en todo el monte hendí.
I
Vuelvo a ti, soledad, agua vacía,
agua de mis imágenes, tan muerta,
nube de mis palabras, tan desierta,
noche de la indecible poesía.
Por ti la misma sangre -tuya y mía-
corre al alma de nadie siempre abierta.
I
Tiempo soy entre dos eternidades.
Antes de mí la eternidad y luego
de mí, la eternidad. E1 fuego;
sombra sola entre inmensas claridades.
Fuego del tiempo, ruidos, tempestades;
sí con todas mis fuerzas me congrego,
siento enormes los ojos, miro ciego
y oigo caer manzanas soledades.
I
Mi voluntad de ser no tiene cielo;
sólo mira hacia abajo y sin mirada.
¿Luz de la tarde o de la madrugada?
Mi voluntad de ser no tiene cielo.
Ni 1a penumbra de un hermoso duelo
ennoblece mi carne afortunada.
Trópico, ¿para qué me diste
las manos llenas de color?
Todo lo que yo toque
se llenará de sol.
En las tardes sutiles de otras tierras
pasaré con mis ruidos de vidrio tornasol.
Déjame un solo instante
dejar de ser grito y color.
Nadie llegó hasta mí con este paso
de tu esbeltez en mármoles reflejos.
Tu sangre lio a sus vínculos espejos
de imágenes ligeras al acaso.
Cristal de sangre cuya luz traspaso,
tu cuerpo enardecido de reflejos;
tu cuerpo de reflejos circunflejos,
tu cuerpo oscuro desenvuelto en raso.
Ay de mi corazón que nadie quiso
tomar entre mis manos desoladas.
Tú viniste a mirar sus llamaradas
y le miraste arder claro y sumiso.
(El pie profundo sobre el negro piso
sangró de luces todas las jornadas.
Ante los pies geográficos, calladas,
tus puertas invisibles, Paraíso.)
Tú que echaste a las brasas otro leño
recoge las cenizas y al pequeño
corazón que te mueve junta y deja.
A veces uno toca un cuerpo y lo despierta
por él pasamos la noche que se abre
la pulsación sensible de los brazos marinos
y como al mar lo amamos
como a un canto desnudo
como al solo verano
Le decimos luz como se dice ahora
le decimos ayer y otras partes
lo llenamos de cuerpos y de cuerpos
de gaviotas que son nuestras gaviotas
Lo vamos escalando punta a punta
con orillas y techos y aldabas
con hoteles y cauces y memorias
y paisajes y tiempo y asteroides
Lo colmamos de nosotros y de alma
de collares de islas y de alma
Lo sentimos vivir y cotidiano
lo sentimos hermoso pero sombra